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El recreo como siempre era ruidoso. Las pelotas que rebotaban con fuerza en el cemento, las risas de los niños era tan estridente que estallan sin control y trotes, muchos pasos, que corrían de un lado para otro como si la energía de todos los niños fuera inagotable.
En medio de todo ese jolgorio de 30 minutos, el pequeño Hiori se refugiaba en su rincón favorito del patio, justo donde el cúmulo de árboles creaban un manto protector de sombras para aquellos que descansaban bajo su lecho verde. La base del tronco era ancha, con raíces que sobresalen del suelo como brazos dispuestos a abrazarlo, y desde ahí se filtraban los rayos del sol en pequeños destellos dorados.
Era cálido y silencioso, simplemente el espacio perfecto para hecha una leida.
El pequeño estaba sentado con las pequeñas piernas cruzadas y la espalda contra la corteza mientras tenía el libro abierto en el regazo “ The Silver Eyes”, no era precisamente una lectura típica para su edad, pero a él le fascinaba porqué la información que tenían eran brindadas por el mismo autor de uno de sus videojuegos para computadora que lo dejó muy enganchado. Culpen a sus gustos de niño rata interno, pero el juego era demasiado bueno como para convertirse en una obsesión; más aún con el hecho de tener un historia oculta que explicaba el porqué unos animatronicos cobraban vida en las noches de guardia.
Las páginas estaban separadas por varias lengüetas de anotaciones, y el lomo ya mostraba señales de haber sido abierto una y otra vez, pero aun así Hiori lo sostenía con mucho cuidado, después de todo él lo había comprado en secreto con su mesada. Cada detalle de los capítulos lo atrapaba más que el anterior. Le encantaba ya tener las referencias del local en su cabeza, por lo que, imaginar el crujido de las puertas oxidadas del restaurante abandonado y las luces parpadeantes de las cámaras del Freddy Fazbear, era como si realmente estuviera allí presente. A veces, incluso, los ojos celestes de Hiori se iluminaban con una chispa de emoción mientras pasaba las páginas, y un pequeño suspiro de asombro escapaba de sus boca sin que se diera cuenta.
Él estaba tan concentrado que las sonrisas aparecen como un acto de reflejos. Era una de esas sonrisas pequeñas y genuinas, que apenas levantaban las comisuras de los labios, pero que le iluminaban el rostro por completo. Su carita, de rasgos suaves y delicados, brillaba bajo el juego de luces y sombras que filtraban las hojas del árbol. Ese lugar, ese momento y esa historia, eran su refugio momentáneo hacia lo de afuera. Pero, muy en el fondo de su corazón, le gustaría tener a alguien con quien hablar del lore del juego. Aunque sea un poquito.
—¿Qué haces ahí, niñita? — De repente una voz burlona rompió el silencio como un vaso estrellándose contra el suelo.
Hiori parpadeó, levantando apenas la vista de su libro. La página estaba justo en la parte donde Charlie se adentraba a los restos del restaurante, y él no quería perder el ritmo. Pero la sombra que se proyectó sobre sus piernas le dijo que el momento de paz había terminado.
—Oye, ¿acaso no escuchaste a Takuya, niñita? — Intervino otro niño casi de sexto grado, más alto, con un flequillo que le tapaba medio rostro. — Está hablando contigo.
Hiori cerró el libro con cuidado, como si no quisiera que lo escuchara sufrir también. Su garganta se tensó, pero aún así, respondió con voz tranquila:
— Estoy leyendo. Déjenme en paz.
— ¿Leer? ¿Aquí? —Takuya soltó una risa falsa, alta y exagerada, mirando a su compañero como si acabaran de escuchar la mejor broma del mundo. — ¿Acaso no tienes amigos o qué? Ah, no, claro que no. Con esa vocecita tuya, cualquiera pensaría que eres un “Okama” muy raro.
El otro se unió a la burla, soltando una risa entre dientes:
—¿Y viste su cara? ¡Parece una niña! Debería estar jugando a la casita con las otras niñitas.
Hiori apretó el libro contra su pecho, con los dedos crispados. Quería decir algo más, algo fuerte que los alejara, pero sabía, por intuición, que eso solo los motivaría más a fastidiarlo.
—Déjenme tranquilo. — Murmuró el niño de cabellos celeste, esta vez sin levantar la vista y retirándose a una zona más segura.
Pero fue inútil.
Takuya se acercó un paso más y, sin previo aviso, estiró el brazo para arrebatarle el libro. Hiori reaccionó al instante, girando el torso y sujetando con fuerza la tapa.
Eso desencadenó un enfrentamientos de miradas, los ojos intensamente celestes y enojados de Hiori contra los ojos llenos de Takuya con esa chispa cruel que solo los agresores saben encender.
—¡Suéltalo! — Protestó Hiori.
—¡Vamos, es solo un librito! Seguro lloras en la noche por estas cosas. ¿O lo usas como diario? —Takuya le dio un tirón más fuerte, lo que provocó el equilibrio de Hiori se rompiera y de esa forma soltar el libro.
—¡No! — Gritó el pequeño con cabellos celestes, mientras veía cómo el libro volaba de una mano a otra entre los dos niños.
—"Oh nooo, mi precioso librito~" — Canturreó el más alto con voz aguda, mientras levantaba el libro por encima de su cabeza y saltaba hacia atrás, impidiendo que Hiori lo alcanzara.
Las mejillas de Hiori se tornaron rojas de impotencia, él trató de tomarlo varias veces, estirando los brazos cortos, saltando torpemente, pero lograr ningún éxito.
—¡Devuélvemelo! ¡No es de ustedes!
Pero los bullies no paraban.
—Míralo brincar — Dijo Takuya con tono burlón.— ¡Parece que la niñita quiere llorar!
Los bullies no paraban. Uno de ellos hacía como si fuera a dárselo a Hiori y luego lo lanzaba más arriba, riéndose cuando él fallaba por centímetros. Los mofletes de Hiori se habían vuelto más rojos, no solo por la vergüenza, sino por la rabia contenida.
Y como era de esperarse, algo dentro de él simplemente se rompió y con una furia que apenas entendía, Hiori se agachó, se quitó uno de sus zapatos de cuero y, sin pensarlo dos veces, lo pateó con toda su fuerza a la cara del otro niño.
¡PAF!
—¡AAAAH, MI NARIZ! — Gritó Takuya cuando el zapato impactó justo en el centro de su cara.
El libro cayó de las manos al suelo con un ruido sordo. El otro bully parpadeó, sorprendido. Intercalando la mirada de su amigo para luego pasar a Hiori, algo oscuro se encendió en sus ojos.
—¡Me las vas a pagar, enano! — Escupió Takuya, apretando los puños.
Takuya se sujetaba la nariz, y aunque tenía los ojos llorosos del golpe, también dio un paso amenazante hacia Hiori.
—¡Te vamos a dar una lección!
Hiori retrocedió instintivamente, con su calcetín cubriéndose de tierra. Ya había empezado a temblar, su respiración era agitada y su corazón golpeando tan fuerte que apenas oía lo que decían. El miedo sólo aumentó cuando sintió cómo su espalda chocaba contra el tronco del árbol.
No tenía escapatoria.
Solo podía ver en cámara lenta el trayecto del puño levantando del mayor. Pero, inesperadamente se escuchó un sonido que no pertenecía a ninguno de ellos:
Crack
Fue como si el mundo se detuviera.
Los tres levantaron la mirada al mismo tiempo y encima de ellos, entre el follaje, algo se movía con lentitud.
Una figura pequeña.
—¿Qué fue eso? — Murmuró uno de los niños confundido.
¡CRACK!
—¡¡¡AAAAAHHH!!! — Fue lo último que escuchó Hiori antes de que la figura del árbol cayera desde lo alto del árbol directamente encima de los dos bullies gritones.
¡THUD!
El golpe fue seco al punto que levantó polvo y los dos niños mayores quedaron tendidos en el suelo, chillando de dolor y confusión, mientras una figura más baja, cubierta de hojas, ramitas y polvo, se incorporaba con una mueca.
Era un niño de cabellos oscuros y alborotados, con los ojos turquesa entrecerrados por la molestia del impacto. Su camiseta blanca ahora estaba sucia, una rama seguía enredada en su cabeza, y un rasguño rojo se formaba en su rodilla izquierda. Sin embargo, él no se quejaba. De hecho, solo se levantó con una calma absurda, se sacudió las manos y se bajó de encima de los bullies como si eso pasara todos los días.
Ni siquiera los miró. En lugar de eso, alzó la vista hacia la copa del árbol, buscando algo. Sin embargo, al parecer no lo pudo encontrar porque hizo un puchero.
—Hmmp, se fue. — Murmuró el menor con decepción.
Desde el suelo, Hiori parpadeó con incredulidad. Aún no podía entender del todo lo que acababa de pasar. Su corazón seguía latiendo con fuerza, pero gracias a esta pausa logró encontrar su libro con la mirada. Se arrastró hasta recogerlo, revisando con las manos temblorosas de que no estuviera roto. Solo cuando las hojas seguían en su sitio, el niño pudo suspirar de alivio.
Hiori podría haber estado encapsulado con su felicidad, pero su emoción se apagó cuando la rodilla del niño desconocido empezó a sangrar. El hilo de sangre bajaba lentamente por su pierna, marcando una línea roja en la piel lastimada.
— Ah! Tu rodilla está sangrando… — Dijo Hiori con voz bajita, acercándose con cuidado.
El niño giró apenas la cabeza, ladeándola como si no entendiera por qué eso era importante. Al ver la dirección de la mirada del niño celeste, desvió sus ojos hacia su propia pierna, luego volvió a mirar a Hiori con tranquilidad inmutable.
— No es nada.
Hiori bajó la mirada por un segundo. Estaba nervioso, pero aún así, no pudo evitar hablar otra vez.
— Es que… se ve que te duele. — Murmuró, y antes de que el otro niño pudiera responder algo, Hiori se dirigió a la parte trasera del árbol donde había descansado, para sacar su pequeña mochila de emergencia que su mamá le había dado.
Con manos aún temblorosas, la abrió y empezó a revolver entre los bolsillos. Debajo de las pocas barras nutritivas, él pudo sacar una pequeña botella de agua medio vacía y un paquetito arrugado de curitas infantiles.
—Tengo esto. — Dijo Hiori, mostrándoselos con un leve temblor de timidez. Él abrió el frasco y se agachó con cuidado frente al niño herido.— ¿Puedo?
Aquel niño de ojos turquesas lo miró sorprendido, como si no supiera qué decir, pero no se movió, al contrario se sentó en el pasto con las piernas extendidas y solo observó en silencio la situación mientras Hiori vertía un poco de agua sobre la herida. Por un segundo vio como el niño de cabellos celestes hacía una mueca leve al ver cómo el polvo y la tierra se escurría junto con el líquido de su pierna.
El agua estaba un poco fría, y el niño azabache se sobresaltó al sentirla, pero no se quejó.
— Lo siento. — Susurró Hiori con culpa, y rápidamente tomó una de las curitas.
Era una con un dinosaurio azul en el centro.
—Esta es mi favorita, pero puedes quedartela. — Agregó Hiori mientras la colocaba con cuidado sobre la raspadura.
Una vez terminado, se quedó quieto, mirando su obra como si fuera una cirugía muy importante.
— Listo. Ya no te va a doler tanto. — Dijo al final el pequeño con una pequeña sonrisa orgullosa.
El azabache bajó la mirada hacia su rodilla, luego volvió a mirar a Hiori. El chico seguía frente a él, con las mejillas sonrojadas y una expresión tímida, pero llena de genuina preocupación.
— Gracias. — Murmuró Rin al final, muy bajito.
Fue la primera palabra amable que dijo a él.
Y aunque solo fue un susurro, para Hiori fue como si le hubieran dado una medalla.
Sin embargo, había todavía una cosa por aclarar.
— ¿Qué hacías en el árbol? — Preguntó Hiori
El chico desvió la vista un momento hacia la copa y luego de un breve silenció el niño responder de forma elocuente.
— Vi un búho en la rama alta y quería verlo más de cerca.
Hiori abrió ligeramente los ojos, con un brillo de curiosidad en ellos.
— ¿Un búho?
El niño azabache solo asintió.
— Tenía plumas grises y unos ojos enormes, como los tuyos.
Hiori le sonrió un poco ante el cumplido, abrazando de forma intuitiva el libro.
— ¿Cómo te llamas? — Preguntó Hiori después de un momento.
— Rin. — Por fin se presentó el menor de ojos turquesas y largas pestañas.
—Yo soy Yō, pero puedes llamarme Hiori. — Añadió el mencionado con una vocecita suave, extendiendo la mano con decisión, aunque todavía se notaba algo de nervios en sus movimientos.
Rin parpadeó, mirando esa manito pequeña y temblorosa, como si no supiera muy bien qué hacer. Pero luego, como si recordara algo que había visto en algún lado, quizás en la televisión o con sus padres, levantó la suya y se la dio.
El apretón fue leve, pero firme.
Justo cuando él pensaba soltarlo, Rin notó el libro que Hiori tenía abrazado contra su pecho. Él simplemente ladeó la cabeza con curiosidad.
—¿Qué estás leyendo? — Preguntó Rin, acercándose apenas para ver mejor la portada.
Hiori bajó la vista, notando el interés, y luego, como si alguien le hubiera dado permiso para hablar de su tema favorito, él sostuvo el libro con ambas manos y lo giró para mostrárselo.
— Es The Silver Eyes . Es de… de unos niños que descubren cosas oscuras en una pizzería vieja y hay robots asesinos y secretos y… — De repente se detuvo, cortándose él mismo. — No se si lo has jugado, pero ¿Conoces FNAF?
Los ojos de Rin se iluminaron al instante.
—¿¡Five Nights at Freddy’s!? ¡Sí! Últimamente no he parado de jugarlo mucho. Sé todo lo que pasó con la mordida del 87’. — Los monosílabos de Rin quedaron en el olvido y por una vez, en mucho tiempo, él pudo ser capaz de ejecutar más palabras dentro de una oración.
La lata de gusanos había sido abierta con esa respuesta.
— ¡¿Tú también lees este tipo de libros?! — Preguntó Hiori, con asombro y emoción de haber podido encontrar a alguien quien lo entienda.
— De hecho no, pero conozco toda la historia de esta saga hasta donde se ha actualizado, hay demasiados secretos que uno tiene que averiguar si quiere entender las referencias que salen en cada entrega del juego. — Rin asintió con una sonrisa diminuta, ese tipo de gesto reservado, pero genuino.
—¡Exacto! — Exclamó Hiori, sintiéndose de pronto como una estrella a punto de estallar de felicidad — A nadie en mi clase le interesa, dicen que no lo entiende o que da miedo, pero en realidad todo tiene un por qué, ¡Hasta las grabaciones del tipo de seguridad tienen pistas!
Rin asintió con intensidad, ya completamente metido en el tema.
—Y lo de los niños desaparecidos… — Dijo con tono bajo, casi conspiratorio — Yo creo que las almas siguen atrapadas en los animatrónicos.
—¡Sí! ¡Eso mismo dice este libro! Bueno… más o menos. No lo han dicho tal cual, pero estoy seguro que van a explicarlo.
Hiori hablaba con tanta emoción que hasta se le estaban poniendo rojas las mejillas, y Rin lo miraba con una especie de curiosidad divertida. Se notaba que el chico frente a él era diferente, pero diferente en un buen sentido. Uno de esos que te dan ganas de quedarte un rato más.
—Oye… — Murmuró Rin, bajando un poco la voz — ¿Quieres contarme más de lo que has leído?
Hiori lo miró con sorpresa.
—¿De verdad?
— Ajá. No tengo a nadie con quien hablar de esto. Solo mi hermano, pero él últimamente tiene entrenamiento.
Hiori rió bajito. Era una risa honesta, ligera, como si todo el peso del susto de hace unos minutos se hubiera esfumado.
— ¿Quieres sentarte aquí? o quieres ir a otra parte. Todavía me falta un capítulo de este capítulo, pero te la puedo leer en lo que queda del recreo. — Sonrió Hiori.
Rin dudó por un segundo, pero luego asintió con un leve movimiento de cabeza.
Feliz con la respuesta, Hiori se inclinó para recuperar su zapato nuevamente, el mismo que momentos antes él había usado como proyectil de defensa.
—Vamos a ese árbol de allá. Tiene sombra y no hay tanto viento. — Señaló Hiori, señalando una zona con césped más limpio y ramas más abiertas.
—Sí, ahí se ve bien. — Concordó Rin.
Ambos empezaron a caminar, y lo hicieron con una naturalidad tan propia de los niños que ya se habían reconocido mutuamente como "de los suyos", completamente inmersos en su nuevo hilo de conversación.
—¿Y tú qué opinas del Hombre Morado? — Preguntó Hiori mientras avanzaban.
—Creo que es el que inició todo… pero hay como tres versiones diferentes de él. Y una de ellas ni siquiera tiene nombre, solo un sprite raro en FNAF 3. — Rin ya había recuperado su tono entusiasta, como si nunca hubiera sido un niño callado.
Mientras hablaban, sin siquiera darse cuenta, pasaron literalmente por encima de los dos bullies, que seguían tirados en el suelo gimiendo por el golpe, medio cubiertos de hojas y polvo. Hiori apenas levantó el pie para no pisarles el brazo, mientras Rin dio un paso sobre el estómago de uno de ellos sin siquiera notarlo. Ambos estaban demasiado absortos en descifrar el lore de Freddy Fazbear como para prestarles atención.
Dando paso a una linda amistad que perduró y evolucionó hasta años más adelante.
[Año 2023]
Las luces del cine se apagaron lentamente mientras los créditos finales rodaban en la gran pantalla. El clásico tema electrónico de The Living Tombstone, llenó la sala con una nostalgia que Hiori ni Rin sintieron en años.
Hiori, sentado con una caja de palomitas vacía entre las piernas, tenía una sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos celestes, ahora más grandes y maduros, brillaban con el mismo entusiasmo de cuando tenía siete años y leía las novelas de FNAF bajo un árbol.
—¿Te gustó? — La cabeza de Rin gira hacia Hiori para preguntarle su veredicto. Su voz se había engruesado y sonaba casi somo si él fuera indiferente, pero la manera en como miraba al chico de al lado traicionaba su expectativa.
Hiori, cuyos rasgos infantiles tambien habían desaparecido para dar paso al joven adolescente que era ahora, volteó a verlo despacio, aún envuelto en la emoción del momento. Asintió con fuerza.
— Ha sido lo mejor que me han regalado en toda mi vida. — Respondió Hiori, con un tono suave pero completamente sincero.
Rin desvió la mirada, pero una sonrisa pequeña casi se le escapó de sus labios.
— Ni un solo niño gritando en la sala, casi parece un sueño. — Agregó Hiori muy agradecido por el detalle.
— Función privada. Me costó convencer al tipo de la taquilla dado a que es una película de estreno, pero bueno, valió la pena. — Rin se encogió de hombros, fingiendo desinterés, aunque él no pudo evitar observar de reojo cómo Hiori tenia un brillo de emoción emoción.
De pronto, sin decir nada más, Hiori se inclinó y lo abrazó. Sin previo aviso como siempre y con fuerza y cariño acumulada desde la infancia.
Rin se quedó quieto por un segundo, sorprendido, pero luego apoyó la barbilla contra su hombro y alzó una mano para rodearlo con el brazo. No era alguien de muchos abrazos, pero este lo aceptó sin dudar.
— Gracias por pensar en mí, Rin. En serio. — Murmuró Hiori, con la voz bajita como siempre, pero ahora mucho más segura.
Rin cerró los ojos un instante. Luego se apartó apenas, bajando la mirada con un leve rubor subiéndole al cuello.
—No seas cursi, Yō. — Fue lo que dijo Rin, aunque lo que en realidad pensaba era lo mucho que a él le gustaba ver feliz a su novio.
¿Quién lo diría? Que el chico que cayo literalmente frente a Hiori, cuando él era pequeño, al final se convirtió en su novio. Ni él se lo podría creer, cosas asi de amigos de infancia que se vuelven pareja solo pasan en las películas.
Ambos salieron del cinema caminando juntos, el aire fresco de la noche envolviéndolos mientras el letrero de neón quedaba atrás. Rin tenía las manos en los bolsillos. Hiori, como siempre, llevaba una de ellas envuelta en la manga del otro para robar un poco de calor.
Rin en verdad se había lucido con el regalo que él había preparado, y ahora era turno de Hiori hacer lo mismo cuando su novio sea el cumpleañero. Hay tantas ideas y lugares a los que Rin le gustaría ir, solo tiene que escoger el adecuado para encantarlo aún más.
"Quizás una tienda de café con búhos seria perfecto."
Fin.
