Chapter Text
HOY PRESENTAMOS:
TODO EL MUNDO ODIA LOS CELOS.
Mi preadolescencia fue traumática, pero nada me había preparado para la madurez de la adolescencia. Nunca había pensado demasiado en lo que Greg significaba para mí. Después de todo, Greg era mi mejor amigo desde hacía años, mi compañero en las malas y en las peores. Pero el último año de secundaria traía consigo un aire distinto, una mezcla de emoción y melancolía por saber que la vida iba a cambiar de una manera irreparable. Aunque no lo decía en voz alta, sentía un miedo sutil de que este fuera el final de mi pequeña burbuja de amistad con Greg.
Todo comenzó cuando Ángel apareció nuevamente en escena. Era un chico de personalidad andrógina, con una confianza que desbordaba cualquier espacio y, aunque al principio me había mantenido al margen de su existencia, mejor dicho, él evitaba que lo vieran conmigo y mis feos atuendos, de pronto noté que me seguía demasiado con la mirada.
Pronto descubriría que no era a mí a quien sus picaros ojos le habían echado el lazo.
Un día, se me acercó en el pasillo de la escuela y, con una sonrisa que podía derretir al hielo más frío, me pidió que lo presentara con Greg. Mi sorpresa fue tal que creo que el color abandonó mi cuerpo. Confundido y un poco irritado, traté de desviar el tema. "Greg solo sale con chicas, bueno... él quiere salir con una," le expliqué, esperando que Ángel entendiera la indirecta. Pero Ángel no era alguien que aceptara un no como respuesta. "Aunque no esté interesado, al menos quiero ser su amigo," replicó el con una firmeza desarmante, dejándome completamente desconcertado.
Por suerte, Greg no tomaba las clases de Angel. De igual modo, Ángel tomó la iniciativa y se presentó ante Greg sin mi intervención. Me encontré revirando la mirada en un intento inútil de ignorar lo que estaba sucediendo, pero ya era demasiado tarde.
Aunque intenté arrastrar a Greg lejos para evitar que Ángel se acercara más, mi esfuerzo fue en vano. Por más que intentaba mantenerlo ocupado con bromas triviales o conversaciones sobre nuestras películas favoritas, Ángel siempre encontraba una manera de deslizarse en nuestra dinámica, como un gato experto en el juego del ratón. Cada movimiento suyo parecía calculado, cada mirada dirigida hacia Greg era un recordatorio de que estaba perdiendo terreno en este silencioso enfrentamiento. Ángel, con su carisma innegable, estaba captando toda la atención de Greg. Por primera vez, sentí un leve pero punzante descontento al ver cómo mi mejor amigo respondía con interés y una sonrisa genuina a las palabras de Ángel. Era como si un espacio invisible se estuviera creando entre nosotros, uno que no sabía cómo llenar ni evitar.
Con el tiempo, noté cómo los gestos de Ángel hacia Greg alteraban mis días. Cada interacción entre ellos impactaba mis pensamientos y emociones. Aunque intentaba ver la relación como solo amistad, comencé a sospechar algo más. Analizaba cada mirada, sonrisa y palabra entre Greg y Ángel, cuestionando si era solo amistad lo que los unía.
Para mi malestar, parecía que Greg y Ángel tenían demasiados gustos en común, como si fueran almas gemelas descubriéndose por primera vez. Pero algo me daba vueltas en la cabeza, una sospecha persistente: ¿y si Ángel estaba fingiendo? Tal vez, en su afán por acercarse a Greg, había hecho su tarea, investigando cada detalle sobre sus preferencias y fingiendo compartir sus intereses. ¿De verdad le gustaban las películas clásicas de acción que Greg adoraba? ¿O sabía citar diálogos completos solo porque había pasado noches enteras estudiándolos? La idea de que todo pudiera ser una mentira me hacía retorcer el estómago.
Este proceso también me ayudó a entender mejor mi propia conexión con Greg, una que siempre había estado presente, esperando ser reconocida.
De pronto me empezaron a molestar pequeñas cosas que antes nunca me habían importado. Notaba cómo Ángel reía demasiado fuerte con las bromas de Greg, cómo encontraba excusas para rozarle el brazo y cómo parecía genuinamente fascinado por cualquier cosa que Greg hiciera. Pero lo peor era que Greg no parecía molesto por esta nueva atención. De hecho, parecía disfrutar de la compañía de Ángel. Y eso... eso no me hacía ni un poco de gracia.
Una tarde, mientras estábamos los tres en la cafetería, me sorprendí a mí mismo prestando demasiada atención a un pequeño lunar que Greg tenía entre el cuello y el cachete. Era un detalle que había visto mil veces, pero ahora, con Ángel sentado al otro lado de la mesa, parecía más llamativo que nunca. Cada vez que Ángel miraba en dirección a Greg, sentía un pequeño nudo formarse en mi estómago. "Ese lunar solo lo deben observar mis ojos," murmuré en voz baja, aunque lo suficientemente alto como para que Greg me mirara con una expresión de extrañeza. "¿Qué dijiste, Chris?" preguntó Greg, pero rápidamente desvié el tema, sonrojado hasta las orejas.
Por suerte, Stallone siempre estaba para salvarme. "¿Sabías que en una versión inédita de Rocky , el personaje originalmente iba a ser un boxeador retirado que terminaba enseñando en una escuela de baile para pagar sus deudas?" improvisé, tratando de desviar la conversación hacia un tema más ligero. "Dicen que Stallone incluso tomó clases de tango para prepararse para esa versión del guion, pero al final decidieron no incluir esa trama porque no encajaba con el tono de la película." Mientras decía esto, me forcé a sonreír, esperando que Greg y Ángel se engancharan con la idea absurda y dejaran de notar mi incomodidad.
Greg sonrió ante mi ocurrencia, con esa expresión despreocupada que siempre lograba arrancarme una chispa de alivio. Sin embargo, Ángel, como si no pudiera soportar quedar relegado al margen, volvió a intentar llamar su atención, esta vez con una anécdota sobre un festival de cine al que ambos parecían querer asistir. Sentí que, una vez más, la conversación resbalaba fuera de mi control, llevándolos a un terreno donde yo no podía seguirles el ritmo. "Por favor, deja de mirarlo", pensé mientras trataba de concentrarme en cualquier otra cosa. Pero mi atención volvía una y otra vez hacia Greg y Ángel, como si fueran imanes inevitables. La sonrisa de Greg era cálida, como el sol en un día de invierno, y Ángel parecía ser la luna que giraba a su alrededor, reflejando esa luz con fascinación. Me sentía atrapado en un bucle de emociones que no podía controlar, y era como si mi corazón estuviera empeñado en recordarme lo que realmente estaba en juego.
Me pregunté si esto era lo que Greg había sentido cuando yo lo ignoraba por estar con mi exnovia. Una punzada de culpa me recorrió al reflexionar sobre la posibilidad de haberle causado ese mismo dolor. Pero luego, un pensamiento extraño e irracional se apoderó de mí: Ángel como... ¿novio de Greg? ¡No! Sacudí la cabeza con fuerza, negándome a aceptar una imagen tan absurda. No es que fuera homofóbico ni nada parecido, pero la sola idea de Greg estando con alguien más me resultaba intolerable. Era algo que no podía procesar, algo que se rebelaba en mi interior como una alarma encendida a todo volumen.
De pronto, mi mente jugó una cruel broma, mostrándome imágenes rápidas y confusas: Greg inclinándose hacia Ángel para besarlo. Cerré los ojos con fuerza, intentando borrar esa visión, pero en su lugar apareció otra escena donde Greg estaba con otra compañera de clase, y luego con otra más. Una ráfaga de celos que no sabía que podía sentir me invadió, y antes de que pudiera detenerlo, un grito escapó de mis labios. Fue un grito corto, pero suficiente para que toda la cafetería se quedara en silencio. Greg y Ángel me miraron, sorprendidos, sin entender qué me estaba pasando.
La vergüenza me golpeó como un balde de agua fría. No podía quedarme ahí para explicar lo inexplicable. Con el rostro encendido y la respiración entrecortada, murmuré una excusa apresurada sobre una clase a la que llegaba tarde y salí corriendo, dejando detrás de mí un mar de miradas curiosas y preocupadas. Mi corazón latía con fuerza, no solo por la carrera, sino por la tormenta que se desataba en mi interior. Era evidente que no podía seguir ignorando lo que estaba sintiendo, pero ¿cómo enfrentarlo?
Decidido a entender qué estaba pasando, comencé a observar más de cerca a Greg y Ángel como un espantoso hobby. El peor de los que he tenido. Noté cómo Greg parecía más relajado con Ángel que con otras personas y cómo sus ojos brillaban cada vez que hablaban de películas o videojuegos. Pero también empecé a notar algo más: mi propio corazón latía más rápido cada vez que Greg reía, cada vez que nuestras manos se rozaban accidentalmente, cada vez que Greg me dedicaba una de sus sonrisas despreocupadas.
Un día, mientras caminábamos juntos hacia casa después de clases, no pude contenerme más. "Greg, ¿te gusta Ángel?" pregunté abruptamente, intentando sonar casual. Greg se detuvo en seco y me miró directamente a los ojos. "¿Ángel? No. Es genial, pero... no de esa manera. ¿Por qué preguntas?" Me encogí de hombros, tratando de ocultar el alivio que sentí. "Solo curiosidad."
Sin embargo, mientras los días de secundaria se deslizaban con la inevitabilidad de un reloj de arena, sentí que el peso de mis emociones hacia Greg ya no podía esconderse detrás de las sombras de la amistad. Cada interacción con Ángel se convirtió en un catalizador, revelando un torbellino de sentimientos que comenzaban a tomar forma. Era como si cada mirada perdida y cada sonrisa compartida con Greg fueran pistas de un rompecabezas que finalmente estaba dispuesto a armar. No podía ignorar más lo evidente: lo que me atormentaba no era Ángel, sino la posibilidad de que Greg pudiera no percibir nunca lo que significaba para mí. Esa certeza desesperada me llevó a un silencioso cambio de resolución, una promesa interna de encontrar el valor para enfrentar la verdad antes de que el tiempo nos separara irremediablemente.
El día de nuestra planeada reunión en casa de Greg, el universo decidió reírse de nosotros. Una tormenta eléctrica interrumpió el servicio de energía en todo el vecindario, dejando en el aire nuestra ansiada velada. Mientras intentaba disimular mi mezcla de alivio y decepción, Greg, con su manera despreocupada, sugirió que simplemente habláramos a la luz de las velas. Mi corazón seguía latiendo como el vuelo frenético de un colibrí, pero asentí. Nos sentamos en el sofá, iluminados solo por la tenue luz amarilla de una vela que parpadeaba entre nosotros.
La conversación comenzó de manera casual, sobre cosas triviales, pero poco a poco derivó en temas más personales. Greg me habló sobre sus miedos acerca del futuro, de cómo temía perder todas las cosas que lo hacían sentirse seguro, incluida nuestra amistad. Mientras lo escuchaba, sentí que mi frustración comenzaba a desmoronarse. No podía seguir ignorando lo que sentía, aunque no supiera cómo expresarlo.
De repente, Greg me miró con una intensidad que me dejó sin aliento. "Chris, sé que Ángel te pone incómodo, pero quiero que sepas que eso no cambia lo que somos tú y yo. Siempre seremos nosotros, pase lo que pase, ¿de acuerdo?" Su voz era firme, pero había una calidez en sus palabras que derritió algo dentro de mí. Asentí, incapaz de formular una respuesta coherente. Mis sentimientos seguían siendo un caos, pero, por primera vez en mucho tiempo, sentí que tal vez habría un momento en el futuro en el que podría reunir el valor para enfrentar lo que realmente significaba Greg para mí.
Para mi desgracia, Ángel no era el único que parecía competir por la atención de Greg. Un par de chicas de nuestra clase, aparentemente motivadas por alguna especie de juego o simple deseo de molestar, comenzaron a rondarlo en los pasillos y a invadir su espacio en los descansos. Me enfurecía la manera en que reían demasiado fuerte de sus bromas y cómo encontraban cualquier excusa para tocarle el brazo o mirarlo con una coquetería que me resultaba insoportable. No podía decidir qué me molestaba más: si su descaro o el hecho de que Greg no parecía darse cuenta del efecto que tenía en los demás.
Intenté convencerme de que solo era una broma, una maniobra pasajera que pronto se desvanecería. Pero cada vez que veía a Greg sonreírles o, peor aún, mantener una conversación animada con alguna de ellas, sentía como si una cuerda se tensara en mi pecho. La tensión no tardó en desbordarse. Una tarde, mientras caminábamos hacia la biblioteca, algo insignificante se convirtió en la chispa que desencadenó una discusión. Greg había olvidado devolverme un videojuego que le había prestado, y mi irritación estalló de una forma completamente desproporcionada.
"¿Es que ya no te importa nada de lo que hacemos juntos? ¡Te pasas todo el día con ellas o con Ángel!" solté de golpe, con una voz que apenas reconocía como mía. Greg se detuvo en seco, mirándome con una mezcla de desconcierto y preocupación. "¿De qué hablas, Chris? Solo somos amigos. ¿Por qué estás tan molesto?"
No tenía una respuesta que no me dejara completamente expuesto. Sentí el calor subir a mi rostro mientras me esforzaba por mantener una fachada de enfado. "Olvídalo," dije finalmente, desviando la mirada. "No importa."
En el fondo, sabía que Greg no tenía idea de lo que realmente estaba ocurriendo dentro de mí. No podía culparlo, pero tampoco podía evitar sentir que me estaba perdiendo en un torbellino de emociones del que no sabía cómo salir. La noche después de nuestra discusión, me encontré repasando una y otra vez nuestras interacciones y preguntándome cuánto más podría soportar antes de que todo colapsara.
La graduación estaba a la vuelta de la esquina, y con ella, la inevitable separación que traería el verano. Una noche, durante una pequeña reunión en casa de Greg, terminamos afuera, sentados en el porche.
Me sentía más tranquilo en casa de Greg. En la mía, mis hermanos seguramente notarían todo lo que él me hacía sentir. Últimamente, no podía contener mis emociones y temía que todos se dieran cuenta, burlándose de mí como solían hacerlo con mis relaciones pasadas. Mi familia, aunque maravillosa, tenía la cruel costumbre de hacer bromas pesadas acerca de los noviazgos, y no estaba preparado para enfrentar ese tipo de comentarios. Además, Greg ni siquiera era mi novio; seguía siendo solo mi amigo, y no tenía esperanzas de que pudiera verme como algo más.
Lo peor era que no podía evitarlo. Me gustaba todo de él: su cabello desordenado que siempre parecía perfecto, su voz que encontraba maneras de calmarme incluso en los peores días, su risa que iluminaba cualquier habitación, y, más recientemente, sus labios, que me hacían sentir como un pervertido por desear besarlos. Cada pequeño detalle de Greg me enredaba más en un torbellino de emociones que no sabía cómo manejar. Definitivamente estaba perdido.
Trataba de distraerme con cualquier cosa. Cuando nos reuníamos en su casa, me obligaba a enfocar mi atención en sus videojuegos o en las películas que solíamos ver juntos, pero era inútil. Cada vez que Greg reía o sus ojos se cruzaban con los míos, sentía cómo mi fachada de tranquilidad comenzaba a resquebrajarse. Era un juego constante de esconder lo que sentía, un equilibrio imposible entre el miedo al rechazo y el deseo de estar más cerca de él. Fue entonces cuando, sin pensarlo demasiado, dije: "No quiero que todo cambie... no quiero que nosotros cambiemos."
Greg me miró fijamente, su expresión suave pero seria. "Chris, tú y yo siempre seremos nosotros. Pero... ¿quieres saber algo? Creo que cambiar no siempre es malo."
Y antes de que pudiera preguntar a qué se refería, Greg se inclinó de una manera que me hizo ilusionar, pero no era lo que pensaba. Greg había visto a mi papá detrás de mí, y Julius me estaba llamando para que volviera a casa porque se había hecho tarde.
Fue entonces cuando experimenté la vergüenza de los sueños. El solo imaginar que Greg se me acercaba para besarme me volvía loco, como si mi inconsciente insistiera en torturarme con lo que no podía aceptar en la realidad. Me despertaba sobresaltado, con el corazón latiendo con fuerza y la sensación de que todo mi cuerpo ardía bajo el peso de esos pensamientos. ¿Qué significaba todo esto? ¿Era solo una fase, una confusión pasajera, o algo más profundo que había estado escondido durante años? No tenía respuestas, solo preguntas que se acumulaban, estrangulándome en silencio mientras intentaba actuar con normalidad frente a Greg.
En esos momentos, me sentía atrapado en un laberinto emocional del que no sabía cómo salir. Cada vez que nuestras manos se rozaban accidentalmente o nuestras miradas se encontraban por más de un segundo, mi mente volvía a esos sueños y me obligaba a apartar la vista, temeroso de que Greg pudiera leer en mis ojos algo que yo mismo no sabía cómo explicar. Era un juego cruel, uno en el que yo mismo era mi peor enemigo.
Había algo magnético en esos momentos fugaces, como cuando Greg tomaba agua. Las gotas caían lentamente por la comisura de sus labios, deslizándose hasta el bendito lunar que me había obsesionado tanto. Mi mirada se detenía en su cuello, en esa curva perfecta donde se encontraban sus clavículas, y me sorprendía deseando quedarme allí para siempre. Era un pensamiento prohibido, uno que siempre luchaba por apartar, pero que regresaba con fuerza cada vez que estábamos cerca. Intenté disimular, enfocarme en cualquier otra cosa, pero mis emociones me traicionaban constantemente.
La expulsión del último año fue un golpe devastador. Sentía que todo se desmoronaba frente a mí, pero Greg, como siempre, parecía tener una solución para cada problema. Fue él quien me sugirió la idea de hacer una prueba especial, algo que me permitiría terminar la preparatoria y entrar a la universidad. Pero sobre todo y mas importante me permitiría seguir compartiendo nuestras vidas. Su entusiasmo al explicarlo me dio un pequeño rayo de esperanza, aunque también me llenó de dudas. ¿Sería capaz de lograrlo?
Mi madre, en cambio, no entendía mi decisión. Para ella, el camino tradicional siempre había sido el único aceptable. No podía explicarle que mi motivación no era simplemente avanzar académicamente, sino mantenerme cerca de Greg. Guardar ese secreto se sentía como cargar una piedra en el pecho cada vez que hablábamos del tema, y más aún cuando intentaba convencerla de que este examen era lo mejor para mí.
Sin embargo, lo más complicado era enfrentarme a mis propios sentimientos hacia Greg. Cada día que pasaba sin decirle lo que realmente significaba para mí era como un reloj que marcaba el tiempo perdido. Sabía que no podía confesarlo primero a mi madre, ni a nadie más. Greg tenía que ser el primero en saberlo, pero el miedo al rechazo me paralizaba. ¿Y si mi confesión arruinaba nuestra amistad? ¿Y si Greg no entendía por qué estaba haciendo todo esto?
El día de la prueba se acercaba rápidamente, y con cada hora que pasaba, me sentía más confiado en que debía dar ese paso, no solo por mi futuro académico, sino por la posibilidad de seguir al lado de la persona que había cambiado mi vida en formas que ni siquiera podía explicar. Greg era mi mejor amigo, sí, pero también era mucho más que eso. Y aunque el miedo me seguía acechando, sabía que tenía que encontrar la manera de enfrentar la verdad, por difícil que fuera.
El resultado de la prueba fue un golpe más fuerte de lo que jamás hubiera imaginado. Sentía como si el suelo bajo mis pies se hubiera desmoronado, dejándome en el vacío. Pasé de ser el "superhéroe nerd", como Greg solía llamarme en broma, a sentirme un bufón, una sombra de lo que creía ser. Mi autoestima estaba hecha añicos, y el mundo parecía demasiado cruel en ese momento.
Greg, como siempre, intentó levantarme el ánimo. Su voz tenía esa calidez que usualmente lograba calmar mis tormentas internas, pero esta vez, sus palabras, a pesar de bien intencionadas, parecían arañar una herida que no podía cerrar. "Chris, no te preocupes. Hay otras oportunidades. Eres inteligente, lo sabes, y esto no define quién eres," dijo con esa mezcla de firmeza y ternura que lo caracterizaba. Pero yo no podía escucharlo, atrapado en mis propias inseguridades, como si fueran cadenas que me mantenían inmóvil.
"¡No lo entiendes, Greg! ¡Nada de esto importa! No importa lo que sea, porque al final... al final todo se va a acabar," le respondí con una voz quebrada, llena de frustración y miedo. Greg me miró desconcertado, y en sus ojos vi una mezcla de preocupación y tristeza. Pero no podía detenerme. Todo lo que había reprimido durante tanto tiempo comenzó a desbordarse. "¿Qué pasa si nunca te digo lo que realmente siento? ¿Qué pasa si, el día que por fin pueda reunir el coraje para hacerlo, ya estés con alguien más? ¿Qué pasa si te pierdo, Greg?"
Greg permaneció en silencio por un momento, y ese pequeño espacio se sintió eterno. Su rostro mostraba una mezcla de sorpresa y algo más que no podía descifrar. Finalmente, se acercó, colocando una mano sobre mi hombro. "Chris, pase lo que pase, siempre quiero que seas tú. Nadie más puede ocupar el lugar que tienes en mi vida. Pero... ¿qué me quieres decir realmente?"
La pregunta directa me dejó helado, como si todas las palabras se hubieran evaporado de mi mente. El miedo al rechazo me envolvió como una nube oscura, pero también sentí una pequeña chispa de esperanza al mirar a Greg. ¿Podría ser este el momento? ¿Podría finalmente encontrar el valor para enfrentar lo que había estado escondiendo durante tanto tiempo?
Mientras mi mente luchaba entre estas dos partes, sentía un torbellino de emociones que no me dejaban pensar con claridad. Era como si estuviera atrapado en una batalla interna, donde mi inseguridad y mi esperanza chocaban constantemente. Por un lado, el peso de mi autoestima rota me hacía creer que Greg merecía algo mucho mejor que yo, alguien fuerte y seguro, alguien que no se tambaleara con cada mirada suya. Por otro lado, esa pequeña y obstinada chispa de fe me susurraba que tal vez, solo tal vez, Greg pudiera verme como algo más que su mejor amigo.
El egoísmo de querer aferrarme a él era innegable, pero también lo era el deseo genuino de hacerle feliz. ¿Qué pasaría si mi inseguridad terminaba alejándolo, y en mi afán por protegerlo de mí mismo, perdía la única oportunidad de construir algo hermoso? Estas preguntas me atormentaban, y cada vez que las consideraba, me sentía más perdido que nunca.
No podía evitar imaginar cómo sería nuestra vida juntos. ¿Sería posible alcanzar esa felicidad que soñaba, o todo sería un espejismo que pronto se desvanecería? La lucha interna entre mi autocrítica y mi esperanza era agotadora, pero había algo que empezaba a inclinar la balanza: el hecho de que Greg siempre había estado allí para mí, con una paciencia y una calidez que nunca había encontrado en nadie más.
Finalmente, me di cuenta de que no podía seguir así. Debía tomar una decisión, aunque el miedo al rechazo seguía acechándome, susurrándome que el riesgo era demasiado grande. Pero si había algo que había aprendido de Greg, era que algunas cosas en la vida valían la pena, incluso si el resultado era incierto. Con ese pensamiento en mente, sentí que comenzaba a reunir el coraje para enfrentar lo que había estado ocultando durante tanto tiempo.
Pero como no sabía cómo empezar a confesarle lo que sentía, decidí optar por una acción más directa. Di un par de pasos hacia él, sintiendo cómo el corazón palpitaba con fuerza en mi pecho. Con cuidado, tomé su cuello, observando su mirada sorprendida que parecía buscar respuestas en la mía. Mi dedo rozó aquel lunar que tantas veces había capturado mi atención, y antes de permitirle apartarse o decir algo que pudiera romper el momento, lo acerqué hacia mí y lo besé.
Fue un beso tímido al principio, cargado de inseguridades y miedos. El silencio que nos envolvía parecía gritar más fuerte que cualquier palabra, pero, sorprendentemente, Greg no se apartó. Al contrario, permaneció cerca, como si estuviera tratando de descifrar lo que acababa de suceder. Sentía mi piel arder, esperando aquella reacción que podría cambiarlo todo, temiendo el rechazo que podría desmoronarme por completo.
Finalmente, Greg rompió el silencio, su voz baja y casi temblorosa. "Chris... ¿por qué no me lo dijiste antes?" Lo miré, incapaz de responder de inmediato, atrapado entre el alivio y la incertidumbre. "Porque no sabía cómo," respondí lentamente, sintiéndome más vulnerable que nunca. Greg sonrió, esa sonrisa cálida y genuina que siempre lograba calmar mis tormentas internas. "Bueno, ahora lo sé."
Respondi a su sonrisa con un beso suave, esperando que mi gesto hablara por las palabras que aún no encontraba valor para decir en voz alta. El mundo parecía detenerse en ese instante, como si solo existiéramos él y yo, rodeados por un silencio que no necesitaba romperse. Sentí cómo sus manos se posaban con delicadeza en mi espalda, acercándome más a él, y el miedo que había cargado durante tanto tiempo comenzó a disiparse, reemplazado por una calidez que jamás había experimentado.
Cuando nos separamos, Greg me miró con una mezcla de ternura y algo que no podía descifrar del todo, pero que me daba esperanza. "Chris," murmuró, su voz apenas un susurro, "creo que también tenía miedo de esto, de lo que podría significar. Pero ahora... me alegra que lo hayas hecho."
En ese momento, comprendí que no todo estaba resuelto, que el camino por delante sería complicado y lleno de incertidumbres. Sin embargo, por primera vez, sentí que no estaba solo en esta lucha. Greg estaba allí, conmigo, y ese simple hecho hacía que todo lo demás pareciera menos importante.
Besarlo era diferente a todas mis relaciones anteriores. Se sentía tan natural, como si siempre hubiera sido parte de mí y simplemente estuviera esperando el momento adecuado para revelarse. No había nada ni nadie interponiéndose entre nosotros en ese instante, solo una conexión que trascendía las palabras y los pensamientos. Era como si ese beso hubiera roto todas las barreras que nos separaban, dejando al descubierto una verdad que ambos habíamos estado esquivando. En su mirada, vi reflejado el mismo alivio que sentía, y su sonrisa me confirmó que, finalmente, estábamos donde debíamos estar.
Pensando con la cabeza fría, nuestros problemas comenzaron a desvanecerse. Decidimos que lo mejor era avanzar juntos, y así lo hicimos: nos mudamos a un pequeño apartamento en el centro, un lugar modesto pero lleno de posibilidades. A pesar de haber tomado esta gran decisión, aún no habíamos reunido el valor suficiente para decirles a nuestras familias sobre nuestra relación. Sentíamos que las apuestas estaban sobre la mesa, que todo dependía de cómo manejaríamos este nuevo capítulo.
Mientras Greg asistía a la universidad y trabajaba a medio tiempo, yo dividía mis días entre trabajar con él en una cafetería cercana y terminar mi último año de escuela secundaria. Cada día era un torbellino de horarios, tareas y sueños compartidos, pero encontrar pequeños momentos para estar juntos hacía que todo valiera la pena. Las risas en las noches agotadoras, los desayunos improvisados antes de salir corriendo al trabajo o la universidad, y las silenciosas tardes de estudio bajo la misma lámpara nos recordaban que estábamos construyendo algo que realmente importaba.
Había algo reconfortante en esta rutina caótica. Por primera vez en mucho tiempo, sentíamos que teníamos un lugar al que llamar hogar, uno que no dependía de las expectativas de los demás, sino de lo que nosotros queríamos construir. Y aunque las dudas seguían acechando, sobre todo en los momentos en los que nuestras familias preguntaban cuándo los visitaríamos y por qué no hablábamos tanto como antes, sabíamos que eventualmente encontraríamos la manera de enfrentar ese desafío también.
Dormíamos en un solo cuarto, un espacio pequeño que compartía las risas y los silencios de dos personas que aún estaban aprendiendo a navegar sus sentimientos. No habíamos cruzado esa línea física, pero la cercanía constante hacía que detenernos fuera cada vez más difícil, al menos para mí. Greg parecía volverse más apuesto con el paso de los días, como si la universidad y las nuevas experiencias le estuvieran dando una nueva confianza que yo no podía evitar encontrar irresistible.
Sin embargo, esa misma transformación también me llenaba de ansiedad. No podía dejar de imaginar cómo las universitarias o universitarios podrían empezar a fijarse en él. A diferencia de lo que fue en la secundaria, donde nuestras vidas giraban en torno a un círculo más cerrado, la universidad ofrecía un mundo nuevo lleno de posibilidades, y yo no podía evitar sentirme inseguro. ¿Qué pasaría si alguien más se daba cuenta de todo lo que yo veía en Greg? El simple pensamiento de perderlo me mantenía en vilo, pero intentaba no dejar que esas preocupaciones se colaran en nuestra vida diaria.
La pasión se desbordó una tarde inesperada, como un río que rompe sus diques y arrasa con todo a su paso. Estábamos en nuestro pequeño apartamento, ambos exhaustos después de un largo día de estudio y trabajo. La tensión que había crecido entre nosotros, esa electricidad que parecía encenderse cada vez que nuestras miradas se cruzaban, finalmente alcanzó un punto crítico. Todo empezó de manera inocente, con una discusión sobre qué película ver esa noche. Pero cuando sus dedos rozaron los míos al tomar el control remoto, algo dentro de mí se rompió.
Fue como si todas las barreras que había levantado durante meses para contener mis emociones se derrumbaran de golpe. Greg, sin apartar la mirada, dejó el control remoto a un lado y se acercó lentamente, como si supiera exactamente lo que estaba a punto de ocurrir. Yo, atrapado entre el miedo y el deseo, no pude hacer nada más que acercarme también, sintiendo cómo mi corazón golpeaba con fuerza en mi pecho.
Cuando nuestros labios se encontraron, fue como si el mundo entero se detuviera. En ese momento, no existían las inseguridades ni los miedos que me habían atormentado durante tanto tiempo; solo estábamos él y yo, inmersos en una conexión que trascendía las palabras. El beso se volvió más profundo, cargado de años de emociones reprimidas, y nuestras manos comenzaron a explorar con una urgencia que no podíamos detener.
La habitación, que hasta entonces había sido un espacio tranquilo y reservado, se llenó de una energía que parecía vibrar en las paredes. Nos dejamos llevar, como si finalmente hubiéramos encontrado el valor para rendirnos ante lo que siempre había estado latente entre nosotros. No hubo dudas ni titubeos, solo el deseo de estar más cerca, de descubrir los límites de esta nueva intimidad que habíamos decidido explorar juntos.
En los días que siguieron, no podía evitar la intensidad de mis sentimientos. Me encontraba preocupado por cada pequeño detalle, queriendo proteger lo que habíamos construido como si fuese el tesoro más preciado. Había momentos en que el amor que sentía por Greg se transformaba en una fuerza posesiva, una necesidad apremiante de asegurarme de que él sintiera lo mismo por mí, de que no hubiera lugar para que nadie más entrara en su vida. Sabía que ese impulso era desvergonzado, incluso egoísta, pero no podía detenerlo; me sentía cegado, completamente absorbido por él, como si Greg fuera el único faro en un mundo lleno de incertidumbre.
Cuando estábamos juntos, todo parecía girar en torno a él. Su risa, que resonaba como música en mis oídos, y sus palabras, que siempre tenían la capacidad de calmar mis tormentas internas, se habían convertido en mi refugio. Pero esa dependencia también me asustaba. ¿Era justo para Greg que yo depositara tanto de mi felicidad en nuestra relación? ¿Podría mantener el equilibrio entre amar con intensidad y no sofocar lo que teníamos?
Esa noche marcó un antes y un después en nuestra historia. La pasión que nos había envuelto no solo derribó nuestras barreras emocionales, sino que también fortaleció ese lazo que habíamos construido con tanto cuidado. Aunque sabía que esto traería nuevas preguntas y desafíos, sentí una seguridad renovada en el hecho de que, pase lo que pase, enfrentaríamos juntos lo que viniera.
Poco después de entregarnos a lo físico, propuse a Greg que nos sinceráramos con nuestros padres. Sabía que el pensamiento lo inquietaba, pues siempre había sido más reservado en temas personales, pero intenté calmarlo asegurándole que lo haríamos a nuestro ritmo, paso a paso. "Mi padre será el primero en saberlo," le dije con suavidad, tomando su mano. Amaba profundamente a mi madre, pero en el fondo sabía que Julius, con su carácter comprensivo y su habilidad para leer entre líneas, sería quien lo aceptaría con mayor facilidad. Greg asintió lentamente, aunque su mirada reflejaba una mezcla de temor y esperanza. Era un avance pequeño pero significativo, una señal de que estábamos listos para enfrentar juntos lo que viniera.
Siempre había visto a mi padre como un pilar, alguien que sabía cómo amortiguar los golpes de la vida y protegernos sin importar lo que ocurriera. Fue él quien se encargó de suavizar los pros y los contras de cada decisión que tomé, de cada paso que di hacia adelante. Cuando finalmente decidí sincerarme con él, me recibió con una calma que me sorprendió y que me dio el coraje para continuar. Durante nuestra conversación, compartí todo lo que sentía por Greg, las dudas, los miedos, y los momentos que nos habían unido. Su respuesta fue un simple: “Bueno, hijo, el amor siempre encuentra su camino. No dejes que el miedo te detenga.”
La conversación con mi padre me dio fuerzas que ni siquiera sabía que tenía. Me sentía más seguro de lo que quería y de cómo deseaba que Greg y yo enfrentáramos el mundo juntos. En ese momento, me prometí que no permitiría que ninguna duda, miedo o comentario externo nos separara. Greg era mi refugio, mi paz, y fue entonces cuando comprendí que el amor, aunque complicado y lleno de retos, podía ser lo suficientemente fuerte para superar cualquier barrera. Era una declaración silenciosa: Greg es mío en el sentido más profundo, y no lo comparto con nadie porque en este mundo caótico, él es mi todo.
