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Un día en el Norte, el aire era frío pero firme, como la voluntad de quienes lo gobernaban. Lord Rickard Stark, Señor de Invernalia, se encontraba en el salón principal, recibiendo audiencias y peticiones de sus vasallos. A su lado, sentada en silencio pero atenta, estaba su esposa, Lady Lyarra Stark, Dama de Invernalia. Ambos escuchaban con paciencia las preocupaciones sobre comercio, cosechas y disputas territoriales.
Tras una larga jornada, Rickard y Lyarra se retiraron a sus aposentos, exhaustos pero tranquilos. Conversaron sobre las solicitudes de sus vasallos, evaluando con cuidado cada decisión.
—Hemos hecho lo necesario por hoy —dijo Rickard, tomando la mano de su esposa—. Nos hemos ganado un descanso.
—Sí —asintió Lyarra—. Aunque no puedo evitar pensar en nuestros hijos. Deberíamos pasar a verlos.
Ambos caminaron por los pasillos de piedra hasta la guardería, donde las nanas y la vieja Tata cuidaban a los niños Stark. Al entrar, vio a su primogénito, Brandon, jugando con un pequeño lobo de madera. Cerca, el pequeño Eddard estaba en el regazo de su nodriza, escuchando un cuento con los ojos muy abiertos.
Rickard y Lyarra intercambiaron una mirada de orgullo. Se acercaron a sus hijos, los tomaron en brazos y jugaron con ellos unos momentos, hasta que un leve golpe en la puerta anunció la llegada del maestre de la casa.
—Mi señor, mi señora —dijo el maestre, inclinándose—. Ha llegado un cuervo desde Aguasdulces.
Rickard tomó el pergamino y, al ver el sello con el emblema del pez plateado, sonriendo.
—Es de Hoster Tully —dijo, volviéndose hacia su esposa—. Mi viejo amigo de la guerra de los Nueve Peniques. Nos invita a una cena en Aguasdulces. Estamos cordialmente invitados, y debemos partir con la próxima luna.
Lyarra frunció el ceño con preocupación.
— ¿Debemos ir tan lejos? No quiero dejar a nuestros pequeños.
Rickard le acarició la mejilla con suavidad.
—Lo entiendo, pero no podemos rechazar la invitación de Hoster. Es más que un aliado, fue mi hermano de armas. Quiero que lo conozcas, y también a su esposa, Lady Minisa. Quizás... quizás tú y ella puedan llegar a ser amigas.
Ante esas palabras, Lyarra asomaba con una débil sonrisa.
—Está bien. Te acompañaré.
Pasaron los días, y los sirvientes de Invernalia comenzaron a preparar el carruaje para el viaje. Rickard y Lyarra eligieron sus mejores galas. Antes de partir, Lyarra se despidió con la ternura de sus hijos: besó a Brandon en la frente y a Ned en la mejilla.
—Los voy a extrañar, mis pequeños lobos —susurró.
Tras varias jornadas de viaje por caminos y posadas, llegaron finalmente a Aguasdulces, el ancestral hogar de la Casa Tully. Al acercarse al castillo, Rickard y Lyarra sintieron un ligero nerviosismo.
Fueron recibidos por tres figuras familiares: Hoster Tully, su hermano Brynden —el llamado Pez Negro—, y una dama de rostro amable, Lady Tully Minisa. A su lado, una pequeña niña de unos dos años los observaba con curiosidad: Catelyn Tully.
—Rickard Stark —dijo Hoster, estrechando su mano—. Mi viejo amigo. Bienvenido a mi hogar. Y esta debe ser tu esposa.
—Lady Lyarra Stark —respondió Rickard, presentándola con orgullo—. Señora de Invernalia.
—Un honor conocerte —dijo Minisa con una sonrisa—. Esta es nuestra hija, Catelyn.
La pequeña Catelyn se aferró tímidamente a la falda de su madre. Lyarra le desarrolló una sonrisa cálida.
Rickard y Lyarra fueron conducidos a sus aposentos para descansar antes de la cena. Esa noche, compartieron mesa con Hoster, Minisa y Brynden. Hablaron del gobierno del rey Aerys II, de comercio y del pasado. Las risas fluían entre anécdotas de la guerra, mientras las esposas escuchaban con atención.
Al día siguiente, Lyarra paseaba por los jardines de Aguasdulces cuando se cruzó con Minisa.
— ¿Qué te parece el castillo? —le preguntó Minisa con curiosidad.
—Muy distinto al Norte —respondió Lyarra—. Hay tanta agua... y el aire es distinto. Más suave.
Minisa río.
—Puedo darte una guía por el castillo, si quieres. Luego, podemos tomar el té.
Lyarra aceptó con gratitud. Las dos damas caminan juntas, conversando sobre la maternidad, sus esposos y la crianza de sus hijos. En medio de la charla, una pequeña figura irrumpió corriendo en el salón: era Catelyn, escapando de su niñera, quien llegó jadeando detrás de ella.
—¡Lady Tully, lo siento! ¡Se me ha escapado!
—Está bien —dijo Minisa, tomando a su hija en brazos—. ¿Qué pasa, mi amor?
—Estoy aburrida —dijo la niña—. Quiero quedarme con ustedes.
Ambas mujeres rieron.
—¿Cuántos años tienes, pequeña? —preguntó Lyarra.
—Dos —respondió Catelyn con orgullo, y luego, algo apenada, preguntó—. ¿Tienes hijos?
—Sí —respondió Lyarra, con ternura—. Dos pequeños: Brandon y Ned.
Catelyn se ilumina de emoción.
—Algún día ¿pueden venir a jugar conmigo?
—Claro que sí —dijo Lyarra, riendo
Poco después, Catelyn partió a buscar a su tío Brynden, quien le había prometido jugar con ella. Minisa la besó en la frente y la despidió con una sonrisa. Lyarra, al observar esa escena, sintió una profunda admiración.
—Ser madre... —dijo Minisa—. Es una dicha y una carga hermosa.
—Y una fuerza que pocos comprenden —respondió Lyarra.
Los días en Aguasdulces transcurrieron con tranquilidad. Al final de su estancia, Rickard y Lyarra se despidieron con cariño de sus anfitriones.
—Gracias por la cena, y por la compañía —dijo Rickard, estrechando la mano de Hoster Tully.
—Siempre tendrás un lugar aquí, viejo amigo —respondió el señor del Tridente Hoster Tully.
Lyarra abrazó a Minisa con calidez, y Catelyn tiró de la capa de la dama norteña.
—¡No olvides traer a tus hijos! —le dijo, sonriendo.
—Lo prometo —contestó Lyarra, inclinándose hacia ella—. Nos volveremos a ver.
Y así, los señores de Invernalia aprendieron el viaje de regreso al Norte, con nuevos recuerdos, lazos fortalecidos y una amistad naciente entre dos damas tan distintas como iguales.
