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Crónicas del León Malfoy

Summary:

La caótica vida de Draco Malfoy siendo un Gryffindor.

Chapter Text

Draco Malfoy había nacido para ser un Slytherin.

Era evidente en su postura, en su dicción, en la forma en que sostenía su varita como si pudiera corregir al mundo con solo apuntarlo. Nadie en su sano juicio —y ciertamente ningún sombrero parlante con sentido de la estética— debía tener dudas al respecto.

Y, sin embargo, ahí estaba.

Gryffindor.

El sombrero había gritado el nombre como una sentencia. Y Draco, petrificado, había descendido de la tarima como si caminara hacia su ejecución.

Aún recordaba el primer aplauso. Sonó como una bofetada. Y cuando se sentó junto a un chico pelirrojo con los codos en la mesa y la cara llena de pecas, pensó seriamente en escapar. Saltar por la ventana. Fingir amnesia.

Pero nada de eso ocurrió. Lo único que cayó fue su dignidad.

Su tío Regulus, desde la mesa de profesores, lo miró como si acabaran de anunciar que el castillo se estaba incendiando.

—¿Gryffindor? —dijo más tarde, sosteniendo la lista de casas como si contuviera una maldición.

Draco solo se encogió de hombros y murmuró con la dignidad de un mártir:

—El sombrero está roto.

Regulus no replicó. Pero desde ese día empezó a ponerle una ramita de menta extra en el té. Una muestra de luto.

Y entonces, como si ser enviado a la casa equivocada no fuera suficiente, Draco fue confinado en un dormitorio que olía a calcetines, pintura mágica y testosterona adolescente.

Neville Longbottom, Dean Thomas y Thomas Roux.

Ese era su círculo íntimo. Su entorno nocturno. Su castigo diario.

Neville fue el primero en acercarse.

La primera noche, mientras Draco se sentaba en el borde de su cama, horrorizado ante las colchas rojas, las cortinas gruesas y las paredes sin mármol, estuvo a punto de llorar. No con escándalo, por supuesto. Con estilo. Con lágrimas contenidas y la mirada fija en un punto lejano, como si interpretara una tragedia antigua.

Y entonces, Neville —pequeño, tímido, con el pijama arrugado y la cara llena de preocupación honesta— se le acercó y le preguntó con voz temblorosa:

—¿Quieres un abrazo?

Draco lo miró como si acabara de proponerle matrimonio.

Y sin embargo… asintió.

Y desde entonces, Neville fue suyo.

Su apoyo emocional. Su almohada moral. El único que sabía cuándo servirle té sin que se lo pidiera.

Después estaba Dean.

Thomas Ruidoso. Thomas Atlético. Thomas Chocolate.

Draco jamás lo llamaba simplemente “Dean”.

Era un Gryffindor de libro: alto, fuerte, risueño y lleno de comentarios fuera de lugar. Jugaba ese deporte muggle que involucraba patear una pelota sin magia, y se quitaba la túnica con una frecuencia absurda.

Draco lo encontraba insoportable.

Y, a ratos, peligrosamente atractivo. Lo cual solo empeoraba todo.

Luego venía Thomas Roux, su otro tormento personal.

Francés. Silencioso. Siempre dibujando. Siempre observando.

Tenía la cara de un poeta muerto y la mirada de un crítico de arte enojado. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, lo hacía en francés.

Draco no sabía si lo respetaba o lo odiaba. Probablemente ambos.

Compartir habitación con ellos era como vivir en una novela absurda de la que no podía salir. Una tragicomedia con acento internacional y decoraciones mediocres.

Y en medio de todo eso… estaba Harry.

Harry Potter.

El niño estrella.

El héroe distraído.

El tonto más guapo que Draco había visto en su vida.

Lo odiaba.

Lo odiaba profundamente.

Lo odiaba con cada célula de su ser.

Y con cada mirada casual.

Y con cada sonrisa torpe.

Y con cada mechón de cabello desordenado que caía sobre su frente.

Y por Merlín, por qué tenía que tener esos ojos verdes ridículos.

Draco no sabía cuándo había empezado. Tal vez en tercero. Tal vez cuando le prestó una pluma sin mirarlo, como si fuera nada.

Tal vez cuando le sonrió después de un partido, aún con los guantes puestos, diciéndole “buen vuelo, Malfoy” con esa voz ronca y despreocupada.

Fue el peor día de su vida.

Tener un crush con Harry Potter era una condena. Una ironía del destino. Un castigo por cada poción que no había medido bien en primero.

Y lo peor es que Draco lo escondía. Lo escondía con años de práctica. Con sarcasmo, con indiferencia, con miradas frías.

Draco Malfoy no pedía mucho. Solo un poco de paz, discreción y que nadie —absolutamente nadie— gritara a los cuatro vientos que estaba enamorado de Harry maldito Potter.

Lástima que Dean Thomas existiera.

—¡DRACO AMA A HARRY! —tronó la voz del Thomas Atlético por los pasillos del sexto piso como si estuviera anunciando el regreso de Voldemort, pero con más entusiasmo y menos respeto por la privacidad ajena.

La sangre se le fue al rostro. La dignidad, al piso.

Y Dean Thomas…

Dean Thomas no viviría para contarlo

Draco se quedó paralizado un segundo. Parpadeó. Miró hacia donde Dean había salido corriendo con una sonrisa satisfecha y una velocidad ofensiva. Y entonces…

—¡THOMAS!

Salió corriendo tras él. Las túnicas ondeaban como banderas en guerra y el corazón le latía con tanta furia que juraba que hasta un retrato lo miró con pena. Pena. Él. Draco Malfoy. Ser sublime, portador de cejas perfectas y emociones privadas.

Subió los peldaños con el fuego del infierno en los talones. Dean iba riéndose, claro, como si no acabara de destruir la reputación cuidadosamente construida de sarcasmo, indiferencia y absoluta superioridad estética que Draco había cultivado desde primer año.

El retrato de la Dama Gorda apenas logró abrirse a tiempo.

Dean entró de un salto.

Draco lo siguió.

Y entonces ocurrió lo peor: la escena.

Porque allí, en la sala común, todavía vestido con el uniforme de Quidditch, con el cabello revuelto por el viento y el botón del cuello desabrochado como si estuviera en una maldita novela juvenil barata, estaba Harry Potter. Hablando casualmente con Ron, riéndose de algo con esa sonrisa torpe y esos ojos brillantes que, objetivamente, no eran nada especial y que, subjetivamente, Draco encontraba totalmente insoportables.

Dean, por supuesto, fue directo hacia él. Se escondió detrás de Potter, como si el Niño Dorado de Gryffindor fuera un escudo humano y no su condenado CRUSH DEL INFRAMUNDO.

Draco llegó resollando y vio cómo Dean se asomaba por encima del hombro de Harry, sonriendo como un idiota.

—¡MALDITO THOMAS, TU HORA HA LLEGADO! —exclamó Draco, elevando una mano lista para un golpe elegante pero contundente.

Intentó alcanzarlo por sobre Harry, que solo reaccionó con la confusión habitual de alguien que nunca sabe lo que pasa a su alrededor.

—¡Draco, espera! —dijo Harry, atrapando su brazo—. ¿Qué está pasando?

¿QUÉ ESTÁ PASANDO? ¡Todo! ¡La ruina, la destrucción, la señora Rosales en el retrato del pasillo susurrando “ay, el amor adolescente”! ¡El fin de su dignidad como ser etéreo y superior!

—¡Este lunático gritó en medio del pasillo que yo… que yo…! —No podía decirlo. No podía completar esa frase delante de Harry Potter. Su lengua se negaba. Su alma se negaba. Su orgullo se asfixiaba.

Dean se carcajeaba detrás del hombro de Harry, sin una pizca de remordimiento.

—Lo grité con amor —dijo, como si eso lo hiciera menos grave—. Además, todo el mundo ya lo sabe.

—¡¿QUÉ?!

—Admite que te gusta, Malfoy —insistió Dean, con esa maldita sonrisa traviesa que usaba siempre que estaba a punto de incendiar el mundo por diversión.

Draco estaba rojo, pero no del mismo rojo que usaba en sus mejillas con el rubor mágico matizado. No. Este era un rojo violento, furioso, más propio de un incendio forestal que de un Malfoy criado con etiqueta y vajilla de cristal encantado.

—¡Cállate, Thomas! —espetó. El pánico empezaba a burbujear detrás de su esternón. Dean estaba entrando en terreno nuclear.

—No, en serio, Draco —prosiguió Dean, ignorando por completo la amenaza de muerte flotante en el aire—. ¿Por qué no se lo dices? Aquí está. De una vez. “Hola, Harry Potter, me gustas desde tercero porque tu cabello es ridículamente bonito y cuando me sonríes se me olvida conjugar los hechizos correctamente.”

Silencio mortal.

Draco sintió que el tiempo se detenía.

Su alma salió por la ventana.

Y Harry, por supuesto, seguía allí. Mirándolo. Escuchándolo. Con esa maldita expresión entre confundido y levemente sonrojado.

—¿Qué? —dijo Harry. Su voz era suave, como si no supiera si estaba soñando o si alguien acababa de implosionar emocionalmente frente a él.

—DEAN. —La voz de Draco ya no era una voz. Era un rugido elegante. Un llamado a la guerra. Un anuncio de juicio final.

—¿Qué pasa? —respondió Dean, con una inocencia falsa digna de un Oscar—. Si te gusta, te gusta. No es como si fuera a decírselo a todo el colegio… otra vez.

BASTÓ ESO.

Draco no pensó.

Simplemente saltó.

Saltó encima de Harry, con la gracia de un hurón poseído, para alcanzar a Dean y callarlo de una vez por todas, aunque tuviera que encerrarlo en un armario encantado hasta las vacaciones de invierno.

—¡TE VOY A MATAR! —gritó, manoteando el aire mientras Harry, por puro reflejo de buscador entrenado, lo sujetó de la cintura y lo jaló hacia atrás como si fuera una Bludger furiosa en plena ofensiva.

—¡Draco, por Merlín, espera! —exclamó Harry, mientras lo retenía con esfuerzo—. ¡Es Dean! ¡No puedes asesinar a tu compañero de cuarto en la sala común!

Draco pataleó como un duende poseído, forcejeando sin mucha dignidad, aunque perfectamente consciente de que ahora estaba… entre los brazos de Harry Potter.

Entre.

Los.

Brazos.

De.

Harry.

Su voz seguía saliendo, rabiosa y aguda, mientras se debatía como una figura de vitral poseída por un demonio con buen gusto.

—¡Vas a pagar esto, Thomas Chocolate! Voy a encantarte la ropa interior para que te cante baladas tristes de amor! Voy a convertir tu shampoo en mermelada! Voy a—

La puerta de la sala común se abrió en ese preciso momento.

Entraron dos figuras.

Una, en pijama de cuadros, con una taza de algo humeante. La otra, con una boina ladeada y un block de dibujo bajo el brazo.

Neville Longbottom suspiró antes de hablar.

Thomas Roux, alias el Thomas Artístico, solo levantó una ceja al ver la escena: Draco rojo como una amapola de primavera, siendo sostenido de la cintura por Harry Potter, mientras Dean se escondía tras un cojín como si fuera un escudo encantado de primer grado.

—¿Otra vez? —preguntó Neville, sin emoción.

Thomas Roux, tras observar en silencio durante cinco segundos, dijo simplemente:

—Dramatique.

El Thomas que si le agradaba entró primero, deslizándose con su habitual aire etéreo, block de dibujo bajo el brazo, la boina ladeada como si acabara de salir de un retrato antiguo. Detrás de él, Neville apareció con su pijama de cuadros, una taza de té humeante entre las manos y la expresión resignada del que ya sabe que algo se incendió (probablemente metafórica y emocionalmente).

Draco, aún en los brazos de Harry Potter, aún sujetado por la cintura como si fuera una criatura escandalosa que necesitaba ser contenida, sintió que su alma daba un berrinche interno de nivel histórico.

Neville. Su salvación. Su ancla. Su terapeuta no oficial.

—¡Neville! —gimió con la teatralidad de un protagonista herido en una obra de tercer curso—. ¡Dean ha ventilado mi vida privada! ¡Mis pensamientos más oscuros! ¡Mis emociones cuidadosamente reprimidas! ¡Estoy siendo expuesto como una mandrágora sin maceta!

Y sin esperar una respuesta, se lanzó sobre él.

Harry lo soltó con un leve sonido de sorpresa, como si acabara de entregar un paquete muy confuso. Draco se aferró a Neville con desesperación casi real, sepultando el rostro contra su túnica de cuadros, aspirando su aroma a manzanilla y calma, como si pudiera absorber la paz a través del contacto físico.

Neville, como siempre, no se inmutó. Le acarició la espalda con una mano lenta y práctica, como quien limpia un búho nervioso.

—Sí, sí, muy terrible —murmuró, con un tono tan acostumbrado que dolía—. Aquí tienes té. Miel de lavanda. Sin azúcar. Como te gusta cuando estás... “explotando en fuego dramático” —dijo, citándolo.

Draco lo tomó sin levantar la cabeza, como un náufrago aceptando una cuerda. Murmuró, más para sí que para el resto:

—Voy a transformarlo en flan. En un flan parlante con voz chillona. Lo serviré en la cena de navidad.

Neville asintió con calma, como si eso fuera completamente razonable. Luego alzó la vista hacia Dean Thomas, que aún se escondía tras el sofá con una sonrisa torcida de niño travieso.

Y entonces Neville usó su tono.

Ese tono.

Su voz suave, tan tranquila como la superficie de un lago en el que sabes que vive algo peligroso.

—Dean. Si quieres dormir esta noche sin que tus almohadas te griten ni que te despiertes con hongos en los calcetines... te callas.

Dean parpadeó.

La sonrisa se congeló en su rostro como un hechizo de congelación menor.

—Sí. Sí, señor.

Draco sonrió contra el pecho de Neville, satisfecho. Había justicia en el mundo. Justicieros con pijamas de cuadros. Era casi poético.

Desde el rincón, Thomas Roux levantó la vista de su block y murmuró con su acento suave:

—Le silence est un choix sage… quand Draco est rouge.

El silencio es una elección sabia… cuando Draco está rojo.

Por supuesto que estaba rojo. Estaba en llamas. En combustión. Se sentía como un incendio forestal atrapado en un cuerpo humano con huesos muy elegantes.

—Gracias, Thomas Mudo —murmuró, con una dignidad quebrada pero presente—. Al menos tú entiendes el arte de callar y observar sin juzgar.

Thomas asintió y volvió a dibujar. Draco sabía que lo estaba esbozando otra vez. Probablemente en una pose ridículamente vulnerable, como un ángel caído con un cartel que decía "ama sin querer". Iba a colgarlo en la sala común, seguramente.

Harry seguía de pie, a unos pasos, con los brazos aún algo abiertos, como si su cuerpo no hubiera procesado del todo que había sostenido a Draco Malfoy por la cintura durante más tiempo del que cualquier Gryffindor heterosexual podría soportar sin cuestionarse la vida entera.

Ron le dio una palmada en la espalda.

—Creo que estás en problemas, colega —le murmuró.

—¿Por qué? —respondió Harry, aturdido.

Ron se encogió de hombros, sin dejar de mirar a Draco, que bebía su té abrazado a Neville con la intensidad de una tragedia romántica.

—Porque si ese era su “no me gustas”, es el más romántico que he visto en toda mi vida.

Draco solo suspiró, aún oculto en la tela tibia y olorosa a menta de Neville.

—…Necesito otro té.

Neville ya estaba sirviendo para él. 

Adoraba a su mejor amigo.