Work Text:
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Andreas Nikolaus Lauda era un hombre de costumbres.
Se levantaba a las 5 de la mañana, desayunaba café sólo, se vestía y aseaba durante la hora para poder llegar a la estación de autobuses a las 6 y media y llegar a su trabajo a las 7. Todos los días, sin falta ni error.
Todo era perfectamente calculado y nada escapaba de su rutina.
Entonces, cuando en uno de esos días calculados, de camino a su trabajo, un hombre entró en el autobús dos paradas después de la suya, no le prestó más atención de la debida.
Era relativamente alto, rubio y de pelo casi por los hombros. Sus puntas parecen algo irregulares, lo que da a pensar que él mismo se corta el pelo. Bastante promedio, se atrevió a decir.
A pesar de no ser precisamente voluminoso, ocupaba mucho, cosa que llamó levemente su atención. La gente parecía hacer un hueco para algo que no estaba ahí, y eso que el autobús solía ir vacío durante estas horas.
Entonces, comenzó a avanzar hasta él, más bien, hasta el asiento a su lado.
Niki siempre se sentaba en la parte más cercana al pasillo, dejando (normalmente) el asiento de la pared vacío. Era más práctico y rápido.
—Disculpa, ¿podría sentarme a su lado?— Dijo con un fuerte acento británico.
El timbre de su voz le perforó el cerebro, inusualmente desagradable.
Niki, a pesar de sus ganas de negarse, y mandarlo a la mierda con su habitual actitud borde, se forzó a asentir y acercar sus piernas hacia sí mismo, dejando que se sentara a su lado.
La cercanía, el calor corporal de aquel hombre; lo puso de los nervios. No solía molestarse en cosas tan pequeñas (eso era una terrible mentira), pero algo de la persona que tenía a su lado lo sacó de sus casillas, en todos los sentidos de la expresión.
Se fijó en que, como apenas comenzaba a amanecer, los cálidos rayos del sol se filtraban por las ventanas y aún más exactamente, rebotaba en el pelo rubio su compañero de asiento, destellando algo parecido al color dorado.
Miró el reloj en su muñeca: 6:15.
Genial, todavía faltaba otro cuarto de hora de la presencia extrañamente fastidiosa de ese hombre.
◇
Pasan los días y lo que Niki rezó por que fuera una simple coincidencia, se vuelve una rutina.
El rubio entra dos paradas tras él, se sienta a su lado y se baja una parada antes de la suya.
Niki sabe que debería molestarle que aún habiendo más asientos libres, insista en sentarse a su lado, pero realmente no encuentra el coraje para enfrentarlo.
Cada día, consigue ver ese molesto pelo rubio destellandole los ojos con el rebote de la luz del sol. No importa si lo lleva suelto o recogido en un pequeño moño como suele hacerlo. Niki comienza a aborrecerlo.
Se murmuran un leve "hola" cada día, pero hoy el más alto parece interesarle la conversación más de lo común.
—Entonces, ¿cómo te llamas?— El contrario gira la cabeza para mirarlo mientras lo pregunta.
No puede evitar botar un poco ante la arrepentida pregunta, sin mucho menos esperarla. Los hombros se le tensan (gesto que cuesta pasar desapercibido) y abre la boca por puro reflejo.
Se queda unos segundos en silencio, barajando la posibilidad de simplemente ignorarlo. Pero hoy se siente particularmente benevolente, así que le dirige la mirada y le responde.
—Niki.— Decide no explayarse más, deseando que la conversación termine en ese mismo instante.
Para su desgracia, no es así.
El hombre se acomoda en su asiento, haciendo obvia su intención de continuar con la conversación.
—Niki... juraría que es nombre de mujer. Mi nombre es James, encantado.— Le sonríe.
Niki suspira sutilmente, sintiendo la exasperación subirle de los pies a la cabeza. No es la primera vez que lo escucha, pero sí la primera a la que se obliga a cerrar el pico y no insultar al contrario.
—Igualmente.
Niki mira su reloj: 6:27. Luego mira las calles por las que están pasando y se da cuenta de que el recién nombrado James se ha perdido su parada.
Piensa en mencionarlo cuando escucha un insulto por lo bajo.
Se permite mirar la expresión del contrario, dándose cuenta de sus notables ojeras y de sus ojos cansados y levemente rojos: como si hubiera estado mucho tiempo frente a una pantalla.
Entonces, su cerebro se encarga de decirle que James tal vez no se acabe de despertar, si no que ahora mismo se encuentre de camino a casa para ir a dormir.
Antes de que se dé cuenta, ya está bajando en su parada, murmurándole una despedida a James mientras comienza a caminar con su habitual apuro hacia las oficinas en las que trabajas.
No puede evitar sentir algo de pena por James, sabiendo que tendrá que caminar más hacia su casa.
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Al día siguiente, se sube al autobús y espera que en dos paradas, James tome asiento a su lado. Él no aparece.
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Ya en el trabajo, Niki comienza a darle vueltas. El saltarse una parada no puede suponer tanto problema a alguien como James, ¿no?
En su asiento, comienza a morder el bolígrafo que llevaba en la mano, intentando disipar su preocupación, sin mucho éxito.
Sus pensamientos divagan hasta darse cuenta de que a pesar de que han compartido asientos durante algo más de una semana, Niki solo sabe con certeza el nombre del contrario.
Sí, tiene ciertas suposiciones, como por ejemplo que trabaja de noche o que él mismo se corta el pelo, pero nadie se lo garantiza.
Es en momentos como este que odia sus pocas habilidades sociales. El hecho de haber alejado a James con palabras bordes y que tal vez su falta de hoy tenga que ver con él...
—¡Andrea! Esas cuentas no se van a hacer solas, me temo.— Su jefe le llama la atención amigablemente.
Niki odia que lo llamen por su primer nombre, pero le falta el coraje para decírselo a alguien como su jefe.
Se siente levemente molesto por el tono con el que le llama la atención: como si estuviera tratando con un niño. Sabe que su diagnóstico dice que tal vez le cuesta algo más procesar una situación social pero no es idiota.
No como todo el mundo le ha hecho creer toda su vida. Él ya ha desmentido eso.
Cuando vuelve a pensar en James, piensa en cómo lo confrontará la próxima vez que lo vea.
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Y dicho y hecho, cuando James entra en el autobús con ayuda de un bastón y se dirige a sentarse a su lado con una sonrisa, Niki a penas le deja tiempo para sentarse antes de empezar a hablar.
—¿Por qué ayer no estuviste?— Tras haber preguntado, murmura un breve "hola" aunque probablemente no cambiaría mucho.
James abre los ojos ante la sinceridad de la pregunta y unos segundos después comienza a reír. Una carcajada. En su cara.
Niki jura que por un momento, sólo quiere seguir escuchando ese sonido tanto como pueda. Aunque, pensandolo bien, no sé muy bien cual era el motivo de su risa.
—Oh, Dios mío. No me había reído así en mucho tiempo.
Niki inclina levemente la cabeza, buscando que James responda su pregunta.
—No puedo hacer esfuerzos con mi pierna izquierda. Ni andar mucho, ni correr... y cosas así. Ayer simplemente fue un mal día.— Explica James con voz calmada, una vez que deja de reír.
Se abstiene de preguntarle por la razón, sintiendo que el contrario no apreciaría la pregunta.
—Fue en un accidente de coche. Se me clavó un trozo de él en la pierna y... bueno, no pude andar durante un buen tiempo.— James continúa hablando, contrastando a lo que él creía.
Piensa para si mismo que James hace sentir a Niki que no importa lo que pueda suponer, él hará exactamente lo contrario.
Niki hace un sonido de reconocimiento, sin saber muy bien qué responde. Baja la cabeza y mira sus propias piernas, pensando.
Su expresión debe haber tornado demasiado seria de lo habitual porque este le da un codazo y sonríe.
—¡Pero estoy bien! Podría estar a punto de morir de sueño ahora mismo, y solo quiero llegar a mi casa y dormir, pero por lo demás, estoy bastante bien.
Niki hace el amago de una sonrisa, sintiendo suficiencia sobre su suposición confirmada.
Esto parece alegrar a James, que vuelve a mirar hacia delante, jugando con su bastón.
El resto del trayecto se sientan en silencio hasta que llega el momento de despedirse. James le vuelve a sonreír, hace el gesto de quitarse de quitarse un sombrero y finalmente se levanta.
Si los compañeros de Andreas lo notan tétricamente felices, sonriendo para sí mismo durante los descansos y sonrojándose frente a su ordenador, eso es algo que quedará entre ellos.
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Unas semanas después, sus mañanas continúan con la misma monotonía de siempre, pero sin darse cuenta, ha comenzado a levantarse con una motivación más de la cama.
Ha comenzado a añadirle algo de leche y un chorro de miel a su café, ya que James pensó que tal vez le gustaría más así y saca un yogur de la nevera, ya que el rubio se preocupó de que no comiera lo suficiente y lo hizo prometer que tomaría algo más que café.
Se viste con su ropa habitual, y se peina con el mismo cuidado que hace siempre.
Cuando se mira al espejo, ve que su corbata está algo descendida y se queda mirándola durante unos segundos antes de salir del baño, decidiendo ignorarlo.
De camino a la estación de autobuses, piensa en que anécdota James le contará durante la media hora que compartan en el autobús y sin darse cuenta, se le dibuja una discreta sonrisa en el rostro.
Cuando entra en el autobús y el conductor lo mira con una ceja arqueada, Niki se niega a pensar que es por verle con una mínima expresión en el rostro.
James entra con su radiante sonrisa dos paradas después y Niki finalmente puede suspirar la respiración que lleva aguantando desde que se ha despertado.
Se sienta a su lado, con demasiada energía para alguien que acaba de pasar 7 horas frente a unas pantallas.
—¡Niki! Tengo que contarte lo que me ha pasado hoy. Mientras miraba a ver si nadie se estaba colando en el estacionamiento, entró en mi cabina una rata...— Comienza a hablar, probablemente molestando a los demás pasajeros.
Niki asiente, sin entender muy bien a dónde quería llevar la conversación (o monólogo).
—...la tuve que atrapar para poder echarla y cuando la miré, me recordó a tí. Tenéis los mismos dientes.— Dice, orgulloso, como si no acabara de decir algo que muchos considerarían ofensivo.
En respuesta, solo rueda los ojos, ignorando la manía de James de compararlo con una rata.
De ser cualquier otra persona, probablemente ya la habría callado con un golpe en la boca, pero James no era "cualquier otra persona".
James se había colado en cada uno de los rincones de su mente, desorganizando cada uno de ellos. Se había colado en su rutina, como si no hubiera sido nada, y para rematar, la desbarataba.
La gente, sin que Niki lo quisiera, ya comenzaba a notarlo.
Ese mismo día, al llegar al trabajo, su compañera, Marlene, se acerca con dos cafés en las manos.
—Niki, no te quitas esa sonrisa de la cara desde hace semanas. ¿Ha cambiado algo?— Inquiere con su actitud habitual calmada.
Le extiende su café (no su café, pero el que solía tomar antes de que James se le metiera hasta en los poros de la piel) y Niki hace una ligera mueca de disgusto ante el olor tan amargo.
—No mucho. ¿Podrías echarle algo de miel al café?
Marlene se queda estupefacta por unos segundos, con la mano todavía extendida. Niki la mira, teniendo una ligera idea del motivo de su reacción.
—Oh, claro.— Dice antes de dar una vuelta sobre si misma y dirigirse a la zona de descanso.
Espera pacientemente que Marlene vuelva con su café y le sonríe con esa dentadura de rata que James no se puede decir que es entrañable.
Mientras toma los primeros sorbos de la gloriosa bebida, Marlene lo mira. Parece que inspecciona cada trozo de su rostro y cuerpo, buscando algo que esté fuera de lugar: como un ojo en la oreja o un diente en la nariz.
Niki la mira de vuelta, inspeccionandola de vuelta. Su impecable moño sigue en su sitio y su falda de tubo planchada con esmero combina con su camisa blanca, como lo hace habitualmente. Lleva sus gafas de lectura colgadas al cuello, según ella, es más práctico.
—Niki, ¿has conocido a alguien?— La pregunta se pronuncia con más seriedad de la que requiere, haciéndola sonar algo ridícula.
Lo piensa en el sentido literal y sí, ha conocido a James. Pero en el sentido figurado, en la pregunta Marlene, no ha conocido a James con intención de ser pareja.
James no se ha acercado a él con esa intención al menos, ¿no? El solo planteamiento ya le acelera el pulso.
Por primera vez, no tiene una de esas respuestas concisas y que no dejan lugar a duda. Incluso se atrevería a decir que necesita algunas frases para explicarlo.
Respira hondo y mira a Marlene.
—He conocido a alguien si te refieres al significado literal de la palabra. Pero no te sabría decir si he conocido a alguien. ¿Me explico?— Dice con cierta angustia de que su punto no sea claro.
Marlene inclina un poco la cabeza, frunciendo el ceño pero sonriendo con cariño.
—Sí, Niki, sé a lo que te refieres, tranquilo.— Dice con una divertida exasperación en su tono. —De todos modos, no me disgusta. El cambio no te sienta mal.
Después de eso, le sonríe como despedida y se coloca sus gafas, saliendo del cubículo, esta vez sin que Niki espere que vuelva.
Niki mira donde está. Mira algunas cosas que están ligeramente fuera de su sitio que ha estado ignorando a propósito estos días, y no puede evitar sentirse como ese bolígrafo ligeramente mal colocado el cual todavía no encuentra el valor para medirse en el portalápices.
◇
Apenas unos días después, Niki se encuentra dando un paseo innecesario en autobús con 39ºC de fiebre solo porque se sentía culpable de no poder avisar a James de su situación.
Cuando el rubio entra en el autobús con ayuda de su bastón y radiante sonrisa, Niki jura que algo de su temperatura corporal baja.
James se sienta a su lado, parloteando sobre algo de cámaras rotas, dando por supuesto que Niki sigue su monólogo.
Al parecer, su falta de respuesta (aún más de la habitual) extraña al de puntas desiguales, girándose a mirarlo. Acto seguido, la sonrisa desaparece de su rostro.
—Niki, dios mío, ¡te ves horrible!— Grita lo máximo permitido en un autobús a las seis de la mañana.
Su mano se posa en su frente y James suspira, observando la expresión confundida y cansada del contrario.
—Me niego a que vayas a trabajar así, vamos a tú casa y vas a descansar.
La sentencia no deja lugar a discusión y Niki no se molesta en intentar negarse. James sabe cual es su parada, se lo ha mencionado varias veces y mucho se teme que no va a poder jugar esa carta a su favor.
En lo profundo, Niki se preocupa por las horas de sueño de James. Las bolsas bajo sus ojos se han vuelto más oscuras durante las últimas semanas pero ha decidido no mencionarlo.
Lo último que querría es ser una molestia para James, pero cuando cree que puede estar a punto de verbalizarlo ya es demasiado tarde y se encuentran a una parada de la casa de Niki.
Y siendo sinceros, a este punto, la única molestia sería retractarse.
Entonces los dos se levantan de sus asientos al mismo tiempo y sonríen ante la mera coincidencia. Comienzan a caminar hacia el apartamento de Niki en un silencio inusual que a Niki no le gusta nada.
No le gusta en absoluto, principalmente porque significaría que le gusta la presencia del rubio a su lado más allá de sus ocurrentes desvaríos. Y eso es algo que su "pequeño cerebro de rata" no se permite aceptar.
Su ceño se frunce en confusión y James sonríe con guasa. Niki sabe que nada bueno puede salir por esa boca.
—Niki, por favor, relaja un poco esos hombros. Solo vamos a hacerte descansar, no hace falta que estés nervioso.— Bromea el rubio, mirándolo mientras anda con ayuda de su bastón.
El mencionado suspira con exasperación antes de dirigir a James dentro de su edificio y prácticamente empujarlo al ascensor.
Mientras suben, Niki sorbe su nariz y contrae la cara para evitar estornudar. Sus mejillas y nariz, normalmente pálidas, ahora están teñidas de un leve rosa, dándole un aspecto enfermo.
James no le quita la mirada de encima, como si en un descubierto pudiera desaparecer o derretirse por la fiebre. Es casi cómico como se fuerza a abrir los ojos cuando el cansancio se le posa encima como una carga.
Cuando entra al apartamento de Niki, el propietario deja las llaves colgadas al lado de la entrada, adentrándose dentro de la casa sin importarle lo que su invitado haga.
El rubio mira a su alrededor, dándose cuenta de que este era el hogar de un verdadero maniático de la limpieza. Todo está más limpio y organizado de lo que su casa probablemente haya estado nunca. Y no lo admitirá, pero siente algo de envidia.
Si observa bien, puede ver que hay cosas que se han dejado a propósito desordenadas en ese impoluto recibidor, lo que le hace enternecer.
Pasa de la entrada, llegando a un pequeño pasillo que lleva a algunas puertas cerradas, pero solo una abierta con una luz emergente de ella.
James supone que esa es la habitación de Niki y se dice que solo va a comprobar que el contrario está bien antes de meterse dentro, aunque en el fondo sabe que a pesar de ser cierto, esa no es la única razón.
Mira a Niki tumbado en la cama, boca abajo, sin haber sido molestado en quitarse los zapatos, pero de alguna manera ya conciliando el sueño.
Se resigna a que despertarlo probablemente no sea una gran opción, así que por el momento se conforme con quitarle a Niki ese suéter gris demasiado plano para su gusto y esos zapatos ridículamente elegantes para el trabajo de oficina del que Niki habla con tanta pasión.
Le pone una mano en el frente, decidiendo que la fiebre sigue allí. Y para consolarse a sí mismo con que Niki no despertará tiritando, le pone una sábana encima.
Lo mira dos veces, asegurándose de que no desaparecerá si desvía la mirada, antes de apagar la luz y salir de la habitación.
No tiene gran idea de que hacer ahora. Solo sabe que los ojos le pesan con una insistencia que comienza a ser frustrante, pero que no puede irse a dormir todavía.
Para intentar no caer rendido ante los brazos de Morfeo, se decide por hacerle una sopa a Niki. Ha hecho varias con esa increíble receta de su madre y un hombre tan organizado como Niki debe tener de todo en su despensa.
Entonces, decidido, saca los ingredientes, busca los utensilios y se embarca en una aventura.
"Una aventura que incluso estando en casa ajena se las arregla para dominar con éxito" se dice a sí mismo mientras vierte algo de sopa en un cuenco y la deja en la mesita de Niki, junto a agua y unos analgésicos que encuentra de pura suerte en el baño del contrario.
Sin nada más que hacer, siente que ese sofá del salón se ve demasiado cómodo para no probarlo y después de quitarse los zapatos y dejar su bastón en el suelo, jura que solo relajará la vista unos minutos.
◇
Niki despierta con la garganta seca y con un frío que se le adhiere a los huesos. Enciende la luz, un error muy profundo ya que tiene que entrecerrar los ojos para no quedar cegado.
Después de decidir que la luz de la habitación no es una opción y encender la luz de su mesita, nota que hay un cuenco de comida en esta misma y una pastilla justo al lado.
Entonces, recuerda que James lo acompañó a casa y siente cómo su pecho se llena de calidez. No de la que lo hace sentir mareado por la fiebre, si no de la que le dan ganas de sonreír como un idiota.
Antes de comer la sopa, se bebe el analgésico, agradeciendo a la bebida mientras siente la vida volver a su garganta.
Mientras sorbe el caldo de la sopa (ahora fría, pero igualmente deliciosa) puede escuchar a alguien roncar en el salón, cosa que lo alertaría si no fuera dolorosamente obvio que esos ronquidos eran de James.
Deja el cuenco a medio terminar en la mesita y se levanta con cuidado para no marearse. Camine hasta el pasillo con cautela, viendo que todas las puertas del pasillo están abiertas y la mayoría con la luz encendida.
De normal, ese hecho le haría arder cada uno de sus nervios. Pero no podía enfadarse con el hombre que había aguantado su mal humor, su falta de respuesta, y aún encima se había molestado en alimentarle.
Camina hasta el salón y ve a James durmiendo en el sofá con medio cuerpo fuera, justo como esperaba. La domesticidad de la imagen le da una punzada en el pecho.
Sonríe para sí mismo y se acerca hasta el contrario, sacudiéndolo con fuerza hasta que el rubio se digna a abrir los ojos en confusión antes de darse cuenta de dónde está e incorporarse con rapidez.
—¡Niki! ¿Has visto la sopa que te he dejado en la mesita?— Dice nervioso, como si sintiera que le va a caer una reprimenda. Aunque Niki no piensa darle una.
El tono de James delata lo muy somnoliento que se encuentra. Eso, junto con su pelo desaliñado y su expresión, que es una mezcla de preocupación, genuina duda y ligera confusión por el despertar abrupto, hace que Niki quiera meter a este hombre en una cajita y guardarselo en lo más profundo de su corazón.
¿Qué estás pensando? Por Dios. La fiebre lo está haciendo fantasear de más.
-Si. Estaba deliciosa, aunque un poco fría.— Comenta con toda la calma del mundo, haciendo un amago de sonrisa y por consiguiente captando la atención de James.
La confusión por acabar de despertar todavía le da una estela de dulzura que Niki se quiere grabar a fuego en la memoria.
Lo mira como si acabara de hacer algo raro, pero que de ninguna manera le disgustara, es más, parece que lo estaría contemplando, como un admirador a la distancia.
—¿Estás sonriendo?— Pregunta con voz ronca, con ese característico y pícaro tono de voz que no falla en ponerle los pelos de punta.
Al asimilar las palabras de contrario, Niki se encuentra forzando a las comisuras de sus labios a caer en picado y carraspeando para recuperar la credibilidad (más para sí mismo que para James).
—No.— Dice estoico, con su habitual expresión seria con una pizca de decepción por todo y todos, aunque últimamente ese "todos" no tienda a aplicado a literalmente todos.
Cuando vuelve a mirar a James, sus ojos y labios se arrugan en una sonrisa antes de poder escuchar una carcajada que le revuelve todo lo de dentro. No cree que sea necesario especificar.
Niki se queda quieta. Sin saber que hacer, juega con el brazalete que Marlene le regaló hace meses y que solo sigue llevando por compromiso y no hacer sentir mal a la pobre mujer.
Nunca le había gustado tanto, con una utilidad como esta, se lo habría puesto encantado todas las mañanas, a pesar de que le estire de los pelos del brazo en los momentos más inoportunos.
James lo mira de nuevo con esos ojos que parece que se lo quieren comer vivo (aunque una parte de Niki no se niega a la idea).
—Eres adorable.— Comenta el rubio como si estuviera diciendo que el cielo es azul. Una obviedad que se le escapa se los labios como si nada.
"Adorable" es un término que a Niki no se le había cruzado por la cabeza identificarse. No con su cara rara y dientes de rata.
No cuando toda la vida la gente le había dado miradas de pena. Y mucho menos cuando le dijeron que su rareza era algo mucho más profundo que simplemente el "es tímido" con el que su madre se excusaba con las demás madres cuando Niki prefería no hablar con sus hijos.
Se queda quieto unos segundos, sin saber que responde ante tal afirmación. Estaba acostumbrado a disculparme por ser diferente, no a agradecer elogios.
— ¿Cómo dices?— Su voz sale en un fino hilo, como si no pudiera soportar que James cambiara de opinión repentinamente.
La cara del contrario se suaviza y sonríe ante sus palabras.
—Eres adorable, Niki.— Vuelve a decir, esta vez con incluso más convicción.
Para hacer claro su punto, se levanta a pesar del latente dolor en su cicatriz y posa sus manos en las mejillas de Niki, haciendo un gracioso contraste de tamaño.
A Niki se le seca la boca ante la acción. No sabe qué hacer, decir o cómo moverse. Piensa por un momento en apartarse, pero rápidamente lo descarta.
Termina poniendo una de sus manos en el brazo de James, sin saber qué más hacer. Se queda callado, cosa que no pasa desapercibida por el rubio, y que toma como vía libre para seguir hablando.
—Desde que me miraste ese día en el autobús, no he querido nada más que poder decirte lo verdaderamente adorable que eres.— Dice mientras que le acaricia la cara con el pulgar.
Las palabras hacen que una explosión de emociones estalle en el pecho de Niki. Desde la más pura incredulidad, hasta las ganas de llorar por ser la primera vez que le hablan con tanta consideración.
James lo mira con tanto afecto, que Niki lo siente observando a través de él. Siente como James ve cada uno de sus sentimientos atravesar su mirada, que puede leerle cada uno de los pensamientos.
Y Niki descubre en ese instante que no le molesta que mismo pueda leerle de arriba a abajo. Aunque tal vez solo sea porque es James.
James, con sus ojos marrones que se achinan cada vez que se ríe a carcajadas cuando Niki hace un chiste que no tiene gracia.
James, con esa pícara sonrisa que haría a cualquier señorita desmayarse.
James, con ese pelo que a Niki le llamó tanto la atención ese primer día. Ese mismo pelo que reflejaba la luz del amanecer y con el que el austriaco lleva semanas imaginándose como pasaría los dedos entre las hebras.
Es simplemente instinto (una reacción física, inintencional, que no se podía parar ni con la mayor intención que se le puede poner a algo así) cuando Niki agarra a James por el cuello de la camisa, obligándolo a agacharse y por consiguiente, uniendo sus labios en un beso.
La camisa se resbala en sus manos y la posición es más que incómoda. Pero nada le importa, porque este beso es todo lo que habría esperado de James.
Es impulsivo, espontáneo y desbordante de esa energía que solo ha visto a James ponerle a las cosas. Es un estallido que ninguno de los dos podía prevenir (al menos no así).
Para cuando se separan, Niki no sabe decir si sus labios han estado juntos por segundos o horas.
Los ojos de James brillan mientras recorre a Niki con la mirada y cuando Niki está a punto de volver a hablar, el contrario se rompe en carcajadas, dejándose caer en el sofá.
El austriaco abre la boca para intervenir, claramente perdido, pero es entonces cuando James lo toma de la mano y lo arrastra con él.
Terminan el uno encima del otro. Niki con el ceño fruncido y James sonriendo.
—Te quiero, Niki.— Dice James en un suspiro que hacía (o parecía) años que quería soltar.
Niki mira al suelo, sintiendo sus mejillas calentarse y con las comisuras de los labios batallando por no alzarse.
—Yo también te quiero, James.
◇
Andreas Nikolaus Lauda era un hombre de costumbres.
Se levantaba religiosamente a las 4 y media de la mañana, pero no salía de ella hasta las 5 demasiado necesitado de los besos de la persona que dormía a su lado.
Desayunaba un café con leche y miel (hecho por un verdadero experto) junto con un yogur en la mesa del salón.
Se aseaba y vestía después de que lo retuvieran durante varios minutos en una sesión de besos, que a veces causaba que saliera de casa un poco tarde.
Compartía asiento de autobús con un rubio que no paraba de hablarle (aunque sigue sin admitir que tal vez le gusten esas charlas matutinas) y le costaba tener que separarse de él al llegar a su parada.
Pero siempre, sin falta, estaba en su trabajo a las 7 en punto.
Su mañana transcurría entre papeles y cafés demasiados amargos para él, con alguna que otra intervención de su amiga Marlene, que era demasiado entrometida y le gustaba estar al tanto de como estaba.
Pero lo que más anhelaba era cuando salía de las oficinas y regresaba a casa.
Llegaba y veía a su marido (a quien finalmente había convencido de encontrar un trabajo que le haría mejor a su pierna ya su horario de sueño) en el sofá o en el estudio, con su portátil, probablemente en una reunión con sus jefes o terminando algún proyecto.
Este le dedicaba una sonrisa o le lanzaba un beso antes de volver a lo que tenía que hacer, cosa que calmaba a Niki lo suficiente como para volver a funcionar como una persona normal.
Niki se ponía ropa cómoda y comenzaba a preparar la cena, con alguna de las playlist de su marido de fondo (aunque no admitirá que de vez en cuando le gustaba tararear alguna de las canciones) y para cuando la cena está lista, este aparecía para llenar a Niki de besos de arriba a abajo.
Se sentaban en la mesa, cenaban y hablaban de cómo les había ido el día (aunque era principalmente su marido desvariando, una y otra vez), llenando el espacio que antes había sido testigo de tanto silencio.
Y cuando llega la hora de irse a la cama, su marido se sienta en ella y Niki se encuentra agachado para colocarle el ungüento (del que tantas veces se había quejado del olor) a su marido en la rodilla.
Lo esparce por toda la cicatriz, que ahora era un trozo de piel suave y un poco más fino que todos los demás mientras su marido le cuenta lo mucho que le ha molestado el dolor ese día.
Y Niki lo escucha, un día tras otro.
Y al acabar, deja un beso encima de la cicatriz antes de levantarse, solamente para tomar el espacio a su lado en la cama.
Apaga la luz y unos brazos lo envuelven cada vez. Y cada vez Niki no se abstiene de susurrar a la persona a su lado:
"Buenas noches, James. Te quiero".
Y no se irá a dormir tranquilo si la persona a su lado no le responde:
"Yo también te quiero, Niki. Buenas noches".
Y bueno, se podría decir que Niki era muy estricta con sus costumbres.
◇
