Work Text:
El cielo, contra todo pronóstico, olía a tinta vieja y formalidad.
Entre nubes perfectamente alineadas, pasillos eternamente blancos y columnas que no sostenían nada más que la ilusión de grandeza, se extendía la Oficina Central de Asignaciones Celestiales. Las alas de los ángeles superiores rozaban el mármol con precisión quirúrgica, sus túnicas impecables ondeaban como si una brisa cuidadosamente programada las meciera, y el murmullo constante de reglas repetidas se deslizaba por el aire como un salmo corporativo.
En una esquina —porque incluso en el cielo había esquinas para quienes preferían no ser vistos— alguien roncaba.
Nicholas estaba encajado entre una pila de formularios sin firmar y una planta que alguien había abandonado a su suerte, con una de sus alas extendida a modo de almohada improvisada y la otra llena de garabatos coloridos hechos con sharpie. Había garabateado “NO MOLESTAR” en una hoja de notificación celestial y se la había pegado en la frente con una estrella adhesiva.
—Nicholas —dijo una voz seca, autoritaria y ligeramente exasperada.
Él no respondió. Solo resopló suavemente, y una pluma suya cayó al suelo con elegancia dramática.
—Nicholas. —Esta vez, la voz sonó más cerca. Y menos paciente.
El aludido abrió un ojo, uno solo, como si eso bastara para evaluar si la situación ameritaba que abandonara su siesta cósmica.
—Ah. Uriel. Qué… qué horror. Digo, honor —bostezó—. ¿Nos visita el jefe en persona o vine al lugar equivocado y esto es una auditoría?
Uriel no sonrió. Uriel no sabía sonreír. Era un ángel de primer rango, perfectamente erguido, con alas simétricas como reglas de geometría sagrada y una expresión tan severa que hacía temblar hasta a los querubines.
—Se te ha asignado un protegido —anunció sin preámbulos.
Nicholas se incorporó lentamente, con una ceja arqueada y una sonrisa entre curiosa y desconfiada.
—¿A mí? ¿Un humano? ¿De verdad? ¿Se equivocaron de Nicholas? Porque hay otro en el departamento de Climas. Muy aplicado, cero personalidad.
Uriel ignoró la ironía con la destreza de quien la ha enfrentado durante milenios.
—No es negociable. Código 74-G, orden directa de la Junta. El sujeto es un humano terrestre, edad 27, profesión: piloto comercial. Nombre: Euijoo.
Nicholas parpadeó.
—¿Un piloto? ¿Me están mandando a cuidar a alguien que literalmente vuela todos los días? ¿Qué sigue? ¿Ponerme a custodiar montañas rusas?
Uriel extendió un dossier transparente, donde flotaban imágenes y datos, como si las páginas se negaran a ser terrenales. Euijoo aparecía en una de ellas, sonriendo de manera tan honesta que dolía. Ojos brillantes, uniforme de piloto, una cinta amarilla atada a la muñeca.
—No está previsto que interfieras demasiado. Solo acompañamiento básico. Observación.
—Claro —dijo Nicholas, tomando el dossier con dedos manchados de tinta dorada—. Solo mirar. No interferir. ¿El mismo tipo de “mirar” que hice cuando ayudé a esa gata a cruzar una avenida en Tokio y me mandaron tres semanas a limpieza de nubes?
Uriel no respondió. Ya se estaba yendo, sus pasos flotando con precisión robótica. Antes de desaparecer entre las nubes ordenadas, dejó una última advertencia:
—Y recuerda, Nicholas: nada de alteraciones. Este caso, al igual que todos, ya tiene su desenlace escrito.
La puerta se cerró sola con un suspiro pesado. Nicholas se quedó solo con el dossier y un cosquilleo en las alas.
—Entonces... ¿me asignaron un alma brillante con una vida condenada? —murmuró, hojeando la carpeta—. Qué sutil, Cielo. Muy sutil.
Se quedó en silencio un momento. Luego, como quien se pone un disfraz sin saber que se le pegará a la piel, sonrió con un destello en la mirada.
—Bueno, Euijoo. Veamos qué tan tranquilo es tu cielo... porque acaba de ganarse una tormenta.
Y así, el ángel menos confiable del cielo desplegó sus alas decoradas, se arrojó por el portal del destino, y cayó —con gracia desprolija y entusiasmo mal contenido— directo hacia la Tierra.
Los primeros días de Nicholas como ángel guardián fueron... extrañamente parecidos a sus días anteriores, solo que ahora tenía un humano a su cargo y un cronograma que claramente no iba a seguir.
Apareció en la Tierra una mañana nublada —nublado por decisión propia, el clima en el plano terrenal podía ajustarse si uno sabía torcer bien el protocolo meteorológico celestial— y se instaló en el borde del techo del edificio donde vivía Euijoo. Estaba despatarrado como gato al sol, con sus alas extendidas y decoradas con mostacillas que tintineaban suavemente con el viento. Observaba hacia abajo con el mentón apoyado en las manos.
Ahí estaba:
Euijoo
. Caminando por su departamento con una taza humeante, el pelo un poco revuelto y una sonrisa desproporcionada para ser tan temprano. Nicholas entrecerró los ojos.
—Ah, claro, uno de
esos
.
Esperó pacientemente (mentira, esperó quince segundos y se aburrió) y entonces, su dedo celestial señaló con disimulo un objeto brillante: las llaves de Euijoo, perfectamente acomodadas en el estante junto a la puerta. Una ráfaga invisible, suave pero precisa, las desplazó unos centímetros. Luego unos metros. Finalmente, las dejó caer dentro del florero con flores secas que decoraba la entrada.
Desde su techo, Nicholas sonrió como quien acaba de ganar en Uno con un +4 malicioso.
Euijoo, aún tarareando, miró su taza.
—Hmm... algo me falta.
Tocó sus bolsillos. Miró el perchero. Luego, su vista cayó sobre el florero.
—...¿Y estas qué hacen ahí? —rió, sacándolas y sacudiendo las flores como si fuera lo más natural del mundo.
Nicholas parpadeó. ¿Nada? ¿Ni una queja?
—Ok. Nivel dos —murmuró. Hizo aparecer una nube —una sola, del tamaño de un paraguas grande— y la posicionó con precisión quirúrgica sobre Euijoo. Cuando él bajó por las escaleras, la nube lo siguió. Cuando caminó por la calle, la nube también. Cuando paró en la panadería a comprar medialunas, la nube esperó flotando en la puerta como un perro bien entrenado.
Nadie más parecía notarla. Nadie más parecía importarle.
Y Euijoo, por su parte, solo alzó la vista al salir.
—Qué amable. Pensé que hoy iba a hacer más calor —murmuró, como quien agradece un regalo de cumpleaños.
Nicholas rodó los ojos.
—¿¡Quién le enseñó a ser tan... funcional!?
Más tarde, en su trabajo, Nicholas lo siguió hasta el aeropuerto. Flotaba por los pasillos como una sombra glamurosa, desparramando confeti emocional que solo él podía ver. Vio cómo Euijoo saludaba a sus compañeros con una sonrisa, cómo ayudaba a una señora mayor a encontrar la puerta de embarque, cómo se detenía a acomodar un cartel torcido.
En el comedor, Nicholas le cambió el azúcar por sal. Euijoo se lo tomó igual.
—Mmm, tal vez esté pasada la leche —comentó con una sonrisa serena.
¿¡Le pusiste sal al café y aún así te lo tomás, sociópata de la paz interior!?, gritó Nicholas mentalmente.
Lo peor fue cuando lo vio tropezar con una mochila mal puesta en el pasillo. Nicholas no había hecho eso. Fue culpa de un técnico despistado. Pero aún así, su corazón (ese corazón que no tenía... ¿no?) dio un pequeño vuelco.
Por un instante, pensó en atraparlo. Solo por reflejo. Pero Euijoo se sostuvo de la pared, rió nervioso, y siguió caminando.
—Bueno, por algo será, —dijo. Como si la gravedad misma tuviera sus razones.
Y Nicholas lo miró largo rato.
Ese humano...
Ese humano tenía una luz que molestaba.
Una luz que brillaba incluso cuando el mundo le ponía piedras, nubes, sal en el café y mostacillas en el camino.
—Esto no va a ser divertido por mucho tiempo... —susurró Nicholas, y por primera vez, no lo decía con cinismo. Lo decía con una extraña curiosidad.
Algo dentro suyo... se movía.
Nicholas no sabía cómo decir esto sin comprometer su imagen celestial de gremlin todopoderoso con alas con glitter…
Pero estaba empezando a perder.
Llevaba una semana entera desplegando su catálogo de mini sabotajes, y Euijoo todavía no lo odiaba . Es más: Nicholas empezaba a sospechar que le caía bien . ¿Pero cómo podía caerle bien si no podía verlo? ¿O sí?
—Imposible —musitó una tarde, mientras se deslizaba como un espectro fashionista entre los pasillos del edificio de la aerolínea. Su hoodie oversized ondeaba con el aire acondicionado. Sus alas brillaban con destellos de laca dorada recién aplicada.
—Casi nadie me aguanta ni allá arriba —agregó con tono dramático—. ¿Cómo es que este tipo…?
Ese día había sido especialmente humillante.
Primero, intercambió el protector solar de Euijoo por mayonesa (no se pregunta cómo; un ángel creativo siempre encuentra maneras).
Resultado: Euijoo terminó con olor a sándwich en la cara, pero solo dijo:
—Qué raro. Igual me dio hambre. ¿Hay medialunas?
Después, Nicholas desvió todos los relojes de su casa cinco minutos tarde. ¿Para qué? Para hacerlo llegar justo al límite a una reunión importante.
¿Resultado? Euijoo se topó con un compañero aún más tarde que él y se pasó media hora contándole chistes de aviones mientras esperaban.
Y finalmente —¡finalmente!— hizo que el GPS del auto se volviera loco y lo mandara a una calle sin salida.
Euijoo se bajó, miró el cartel, suspiró...
y dijo:
—Bueno, capaz el universo quería que viera esta vista.
Nicholas, colgado del semáforo más cercano como un adorno de Navidad resentido, se pasó las manos por la cara.
—¡No podés ser real! ¡Esto ya no es divertido si no te quejás al menos una vez! ¡Dame algo, Euijoo! ¡Un “¡ay!”, un “¿por qué a mí?”, una sola palabrota! ¡Lo que sea!
El viento le revolvió el pelo. Una hoja pasó flotando. Una paloma lo ignoró.
Y abajo, Euijoo se sentó en el capó de su auto, sacó una bolsita de pasas (¿quién come pasas por gusto?) y miró el cielo.
—Gracias por el descanso, universo. Estoy agotado hoy —dijo con una sonrisa diminuta.
Nicholas se quedó paralizado.
Era la primera vez que lo oía decir algo así. Algo real. No un chiste. No una frase optimista. Algo que se deslizaba por las grietas de su fachada amable. Algo sincero.
Estaba cansado.
Y aún así, sonreía. Aún así, agradecía.
El ángel tragó saliva (metafórica, claro). Hubo algo en esa imagen —la calle sin salida, el humano en el auto con pasas en la mano, la sombra larga del atardecer— que le revolvió una pluma por dentro.
Y entonces ocurrió.
Euijoo levantó la vista.
Miró el cielo.
No al sol. No a las nubes.
Lo miró a él.
O al menos, a donde él estaba.
Nicholas sintió el estremecimiento en su espina invisible.
—…¿Qué?
Euijoo frunció los labios, pensativo. Ladeó la cabeza.
—Gracias igual, quien seas. Estoy bien.
Nicholas retrocedió flotando, como si lo hubieran empujado.
—¡Qué! ¡¡QUÉ!! No podés— ¿Me está hablando a mí? ¿Cómo…?
Era imposible. Técnicamente, los humanos no podían verlo, ni oírlo, ni—
¿Y si sí?
Nicholas se alejó un poco más, sus alas agitándose con nerviosismo.
Y mientras se desvanecía entre las corrientes de aire y la confusión existencial, Euijoo se quedó sentado, comiendo pasas, mirando hacia el cielo.
Y sonriendo.
Como si estuviera acompañado.
Nicholas se estaba escondiendo detrás de una maceta.
Sí. De una maceta.
Una de esas gigantes que decoraban la terraza del edificio donde vivía Euijoo, con una palmera deprimida que claramente necesitaba más sol. Nicholas, en toda su gloria angelical y alas decoradas, estaba medio agachado detrás de ese yuyal urbano, espiando.
—Esto es ridículo —murmuró, mientras se acomodaba la chaqueta oversize que se había puesto por capricho estético—. Yo soy un ser celestial de luz y gracia… y estoy escondido detrás de una palmera. Por él .
Del otro lado de la terraza, Euijoo estaba con una manta sobre los hombros y una taza de té humeante en las manos, mirando el cielo como si esperara una señal, como si supiera. La brisa de la noche movía suavemente su flequillo, y sus ojos reflejaban una mezcla entre ternura y melancolía que a Nicholas le quemó la garganta con solo verlo.
—Si hay alguien ahí —dijo Euijoo en voz baja, mirando al cielo estrellado—. Un ángel. Un espíritu. Un compañero invisible. Lo que sea que seas… gracias.
Nicholas parpadeó.
—¿Eh?
—No sé por qué siento que no estoy solo últimamente —siguió Euijoo, sin mirar hacia él, solo hacia arriba—. Como si alguien me cuidara. O me molestara, a veces —agregó con una sonrisita cómplice—. Pero cuidarme igual .
El ángel detrás de la planta tragó saliva. Si hubiera sido humano, probablemente estaría haciendo pogo de emociones.
—Y no estoy loco, ¿sabés? Es solo que… a veces, cuando estoy triste, cuando algo se rompe o se cae de la nada, cuando pierdo las llaves por décima vez o se me enrieda el auricular sin razón… me da la sensación de que no es tan al azar. Como si alguien me estuviera haciendo travesuras. ¿Estás ahí? —se rió suavemente, sacudiendo la cabeza—. Estoy hablándole a la noche. Esto es muy ridículo.
“No es ridículo,” pensó Nicholas, con el pecho latiéndole fuerte aunque técnicamente no tuviera corazón. “Es hermoso.”
—Pero bueno. Gracias por… por estar —dijo finalmente Euijoo, con una sinceridad tan desnuda que dejó al ángel sin aire—. Por seguir cerca. Aunque no te pueda ver.
Nicholas tuvo que sentarse en el piso, como si el cuerpo le pesara de golpe. Se miró las manos. Las alas. La campera. Todo su ser.
—¿Cómo hacés eso? —susurró, más para él que para nadie—. ¿Cómo hacés para hacerme sentir tan visto… sin siquiera saber que existo?
Desde la terraza, Euijoo suspiró. Y en ese instante, como si el universo conspirara a favor de los momentos cinematográficos, una pequeña hoja seca cayó sobre su hombro. Euijoo la tomó, la miró con una sonrisa suave… y la guardó en su bolsillo, sin decir una palabra más.
Nicholas se rió entre dientes.
—Ok, Universo. Te pasaste.
Y volvió a su posición detrás de la planta, ahora no para espiar… sino para estar cerca. Porque esa noche, por primera vez, no se sintió como un espectador escondido. Se sintió como compañía .
Euijoo no solía soñar con frecuencia.
O, si lo hacía, solían ser esas cosas borrosas sin pies ni cabeza: una cabra que le hablaba con la voz de su profesor de meteorología, o una habitación que se inundaba de gelatina de frambuesa mientras él intentaba despegar un avión hecho de croissants.
Pero desde hacía unos días, sus sueños eran distintos.
Más claros.
Más cálidos.
Y siempre aparecía… él.
No sabía cómo describirlo.
No sabía siquiera
quién
era.
Solo que había una figura que lo observaba desde algún rincón del paisaje onírico.
A veces apoyado contra una farola en mitad de una calle vacía. A veces caminando por un andén abandonado. A veces flotando en el cielo como si el viento fuera una hamaca.
Siempre con alas.
Siempre con una sonrisa.
—¿Te pasa algo? —le preguntó uno de sus compañeros de torre de control, mirándolo raro cuando lo vio por quinta vez en la semana garabateando en una servilleta.
—Soñé otra vez con el chico de las alas —respondió Euijoo con total naturalidad, como si hablara del pronóstico del clima—. Pero esta vez me ofreció una piruleta y me dijo que me abrigue bien.
—¿No dormiste mucho, no?
—¿Qué? No. Sí. O sea… ¿y si es alguien real?
—¿Qué estás diciendo?
—Nada —suspiró Euijoo, y dobló la servilleta con cuidado como si escondiera un secreto dentro.
Desde el otro plano, Nicholas se estaba agarrando la cabeza.
—¡No puedo creer que me viera! ¡¡Lo soñó!! ¡Con detalles! ¡Con la piruleta y todo!
Lo había hecho sin querer.
A ver,
técnicamente
él podía manifestarse en sueños. Pero se suponía que era como una sombra, una impresión ligera, un susurro.
Nada de “modo presencial fashion week versión ser celestial”.
Pero él… se entusiasmó. Un poco.
Quería ver cómo reaccionaba Euijoo.
Ver si
algo
lo alteraba.
Y lo había hecho.
Solo que no como esperaba.
—”Te ves bonito bajo la luz de luna”, —murmuró Nicholas, repitiendo una de las líneas que Euijoo había soltado dormido—. Me dijo bonito. Bonito . ¿Me están halagando los humanos ahora?
Se revolvió en el aire, inquieto.
—No. No, esto no está bien. ¡No se supone que me hable! ¡Ni que sueñe conmigo! ¡Ni que me imagine en versión anime shoujo bajo una lluvia de pétalos!
Pero a pesar del pánico, no podía evitarlo.
Había algo adictivo en cómo Euijoo lo soñaba.
Como si ya lo conociera.
Como si, incluso dormido, supiera que Nicholas estaba ahí.
Esa noche, Euijoo se despertó entre sus sábanas desordenadas, el corazón bombeando como si hubiera corrido una maratón.
Había soñado que caía del cielo.
Y alguien lo atrapaba.
Alguien con ojos brillantes y una voz suave que decía:
—“Siempre estoy acá, aunque no me veas”.
Euijoo se tocó el pecho.
Se levantó. Fue a la cocina. Se sirvió agua.
Y, sin pensar demasiado, miró hacia arriba.
Una parte de él quería decir que era solo un sueño.
Pero otra…
Otra estaba casi segura de que no lo era.
Desde una nube no autorizada, Nicholas lo observaba.
—¿Y si me sigue soñando?
—¿Y si empiezo a aparecerle en todos los sueños?
—¿Y si me empieza a extrañar cuando no estoy?
Pausa.
—…estoy tan jodido.
Ese día empezó como cualquier otro: con Euijoo tropezando con la pata de la mesa (porque Nicholas la movió) y derramando café sobre su uniforme recién planchado (porque Nicholas olvidó poner la tapa bien).
El ángel lo observaba desde arriba del armario, como un gato con complejo de narrador omnisciente. Ya había anotado mentalmente su récord:
Tres mini-catástrofes antes de las 8 a. m.
Una performance sólida.
Nicholas hasta se dio el lujo de aplaudir en silencio.
Pero algo se rompió a mitad de la jornada.
Euijoo no sonrió cuando saludó a su compañero de cabina.
No tarareó al revisar los controles del avión.
No pidió un latte con extra caramelo, como siempre hacía antes de despegar.
Voló en completo silencio.
No pasó nada “grave”, según los parámetros humanos.
Nadie gritó. Nadie murió. Nadie lo culpó de nada.
Pero Nicholas lo conocía ya lo suficiente como para notar que eso —ese silencio espeso, esa falta de luz en los ojos— sí era grave .
Para alguien como Euijoo, que siempre brillaba incluso cuando llovía, ese tipo de tristeza era casi… profana.
Cuando volvió a casa, Euijoo se dejó caer en el piso del living. Ni sofá, ni cama. Piso. Como si el día lo hubiese desinflado del todo.
Nicholas lo miraba desde la lámpara del techo. Invisible. Quieto. Por primera vez sin ganas de moverle un pelo.
Solo quería… estar ahí.
Y entonces hizo algo que no estaba en el manual.
Que iba
contra
el manual, en realidad.
Bajó. Se arrodilló a su lado.
Y le puso una mano en el hombro.
Euijoo no lo vio.
Pero se estremeció.
Y murmuró, como si estuviera hablando en sueños:
—Hoy no pude salvar a nadie.
Nicholas no entendía del todo qué significaba eso. Pero le dolió igual.
Era un dolor que se sentía como una cuerda en el pecho, tirando fuerte hacia adentro.
Se quedó con él. Horas.
Lo tapó con una manta.
Le acarició el cabello con dedos invisibles.
Le susurró —más para él que para el otro—:
—Vos no tenés que salvar a nadie. Ya es suficiente con que estés.
Esa noche, Euijoo durmió profundamente.
Y no soñó con alas, ni con cielos, ni con incendios.
Soñó que alguien lo abrazaba.
Que alguien lo sostenía.
Que alguien, por fin, lo cuidaba a él.
Nicholas no volvió a mover la pata de la mesa.
Ni a esconderle las llaves.
Ni a tirarle el jabón en la ducha solo para reírse.
Algo había cambiado.
No sabía qué era.
Pero sentía que, si Euijoo lloraba otra vez, él iba a querer arrancarle los ojos al mismísimo Destino.
—Regla número uno: no te manifiestes físicamente frente a tu protegido.
—Ups. Demasiado tarde.
—Regla número dos: no intervengas con objetos de la vida cotidiana para llamar su atención.
—...Eso incluye esconderle las llaves, Nicholas.
—Ups otra vez.
—Regla número tres: no debes, bajo ninguna circunstancia, susurrarle en sueños que “es adorable cuando frunce el ceño”.
—¡¡¡¿Cómo saben eso?!!!
—¡¿Creés que no te estamos vigilando, nene?!
La voz de Fuma retumbaba desde el plano celestial con la calma crispada de un padre que está al borde de googlear “cómo renunciar a la paternidad espiritual”.
Nicholas estaba flotando panza arriba en una nube de algodón (literal), con cara de “¿yo qué hice?”, jugando con una pluma suelta de sus propias alas como si fuera el ser más inocente del universo.
—Yo solo estaba… practicando cercanía —murmuró, intentando sonar convincente.
—Practicar cercanía no significa aparecer en su cocina a las tres de la mañana solo porque te pareció que tenía cara de extrañar compañía.
—Estaba muy tierno con su pijama de ositos —replicó Nicholas, completamente indignado de ser cuestionado por algo tan objetivamente adorable.
—¡Tampoco se te permite manifestar aroma a vainilla cada vez que pasa cerca! ¡Eso no está ni en el manual!
—Pero le hace sonreír…
—¡Nicholas!
—¿Sí, papá? —respondió con una sonrisa descarada.
Fuma se llevó una mano al rostro con tanta fuerza que se escuchó el golpe en la eternidad.
En su lista de infracciones de la semana, Nicholas llevaba:
- Cambiar el clima para que Euijoo no se moje.
- Hacer que un gato callejero lo siga hasta casa porque "seguro le gustan los gatitos".
- Manifestarse parcialmente en un reflejo de la ventana para ver si Euijoo decía “wow”.
- Meterse en sus sueños tres veces en una noche.
- Hacer brillar el cartel de una cafetería como señal divina porque "ese lugar tenía buena promo".
- Sentarse invisible en el asiento del copiloto solo para verlo de cerca mientras volaba.
Y eso solo hasta el jueves.
—No puedo evitarlo —decía Nicholas, en voz baja, casi como si se confesara—. Es que no se enoja… no importa lo que le haga.
—Es como… como si supiera que estoy acá.
—Y me sonríe como si no lo estuviera arruinando todo.
Sus alas temblaban levemente, como si hasta las plumas se hubieran rendido a la ternura que era Euijoo en modo existencial.
Fuma, al otro lado, se quedó callado.
Sabía que Nicholas estaba rompiendo reglas.
Pero también sabía que había algo
distinto
en ese vínculo.
Algo que no figuraba en ningún reglamento.
—Te estoy dando una advertencia —dijo finalmente—. Una más, y vas a ser llamado de vuelta.
—¿Al Cielo?
—No. A Recursos Celestiales.
Nicholas palideció.
No otra charla de tres horas sobre ética angelical con PowerPoints animados.
—Ok ok ok. Me voy a portar bien. Lo prometo. Palabrita de ángel.
Silencio.
—…Bueno, “bien” a mi manera.
Esa noche, Euijoo soñó que Nicholas lo abrazaba con sus alas.
Y cuando despertó, su cuarto olía vagamente a vainilla.
No era la primera vez que sentía que alguien lo seguía.
Tampoco era la primera vez que escuchaba un suspiro cuando no había nadie en la habitación. O que el aire se calentaba dulcemente cuando decía cosas lindas en voz alta. O que las luces parpadeaban cuando se reía.
No. Euijoo no era idiota.
Solo… no tenía pruebas. Solo sensaciones.
Sensaciones como el perfume a vainilla cuando estaba triste.
O la brisa tibia que acariciaba su mejilla cuando le dolía el pecho.
O el presentimiento de que, si hablaba en voz alta, alguien iba a estar escuchando.
Así que una noche, entre susurros, probó.
—Hola… ¿Estás ahí?
Nicholas, sentado invisible a un metro de distancia, se tragó una risa nerviosa como si acabara de ser invocado por Ouija pero en versión “te veo cuando dormís”.
Euijoo miró a su alrededor.
—No quiero sonar raro, pero… últimamente pasan cosas.
Pequeñas cosas.
Buenas cosas.
Y siempre que ocurren, siento… calor.
Nicholas se atragantó con su propia emoción.
Literalmente brilló. Como una luciérnaga hormonal.
—No sé si creo en los ángeles. —Euijoo jugaba con sus dedos, sentado en el borde de la cama—. Pero si estás ahí… gracias.
Por todo.
Incluso por lo que no entiendo.
El silencio que siguió fue puro temblor.
Nicholas lo miraba con los ojos más grandes que su propio sentido del drama.
Sus alas estaban recogidas.
Sus manos cerradas en puños, como si estuviera conteniendo algo muy, muy fuerte.
No podía contestar. No podía aparecer.
No
debía
siquiera estar escuchando.
Y sin embargo…
—Te escucho —susurró tan bajito que ni el viento lo oyó.
Pero Euijoo sonrió igual.
Esa noche, Euijoo durmió profundamente.
Y soñó con el mismo chico alado de siempre.
Esta vez, él le ofrecía la mano.
—¿Estás… cuidándome?
Nicholas le respondió en el sueño, con voz suave y temblorosa:
—Lo intento. Juro que lo intento.
Y cuando Euijoo despertó, tenía una pluma blanca en la almohada.
Suave, brillante, casi irreal.
Como él.
Nicholas se despertó con dolor en el pecho.
Lo primero que hizo fue revisar si se había dormido encima de alguna espada celestial o si algún querubín vengativo le había dibujado runas con marcador permanente. Pero no, nada.
Sólo era eso:
un
peso
.
Justo en el centro.
Como si una nube se le hubiera metido entre las costillas y se hubiera olvidado de salir.
—Probablemente indigestión emocional —murmuró, mirando al techo invisible del plano celestial donde estaba tirado boca arriba—. Muy común entre principiantes.
El día anterior no había pasado nada
particularmente grave
.
Solo Euijoo cayéndose rendido, agotado.
Sólo él, Nicholas, sentándose a su lado, sintiendo por primera vez que
quería hacer algo más que mirar
.
Y ahora esto. Un huequito ardiente.
Molesto.
Insistente.
Dulce.
Una parte de él lo quería ignorar. Sacarse esa sensación como se sacaría una pluma fuera de lugar. Pero otra parte…
…otra parte se encontró pensando en la forma en que Euijoo fruncía el ceño cuando leía, en cómo hablaba con las plantas de su casa como si fueran viejos amigos, en la vez que vio un pajarito herido y canceló una cita para llevarlo al veterinario.
Ese
algo
en su pecho latió.
LATIÓ.
—No, no, no, no, no —empezó a repetir Nicholas, poniéndose de pie de un salto celestial—. Esto es ilegal. Esto es peor que esconderle las llaves. Esto es encariñarse.
Y claro, en el instante perfecto, como si el universo supiera que él estaba justo en ese momento de pánico emocional… apareció Fuma.
Literalmente. Descendió desde las nubes como un abuelo elegante, alas negras relucientes, expresión de “te lo dije” pintada en la cara como con marcador indeleble.
—¿Podemos hablar? —preguntó Fuma, aunque ya estaba sentado.
—¿Tenés que? —replicó Nicholas con un puchero de cachorro celestial culpable.
—Sí. Porque alguien —mirada dramática— ha roto seis reglas en dos semanas, ha sido visto por su protegido en al menos tres ocasiones, y ahora está desarrollando una conexión emocional con él.
Nicholas desvió la vista. Masticó su labio inferior. Se rascó la nuca. Se tiró al piso. Se tapó la cara con una almohada celestial.
—¿Por qué me duele si no tengo corazón, Fuma?
Hubo un silencio.
Y después, Fuma suspiró como quien ya perdió la batalla:
—Porque sos un idiota, pero un idiota sensible.
Nicholas resopló.
—Eso me lo dijo también una gaviota una vez.
—¿Nicholas?
—¿Sí?
—No le hables a las gaviotas.
—Demasiado tarde.
Fuma se quedó un rato más. No lo retó mucho. Le ofreció palabras amables en un lenguaje que Nicholas apenas entendía: paciencia, cuidado, límites, consecuencias.
Todo eso que nunca le interesó, hasta que conoció a alguien que se sonrojaba por decir “gracias”.
Esa noche, Nicholas volvió a mirar a Euijoo desde la esquina del techo.
No lo molestó.
No le hizo cosquillas en los pies mientras dormía.
Solo se sentó ahí, abrazado a sus rodillas, sintiendo ese huequito en el pecho que dolía tan bonito.
Y por primera vez pensó:
“No quiero que se vaya. No quiero que se termine. No quiero perderlo.”
Oh no.
Está sintiendo amor.
Abortar misión.
O no.
Al día siguiente, Nicholas amaneció con una flor en la mano.
Literalmente. Una flor.
Una margarita.
De las que crecen al borde del camino.
No una flor celestial rara con propiedades mágicas, no. Una flor terrestre, común, simple… como Euijoo
.
La miró, frunció el ceño, la olfateó con sospecha.
—¿Quién puso esto acá? ¿Yo fui? ¿YO?
Sí.
Había ido a buscarla.
A propósito.
Después de ver cómo Euijoo pasaba horas frente a su escritorio, agotado, murmurando cosas como
“un cafecito más y termino este informe”
con voz de soldado herido.
Y ahora estaba ahí, Nicholas, un ángel de tercer rango con antecedentes disciplinarios por pintar las alas del jefe con témperas, mirando una flor que él mismo había robado del campo como un ladrón romántico.
—Esto es una pesadilla emocional —gruñó. Y desapareció la flor. Luego la volvió a traer. Luego la volvió a desaparecer. Luego la dejó apoyada en la mesa de Euijoo y salió volando por la ventana como si lo persiguiera la Interpol celeste.
Durante los días siguientes, las pequeñas tonterías se multiplicaron.
Euijoo encontró su taza de café favorita misteriosamente limpia cada mañana (cuando la noche anterior la había dejado con leche agria y desesperanza).
Sus medias estaban dobladas.
Sus libros, ordenados por color. (Lo cual era estéticamente hermoso y logísticamente inútil, pero igual lo agradeció.)
Una mañana incluso encontró una playlist en su celular con el nombre “Para un día soleado”. Que él no había hecho. Que nadie más tenía acceso para hacer. Que estaba llena de canciones suaves, tiernas y extrañamente... personales.
Nicholas lo observaba desde su rincón del universo, nervioso, con una mezcla de culpa y orgullo, como un gato que trajo un ratón muerto como regalo.
—No es que me importe —dijo, cruzado de brazos, mientras lo veía sonreír al escuchar una de las canciones—. Solo estoy practicando habilidades domésticas no esenciales . Totalmente casual. Nada emocional. Ja.
Fuma, que apareció flotando de cabeza para darle un susto, chasqueó la lengua.
—¿Y también fue casual escribirle una nota diciendo “recordá sonreír, te queda lindo”?
Nicholas lo miró con horror absoluto.
—¿QUÉ? ¿ESA NO LA BORRÉ?
—Ajá. No.
—Dios mío.
—Literalmente.
—No me ayudes.
Mientras tanto, Euijoo…
Bueno, Euijoo seguía igual de brillante, igual de dulce, igual de desprevenido. Pero cada tanto, cuando encontraba algo extraño, miraba hacia el cielo y sonreía, como quien sabe que no está del todo solo.
Y Nicholas, desde arriba, se derretía un poco más.
Estaba enamorándose.
Y lo peor de todo…
…es que le encantaba.
A veces, Nicholas se preguntaba cómo podía una sola persona tener tanta luz dentro.
Porque Euijoo…
Euijoo era eso.
Luz. Luz en su forma más pura.
Luz que no cegaba, sino que envolvía. Que no exigía nada a cambio. Que simplemente existía.
Nicholas ya lo había visto reír. Dormirse sobre libros. Saludar a cada planta como si fueran mascotas.
Pero no lo había visto llorar.
No hasta esa noche.
Todo comenzó con una caja.
Una de cartón, empolvada, en la parte alta de su armario. Euijoo estaba buscando un abrigo y la caja cayó sin querer.
Nicholas, invisible, flotaba medio dormido en el techo como una mariposa en modo vago, pero el golpe lo hizo espabilarse.
Euijoo se agachó, recogió la tapa.
Dentro, había fotos.
Recortes.
Unos avioncitos de papel ya amarillos por el tiempo.
Y, en el fondo, una hoja de cuaderno con letras grandes y torcidas de niño:
“Algún día voy a volar también. Para salvar a los que no pudieron.”
Nicholas sintió que algo se le torcía en el pecho. ¿Un ala? ¿Una fibra celeste sensible? ¿El alma?
Euijoo se sentó en el piso, sin prender luces. Solo el resplandor del velador iluminaba la habitación con un tono tibio y nostálgico.
—Tenía ocho años —susurró. No a nadie. Tal vez a sí mismo. Tal vez… a alguien invisible.
Nicholas aguantó la respiración.
El tipo de silencio que siguió no era para romperse con palabras.
—Ese día… me regalaron una maquinita de trenes. Yo la llevaba conmigo a todos lados. También al avión.
Siguió revisando fotos.
Un hombre y una mujer sonriendo. El mismo Euijoo, de niño, con mejillas redondas y una sonrisa sin dientes.
—Mis papás iban en el asiento de adelante. Yo quería sentarme en la ventanilla, así que intercambiamos lugares. Eso me salvó.
Y luego:
—Hubo fuego. Ruido. Todo se volvió blanco. Pero alguien… alguien me sacó. No sé quién fue. Nunca lo supe. Solo que tenía olor a perfume y gritaba como un soldado. Me envolvió con su campera y me dijo:
corré
. Así que corrí.
Nicholas no se movía.
Literalmente. Ni un músculo etéreo.
Todo su ser estaba suspendido entre el dolor que sentía Euijoo y el amor que empezaba a desbordarsele por dentro.
—Desde entonces, no puedo subirme a un avión sin recordar eso. Pero igual lo hago. Porque si me tocó vivir… entonces voy a vivir para que otros puedan llegar sanos.
Voy a volar por los que ya no pueden.
Nicholas se mordió el labio.
—Estás enfermo —susurró, solo para sí mismo—. Estás hecho de cosas que no deberían existir en este mundo roto.
Y sin pensarlo, sin siquiera querer hacerlo, se acercó. Dejó una mano invisible en el hombro de Euijoo.
Y, por un instante, Euijoo se quedó quieto.
Como si lo hubiera sentido.
Como si supiera que no estaba solo.
—Gracias —dijo, al aire.
Pero Nicholas sintió que se lo decía directamente.
Que lo atravesaba como un rayo cálido.
Ese fue el momento exacto en que dejó de “cuidarlo porque sí”.
Ahora lo hacía porque no concebía no hacerlo.
Porque si alguien como Euijoo existía en el mundo…
entonces el mundo valía la pena.
Nicholas nunca había sido un ángel modelo. Y para qué mentir, no pensaba empezar justo ahora.
Pero después de ese momento con Euijoo, algo se rompió en su espíritu libre, y con eso también se quebró su paciencia para las tonterías.
Porque cuidar a alguien como Euijoo no era un juego de escondidas ni de “vamos a ponerle una piedra y a ver si se cae”. No, señor.
Ahora, Nicholas estaba en modo guardián nivel: “te protejo hasta del maldito mosquito que osa acercarse”.
Y no exageraba.
Un zumbido le hizo girar la cabeza con rapidez mientras se materializaba a centímetros del rostro de Euijoo, invisible para todos menos para el propio ángel.
—¿Qué pensás que estás haciendo, mosquito? —le dijo con un tono que habría helado a cualquier insecto.
Euijoo, distraído preparando su café matutino, sintió un escalofrío, pero no entendió por qué. Solo un cosquilleo raro, como si alguien lo estuviera mirando.
—¿Y esa mosca? —preguntó Euijoo, frunciendo el ceño y moviendo la mano para espantarla.
Pero la mosca, que había llegado a la cocina sin invitación, nunca se acercó. Como si un muro invisible la mantuviera a raya.
Nicholas lo miró con una sonrisa de medio lado.
—Estoy aquí —pensó, orgulloso—. Te tengo cubierto, Solcito.
Y no solo con mosquitos.
Cuando Euijoo cruzaba la calle, Nicholas desviaba un taxi que venía demasiado rápido.
Cuando a Euijoo casi se le caía el teléfono, él lo atrapaba con un destello.
Cuando una ráfaga de viento quería arrebatarle el sombrero, Nicholas lo sujetaba firmemente.
Todo con una energía casi palpable, que empezó a inquietar a Euijoo, aunque todavía no entendía bien qué era.
Un día, Euijoo lo sorprendió con una pregunta:
—¿Te pasa algo raro? Porque parecés… raro.
Nicholas no supo qué responder.
Entonces flotó, hizo una pirueta y dijo en voz alta (aunque inaudible):
—¡Estoy cuidándote! No más juegos, me tomo esto en serio.
Euijoo sonrió, con ese brillo inagotable que tenía.
—Eso me gusta —dijo—. Pero no te olvides que también puedo cuidarme solo, ¿eh?
Nicholas sintió que un calor nuevo le invadía el pecho, como si ese “me gusta” fuera un premio de oro celestial.
Y así, poco a poco, el ángel más rebelde empezaba a dejar de flotar sin rumbo.
Porque para cuidar a un Sol como Euijoo, había que aterrizar y darlo todo.
Aunque a veces le diera ganas de volver a ponerle piedritas en el camino.
La noche había caído, envolviendo a la ciudad en ese tipo de calma que parece prestada. En lo alto de un edificio, donde solo las gaviotas y los ángeles se atreven a posarse, Nicholas estaba sentado con las piernas colgando al borde del mundo, mirando el cielo... que, irónicamente, se sentía muy lejos.
Sus alas, decoradas con mostacillas y plumas enredadas de viento, se movían con pereza, como si también estuvieran cansadas.
—Yo no debería estar sintiendo esto, ¿no? —murmuró, rascándose la cabeza con la misma mano que una vez había empujado un florero para que cayera justo donde Euijoo iba a pisar—. ¿Esto? ¿Esto de querer que esté bien aunque ya lo esté? ¿De preocuparme por si desayunó o si le quedó bien el uniforme? ¿Esto de... querer tocarle el pelo cuando se duerme en el sillón?
El eco no respondió. El cielo, ese mismo que nunca cerraba por feriados, ahora parecía fuera de servicio.
—¿Fuma? —probó, mirando hacia arriba—. Sé que es tarde pero... ¿estás ahí? ¿Podés creer que extraño tus sermones? Al menos eras alguien con quien hablar. Ahora solo tengo... este vacío.
Se echó hacia atrás, dejando que la espalda tocara el techo de grava. Miró las estrellas.
—¿Esto es lo que sienten los humanos? —preguntó al aire, casi dolido—. ¿Estar tan llenos de emociones que sentís que te vas a romper? ¿Estar tan confundido que necesitás que alguien te diga qué hacer?
Silencio. Ni una sola nube respondió.
—Yo no tengo corazón. Lo sé. Técnicamente. Pero entonces... ¿qué es este cosquilleo en el pecho cada vez que me sonríe? ¿Qué es esta rabia cuando lo veo triste, aunque él siempre diga que está bien?
Nicholas cerró los ojos.
—Me está pasando algo raro, Cielo. Algo que no debería pasarle a un ángel de tercer rango, con historial de rebeldía y cero medallas en conducta.
Se sentó de nuevo, apoyando los codos sobre las rodillas, la mirada clavada en una estrella particularmente brillante.
—¿Y si me está pasando porque justamente soy así? Porque no soy como los otros. Porque no sigo reglas, ni mando informes. Porque no puedo ver algo lindo sin querer tocarlo, sin querer... cuidarlo.
Apretó los labios.
—Euijoo. El tipo más humano que vi en mi existencia. Tan bueno que te dan ganas de ser mejor solo por no arruinarle el día. ¿Qué hago con esto, Cielo?
La estrella no parpadeó. El universo, indiferente, siguió girando.
Nicholas suspiró.
—Está bien. No digan nada. Yo me las arreglo.
Y sin más, abrió las alas y desapareció en el aire nocturno, volviendo a la ventana de Euijoo, donde el piloto dormía profundamente, abrazado a una almohada y murmurando en sueños algo como “gracias por el día de hoy”.
Nicholas sonrió.
—De nada, Solcito. Aunque no sepa todavía qué carajo estoy sintiendo, al menos sé esto: no voy a dejar que te pase nada.
La tormenta no había sido anunciada.
Lo que, para ser sinceros, no era algo que Euijoo considerara injusto. Si algo había aprendido a lo largo de su vida era que el clima, el tráfico y las tostadas que caen del lado de la mermelada no le debían absolutamente nada al ser humano.
Igual, podría decirse que esta tormenta tenía algo especial.
No por la lluvia —aunque caía en finos hilos casi poéticos sobre la ciudad— ni por los truenos —lejanos y estéticos—, sino por el hecho de que Euijoo seguía caminando por la vereda como si no lo estuvieran empapando.
Iba sin paraguas, la campera empapada pegada al cuerpo, el pelo chorreando sobre los ojos… y sin embargo, no parecía molesto.
Más bien, en paz .
—A veces me gusta —murmuró, como si alguien lo escuchara—. Sentir que el mundo me toca un poco. Como si me recordara que sigo vivo.
Desde algún rincón invisible del aire, Nicholas lo miraba con los ojos entrecerrados, la frente fruncida y los brazos cruzados como una madre preocupada que olvidó cómo se regañaba.
—¿¡Te parece normal caminar bajo una tormenta como si fueras el protagonista de un videoclip triste de los 2000!? —gritó en voz muy baja, con frustración celestial.
Y entonces, sin pensarlo demasiado, flotó hasta él.
Sin forma visible. Sin resplandor. Sin fanfarria angelical. Solo... él , al nivel del suelo, caminando al ritmo de Euijoo.
Extendió las alas.
Apenas.
Cubriendo a Euijoo como un toldito mullido y cálido que la lluvia no podía atravesar. Las gotas resbalaban sobre las plumas y se evaporaban en pequeños suspiros de vapor.
Euijoo, de repente, se detuvo.
Frunció el ceño. Miró a su alrededor. Arriba. No. Abajo. No. ¿El cielo?
No llovía más sobre él.
—¿Eh?
Dio un paso al costado. Volvió a mojarse. Dio un paso de regreso al centro invisible... nada. Seco.
Frunció aún más el ceño.
—¿Estoy debajo de un balcón?
Nicholas sonrió.
—Sí, claro, un balcón flotante a media cuadra del supermercado. Buena deducción, Watson.
Y entonces, Euijoo hizo algo que dejó al ángel paralizado.
Cerró los ojos. Se quedó quieto. Y con una sonrisa tímida —la clase de sonrisa que uno no le regala a cualquiera— murmuró:
—Gracias, de nuevo.
Nicholas sintió que el aire a su alrededor se llenaba de un calor suave. No era físico. No era lógico. Era como si algo muy dentro de él se acomodara diferente. Como si el alma, o lo que sea que tuviera en su lugar, suspirara.
Y entonces, sin darse cuenta, bajó un poco más las alas. Casi rozándolo.
Euijoo tembló. No de frío.
Abrió los ojos de golpe.
—¿Hola?
Nicholas se apartó como si lo hubieran pescado haciendo algo ilegal. Que… bueno, en efecto lo era. Había reglas muy claras sobre “no interferir físicamente” y “no rozar a tu humano como si fuera tu crush”.
Pero aún así.
Euijoo no lo vio. Pero se quedó mirando el espacio vacío por un largo momento.
Después, apretó el abrigo contra su pecho y siguió caminando.
Y Nicholas, desde el cielo invisible que lo acompañaba, murmuró con una sonrisita boba:
—Podría acostumbrarme a esto.
Fuma tenía una paciencia casi divina.
Literalmente, se la habían asignado con su rango.
Había sido tutor de ángeles recién creados, consejero de los guardianes de primera línea, instructor del protocolo celestial para intervenciones humanas, y, una vez, incluso había guiado una comitiva de querubines hiperactivos durante una tormenta de meteoros.
Nada —nada— lo había preparado para Nicholas.
El portal se abrió a su espalda con una reverberación grave, casi irritada.
Los mármoles celestiales resonaron. Las alas de Fuma apenas se agitaron. Y en su rostro perfecto, con esa serenidad tan de otro mundo, solo apareció una cosa:
Desgaste emocional™ .
—Nicholas —dijo, sin levantar la voz—. Te estoy llamando desde hace tres días. ¿Me ignorás o simplemente tu sentido del deber se evaporó junto con tu respeto por las reglas?
Nicholas, colgando de cabeza desde la rama de un árbol junto al parque donde Euijoo leía tranquilo un libro de filosofía, se balanceó como un murciélago feliz.
—¿Eso era un llamado? Pensé que era interferencia atmosférica. Mucho smog últimamente.
Fuma lo miró. Nicholas sonrió. Fuma suspiró.
—Te dije que no hicieras contacto físico.
—No hice. Técnicamente. Solo lo cubrí con mis alas. Eso no cuenta como contacto, ¿no? Además, fue un gesto poético. Muy cinematográfico .
—También dijiste “me quiero acostumbrar a esto” mientras lo mirabas dormir.
—¡¿Estás espiándome?! Qué invasivo, Fuma, ¿y las normas celestiales?
—Yo soy las normas celestiales.
Nicholas bajó de la rama como si flotara. Bueno, técnicamente, flotaba. Se cruzó de brazos con una expresión inocente mal actuada.
—No me estoy enamorando —mintió descaradamente.
—Ah, no. Solo lo seguís las 24 horas, lo protegés de insectos con potencial traumático, decorás tus alas con los colores que más le gustan, y susurrás su nombre en sueños.
¿Querés que haga una lista o...?
Nicholas se giró con dramatismo.
—¡No entiendo qué me pasa! ¡Es como si se metiera dentro mío y encendiera una luz cálida y suave que me dan ganas de abrazar! ¿¡Eso es amor!? ¿¡O tengo fiebre!?
Fuma se llevó una mano al rostro.
—Dios mío. Sos una telenovela con alas.
Nicholas, genuinamente angustiado, se dejó caer flotando sobre el pasto del parque, como si fuera víctima de una tragedia griega.
El cielo arriba suyo parecía nublado. Aunque eso podía ser pura metáfora, uno nunca sabía.
—No me enseñaron a sentir esto —murmuró, con una dulzura extraña.
Fuma lo miró. Por un segundo, su dureza pareció aflojarse.
—No. Porque no deberías sentirlo. Los guardianes no deben enamorarse de sus humanos. No es seguro para ellos. Y menos para vos.
—Pero... ¿y si no es peligroso? ¿Y si lo único que quiero es cuidarlo más fuerte?
—¿Nicholas?
Una voz distinta, lejana pero fuerte, retumbó sobre el parque. Fuma se irguió. Nicholas se congeló.
—No… —susurró Fuma—. No ahora.
Un haz de luz dorada bajó del cielo como una espada.
Y la voz se repitió, más clara, más rotunda:
— Ángel de tercer rango Nicholas 079, presentate ante el Consejo Superior Celestial.
Nicholas palideció.
Fuma lo miró con algo que se parecía sospechosamente a preocupación.
—Te descubrieron.
—¿Por qué ahora? —dijo Nicholas, tragando saliva, aunque no tenía garganta—. Justo cuando estoy empezando a entender qué soy.
Fuma no respondió.
Porque la respuesta era:
Porque estás empezando a entender qué sos.
Y eso... no es algo que el Cielo tolere con facilidad.
En el Cielo no hay puertas, pero si las hubiera, habrían crujido de la tensión.
Nicholas flotaba al centro de una sala blanca e infinita, iluminada por una luz que no tenía origen, como si el universo mismo hubiese encendido el modo linterna.
A su alrededor, figuras aladas, solemnes, todas sin rostro visible, como si la identidad fuera un lujo reservado para quienes no juzgan.
Delante suyo, un podio. Encima, la Voz.
—Nicholas 079, tercer rango, aprendiz rebelde, custodio en observación. —Cada palabra caía como piedra sagrada—. Has sido llamado ante el Consejo por violaciones reiteradas al Código de los Guardianes.
Nicholas intentó sonreír. Una mueca chiquita. Un “ups”.
No funcionó.
—A saber —continuó la Voz—: contacto emocional. Intervención física no autorizada. Manifiesta personalización de alas con materiales mundanos. Infiltración onírica.
Y lo peor:
intenciones amorosas no declaradas
.
Nicholas se irguió, dolido.
—¿Amar a alguien es un crimen?
Un murmullo invisible recorrió la sala como una ola en una iglesia que no tolera preguntas.
—No es un crimen —respondió otra voz, más cálida. Fuma, que lo observaba desde un costado—. Pero es una debilidad. Y las debilidades humanas… no son para los nuestros.
—¡Entonces tal vez no quiero ser uno de los suyos! —espetó Nicholas, sorprendiéndose hasta a sí mismo.
Silencio. Glorioso. Peligroso.
—Te damos una última oportunidad —dijo la Voz—. Volvé a tu rol. Protegelo desde la distancia. Olvidá cualquier apego. Recordá tu misión. Si fallás otra vez, perderás tus alas. Y tu inmortalidad.
—¿Y él…? —preguntó Nicholas, casi en un susurro—. ¿Euijoo?
—Su destino sigue igual —respondió Fuma con pesar—. Tu tarea es acompañarlo, no cambiarlo.
Nicholas apretó los puños. Las plumas de sus alas temblaron.
Todo dentro suyo gritaba que no podía dejarlo solo. Que no podía mirar desde el cielo mientras la luz de ese humano se apagaba.
Pero asintió.
—Entiendo.
La sala se apagó con un suave parpadeo de eternidad.
Nicholas volvió a la Tierra en silencio. Sin piruetas. Sin comentarios sarcásticos. Sin mostacillas nuevas.
Observó a Euijoo desde un edificio alto, donde el viento acariciaba el concreto como si también extrañara algo.
Lo vio reír con un compañero de trabajo. Lo vio perder el colectivo y no enojarse. Lo vio dejarle comida a un gato callejero. Lo vio sentarse solo, mirar al cielo, y decir en voz baja:
—Gracias por cuidarme, quien sea que seas.
Nicholas bajó la mirada.
—No puedo no amarte —susurró—. Y si tengo que perderlo todo por hacerlo… entonces que así sea.
Porque sí.
Spoiler del cielo:
Va a desperdiciar esa última oportunidad con gusto. Y con todo el corazón que no tiene… pero que se le está formando igual.
En algún rincón del cielo, Fuma llevaba la cuenta de las infracciones con un suspiro y una birome celestial que ya se estaba quedando sin tinta.
Mientras tanto, en la Tierra, Nicholas flotaba a cinco metros sobre el parque más soleado de la ciudad, con las alas plegadas y una expresión que mezclaba serenidad y terror absoluto.
Euijoo estaba sentado abajo, sobre una manta de cuadros azules, rodeado de sandwiches, limonada, y una novela romántica que leía con expresión soñadora.
—Hoy vino el sol —dijo Euijoo, mirando al cielo—. ¿Sos vos?
Nicholas parpadeó. Tragó saliva aunque no tenía glándulas.
—No… o sí… o tal vez. —Se agarró la cabeza con ambas manos—. Esto es una locura.
Era la tercera vez en la semana que Euijoo le hablaba directamente. No miraba a un punto fijo, no esperaba una respuesta, solo… hablaba. Como si supiera que alguien lo estaba escuchando.
Y Nicholas, el ángel que antes se divertía escondiéndole las llaves y empujándolo levemente contra carteles de “piso mojado”, ahora se encontraba flotando con el pecho lleno de una emoción extraña, cálida, adictiva.
Necesitaba esa voz. Esa fe ciega. Ese “gracias por cuidarme” que Euijoo le susurraba a la nada antes de dormir.
Nunca se lo había pedido. Pero Nicholas estaba ahí, todas las noches, con el mentón en las rodillas, escondido en una esquina del cuarto, solo para escuchar eso.
—Si supieras lo mucho que me gusta cuando hablás —le murmuró Nicholas, bajando unos centímetros sobre la manta—. Lo feliz que me hace sentir útil. Visible.
Euijoo, abajo, sonrió al pasar la página del libro.
—¿Sabés qué pienso, ángel? —preguntó, mirando al cielo—. Que si existís… estás aprendiendo a quererme.
Nicholas se desarmó por dentro.
Tantos siglos de existencia. Tantos cielos, tantos planetas, tantos códigos y normativas…
Y todo se reducía a eso.
Quererlo.
Esa noche, Euijoo volvió a su departamento y preparó una taza de té de jazmín, como siempre. Nicholas lo siguió desde la ventana.
Euijoo encendió una pequeña vela en la mesa, miró al cielo estrellado a través del ventanal, y dijo en voz baja:
—Gracias por hoy. Fue un buen día.
Nicholas, desde la cornisa, respondió en el mismo tono:
—De nada.
No lo escuchó. No podía.
Pero por alguna razón, Euijoo sonrió. Y Nicholas, que jamás necesitó de palabras para hablar con sus alas, sintió que, si lo dejaban, él pasaría toda la eternidad escuchando esa voz.
Y cuidándola.
Aunque tuviera que desafiar al cielo una vez más.
El viento soplaba suave esa tarde, con la calidez justa para enredarse en los rizos de Euijoo mientras caminaba por la pista de entrenamiento del aeropuerto. Llevaba puesto su uniforme azul, ese que lo hacía parecer más héroe de manga que piloto real, y tarareaba una melodía sin nombre, una que probablemente había inventado él mismo mientras el cielo se teñía de naranja.
Nicholas lo seguía, por supuesto. Como siempre.
Flotando con las alas replegadas, en modo sigilo emocional.
Pero esa tarde no lograba concentrarse.
Había algo en el aire. Algo extraño. Algo peligroso.
Y, por alguna razón, algo… dulce.
—¿Estás bien hoy? —murmuró Euijoo al viento, mientras observaba el cielo con una sonrisa tranquila—. Me dolió un poco la cabeza más temprano. Pero ya pasó. Supongo que te estresé con mis pensamientos negativos, ¿eh?
Nicholas suspiró desde las alturas.
—Sos demasiado tierno para este mundo —dijo, aunque él no podía escucharlo.
O eso creía.
Porque justo en ese momento, Nicholas sintió una punzada en el pecho. Un cosquilleo.
Una especie de magia mal calibrada, como si su energía hubiera fluctuado por un segundo.
Y entonces lo dijo.
—Euijoo...
Fue apenas un susurro. Un pensamiento hablado. Una palabra que se escapó con el viento sin pedir permiso.
Pero abajo, Euijoo se detuvo en seco.
Se quedó quieto. Parpadeó. Giró apenas la cabeza.
—¿Quién…?
El corazón de Nicholas se cayó tres pisos y se estrelló contra su dignidad celestial.
—No, no, no, no... —se escondió detrás de un cartel flotante que decía “zona de no intervención”—. No escuchó eso. No puede haberlo escuchado. ¡Soy invisible! ¡Estoy en sigilo! ¡Tengo el modo ángel activado!
Pero Euijoo seguía mirando el cielo. Una brisa juguetona le revolvió el cabello.
—¿Nicho…las? —probó, como quien intenta recordar el nombre de un sueño.
El ángel casi se cae. Literalmente. Tuvo que estabilizarse con un giro de alas improvisado.
—¿Cómo supiste eso? ¡¡¿¿CÓMO SUPISTE ESO??!! —le gritó al vacío, horrorizado y fascinado a partes iguales.
Euijoo se rió bajito, rascándose la nuca.
—No sé por qué me vino ese nombre… pero me gusta. Si sos vos, ángel, creo que te queda bien.
Nicholas se apoyó contra una nube como si acabara de correr un maratón emocional.
Y ese fue el momento.
El instante exacto en el que dejó de ser "el guardián" y empezó a ser
Nicholas
en la mente de Euijoo.
El nombre no lo cambió todo.
Pero sí lo acercó.
Un paso más hacia el abismo.
O hacia el amor.
Lo que ocurriera primero.
Nicholas ya se sabía los horarios de Euijoo como si fueran los suyos.
A esa hora, siempre salía al balcón con una taza de algo caliente. Té de manzanilla, a veces. O cacao. Siempre con miel.
Se sentaba en el mismo rincón, se envolvía en la misma manta raída pero querida, y hablaba.
—Hoy tuve un día extraño —murmuró Euijoo, con la mirada perdida entre las luces de la ciudad—. Una señora me dijo que parecía estar acompañado por alguien invisible. Me reí, claro. Pero no pude evitar pensar en vos.
Nicholas, suspendido sobre el tejado, se quedó quieto. Más quieto de lo habitual. Como si moverse pudiera romper el hechizo del momento.
Apretó los dedos alrededor del borde del techo. Las tejas crujieron.
—A veces me pregunto si estás ahí de verdad. Si tengo un ángel de la guarda —siguió Euijoo, con voz suave, casi como si no esperara respuesta—. Y si es así… gracias.
Nicholas tragó aire. Bueno, energía celestial. O lo que fuera que usaban los ángeles en lugar de pulmones.
—Gracias por… quedarte —dijo Euijoo—. Por escucharme.
Hubo una pausa.
—A veces siento que te conozco. Que ya estuviste en mis sueños. Que me mirás cuando me caigo y cuando me río.
Se rió solo.
—Tal vez estoy loco. Pero si estás ahí… me alegra saber tu nombre.
Nicholas se enderezó de golpe. Su corazón inexistente se sintió como si latiera por primera vez en siglos.
—No sé de dónde lo saqué, solo me vino a la cabeza. Es un nombre bonito, ¿sabés? —siguió Euijoo, cruzando los brazos sobre el pecho—. Nicholas.
Suspiró.
—No sé si te gusta. Pero para mí, sos Nicholas. Aunque nunca te vea.
Silencio.
Nicholas bajó la cabeza. Las alas se le plegaron lentamente, como si también necesitaran procesar lo que acababa de pasar.
No era solo un nombre.
Era el reconocimiento.
Era el
yo sé que estás
.
Era el comienzo del fin.
Desde algún rincón del cielo, Fuma probablemente se estaba arrancando los cabellos celestiales.
Pero Nicholas no podía evitar sonreír.
Por primera vez en toda su existencia, alguien había llamado su nombre sin que él lo esperara.
Y no era un castigo. No era una orden.
Era un regalo.
Un regalo envuelto en ternura humana.
Un nombre susurrado al viento por alguien que creía estar hablando solo.
Y por eso mismo, Nicholas prometió, desde lo más profundo de su esencia rebelde y enamorada:
Nunca lo voy a dejar.
Nicholas no tenía permitido mostrarse. No completamente.
El reglamento lo decía con letras doradas y mármol frío:
Los guardianes no deben interferir. No deben presentarse. No deben enamorarse.
Ya había roto las primeras dos. La tercera, bueno… se estaba haciendo el desentendido.
Esa noche, Euijoo no habló. Solo se sentó en su balcón con la espalda encorvada, los hombros caídos, y una taza que temblaba entre sus manos.
No había sonrisa.
No había luz en sus ojos.
—Hoy... casi pierdo el control del avión —susurró, como si eso no fuera la cosa más devastadora que había dicho jamás—. Nada grave. Sólo un momento. Un segundo. Pero… pensé en vos.
Se rió, pero sin alegría.
—Me pregunté si te habías ido.
Nicholas se retorció. Literalmente. Sintió las alas crispándose. ¿Cómo podía ese humano pensar que lo había abandonado?
No lo pensó más.
Ni permisos, ni reglas, ni protocolos.
Simplemente descendió. Y tocó el suelo.
Euijoo levantó la vista cuando escuchó un susurro suave de plumas acariciando el aire.
Y lo vio.
Nicholas, de pie, en el balcón.
Ropas claras, cabello brillando con la luz de la luna, las alas desplegadas como una promesa rota.
Y los ojos...
esos ojos que Euijoo ya había soñado.
No dijo nada.
Se levantó.
Dejó la taza a un lado.
Dio un paso, luego otro.
Nicholas pensó en disculparse.
Pensó en desaparecer.
Pensó en decir “no deberías poder verme” o “no está permitido” o “esto va a tener consecuencias”.
Pero antes de que pudiera abrir la boca, Euijoo lo abrazó.
Así.
Como si fuera lo más natural del mundo.
Como si no estuviera viendo a un ser de otro plano de existencia.
Como si lo hubiese estado esperando desde siempre.
—Hola, Nicholas —murmuró contra su cuello—. Sabía que existías. Sabía que eras real.
Cerró los ojos y suspiró.
—Gracias por quedarte.
Nicholas no pudo responder. No tenía palabras.
Solo lo abrazó de vuelta.
Fuerte. Como si pudiera protegerlo de todo. Incluso del propio destino.
En ese instante, el cielo entero se volvió un poco más silencioso.
Porque sabían.
El juego había terminado.
—Decime si estoy loco —dijo Euijoo más tarde, con las mejillas todavía húmedas.
Nicholas, sentado a unos metros en el borde del balcón, movió apenas un ala, desconcertado.
—Depende. ¿Qué clase de locura estamos hablando? ¿Del tipo “hablo solo en la ducha”? ¿O del tipo “veo a un ángel guardián que a veces brilla en mis sueños y me cubre con sus alas cuando llueve”?
Euijoo no se rió, pero sonrió. Con ternura.
—Del segundo tipo.
Silencio.
Nicholas lo miró. Le costaba. El cielo le había advertido que ya había ido demasiado lejos, que no podía seguir interfiriendo. Pero ya no era interferencia. Era necesidad.
—No estás loco —dijo, y la brisa pareció detenerse para escuchar—. Soy real.
Euijoo asintió. Como si ya lo supiera. Como si hubiera estado esperando que lo confirmara.
—Tenés alas —murmuró—. ¿Siempre las tuviste?
Nicholas se paró despacio. Caminó hasta estar frente a él. Las alas se desplegaron suavemente, sin brillo celestial ni grandilocuencia. Solo... presencia. Belleza callada.
—Siempre. Pero la mayoría no las ve. Se asustarían si lo hicieran.
Euijoo las tocó con la yema de los dedos. Parecían hechas de aire y seda. Sonrió.
—No me asusta... ¿Debería?
—No.
Otro silencio, pero de los cómodos. De esos que abrigan.
—¿Por qué yo? —preguntó Euijoo finalmente—. ¿Por qué estás conmigo?
Nicholas bajó la mirada. No porque no quisiera mirarlo, sino porque había demasiado que decir.
—Porque alguien tenía que cuidarte —dijo—. Porque el cielo decidió asignarme tu vida.
Euijoo lo observó unos segundos.
—¿Y vos lo decidiste también?
Nicholas tardó en responder.
—No al principio.
Una pausa.
—¿Y ahora?
Sus miradas se cruzaron. El aire parecía más denso. Más suave. Más lleno.
—Ahora no me imagino cuidando a nadie más.
Euijoo sonrió como si el mundo tuviera sentido otra vez. Como si su pregunta inicial se hubiera disuelto en el aire.
—Entonces no estoy loco.
—Definitivamente no.
—Perfecto —dijo Euijoo, girando para entrar de nuevo a su casa—. Porque sería una pena estar loco justo ahora que te conocí.
La puerta se cerró suavemente.
Nicholas se quedó ahí, con las alas todavía desplegadas, el corazón inexistente latiendo a mil, y una sonrisa de idiota celestial dibujándose en su cara.
La sala estaba hecha de luz. Una luz blanca, estática, sin sombras. Nada de eso parecía real, excepto por la frialdad en el aire. Una frialdad que no venía del clima, sino de las decisiones.
En el centro de la sala, un círculo de figuras aladas flotaba en perfecto orden. Cada uno con alas perfectas, iguales, blancas como el mármol sin grietas. Seres sin emoción en los rostros. Ni enojo, ni tristeza. Solo cumplimiento.
El Consejo de Observación Celestial.
Uno de ellos, el que lideraba la reunión, tenía un pergamino entre las manos. Lo desenrolló sin apuro. Las letras no estaban escritas con tinta, sino con hilos dorados que se movían como si respiraran.
—Caso número 1124832. Euijoo, 27 años, piloto comercial. Vuelo 926 con destino al sur. Fecha asignada: dentro de veintinueve días —leyó con voz monótona.
Otra figura levantó la vista.
—El vuelo 926 colapsará durante el descenso. Setenta y cuatro pasajeros a bordo. Veintiocho sobrevivientes. Él no es uno de ellos.
—¿Confirmado?
—Confirmado —dijo otro—. Su destino quedó sellado desde el accidente de su infancia. Este vuelo completa el ciclo. El balance debe restaurarse.
Un silencio. No de los buenos. De esos que aplastan.
—¿Interferencias? —preguntó alguien más.
Una esfera flotó hasta el centro del círculo. Dentro, una proyección: Nicholas, risueño, en la Tierra, volando en círculos sobre Euijoo mientras el humano riega sus plantas y canta mal pero con entusiasmo.
—Nicholas, rango tres, aprendiz de ángel guardián —dijo la figura líder—. Múltiples violaciones al reglamento. Manifestación parcial en la Tierra. Contacto emocional.
—¿Está enamorado? —preguntó una figura más joven, al borde del círculo.
—Sí —respondieron tres voces al unísono.
La esfera cambió. Ahora mostraba a Nicholas hablando solo en un parque, las alas cerradas como una manta alrededor del cuerpo. Luego, a Euijoo en su habitación, abrazando el aire, murmurando su nombre.
—¿El humano corresponde?
—No lo sabemos. Pero lo intuye. Cree en él. Cree demasiado.
Un silencio distinto cayó. No era juicio. Era inevitabilidad.
—Se notificará al ángel. El vuelo no puede evitarse. No hay renegociación.
—¿Y si intenta detenerlo?
—Será despojado de su rango. Caerá.
—¿Y si lo pide?
Otra pausa. Lenta. Densa.
—Entonces… el cielo decidirá.
Uno a uno, los ángeles comenzaron a desmaterializarse, como polvo brillante al viento.
La esfera flotó un segundo más, mostrando el rostro de Nicholas, congelado en una sonrisa de esas que solo existen cuando se ama sin saber cuánto duele.
Y luego, el cielo se apagó.
Nicholas no soñaba. No tenía permitido. Pero esa noche —si es que al Cielo se le podía llamar “noche” alguna vez—, algo lo despertó con un nudo en la garganta.
Un temblor.
No en la Tierra. En él.
Volvió a su rincón celestial como quien vuelve a casa a buscar respuestas. Atravesó las capas del cielo flotando con furia: el pelo revuelto, las alas sucias de tierra, el aura chispeando de tanta emoción contenida.
—¡Fuma! —gritó apenas llegó al archivo celestial, como quien entra a los gritos a la oficina de su papá exasperado.
Fuma levantó la vista desde un escritorio lleno de pergaminos flotantes. Llevaba puestos unos lentes ridículamente pequeños para su cara larga y seria.
—Oh. Qué honor tenerte por acá sin haber hecho explotar nada —dijo, sin levantar una ceja—. ¿Qué hiciste ahora?
—¿Qué es el vuelo 926?
Fuma parpadeó. Y por primera vez, no bromeó.
—...No deberías saber eso.
—Pero lo sé —dijo Nicholas, temblando—. Vi fragmentos, escuché ecos. Euijoo va a… él va a…
Fuma se quitó los lentes. Los dejó sobre la mesa con la solemnidad de quien apaga una vela.
—Está escrito.
—¡Pues desescribilo!
El silencio que siguió fue tan espeso como una nube antes de la tormenta.
—Nicholas… Vos sabés que si el destino está sellado, no hay nada que podamos…
—¡No me importa el destino! ¡No me importa el balance, ni las reglas ni los números fríos que escriben ustedes en sus oficinas de mármol flotante! —bramó Nicholas, las alas extendidas, los rizos desordenados como un fuego dorado—. ¡Yo lo amo! ¿Entendés? ¡No me importa si me degradan, si me borran, si me lanzan al vacío! Euijoo no puede morir.
Fuma se quedó muy quieto. Lo miró durante varios segundos que parecieron años. Luego suspiró, y se levantó.
—Vení conmigo.
Lo condujo a una sección prohibida del archivo. El aire olía a polvo de estrellas viejas y a secretos encerrados. Fuma pasó la mano por una estantería, hasta que un compartimiento invisible se abrió con un sonido seco.
De allí sacó un pergamino. Uno solo. Pequeño. Viejo. Quemado en los bordes.
—Esto… es lo más cercano a un “vacío legal” que vas a encontrar.
Nicholas lo tomó como quien sostiene el destino con las yemas de los dedos.
—Es una antigua cláusula. Si un ángel desea ofrecer su existencia inmortal a cambio de la de un humano, puede solicitarlo. Pero…
—¿Pero?
—Debe hacerlo sin garantías. El cielo puede negarse. O puede aceptar, y el ángel… deja de serlo. Para siempre.
Nicholas sonrió. Una sonrisa triste. Una sonrisa rota. Pero luminosa.
—Me parece un precio justo.
—¿Estás seguro? —preguntó Fuma, ya sabiendo la respuesta.
—No me quedan dudas.
Nicholas volvió a mirar el pergamino. Luego cerró los ojos, y juró.
—Voy a encontrar la forma. No importa cuánto me cueste. Yo lo voy a salvar. Aunque tenga que caer mil veces. Aunque me quede sin alas.
Y esa fue la primera vez que el Cielo tembló.
Faltaban siete días.
Nicholas lo sabía con la precisión de un reloj celestial. Cada tic de ese contador invisible se le grababa en la espalda como una pluma menos. Y sus alas, decoradas con mostacillas de colores, empezaban a perder su gracia entre tanto suspiro.
—¿Estás bien hoy? —preguntó Euijoo, estirándose en la silla del comedor de la aerolínea, mientras sorbía con entusiasmo su batido de frutilla como un niño de jardín.
Nicholas flotaba, invisible, a su lado. Fingía estar relajado, sentado en el respaldo de la silla como un gato gigante con rizos dorados.
—Claro que estoy bien. ¿Por qué no lo estaría? —murmuró con una sonrisa torcida, aunque él sabía que Euijoo no podía escucharlo. O… no del todo.
Pero Euijoo frunció el ceño.
—No sé. Siento que… estás diferente.
Nicholas se quedó inmóvil. Euijoo volvió a mirar su batido, revolviendo con la pajita como si buscara una respuesta enterrada en el fondo.
—Como si estuvieras… ansioso. Triste, tal vez.
Como si supieras que se acerca mi caída.
—Me lo estoy imaginando, seguro —dijo Euijoo con una risita suave, y le dio otro sorbo—. Igual, si me estás escuchando, solo quiero que sepas que me gusta cuando estás cerca. Incluso si estás callado.
Nicholas sintió que el alma —ese fragmento aún persistente, aún luminoso— se le encogía.
Esa noche, volvió al archivo celestial. Otra vez. Ya era casi un visitante permanente. Si existieran bibliotecarios angelicales, probablemente lo habrían echado por pesado.
—No hay otra forma —susurró, hojeando pergaminos secretos con dedos temblorosos—. No me dan tiempo. No me dan margen. Todo está sellado…
Estaba haciendo anotaciones con una pluma que robó de la sección de “autorizaciones especiales”, y armando un plan en un rincón del cielo al que ni los ángeles más viejos se animaban a entrar.
Cada día que pasaba, Nicholas dormía menos. Su ropa se desacomodaba. Las decoraciones de sus alas se volvían más tristes, los colores más apagados. Su brillo celestial empezaba a titilar, como una estrella a punto de extinguirse.
Y mientras tanto, Euijoo seguía volando.
Entrenamientos, simuladores, vuelos locales. Sonreía a los pasajeros, saludaba a sus colegas, vivía con esa paz incorruptible que siempre lo había caracterizado.
Pero por las noches…
—Te soñé de nuevo —murmuró un día, acostado de costado, mirando por la ventana al cielo estrellado—. No dijiste nada. Solo me mirabas. ¿Por qué me mirás así? ¿Por qué parecía que te estabas despidiendo?
Nicholas, apoyado en el borde de la cama, deseó poder abrazarlo.
—Porque quiero grabarte en mí —susurró—. Por si no puedo volver.
Y entonces, el calendario marcó con fuego una fecha ineludible:
Vuelo 926. 7 de diciembre. 7:45 AM.
Nicholas lo vio. Y por primera vez, bajó la mirada.
Solo faltaban tres días.
Nicholas despertó antes que el Sol. Por primera vez en siglos, no flotaba. Caminaba. Con los pies bien puestos en la tierra, como si eso pudiera hacerlo más real. Más humano. Más... presente.
Tenía un solo objetivo: hacer que Euijoo recordara este día como el más feliz de su vida. Incluso si no entendía por qué. Incluso si al día siguiente todo se rompía.
Lo primero fue el desayuno.
Nicholas manipuló sutilmente la cafetera de la cafetería de la esquina para que Euijoo recibiera, por "error", un latte con espuma en forma de alas y un muffin de arándanos —su favorito, aunque nunca lo pedía porque “no era saludable”. Cuando Euijoo lo recibió, sonrió al cielo como si ya supiera quién estaba detrás.
Después, caminó hasta su trabajo. Nicholas lo acompañó en silencio, escondiéndose entre las luces y las sombras. En un momento, una ráfaga de viento le desordenó el pelo. Euijoo rió, sin razón aparente, y dijo bajito:
—Buenos días, ángel mío.
Nicholas casi se desploma ahí mismo.
Ya en la aerolínea, Nicholas hizo que todos sus turnos del día salieran perfectos. Ningún retraso. Ningún pasajero difícil. Hasta le hizo ganar la rifa de una caja de dulces artesanales que la empresa había organizado para "levantar el ánimo de la semana".
Pero el momento más importante fue la pausa del almuerzo.
Euijoo salió al parque que había detrás del edificio. Llevaba una vianda, como siempre, y se sentó en su banco habitual. Justo entonces, un niño pasó corriendo y tropezó, soltando al aire un puñado de avioncitos de papel que cayeron como estrellas. Uno, en particular, aterrizó en las piernas de Euijoo.
Lo abrió.
Una simple frase, escrita con letra curva y dorada:
"Gracias por existir."
El niño no volvió a aparecer.
Por la tarde, Nicholas lo guió sin que lo notara hasta una librería pequeña en una calle que Euijoo juraba no haber visto antes. Al entrar, el aire olía a madera vieja y té de jazmín. En una de las estanterías, el primer libro que tomó tenía una dedicatoria en la primera página:
“Para el piloto que aprendió a volar con el corazón.”
Otra vez, sonrió. Otro pedacito de cielo colado entre las páginas de la tierra.
Al anochecer, Nicholas lo acompañó a casa. Euijoo, sin saber por qué, puso música suave. Se hizo una infusión de miel y lavanda, y se sentó en el balcón a mirar las estrellas.
Nicholas se sentó a su lado, invisible.
Le habló sin que lo escuchara:
—Quiero que seas feliz todos los días. Que te despiertes con ganas. Que no te falte nunca la risa. Que te abracen cuando tengas frío. Que alguien te diga lo que yo no puedo. Lo que quiero gritarte a cada segundo.
Euijoo, en un impulso, apoyó su cabeza contra el aire.
Exactamente donde Nicholas estaba.
Y cerró los ojos, tranquilo.
—Gracias por hoy —murmuró—. Fue como estar enamorado del universo por un rato.
Nicholas no lloró. No podía. Pero si las estrellas que tenía por alma hubieran tenido permiso, habrían caído en cascada.
Esa noche, cuando Euijoo se durmió, Nicholas se quedó ahí, sentado a su lado, ya no invisible. Lo miró, lo memorizó. Cada lunar, cada mechón rebelde, cada respiración.
Y bajito, con la voz temblando pero decidida, le susurró:
—Si alguna vez te preguntás si alguien te eligió, que sepas que yo lo hice. Cada día. Cada segundo. Hasta el final. Y si vuelvo a nacer, te elijo de nuevo. Aunque no me recuerdes. Aunque no me veas.
Le acarició el cabello, apenas. Como si el tacto fuera una oración.
Como si decir adiós fuera otra forma de decir
te amo
.
El cielo, allá arriba, lo miró con frialdad, sin entender por qué alguien preferiría arder por amor que flotar por la eternidad.
Y Nicholas, con una sonrisa chiquita, susurró al viento:
—Porque amar vale más que durar.
Más tarde esa noche, Nicholas se arrodilló en medio del departamento.
Miró al cielo.
Y rezó.
—Quiero cambiar el destino. Que me lleve a mí. Que lo deje vivir. Que olvide mi nombre, pero que no olvide lo que se sintió este día.
Y por primera vez en mucho tiempo, el cielo no le respondió.
Solo guardó silencio.
Como si también estuviera llorando.
El cielo estaba despejado.
Euijoo se abrochó el cinturón del uniforme, como siempre. Verificó la lista de control. Saludó con una sonrisa al copiloto. Le guiñó un ojo a la azafata que siempre le traía caramelos de miel antes de despegar.
Todo normal.
Todo tranquilo.
Hasta que Nicholas lo sintió.
Una punzada.
Un susurro.
Una advertencia que no vino en forma de palabras, sino de presión en el pecho. Como si el universo se estuviera preparando para exhalar. Para romper.
—No.
—¡No todavía!
Nicholas gritó, pero nadie lo oyó.
El avión ya estaba en el aire.
El tiempo ya había comenzado a fracturarse.
Desde el cielo, la alarma celestial resonó: Vuelo 926. Activación del Destino.
Nicholas atravesó las nubes como un rayo de oro y furia. Las alas brillando a una velocidad imposible. Se coló en la cabina del avión, atravesó la materia como si no existiera. Y ahí estaba. Euijoo. Sereno. Sosteniendo los controles con esa mirada llena de paz.
Pero Nicholas ya lo sabía. Ya había visto los informes. Ya había leído el punto exacto donde la historia decía:
"Pierden un motor. El ala derecha falla. Caen."
Y el Destino, ese titán invisible, ya se había activado. Imparable. Frío. Perfecto.
Nicholas no lo pensó.
—¡No! ¡NO! ¡QUE SEA A MÍ!
Extendió sus alas con tanta fuerza que la luz en la cabina tembló. Y justo cuando el motor explotó —justo cuando el avión empezó a inclinarse en una danza fatal—, Nicholas hizo lo impensable.
Interfirió.
Se interpuso entre el tiempo y la materia.
Rompió la línea invisible entre lo celestial y lo humano.
Tocó el destino con sus propias manos.
—¡Lo juro! ¡Llévenme a mí!
Desde el cielo, una voz habló.
No era una voz. Era todas.
"Aceptado."
El mundo se volvió blanco.
En un segundo imposible, Nicholas fue arrancado del plano angélico. Sintió el cuerpo por primera vez. El calor, el peso, el vértigo.
Ya no flotaba.
Caía.
Pero caía en lugar de Euijoo .
En el plano real, el avión se estabilizó como por arte de magia. El copiloto, confundido, revisó los controles.
—¿Qué fue eso?
Euijoo, con las manos aún firmes, susurró:
—Gracias.
No sabía por qué.
Pero lo sentía.
En el pecho. En el alma.
Alguien lo había elegido.
En el plano entre mundos, Nicholas impactó contra una realidad que no era suya. Su cuerpo, nuevo y frágil, ardía. Pero lo sostenía con una sonrisa. Porque había salvado una vida. Porque por fin entendía el amor.
Porque lo había amado tanto…
que eligió morir en su lugar.
Y mientras el cielo se alejaba,
mientras su luz se apagaba,
una sola frase quedó flotando, suave como pluma:
“Te volvería a elegir. Siempre.”
Euijoo no dormía.
Desde el accidente —o lo que fuera aquello que casi había sido un accidente—, algo en su interior no encajaba.
El avión había descendido sin problemas. La tripulación lo celebró como un milagro técnico. Una casualidad, un fallo del sensor, un cambio repentino en la presión atmosférica. Bla bla bla.
Pero Euijoo no.
Euijoo había sentido otra cosa.
Como si una mano cálida hubiese desviado el curso del universo. Como si alguien lo hubiese
sostenido
.
Y desde entonces, lo sentía ausente.
El aire ya no tenía esa electricidad suave. Su pecho estaba hueco de una forma que no sabía cómo nombrar.
Y por primera vez en mucho tiempo, Euijoo se sintió completamente, absolutamente solo.
Esa noche, bajo la tenue luz de su habitación, se sentó al borde de la cama. Con las manos entrelazadas sobre sus rodillas, bajó la cabeza. No tenía una religión, nunca la había tenido. Pero tenía… tenía algo.
Tenía el recuerdo de un abrazo que nunca había recibido.
El calor de unas alas que no podía explicar.
Un nombre sin dueño pero que dolía igual.
—Si hay alguien ahí… —murmuró, la voz rota por dentro—. Si estás escuchando... aunque no seas Dios, ni un ángel, ni lo que sea que se supone que debas ser...
Sus ojos se humedecieron. Apretó los dientes.
—Por favor. Decime que no me lo imaginé. Decime que no fue solo un sueño. Que no estoy loco. Que hubo alguien cuidándome de verdad...
El silencio le respondió. Inmenso. Frío. Indiferente.
—Yo... yo solo quiero agradecerte —continuó, casi en un suspiro—. Por todo. Por haberme salvado. Por haber estado. Aunque no sé cómo ni por qué...
Apretó las manos. El cuerpo tembloroso.
La voz hecha pedacitos.
—Y si te fuiste…
…si no vas a volver…
Una lágrima cayó, salada, tibia.
—…entonces solo decime cómo se hace esto.
¿Cómo se sigue adelante después de perder algo que nunca tuve del todo?
La lámpara parpadeó.
Un instante. Un solo segundo de brillo dorado.
Pero fue suficiente.
Euijoo cerró los ojos y sonrió entre las lágrimas, con una tristeza mansa, resignada. Como si el universo le hubiera acariciado el rostro solo una última vez.
El cielo no respondió.
Pero el corazón de Euijoo latía.
Y en algún rincón muy, muy lejano…
…una pluma cayó del cielo, sin que nadie la viera.
Euijoo volvió a volar.
Las primeras semanas después del accidente —del casi accidente— se tomó licencia. Dijo que era por protocolo, por chequeos médicos, por rutina.
La verdad era que no quería subir a un avión sin sentirlo.
Porque aunque no lo decía, aunque ni él mismo entendía del todo
qué
era lo que faltaba,
sabía
que faltaba alguien.
Alguien que no tenía rostro, pero tenía forma en su memoria.
La forma de una sombra protectora.
La de una risa invisible.
La de un calor que ya no estaba.
Cuando volvió a la cabina, todo parecía igual.
El panel.
El asiento.
El cielo extendido como un océano sin fin.
Pero no lo era.
—¿Todo bien, capitán? —preguntó el copiloto, un joven nuevo con voz suave y ojos atentos.
—Sí —respondió Euijoo, casi automático.
Miró por la ventanilla. Las nubes parecían algodón tibio. Una parte de él esperaba ver algo, lo que fuera. Una silueta. Una pluma flotando. Una señal.
Nada.
Había días en los que se despertaba sintiendo que había soñado con alguien. Alguien que lo cuidaba. Que lo molestaba, incluso. Que se reía de su torpeza y le traía muffins en los sueños.
Pero cuando intentaba recordarlo, se desvanecía como neblina al sol.
Y eso era lo peor.
No recordar el amor. Solo el hueco que deja.
Empezó a escribir en un cuaderno. Cosas que sentía. Palabras sueltas.
“A veces siento que alguien me abraza cuando tengo frío.”
“Hoy el café tenía gusto a despedida.”
“¿Por qué me falta algo si tengo todo?”
Volaba bien. Como siempre. Los pasajeros lo adoraban. Sus compañeros decían que su sonrisa transmitía confianza.
Pero por dentro, había una grieta.
Pequeña. Persistente.
Como si su alma estuviera de duelo por algo que no sabía que había perdido.
Una tarde, mientras caminaba hacia su auto después de un vuelo, una ráfaga de viento le despeinó el pelo.
No era fuerte. Solo lo justo como para hacerle cerrar los ojos un segundo.
Y al abrirlos, pensó que escuchó algo.
Una risa.
Baja. Cercana. Como un eco.
Se dio vuelta. No había nadie.
Suspiró. Se frotó los ojos. Sonrió solo, con esa mezcla de tristeza y ternura que solo tienen los que han amado sin saberlo.
—Si estás ahí... gracias por quedarte un poco más.
Y siguió caminando.
Con una mano en el bolsillo y el corazón apretado.
Era lunes. Como cualquier otro.
El sol brillaba sin esfuerzo y el hangar olía a café recalentado y metal tibio. Euijoo revisaba la lista de turnos semanales mientras bostezaba. Había dormido mal. Otra vez. Soñó con luces doradas y risas lejanas. Como casi todas las noches.
—¿Euijoo? —llamó el jefe de vuelos, asomando la cabeza por la puerta—. Te toca recibir al nuevo piloto. Lo asignaron como tu copiloto por unas semanas.
—Ah, genial —respondió, distraído, sin levantar la vista.
—Se llama Nicholas.
Euijoo parpadeó.
—¿Cómo?
—Nicholas. Recién llegó de la base en otra ciudad. Bastante joven, pero tiene buenas recomendaciones. Ahí viene.
Y entonces lo vio.
Rizos dorados.
Ojos brillantes, de esos que parecen buscar constelaciones en todas partes.
Una sonrisa amplia, casi descarada.
Vestía el uniforme con un aire relajado, como si estuviera hecho para él y no al revés. Caminaba con una soltura extraña, como quien no se toma muy en serio las reglas del suelo. Cuando llegó a su lado, extendió la mano con confianza.
—Hola. Soy Nicholas. Un gusto.
Euijoo se quedó mirándolo unos segundos de más. No por su atractivo—aunque eso, digamos,
sobraba
—, sino por…
algo más.
Una punzada en el pecho.
Un eco.
Un recuerdo sin imagen.
—Euijoo —respondió finalmente, tomando su mano.
La electricidad fue inmediata. Un cosquilleo apenas perceptible. Nicholas parpadeó. Euijoo también.
Por un instante, el mundo se sintió más silencioso. Como si todos los sonidos se hubieran apagado para escuchar ese apretón de manos.
—¿Nos conocemos? —preguntó Nicholas, ladeando la cabeza.
Euijoo sonrió. Pequeño. Dolido. Esperanzado.
—No… pero me alegra que estés acá.
Nicholas sonrió también, sin entender por qué le daban ganas de quedarse.
—¿Primera regla del copiloto? —dijo Euijoo, con tono cómplice.
—¿Cuál?
—Siempre llevar dulces para compartir.
Nicholas rió. Y algo dentro suyo —algo antiguo, algo puro— se estremeció.
Esa noche, mientras guardaba su uniforme nuevo en un departamento que apenas empezaba a parecer hogar, Nicholas se detuvo frente al espejo. Se miró fijo. Tocó sus propios rizos. Se acercó a sus ojos.
Del bolsillo de su chaqueta, sin explicación alguna, cayó una pluma blanca. Pequeña. Inofensiva.
Como si el viento la hubiera dejado ahí por error.
Nicholas la recogió con cuidado. La sostuvo entre los dedos como si se tratara de algo sagrado.
Y aunque no sabía por qué…
…la guardó junto a su corazón.
