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La vieja leyenda del ave con cabeza humana contaba de que, cuando la humanidad iniciaba, una sabia vieja tenía el poder de predecir desastres. Salvó a su comunidad más de una vez, generando su muerte injusta una protesta hacia los dioses por traerla de vuelta; ellos, incapaces de superar el poder de la muerte misma, con gran astucia le dieron una segunda vida a la mujer en el cuerpo de un gran ave, con la condición de solo aparecer ante los humanos antes de cualquier desgracia para no levantar sospechas a la muerte. Y así fue, y ha sido. Cientos —pero no sé si millas— de personas debieron haber tenido esta segunda vida en un cuerpo bañado en plumas. Lástima que sus seres queridos jamás pueden confirmar si es quién creen que es.
"Te prometemos que tendremos una casa acogedora, con un gran y frondoso jardín donde podrás poner esas esculturas tan bellas que haces." Te sonreí, con nuestras miradas entrecruzándose. Y en instantes de segundos, tus ojos perdieron su punto fijo, se iluminaron, y me volviste a mirar, con una sonrisa más tierna que antes.
"¡Con una pajarera!" exclamaste con entusiasmo. Te iba a cuestionar, pero ni a mis pensamientos dejaste terminar. "Cuando era pequeña yo tenía una pajarera en un arbusto. Lo tenía para ayudar a los pajaritos, y les dejaba un poco de semillas." Te diste la vuelta, reposando tu espalda en el suelo con la mirada en el techo. "Creo que ya te has dado cuenta que siempre me ha gustado ayudar."
Sí, siempre te ha gustado ayudar, tanto que priorizaste otra vida en vez de la tuya. Podré maldecir las murallas que te aplastaron, el silencio de los presentes y el fallo arquitectónico del puente, pero es inútil. Realmente no hay ningún culpable, pero sí víctimas, vidas muertas, y mi vida, muerta . Pero tu sabías que iba a pasar, le contaste a Charlotte que ese puente tarde o temprano iba a caer; Sabías de que todo se iba al carajo, pero no hiciste nada más que asumir el futuro y tu destino.
Me acordé de la pajarera, y le pregunté a tu madre si ahora podía tenerla. Ahora tenemos la casa acogedora con el jardín frondoso, sin tus esculturas ni presencia, pero con esa casita para aves que cuido con tanto cariño, dejando siempre unas semillas para que coman.
Tienes todo el derecho de llamarme lenta, estúpida, o lo que sea, pero tengo toda la fé de que eres ahora una leyenda, esa leyenda. Jamás me ha comentado si ha pensado lo mismo, a pesar de que estoy casi segura de que sí. Verás, he atraído a muchos tipos de aves con tu pajarera, desde gorriones hasta palomas, pero en singular uno con tu mirada — solo te vi de reojo, no alcancé a reconocer tu tamaño, ni plumas, ni cara, pero sí tus hermosos ojos verdes que pudieron pasar desapercebidas en el arbusto si no fuera porque mi corazón, enamorada todavía, te delató.
