Work Text:
‘’Can I take you to a moment
Where the fields are painted gold
And the trees are filled with memories
Of the feelings never told?
When the evening pulls the sun down
And the day is almost through
Oh, the whole world, it is sleeping
But my world is you
Can I be close to you?”
Bloom - The paper kites
Era una tarde solitaria después del almuerzo, en una zona que se centraba en proveer edificios para oficinas, empresas y unos pocos institutos; por lo tanto, el gentío había empezado a aminorar desde la una de la tarde. No había rastro de vida en las calles desde que el reloj había marcado las tres, pero aquello no le molestaba, de hecho, para él eran agradables las horas muertas porque le permitía tomarse todo el tiempo del mundo para limpiar los implementos con calma y ordenar de nuevo los ingredientes. Podían llamarlo obsesionado —sobre todo su compañera de trabajo— pero a él le gustaba ver las cosas en orden, le traía una sensación de calma, él diría que era terapéutico incluso, en los días más frustrantes terminaba ordenando toda la casa mientras pensaba y rumiaba los sucesos del día.
Por desgracia todo lo bueno no puede durar para siempre. Se encontraba tranquilo, terminando de lavar uno de los pocillos de porcelana azul con decorado negro cuando a la lejanía divisó, entre los edificios altos y la vegetación urbana, a una persona acercándose con la mirada fija sobre los postres que tenían en exhibición en las reposteras de cristal.
«Al menos es solo uno» pensó Suguru, aliviado.
El cliente inesperado terminó de acercarse, tomando asiento en una de las butacas altas de madera que colindaba con la calle. La cafetería era un lugar pequeño y esquinero, el interior fue modificado para ser solo la cocina, después de todo solo cabían las máquinas para hacer café, el horno, la zona de limpieza y la nevera. Ni siquiera había un baño, para eso tocaba ir al centro comercial que quedaba a dos esquinas. Pese a la dificultad y advertencia por parte de sus amigos junto a sus familiares, se las había apañado para adecuar el lugar y volverlo cálido. Decir que se sentía orgulloso era poco. Una de las ventajas más grandes, sin embargo, tenía que ver con la ubicación: el pequeño local se encontraba junto a una bahía, llena de mesas rodeadas por un jardín precioso que daba un fresquito agradable en los días calurosos, al igual que unas vistas de ensueño como en las películas en los días de invierno. Por experiencia sabía que los clientes disfrutaban del ambiente relajado que otorgaba el lugar en las horas más pesadas de trabajo.
—Buenas tardes. —Saludo con profesionalismo —. Bienvenido a Coffee’s Void . ¿En qué puedo servirle? —Una sonrisa llena de cortesía se instaló en su rostro. Después de unos años atendiendo a cualquier tipo de persona era capaz de enmascarar el cansancio.
El cliente lo observó por un par de segundos incómodos sin decir nada. Suguru no dejó flaquear la expresión que traía, pero en su cabeza empezó a formular mil y un incógnitas. Pasado un rato se decidió a estudiar al desconocido de la misma forma en la que este lo analizaba a él. Tenia el cabello imposiblemente blanco, no esa blancura de tintarse el pelo o tener un problema gravísimo de estrés, simplemente era así; vestía pantalones de mezclilla negros, saco ancho de color gris y, lo más curioso a su parecer, unos lentes oscuros impenetrables que obstaculizaban cualquier contacto visual. El silencio era mordaz. Rogó para sus adentros que no fuera algún desquiciado a punto de formar un plan de homicidio, o peor aún: una persona con síndrome de niño rico.
—Amigo —el cliente misterioso rompió con el silencio tenso de la nada—, eres el estereotipo más estereotipado que he visto de un barista.
¿Qué?
—¿Cómo se supone que deba tomarme eso?
—A ver, partamos por el principio —Hizo una pausa para volver a escanearlo descaradamente desde arriba hacia abajo—: tatuajes en los brazos y cuello, expansiones en las orejas, snake bites, cabello largo con una rutina de cuidado que pondría en aprietos a las modelos de Vouge, y una sonrisa enigmática. Todo eso en una pequeña cafetería bien cuidada, con decoración urbana de graffitis cerca de una plaza de ensueño. —Se apoyó en la barra y recargó su mejilla en su mano derecha, mirándolo con una sonrisa socarrona—. ¿Continúo?
La sonrisa del desconocido se ensanchó un poco más al ver la cara de desconcierto que había provocado en el barista. Suguru no sabía qué hacer con todo el bombardeo de información de hace un par de segundos. ¿Era un insulto o un halago?
—Creo que mi pregunta sigue siendo la misma: ¿Cómo debo tomarme eso? —Suguru negó con la cabeza, cerrando los ojos por un momento porque, sencillamente, ¿qué es lo que acababa de ocurrir?
—Como quieras, solo es una observación. —Si se estaba burlando de él o le restaba importancia, no logro distinguirlo—. En fin, ¿dónde puedo ver el menú?
Suguru le extendió la carta, aún indeciso con lo ocurrido, pero decidió dejarlo pasar. Si lo ignoraba y fingía demencia, nunca sucedio. Mientras esperaba, retomó su tarea de acomodar las cosas que había limpiado antes de haber sido interrumpido por dicho cliente, quien le brindó una de las interacciones más raras de la semana con total seguridad.
—Hmm, quiero un short cake de fresa y una cocoa caliente con crema chantilly y chips de chocolate encima.
—¿No es demasiada azúcar para el organismo? —Por lo general no debía de preguntar por las órdenes que se hacían, pero en un arranque de atrevimiento dejó salir la duda.
—¿Te preocupas por mi salud?, no sabía que teníamos ese tipo de cercanía. —El cliente hizo énfasis en sus palabras, extendiendo la última vocal de forma juguetona, intentando sacarle los nervios al barista enigmático.
—Me pregunté lo mismo cuando soltaste toda la verborrea sobre mi aspecto y el lugar. —Le sonrió con sarcasmo y apoyó ambas manos en la barra.
— Touché ...
Después de eso reinó la ausencia de una conversación en un silencio cómodo, con diferentes canciones sonando sin orden aparente desde el Spotify conectado a los parlantes. Suguru pudo observar de reojo la hiperactividad de Lentes , había decidido apodarlo así para no seguir llamándolo ‘’cliente misterioso’’. De cierta manera le recordaba a un cachorro incapaz de concentrarse en algo, revoloteando de aquí-allá, interesado por todo y nada en particular. Rodó los ojos con una leve sonrisa inconsciente mientras terminaba de preparar la cocoa, al menos ahora sabía que Lentes era alguien sin pelos en la boca, pero no un bastardo con intenciones de joder la vida, al menos no de forma maliciosa.
Se dirigió hacia la nevera para sacar la leche vegetal, centrado en su deber, cuando un golpe leve en la espalda logró sacarle de la pequeña burbuja de pensamientos en la que se había vuelto a sumir.
—Lo siento. —Escucho a sus espaldas—. ¿Te golpeé fuerte?
Era su compañera de trabajo, Tsumiki, una estudiante de universidad que necesitaba un trabajo de medio tiempo y que resultó ser muy buena en lo que hacía. Suguru se había dedicado a enseñarle poco a poco la vida de ser un barista, Tsumiki con dificultad y resolución aceptó el reto, aprendiendo con velocidad atropellada las cosas. La chica tenía algo particular de dejarse llevar por los nervios las primeras veces y después realizar la labor con una maestría que simulaba la práctica de años. Una prodigio a palabras de Suguru.
—No, tranquila. Pero ten más cuidado la próxima vez. A este paso me vas a mandar a una crisis de mediana edad con los golpes que recibe mi pobre espalda —respondió con un tono suave para calmarla, dejando deslizarse la broma para sacarle una sonrisa a la chica y quitarle de encima los nervios de haberse metido en un problema.
Al final se les aflojo la risa a ambos, Tsumiki era buena aprendiz y una persona de carácter dulce, aunque un tanto despistada cuando el estrés subía un poco; tal vez tenía demasiado en la cabeza con la universidad y el trabajo. Se recordó a sí mismo preguntarle más tarde si estaba teniendo mucha presión en los últimos días, si necesitaba un descanso o simplemente un oído para descargar todas las desgracias de la vida y retomar con fuerza.
Estaba terminando el pedido del cliente, centrado, moviéndose con una sincronización espeluznante junto a Tsumiki en el reducido lugar. Era una danza practicada durante días, semanas enteras, jornadas de varias horas. Ambos habían aprendido los hábitos del otro a tal punto de que los encontronazos indeseados en medio de la tarea de preparar las órdenes eran contados con los dedos de una mano. Suguru dispuso todo en el pocillo junto al platito de porcelana, a punto de entregar la orden, siendo interrumpido por su compañera a último segundo.
—¿Quién es el chico guapo de ahí? —Ella susurró, como quien no quiere la cosa, intentando pasar desapercibida ante el cliente centrado en sus cosas. El chico le había llamado la atención y no iba a desperdiciar la oportunidad. Quien no arriesga no gana, se recordó a sí misma.
Suguru negó con la cabeza ante la pregunta.
—¿Qué? —respondió en el mismo tono con desconcierto.
—No puedes negar que es guapo. ¿Quién es? —insistió—. ¿Te molesta si lo atiendo yo?
—Creí que habías dicho que ya le habías perdido la fe al tema.
—si, pero… i mean , hay excepciones en la vida, ¿sabes? Y créeme que esta es una excepción que vale la pena.
—¿En serio? —Suguru alzó una ceja con su rostro lleno de duda, observó a su compañera por un instante entero y luego se inclinó hacia un lado con discreción, dirigiendo una mirada sutil hacia Lentes, quien ya se había acomodado en el asiento esquinero con una portátil, audífonos y un par de papeles que estaba revisando—. Si tu lo dices… —Dejó escapar toda la incertidumbre contenida en esa simple afirmación, ganándose un gesto de reprensión por parte de su compañera—. Si quieres llevarle su orden, adelante. Pero no te ilusiones. —Vio a Tsumiki dar un pequeño saltito de emoción—. Y nada de coqueteo durante el trabajo, espera a que termine tu turno.
—¡Hey! —exclamó en tono bajo— ¿desde cuándo tenemos esa regla?
—Desde hoy.
—Amargado…
Volvió a negar con la cabeza mientras le entregaba la orden de Lentes a Tsumiki. La chica le susurro un gracias y se dirigió hacia la barra donde se encontraba Lentes, puso la orden con cuidado a su lado y llamó su atención con un gesto. Lentes se retiró los audífonos y le sonrió a Tsumiki dándole las gracias.
—Para el cliente guapo del día —dijo Tsumiki con un tono que rozaba la ternura y el descaro. Suguru no sabía si lo hacía a propósito o era inconsciente.
Lentes quedó estático un momento y luego soltó una pequeña risa ante el comentario. Suguru no pudo evitar sonreír al ver la cara de pánico de Tsumiki al darse cuenta que había pensado en voz alta. Tal parece que si era algo inconsciente, concluyó. Decidido salvar la patria y tomó una de las galletas de avena naturales que había hecho en la mañana, de esas que se endulzan solo con fruta para darle un toque exótico a la mezcla, se acercó a Tsumiki y a Lentes, para dejar el plato con la galleta al lado del pastel.
—Por parte de la casa. No quiero que nadie muera por un coma diabético en mi cafetería.
Lentes contemplo en silencio la galleta, luego a Suguru. Tsumiki se retiró de la barra, aprovechando la intervención para calmar los nervios junto a la vergüenza que sentía. Después de unos segundos de escrutinio e incertidumbre, Suguru vio cómo el cliente se retiraba los lentes, permitiendo por fin hacer contacto visual. El silencio juguetón y afable fue engullido por uno tenso ante la expectación. Suguru tuvo que reprimir el sonidito de asombro que había tratado de escurrirse por su garganta cuando se le permitió observar el par de orbes cristalinos, de un azul tan vivaz que le recordaba al cielo en una tarde de primavera, con la calidez del verano resistiendo su llamado y el frescor del otoño anunciando a paso lento su llegada. Irises bañados de la belleza marina que prometían la aventura más extraordinaria en busca del tesoro más importante para la humanidad. La claridad junto a la pureza de aquellos ojos le recordaban a las majestuosas llanuras saladas de Uyuni, capaces de reflejar el universo mismo en su claridad surreal. Lentes, que ahora Suguru quería apodar el chico de los ojos bonitos, estaba a punto de decir algo, cuando fue interrumpido a último minuto.
—Tienes unos ojos hermosos… —Tsumiki pensó en voz alta de nuevo, enrojeciendo y tratando de ocultarse detrás de la puerta de la nevera, centrándose en en los diferentes tipos de leches que tenían a la vez que en la cantidad de huevos que quedaban.
—Pero falta de contención a la hora de hablar —respondió Suguru, ignorando el estupor que había en sí mismo.
—Gracias — ojos bonitos se dirigió a Tsumiki, aunque esta intentó hacerse la desentendida sin mucho éxito. Luego dirigió su atención a Suguru—, ¿y que se supone que signifique eso?
—¿Te recuerdo nuestra primera interacción?
—Solo estaba siendo amable.
—Decirle a alguien que parece un estereotipo puede ser tomado como algo rudo. —Se cruzó de brazos, sonriendo de esa forma ‘’enigmática’’ como ojos bonitos había resaltado con anterioridad; todo solo por el mero deseo de molestarlo un poco.
Tsumiki alzó la cabeza lentamente de entre la nevera, perdiendo el interés en contar la docena de huevos que habían en el frigorífico junto a las zanahorias y… ¿eso era una cebolla? ¿por qué necesitaban una cebolla en la cafetería? En su lugar decidió centrarse en temas más interesantes, como el pequeño debate-discusión que se estaba desarrollando entre barista y cliente.
—No sabía que decirle a alguien que está guapo era algo rudo —el chico de ojos bonitos enfatizó en la última palabra con ironía. Sonrió al ver los nervios escaparse de la máscara de nihilismo y amabilidad que tenía el barista.
—A la próxima deberías ser menos críptico, entonces. —Suguru no le dejó ganar.
—Ok, lo digo entonces: me pareces guapo.
Un silencio sepulcral se instaló en el lugar. Nadie supo qué responder después de eso. Suguru estaba confundido y asombrado a partes iguales, Tsumiki sencillamente no entendía cómo es que la situación había escalado de cero a cien en cuestión de dos minutos y el cliente se encontraba con expresión despreocupada, acompañada de una sonrisa bonachona de quien sabe que ganó una discusión, si es que podían llamarle a eso discusión, para empezar. Suguru abrió la boca, después de unos instantes que se le apetecieron interminables, la volvió a cerrar, sin pronunciar ni un sonido; tuvo que tomar una pausa de unos segundos para digerir todo porque sencillamente no estaba acostumbrado. Si, ese era el quid de la cuestión: Suguru no sabía cómo tomar los halagos.
—Ok. —Después de una pausa eterna solo atino a responder aquello.
—¿Ok? —respondieron a la vez Tsumiki y el ahora cliente misterioso .
—¿Qué más quieren que diga?
—No sé, algo como: oye, gracias por el cumplido; ¿quizás? —dijo Tsumiki.
—O algo como: Gracias, también te ves bien; yo que sé —El cliente misterioso secundo a Tsumiki con el mismo tono de desconcierto—. No me digas que la gente no te hace este tipo de cumplidos seguido.
—No. Usualmente no. Menos en el trabajo —se separó de la barra y dio media vuelta, necesitaba un poco de aire.
—Pues, o la gente está ciega, o tiene un problema serio en cuanto a gustos.
Suguru se cubrió el rostro con ambas manos, sintiendo el calor envolverle el rostro, las orejas y el cuello. Decir que quería que la tierra se lo tragara era poco. ¿Cómo había terminado en esta situación? Sentía como si hace un par de segundos estuviera tranquilo atendiendo clientes en una mañana perezosa, y ahora se encontraba siendo cuestionado por dos personas sobre su vida… ¿romántica? ¿amistosa? ¿Platónica? Sinceramente, ¿qué había sucedido? Se supone que iba a ser una tarde tranquila, con un cliente un poco estrafalario a la hora de hablar, pero que no iba a pasar a mayores. Y ahora estaba sonrojado, con una pequeña crisis porque, tenía que admitirlo, el contrario era bastante atractivo a la vista; con Tsumiki intentando darle aire sacudiendo la carta, y él preguntándose internamente como salir de la situación sin hacer el ridículo.
Tal parece que la prohibición de coqueteo iría para trabajadores y clientes también.
—Necesito salir un momento… —aviso repentinamente, abriendo la pequeña puerta. No se molestó en mirar atrás, no quería que se dieran cuenta del caos que se había desatado en su interior, aunque una vocecilla interna le insistió que lo más probable era que la obviedad se encontraba en el centro del escenario con todas las luces sobre él.
—La he cagado, ¿cierto? —preguntó el cliente misterioso al ver la salida apurada del barista.
—No sé qué decirte… Geto pasa por alguien inamovible, pero cosas como esta lo pueden llegar a poner nervioso, incluso dar pánico. —Tsumiki comentó sin despegar la vista de la puertecilla.
Ella dio por terminada la conversación ante la falta de respuesta, sin embargo una culpa se le implantó en el pecho, con un horror pegajoso acompañado de la reprimenda de la voz de su consciencia que sonaba inusualmente similar a la de su hermano. Se volvió sobre sus pies lentamente, temiendo lo peor, el cielo se le cayó encima al comprobar que el cliente tenía en su rostro grabado el terror en sus ojos, a nada de preguntar cómo arreglar la situación, probablemente.
—No digo que él te odie, solo digo que le da vergüenza que lo veas sonrojado. —Mierda—. ¡No! Espera… ¡lo que quiero decir es que...! —Se llevó las manos a la cabeza. Piensa, Tsumiki, piensa—, ¿sabes qué? Olvídalo, olvida todo lo que acabo de decir, por favor. —Suspiro, bajando sus manos en señal de derrota—. Es solo que él es bueno prediciendo a las personas, y por lo general no se deja afectar o, como mínimo, aparenta que las cosas no lo afectan… así que esto simplemente fue un poco repentino y…, bueno, todo se empezó a descontrolar un poco. —Tsumiki se apoyó en la barra, mirando al horizonte—. Pero él no te odia. Como mucho pensara que eres un extrovertido un tanto impertinente.
El cliente de cabellos blancos suspiro con resignación. Se sentía un poco culpable, no podía negarlo. De seguro Shoko se burlaría de él cuando le contara su intento fallido de coquetería. Juraba que podía oírle en ese mismo instante ‘’ Ja. Encontraste a alguien justo de tu tipo y la cagaste de forma épica de nuevo. Es increíble como jugando en ambos bandos sigues perdiendo igual ’’. Se pasó las manos por el rostro, y decidió desechar las preocupaciones por los minutos siguientes, intentando calmar los nervios atiborrándose del pastel, pasando su repentina glotonería ansiosa con la cocoa ahora tibia, dejando de último la galleta de avena que Geto le había dado. Como mínimo ya no tendría que referirse a él internamente como el barista guapo .
—¿Cómo estás tan segura?
Tsumiki se devolvió a ver al cliente, él no la miraba como alguien que cuestionara todo lo que ella decía solo por ser una ‘’chiquilla’’. No, él simplemente se sentía inseguro de todo lo que había sucedido, situación que él mismo había ayudado a provocar. Había inseguridad en esa pregunta, con un deje de miedo oculto.
—Porque lo conozco. Es mi jefe, pero también mi amigo.
—Tomaré tu palabra entonces
Pasó un tiempo antes de que Suguru se decidiera a regresar. En la angustia quiso tomar una caminata larga que le permitiera despejar la cabeza con cada paso que daba. Una pequeña punzada de arrepentimiento surgió en su corazón al ser consciente de que dejó a Tsumiki sola atendiendo el lugar, la pobre que no tenía vela en el entierro. Detuvo su andar por el camino de la paz interior, para otear un momento a su alrededor; él disfrutaba de los paisajes rústicos, rodeados de naturaleza, sobre los paisajes urbanos con su jungla de concreto y el gusto arquitectónico de las edificaciones que llegaban al punto donde ya no se podían distinguir unas de otras aunque se empeñaran a cambiar el color de los vidrios reflectores; sin embargo había un aquel en el reflejo del cielo sobre los vidrios, el silencio interrumpido con el devenir de un carro extraviado en el laberinto de oficinas y trajes aparentemente caros. Dejó que pasaran un par de instantes más antes de revisar su celular, corroboró entonces que habían pasado ya treinta minutos. Cerró los ojos, resignado, aunque dispuesto a aceptar que huir no era la mejor opción. Suguru debía poner sus pensamientos en calma, no cambiar su nombre para escapar a otro país. De alguna forma se sentía como un idiota, había creado toda una tormenta en un vaso de agua, dios, solo había sido un halago y él salió corriendo porque era incapaz de aceptarlo. Fue lamentable. Se sentía lamentable
Con reticencia retomó el camino de regreso a la cafetería, sin saber cómo abordar el tema. Al llegar pudo observar como Tsumiki recibía el cambio de una pareja que iba de paso. Por su parte, Lentes –decidió dejarle su primer apodo, era más corto y fácil de recordar– seguía en el mismo lugar, con la portátil, esta vez sin audífonos, tecleando a toda velocidad, picando de vez en vez la galleta de avena que ya iba por la mitad. Tsumiki despidió con una sonrisa amable a los clientes y volteo a verlo con una sonrisa incómoda que prometía de todo menos tranquilidad. Antes de poder decir algo, Lentes se adelantó, atajando con éxito el intento lamentable de Suguru por señalar el elefante en la habitación, captando la atención de todos.
—Oye, este… —Se rasco el cuello, sintiendo una incomodidad repentina que lo sorprendió—. Lo siento, no quería incomodarte… —alargó la última sílaba en tono de pregunta.
—Geto Suguru —respondió—. No pasa nada, realmente. No fuiste un patán, si me lo preguntas. Es solo que… —medito por un momento lo que iba a decir—, fue un poco inesperado.
—Oh… —Los colores y la alegría regresaron al rostro de Lentes—. ¿Eso significa que tengo luz verde?
—No te emociones, no dije nada de eso —Suguru sonrió al responder.
—Me lo tomaré como un sí indirecto. Soy Gojo Satoru, por cierto.
—Oh, tienen las mismas iniciales. —Intervino Tsumiki.
Barista y cliente voltearon a ver a Tsumiki, uno con la ceja levantada mientras que el otro vestía una sonrisa socarrona de esas que solo te lanzan tus amigos porque te conocen. Tsumiki maldijo internamente, ese no estaba siendo su día. Sus padres le habían dicho que era una cualidad adorable, pero realmente solo lo es cuando eres una niña, no una adulta que no tiene filtro para expresar lo que piensa y siente. Cerró los ojos, aceptando su destino, negando con la cabeza.
—Les pido un favor: olviden que existo.
Suguru se río, dándole un par de palmaditas en el hombro. Tsumiki era una hermanita para él y jamás desearía cambiar nada de ella.
La tarde continuó con tranquilidad, sin más conversaciones incómodas, pensamientos en voz alta, ataques de pánico o sonrojos por la vergüenza. Eran las cuatro y media de la tarde, el sol había empezado con su descenso perezoso, cambiando la paleta monocromática de grises azulados a una llena de ocres, amarillos pasionales y naranjas suaves. Era una vista memorable que se reflejaba en los cristales, brillantes como placas de hierro fundido. Incluso en su sobriedad, falta de personalidad y la tristeza lúgubre de su concreto que le recordaba a los trabajadores de la zona, las edificaciones que amenazaban con alcanzar el cielo lograban adquirir una belleza casi soñadora, bañadas con la luz cálida del astro.
Había dos momentos en los que la ciudad lograba seducir la mirada de Suguru: el atardecer y la madrugada. Adoraba aquellos instantes en los que la caricia indiscreta del sol, junto con un cielo aún frío cubría el panorama, cuando las luces neón dejaban de ser las protagonistas, convirtiéndose en simples compañeras del reflejo oro que emanaba las calles húmedas por el sereno; era un gusto culposo por quedarse a observar el andar de la gente demasiado despreocupado o, por el contrario, demasiado afanado; escuchar el murmullo lejano de las conversaciones cuyas palabras retaban el viento, intentando dilucidar los secretos junto a las vidas de quienes las pronunciaron; y las luces de los carros recorriendo las calles, como pequeñas estrellitas pululantes que viajaban por todo un cosmos de vértigo citadino, el rojo intenso de sus farolas eran la sangre sintética de las venas de una metrópolis caótica. Era la belleza en medio del desorden urbano.
Una sucesión de movimientos llamó su atención, y se percató que Gojo estaba empezando a empacar sus cosas. Decidido ignorar la sensación de decepción que se asomó tímidamente en su pecho.
—Oye, Suguru, ¿te molestaría si regreso mañana? —Gojo ajustó la mochila a su espalda y lo miró a los ojos. Seguía sin ponerse sus lentes oscuros.
—No sabía que teníamos la confianza para llamarnos por nuestro nombre de pila, como mínimo esperaría una invitación antes de eso. —Volteo a verlo, mientras ponía a funcionar la máquina de café para prepararse un macacino .
—Hmm —Gojo sonrió—, está bien. —sacó la billetera y puso un par de billetes en la barra—. Te pago otra rebanada de pastel y un red eye , supongo que es más tu estilo. Traeré a mi mejor amiga mañana. Espero poder verte de nuevo, Suguru.
—Supongo que eso significa que mañana tendré que tomar el turno de la tarde otra vez, Satoru.
Satoru le sonrió por última vez, con ese destello particular en sus ojos a los que suguru empezaba a tomarle gusto; se puso los lentes y se dio media vuelta para retomar el camino a casa, no sin antes despedirse de Tsumiki.
Suguru se quedó observando el panorama de nuevo, viendo como el ocaso bañaba en dorado a Satoru mientras este se alejaba.
—Entonces…, ¿la regla de no coqueteo solo aplica solo para mí? —Tsumiki habló, sacándolo de su ensimismamiento.
—¿De qué hablas? —volteo a verla.
—¿Cómo que ‘’de qué hablo’’? Geto, ustedes dos acaban de coquetear descaradamente.
Suguru soltó la risa y decidió terminar con su moca que se convirtió en un red eye a último minuto. Sinceramente no sabia que es lo que había pasado aquella tarde, aún era un tanto repentino, le costaba definir qué es lo que debía pensar… pero no iba a quejarse.
—¡Oye! No me ignores.
—Creo que ahora entiendo a qué te referías con que a veces vale la pena hacer excepciones, Tsumiki.
Tsumiki estaba lista para replicar, pero fue interrumpida por un cliente. Ya eran las cinco de la tarde, los estudiantes y algunos trabajadores empezaban a salir de sus zonas de trabajo en busca de algo para comer. Era la hora pico de clientela, así que por el bien de ambos decidieron ignorar el tema por el resto del turno. Sin embargo, el recuerdo quedó flotando en la memoria de Suguru, y aunque nadie se atrevió a decirlo, su sonrisa comenzó a verse más genuina.
