Chapter Text
La oscuridad no era algo desconocido para él. Había pasado siglos en ella, la había utilizado como aliada, capa y trinchera. Sin embargo, esta oscuridad era diferente: permanecía inmóvil, estática, casi asfixiante.
Drácula —no, el Conde; aún se negaba a llamarse de otra forma— no sentía más que el eco apagado de su existencia. El filo de la estaca aún palpitaba en su pecho, clavada con precisión quirúrgica, no lo suficiente para matarlo del todo, pero sí lo justo para dejarlo impotente, encerrado y humillado.
Un jadeo apenas audible escapó de su garganta, no sabía cuánto tiempo había pasado desde que perdió el conocimiento. ¿Un día? ¿Tres? ¿Una semana quizá? El tiempo se desvanecía cuando no se podía mover, cuando no se tenía control ni del propio cuerpo, lo único constante era ese zumbido, ese murmullo cavernoso que venía desde dentro — un gruñido contenido, animal, gutural — que ni él mismo se había dado cuenta de estar emitiendo.
Y entonces, un golpe. No fuerte, preciso. Como quien golpea la jaula de un animal para hacerlo callar.
—¡Silencio, bestia! — la voz retumbó, seca, tajante. No necesitó ver para saber quién era lo recordaba terriblemente bien para su disgusto —. No me hagas abrir ese ataúd para terminar lo que empecé.
Van Helsing. El nombre le sabía a polvo, a hierro, a vergüenza y a derrota. La ira se removió dentro de él ardiente y avergonzada, porque era eso lo que dolía más que la estaca: saber que lo habían vencido. Él, que alguna vez fue temido en tres continentes. Él, que había dirigido ejércitos, que había contemplado la caída de imperios. Ahora era un trofeo, encerrado en una caja, maniatado por un maldito humano que ni siquiera tenía el decoro de matarlo de una vez.
Pero entonces se detuvo en secó … ¿por qué no lo había hecho? ¿Qué podría estar planeando?
Drácula gruñó más fuerte, por instinto, por furia, por miedo disfrazado. Para él, la idea de ser exhibido era peor que la muerte. ¿Planeaba Van Helsing experimentar con él? ¿Convertirlo en mascota de su cruzada sagrada? ¿O lo que paso con los turcos iba a repetirse?
Ese pensamiento fue suficiente para que intentara moverse sin éxito. Sus músculos no respondían; su poder no estaba presente, y algo más lo mantenía inmóvil, además de la estaca. Era un sello, un hechizo, un símbolo grabado con fe y odio. Eso era lo que lo mantenía encadenado, junto a su propio orgullo herido.
En ese momento, escuchó una voz distinta, más joven y menos segura.
—¿Estás seguro de que no deberíamos matarlo ahora?
Arthur, otra pieza en el juego. Más cuidadoso, más temeroso. Armado con plata bendita, no porque entendiera lo que hacía, sino porque le dijeron que era lo correcto.
La tapa del ataúd se abrió, revelando la luz tenue de la habitación —posiblemente proveniente de una vela o una lámpara de aceite— le causó incomodidad en los ojos. No era tanto la luz lo que resultaba molesto, sino lo que simbolizaba: la exposición, la vulnerabilidad y el silencio expectante de sus captores.
El Conde alzó el rostro, sucio; la sangre seca le cubría el mentón, el cuello y parte del cabello enmarañado. Sus ojos, sin embargo, ardían. No de rabia… de humillación.
Van Helsing se acercó. Mirándolo con una mezcla extraña; No era triunfo, tampoco era odio, era… estudio.
—Ya no eres el rey aquí, Drácula —dijo con calma—. Y si sigues actuando como un perro, te trataré como uno.
La estaca fue golpeada de nuevo. Y la oscuridad regresó.
