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Dos meses después de que Naruto se fuera a entrenar con Jiraiya, las horas de sueño de Iruka disminuyeron. El cambio fue tan abrupto, la reducción de descanso tan intensa, que aquella primera mañana después de dormir solo dos horas, Iruka se quedó mirando el techo, a la mancha de vejez en la pintura blanca, y se preguntó si no había sido culpa de la última taza de té que bebió cuando preparaba la lección de la semana.
La noche siguiente no bebió té; durmió tres horas. La siguiente a esa, bebió té y durmió dos horas de nuevo. Cambió sus hábitos de bebida dos semanas hasta rendirse ante la evidencia: tenía insomnio, independientemente de cuánto té bebiera.
Su primera solución fue esperar. Seguro su insomnio era culpa de la preocupación ahora que Naruto no estaba en la aldea. Cuando recibiera la primera carta, asegurándole que el mocoso estaba vivo en algún lugar del mundo, todo volvería a la normalidad. Pero no sucedió así. Llegó la primera carta de Naruto, incluso llegó una segunda, e Iruka seguía sin dormir bien.
Los días se sucedían sin novedades. Su ánimo iba en picada. El cansancio lo pegaba al suelo como si hubiera aumentado la gravedad. Gritaba más alto y constantemente a sus estudiantes en la academia. Le ardían los ojos. Lo peor era el deterioro de su mente que notaba atontada y lenta, inútil en algunas ocasiones. Habría matado a alguien por un poco de descanso.
Así encontró a Kakashi una tarde fresca en Ichiraku. Ambos se miraron, asintieron como saludo y miraron al frente. Aunque Kakashi había llegado antes, Ayame les sirvió al mismo tiempo. Los dos tomaron los palillos, las espaldas inclinadas bajo el peso del cansancio y Ayame comentó:
—Hay mucho que hacer últimamente, ¿no creen?
Kakashi se encogió de hombros. Iruka esbozó una sonrisa y asintió, sin ganas de hablar.
—Por favor, cuídense—continuó ella—. Se ven muy cansados.
Iruka miró a Kakashi. Ayame tenía razón. Parecía que una multitud le hubiera pasado encima. Tenía ramitas y hojas secas enredadas en el cabello. Ayame les sonrió y volvió a la cocina.
—¿Está todo bien, Kakashi?—preguntó Iruka.
El ojo visible de Kakashi se entrecerró en una sonrisa.
—Podría preguntar lo mismo, sensei.
Iruka se rascó el puente de la nariz, avergonzado. Su plato de ramen humeaba frente a él. Antes lo habría atacado hasta terminarlo en menos de diez minutos. Ahora, con el insomnio, comer le daba nauseas. Seguramente tendría que dejar la mitad.
—¿Y bien?—insistió Kakashi. Dejó los palillos junto a su plato y se acomodó sobre la barra para no cortar el contacto visual—. Soy todo oídos.
Iruka desvió los ojos hacia su ramen. Suspiró.
—No he estado durmiendo—dijo.
—Ah, la historia de todos los días.
Iruka frunció el ceño, de pronto incómodo. Le habría gustado preguntar a qué se refería con eso, pero temía sonar agresivo. Últimamente sonaba bastante así. Prefirió continuar.
—Pensé que era el té. Dejé de tomarlo un tiempo. Incluso probé esta nueva marca…
—Ah, esa marca. No sirve—lo interrumpió Kakashi. Iruka lo miró asentir como si lo tuviera muy claro—. ¿Has probado contar ovejas, sensei?
Iruka frunció más el ceño. No podía evitar pensar que Kakashi se estaba burlando de él.
—He probado todo. Sigo sin dormir.
Kakashi hizo un ruido de respuesta desde el fondo del pecho. Fue un sonido perezoso y lento, como si se hubiera aburrido de la conversación. Iruka sintió el impulso de darle un golpe.
—¿Y qué tal leche caliente?—preguntó Kakashi después de una pausa.
Iruka entendió que se estaba burlando de él. En lugar de continuar la conversación, giró la cabeza hacia su plato y empezó a comer. Apretaba los palillos con fuerza en su mano.
—Vamos, sensei, es un buen truco.
—Un buen truco para dormir niños—respondió Iruka entre dientes.
—¡Y duermen muy bien!
Iruka puso los ojos en blanco y se metió un puñado de fideos en la boca. Kakashi esperó hasta que los sorbió, salpicando apenas un poco de caldo en el plato.
—Debe ser difícil para alguien que no está acostumbrado.
Iruka lo miró por el rabillo del ojo y siguió comiendo.
—¿Cuánto dormiste anoche?—preguntó Kakashi.
Iruka pensó en no responderle, luego abrió la boca y dijo:
—Cuatro horas.
—Eso es poco. Mmm. Yo dormí dos—comentó Kakashi, asintiendo. Iruka se giró para verlo de frente—. No pongas esa cara, sensei. ¡No pasa nada! Estoy acostumbrado.
Iruka se sonrojó. Completó la frase en su mente: “Estoy acostumbrado, no como tú”. Apretó tanto la mandíbula que un corrientazo de dolor le atravesó el cráneo entero.
—Voy a terminar de comer—anunció—. Intentaré regresar temprano a casa para dormir.
—Es una buena idea.
Iruka se mordió la lengua para no responder que no necesitaba su aprobación.
Aunque le parecía una tontería y ya lo había intentado antes, Iruka tomó leche caliente antes de meterse en la cama y contó ovejas. Se esforzó mucho, incluso se dio a sí mismo cinco días para probar, sin resultados.
La próxima vez que vio a Kakashi, ni siquiera lo saludó.
—¿Cuánto dormiste anoche?—preguntó, acorralándolo contra el aparador de la papelería.
Kakashi levantó las manos junto a su torso como si quisiera defenderse. La bolsa de papel con su compra, llena de vegetales y bolsas de plástico, cayó al suelo. Su ojo visible se entrecerró en una sonrisa.
—Vaya, Iruka, qué atrevido. ¡Y en público!
—Deja de joderme—masculló Iruka. Lo apuntó con el dedo y repitió—: ¿Cuánto dormiste anoche?
Kakashi puso una mano en su barbilla y fingió que pensaba. Iruka apretó los puños y bajó los brazos para no ceder a sus deseos de estrangularlo.
—Déjame ver… Mmm. ¿Cuánto dormí anoche?—dijo, con la voz cargada de alegría—. Oh, Iruka-sensei, si sigues poniendo esa cara, te vas a arrugar antes de los 40.
—¡Responde la maldita pregunta!
Kakashi arqueó la ceja y abrió mucho el ojo.
—Ya veo. Mal humor. ¿Has probado tomar un baño caliente antes de dormir?
Iruka se cubrió la cara con las manos y gruñó. La oscuridad y el cansancio lo hicieron perder un poco el equilibrio.
—Dos horas—dijo Kakashi de pronto. Iruka se descubrió la cara para verlo—. Eso dormí. ¿Está todo bien, Iruka?
—Yo dormí tres—murmuró él.
—Eso es una más que yo. ¡Felicitaciones!—Le dio una palmada en el hombro con energía. Al ver la expresión de Iruka, apartó la mano—. O no, lo contrario a felicitaciones.
—Me voy.
Iruka regresó a su apartamento y trabajó en las lecciones de la semana siguiente hasta que se le pasó el enojo. Las líneas de su escritura parecían cortadas con cuchillo sobre las hojas. Algunas casi se habían roto bajo la presión de la pluma.
Con el trabajo adelantado no había más que hacer esa noche. Ante él se extendían horas enteras en vela con comida rápida y mala televisión. Cansado, apoyó la cabeza en los brazos cruzados. Pudo oler la tinta que había usado y el papel nuevo. Se durmió sin darse cuenta.
Despertó al día siguiente con dolor de cuello. Sentía la cabeza como si estuviera llena de humo. Un latido fastidioso y persistente, pero ligero, le recorría la frente y la nariz en oleadas. Le tomó un par de segundos darse cuenta dónde estaba y qué estaba haciendo. La sorpresa lo dejó paralizado.
Cuando se encontró a Kakashi esa tarde en Ichiraku, el instinto asesino que últimamente brotaba de su cuerpo al verlo no apareció. En su lugar, Iruka sintió recelo. No sabía por qué, pero estaba seguro de que Kakashi iba a decirle algo que no le gustaría.
—Iruka, buenas tardes.
—Buenas tardes, Kakashi.
Kakashi hizo un gesto hacia la silla a su lado para que Iruka la tomara. Él se sentó, sonriendo.
—Te ves mucho mejor—comentó Kakashi—. Buenas noticias, espero.
Iruka desvió la mirada hacia la cocina. Ayame y Teuchi hablaban junto a los fogones.
—Ayer dormí toda la noche—confesó Iruka.
Kakashi le dio una palmada en el hombro exactamente igual a la que le había dado frente a la papelería. Iruka se tensó.
—¡Felicitaciones, sensei!—dijo Kakashi.
—Eh, gracias, supongo.
—Esas son…—Fingió que contaba con los dedos en silencio. A Iruka le recordó a sus alumnos en la academia. Casi parecía que sabía lo que estaba haciendo—. ¡Muchas más horas que yo!
Iruka se preguntó por qué se comparaba con él. ¿Acaso no era suficiente sufrir de insomnio? Ahora venía a convertirlo en una competencia.
—No es como si lo hubiera hecho a propósito—dijo Iruka, con firmeza. Kakashi parpadeó lentamente, como si no entendiera—. ¡No lo planeé!
Fueron interrumpidos por el sonido de los platos de ramen siendo colocados frente a ellos. Ayame los saludó con efusividad y luego pasó un buen rato contándoles chismes de otros comensales.
Kakashi comió rápido y se fue temprano, casi como si huyera de la conversación. Iruka regresó a su casa cuando ya había anochecido con un plato de más para el desayuno del día siguiente.
Contrario a lo que habría sido lógico, se sentó en el suelo frente a la televisión y se concentró en cualquier tontería que pasaron hasta después de la medianoche. Luego leyó algunos libros de armas que había sacado de la biblioteca y afiló sus shurikens. La mañana lo encontró con los ojos enrojecidos y una sonrisa de victoria.
Esta vez no esperó a encontrarse a Kakashi de casualidad. Lo buscó con su ecolocación hasta hallarlo en una colina cercana a unos parques infantiles frecuentados por civiles en el oeste de la aldea. Kakashi no pareció darse cuenta de su presencia. Sostenía uno de sus libros frente a la cara, tendido en el suelo sin preocupaciones.
Iruka cayó a su lado.
—¿Cuánto dormiste anoche?
Kakashi abrió mucho el ojo. Esa fue la única muestra de sorpresa que Iruka pudo distinguir.
—Vaya, Iruka, es la segunda vez que nos encontramos de esta manera. —Kakashi cerró el libro, lo puso a un lado y cruzó los brazos detrás de la cabeza. Tuvo que entrecerrar el ojo para ver a Iruka de pie bajo la luz del sol—. ¿No estarás acosándome? ¿Mmm, sensei?
—Responde la pregunta.
Kakashi cerró el ojo y giró la cara hacia el sol.
—Mmm. ¿Cuánto dormí…? Me pregunto…
Iruka se arrodilló a su lado de manera que cubrió el sol con su cuerpo. Kakashi frunció el ceño, su cara en sombras.
—Eso no es muy amable. Uso esa luz para leer—comentó, como al aire.
—Estoy cansado de ser amable—respondió Iruka—. Responde la pregunta.
—No sé. ¿Cuatro horas?
—¡Já, te gané!
—¿Mmm?
—¡No dormí nada!
Kakashi abrió el ojo y lo miró con el ceño fruncido.
—Eso no es muy sano—dijo, después de una pausa.
En lugar de responderle, Iruka le dio una palmada en el hombro.
—Esas fueron cuatro horas de sueño más que yo. ¡Felicitaciones!
Kakashi desvió la mirada hacia la mano que lo tocaba y arqueó una ceja.
—¿Gracias?
Iruka asintió, sintiéndose satisfecho y suavemente mareado por la falta de sueño.
Pudo repetir la hazaña de una noche completamente en vela dos veces más. Kakashi parecía cada vez más decaído con cada felicitación, lo que alegraba a Iruka casi tanto como un buen baño caliente en las aguas termales. Estaba decidido a demostrarle que podía acostumbrarse tanto como él a la falta de descanso.
Sin embargo, la tercera noche cuando regresó a su apartamento, se quedó dormido sin cenar. La noche siguiente, aunque intentó quedarse despierto, su cuerpo se rindió alrededor de las tres de la mañana y durmió dos horas. Se esforzó mucho más lo que restó de la semana, y lo único que consiguió fue un aumento en la factura de la electricidad por dejar las luces encendidas por horas y un promedio de sueño mayor que el de los últimos meses.
Con horror, se dio cuenta de que su insomnio desaparecía gradualmente.
Empezó a evitar a Kakashi. No tenía que preguntarle para confirmar que, de nuevo, Kakashi estaba ganando su silenciosa competencia de insomnio. Casi podía imaginarlo diciéndole con tono aburrido que debía controlar el estrés para dormir mejor o palmeando su hombro para felicitarlo.
Kakashi lo encontró un día saliendo de la academia. Por su falta de reacción, Iruka supo que no era una coincidencia. En lugar de saludarlo o burlarse o cualquier otra de las cosas que siempre hacía, Kakashi lo detuvo con una mano en el pecho y rebuscó en uno de los bolsillos frontales de su chaleco. Sacó un libro pequeño, envuelto en plástico transparente.
—Estaba buscándote—dijo, serio. Apretó el libro contra su pecho hasta que Iruka lo tomó—. Es para ti, para que vuelvas a dormir.
Iruka se molestó al instante. Por supuesto que Kakashi quería que durmiera más, así él seguiría llevando la corona del peor insomnio de toda la aldea.
Imaginó que lanzaba el libro al camino antes de marcharse, pero lo detuvo el tacto de la cobertura de plástico. Estaba claro que era una compra reciente. Seguramente, Kakashi no lo había abierto con el objetivo de regalárselo a Iruka en cuando lo viera. El título decía “Todo lo que debes saber acerca de dormir” con grandes letras blancas sobre un fondo azul cielo.
—Gracias, Kakashi—dijo Iruka. Intentó sonreír, aunque por dentro el enfado le calentaba la sangre—. Lo leeré.
—Por favor—respondió Kakashi. Dio unos pasos hacia atrás y dejó de tocarlo—. Te dejaré para que puedas…
Hizo un gesto vago con las manos hacia el libro y luego desapareció con un shunshin. Iruka apretó el libro con tanta fuerza que dejó sus dedos marcados en la cubierta.
Más tarde lo leyó. Estaba lleno de los mismos consejos que ya conocía de antes. Lo más importante era que se trataba de información inservible para él, ya que estaba durmiendo cada vez más y mejor, y eso lo enfurecía. Le habría gustado darle a Kakashi en la cabeza con el libro. Sería mucho más útil y satisfactorio.
La siguiente vez que se encontraron, Kakashi se ahorró las cortesías y fue directo al grano, preguntándole cuánto había dormido. Iruka se planteó mentir, pero ya estaba demasiado mayor para hacer ese tipo de tonterías.
—Dormí seis horas—confesó con los dientes apretados.
Kakashi inclinó la cabeza hacia un lado con el ojo cerrado en una sonrisa.
—Me alegra saber que el libro funcionó—dijo.
—Eh, sí. Gracias.
—No hay nada que agradecer, Iruka. Ha sido un gusto.
Kakashi se despidió con la mano. Dio dos pasos antes de que Iruka lo agarrara por el brazo para detenerlo.
—¿Y tú? ¿Cuánto dormiste?
—Eso no es importante…
—¿Cuántas veces tengo que decir que respondas la maldita pregunta?—casi gritó Iruka.
Kakashi abrió mucho el ojo. Miró a Iruka de arriba abajo. Debió notar el peligro inminente porque respondió rápidamente.
—Tres. Eso significa que dormiste el doble. ¡Felicitaci…!
Iruka gruñó antes de irse dando pisotones.
El enojo siguió cocinándose dentro de él como si su cuerpo fuera un caldero. Por la noche casi se sofocaba con las ganas que tenía de asfixiar a Kakashi con sus propias manos. Supo que no sería capaz de soportar la situación. Tenía que hacer algo.
No era posible forzarse a sí mismo a dormir menos. Además de ya haberlo intentado y fracasado, era una estupidez cambiar su mente despierta por el atontamiento y la lentitud de la falta de descanso. Le quedaba una única opción lógica: sabotear al enemigo.
Sería como volver a los viejos tiempos de la academia, cuando hacía bromas para llamar la atención. Esta vez tenía un objetivo claro y mucha más experiencia.
Pasó una semana, robando tiempo entre clases y sus horas de comida, preparando la trampa. Siguió los consejos del libro al pie de la letra. Y el domingo, cuando atardecía, salió a buscar a su presa.
Lo encontró en un bar para shinobis en la periferia de la aldea. Kakashi estaba sentado con los hombros caídos en medio de Gai y Asuma en una mesa llena de jonins alejada de la entrada. Iruka lo contempló un momento, preguntándose si era buena idea interrumpirlo con sus amigos. La perspectiva de preparar la trampa otra noche, y todo el trabajo que implicaba, lo convenció de caminar entre las mesas y otros clientes hacia él.
Saludó a todos con cortesía. Anko se alegró especialmente de verlo. Casi se subió a la mesa con el objetivo de darle un abrazo.
—Perdón, Iruka—dijo Kurenai, agarrándola del cuello del abrigo para mantenerla sentada—. Hemos bebido un poco.
—¿Un poco?—preguntó Asuma con las cejas arqueadas.
Iruka les sonrió, prestando poca atención. Sus ojos por fin se encontraron con el de Kakashi, enrojecido y un poco vidrioso. Le habría gustado reírse por su claro cansancio. En cambio, puso una expresión de preocupación y dijo:
—Kakashi, ¿podrías venir conmigo un momento? Es muy importante.
—¿Una emergencia?—preguntó Guy.
Alguien debió patearlo bajo la mesa, porque Guy dio un salto y empezó a quejarse ruidosamente.
—Por supuesto que irá—dijo Genma, al otro lado—. Pero no te lo lleves por mucho tiempo. Todavía tiene que vencer a Guy en un reto de shots.
—Eh, claro, el reto…—respondió Kakashi. Se deslizó entre Guy y la pared y se quedó de pie junto a Iruka—. ¿A dónde vamos?
—Eh, sí, sígueme.
Salieron del bar. Afuera, en el repentino silencio, Iruka notó que había anochecido. Las lámparas de la entrada creaban un halo suave alrededor de sus pantallas de papel. Las sombras de Kakashi e Iruka se alargaban casi hasta la pared del frente.
Tuvieron que apartarse para dejar pasar a un par de kunoichis que se reían entre dientes. Cuando Iruka miró a Kakashi a unos pasos de él, este le devolvió la mirada parpadeando lentamente. Su cabello estaba despeinado y sucio. Iruka pensó que se veía un poco estúpido así, como si fuera un espantapájaros de verdad.
—¿Cuánto dormiste?—preguntó.
Kakashi se puso una mano en la barbilla.
—No sé. Déjame contar…
Iruka no quería entretenerse con tonterías. Tenía un plan.
—Ven a mi casa.
Al instante, Kakashi se envaró. De pronto estaba más despierto que nunca. Incluso su ojo, antes velado, lucía muy despejado.
—Creo que no te escuché bien, debe ser el ruido que…
—Ven a mi casa—repitió Iruka, pronunciando las palabras con cuidado—. Preparé todo. Es perfecto.
—¿Ahora mismo?
—Sí, ya.
—Eh, ¡oh!, mmm, ah—balbuceó él.
Iruka sospechó que seguiría balbuceando como idiota a menos que se movieran.
—Sígueme—lo interrumpió.
Empezó a caminar sin mirar hacia atrás. Era imposible saber si Kakashi lo seguía, siempre había sido de pasos silenciosos, pero él, sin entender realmente de dónde venía la confianza, estaba seguro de que Kakashi le haría caso e iría tras él hasta la trampa.
Unos minutos antes de llegar, se detuvieron en un puesto de dulces e Iruka compró algunos bollos rellenos de pasta de frijol rojo.
—No te gusta el dulce, ¿verdad?—preguntó al aire.
—Eh, no—respondió Kakashi, con la voz más alta de lo normal.
—Bien, esto servirá.
Kakashi se ofreció a llevar la bolsa con la compra. Iruka se lo permitió porque así habría una razón más para que lo acompañara hasta el apartamento. Kakashi caminaba desganado, arrastrando las sandalias. Lo único que le faltaba era echarse en el suelo polvoriento y no moverse nunca más. Iruka se armó de paciencia lo que duró el camino.
Las cosas no mejoraron cuando llegaron al apartamento e Iruka abrió la puerta. Kakashi se quedó paralizado en el genkan, de pie con los brazos a los costados como un clon mal hecho.
—Puedes entrar—dijo Iruka, con lo que quiso que fuera un tono amable.
Lo habría metido a la sala a empujones si no supiera que eso lo espantaría. Podía imaginarlo saltando por la ventana, como cuando entraba o salía de la torre del hokage, en menos tiempo del que a Iruka le tomaría alcanzarlo.
—Voy a preparar la leche caliente.
Kakashi dio un paso. Volvió a detenerse. La luz de la entrada le dio de lleno e Iruka pudo ver la piel enrojecida de su cara. Se alarmó al instante.
—¿Estás bien, Kakashi? ¿Estás enfermo?
—Eh, no—respondió Kakashi en voz baja.
—¿Necesitas el baño? Hay cosas para invitados, para ti. Incluso dejé una toalla limpia para que te seques después de la ducha más tarde.
—¿Ducha?
—Sí, más tarde. Una ducha y luego la tina. Compré sales especiales.
Kakashi tragó saliva ruidosamente. De repente, comenzó a sudar de manera abundante.
—Por favor, necesito… El baño…—dijo, con un hilo de voz.
—Es la primera puerta a la izquierda.
Kakashi pasó como una exhalación a su lado. Iruka se dio la vuelta y lo único que pudo ver fue la puerta del baño cerrándose con violencia. Luego no escuchó nada por largos minutos.
Iruka calentó la leche y la comida y esperó. Cuando Kakashi emergió del baño un poco después, lucía tan sofocado como antes. Iruka juzgó cortés no mencionarlo.
Comieron en silencio. Tampoco hablaron mientras tomaron la leche y el postre. Después, mientras Kakashi lavaba los platos, Iruka preparó el baño. Encendió velas con aroma y dejó las sales junto a la tina. Al salir, no escuchó nada y temió que Kakashi hubiera huido por una de las ventanas. No se le había ocurrido bloquearlas con sellos.
—Puedes bañarte primero—dijo, caminando por el pasillo.
Kakashi se tensó como un cable ninja en la esquina en penumbra de la cocina, donde se había escondido. Miró a Iruka con un ojo húmedo, casi lloroso. Tenía la cara insoportablemente roja, la piel mojada de sudor. Iruka sonrió, satisfecho de que todavía estuviera ahí.
—¿Huh?
—¿Entendiste lo que dije?—preguntó Iruka suavemente.
Kakashi asintió.
—Ve, el agua está caliente.
El baño de Kakashi duró exactamente media hora. Después siguió a Iruka hasta la habitación, vestido solo con su uniforme sin chaleco, como si lo llevaran a su sentencia de muerte. Lo recibieron las velas y la habitación en penumbra. Los dos futones estaban cerca debido a lo pequeño del cuarto. Junto a uno de ellos, había una copia nueva de Icha Icha Paraíso.
—Vamos a dormir—anunció Iruka. Ante la parálisis de Kakashi, explicó—: Seguí muchos de los consejos del libro. Te aseguro que serán más de seis horas.
—Vamos a dormir—repitió Kakashi en susurros.
—Exacto.
—Oh. Oh.
—Ese es tu futón, es nuevo, y ese de allá es el mío. Tienes que leer un poco antes de dormir. Es uno de los consejos, ¿sí?
—Sí.
—Bien. Iré a tomar un baño.
El miedo de que Kakashi escapara por la ventana era persistente. Iruka se vio a sí mismo dándose un baño mucho más rápido de lo normal para asegurarse de que su presa no se quedara mucho tiempo sin supervisión. Lamentó no haber disfrutado la sensación del agua caliente y el aroma de las sales especiales al entrar de nuevo a su habitación y ver que Kakashi había caído boca abajo como muerto sobre su futón. Ni siquiera se había cubierto. Apenas parecía respirar.
—¿Estás dormido?—preguntó en voz baja.
Kakashi no respondió. Iruka se cubrió la boca para ahogar su exclamación de felicidad.
Continuó su rutina nocturna con más calma ahora que no había peligro de escape. El triunfo era suyo. Finalizó todo apagando las velas en el baño y en la habitación y deslizándose en su propio futón de manera silenciosa. Kakashi no se movió ni un milímetro. Desde su posición, Iruka podía ver su nuca, muy pálida por la luz de la luna que entraba por los bordes de la cortina, y un poco de cabello desordenado. Se durmió con una sonrisa.
Al día siguiente, Iruka despertó solo. El futón de Kakashi estaba enrollado en una esquina de la habitación. No tuvo tiempo de procesar la soledad, pues al llegar a su cocina, descubrió un desayuno y una nota de agradecimiento firmada con un henohenomoheji. La comida estuvo deliciosa. Iruka casi lamentó no probar algo así de nuevo.
Lo que sí lamentó con todas sus fuerzas después fue el método de captura de su presa. Nunca se le pasó por la cabeza lo que los demás pudieran pensar de él al llevarse a Kakashi del bar y no regresarlo. Todos llegaron a sus propias conclusiones. Los rumores se extendieron por la aldea como un virus. La cantidad de comentarios malintencionados y frases con doble sentido que tuvo que aguantar en la sala de misiones fue la más alta de su vida.
Cualquier intento de explicar lo que realmente había sucedido se quedaba en eso, un intento, pues él mismo sabía que la competencia de insomnio y el sabotaje eran una ridiculez. Pero nadie podía quitarle la satisfacción de haber alcanzado su objetivo.
Y se habría olvidado de todo el asunto si no fuera por el mismo Kakashi, que una noche apareció dormido en el apartamento después de que Iruka llegara de una cena tardía en Ichiraku. De alguna manera había encontrado su futón, escondido en el armario lleno de uniformes, y había bebido leche caliente, tomado un baño y leído su libro antes de caer de nuevo como un cadáver.
Iruka pasó más tiempo siguiendo sus pistas por todo el lugar, preguntándose cómo había logrado entrar y por qué, que pensando en cómo despertarlo. Para cuando tuvo claro qué había sucedido, estaba tan cansado que simplemente extendió su propio futón y se echó a dormir.
Se convirtió en una costumbre. Kakashi aparecía cuando estaba en la aldea, y ambos se iban a dormir juntos. A veces, si Kakashi llegaba temprano, hablaban y seguían sus rutinas nocturnas al mismo tiempo. En la mañana siempre había un desayuno listo. Si Iruka tenía suerte, a veces también estaba Kakashi.
Leían las cartas que Naruto enviaba sentados lado a lado en el kotatsu. Dormían perfectamente durante largas horas. Iruka tenía una presencia constante a la cual podía hablar de cualquier cosa que se le ocurriera. El bienestar se extendía por el apartamento y la vida de Iruka como una manta.
Estaba claro que algo malo tenía que pasar.
La última misión, la que Kakashi había calificado como “nada importante” o “historia de todos los días”, lo dejó directo en el hospital, casi al borde de la muerte. Iruka recibió la información al final de la jornada en la academia, directo de la oficina de la hokage. Pasó un buen rato con la nota en la mano, lamentando en silencio, aunque le parecía una estupidez, que la Quinta hubiera escuchado los rumores y ahora creyera que Iruka y Kakashi eran algo. Estaba tan avergonzado que, de haber sido capaz, habría estallado en combustión espontánea.
Pasó tanto tiempo ahí parado que llegó otra nota. En esta, la Quinta le aseguraba que Kakashi estaba estable y podía pasar a visitarlo aunque estuviera inconsciente. Tenía permiso especial.
Iruka arrugó las notas, las tiró a la basura y regresó a su apartamento. Una cosa era que sus colegas y desconocidos imaginaran que estaba en una relación con uno de los ninjas más importantes de la aldea. Otra, muy diferente, era que la hokage lo creyera.
La rebeldía le duró dos días en los que durmió cada vez menos. Al tercero, visitó a Kakashi tres veces en el hospital. En todas lo encontró inconsciente. El cuarto y el quinto día solo lo visitó dos veces. Se rindió en el sexto, todavía sin signos de mejoría. Casi cedió a su deseo de ir directamente a la oficina de la hokage a preguntarle si Kakashi de verdad estaba bien, pero se mantuvo firme.
Kakashi estuvo internado más de una semana. Iruka supo que le habían dado el alta porque la hokage le envió una nota con la información. Como ya era costumbre, Iruka preparó el apartamento con todo lo necesario, lo de siempre. Sin embargo, contrario a lo normal, se quedó esperando como un idiota hasta mucho después de la medianoche. Kakashi no llegó esa noche ni las siguientes siete.
Al parecer, el cuerpo de Iruka podía soportar no dormir junto a Kakashi cuando este estaba en una misión. Había lógica en eso. Si Kakashi estaba demasiado lejos, lo mejor era no depender de él. Y habría sido maravilloso que funcionara de la misma manera ahora que sabía que Kakashi estaba en la aldea y prefería no venir, pero Iruka no tenía esa clase de suerte.
El insomnio regresó con agresividad. Regresó aunque siguió los consejos al pie de la letra, de la misma manera que los últimos meses. Regresó, y vaya que la verdad lo avergonzaba e irritaba, porque Kakashi ahora pasaba la noche lejos.
Su salud mental, física y emocional cayó en picada. Siete noches sin dormir absolutamente nada eran una tortura y sabía que no sería capaz de aguantar una más.
La falta de sueño lo llevó a tomar decisiones que no habría tomado estando en circunstancias normales. La octava noche, casi en automático, metió todo lo que pudo en un pergamino y cruzó la aldea hasta plantarse frente al apartamento de Kakashi. Tocó la puerta con urgencia.
—Ve a casa, Iruka—dijo Kakashi sin abrir.
Iruka dejó caer la cabeza en la puerta. La madera le refrescó la piel. Sus ideas se hicieron más claras.
—¿Cuánto has dormido?—preguntó Iruka. Hubo un momento de silencio. Insistió—: ¿Cuánto dormiste estos…?
—Deberías volver a casa—lo interrumpió Kakashi.
—No puedo dormir. Necesito que…
Un jonin borracho subió las escaleras y apareció en el pasillo, quejándose en voz baja del clima. Iruka apretó los labios y se irguió para que no lo viera apoyado en la puerta de Kakashi. El jonin y él se ignoraron mutuamente sin dejar sus lugares. Parecía que ninguno de los dos sabía si irse o quedarse.
—¿Iruka?—preguntó Kakashi, suavemente.
—Hay alguien aquí afuera—se quejó él. Tocó la puerta con insistencia—. Déjame entrar a dormir. Ya.
—Eh, no hagas tanto ruido—gruñó el jonin.
Iruka puso los ojos en blanco.
—Abre, abre, abre—masculló Iruka, golpeando la puerta con el puño—. Abre o…, o…
—¿O qué?—preguntó Kakashi, como un reto.
—O entraré por la ventana.
Eso divirtió a Kakashi, porque lo escuchó reír. Iruka sintió que tenía un poco más de energía. Pudo visualizarlo, a sí mismo trepando por la fachada del dormitorio de jonins para meterse por la ventana del apartamento de Kakashi. Sería difícil. Su cuerpo estaba tan cansado que le había costado subir las escaleras, pero él no se rendía tan fácil.
Dio un par de pasos hacia las escaleras y la puerta se abrió. El jonin borracho del pasillo se dobló sobre sí mismo y vomitó por encima de la baranda hacia la calle.
—Entra—dijo Kakashi.
Iruka se deslizó por la puerta y se quitó las sandalias en el genkan.
El apartamento era pequeño. Desde la entrada pudo ver la cama de Kakashi bajo la ventana abierta, el cubrecama con estampado de shurikens y una planta que se mecía con la brisa junto a un par de fotografías. A Iruka le quedaría difícil acomodar su futón en el espacio que había entre la cama y el escritorio. Lo mejor era dejarlo guardado.
Había dos puertas más. Seguramente una iba a la cocina y la otra, al baño.
Kakashi cerró la puerta tras de él en silencio.
—Voy a darme un baño—anunció Iruka. Sacó el pergamino y liberó un sello. Todos sus artículos de aseo terminaron en sus manos—. ¿Tú ya…?
—Sí—respondió Kakashi, con voz aburrida.
—Bien. Perfecto. Ve calentando la leche.
—Iruka…
—¿Qué?
Kakashi lo miró directamente a los ojos sin parpadear. No había nada en su rostro cubierto que Iruka pudiera leer.
—Nada—suspiró Kakashi.
El baño ocurrió sin contratiempos. Frotó su piel con mucho cuidado, asegurándose de dejarla limpia y aromatizada, y luego se metió en la bañera. Era mucho más pequeña que la de su apartamento, pero él se las arregló acurrucándose más de lo normal. El cansancio lo adormeció en el agua caliente.
—Iruka—lo llamó Kakashi. Él abrió los ojos y se quejó entre dientes—. ¿Iruka, estás bien?
El agua estaba fría y sus piernas, recogidas por el escaso espacio, dolían. No había dormido mucho, pero sí lo suficiente para preocupar a Kakashi. Iruka se puso de pie, tiritando.
—Ya salgo.
Afuera, Kakashi lo esperaba con la leche caliente. Bebieron en silencio. Los ruidos de una fiesta apagada entraban por la ventana abierta. Más tarde, mientras Kakashi lavaba los vasos, Iruka cepilló sus dientes y se metió en la cama.
Kakashi lo despertó un poco después. Iruka se dio la vuelta y cubrió su cabeza con la manta para no verlo.
—¿Por qué no me dejas dormir?—se quejó, irritado—. ¡Estoy muy cansado!
—¿No trajiste tu futón?
—No.
—No podemos dormir juntos.
—¿Por qué no?
Kakashi tardó mucho tiempo en contestar. Iruka se adormeció y casi olvidó que estaban hablando.
—Estuve en el hospital.
Iruka se tensó y apretó los puños.
—Historia de todos los días, ¿no?—dijo entre dientes. Kakashi suspiró—. Y por eso no me dejas dormir. ¿A quién le importa lo que yo necesite?
—No sé qué…
—Claro, como tú regresas de esas misiones de las que no debo preocuparme directo al hospital para dormir una semana entera, acumulas horas y luego el insomnio no importa, ¿por qué deberías preocuparte de que yo sufra?—Se descubrió la cabeza para mirarlo a los ojos con todo el rencor del que fue capaz y continuó—: ¡Claro que no te importa! Y mientras tanto, ¡yo no duermo!
—Sabías que estaba en el hospital—susurró él después de una pausa.
—¡Sí lo sabía! ¡Te visité y no me recibiste ni una vez porque estuviste durmiendo todo el tiempo!
Kakashi suspiró y luego entrecerró el ojo en una sonrisa.
—Durmiendo, dices.
—¡Durmiendo!—gritó Iruka, más fuerte—. ¡Ahora es mi turno!
—Hmm, no sé.
—¡Es mi turno de dormir, es lo justo!
Kakashi se rio suavemente.
—Creo que íbamos a discutir por cosas diferentes. Me alegra que aclaráramos el malentendido.
—¿Cuál malentendido? ¡A mí me alegraría si me dejaras dormir!
Volvió a cubrirse la cabeza y escuchó a Kakashi ponerse de pie e inclinarse sobre la cama.
—Gracias por preocuparte por mí. Es agradable saber que hay alguien que espera que regrese bien a casa.
—Silencio—gruñó Iruka.
—Sí, sensei.
Se sumió en un sueño superficial por un rato, mientras seguía a Kakashi en sus movimientos por el apartamento con ayuda del sonido de sus pasos y el roce de su ropa. Despertó del todo cuando Kakashi se metió bajo la manta con él. Hubo un poco de forcejeo, los dos encontrando su espacio en la cama mucho más estrecha que dos futones, y finalmente se acomodaron con las piernas entrelazadas, Kakashi boca arriba.
Iruka abrió los ojos en la oscuridad y distinguió, gracias a un único rayo de luna que se colaba por el hueco de las cortinas en la ventana sobre la cama, el perfil del rostro de Kakashi, las pestañas que apenas reflejaban la luz, la nariz larga y recta, las líneas de su boca entrecerrada.
—¿Hmm?—soltó, confundido.
—Descansa, Iruka. Prometo no despertarte más esta noche.
—Más te vale.
Durmieron por 18 horas.
Primero se despertó Kakashi, exhalando suavemente. Un poco después sonó su estómago, demasiado alto en la habitación silenciosa. Iruka, que descansaba la cabeza en su pecho, se quejó entre dientes.
Emergieron del cubrecama en la tarde del día siguiente como si se hubieran arrastrado fuera de sus tumbas, el cabello en todas direcciones y los ojos hinchados. Iruka le echó un vistazo al rostro descubierto de Kakashi y se quedó paralizado.
—Ah, qué hambre—murmuró Kakashi sin abrir los ojos—. ¿Qué podemos hacer?
—Comer—respondió Iruka en un suspiro—. Vamos a comer.
—Qué buena idea. No sé por qué no se me ocurrió antes.
—Búrlate de nuevo y tendrás que dormir en el sofá.
Kakashi sonrió. Esta vez, Iruka pudo verlo en sus labios. Tenía un rostro atractivo; era una lástima que siempre estuviera cubierto.
—Los dos sabemos que nunca me harás dormir en el sofá—canturreó Kakashi—. ¿Cómo vas a descansar sin mí?
—Ugh, me voy.
—¡No, espera! Vamos a comer juntos.
—Bien. Quiero ramen.
—Claro, ramen. ¿Cómo no lo pensé antes?
Las cosas regresaron a la normalidad.
Alternaban las noches entre el apartamento de Iruka y el de Kakashi, aunque los dos preferían, sin decírselo mutuamente, el de Kakashi. Era mucho más incómodo para dos hombres adultos de su tamaño, pero la única cama ofrecía un espacio reducido que los obligaba a estar cerca, casi uno encima del otro, y eso espantaba el insomnio mejor que cualquier otra solución que hubieran encontrado.
Fue una de esas noches en el apartamento de Kakashi, entrando el invierno, que Iruka despertó en la penumbra y se dio cuenta de que Kakashi lo contemplaba. El sueño jaló de él con insistencia, pero él se obligó a mantener los ojos abiertos.
—¿Qué pasa?—preguntó en susurros.
—Nada—respondió Kakashi en el mismo tono.
—¿No puedes dormir?
Kakashi cerró un momento el ojo. Cuando lo abrió de nuevo, Iruka se sentía un poco más despierto.
—No.
—Eso no está bien—murmuró Iruka. Enterró la nariz en la almohada y añadió—: Déjame pensar qué podemos hacer.
Pasaron unos minutos en los que sintió la mirada de Kakashi sobre su cara, insistente. Debió haber sido eso lo que lo había despertado.
De repente, su cuerpo actuó antes de que su cabeza formulara un plan coherente y en un momento estaba sobre Kakashi. Esperó resistencia, pero no obtuvo nada. Así que siguió adelante y lo montó hasta que ambos, exhaustos y sudorosos, se durmieron abrazados.
No se sorprendió del desarrollo de los acontecimientos. Ambos estaban sanos, en sus veintes, en buena forma física y pasaban bastante tiempo juntos. Mirando atrás, le sorprendía que no sucediera antes. El sexo era solo el siguiente paso.
A veces lo hacían a mitad del día, solo porque sí, sin la excusa de ayudarse a dormir. Era un arreglo satisfactorio. Iruka dormía mejor que nunca, no tenía muchas preocupaciones y sentía poco estrés. No habría estado mejor si Tsunade misma le hubiera dado un tratamiento.
Con la excusa de dormir abrazados eliminada, regresaron a pasar sus días en el apartamento de Iruka, más espacioso y privado, durmiendo en un futón compartido. Kakashi incluso compró una manta con estampado de shurikens para los dos.
Y todo continuó sin tropiezos hasta que Iruka no pudo soportarlo más. Una noche durante la cena, le dijo a Kakashi:
—No puedo seguir haciendo esto.
Kakashi dejó su plato sobre el kotatsu y frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—No puedo seguir haciendo esto contigo. No me parece bien.
Kakashi parpadeó un par de veces, claramente confundido. Finalmente dijo, con la voz tensa:
—¿Por qué?
Iruka se mordió los labios.
—Tengo sentimientos por ti.
La cara de Kakashi pasó por cinco expresiones diferentes en menos de diez segundos. Iruka sintió la necesidad de justificarse.
—Tengo sentimientos por ti y no me parece bien aprovecharme de tu amistad de esta manera. Lo lamento mucho.
Inclinó la cabeza, sintiéndose profundamente avergonzado. La levantó al escuchar a Kakashi apoyarse en la mesa. Había ocultado su cara entre las manos y sus hombros, caídos, temblaban como si tuviera frío.
—Iruka…—empezó a decir, luego nada.
—¿Sí?—preguntó él, suavemente.
—Iruka, somos pareja desde hace mucho.
—¿Eh?
—Meses.
—¿Meses? No puede ser. ¿Cómo…?
—Prácticamente vivimos juntos.
Iruka miró los platos sobre el kotatsu, el montón de libros que Kakashi había acumulado al lado del sofá, los chalecos de ambos tirados de cualquier manera en el límite del genkan. La manta de shurikens cubría el único sillón.
—Oh—soltó.
Kakashi se puso de pie y subió su máscara. Parecía debatirse entre discutir o echarse a reír de manera histérica.
—Voy a caminar un poco. Creo que necesitas procesar esto a solas.
Iruka se miró las manos.
—Sí, creo que sí.
—Bien.
Iruka lo escuchó ponerse las sandalias y abrir la puerta. Antes de irse, Kakashi lo llamó.
—Por cierto. Yo también tengo sentimientos por ti—dijo—. Que no haya más malentendidos, ¿eh? Nos veremos más tarde y hablaremos de nuestro futuro. Si no puedes seguir aprovechándote de mí…
—¡No te burles! ¡Todo esto es tu culpa!
Kakashi se deslizó por la puerta antes de que Iruka pudiera lanzarle uno de sus libros.
En el silencio, Iruka se permitió reflexionar sin distracciones y, por fin, vio desde otra perspectiva todo lo que había sucedido desde que empezó a sufrir de insomnio. Se sintió tan estúpido que se encogió hasta quedar metido bajo el kotatsu.
Así lo encontró Kakashi más tarde, ahogándose en mortificación, y esta vez tuvo la gracia de no burlarse más. Calentaron la comida que quedaba, se sentaron a cenar y terminaron la noche durmiendo en el mismo futón, como siempre.
A Iruka solo le quedó el alivio de saber que no era el último en enterarse de sque tenía una relación formal con Kakashi. Al fin y al cabo, todavía no le habían dicho a Naruto.
