Work Text:
“¡¿QUÉ COJONES ME ESTÁS CONTANDO?! ¡ESO ES IMPOSIBLE!”
Los gritos del dios del amor podían escucharse por todo el palacio…
"¡HUMANOS! ¡¿CÓMO NO VAN A PODER DISTINGUIR MI BELLEZA?! ¡¿SON BOBOS O QUÉ?!"
El joven cupido caminaba nervioso por los majestuosos pasillos de su hogar. Las columnas dóricas se alzaban hacia el cielo, sosteniendo techos decorados con frescos que narraban las hazañas de los dioses dueños de tan osada construcción.
Los rayos del sol se filtraban a través de los ventanales de cristal morados, del mismo tono de los ojos del dios de belleza, creando patrones de luz que danzaban sobre el mármol pulido del suelo, pero que ahora se sentían como si el mismo dios lo mirara. Las paredes, adornadas con relieves de oro y plata, contaban historias de amor y guerra, un testimonio de la dualidad de sus creadores.
Cada rincón del palacio reflejaba la perfección simétrica que tanto caracterizaba a la arquitectura griega, un recordatorio constante de la obsesión de Vegetta por la belleza y el orden. Mientras que la magnitud de las construcciones era digna de la grandeza de Foolish. Dando como resultado una estructura que intimidaba y maravillaba a partes iguales.
Pero dados los gritos histéricos del dios del amor...
Bueno, solo oraba por el pobre querubín que estaba siendo víctima de las rabietas de su padre. Mientras que su lado un poco más egoísta, rezaba porque aquella escena fuera suficiente para que su propia audiencia no terminara en un regaño igual de intenso.
"¡ME NIEGO A ACEPTAR ESTO! ¡ES UN ULTRAJE A MI DIVINA PERSONA! ¡YO SOY EL DIOS DE LA BELLEZA! ¡VEGETTA! ¡NO NINGÚN MORTAL QUE-"
Recargada en la gigantesca puerta de roble se encontraba su hermana menor, Leonarda, la pequeña diosa de la armonía.
Con su cabello negro, piplón blanco y banda roja en la cabeza, la chica lucía todo menos preocupada. Con una mano jugaba con una lanza que le había regalado Foolish, mientras levantaba la otra frente a su rostro, mirando sus uñas como si contuvieran la respuesta a los misterios de la vida.
Hija del dios de la belleza y guerra sin duda…
"¡Psst, Leo! ¡Leo!" La niña alzó la mirada, sus ojos morados verdosos encontrándose con los rosas de su hermano. "¿Qué pedo? ¿Qué pasó con papá allá adentro? Cuenta el chisme."
Leonarda miró a ambos lados antes de hacerle una seña para que se acercara. En voz baja susurró. "No sé mucho, pero lleva regañando como media hora al pobre querubín de la región de la πτωχογειτονιά. Al parecer las ofrendas a papá han bajado mucho, pero no entendí por qué."
Una última ronda de gritos fue escuchada cuando se abrió la puerta de golpe.
"¡NO ME INTERESA! ¡INVESTÍGUENME TODO DE ÉL! ¡ESTE PROBLEMA SE ACABA YA...! ¡PERO VAS, CHAVAL!"
El pobre querubín salió volando a toda velocidad. Ni siquiera notando la presencia de los jóvenes dioses que miraban atónitos la escena.
Dentro de la sala principal, sentado en su trono de terciopelo morado, Vegetta se sostenía la cabeza con las manos, murmurando maldiciones ininteligibles. Arrodillado a su lado, el imponente dios dorado de la guerra besaba su cabellera oscura, sobando su rodilla con ternura.
"Mi amor..." Susurró Foolish, besando suavemente la mejilla de su esposo. "Para mí no existe ser más hermoso que tú en todo el cosmos. Solo di la palabra y marcharé contra ese impostor. Arrastraré su pueblo hasta los cimientos. Quemaré su palacio para que no quede rastro, si es necesario."
Vegetta alzó la mirada, sus ojos morados brillando con adoración mientras acariciaba la mejilla dorada de su amado. "¿Lo harías cariño? ¿Aún si Quackity se molesta?"
Una risa profunda resonó en el pecho del dios de la guerra, sus ojos esmeralda brillando con la misma intensidad que los amatista de su esposo. "Mi vida, enfrentaría a todo el Olimpo por ti. ¿Quién es el rey de los dioses comparado contigo, rey de mi corazón y fuego que enciende mi alma?" Sus labios se encontraron en un beso apasionado, mientras las manos de Foolish se deslizaban por la cintura de su consorte.
Vegetta gimió suavemente contra sus labios, arqueándose hacia el toque ardiente que subía por su muslo cuando-
"¡ EJEM !" Una tos exagerada resonó por la sala. "¡Papás! Estamos aquí, eh?"
Sin prisa alguna, los dioses separaron sus labios. No obstante, Foolish mantuvo sus manos firmemente en la cintura de Vegetta mientras éste se acomodaba sobre su regazo, para poder dirigirse a sus hijos.
"¡Roier! ¡Leo! Mis preciosos hijos, vengan, vengan, tengo un favor muy importante que pedirles, mis niños."
Roier intercambió una mirada inquieta con el dios dorado, pero Foolish respondió con un sutil movimiento de cabeza para tranquilizarlo.
Ajeno al intercambio entre padre e hijo, Vegetta continuó. "Al parecer hay un... impostor... al cual están venerando en mi lugar en la ciudad de πτωχογειτονιά", —espetó con veneno. "Un principito humano que osan decir que es reencarnación mía." Rápidamente, la mano fuerte del dios de la guerra se colocó en su hombro, regresándolo a la realidad. "Y aunque me encantaría que mi Foolish fuera a destruir su estúpido palacio, creo que podemos acabar con él de una forma más... interesante, ¿si entienden a lo que me refiero?" —guiñó con malicia hacia Roier, quien seguía tan confundido como al principio.
"Esteeee… claro apá!" Roier se frotó la nuca nerviosamente. "¿Y cómo se supone que hagamos eh, eso que tienes en mente?" Los tres celestiales intercambiaron miradas de exasperación mientras el joven dios alzaba las manos defensivamente. "¡Solo pregunto para aclarar no mamen!"
Vegetta rodó los ojos con afecto. "Ay Roier…Roier, mi niño bobo”, suspiró dramáticamente, "es bastante simple. Encuentra al mortal más repugnante, vil y miserable de toda Grecia, y usa una de tus flechas para que Cellbit se enamore perdidamente de él."
El nombre le produjo una sensación extraña en el pecho. Familiar, cálida, pero agria ante la idea de hacerle tal daño. "¿Hacer que se enamore... de alguien así?" Sus dedos se crisparon inconscientemente en la tela de su quitón rosado mientras las palabras salían entrecortadas, como si cada sílaba fuera una espina clavada en su garganta. "¿No es eso... demasiado cruel?"
"¿Preferirías entonces que procedamos con la sugerencia de tu padre de reducir su ciudad a cenizas?"
Roier agitó las manos frenéticamente. "¡No, no! Es solo que..." Sus alas se agitaron con inquietud mientras buscaba las palabras correctas. "Mi don es para crear amor y felicidad, no para causar sufrimiento... es raro hacer que alguien se enamore para hacerlo miserable. Eso es todo. Pero," enderezó los hombros con determinación, "cuenta con ello, padre."
Los ojos de Vegetta brillaron con satisfacción. "¡Ese es mi chiquillo! Ahora ve," se giró hacia su hija menor, "mientras tanto Leo, necesito tu ayuda con mis templos. Deben ser más grandiosos, más deslumbrantes. Que ninguna construcción mortal se atreva siquiera a aspirar a tal magnificencia."
Y mientras sus padres discutían con su hermana menor las modificaciones arquitectónicas, Roier salió volando con un mal sabor de boca y un halo de luz rosada detrás.
…
A decenas de kilómetros del palacio, el susodicho príncipe ya sufría su propia odisea, ignorante aún del castigo divino que se avecinaba.
Mientras otro pretendiente rechazado salía corriendo de su palacio entre falsas excusas de compromisos y disculpas exageradas, Cellbit miraba la escena con ojos aburridos y pies cansados. Llevaba horas de pie siendo estudiado como pieza de ganado por la decena de hombres a los que había sido ofrecido ese día.
Y nuevamente ninguno había sido capaz de darle una propuesta.
No que a Cellbit le interesara realmente. Simplemente no comprendía la idea de poder elegir un compañero de vida basado en la superficialidad del cuerpo o audiencias vacías de una hora. Desconocía a ciencia cierta qué era el amor o la pasión. Pero sin duda no eran lo que sus padres intentaban hacer con él.
Nada de eso importaba, sin embargo, porque el problema era que después de tres días y centenares de hombres rogando por conocerlo, no tenía ni una sola propuesta de matrimonio.
Intentando hacer el menor ruido posible, Cellbit se dio la vuelta para dirigirse a sus aposentos, sus hombros tensos por la frustración del día.
"¡Cellbit!" interrumpió su padre con dureza, haciendo que el joven príncipe se detuviera en seco. "¿Qué se supone que estás haciendo?"
"Retirándome, padre," respondió Cellbit, manteniendo la voz firme a pesar del temblor en sus manos. "Entiendo que ese era el último pretendiente del día de hoy, ¿cierto? Debo prepararme para recibir a los de mañana."
El hombre, de cabellos rubios cobrizos como los suyos, se plantó frente a él, sus ojos brillando con furia contenida. "El problema es que ya no hay más. Se terminaron. Cientos de hombres para que ni uno solo te propusiera matrimonio. Por tu culpa tendremos que avergonzarnos rogando por otras opciones."
Su madre, trotó hasta su marido, masajeando sus hombros en un intento por calmarlo, "Lo que tu padre quiere decir Cell, es que tendremos que hablar con otros reyes, puede que alguna de las princesas acepte-"
"¡NO! ¡Por supuesto que no!" Cellbit apretó los puños con determinación. "¡Yo les dije que no pienso casarme con una mujer!"
"¿Y qué carajos hacemos entonces, hijo? ¿Esperas que vivamos en la vergüenza de que nuestro último hijo jamás contraiga matrimonio?" Su padre dio un paso amenazante hacia él.
"No es mi culpa que todos sean unos cobardes que se compraron el cuento de que soy Vegetta," murmuró Cellbit por lo bajo, apartando la mirada.
Las palabras de su padre resonaron por la sala como latigazos.
"¡Se supone que esto era algo bueno! Nuestro príncipe, más bello que el mismo dios de la belleza. Recibiendo decenas de ofrendas pero ni una propuesta.”
La rubia, colocándose suavemente entre ambos con las manos temblorosas, volvió a intervenir. "Bueno, cielo, creo que es comprensible que nadie desee la furia del dios de la guerra sobre sí. Se dice que Foolish es bastante celoso."
"¡¿Pero de qué sirve entonces?!" Dos hombres entraron por la puerta con paso firme. Un rubio de cabellos dorados peinados en una trenza que llegaba a su cintura y un castaño de cabellos rizados, ambos sujetando con fuerza las manos de sus esposas, quienes a pesar de su belleza lucían expresiones completamente miserables. "¡Mira a tus hermanos! Casados con sus bellas esposas, continuando nuestro legado. ¿Y tú aquí, Cellbit? ¿Qué se supone que hagamos contigo?"
"Si me permite, Alteza", levantó la mano tímidamente Anakatévomai, la esposa de Thélisi, su segundo hermano. "Si es cierto que hay algo divino ocurriendo, ¿no sería útil consultar al Oráculo de Delfos?" Cellbit observó con repulsión cómo su hermano apretaba la mano de la castaña con fuerza para silenciarla.
"Ana tiene razón", intervino apoyando a su cuñada, "puede que tenga las respuestas que desconocemos sobre mi situación, padre".
Por primera vez en años, su hermano mayor, Pánta lo apoyó a su retorcida manera. "Vale la pena intentarlo, al menos así sabremos qué defecto tiene nuestro hermanito", soltó una risa burlona mientras Karine, su esposa, lo miraba con reproche.
Y así, por decisión unánime, se acordó que la familia haría el viaje hacia el oráculo para obtener respuestas.
Dos días después, Cellbit, sus padres y sus dos hermanos se encontraban en el monte Parnaso, arrodillados en el templo frente a Pitia, la sacerdotisa que les daría las respuestas que buscaban.
La anciana sacerdotisa inhaló profundamente los vapores sagrados que emanaban de la grieta en el suelo, sus ojos volviéndose blancos mientras el espíritu de Apolo la poseía. Cuando habló, su voz resonó con un eco sobrenatural que hizo temblar las columnas del templo:
"El que todos veneran cual belleza divina, no hallará amor en palacios dorados ni lechos de seda. En la cima de un monte desolado encontrará su destino, donde un monstruo venido de otro mundo será su consorte eterno."
Los ojos azules de su madre se llenaron de lágrimas, lanzándose a los brazos de su marido entre sollozos. Sus hermanos lo miraron con distintas expresiones de lástima, sus ojos negros reflejando el mismo vacío que la expresión solemne con la que su padre lo observaba.
Cellbit se limitaba a mirar a la nada, perdido en sus pensamientos, cuando notó un destello rosa en el fondo de la cueva.
Talló sus ojos, pero al mirar de nuevo notó que no había nada. Su padre, interpretando su acción como debilidad, dejó a la mujer en los brazos de su hijo mayor y tomó el hombro de Cellbit. "Resiste hijo, aquí no. No te puedes permitir romperte ahora. No frente a tu madre."
Con la garganta ardiendo, asintió en silencio, estando así todo el camino hasta que llegaron a la cima del monte. Abrazó a su madre, murmurando un pequeño "estaré bien" como despedida. Agitó la mano de su padre, dando una suave disculpa que el hombre no se dignó en responder, solo aclarando que compartiría sus despedidas con sus hermanos. Y solo cuando estuvo completamente solo, esperando por su destino, fue que Cellbit se permitió estallar en llanto, maldiciendo su belleza y el terrible destino que le había traído.
Horas más tarde, cuando el sol ya se ocultaba en el horizonte, una suave brisa comenzó a arremolinarse alrededor del joven príncipe. La brisa se materializó en un joven de cabellos revueltos color negro carbón.
"Me llamo Céfiro, viento del Oeste. Pero puedes llamarme Aldo”, se presentó con una sonrisa amable. "¿Necesitas ayuda carnalito?"
Cellbit, con los ojos hinchados y rojos de tanto llorar, soltó una risa amarga hacia el extraño visitante. Pero antes de poder decir palabra, sintió su pecho arder, las lágrimas volviendo a brotar incontrolablemente.
Aldo se acercó al príncipe y colocó una mano sobre su espalda. "Respira conmigo," susurró con gentileza. "Inhala profundo... exhala lentamente." Algo en la ligereza de su voz le hizo comenzar a calmarse. Poco a poco el aire regresando su respiración a la normalidad. "Las cosas estarán bien," añadió el dios con suavidad. "Confía en mí."
Con un movimiento fluido, Aldo envolvió a Cellbit en una suave corriente de aire. El príncipe sintió cómo sus pies se despegaban del suelo, y antes de que pudiera protestar, se encontraba flotando sobre las nubes, atravesando el cielo del atardecer hasta ser depositado en un hermoso jardín celestial.
Sus manos pasaron por el lecho de césped, maravillado por la suavidad del mismo. Podía escuchar a lo lejos el murmullo de un arroyo cercano combinado con los grillos que brincaban por las flores silvestres del lugar. Una extraña paz lo invadió, y se encontró recostándose en el suelo, cerrando los ojos con suavidad, apenas registrando las siluetas de dos figuras frente a él cuando se quedó profundamente dormido.
…
"Por los dioses..." murmuró Roier, dejándose caer de rodillas frente al joven dormido, sus manos temblando ligeramente.
"Roier, ¿estás seguro de esto, wey? Si tu papá se entera nos mata a los dos." Aldo se movió nerviosamente, jugando con los pliegues de su quitón coral.
Pero el cupido ni siquiera se movía, mirando embelesado al humano dormido como si él fuera el dios a venerar y no al revés. Sus ojos rosados brillaban con una intensidad casi sobrenatural.
"¡Roier, no mames, reacciona!" Aldo chasqueó los dedos frente a su rostro.
"No puedo..." susurró Roier, pasando sus manos delicadamente sobre el mechón dorado que tapaba el rostro del príncipe, sus dedos temblando al roce. "Es tan... bonito... Sólo míralo, Aldo."
El viento se cruzó de brazos, su ceño fruncido con preocupación. "Wey, a ver, sí reconozco que está muy guapo y todo, pero si alguien se entera se va a hacer un desmadre."
"Nadie se va a enterar de esto." Declaró Roier, irguiéndose con la firmeza que solo un hijo del dios de la guerra podía tener. "Esto jamás pasó. Cellbit se quedará aquí, seguro para que ni su familia ni mi papá le hagan daño. Hasta donde todo mundo sabe, yo me fui a cumplir la orden de mi padre con la información que me dio Mariana, nada más."
"Ajá, digamos que el chismoso de Mariana no capta y dice solo eso. ¿Qué vas a hacer cuando diga tu nombre? Vegetta puede oír cualquier rezo o mención a sus hijos. Si reconoce tu nombre de los labios del mortal al que tenías que condenar, ¿qué? Se lo va a echar en chinga."
"No le diré mi nombre, entonces." Roier apretó los puños con determinación.
"¿Y cuando te vea? Lo va a saber, papi. Cualquier humano reconocería a Cupido."
"Puta madre pues..." Roier se pasó una mano por el cabello, frustrado. "No sé. No verá mi rostro y punto. Me encargaré de que todo quede a oscuras, ni una lámpara, que en mi templo no llegue nunca la luz completa del sol y vendré en las noches. Así podremos estar juntos sin peligro."
El de lentes sólo pudo mirar a su mejor amigo en un silencio eterno. Lo conocía tan bien que sabía que el necio dios no iba a cambiar de parecer. Menos porque jamás lo había visto tan fascinado por nadie de esta manera.
"Bueno... espero que sepas lo que haces, mano. Pero no digas que no te lo advertí," suspiró Aldo antes de desvanecerse en unas hojas llevadas por la brisa.
Mientras tanto, el joven dios se apresuró a adecuar todo para cuando su nuevo prometido despertara.
…
Cuando Cellbit abrió los ojos, notó que el jardín lucía diferente. Un extraño manto oscuro cubría el cielo estrellado, dándole al lugar un aire místico y surreal. Mientras exploraba confundido su entorno, sus pies rozaron algo sólido - una delicada caja de marfil decorada con exquisitas flores de amaranto hechas de concha nácar.
En ese preciso instante, sintió una mirada sobre él. Al girar, se encontró con el mismo destello rosado que había vislumbrado en el monte Parnaso, pero esta vez lo reconoció en un par de ojos que lo observaban con atención desde las sombras.
Con la caja entre sus manos, Cellbit intentó acercarse a la figura, pero ésta retrocedió manteniéndose en la penumbra. "¿Quién eres?" preguntó, su voz tratando de sonar más valiente de lo que se sentía. "¿Por qué estoy aquí? Déjame verte, por favor."
La respuesta llegó en una voz dulce que lo hizo estremecer, no de miedo, si no de otra cosa que no sabía nombrar. "Mi amigo Aldo te rescató del monte donde te habían condenado. Te trajo aquí, a mi hogar, para mantenerte a salvo Cellbit."
"Yo no… no puedo decirte mi nombre," continuó la voz con tristeza, "pero puedes llamarme… Ro? O, si quieres ponerme algún apodo estaría bien.” En la penumbra pudo ver dos manos moverse en nerviosismo. “Es... demasiado peligroso que se sepa quien soy o que te salvé. El dios que está detrás de todo esto podría matarte si se entera."
"Pero no entiendo, ¿a qué dios he enfadado? ¿Cuál fue mi ofensa?" preguntó Cellbit con preocupación. "¿Es por eso que fui maldecido con una belleza que nadie quiera?"
Una suave risa resonó en la oscuridad. "No exactamente, Gatihno. Pero te prometo que te contaré la verdad, okay? Solo deja que se calmen las cosas un poco. Mientras puedes quedarte aquí”, señaló a un pequeño templo de mármol, decorado con zafiros e hilos de plata. “Este palacio ahora es tuyo también," cambió de tema la voz. "Puedes arreglarlo y hacer con él lo que desees. Y si necesitas algo, solo pídemelo y te lo daré."
Cellbit abrió la caja de marfil, encontrando en su interior un precioso anillo. Zafiros y diamantes rosas formaban una delicada araña que brillaba bajo la tenue luz. "¿Es esta tu forma de pedirme matrimonio?" preguntó, con el corazón latiendo acelerado.
"Yo... ¿creo que sí?," respondió la voz, notablemente apenada. "Es la mejor manera de protegerte. Haría cualquier cosa por mantenerte a salvo, si me aceptas."
El silencio que siguió fue largo e incómodo, hasta que la voz volvió a hablar. "Lo siento, se qué no es la mejor propuesta de matrimonio. Nunca... nunca había hecho esto antes."
Cellbit no pudo evitar reír. "Está bien, yo tampoco había recibido una propuesta de matrimonio, así que no tengo con qué compararla."
De pronto, Roier soltó una risa aguda que cortó abruptamente, tapándose la boca con ambas manos. Cellbit sintió su corazón derretirse ante el sonido, encontrándolo adorablemente tierno. Era la primera vez que escuchaba a alguien reír de esa manera tan natural y espontánea.
Pero fue suficiente para que algo en su interior le dijera que podía confiar en el dueño de aquella dulce voz. "Acepto. Seré tu marido, Ro."
Caminaron hacia el templo en silencio. Cellbit intentando distraerse con el paisaje mientras sentía la mirada rosada sobre él.
"Si vamos a ser esposos y no puedo ver tu rostro, al menos quiero conocerte." Declaró el príncipe en el pasillo fuera de la recámara principal. "Te diré algo sobre mí, y tú tendrás que hacer lo mismo. Yo… adoro perderme entre las páginas de los libros, vivir mil vidas a través de las historias. Siempre fue… no sé, la mejor forma de salir de mi palacio sin que nadie me molestara por mi rostro." Cruzó el umbral de la puerta, pero la figura no lo siguió. "¿Ro? ¿No piensas pasar? Se supone que ahora tú debes compartir algo conmigo."
“Yo no, no puedo quedarme esta noche. Ni mucho menos deseo incomodarte en tu descanso.” Hubo un momento de duda antes de que Ro respondiera. "Cierra los ojos, por favor."
Cellbit obedeció, y sintió cómo una mano cálida tomaba la suya con delicadeza. "Mi color favorito es el rojo," susurró la voz cerca de su oído, "mi momento favorito del día es el amanecer. Me encanta observar cómo el cielo se tiñe de diferentes tonos, recordándome que cada día es un nuevo comienzo."
Los labios de Ro rozaron suavemente el dorso de su mano en un beso que envió escalofríos por todo su cuerpo. "Buenas noches, mi príncipe, te veo mañana" murmuró antes de desvanecerse, dejando a Cellbit solo con el corazón latiendo desenfrenadamente y una sonrisa en los labios.
Al día siguiente no fue despertado por la luz del sol, sino por unos suaves golpes contra su puerta.
"¿Cellbit?" preguntó una voz con timidez. "¿Estás despierto? Ya es de día. Tienes que desayunar."
De pronto todos los recuerdos del día anterior volvieron de golpe. El último pretendiente, la decepción de su padre, el oráculo, el llanto de su madre, el viento que lo llevó hacia ese jardín con su… nuevo marido.
"¿Cellbit?" preguntó de nuevo la tierna voz del supuesto monstruo que ahora era su esposo.
"¡Sí, sí, estoy despierto! Eh… un segundo, por favor", gritó de vuelta, poniéndose de pie abruptamente para buscar algo con qué vestirse para ese día.
"Tranqui, estaré en el comedor al final del pasillo a tu izquierda, puedes acompañarme a desayunar... s-si quieres, claro."
Cellbit contemplaba el enorme armario con finas prendas de lino, seda y otros suaves materiales que desconocía aún siendo de la realeza. Sus mejillas se tiñeron ligeramente al tomar un himation verde. "¡Sí, claro! Yo, eh, ¡te veo ahí en unos minutos! ¡Gracias!"
Después de cambiarse, corrió por el pasillo hacia el comedor. Sin embargo, antes de entrar, Cellbit notó una habitación enorme con detalles azules y rojos, de paredes cubiertas de estanterías repletas de libros. Una biblioteca. Sin pensarlo, sus pasos lo llevaron a entrar, sus ojos iluminándose mientras recorría los centenares de títulos que solo había soñado con leer.
"¿Te gustan?" preguntó Ro suavemente desde las sombras. "Son todos tuyos. Anoche hablaste de tu amor por la lectura y... bueno, quería que te sintieras como en casa."
"¿En serio? ¡Esto es increíble!" exclamó Cellbit, pasando sus dedos por los lomos de los libros. "¡Hay algunos que solo había escuchado en leyendas!"
"También tengo mis favoritos para recomendarte," dijo Ro con entusiasmo. "Aunque primero deberías desayunar algo. No sé cuánto dura un estómago mortal sin comida pero yo... eh... preparé tostadas! Esas si están buenas, ¡lo juro!."
Al entrar al comedor, Cellbit tuvo que contener una risa. La mesa estaba repleta de platos, algunos claramente quemados y otros apenas reconocibles, aunque era cierto que las tostadas de pan lucían bastante decentes. "¿Tú... cocinaste todo esto?"
"Bueno... intenté cocinar," admitió Ro con vergüenza. "Resulta que ser inmortal no te hace buen cocinero. Pero aparte de las tostadas creo que el jugo de granada no quedó nada mal."
Cellbit rió abiertamente esta vez. "Es adorable que lo intentaras. Gracias. Yo podría enseñarte a cocinar algunas cosas también."
Notó como una fina mano se estiraba en la mesa, dudosa, antes de volver a las sombras.
"Por cierto," murmuró el rubio para distraerlo, "¿debes... debes irte hoy? A lo de… tus deberes qué decías.”
"¡No! Es decir, ya arreglé todo para tener un par de semanas libres de mis deberes," respondió Ro rápidamente. "Pero no tienes que pasar tiempo conmigo si no lo deseas. Entiendo si prefieres estar solo."
"¿Qué pasa? ¿Acaso mi belleza te intimida como al resto?" bromeó Cellbit, pero notó cómo su marido se hacía para atrás aún más nervioso.
"No es eso," susurró la sombra con dulzura. "Si por mí fuera, te miraría todo el día solo para vislumbrar un segundo de tu sonrisa o el brillo de esos ojos azules como el mar Egeo."
Cellbit se sonrojó intensamente, "Y-yo..." tartamudeó con las mejillas ardiendo, "¿te gustaría pasar el día conmigo?"
A pesar de la distancia que mantenía en las sombras, se divirtieron enormemente en el arroyo cerca del palacio. Al atardecer mientras caminaban entre las flores multicolores, el inmortal le contaba la historia de cómo conoció a Aldo mientras el príncipe se doblaba de la risa.
"Y entonces el pendejo me dice: '¡Eh, wey! ¿Qué tiré?' —y era una granada que nos dejó a todos ciegos y— ¡Mira!" exclamó Ro de repente, "¿Eso que se mueve entre los arbustos es...?"
Una pequeña gata blanca como la nieve salió tímidamente, acercándose a la pareja con curiosidad. Sus ojos brillaban con un tono claro, casi como perlas.
"Es preciosa," susurró Cellbit, agachándose para acariciarla.
"Como las dunas de arena bajo la luz de la luna," murmuró Ro con ternura.
La gatita ronroneó, frotándose contra las piernas de ambos, como si ya hubiera decidido que ese sería su nuevo hogar. El humano sonrió, mirando a los ojos rosados de su acompañante. "Podríamos llamarla Duna, ¿qué opinas Ro?.”
Cellbit no necesitaba saber que el hombre le sonreía cuando respondió. “Es perfecto, me encanta.”
Conforme pasaron los días, compartieron más historias y detalles de sus vidas. Siguiendo el mismo patrón de desayunar juntos, explorar su pequeña isla y pasar las tardes en la biblioteca con Duna, ambos hombres se encontraron forjando una amistad cada vez más profunda.
Durante las primeras noches, Cellbit invitaba a Ro a quedarse en su habitación, pero el dios solo aceptaba dormir en un sillón mientras Cellbit ocupaba la enorme cama. No fue hasta una noche, de la segunda semana que mientras conversaban a altas horas de la madrugada, se quedaron dormidos en la misma cama. Desde entonces, compartían las noches juntos, con Cellbit casi siempre terminando dormido sobre el pecho de Ro a mitad de alguna charla.
"¿Guapito?" murmuró Cellbit la noche del treceavo día, medio dormido.
Ro se tensó visiblemente. "¿Por qué... por qué me llamas así Cellbit?"
"La primera vez que nos conocimos me llamaste así, ¿recuerdas? Gatinho, dijiste. " respondió Cellbit suavemente.
“Ah yo no… perdona, ni siquiera lo noté”
El príncipe lo abrazó con fuerza. “No me molesta. Además, he notado cómo te tensas cuando te digo Ro, así que pensé que podríamos llamarnos por apodos. Yo Gatinho y tú Guapito. Para que estés más cómodo."
"Pero ni siquiera sabes si soy guapo," protestó Ro débilmente. "¿Cómo puedes llamarme así?"
"No lo sé con certeza," admitió Cellbit, jugando con los dedos de Ro, "pero lo siento. Sé que tienes unas manos lindas..." Sus dedos subieron por el brazo del dios, cuya voz se convirtió en pequeños suspiros. "Y una fuerza tan elegante..." Su mano se deslizó hasta la mejilla del ojirosa. "Y la voz más melodiosa que he escuchado jamás. Y tus ojos..." Se detuvo, sonrojándose. "Solo sé que eres mi Guapito," susurró antes de cerrar la distancia entre ellos y besarlo.
Sus labios se encontraron con una suavidad casi reverencial, como si ambos temieran que el otro fuera a desvanecerse. Las manos de Cellbit se deslizaron hacia arriba, enredándose en el cabello suave del inmortal mientras este lo acercaba más por la cintura, sus cuerpos encajando perfectamente como dos piezas de mármol talladas por los mismos dioses para encontrarse.
Ro lo abrazó con fuerza, entendiendo por fin por qué los mortales se aferraban tanto al amor cuando los alcanzaba una de sus flechas. Ahora comprendía por qué su don era tan poderoso, capaz de iniciar guerras y derribar imperios. En ese momento supo que él mismo enfrentaría a su padre y a un ejército de hermanos solo por no dejar de besar al humano entre sus brazos.
Cellbit se aferró a los suaves mechones de su marido, hambriento de más cercanía, como si después de veintisiete años de vida por fin probara el verdadero sustento. Cuando finalmente se separaron, jadeantes y mareados, el príncipe mantuvo los ojos cerrados, ahora mas que nunca comprometido con su juramento.
"Sé que las dos semanas están por terminar," susurró Cellbit con voz temblorosa, "pero por favor, aunque ya no puedas pasar los días a mi lado, regresa cada noche a dormir en mis brazos. Incluso si nunca puedo verte... por favor, mi Guapito."
Ro rozó sus labios suavemente contra la frente del rubio. "Te lo prometo, mi amor. Siempre volveré a ti," murmuró antes de cerrar la distancia entre ellos una vez más.
…
De esa manera un año solar pasó. Cellbit pasando sus días en el palacio, aprendiendo de los centenares de libros en su hogar y los telescopios, mapas y demás objetos que su esposo le traía.
Roier, por su parte, cumplía su labor con alegría, siempre cantando dulces melodías sobre almas gemelas mientras unía decenas de corazones. Vegetta no podía estar más satisfecho; aunque a su hijo le había costado condenar al impostor y actuó extraño después de su regreso, pronto el cupido se convirtió en el representante máximo de su poder, esparciendo belleza y fertilidad con su halo rosa. Sin duda estaba orgulloso.
No obstante, como en todas las historias, un evento inesperado cambió todo. El día de su aniversario, mientras la pareja compartía un cálido momento frente a la luz del fuego en su biblioteca, con Duna recostada entre las piernas de ambos, Cellbit soltó un sollozo de tristeza que rompió el corazón del cupido.
"¿Gatinho? ¿Qué pasa, cariño?"
El mortal recostado a su lado se limpiaba las lágrimas, forzándose a mirar su libro en lugar de a su esposo. "Nada, Guapito. Este año ha sido... maravilloso."
"¿Entonces algo te molesta?" El hombre se quedó en silencio, dudoso, como cuando se conocieron y temía sincerarse en su presencia. "¿Cellbo? Puedes decirme lo que sea, lo sabes."
"Es solo que... hace un año que no sé de mi familia. Seguro piensan que estoy muerto, y aunque no fuéramos muy cercanos, estaba leyendo y pensé... no importa."
La mano de su marido inmortal entre su cabello lo invitó a continuar.
"Pensé en mi madre..." susurró Cellbit finalmente. "Y en mis hermanos, Pánta y Thélisi. Sé que no éramos la familia más unida pero... me gustaría verlos, aunque sea una vez más. Solo para que sepan que estoy bien."
Ro se tensó visiblemente. "Gatinho... sabes que es peligroso. La amenaza de mi padre..."
"¡Ha pasado un año!" exclamó Cellbit, incorporándose para mirar a la fogata, dándole la espalda por completo. "Por favor, Guapito. Solo un día. Solo quiero que sepan que soy feliz, que no estoy muerto en alguna montaña. Te lo suplico."
El dios permaneció en silencio largo rato, acariciando la columna baja de su marido mientras consideraba los riesgos. "No puedo negarte nada cuando me lo pides así," suspiró finalmente. "Hablaré con Aldo para que te lleve mañana. Pero prométeme que sólo estarás una noche y volverás escondiendo tu rostro."
"¡Lo prometo!" Cellbit lo abrazó con fuerza, besando su mejilla repetidamente. "Gracias, mi amor."
A la mañana siguiente, tras una acalorada discusión entre los dioses, Aldo accedió a regañadientes a transportar a Cellbit. El viento lo depositó suavemente en la misma montaña donde había comenzado su historia de amor.
Caminó a su palacio, donde su familia lo recibió entre lágrimas y abrazos. Les mostró los hermosos regalos que había traído: telas finas, joyas brillantes y frutas exóticas. Mientras relataba a su madre lo maravillosa que era su vida matrimonial, no notó las miradas de envidia que intercambiaban sus hermanos.
Esa noche, sus hermanos insistieron en hablar con él en sus aposentos, ansiosos por conocer hasta el último detalle de su matrimonio.
"Hermano," comenzó el rubio con voz inusualmente dulce cuando terminó de hablar, "todo suena perfecto pero... ¿en serio no hay nada que te moleste? Nosotros hemos estado casados más tiempo, si hay algo podemos aconsejarte para resolverlo."
El castaño asintió, tomando su mano. "Cuéntanos, Cellbit, para eso estamos los hermanos".
Cellbit bajó la mirada. "Yo... nunca he visto el rostro de mi esposo."
"¡¿Qué?!" exclamó Thélisi. "¿Llevas un año casado con alguien y no sabes cómo luce? ¿Y si realmente es un monstruo como el Oráculo dijo? ¿Y si te está engañando?"
"¡No! Él es bueno y gentil, yo lo sé..."
"Un matrimonio sin confianza no es un matrimonio real," insistió Pánta. "Ya ha pasado un año de la amenaza del dios ese. Seguramente ya puedes ver a tu marido sin problemas. Puede que él esté… inseguro contigo, eso es todo."
"¿Inseguro?" murmuró con pesar.
El castaño sacó un mechero de su bolsillo mientras el mayor extraía una pequeña lámpara de aceite. "Por eso debes dar tú el primer paso. Toma esto," susurró el rubio. "Cuando esté dormido, enciende la luz. Necesitas saber la verdad."
Cellbit dudó, pero finalmente tomó los objetos. Al día siguiente, regresó a su hogar con los objetos escondidos en sus regalos, el corazón pesado por la culpa pero ardiendo de curiosidad.
Cuando cayó la noche, recibió a Ro con una deliciosa cena, pero apenas pudo pronunciar palabra. Su marido, comprensivo, insistió en que fueran a dormir, asegurando que podría contarle todo en las noches siguientes, a su propio ritmo.
Horas más tarde, cuando el dios ya dormía Cellbit se puso de pie despacio, yendo hacia el baño donde había ocultado todo y caminó hacia el lado de la cama donde su esposo descansaba.
Con manos temblorosas, Cellbit sacó la pequeña lámpara y el mechero. Las palabras de Thélisi resonaban en su mente.
"¿Y si realmente es un monstruo?"
Pero su corazón protestaba, recordándole cada caricia, cada beso, cada momento de ternura y calidez a pesar de las sombras.
"Un matrimonio sin confianza no es un matrimonio real," había dicho Pánta. ¿Pero no era la confianza precisamente lo que estaba a punto de romper?
Sus dedos vacilaron sobre el mechero. El suave respirar de Ro llenaba la habitación, tan pacífico, tan vulnerable. "Perdóname Guapito," susurró mientras encendía la llama.
La luz dorada iluminó el rostro de su esposo y Cellbit casi deja caer la lámpara, sobrecogido por la impresión. Ante él yacía el ser más hermoso que jamás había contemplado: rasgos delicados pero masculinos, pestañas largas que proyectaban sombras sobre mejillas perfectas, labios rosados que brillaban suaves como tantas veces había fantaseado al besarlos. Su cabello castaño, como hilos de seda oscura, enmarcaba un rostro cuya belleza rivalizaba la de los mismos dioses.
Pero lo más impactante era su cuerpo: un torso esculpido con músculos definidos que creaban sombras tentadoras bajo la tenue luz, venas marcadas serpenteando por sus fuertes brazos, abdominales tallados que descendían hacia un suave vientre bajo. Un rastro seductor de vello oscuro se perdía bajo la tela que cubría parcialmente sus caderas, dejando entrever muslos firmes donde la sábana se había deslizado. Y sobre toda esa perfección física, destellos rosados emanaban de su piel como si estuviera tejida con luz estelar. No era un monstruo - era la encarnación misma de la divinidad.
Una divinidad tan bella y poderosa que solo podía ser resultado de la unión de una pareja. Las piezas encajaron: el único dios al que había podido enfadar por su belleza era Vegetta. Su esposo ya le había confesado que era hijo del dios que tanto lo despreciaba. Lo que significaba que su marido era...
“Cupido” murmuró fascinado inclinándose para tocar el rostro de su esposo. Pero ante tal ángulo, una traicionera gota de aceite caliente cayó sobre el pecho del dios, despertandolo en un grito de dolor.
"¡ARGH! ¿Qué pas...? Oh no..." Sus ojos se encontraron con los suyos bajo la cálida luz de la lámpara. "Cellbo, no..." Sus rosados labios temblaron con dolor. "Dime que no lo hiciste, que es una pesadilla y tú no..."
El príncipe intentó tomar el rostro de su amado “Roier… yo” pero el dios le volteó el rostro. “Cállate”
El rubio con lágrimas corriendo por sus mejillas, tropezaba hacia adelante mientras el dios retrocedía, sus alas temblando visiblemente. "¡Roier, mi amor, déjame explicarte!" gritó Cellbit, extendiendo una mano temblorosa hacia su esposo, sus dedos rozando el aire donde segundos antes había estado el amor de su vida. Sus rodillas amenazaban con ceder bajo el peso de su desesperación. "Guapito, por favor..." su voz se quebró mientras caía de rodillas, sollozando. "Mis hermanos..." Sus manos se aferraron a su propio pecho como si intentara mantener unido su corazón que se hacía pedazos. "Roier, entie—"
"¡CÁLLATE! ¡DEJA DE DECIR MI NOMBRE, CARAJO!"
La tierra debajo retumbó y el rostro de Roier palideció. "¡Mierda! Tú, vete, escóndete lejos", espetó sin mirarlo mientras se vestía a toda velocidad. "Tal vez pueda detenerlo antes de que te encuentre si corres lo suficientemente rápido."
"Guapito, no…"
"¡CÁLLATE Y HAZ LO QUE TE DIGO, CELLBIT! ¡NO VUELVAS A DECIR MI NOMBRE, NO ME VUELVAS A BUSCAR! ¡SOLO ALÉJATE Y NO VUELVAS!", gritó antes de salir volando a toda velocidad, dejando al príncipe sollozando mientras su alma se rompía en mil pedazos.
Roier llegó sin aliento hasta el templo de sus padres, su corazón latiendo con fuerza mientras aterrizaba en los brillantes pasillos de oro. Al llegar a la recámara principal, solo encontró a Foolish, quien lo miraba con brazos cruzados y expresión severa.
"¿En serio, fuiste en contra de tu padre en esto?" La voz del dios dorado estaba cargada de decepción.
"¡No lo entiendes!" exclamó Roier entre lágrimas. "Cuando escuché su destino en el oráculo, cuando vi esos ojos azules... no pude pensar en otra cosa que salvarlo. Este año ha sido el más maravilloso de mi existencia. Padre, tú entiendes el amor mejor que nadie - ese mismo amor que comparten ustedes como almas gemelas, el que te dio a mí, a Leonarda y a mis hermanos. Ese sin el que no puedes respirar. Por favor..." Su voz se quebró. "Si algo sabes… de luchar por por tu otra mitad, así como tú luchaste incluso después del divorcio de papá con Rubius, ayúdame a protegerlo."
Foolish desvió la mirada, incómodo. "Hijo, yo quisiera pero... puede que sea tarde."
Una voz melodiosa pero amenazante resonó por los pasillos. "Roier~ tenemos que hablar, hijo mío... ¿no me vas a presentar formalmente a tu esposo?"
Ambos dioses corrieron hacia la sala del trono. Allí, Vegetta sostenía una espada contra el cuello de Cellbit, sus ojos morados brillando con desprecio divino hacia el humano que yacía arrodillado y magullado frente a él.
"¡Vaya, vaya!" La risa del dios del amor era fría como el hielo. "¿Me explicarías, querido hijo, por qué este impostor - al que específicamente te pedí condenar con un monstruo o el peor de los humanos - está usando el anillo que te regalé por tu primer centenario como argolla matrimonial?"
"¡Estamos casados!" intentó explicar Cellbit, pero Vegetta presionó más la espada.
"¡CÁLLATE IMPOSTOR DE MIERDA!" rugió el dios, lágrimas de rabia brillando en sus ojos. "¡No solo me robaste mis ofrendas, sino a mi hijo!"
Foolish dio un paso adelante. "Vegitta, mi amor, por favor, cálmate... Si los escucharás entenderías que-"
"¡Lo amo!" gritó Cellbit desesperado.
"Gatinho, basta," murmuró Roier con voz temblorosa.
Vegetta soltó otra carcajada. "¡Gatinho! ¡Qué mono, Roier!" exclamó el dios moviendo la espada amenazadoramente. "Siempre poniéndole nombre a tus caprichos. Igualito que con tu pegaso, ¿cómo se llamaba? ¿Timmy?"
"¡No es un capricho!" protestó el cupido, sus puños apretados contra la barrera que el dios morado había colocado en la puerta. "Dice la verdad, ¡Estamos enamorados!"
"¡Déjeme demostrárselo!" suplicó Cellbit desde el suelo, sus ojos azules brillando con determinación mientras intentaba incorporarse. "Haré lo que sea para probar que soy digno de Roier."
"¡No eres digno de nada, ladrón!" escupió Vegetta, presionando más la espada contra su cuello mientras sus alas púrpuras se agitaban furiosas. "¡Te quedaste con mis ofrendas en vez de devolverlas!"
"¡Jamás supe de eso!" protestó Cellbit, su voz quebrada pero firme mientras gotas de sangre corrían por su cuello. "¡Mi padre y mi hermano mayor gestionaban todo!"
"¡No es suficiente!". Rayos amatistas volaron por toda la sala, manchando el cielo de un tono índigo aterrador. Pero en vez de asustarse Cellbit se irguió, mirando directamente a los ojos del dios. "Póngame a prueba. Haré lo que sea por el amor de su hijo."
Un silencio tenso cayó sobre la sala. Finalmente, Vegetta sonrió. "Bien. Descenderás a los infiernos. Cruzarás el río de fuego sin quemarte. Esquivarás las almas hambrientas del Tártaro. Enfrentarás a Cerbero. Y me traerás un frasco de agua de Juvencia... intacto."
Cellbit ni siquiera parpadeó. "Lo haré."
Con un gesto, Vegetta y el mortal se desvanecieron, dejando a Roier sollozando en brazos de su padre.
...
Las semanas pasaron. Roier, desterrado en Atenas, no podía hacer más que llorar por su amor perdido. Hasta que un día, Spreen apareció con una carta urgente de Missa: un joven yacía desmayado, muriendo entre lágrimas mientras lo llamaba.
"Es mi esposo," susurró Roier, y un silencio tenso se instaló entre ellos
"Debes apresurarte," dijo finalmente Spreen. “Si quieres alcanzarlo con la vida… es tu única oportunidad capo”.
"No puedo salir," Roier señaló las puertas selladas. Spreen desapareció un momento, regresando con Leonarda.
"Corre," dijo su hermana mientras abría las puertas. "Spreen y yo nos encargamos." Vio llegar a Foolish, pero el dios dorado solo le guiñó un ojo y le hizo señas de que se fuera.
Roier voló a toda velocidad hacia el inframundo. El dios del infierno intentó explicarle la situación, pero Roier cayó de rodillas junto a su amado, llorando mientras pedía perdón.
"Guapito..." murmuraba Cellbit entre pesadillas. "No me dejes..."
Missa sugirió buscar ayuda de Quackity, siendo el único que podría concederle la inmortalidad antes de que su tiempo se agotara. "Al carajo," gruñó Roier, tomando a Cellbit en brazos. Agradeció a su amigo y voló directo al Olimpo.
Irrumpió en el templo del rey de los dioses, sus alas temblando mientras sostenía el cuerpo cada vez más frío de su amado. Las columnas doradas parecían burlarse de su desesperación mientras suplicaba ayuda al azabache de corona dorada. El eco de sus ruegos rebotaba en las paredes de mármol cuando Vegetta apareció, sus ojos ardiendo con furia.
"¡No completó las pruebas! ¡Merece su castigo, Quackity!" La voz del dios del amor resonó por la sala, pero sus manos temblaban al ver el rostro pálido de su hijo.
"¿Qué pruebas le impusiste?" demandó Quackity, con la calma que padre e hijo no tenían. Su quitón azul ondeando mientras descendía de su trono.
Cuando Vegetta las enumeró, Quackity rió, pero su risa murió al ver cómo la respiración de Cellbit se hacía cada vez más débil. "No mames, Vegetta, ningún mortal podría sobrevivir tanto. Es más, ¡me sorprende que el güerito siga vivo a estas alturas!"
"Guapito..." sollozó Cellbit nuevamente, su voz apenas un susurro mientras sus dedos buscaban débilmente el rostro de Roier.
Roier volvió a suplicar, lágrimas cayendo sobre el rostro de su amado mientras lo acunaba. Quackity miró al dios del amor. "¿Vegetta?"
El dios observó la escena, sus ojos suavizándose al ver cómo su hijo se aferraba al mortal. Sus propias alas se agitaron, recordando el dolor de casi perder a su amor prohibido. "Está bien," susurró, su voz quebrándose. "Si mi hijo lo ama tanto... no puedo negar que su amor es sincero. Ningún ser, divino o humano, ha soportado tales pruebas sin chistar—" Sus ojos se encontraron con los de Foolish entre las sombras del templo, recordando su propio tumultuoso camino y lo que tuvo que hacer para lograr el perdón de los dioses. Con un nudo en la garganta, asintió hacia Quackity. "No me opondré. Sálvalo, por favor."
Una luz dorada envolvió a Cellbit mientras Quackity lo convertía en inmortal. Todos observaron atónitos cómo el color regresaba lentamente a sus mejillas y un mechón de cabellos rubios se tornaba color blanco. Cuando sus ojos azules se abrieron, encontrándose de inmediato con los rosados de Roier repletos de lágrimas, nadie pudo negar que lo que ese par compartía era la forma más visceral de amor romántico.
"Guapito… eres aún más hermoso en la luz," susurró con voz ronca acariciando el rostro de Roier. Tosió. "Atravesaría mil oscuridades más otra vez por ver tu bonito rostro."
"Pendejo," gruñó Roier entre lágrimas antes de besarlo apasionadamente. "Vuelves a hacerme algo así y te mato yo mismo."
Cellbit solo sonrió, perdiéndose en los ojos rosados de su amado mientras la luz de la inmortalidad brillaba a su alrededor.
…
Días después, la pareja yacía dormida en sus aposentos del pequeño templo de Cupido.
"¿Guapito?" Murmuró el príncipe con voz aterciopelada, sus dedos trazando patrones delicados sobre el pecho de su amado mientras sus pestañas rozaban suavemente la piel del dios.
El castaño se estremeció bajo su toque, arqueando levemente la espalda mientras su mano ascendía con ternura para acariciar la espalda baja del ahora inmortal. "Mmm? Sí, Gatinho?" suspiró con los ojos cerrados, deleitándose con el calor de su acompañante.
"¿Tú... tienes un corazón? ¿Así como el mío?" susurró, sus labios rozando la piel del cupido mientras dibujaba pequeños corazones sobre el torso marcado.
Roier dejó escapar una risa entrecortada que se transformó en un gemido ahogado al sentir los labios ardientes del rubio besando su pecho con devoción.
"Cellbit... no puedo..." suspiró ante otro beso que le robó el aliento, "responder si me distraes así..." pero sus manos se aferraron con más fuerza a la cintura del otro, dejando claro que deseaba todo menos soltarlo.
Los besos del ojiazul ascendieron por su cuello como una plegaria, mientras la mano posesiva sostenía el pecho justo sobre el corazón de Roier, esperando su respuesta.
"Tú repartes amor por el mundo Guapito," murmuró contra su piel, dejando un beso húmedo en el hueco de su clavícula. "Todos los mortales ruegan porque los mires y los guíes hacia su destino," otro beso más intenso, seguido de una suave mordida que dejó al ojirosa casi sollozando . "Entonces... debes tener un corazón muy noble, para poder repartir tal don. Para haberme salvado y amarme así, ¿cierto?"
"Sí, lo tengo…" el dios se mordió el labio inferior y con un movimiento fluido giró sobre sí mismo, atrapando al rubio bajo su cuerpo. "Pero late solo por ti, mi vida. En esta y todas las eternidades soy únicamente tuyo, Gatinho." Sus ojos se tornaron fucsias, ahogados en amor mientras acariciaba el rostro de su amado. "Yo no te salvé de ningún destino, fuiste tú quien me salvó. Me regalaste algo que jamás había experimentado Cellbit. Tantos milenios uniendo almas, y nunca había amado de verdad hasta que te vi en el oráculo. Fue entonces cuando supe que te pertenecía."
Su marido sonrió satisfecho. "Pues gracias igual, mi monstruo de otro mundo," Roier soltó una risa cristalina mientras sus dedos se enredaban en el cabello dorado del otro. "Pinche Pitia, nomás porque una vez les rompí una columna con mis flechas me empezó a decir monstruo la culera."
Las manos del príncipe recorrieron la espalda del dios con adoración. "Bueno, en realidad no me perturbaría si lo fueras, eres el monstruo con la voz más bonita que conozco."
"¿Ah, entonces mi cara no te gusta, pendejo?" Sus narices se rozaron en un gesto íntimo que amplió las sonrisas en sus rostros.
"Adoro tu rostro y los rosas que danzan en él. En tus ojos, tus mejillas, tus labios..." cada palabra era puntuada con un beso delicado, "pero me enamoré de ti no por eso, sino por conocerte. Por las horas que hablamos, tus dulces abrazos en las noches, tu protección y cuidado. Mi corazón ya era tuyo desde antes de ver tu belleza física."
En lugar de responder Roier volvió a tomar su boca en un beso que sabía a lágrimas, amor y ambrosía. La pareja volvió a fundirse en sí misma, ignorantes a los destellos rosas que ahora iluminaban el cielo del amanecer, reflejo del intenso amor que emanaba de su palacio.
En otra parte del Olimpo, en su propio templo. Vegetta observaba los destellos melocotón, amaranto y rosa claro en el horizonte. Soltó una risa corta mientras sentía los brazos de su amado envolverlo por la espalda.
"¿Algo te divierte, Vegitta?" preguntó Foolish con una sonrisa, acercándose sigilosamente por detrás.
El dios del amor se giró levemente, sus ojos brillando con diversión. "Heh, nada más un presentimiento."
"¿Oh?" Foolish arqueó una ceja, sus dedos rozando suavemente el brazo de Vegetta. "Que el mito de nuestro pequeño va a ser uno de los más bonitos de toda Grecia," respondió el azabache, reclinándose contra el pecho de su amado.
"Bueno, él y Cellbit lucen muy enamorados, a juzgar por el cielo." Foolish señaló hacia el horizonte con un gesto divertido. "Aunque siempre me gustó más el fucsia o el magenta que tú pones en las nubes, mi amor."
"Ah sí," Vegetta sonrió ladinamente, girándose para enfrentar a su pareja. "Bueno, menos mal que soy todo tuyo. Ya podemos volver a la normalidad mañana."
"O tomorrow tomorrow," susurró Foolish con voz seductora, acortando la distancia entre ellos.
"También," murmuró el ojimorado, sus párpados entrecerrados mientras cerraba la distancia con el dios de la guerra, sus aretes verde y morado destellando contra los tonos rosados del amanecer.
-Fin
