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Cuando Pedro entró a la Facultad de Derecho de la UBA, sintió un déjà vu. Se recordó a sí mismo con diez u once años, subiendo esa misma escalinata junto a sus compañeros del colegio.
Esa semana la habían dedicado a visitar distintas facultades, conociendo sus instalaciones y las carreras que ofrecían.
Pedro era el chico nuevo. Llevaba apenas un mes en el colegio, después de haber pasado los últimos cinco años en un vaivén constante entre Chile y Argentina. Parecía que, por fin, su familia se iba a establecer en este último país. Sin embargo, hacer amigos se le venía complicando, como siempre.
—Pedro, ¿me seguís? —la voz de Guillermo lo trajo de vuelta al presente; su socio ya estaba varios metros adelante.
—Perdoname, Guille —dijo Pedro mientras lo alcanzaba trotando—. Me quedé colgado con un recuerdo, no es nada.
Estaban ahí buscando a un antiguo compañero de Guillermo, que ahora era catedrático. Era un testigo clave para un caso que llevaban. Había habido un altercado en un bar gay, y entre los involucrados había salido a relucir el nombre del Dr. Gonzalo Elizondo. La misión del día era convencerlo de testificar.
—Estuve pensando en volver a dar clases —comentó Guillermo.
—¿De verdad? Suena genial, ¿y qué te detiene?
—No sé... supongo que la exposición. Antes los rumores sobre mi vida privada no eran más que eso: rumores. Ahora habría miradas, susurros...
—¿Y a vos qué te va a importar? ¡Sos Guillermo Graziani, el eminente abogado! —dijo Pedro con tono exagerado, tratando de hacerlo reír—. Te encanta ser el centro de atención, eso es lo que enamora a la gente de vos. ¿Y qué mejor que serlo frente a un grupo de estudiantes deseosos de tus conocimientos?
Guillermo lo miró entornando los ojos, fingiendo que el comentario no le causaba gracia.
—Además —continuó Pedro—, esa clase de habladurías no pudieron con nuestro testigo, por ejemplo.
—Él siempre fue más valiente que yo —respondió Guillermo, suspirando.
—El mundo no se detendrá porque la gente sepa que a vos te gustan los hombres.
Guillermo se encogió de hombros.
Habían llegado al despacho que buscaban. Se oía una charla acalorada adentro. Decidieron esperar afuera.
—Tenés que estar seguro de quién sos acá —dijo Pedro, tocando el pecho de Guille con el dedo índice—. Así nadie te puede lastimar acá —continuó, tocándole ahora la sien.
Guillermo lo miró extrañado.
—¿Dónde aprendiste eso vos?
Pedro dudó. En realidad, no recordaba de dónde había salido esa frase.
—No sé... alguien me lo dijo una vez.
La puerta del despacho se abrió y salió un alumno visiblemente molesto.
—Maricón de mierda —susurró al pasar junto a ellos, sin notar su presencia.
Los abogados se miraron.
—Dale, maricón, apurate —dijo Esteban al pasar junto a Pedro. Era el bully del curso. Él y sus amigos se creían los reyes del colegio, y Pedro era su diversión favorita.
Pedro se sentía distinto a sus compañeros, pero se negaba a pensar que la palabra maricón lo describiera. Sería darle la razón a su padre, y ahora también a Esteban.
El grupo de estudiantes caminaba por los pasillos de la facultad. Pedro iba último, intentando pasar desapercibido. Miraba a los universitarios: se veían tan libres, tan seguros. Se preguntó si, cuando creciera, él también sentiría esa clase de libertad. Si al llegar ese momento al fin podría sentirse cómodo consigo mismo.
La profesora les presentó a sus guías: dos sobresalientes egresados de la facultad. Pedro no sentía mucho interés por nada. La situación en casa le había robado no solo la paz, sino también el entusiasmo. Lo único que de verdad disfrutaba era correr. Sentir la gravilla de la pista bajo las suelas de sus zapatillas, el aire frío rozándole el rostro... Le gustaba imaginar que, si corría lo suficientemente rápido, un día sus pies despegarían del suelo y volaría. Y por fin podría alejarse de todos. Incluso de sí mismo.
—Qué placer verte, Guillermo —saludó el Dr. Elizondo con un beso.
—Igualmente, Gonzalo. Te presento a mi compañero y socio, el Dr. Pedro Beggio.
—¿Compañero y socio? —repitió Gonzalo, mirando a Guille con ojos pícaros.
—En ese orden —bromeó Guillermo.
—Un placer, Pedro —dijo Gonzalo, dándole un cálido abrazo.
Les ofreció asiento y comenzaron a charlar.
—Ese pibe que salió no parecía muy contento... ¿seguís siendo un hijo de puta? —dijo Guillermo, desabotonándose el saco.
—Los jóvenes de ahora quieren todo servido. Aunque quizás también los años me hayan quitado un poco de paciencia...
Guillermo se carcajeó.
—Vos nunca tuviste paciencia, Gonzalo.
—Tenés razón —admitió el abogado—. Vos siempre fuiste el paternal.
Pedro tenía la respiración agitada. Sentía el gusto metálico de la sangre en la boca. El golpe de Esteban lo había tirado al piso, pero la patada en el abdomen había sido la peor parte. Igual, hacía falta más que eso para quebrarlo. En cuanto tuvo oportunidad, se puso de pie y corrió. Como lo hacía en casa cuando huía de su padre. Como lo hacía en la pista, cuando escapaba de sus pensamientos.
Miró en todas direcciones. Reconoció la sala donde habían comenzado el recorrido. Al entrar vio un armario lleno de escobas; como pudo, se escondió ahí, tratando de regular su respiración. De pronto escuchó pasos. La puerta se abrió. Se tapó la boca con ambas manos. Las lágrimas le corrían silenciosas por las mejillas. Moría de miedo.
—Te juro que nada me haría querer dar clases. No duramos ni dos horas con esos pendejitos y ya me duele la cabeza.
—No son tan malos. Exceptuando a ese tal Esteban y su grupo, los demás fueron bastante atentos.
—Siempre fuiste el paternal —dijo el más alto.
Los ojos de ambos se encontraron.
Los abogados se dedicaron a acomodar las sillas de la sala, sin imaginarse que había un niño escondido entre las escobas.
En un momento, las manos de los dos se rozaron de forma casual. Pero en lugar de alejarse, se buscaron. El contacto creció hasta volverse una caricia. No se miraban a los ojos. Miraban sus manos. Cómo danzaban una con la otra, despacio, conociéndose.
Pedro contuvo la respiración. No entendía del todo lo que veía, pero si algo tenía claro era que eso era amor. El amor de las canciones. El amor de los libros. El amor nunca confesado, como el que creyó sentir hacía un año por Roberto, su mejor amigo. Pedro vio amor entre esos hombres como nunca lo había visto entre sus propios padres.
De pronto, uno de ellos susurró:
—Silvina está embarazada.
Las manos se separaron.
—Guillermo…
—No tenés que decir nada.
Silencio.
—Felicitaciones.
Los ojos del futuro padre se llenaron de lágrimas. Miraban suplicantes a su compañero.
—Por favor... no llores por algo que nunca empezó.
Pedro perdió el equilibrio y cayó fuera del armario, directo al piso. Quedó expuesto. Los hombres se alarmaron.
—¿Vos qué hacés ahí? ¿Dónde está tu profesora?
—Tranquilo, Gonzalo. El nene está sangrando.
—Voy a buscar una toalla.
Guillermo se acercó con cuidado. El chico estaba muy alterado.
—¿Quién te hizo esto?
Pedro no podía hablar. Las lágrimas habían vuelto. Seguía sentado en el suelo.
Gonzalo regresó y le limpiaron el rostro.
—Fue ese hijito de puta, ¿no? ¿Esteban?
Pedro asintió.
—Me llama maricón...
Los abogados se miraron. Gonzalo apretó los puños, lleno de rabia.
—¿Se lo dijiste a alguien? —preguntó Guillermo, más calmado.
El chico negó con la cabeza.
—Mi papá también me llama así...
Guillermo respiró hondo. No entendía cómo un padre podía hacerle eso a su hijo.
Gonzalo habló con más serenidad:
—Maricón es una palabra fea que nadie debería usar. Pero te voy a decir algo, pibe: siempre van a intentar herirte con eso. La van a usar como arma, para que vos no seas feliz. Te doy un consejo: tenés que estar seguro de quién sos acá —dijo, tocándole el pecho—, para que nadie pueda lastimarte acá —y le tocó la frente con el mismo dedo—. No importa lo que seas o lo que te guste. Aferrate a eso, y que los demás se vayan a la mierda.
Acto seguido, se puso de pie.
—Voy a buscar a tu profesora.
Pedro lo miró alejarse.
—¿Por qué no puedo ser como los demás? —preguntó, mirando a Guillermo.
—Todos somos distintos. Algunas diferencias se ven, como el color de ojos. Esas no se pueden ocultar. Otras están adentro, como lo que nos gusta o en lo que creemos... esas se pueden mantener en privado.
—¿Eso hacés vos con tu diferencia? ¿La mantenés privada?
Guillermo lo miró. Ese chico tenía más agudeza que varios colegas del estudio.
—Algo así —contestó, pensativo.
—Es como lo que dijiste en el recorrido —dijo Pedro, con mejor ánimo—. Que, aunque tenías miedo al defender a alguien frente a un jurado, te ponías una máscara y fingías que no.
Guillermo lo miró. No supo qué decirle.
La puerta se abrió. Entró Gonzalo con la profesora y el resto del curso.
Pedro se puso de pie de inmediato.
—La pelea la inició un tipo alto, de anteojos. Su cliente no se metió más que para intentar frenar el quilombo. No atacó a nadie.
—Eso es perfecto —comentó Pedro—. ¿Estarías dispuesto a declarar eso en juicio?
—El demandante es hijo de un empresario importante, Gonzalo —interrumpió Guillermo—. Es necesario que lo sepas. No son palabras menores.
—No hay problema. La justicia no admite cobardías.
Pedro abrió los ojos. Esa frase la había escuchado hacía mucho tiempo. Y creía recordar cuándo.
—Dios mío, ¿qué fue lo que pasó? —inquirió la profesora, preocupada al ver el rostro del pequeño Pedro. Se arrodilló frente a él y le tocó las mejillas, aún húmedas por las lágrimas.
Pedro dudó. Tener a todos sus compañeros observándolo, y a Esteban justo enfrente, lo paralizaba.
—La justicia no admite cobardías, pibe —dijo Gonzalo, animándolo.
Pedro respiró hondo. Guillermo quedó impresionado: frente a sus propios ojos, aquel niño delgaducho e inseguro se había transformado en un jovencito firme y decidido. El fuego en sus ojos lo conmovió. El pequeño se armó de valor y le confesó a la maestra todo el acoso del que venía siendo víctima. La voz no le tembló ni un segundo, ni siquiera cuando Esteban intentó interrumpirlo para negar las acusaciones.
"Se puso la máscara", pensó Guillermo. "Ojalá no tengas que vivir con ella puesta para siempre, nene. Sé lo que es eso."
Cuando terminó de dar su versión, la maestra lo abrazó, le agradeció por su sinceridad y le prometió que las cosas cambiarían. A Esteban, en cambio, le aseguró que sus padres se enterarían de todo y que recibiría una sanción importante. Antes de irse, la docente agradeció a los abogados por haber cuidado del chico.
Pedro miró a los abogados mientras hablaban. Acordaron una reunión en el estudio para formalizar la declaración.
Se despidieron entre sonrisas y quedaron en organizar alguna cena, esta vez con el esposo de Gonzalo, quien se encontraba en el aseo durante la pelea en el bar.
Cuando se quedaron solos los dos jóvenes abogados, Gonzalo fue el primero en hablar:
—Vas a ser un buen padre.
Guillermo lo miró.
—Y vos vas a ser un excelente docente.
—Ni en pedo.
Ambos se rieron fuerte.
El aire afuera de la facultad estaba fresco. El otoño se había instalado. Pedro se colgó del brazo de Guillermo. Este lo miró extrañado: no era propio de él hacer ese tipo de muestras de afecto en público.
—¿Y a vos qué te picó?
—Nada... Pensé que no nos haría mal sacarnos la máscara, al menos de vez en cuando.
Guillermo dejó de caminar, bajó la cabeza, pensativo. Miro a su alrededor.
—Quizás tengas razón.
Lo miró a los ojos y lo besó en los labios. Ahí, en medio de la multitud de estudiantes que iban y venían por el campus, nadie los miró más de un segundo.
Pedro tenía razón, el mundo siguió girando como siempre.
