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La brisa de YunMeng, dulce y acuática, apenas lograba disipar la tensión que flotaba en los Salones de Loto. Jiang Cheng, de diez años, respiraba ese aire impregnado de lotos y la inconfundible fragancia del incienso que su madre quemaba sin cesar. Era un aroma familiar, el de su hogar, el Muelle de Loto, pero hoy lo sentía agobiante. Su hermana, Jiang YanLi, un faro de calma y dulzura, intentaba tejer una pulsera de cuentas, sus dedos ágiles, pero su mirada se posaba con preocupación en el niño a su lado.
Jiang Cheng no era un niño fácil. Tenía el temperamento de su madre, Yu ZiYuan, el temperamento de una fiera orgullosa y exigente. Buscaba la perfección en cada golpe de espada, en cada trazo de pincel, en cada lección de etiqueta. Deseaba, con cada fibra de su ser, ser digno sucesor del Líder de la Secta Jiang. Su padre, Jiang FengMian, era un hombre tranquilo y benevolente, de sonrisa apacible y mirada a menudo distante, una distancia que Jiang Cheng sentía punzarle el corazón como una espina. Su padre lo quería, lo sabía, pero no de la misma forma expansiva y despreocupada con la que parecía querer a él.
Y él era Wei Wuxian.
Wei WuXian, el discípulo principal adoptado, el hijo de un sirviente, el sol que eclipsaba al modesto brote de loto. Wei WuXian era el favorito de su padre, el que siempre tenía una sonrisa, el que rompía las reglas con un encanto irrefrenable, el que siempre obtenía elogios, incluso por sus travesuras. Jiang Cheng lo amaba y lo odiaba a partes iguales. Era su da-ge, su hermano de juegos, su cómplice en travesuras que a menudo terminaban con un sermón de su madre. Pero también era la sombra que lo cubría, la vara de medir con la que su madre, y a veces él mismo, sentía que no daba la talla.
Yu ZiYuan, Madam Yu, o mejor conocida como Araña Púrpura, era la manifestación de una tormenta contenida. Su amor por Jiang Cheng era feroz y exigente. Cada crítica, cada reprimenda, era una prueba de su deseo de forjarlo en el líder impecable que ella creía que debía ser. Con Wei WuXian, su ira era un fuego constante, una batalla silenciosa por la atención de su esposo y el futuro de su hijo. Jiang Cheng a menudo era el campo de batalla de esa guerra silenciosa entre sus padres, su corazón infantil atrapado entre el anhelo de aprobación paterna y el peso de las expectativas maternas.
Ese día, la tensión se había vuelto un nudo en la boca del estómago de Jiang Cheng. Una discusión sobre un talismán que Wei WuXian había 'mejorado' (léase: destrozado) había provocado un estallido de la Dama Yu. La reprimenda no fue solo para Wei Wuxian, sino también para Jiang Cheng, por "no controlar a tu hermano mayor". La humillación ardió en su pecho.
"¡Wei Wuxian!", gritó Jiang Cheng, su voz aguda por la frustración, mientras su a-jie YanLi intentaba mediar. "¡Siempre es por tu culpa! ¡Siempre eres tú!"
Wei WuXian, con su sonrisa habitual, solo se encogió de hombros, la burla apenas velada en sus ojos, lo que solo avivó la furia de Jiang Cheng.
En un arrebato de rabia y necesidad de demostrar su valía, Jiang Cheng se lanzó hacia el lago. "¡Demostraré que puedo hacerlo mejor que tú, sin tus trucos tontos!", vociferó, antes de zambullirse para practicar la natación competitiva que tanto adoraba su padre, un escape en el que se sentía libre y fuerte.
Pero el lago, su consuelo habitual, se convirtió en su perdición. En medio de su furia y su prisa por superar sus propias marcas, no vio el tronco a la deriva, oculto bajo los nenúfares. Hubo un golpe seco, un instante de dolor agudo, y luego el frío envolvente del agua se volvió oscuridad.
El Muelle de Loto se sumió en un silencio sepulcral, roto solo por los lamentos ahogados de Jiang YanLi y la voz tensa de Yu ZiYuan dando órdenes. Jiang FengMian, con el rostro pálido y la mirada perdida, supervisaba a los discípulos que sacaban el cuerpo inconsciente de su hijo. La cabeza de Jiang Cheng sangraba profusamente.
Los días se arrastraron, marcados por el ir y venir de los sanadores, los susurros preocupados y la sombra ominosa que se cernía sobre la casa Jiang. Jiang YanLi lloraba en silencio, atendiendo a su hermano con una devoción inquebrantable. Yu ZiYuan se encerró en sus habitaciones, la furia convertida en una pena silenciosa y mordaz, solo saliendo para observar a su hijo, con los ojos hinchados pero duros. Jiang FengMian parecía envejecer con cada hora que pasaba, su habitual calma reemplazada por una ansiedad palpable.
Wei WuXian, por primera vez, no tenía su sonrisa. Se sentía culpable, su rostro reflejaba una profunda tristeza y preocupación. Merodeaba cerca de la habitación de Jiang Cheng, su espíritu habitualmente vivaz, ahora apagado y arrepentido. "Todo es mi culpa", murmuraba una y otra vez, siendo consolado en vano por Jiang YanLi.
La fiebre iba y venía, consumiendo al pequeño Jiang Cheng, cuyo cuerpo se negaba a despertar. Los sanadores hablaban de la "fractura de cráneo" y del "daño interno". La esperanza se reducía a un hilo frágil.
Entonces, un día, a la entrada de la tarde, mientras el sol teñía el lago de dorado y la brisa traía el aroma familiar de los lirios, Jiang Cheng abrió los ojos.
No eran los ojos de un niño de diez años.
Eran los ojos de un hombre adulto, llenos de confusión, pánico y una extraña familiaridad. El hombre parpadeó, sintiendo un punzante dolor de cabeza y una debilidad abrumadora en un cuerpo que no sentía suyo. Su mente era un torbellino de recuerdos, algunos que le pertenecían y otros... otros que eran ajenos.
¿Qué... qué diablos?
El techo de madera tallada, las columnas decoradas con motivos de loto, el ligero vaivén de las cortinas por la brisa... Todo era increíblemente detallado, demasiado real para ser un sueño. Y el dolor, oh, el dolor era real.
Intentó moverse, pero sus extremidades se sentían como gelatina. Apenas pudo levantar una mano y vio una mano pequeña, infantil, con dedos regordetes. Un escalofrío de terror y asombro lo recorrió.
"¡Madam Yu! ¡Jiang-shushu! ¡ShiJie! ¡ChengCheng está despierto!", la voz de un niño resonó con una mezcla de alivio y euforia.
El hombre transmigrado se giró lentamente, su corazón latiendo con fuerza. Vio a un chico joven, de su misma edad aparente, con una coleta alta y ojos grises. Era inconfundible. La túnica negra y roja. La sonrisa amplia y aliviada que ahora mostraba.
Wei Wuxian.
En ese momento, una avalancha de recuerdos ajenos a él, pero ahora inexplicablemente propios, se estrelló en su mente. Fragmentos de una vida de niño: risas compartidas, discusiones infantiles, entrenamientos, la imagen de un padre indulgente y una madre estricta. Y, sobre todo, la constante y abrumadora presencia de Wei WuXian.
Pero no eran solo recuerdos de una infancia. Eran los recuerdos de Jiang Cheng. Jiang Cheng el orgulloso, el celoso, el que vivía a la sombra de su "hermano" adoptado. Jiang Cheng el que sentía el dolor de no ser el favorito, el que anhelaba reconocimiento, el que, en esta vida, estaba destinado a sufrir una tragedia inmensa.
El transmigrador, cuyo nombre original era Li Ming, era un lector ávido de novelas web, un otaku empedernido de su mundo original. Y, para su horror y fascinación, había devorado la novela "Mo Dao Zu Shi" incontables veces. Conocía la trama, los personajes, los destinos. Sabía que Jiang Cheng se convertiría en Sandu ShengShou, el Líder de la Secta Jiang, un hombre amargado y solitario. Sabía que perdería a su familia, que su secta sería masacrada, y que todo, o casi todo, comenzaría con la irrupción de los Wen y la traición percibida de Wei Wuxian.
Su corazón, ahora el de Jiang Cheng, se encogió de una amargura que no era suya y, sin embargo, se sentía increíblemente real.
Wei Wuxian.
Allí estaba, con su rostro aliviado, a punto de lanzarse a su lado. El Jiang Cheng original lo veía como su hermano, su rival. Pero Li Ming, ahora en el cuerpo de Jiang Cheng, veía al futuro Patriarca YiLing, al hombre que, intencional o no, sería el catalizador de la ruina de la Secta Jiang. El que provocaría la muerte de sus padres, la destrucción del Muelle de Loto, el hombre que le arrebataría todo.
Una punzada de resentimiento, fría y acentuada por el conocimiento del futuro, se instaló en el pecho del recién transmigrado. No era el resentimiento infantil de Jiang Cheng por la atención paterna, sino una versión más oscura, forjada por el conocimiento de la tragedia inminente.
"Jiang Cheng, ¿estás bien? ¡Me tenías tan preocupado!", la voz de Wei Wuxian sonó llena de genuina angustia.
El transmigrador, con los ojos aún confusos pero la mente ya trabajando a mil por hora, miró a Wei Ying. Su rostro, el rostro infantil de Jiang Cheng, no mostró el alivio o la alegría que Wei Wuxian esperaba. En su lugar, había una mezcla de lejanía y algo más, algo que Wei WuXian no pudo descifrar.
El nudo en el estómago del transmigrador se apretó. Había transmigrado al cuerpo de Jiang Cheng, el futuro Sandu ShengShou, el hombre cuyo destino estaba entrelazado con el de Wei WuXian de la manera más dolorosa.
No. Esto no va a pasar.
La promesa silenciosa resonó en la mente de Li Ming, ahora Jiang Cheng. Él cambiaría esto. No sería el Jiang Cheng de la novela. No permitiría que Muelle de Loto cayera, no perdería a sus padres, y sobre todo, no dejaría que Wei WuXian dictara su destino ni el de su secta.
Las puertas de la habitación se abrieron de golpe, y Jiang FengMian y Yu ZiYuan entraron, sus rostros marcados por la ansiedad. Madam Yu, por una vez, mostró una expresión de puro alivio al ver a su hijo con los ojos abiertos. Jiang Fengmian se apresuró a su lado, una mano temblorosa buscando su frente.
El nuevo Jiang Cheng los miró, su mente en una carrera frenética. Tenía que actuar normal. Tenía que fingir. Pero mientras sentía el toque de su padre, una extraña sensación de pertenencia y protección lo invadió, seguida de la misma resolución férrea.
El Jiang Cheng de diez años había sufrido un accidente y había caído. Pero quien había despertado, era alguien que conocía el juego y estaba decidido a reescribir las reglas. Y en su corazón, incluso con la confusión y el miedo, ya latía una primera y amarga semilla de resentimiento hacia la figura que, según su conocimiento, representaba el comienzo de todos los problemas.
