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En ese momento tenía dieciséis años. Recuerdo esa mañana en que desperté en los brazos de mi “novia” o al menos así me gustaba llamarla. La miraba con una sonrisa ladeada mientras dormía, ella era linda, ella me gustaba, no la amaba, en ese momento pensaba que nunca amaría como lo amé a él.
No importa si no la amaba, ella me hacía feliz porque me abrazaba con fuerza incluso cuando dormía. Ella me necesitaba. Lloraba cuando no le respondía o no hablábamos por días. Sentirme me necesitado era de las pocas cosas que me hacían sentir querido. O eso pensaba.
Siempre antes de despertarla me apartaba con cuidado y revisaba mi celular, no quería que ella se enterara de las cosas que hacía a sus espaldas y no realmente porque me importaba quedar mal, era porque no quería que ella se alejara, no quería que ella dejara de necesitarme.
En ese tiempo en mi celular siempre habian mensajes de mi mamá. No preguntándome dónde estaba. Solo un mensaje insultante por no haber avisado que no llegaría a casa. A ella no le importaba dónde yo estuviera. Nunca le importó. Los otros mensajes eran más variados: uno de mi novio del colegio, preguntando si quería salir después de clases. Eso me sacaba una sonrisa. También tenía mensajes de una mujer que había conocido por internet hacía unos días. Me preguntaba cómo estaba, si podíamos vernos esa noche en un lugar tranquilo. Eso me gustó más. Me encantaba esa atención. Me hacía sentir deseado. Necesario.
Nunca alcancé a conocer a esa mujer. Recuerdo que era mayor que yo, pero en ese momento no me importaba, porque ‘las personas mayores sí sabían cómo amar a alguien’ o eso me decía a mí mismo.
En ese tiempo, alguien me enseñó que el amor era silencio y por migajas. Desde entonces, buscaba versiones distintas del mismo desastre. Así que constantemente me encontraba con distintas personas para intentar volver a sentir lo que él me enseñó.
Recuerdo que me gustaba despertar a mi novia con un beso rápido, era como si le pidiera perdón por ser un desastre cada vez que la besaba. Le decía que tenía que ir a clases. A veces era una excusa para encontrarme con alguien más antes de ir a la escuela. Ella me sonreía. Por suerte, estábamos en colegios distintos. No habría que fingir mucho. Siempre que lo recuerdo me siento mal por ella, por engañarla, aunque ella fuera una más del montón, ahora que lo veo todo el parámetro, creo que ella fue la única que realmente me amo. Ella me ofreció un amor sincero que yo en ese momento no podía notar.
Cuando llegaba al colegio, siempre era la misma historia. Saludaba a los profesores con mi mejor sonrisa de niño bueno, que en realidad era solo una excusa para coquetearles. Me gustaba guiñar un ojo, verlos apartarse con incomodidad. Me divertía. En el fondo lo odiaba, odiaba que se alejaran, quería que todos me miraran. Que me miraran como él me miraba antes de irse.
Pero los alumnos de primer año eran más divertidos para mí, recuerdo que me trataban como si fuera una especie de rey. Las chicas me daban cartas de amor. Los chicos me invitaban a salir. Pero yo ya tenía novio. Así que debía rechazarlos. “Los mocosos de primero no saben guardar secretos y le dirán a mi novio” eso era lo que yo pensaba.
Con los alumnos mayores era distinto. Los chicos eran más discretos. Besos en los baños. Sexo rápido en el gimnasio durante el receso. Sin preguntas. Sin promesas. Con las chicas era más complicado. Querían citas, tiempo, dulzura. Y yo... no tenía nada de eso para ofrecerles. Me gustaba sentirme querido, pero sólo por un rato. Sólo mientras duraba el juego. Así funcionaba el amor en mi torpe cabeza de adolescente roto.
Mis compañeros de clase, en cambio, me ignoraban. Ya se habían dado cuenta de que, en algún momento, todos se habían besado conmigo o me llevaron a algún rincón oscuro... y todos descubrieron que son uno más del montón. Nunca tuve una buena relación con mis compañeros después de eso.
Además solía robarme a las novias de mis amigos, así que dejaron de hablarme y no pude conseguir más amigos. Me sentaba solo. Pero no me importaba. Siempre encontraba con quién entretenerme.
Mi novio era de otra clase, así que en teoría no sabía nada. Pero si se enteraba de alguna aventura... no importaba mucho, si habían unas cuantas discusiones que siempre prefería evitar pero bastaba con que le pidiera perdón y él volvería a regalarme flores y a besarme. Siempre volvía. Ahora sé que él tenía una fuerte dependencia hacia mi, como si yo fuera lo único bueno para él, por eso me perdonaba todo. Pobre chico que le tocó un novio horrible como yo.
Solía aburrirme mucho en clases, era algo normal para mí ese entonces, era normal simplemente agarrar mis cosas y salir del salón de clases. Nunca tuve problemas por hacer eso, supongo que es porque mis calificaciones eran buenas y yo era un buen estudiante en la parte académica así que los profes no solían decirme nada y yo creía fielmente que ellos me dejaban pasar ese tipo de cosas solo porque yo era un chico lindo. En realidad simplemente me dejaban hacer lo que quisiera para que yo no hiciera un escándalo.
Ese día me escapé en la segunda mitad de la clase de matemáticas y me escondí en las gradas del gimnasio con un chico de último año. Nos besamos. Era brusco. Me jalaba el cabello y me decía cosas horribles con una voz tan ronca que parecía cariño. Me encantaba. No lo amaba, pero era lo más parecido al amor. O eso pensaba. Me decía "putita" y "guarrilla" y yo me derretía. Porque el me estaba viendo. Me deseaba.
Pero no era suficiente. Nunca lo era. Siempre terminaba recordando a mi verdadero amor. El único. El que se fue. Nadie me amó como él. Nadie me rompió como él. Mi mente siempre se nublaba cuando lo recordaba.
Justo cuando el chico se quitó la camisa y me empujó al suelo, la puerta del gimnasio se abrió de golpe.
—¿Joder, había clases a esta hora? —dijo el chico. Cómo siempre se arreglaba la ropa y se alejaba corriendo sin decirme nada. Sin ayudarme. Yo sentía que ese tipo de actos eran de cariño. Ese era el tipo de personas que me gustaban, ‘él’ me enseñó amar de esa manera.
Me gustaban los que no me hablaban o mejor dicho… me obsesionaban. Me arrastraban como cuchillas envueltas en caramelo.
Había uno, de un curso superior, que ni siquiera sabía mi nombre. Me miraba mal. Cada vez que él pasaba con sus amigos, decía algo entre dientes. Ellos se reían. Yo fingía que no lo escuchaba. Que no me afectaba. Pero en mi cabeza… era otra historia.
Me imaginaba que me empujaba contra una pared. Que me decía “cállate”. Que me agarraba la cara con rabia. Y luego, que me besaba como si me odiara.
Ridículo, ¿no?
Pero ahí, en esas fantasías absurdas, yo me sentía visto. Deseado. No amado. Pero sí elegido. Y eso, en ese momento de mi vida, era lo más parecido al amor que podía soportar.
Me tocaba pensando en eso. En que alguien me despreciara tanto… que no pudiera evitar tocarme.
Y lloraba después.
Siempre lloraba después.
Me levanté como pude y me arreglé la ropa. Entonces lo vi. A él. Muguruma Kensei. Era el nuevo profesor de educación física y deportes. Le hacía clases a los chicos de primero. Recuerdo haberlos visto a todos en fila, tiesos, muertos de miedo. Él les ordenó trotar. Ellos obedecieron.
Y yo... yo me enamoré.
Tenía esa cara de querer golpear a todos. Brazos cruzados. Mandíbula apretada. Mirada que juzga sin hablar. Amor a primera vista.
Yo pensé: “Este es el tipo que me va a sanar.”
No lo pensé con esas palabras, claro que no, en ese tiempo probablemente dije algo sobre lo fuerte que se ven sus brazos y la facilidad que él tendría para aplastarme.
Pero lo que realmente quería era otra cosa, yo quería que alguien como Muguruma-sensei me mirara, se preocupara, me amara y me sanara.
Pregunte por él en la siguiente clase y aunque mis compañeros no solían hablarme por gusto si respondían cuando yo preguntaba cosas, solo debía poner ojitos de cachorro para que ellos soltaran la lengua para que a los minutos después ellos recordarán que soy un roba novias y me ignoraran nuevamente. Ellos me dijeron que Muguruma-sensei era un cabrón. Que había hecho llorar a uno del equipo de fútbol. Que era un tirano en sus clases y que no tenía nada de paciencia.
Para mí, eso era como decir que era perfecto. Cómo un dios. Yo no podía resistirme a un dios enojado.
Ahora lo pienso y siento que debí verme tan patético pensando esas cosas. Realmente solo era un niño roto que quería desesperadamente la atención de alguien.
Fueron varias semanas intentando llamar la atención de Muguruma-sensei Pero siempre que me veía me ignoraba y no entendía porque. Es obvio que él no tendría ningún interés en mi, yo ni siquiera era parte de su clase y probablemente los otros profesores ya le habrían dicho cosas sobre mi.
En mi cabeza la razón del rechazo constante de ese hombre era mi novio. Mi novio solía regalarme cosas todos los días, siempre alguna flor o dulce, cualquier cosa y realmente creía que cuando Muguruma-sensei me veía con esas cosas él sentía celos o al menos enojo por saber que yo era de alguien más, así que mi solución fue simple.
Empecé a rechazar a mi novio. Le dije que necesitaba espacio. Mi novio me suplicó, no quería romper conmigo, que me ha perdonado todas las infidelidades con tal de seguir conmigo. Pero yo lo rechace como quien tira un dulce que ya no le gusta. Me avergüenza mucho eso, en ese entonces no me importaba, ahora simplemente me gustaría saber porque ese niño quería tanto estar conmigo como para perdonarme siempre, era dependiente, eso lo sé, me gustaría saber por qué, tal vez algún día me vuelva a encontrar con él, aunque lo mejor sería que no, él no merece eso. Simplemente espero que él esté teniendo una buena vida ahora.
Cuando estuve oficialmente soltero en la escuela, específicamente en la escuela. Fuera de ella tenía una novia aún y un par de personas con las solía juntarme. Empecé a buscar a Muguruma-sensei. Caminaba por donde sabía que él estaría. Me perdía a propósito. Me acercaba y le preguntaba:
—¿Sensei, me ayuda?~
Él me miraba, nada más. Cómo si yo fuera un bicho raro a sus ojos. Una vez dijo:
—No eres mi alumno, no molestes.
Otra vez, me despreció. Y yo... me obsesioné. Definitivamente me enamore. Me sentía tan amado cuando me ignoraba, me sentía igual que cuando ese hombre estaba en mi vida. Ese hombre que me dijo que me quería. Que me entendía.
Tenía catorce años cuando pasó. Él tenía veintinueve. Pensé que era amor. Pensé que era especial. Ahora entiendo que él solo quería a alguien callado. Alguien dispuesto.
Recuerdo que cuando ese hombre se fue de la escuela, yo me callé. Porque pensé que era mi culpa. Que lo arruiné. Que no supe amar como él quería que lo hiciera.
Antes realmente creía que así se sentía el amor.
El amor debía ser distante, fugaz, necesitado y lleno de deseo junto con la soledad y el dolor. Si no dolía, no era amor.
Estaba tan equivocado.
Cuando conocí a Muguruma-sensei, lo vi como una segunda oportunidad, como una persona que podría arreglarme y amarme sin irse ni alejarse como lo hizo ese hombre. Como alguien me dijera "te veo" sin que tuviera que quitarme la ropa. Claro, no lo habría dicho de esa forma, pero en ese momento no sabía lo que sentía. Simplemente quería a alguien que me amara por un rato y que no se alejara como ese hombre, eso era lo que yo creía.
Una tarde, lo esperé afuera del gimnasio. Me miró como si no entendiera por qué seguía ahí.
—No sé a qué juego crees que estás jugando, pero no estoy interesado.
Me lo dijo así. Serio. Frío. Como un golpe seco. Me reí. Por orgullo. Por no saber qué más hacer.
—Está bien, Como quieras —le dije. Como si me diera igual.
No me daba igual.
Estaba tan ‘enamorado’ que empecé a ignorar a mi novia. Muguruma-sensei era más importante en ese momento. Ella se enojó. Me terminó. Sentí que ella me había dado la espalda porque ella me había dicho muchas veces que me amaba. Y de todos modos me terminó. Era una mentirosa.
Por supuesto que no era una mentirosa, era una pobre chica con un novio de mierda. Ella quería una relación sana y buena, su estúpido novio no sabía que lo que significaba ‘relación sana y buena’. Realmente siento que debo disculparme con todos ellos, sé que mis intenciones nunca fueron malas, era un niño roto que no sabía lo que era el amor, es normal cometer errores, pero de todos modos ninguno de mis novios o mis novias merecían algo así.
Recuerdo que cuando mi novia me terminó, me puse furioso. No por amor. No por tristeza. Fue orgullo.
Fue berrinche.
Abrí el celular, borré todos los contactos. Los bloqueé también. Uno por uno. Y sí, la mayoría eran adultos que no tenían nada que estar haciendo hablando con un chico como yo. Así que, aunque lo hice por despecho… fue una buena decisión.
Ojalá lo hubiera hecho antes. Por mí. No por enojo.
Después de eso, me sentí vacío. Como si al borrar esos números hubiera perdido algo más que conversaciones. Perdí atención. Perdí ‘amor’. Mi pequeño mundo donde yo era el centro de atención de varias personas se había ido por un berrinche.
Me sentí solo, por supuesto, no lo iba a demostrar. Tenía que compensarlo. Tenía que actuar como si nada doliera. Como si estuviera por encima de todo.
Así que cuando sonó el timbre del recreo, ya sabía lo que iba a hacer. Iba a jugar al mismo juego de siempre:
el del chico que coquetea, que seduce, que busca miradas…
aunque por dentro estuviera más solo que nunca.
El recreo olía a cigarro barato y jugo derramado. Yo estaba apoyado contra la reja, practicando esa pose de “me da igual todo” que me gustaba usar frente a los demás.
Masticaba un dulce sin ganas. De esos duros que se quedan pegados a los dientes. En la boca, un chiste listo para ser disparado.
Vi pasar a una chica de primero. Pelo ordenado, cara redonda y bonita.
—¿Te perdiste, princesa? —le dije, apenas curvando los labios—. Si necesitas un guía turístico… cobro barato.
Rió. Esa risa nerviosa y sonrojada. Y entonces, la voz de alguien me atravesó como un ladrillo:
—¡Déjala en paz, maricón! ¡Ya basta de acosar menores!
Me giré despacio.
Ahí estaba, un payaso que hace meses que no me hablaba.
Él es un chico de un grado mayor. Alto, torpe, siempre gritando, como si eso lo volviera interesante.
Algunos compañeros rieron. No con ganas. Con esa risa incómoda que sabe que algo malo está por pasar.
Fruncí el ceño. Solo un segundo. Luego sonreí.
—Uy,… ¿otra vez con tus celos? ¿O ya olvidaste cómo me suplicabas que no contara lo que hacías conmigo en los camarines?
Silencio...
La chica se congeló.
Luego, sin decir nada, dio media vuelta y se fue. Rápido. Sin mirar atrás.
El resto también retrocedió. Algunos rieron por lo bajo, ese tipo de risa que mezcla morbo y asco. Otros simplemente huyeron.
Y yo me quedé ahí. Solo.
En el centro del patio, como si fuera parte de la escenografía. Me bajaron los hombros. La boca se me frunció. Por un segundo —solo uno— el show se me vino abajo.
Y fue entonces que lo vi.
Muguruma-sensei
Del otro lado del patio, de pie con una carpeta bajo el brazo. Viéndome. Quieto. Sin decir nada. Su expresión no era de fastidio, ni de sorpresa, era otra cosa que yo en ese momento no lograba saber que era. Como si, por primera vez, estuviera viendo el fondo del personaje. Me enderecé.
Sonreí. Esa sonrisa torcida de “te pillé mirando”
—¿Qué pasa? ¿Me va a castigar por ser irresistible?
Él no respondió. Pero ya no era el mismo Muguruma-sensei que me ignoraba. Me estaba viendo. Él no veía el problema. Me veía a mí. Me sentí expuesto, no me gustó.
Toda esa preocupación se eliminó cuando tocó el timbre para volver a clases.
No pude dejar de pensar en los ojos de Muguruma-sensei. Lo quería tanto, lo quería para mí. Mi necesidad de atención incrementó.
Después de todo ese escándalo, vino lo peor.
Un día lo vi a Muguruma-sensei hablando con una chica del curso de al lado. Se reían. Él le revolvió el cabello. ¡Le revolvió el cabello! Sentí que algo se rompía dentro de mí. Me hervía la sangre. Eran celos. Furiosos. Ridículos. Adolescentes.
Me acerqué fingiendo que buscaba algo. La chica se fue. Él me miró con esa cara de siempre.
—¿Qué necesitas ahora, Hisagi?
—Nada. Solo pasaba por aquí— dije con una voz melosa.
No respondió. Se fue. Me dejó ahí. Solo, con la sonrisa muerta en la cara.
Lo que más me dolía no era que no me quisiera. Era que no me necesitara.
Eso me hacía sentir fatal. El amor era un sentimiento fuerte, fugaz. Si Muguruma-sensei no me necesitaba entonces no me amaba y eso significaba que yo no valgo nada, pero eso no importaba porque lo único que debía hacer era decirle lo mucho que lo amaba y que estaba completamente dispuesto a ser lo que él quisiera que fuera. Si, porque sabía que en algún momento ese hombre me amaría.
¿Qué sentido tenía ese pensamiento? Ninguno, simplemente era un adolescente con falta de atención. En casa no tenía la atención necesaria, ahora sé que eso fue negligencia pero incluso ahora, que veo todo de una manera más amplia, no puedo culpar a mi madre, ella tuvo sus problemas. Ahora puedo decir que sí, ella sí es una mala madre pero no es una mala mujer, simplemente no tuvo como seguir adelante y con un hijo tan problemático como yo, era difícil. No es que la esté justificando, fue una madre terrible pero ya la perdone, simplemente no puedo odiarla ni tenerle rencor.
Y en la escuela la atención que recibía era pura atención sexual, gracias a que yo, según todos los maestros era un ‘sucio provocador’
Ahora entiendo que ese tipo de comportamientos es una llamada de auxilio común en los chicos como yo. Fue un grito de ayuda que nadie escuchó. Aunque sí tengo en cuenta lo horrible que era esa escuela, probablemente los adultos que trabajan ahí ya sabían que yo estaba en problemas y nadie quiso ayudarme.
Nadie, solo Muguruma-sensei.
En medio de todo mi berrinche por lo que había sucedido ese día, llegué a casa y escribí una carta. Fue humillante y triste. Le puse perfume. Me temblaba la mano. Le dije que sabía que no era el momento. Que no era sano Y le expliqué lo mucho que lo amaba y que lo necesitaba.
La firmé con mi nombre. Sin apellido. Solo "Shuhei".
La dejé en su casilla. Como quien se lanza por un acantilado y espera que alguien lo atrape. Yo creía que estaba siendo valiente.
En realidad, estaba pidiendo ayuda y no sabía cómo.
No me respondió. Obvio.
Lo que sí pasó fue que me llamaron a dirección. Con mi madre. Con el orientador. Y con Muguruma-sensei ahí, sin mirarme directamente.
El orientador habló. Muguruma-sensei no. Explicaba la situación y que mi comportamiento incomodaba a los profesores. Mi mamá gritó. Yo mentí. Dije que era una broma. Que estaba probando algo para un taller de literatura. Que era ficción. Sonriendo como si todo me pareciera una broma, nada importaba.
Me importaba mucho, ese día estaba muy asustado, no quería alejarme de Muguruma-sensei, tampoco quería que mi madre se enojara y me despreciará más de lo que ya lo hacía en ese momento.
Nadie me creyó mi mentira. Pero tampoco podían probar nada, así que me dejaron ir. Sin castigo. Pero con una advertencia:
“Un paso más, y se toman medidas.”
Recuerdo haber puesto una mueca de desinterés, pero en el fondo quería que alguien me dijera: ‘No te preocupes, estás enamorado, es normal hacer cosas tontas. Solo no sigas acosando a tus mayores, vamos a ayudarte’.
Nadie lo hizo
