Work Text:
Gonzalo, gran amigo y además primo materno de Numa, llegó corriendo al aula 204 del Colegio Seminario, gritando feliz:
—¡Tenemos fiesta de quinceañero este sábado!
Los demás chicos lo rodearon, aprovechando que todavía faltaban unos minutos para que terminase el recreo, antes de comenzar la clase de matemáticas.
—¡Perfecto! Este sábado la rompemos en la pista —manifestó Numa con una sonrisa radiante—. Será un día especial.
—Amigo, ya sabemos que te gustan las fiestas y que siempre nos insistís en que hay que bailar... y que hay que bailar... Pero, ¿por qué sería un día especial? —preguntó Pancho
—Bo. ¿Acaso no lo notaron? ¡Es el quinceañero de María, el crush de Numa! —contó Alfredo Cibils
—¡Uhhhh! —se burlaron unos.
—¡Awww! —dijeron, otros, los más románticos.
—¡Ya nos exhibiste! —se quejó Numa, que tenía el promedio más alto del salón.
—¿Seguro que vas a poder bailar? Mirá que no te vayas a poner nervioso, con lo tímido que sos.
—Voy a estar nervioso, sí, pero esta oportunidad no la pienso desperdiciar.
—Además —los animó Gonzalo—, por si no se dieron cuenta ¡van a estar las chicas del colegio Inmaculado Corazón, donde estudia María!
—Excelente información —intervino Leonardo mientras empezaba a comer su manzana y le invitaba otra a su mellizo.
—María es la mina más linda... Tenés que prepararte bien para que, por lo menos, te mire un ratito —bromearon Julio y Raúl.
El sábado siguiente, después de las clases, Numa y sus amigos no fueron a jugar al fútbol como siempre hacían. Esa vez todos los del salón regresaron temprano a sus casas para prepararse e ir a la fiesta. No faltaron litros de colonia ni cantidades impresionantes de gomina… además de algunos cortes en el rostro por no saber aún afeitarse bien.
Todas las chicas también estaban emocionadas, porque venían los guapos chicos del Colegio Seminario, también algunos del Stella Maris... y quién sabe, si por ahí una que otra se ponía de novia.
La fiesta se celebraría en la casa de la cumpleañera. Para albergar a la muchachada, retiraron todos los muebles del enorme salón principal. El piso de parquet brillaba como un espejo: estaba especialmente encerado y pulido para la ocasión.
Los chicos, ilusionados, engominados y nerviosos, con traje y corbata, se formaron en una fila. Con sus trajes tan elegantes parecían angelitos que no rompían un plato, a diferencia de sus días en el colegio, cuando los severos jesuitas no los veían y hacían travesura y media. Frente a ellos, otra fila de jovencitas parlanchinas y con vaporosos vestidos los esperaba.
La fila de mujeres miró a la de hombres con timidez, y viceversa, esperando el momento del gran baile. Entonces, del tocadiscos empezaron a salir las primeras tonadas de Long Tall Sally, el último éxito de los Beatles.
Practicando en casa con sus hermanos, Numa ya tenía los pasos mentalmente preparados: giros, saltos, el clásico air guitar... Fue el primero en salir a la pista de baile y adelantarse en sacar a bailar a María, listo para darlo todo. Hasta que intentó un giro, resbaló en el parquet tan reluciente que parecía de cristal, perdió el equilibrio y ¡paff! al suelo. Silencio total… y el inexperto bailarín completamente abochornado, pálido y enmudecido por el dolor.
Los amigos de Numa y las chicas lo ayudaron, llevaron a otro ambiente de la casa y reaccionaron como todo buen grupo de compañeros de secundaria: con una mezcla perfecta entre preocupación, risas mal disimuladas y por ahí un “Te lo dije” de alguien que, en realidad, nunca había dicho nada.
—Numita, se trataba de bailar, no de trapear el parquet con tu ropa —bromeó Cibils.
—¿Qué pasó? ¡Si ya te habías aprendido bien los pasos prohibidos! —dijo Gonzalo.
Después del susto, Leo y Pancho se sentaron a su lado llevándole una porción de torta, bocaditos y refresco de parte de los dueños de casa. La madre de María ya estaba pensando cómo avisarle a la familia de Numa mientras que el pobre no sabía dónde meterse.
—Gracias amigos, pero no detengan nada por mí, sigan divirtiéndose. Voy a descansar un momento. —luego se dirigió a los padres de María— Por favor, discúlpenme por todo el desastre. Creo que ya arruiné la fiesta... se me cae la cara de vergüenza.
—Tranquilo, hijito, esto le puede pasar a cualquiera.
Tímido y culposo, Numa pensó con tristeza: María nunca me va a perdonar por esto. Ni siquiera hemos empezado, y ya todo terminó.
Doña Isabel y don Gastón llegaron muy preocupados a buscar a sus hijos.
—Pero, mamá, no hace falta que Leo se pierda la fiesta. Yo voy a estar bien muy pronto. Solo me lastimé la mano izquierda —protestó Numa desde el sofá.
—Ya dije que se regresan los dos conmigo y con papá —sentenció doña Isabel, tajante.
—Numa, prefiero volver contigo a casa —aseguró Leonardo, tratando de tranquilizar a su hermano—. Ya tendremos otros quinceañeros. Pero ahora sí… tratá de no caerte —bromeó, dándole un golpecito en el hombro.
—Ya no quiero bailar, ya no me gusta —Numa hizo un puchero y se apoyó con tristeza en el hombro de su mellizo.
Lo subieron al auto y lo llevaron directo a urgencias. Numa no se había lastimado solamente la mano como creía, se había fracturado también el brazo. Resultado: yeso hasta el codo, reposo obligatorio, reprimenda de papá y mamá por arrancar a bailar como un desaforado y nada de escuela por lo menos en tres días.
Pero Numa insistió en volver a clases para no atrasarse.
El lunes se apareció en el colegio como un héroe de guerra: caminando despacio y con el brazo inmovilizado. Al entrar al aula, sus compañeros lo recibieron con una ruidosa ovación.
Los profesores ya estaban al tanto de todo, porque el chisme no perdona. Así que el sacerdote que les enseñaba geografía exclamó:
—¿¡Por qué no me avisaron!? Yo les habría enseñado a ustedes algunos pasos y trucos. ¡Cuando era joven, allá en España, era el alma de la fiesta!
—Profesor… no creo que en su época se escuchara rock al estilo de los Beatles... o que haya existido la música cuando usted era joven —comentó Pancho, entre risas.
—¡Señor Delgado, queda usted castigado por insinuar que su profesor es viejo! Váyase al rincón... ¡y póngase esas orejas!
Gracias a sus compañeros, el yeso quedó lleno de dibujos y con mensajes estrafalarios tipo “Numa, leyenda del rock”, “Sos mi ídolo”, “Decile a Alfredo que me devuelva mi borrador”.
Terminaba la clase de geografía y venía la de literatura. Los chicos estaban felices porque su profesor de literatura se encontraba indispuesto y, excepto Numa y Leonardo, los demás alumnos no habían hecho la tarea. Creían que tendrían la tarde libre, Lo que no sospechaban era que vendría un suplente.
En lugar del docente habitual, apareció un hombre joven, de ojos vivaces, sonrisa serena y con un marcado acento argentino.
—Buenos días, muchachos. Por algunas semanas, voy a estar a cargo de su clase —anunció con amabilidad, dejando su portafolio sobre el escritorio y sacando una caja de tizas muy blanca de su bolsillo—. Su profesor titular está indispuesto, así que espero que me tengan un poquito de paciencia y nos llevemos bien.
El nuevo maestro se veía muy joven, quizá de 28 años, pensó Numa. Les contó que era seminarista, que todavía no lo habían ordenado sacerdote, para eso le faltaban unos cuatro o cinco años más.
—Ustedes se preguntarán qué hago acá, en Montevideo y en el Colegio Seminario… yo también me lo estoy preguntando —toda la clase estalló en risas —. La verdad es que me gusta la docencia, pero todavía no se abrió una oportunidad en mi país. Así que, estando de visita acá, me ofrecieron entrar con este grupo.
A mitad de la sesión de aprendizaje tuvieron un descanso.
—¿Y ese yeso? —preguntó, dirigiéndose a Numa.
—Una fiesta con suelo encerado. Mala combinación —contestó Numa, un poco avergonzado.
El joven docente lo miró con complicidad y, en voz baja, le confesó:
—Una vez también me caí en un baile, pero logré que pareciera parte de la coreografía. Les dije a todos mis amigos: “¡Así bailo siempre!”. El secreto es improvisar y poner cara de que todo ya está preparado y es parte de un plan.
—Maestro … lo malo es que todo sucedió en la casa de la chica que me gusta. Seguro está pensando que soy un tonto.
—No creo que piense eso —respondió el profesor—. ¿A quién no le pasa cometer alguna torpeza de vez en cuando? No podés negar que seguramente llamaste su atención. Para bien o para mal, algo va a salir de eso. Así que, no te desanimes.
—Es que creo que ya no voy a bailar jamás en mi vida… soy un inútil.
—Nunca digas “jamás” o que sos un inútil. Y, si podés, no dejes de bailar. El baile y la diversión, bien llevados, no son incompatibles con una vida cristiana y piadosa. A Dios le gusta que la gente esté alegre.
—¿Usted cree que esto pueda mejorar? ¿Que la gente se olvide de la forma desastrosa en la que me caí?
—Por supuesto que lo van a olvidar. Porque con el tiempo, tus virtudes —que deben ser muchas— van a influir más. Y quién te dice… tal vez pronto tengas noticias de María.
—¿Cómo sabe que es María?
—Porque las noticias me llegaron antes de que yo entrara al salón —respondió el seminarista, con una sonrisa traviesa, antes de ir por un café
—¿Y a vos, Pancho? ¿Cómo te fue en el quinceañero, después de que papá y mamá nos recogieron a Leo y a mí? —preguntó Numa, girando hacia el pupitre de su mejor amigo.
—Muy bien —respondió Pancho, con una sonrisa algo tímida—. No te lo conté antes porque me dio pena que no pudieras quedarte. Yo quería volver con vos…
—Y yo te dije que era mejor que te quedaras en la fiesta.
—Sí, y fue un buen consejo el que me diste… porque conocí a una chica muy linda.
—¿Sí? ¿Y cómo se llama?
—Su nombre es Susana Sartori. ¡Es la mina más bella de todo el universo!
Numa carraspeó, divertido.
—Ah, perdón... junto con María, son las más bellas —corrigió Pancho rápidamente.
—Me alegro mucho por vos. Ojalá yo la pueda saludar pronto.
—Yo creo que sí… porque estoy pensando en pedirle que sea mi novia.
— ¡Pero si recién la conociste!
—Eso no importa. ¡Ya sé que es el amor de mi vida…!
El joven seminarista resultó ser un profesor muy ameno e ingenioso, con gran sentido del humor, que, como buen jesuita, los motivaba a reflexionar. Numa y Leonardo pronto le tomaron un gran aprecio. El suplente no solo era profesor de literatura, sino también de filosofía y química, su especialidad. Los treinta chicos del salón empezaron a considerar que tal vez podrían pedir que él les dictara esas materias también, porque el profesor de filosofía —un sacerdote muy viejito— era, según ellos, demasiado aburrido.
Pasaron unos cinco días y, a la salida de la escuela, antes de que llegara el automóvil de los Turcatti a recogerlos junto a Pancho, una jovencita con uniforme se acercó corriendo a Numa.
—Tomá, esto es para vos —le dijo, entregándole un sobrecito.
—¿Qué es? —preguntó, sorprendido.
—Es de mi amiga. Leelo… solo después de dos minutos —respondió ella con una sonrisa fugaz, y se alejó a toda prisa.
Numa esperó los dos minutos como la niña le había pedido. Luego lo abrió y encontró una nota escrita a mano:
¡Hola!
Espero que estés mejor. No pude llamarte para saber cómo estabas después de tu caída porque no tengo tu número… y tampoco llegaste a decirme tu nombre. Pero ya te conocía de vista. Mi quinceañero no fue lo mismo sin vos. En una próxima fiesta me encantaría bailar con vos, si todavía tengo oportunidad.
María Jardi.
El profesor suplente salió a la puerta principal del colegio para verificar que todos los alumnos regresaran a sus casas. Se encontró con Numa y sus amigos, con caras de felicidad
—¿Qué pasó, muchachos? ¿Será porque el Nacional metió más goles hoy?
—No es por eso, profesor… pero sí, varios somos hinchas del Nacional. ¿Usted, de qué equipo es allá en Argentina?
—Yo soy del San Lorenzo. Aunque si me invitan a ver un clásico uruguayo, no me ofendo.
—¡Hecho, profesor!
— Maestro, usted tenía razón. Parece que todavía tengo oportunidad con María —contestó Numa, con una alegría contenida.
—¡Qué bueno! —respondió el docente, sonriendo—. Sabía que, tarde o temprano, todo iba a salir bien. A propósito… linda decoración la del yeso —agregó, señalando el brazo de Numa.
—Maestro… —dijo Numa, con su habitual timidez—. No sé si sería un atrevimiento, pero… por favor… ¿podría firmarme el yeso?
—Por supuesto —respondió el profesor, con naturalidad.
Numa le agradeció y luego subió al coche familiar. Mientras se acomodaba en el asiento, volvió a mirar su brazo. Justo encima del yeso blanco, reconoció la letra del profesor, elaborada y elegante. La dedicatoria decía:
“Querido Numa, nunca dejés de bailar.”
Tu profesor y amigo, Jorge Mario Bergoglio.
