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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-06-30
Updated:
2025-07-04
Words:
7,079
Chapters:
5/?
Comments:
3
Kudos:
29
Bookmarks:
2
Hits:
453

El precio de un sueño

Summary:

Enzo se va del país después de ser reclutado por un equipo de futbol extranjero. Tiene la promesa de volver por Julian, su novio, sin saber que él iba a desaparecer... y con dos pequeños dentro suyo.

-Julienzo
-Mpreg
-Escenas de violencia
-Drama
-Romance

Notes:

Buenass les traigo una nueva adaptación al Julienzo, espero que les guste y el fic original pertenece a Liliwr en Wattpad.

Chapter 1: Prologo

Chapter Text

Prologo

 

-¡Julian! -Abrí los ojos sobresaltado, conteniendo la respiración. 

De inmediato recordé que no estaba en casa, sino en el trabajo. El pánico me recorrió el cuerpo y empujado por los nervios, me levanté demasiado rápido. Mi cabeza, aún adormecida, no lo soportó, y puntos negros invadieron mi visión por completo. 

-Te volviste a dormir -mi compañera me sostuvo por los hombros al notar la inestabilidad y con cuidado, me ayudó a sentarme de nuevo-. Te habría dejado descansar, pero temo que te vean- murmuró cerca de mi oído, frotando mis brazos con sus manos, como si tratara de transmitirme algo de calor. 

Asentí en agradecimiento, llevando ambas manos a mi rostro. 

Respiré profundo, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con brotar. Estoy tan cansado, quiero irme a la cama de una vez. Presioné los labios y cerré los ojos. 

Cuando mi mente finalmente se despejó y pude enfocar la vista, busqué el reloj en la pared. Faltaban 40 minutos para que mi turno terminara. 

Frustrado, me acomodé en la silla para retomar mis labores. Por suerte, podía trabajar sentado; de cualquier otra forma, el dolor físico sería aún más insoportable. 

Me encargaba de embalar productos para una empresa, desde cremas hasta accesorios costosos que jamás podría permitirme.  

Acomodé mi postura, escuchando mis huesos crujir por encima del ruido de las máquinas y la radio de mi compañera que estaba a un lado. 

Prefería que me dolieran los brazos y los hombros a soportar la pesadez en mi espalda, una carga que algunos días me impedía levantarme del sillon. 

¿Cambiarían las cosas algún día? Esa pregunta resonaba en mi cabeza todos los días, aunque estos últimos meses me forzaba a olvidarla. 

No puedo estar triste, no debo. 

Solo me quedaba esperar que, de alguna manera, todo mejorara. 

Mientras terminaba de embalar una caja de perfumes, escuché a la chica a mi lado tararear en voz baja. 

Ojalá ella pueda cumplir sus sueños, quiere ser artista y tiene mucho talento. Mientras trabajamos, suele mostrarme sus composiciones; ella sería una gran estrella, tiene ese brillo en los ojos que se ve pocas veces. 

Es igual que él. 

Espero que pueda cumplirlos sin tener que sufrir tanto. 

Después de lo que pareció una eternidad y media, finalmente, el horario de cierre llegó. Recogí mis pertenencias en el área de descanso y me despedí de mi compañera antes de avanzar hacia la calle, apresurado. Afuera el aire comenzaba a sentirse más frío. El invierno estaba cerca, y pronto necesitaría ropa de abrigo y quizás una manta extra. 

Tal vez pueda juntar lo suficiente si uso el pequeño ahorro que junté para comprar frutas. 

El viaje a casa era una combinación de autobús y caminata, que sería mucho más sencillo si pudiera permitirme un taxi, pero lo estaba reservando para algún momento en el que realmente lo necesite. 

El viento frío golpeaba mi rostro, y aunque traté de avanzar más rápido, no podía evitar que mis músculos se tensaran, adoloridos por el esfuerzo. Llegué a la parada y me senté a esperar uno de los últimos servicios, abracé la mochila y dejé que mis pies colgaran; eso me aliviaba un poco. 

A mi alrededor, el tráfico seguía cargado y debo admitir que aún no me acostumbraba; el pueblo siempre había sido más tranquilo, incluso en sus zonas más concurridas. 

Cuando el autobús llegó, subí y me acomodé en uno de los asientos reservados. Tal vez, una de las pocas ventajas de mi condición eran estos pequeños privilegios. El trayecto duraba casi media hora, sin contar los diez minutos adicionales a pie. 

Al bajar, me encontré con la soledad de las calles a esta hora y un último desafío me esperaba: el tramo empinado hacia mi edificio. Me aferré a las correas de la mochila, como si eso me diera la fuerza necesaria. 

Cada paso era un gran esfuerzo, y tuve que detenerme varias veces para descansar, apoyándome en las paredes o acariciando mi espalda baja, se volvía más difícil. 

Apenas llegué, dejé las llaves a un lado y me dirigí hacia la habitación, la única en realidad. 

Encendí las luces y de inmediato la televisión. Desde la mañana estaba ansioso por la final; sabía cual fue el resultado porque el partido había sido en la mañana, pero quería verlo. Había pasado casi todo el día pensando en ello, puse agua a calentar mientras arreglaba las mantas en el futón. Después, me cambié de ropa y me enjuagué el rostro. El ritual diario que establecí como inicio del descanso. Una costumbre vieja. 

Con los fideos listos, me senté frente a la pantalla. El corazón me latía rápido, mezcla de emoción y ansiedad. 

¿Me estaba torturando al hacer esto? Tal vez sí. 

El estómago se me encogía de los nervios, pero no podía apartar la mirada. 

Antes de que comenzara el partido, el sueño me venció durante unos segundos mientras realizaban la introducción de los periodistas. Desperté sobresaltado al escuchar la música de inicio. Los árbitros salieron, seguidos por los jugadores. 

Contuve la respiración, el pecho apretado por la emoción. Los vi formarse de la manera habitual antes de saludar al equipo rival. 

El calor de la casa y el aroma de los fideos me envolvían, pero nada podía distraerme de la imagen en la pantalla. 

Finalmente, lo vi. 

Dejé escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. Él se veía más hermoso cada día, y mi pecho se llenaba de orgullo. 

-Papá va a ser el mejor... -murmuré, acariciando con ternura mi vientre abultado de seis meses.