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Etapa I: Los hijos del invierno.

Summary:

Toujours Pur. Siempre puro. Siempre condenados.

Antes de que Hogwarts se convirtiera en un campo de batalla entre la luz y la oscuridad, los hermanos Black ya libraban su propia guerra en casa.

Sirius, el primogénito perfecto, fue el primer error.
Regulus, el heredero silencioso, fue la última esperanza.

Criados bajo rituales antiguos, secretos familiares y una devoción enfermiza al linaje, esta historia no es sobre héroes ni villanos. Es sobre niños forjados a golpes de tradición y expectativas.

Esta es la historia no contada de lo que realmente creó a los Merodeadores, a los traidores, a los mártires.

Esta es la historia que comenzó en la cuna, cuando un bebé Black se atrevió a llorar en medio de los fantasmas.

Porque una historia no contada... está destinada a repetirse.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Capítulo 1: Toujours Pur

Chapter Text

Etapa I: Los hijos del invierno

"Una historia no contada..., está destinada a repetirse".

Capítulo 1: Toujours Pur. 

La oscuridad existe. Y habitaba en el número 12 de Grimmauld Place.

La luz y la oscuridad. El día y la noche. Lo impuro y lo puro. Lo siempre puro. El sol y las estrellas. Las estrellas que brillan tan lejanas y distantes. Tan frías y tan bellas. Tan frías que queman, y tan bellas que duelen.

Sirius Black. Primogénito descendiente de la más antigua y ancestral casa de los Black. Cuya sangre era pura como la nieve intocada en un bosque maldito. Y tan valiosa como la lágrima de una sirena.

Apariencia etérea, digna de ser adorada en un altar.

"Eres tan lindo, tan perfecto. " Como debe ser". La voz de Walburga Black se oía dentro de aquella habitación, donde su hijo, su precioso hijo, dormía plácidamente en su cama, mimado silenciosamente por su madre, quien enrollaba tiernamente entre sus dedos los pequeños rizos de su hijo que se encontraban esparcidos entre las sábanas plateadas.

El hogar perfecto que Walburga alguna vez había soñado al fin se manifestaba frente a sus ojos; por fin sería capaz de vivir la razón de su existencia. Por fin ante sus ojos, tomaba forma el resultado de lo que era capaz de crear. Un hermoso heredero, digno descendiente de la casa Black. "Serás grande, hijo mío, imparable y guiarás grandes multitudes. El mundo te amará, como lo hago yo".

Oscuridad pura, oscuridad en los cabellos de aquel bebé, oscuridad en los anhelos más puros y profundos de los supremos magos narcisistas que ansiaban ser liderados por el heredero Black. El heredero de la pura oscuridad, forjado por ella. Dedicado a ella. Un hijo nacido para glorificar su linaje. Su razón de ser.

Todos soñaban con un líder y Walburga se los había dado; bañado en sombras y dolor.

La Navidad del '59 se acercaba y con ello, las primeras heridas también. La familia Black estaba vistiendo las mejores prendas para la ocasión y el pequeño Sirius de un mes y medio no era la excepción. El primer solsticio de invierno de Sirius tendría lugar esa noche, el vigésimo primer día de diciembre.

Lestrange. Malfoy. Rosier. Invitados de honor para la velada. Las cuatro familias tendrían el honor de asistir al primer solsticio de invierno del heredero de la casa Black. Los Black, como anfitriones del evento, tendrían la primera oportunidad de mostrar ante la sociedad el fruto de su matrimonio.

Primero llegó la cena, y con ello también las voces de esos crípticos egoístas que comenzaban a deslizarse como cuchillos disfrazados de palabras. Cuando la mesa estuvo servida y las copas llenas, los asientos comenzaron a llenarse: "Esperamos con ansias el resultado de tu crianza, Walburga", "El embarazo y el parto son solo el inicio", "La cuarentena te ha sentado bien, dicen que mejora con el segundo". La charla era de todo, menos casual. Cada palabra había que escudriñarla con detenimiento. Fijarse en los ojos cuando las decían, en lo que las manos decían y en la intención que las sostenía. El lenguaje corporal te dice lo que las palabras no logran. Un arte que pocos conocen y aún menos dominan.

"Sirius es un recién nacido aún, no pensaría en un segundo heredero hasta dentro de un tiempo", dijo Orión; sin embargo, añadió: "Aunque todo depende de lo que decida Walburga".

¿Realmente debería considerar la opción tan pronto? Sirius apenas puede moverse bajo vigilancia. "Entonces el tema tendrá lugar para un acuerdo en unos días".

"Excelente noticia entonces, la descendencia Black debería ser tan inmensa como la arena", mencionó Druella. "A veces considero la opción de seguir buscando al varón".

"No seas codiciosa con la familia, Ella", le reprendió su marido, Cygnus Black. Padre de las hermanas Black: Bellatrix, Andrómeda y Narcissa, las niñas de la familia, quienes permanecían calladas desde sus asientos. Como era costumbre, solo los adultos hablaban en la mesa.

Sin embargo, no eran las únicas infantas del evento; el unigénito de los Malfoy también se encontraba silenciosamente presente, sentado en medio de sus padres, comiendo con modales tan elegantes que podrían confundirse con los de un adulto. Cinco años de edad, cinco años de haberlo hecho entrar en el molde. Por otro lado, los hermanos Rosier se encontraban tan presentes y tan lejanos como solo ellos mismos podían.

La cena había transcurrido con normalidad y la medianoche se acercaba, con ello la hora del primer paso del ritual también. Los pequeños que antes se encontraban despiertos durante la cena ahora se encontraban en el inocente mundo de los sueños, donde no había un molde al cual entrar, no había piezas que moldear, ni espaldas rígidas que sostener.

Sirius no fue la excepción. El pequeño heredero estaba agotado de existir. La casa estaba llena de gente desconocida que irradiaba esa pequeña pero constante energía pesada sobre él y sus padres; le hacía sentir cansado, como si estuviera luchando constantemente por rechazar la presencia de todos ellos. Excepto de los niños que se acercaban a él solo para observarlo con admiración y ternura. Su pequeña mente se esforzó por recordar a detalle las seis cabezas que se asomaban de vez en cuando sobre su cuna; Nadie sabría que la más tímida en acercarse para verle fue la niña mayor. Aquella cuyos cabellos oscuros rizos eran demasiado llamativos para la ocasión. Aquella niña que observaba con más lástima que ternura.

Pasaron las horas y eventualmente el sueño pesado comenzó a adentrarse en los infantes y sin que nadie se diera cuenta en qué momento, el sopor también cayó sobre el bebé que protagonizaría aquel ritual de presentación. Nadie se fijó de igual manera en que se acercaba su hora de comer.

Walburga había sido muy estricta con Orión acerca de no saltarse las comidas de su bebé. El heredero Black merecía estar bien alimentado; era su responsabilidad como madre velar por ello. Sin embargo, era una Black antes que madre, y prefería fallarle a su hijo antes que a su linaje.

Fue la medianoche lo que atormentó el plácido descanso de Sirius, cuando el frío de la noche en pleno invierno se adentró en la habitación ante la ausencia del calor de las velas que estaban en aquel sagrado lugar. El heredero Black se encontraba en la cuna de plata pura que su madre había preparado para la ocasión, fortificada por los hechizos de la matriarca de la familia Black, realizado al pie de la letra que aquel libro ancestral indicaba, que ahora permanecía en las manos de Orion Black, quien por tradición sería él quien diera inicio a la bienvenida de su primogénito ante la presencia de sus ancestros más puros. Y así lo hizo.

"À la lumière ancienne, que la lignée s'élève..."

Las voces de Walburga, Orión, Cygnus y Alphard se fundían en un cántico suave, reverberante, casi sacro, que transformaba el aire en un eco denso y solemne. Digno de los Black.

Uno a uno, los retratos colgados en la penumbra, ancianos Black de siglos pasados, algunos con miradas de juicio eterno, otros con sonrisas crueles, comenzaron a moverse más allá de sus marcos. Algunos descendieron. Otros, simplemente, se manifestaron en humo oscuro que tomó forma humana. Cada uno de ellos conectado entre sí por sí por una fuerte línea color rojo puro, la sangre pura que tanto adoraban.

Walburga tomó a Sirius con ceremoniosuna delicadeza. Lo colocó sobre el cojín de terciopelo negro, en el centro exacto donde las líneas sangrientas del tapiz ancestral se cruzaban. Todos lOs oJos se posaron sobre el infante.

El pequeño Sirius se removió en su lugar al sentir miradas extrañas posadas en él. Todos los presentes rodeando el círculo que estaba destinado para ellos incluso antes de que el mayor de ellos naciera. Las miradas se agudizaban un poco más con cada segundo que pasaba. Todos sabían para qué habían asistido. Para tenerlo de cerca. Estudiarlo, analizarlo y juzgarlo como es debido.

"Que la sangre lo reconozca", dijo Orión, con solemnidad.

El cuarto se mantenía a oscuras; los presentes se encontraban expectantes a lo que sucedería a continuación, como si de una obra teatral se tratase. La única fuente de luz eran aquellos entes que se encontraban esparcidos por el resto de la habitación, flotando sin forma definida, sus siluetas brillando con un resplandor tenue, más frío que las velas extintas, esperando el momento indicado para actuar como dictaba la tradición: cuando el heredero Black aceptara su linaje, su propósito.

Excepto que nunca sucedió.

Orión recitó el ritual por segunda vez, repasó el encantamiento de la cuna y supervisó a los entes, aquellos que alguna vez habían tenido cuerpo alguno para habitar el mundo como simples mortales. Pero no encontró error alguno en ellos; el error no estaba en algo, sino en alguien: su hijo.

Todos lo supieron cuando el ente más fuerte se acercó al heredero y lo tocó, tan brevemente como él mismo se lo permitió.

La intención tan pesada era absorbida por aquel cuerpo tan pequeño y delicado, sobrecargando su pequeño ser y atormentando su paz, y fue solo entonces cuando sus pequeños ojos grises se abrieron y el llanto salió de él.

Un grito desgarrador, agudo, desesperado.

Sirius lloró como si la presencia de esos espectros lo quemara desde dentro.

Las velas se encendieron de nuevo de forma violenta e inestable; el viento sopló sobre ellas, pero la llama no se apagó. Las velas comenzaron a desgastarse con rapidez; la cera se deslizaba sobre las mismas como si fueran lágrimas silenciosas saliendo de ellas. Los vidrios de los ventanales se agrietaron como quienes no soportan lo que sucede al otro lado de ellos.

Walburga palideció. El cántico cesó. La voz distorsionada de un ente se logró escuchar en medio de aquel llanto: "Nos rechaza". "Un Black nunca rechaza a los suyos". Y ese fue el detonante para que el resto de invitados comenzaran los murmullos.

Druella sonrió con la comisura de los labios, satisfecha en su juicio.

"Quizás no heredó lo necesario", dijo, en voz muy baja, pero no lo suficiente.

Walburga apretó los labios. Pero no hizo nada. No se movió. No recogió a su hijo. Si Sirius no aceptaba su linaje, no estaba rechazando solo a los ancestros, sino a ella misma también y si él puede rechazarla de esa forma, entonces ella también.

Fue Bellatrix quien se levantó. De todos los niños, era la mayor. Siete años. Rostro en sombra, mirada firme pero claramente adormitada. Se acercó con lentitud y familiaridad; su corazón no soportaría ver sufrir a su primo. Sin importar el castigo que esta acción le traería, estaba dispuesta a aceptarlo por él. No se quedaría de brazos cruzados esta vez; dos veces habían sido suficientes.

Tomó a Sirius en brazos y lo arrulló mientras lo sacaba de aquella habitación. El eco de su voz murió como lo hace un hechizo mal conjurado. "Eres muy pequeño para saberlo, pero me debes una".

Y una vez más, lo que fácil viene, fácil se va; uno a uno, cada ente volvió a su retrato y a su tumba; la energía que desprendían era justificadamente más pesAda de soportar. "Niño insolente, se atreve a rechazar su sangre". Esa fue la última voz que resonó en aquel lugar.

Nadie habló de nuevo; hacerlo se sentía una falta de respeto. Era claro que para los Black esto había sido como una muerte, y el silencio era la forma adecuada de mostrar sus condolencias.

Momentos más tarde, Alphard era quien despedía a los invitados en la chimenea; los niños, ahora despiertos y con preocupación en sus espaldas, se sometían a las acciones de sus padres, a excepción de Bellatrix, que se había negado a alejarse de su primo. "Lo llevaré yo misma a su cuna, tía". Sus pequeños brazos comenzaban a arder por sostener continuamente a Sirius, pero temía que si lo soltaba, ambos serían castigados. Sería su escudo mientras él fuera el suyo.

"Mi tierna Bella sería una excelente madre, no lo crees Walburga?" Ahí estaba de nuevo, la humillación disfrazada para Walburga por parte de Druella. "Es apenas una niña, déjala crecer primero" Interrumpió Alphard con voz firme desde el marco de la puerta. No era un secreto para nadie que Alphard fuera un sensible con los niños "Los mimas mucho, hermano. Insisto en que deberías tener los tuyos propios", señaló Cygnus.

El silencio tomó tiempo y espacio de nuevo, nadie daría su brazo a torcer y ninguno soltaría el cuchillo de sus manos hasta ver que los demás no lo harían. Excepto que Orion nunca lo tomó. "Las niñas están agotadas, Ella. Siéntete libre de llevarlas a dormir como merecen". Sin decir una palabra más, Druella salió de la habitación con su esposo tras ella, Alphard los acompañó hasta la chimenea y les ofreció los polvos flu, no sin antes dirigirse brevemente a la habitación de Sirius para buscar a la pequeña Bellatrix.

La escena que encontró hizo que recordara porque se prometió a sí mismo no tener hijos. Bellatrix se encontraba durmiendo en una butaca mecedora con Sirius en sus brazos que luchaba por sostener débilmente un pequeño biberón con la ayuda y supervisión de Kreacher. ¿Qué necesidad tenían sus sobrinos de huir de sus padres mientras se lanzaban palabras afiladas de frente con sonrisas en sus rostros? Alphard no pudo evitar imaginar que en unos años los mismos niños frente a él serían quienes estarían en esa misma situación. Y fue entonces cuando quiso tomarlos en sus brazos y escapar con ellos.

Pero no lo haría hoy.

Hoy debía despertar a Bellatrix y dejarla ir con sus padres. Y así lo hizo.

Cuando no hubo más invitados que despedir, decidió retirarse, no sin antes desear no hacerlo y tomar a Sirius.

El ritual había sido un fracaso total, Walburga no era más que una promesa rota hacia su linaje; sus votos matrimoniales ahora no eran más que palabras vacías: "Juré darte un heredero digno". Y había fallado al único propósito con el que había nacido.

Una grieta invisible acababa de nacer. Una grieta que partiría a Sirius del corazón de su madre. Y que el tiempo convertiría en abismo. El número 12 de Grimmauld Place volvió a estar en silencio por mucho tiempo.

"Ningún llanto tan pequeño debía resonar entre fantasmas."

Notes:

Me tarde 2 meses y medio para escribir este capitulo, esperen el próximo en 3 meses.