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Always you, always gone

Summary:

Touya carga con décadas de recuerdos donde Keigo siempre muere. Cuando sus caminos se cruzan de nuevo, teme amar, teme hablar. Pero el amor insiste, le golpea la puerta y él no lo detiene, incluso cuando el amargo destino que les depara acecha entre las sombras.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La luz dorada del sol de otoño se colaba a través de los ventanales, proyectando las sombras de los árboles que se removían a causa del viento. El museo estaba especialmente silencioso esa tarde, pese a la cantidad de personas que estaban presentes. Todas parecían estar en su propia burbuja, admirando por los rincones del edificio cada obra de arte que se topaban.

De pronto, el murmullo de unos pasos lejanos crujiendo el piso comenzaron a llenar el ambiente.

Keigo, con una bufanda roja mal envuelta y un largo abrigo café desabotonado, se perdía entre cada marco colgado a través de los pasillos y habitaciones, fascinado ante el arte que lo rodeaba y tomando fotografías cada que tenía oportunidad. Apenas había llegado y estaba impresionado por la calidad en cada cuadro que se encontraba. 

Usualmente, cuando de visitas a museos se trataba, su mejor amiga Mirko lo acompañaba. Desde que se conocieron en la universidad, habían cogido la costumbre de pasear en sus horarios libres, siempre y cuando no tuvieran nada importante que estudiar. Los años pasaron, descubrieron nuevos lugares y entre ellos, un museo del que no tenían idea de su existencia. Bastó apenas unas visitas para convencerlos a ambos de que aquel sitio era perfecto para pasar el rato. No solo por la paz que entregaba, ambos resultaban ser amantes del arte y les encantaba la idea de perderse entre cuadros viejos, pinceladas que contaban historias y esculturas que parecían guardar secretos de otra época.

Pero ese día fue diferente.

Por primera vez en mucho tiempo, Mirko no pudo acompañarlo. Un ensayo importante la mantuvo atada a la universidad, y Keigo, acostumbrado ya al ambiente acogedor del museo, decidió ir solo. No era la primera vez, pero sí le resultaba extraño no tenerla al lado... Al final, se resignó. Y mientras, en su apogeo, tenía en mente aquella orden que su amiga le dio antes de marcharse: "Por favor, toma todas las fotos que puedas o te mataré, Keigo"

Continuó su camino por varios minutos más, analizando cada detalle en las pinturas del artista en exposición. La mayoría tenían un tinte melancólico que lo hacía sentir triste, pero hubo una en especial que llamó su atención y le hizo detenerse en medio de su paseo turístico. Avanzó lentamente por el pasillo, más por una corazonada que por genuino interés. Y con el ceño fruncido y el corazón agitado sin razón aparente, levantó la mirada y observó a detalle el gigantesco lienzo que yacía en la pared.

Era una escena abstracta: dos figuras rodeadas de luz y sombra, tocándose sin realmente hacerlo, con las miradas desencontradas y una profunda expresión de tristeza en el rostro de ambas. Ninguna de las dos tenían características especiales que las diferenciaran, solo eran almas perdidas envueltas en la penumbra de un mundo gris, con las miradas cargadas de anhelo. Era como... Como si realmente existiera un lazo entre ambas siluetas, pero una pared invisible o algo en aquel ambiente oscuro les impidiera estar juntos. La separación era tangible, y aún así, en medio de todos los tonos sombríos del cuadro, era capaz de percibir amor. No del que se expresa abiertamente, no del que es evidente. Uno que solo puedes sentir al mirar más a fondo sus expresiones, la posición de sus manos, la manera en que una figura estaba más detallada e iluminada que la otra. Era increíble.

Suspiró hondo, aquella obra de arte caló en el fondo de su ser, aunque aún le dolía el pecho y seguía sin saber por qué. A veces odiaba ser tan sensible en cuanto al arte se trataba. No obstante, debía admitir que era distinta, sumamente íntima, una clase de obra que no se encontraba dos veces en la vida. 

Dentro de su concentración no alcanzó a notarlo, pero no muy lejos de aquel cuadro, había un hombre de pie observando la escena. Era alto, de cabello blanco y rostro ausente, con unas ojeras prominentes adornando la parte inferior de sus ojos azules; vestido con prendas negras y bastante casuales. Le sacó un susto en primera instancia, pero entonces lo reconoció. 

Incluso sin haber visto su apariencia en aquel póster fuera del museo, habría sabido quién era. Su aura densa y nostálgica era la misma que reflejaban sus pinturas.

— Esta pieza es increíble —comentó Keigo, esbozando una sonrisa sin poder contenerse. El artista asintió a modo de agradecimiento. El rubio se mantuvo en silencio unos segundos, tenía demasiadas preguntas al respecto y no dudó en comenzar con la que más le interesaba tener respuesta.—, ¿Hay alguna explicación detrás de ella?

Touya, con las manos en ambos bolsillos de su pantalón, caminó hacia el contrario y se situó a su lado, casi hombro con hombro. Antes de hablar, soltó un suspiro contenido.

— La terminé hace algunos meses —dijo con la voz ronca, arrastrada, como si le costara liberar las palabras de su garganta.—, es parte de una serie basada en sueños. Son...Fragmentos que veo desde niño, escenas que se repiten cada vez que duermo. Todavía no puedo entender qué significan, pero sé que son recuerdos míos. Son reales para mí y solo puedo expresarlos pintándolos.

Un destello atravesó los ojos dorados de Keigo, impresionado ante la anécdota del joven. 

— Suena agotador... —soltó, analizando otra vez la pintura.— ¿No te cansas de tener los mismos sueños una y otra vez?

Touya, por otro lado, sintió culpa al no decirle la completa verdad. Claro que esos sueños eran reales. No eran solo un eco en sus memorias: era una cicatriz vívida, desgarradora, abrumándolo continuamente cada vez que cerraba los ojos. Aquella pintura solo reflejaba una de las tantas vidas que había vivido y en la que Keigo, al igual que las demás, moría.

A veces en guerras, a veces bajo las llamas ardientes de un incendio, accidentes, por enfermedades terminales o traiciones. No importaba cuál fuera la manera en que muriera, pero siempre resultaba de la misma manera. Se enamoraban, Touya sobrevivía por estúpidos azares del destino y Keigo partía de la forma más dolorosa posible, a veces incluso con la sangre del rubio escurriéndosele entre los dedos, sin nada más que hacer. Él siempre quedaba solo, con el corazón destrozado y atrapado en la memoria de lo que habían sido... o pudieron ser.

— A veces, sí.

Volvió a recordar cada escena trágica en su mente tras haber dicho eso. Pero entonces, se esfumó tan rápido como se le atravesó el pensamiento. Pronto recordó la dulce presencia de Keigo, las veces que se enamoró de él, las primeras veces que lo besó... Una amarga sonrisa alzó las comisuras de sus labios.

— Pero no todo tiene que ser malo. Hay días en que me gusta recordar.

Y ahora, otra vez, allí estaba él. Con la misma sonrisa, el mismo calor en su mirada, desprevenido, inocente. Vivo. 

Keigo simplemente asintió ante la respuesta ajena, ignorando cualquier trasfondo en sus palabras.

— Tiene algo familiar, es extraño. —murmuró Keigo, devolviendo la mirada al lienzo.— Como si entendiera lo que quisiste expresar en ella, pero al mismo tiempo no puedo ponerlo en palabras. Tienes una capacidad increíble para retratar lo que sientes.

Touya apretó los dedos bajo la tela de sus bolsillos. Su mirada también se desvió al cuadro, pero ahora veía a Keigo reflejado en el cristal que lo protegía, justo en el sitio donde yacía la figura emanando luz. Una coincidencia malditamente cruel.

— Tal vez porque la historia que cuenta no es solo mía —dijo en un susurro apenas audible, pero el cual llegó a los oídos contrarios de igual manera.

Keigo no entendió, y Touya no explicó. Bajo el ambiente frío del museo y el crudo recuerdo que reflejaba aquella obra de arte, se quedaron en silencio. Y el peliblanco, muy en el fondo de su corazón, solo quería que el chico a su lado desapareciera de su vista para siempre. No quería encariñarse, no otra vez, no si iba a sellar su destino con una muerte dolorosa. Lo miró una última vez y Keigo lo hizo de vuelta, observándole con curiosidad. Y antes de que pudiese decir algo, el mayor se alejó a paso firme, como si estuviera huyendo de algo que lo acechaba entre las sombras.

Keigo no lo siguió, pero sus ojos quedaron anclados a esa figura distante y misteriosa. En su pecho surgió un sentimiento que no supo distinguir. Era algo que no podía nombrar, como si una cuerda invisible se hubiese tensado entre ellos después de aquella interacción.

Y aun así, sin tener claro el por qué, regresó al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente... Como si algo en su interior le dijera que el camino correcto era hacia él. Como si, aún sin poder recordar, su alma continuara reconociendo el amor que tantas veces renació y persistió, a pesar de romperse al final.

De algún modo, la presencia del otro se convirtió en algo constante incluso después de que la exposición haya terminado. Y Touya, a pesar de actuar frío ante el chico y constantemente alejarlo, no consiguió que se marchara. Keigo se quedó, a pesar de todo, incluso de la actitud hostil que manejaba el contrario. Y el peliblanco no lo detuvo... Otra vez. 

No podía. 

No era capaz de alejar al amor de su vida.

 


 

Esa tarde caminaban por el parque, tomando un descanso de sus responsabilidades diarias. El otoño pintaba las hojas de ámbar, algunas de color rojizo; y sus pasos las hacían crujir sobre el sendero. Keigo hablaba con naturalidad, soltando historias graciosas del trabajo esporádico que había conseguido y contando anécdotas de su vida. 

Touya, en su lugar, solo le escuchaba con atención, respondiendo con monosílabos y asintiendo apenas. No por desinterés, estaba encantado de escuchar su voz, de admirar las expresiones en su rostro y que su preciosa risa hiciera eco en sus oídos. Solo estaba jodidamente aterrado, pensando cuándo sucedería. Cuándo iba a llegar el fatídico momento. Y si llegaba a suceder, había planeado tomar su propia vida con tal de no volver a experimentar ese dolor de nuevo.

La voz del rubio enseguida lo sacó de sus pensamientos.

— Es raro, ¿Sabes? —comentó, con una sonrisa ligera dibujada en sus labios.— La primera vez que te vi, sentí como si fueras alguien que conozco hace años. Luego, cuando seguimos hablando, tuve la sensación de que también había conversado estas cosas contigo, ¡Incluso ahora! Nunca...

Keigo guardó silencio un momento, como si dudara de sus propias palabras. Tomó aire y continuó, tartamudeando un poco en el proceso.

— Nunca me pasó esto con nadie —soltó una risa corta, nervioso.—, solo contigo. Y... Me siento cómodo, demasiado cómodo como para conocerte hace solo unos días. Como cuando llegas a casa después de un largo día de trabajo y sabes que estás a salvo, en paz y tranquilo, ¿Me entiendes? Creo que... Creo que estoy hablando mucho, lo siento.

Touya detuvo su caminata y lo miró, esbozando una leve sonrisa que tomó a Keigo por sorpresa. El cielo comenzaba a teñirse de rojo sobre los árboles y su pecho se encogió al instante. Le dolía, porque era verdad. En cada una de sus vidas tuvieron las mismas conversaciones, compartieron las mismas risas, los mismos momentos. Keigo lo miraba igual, le sonreía igual... Esa sensación era mutua y al mismo tiempo, devastadora. 

En todas las vidas había amado esa maldita sonrisa, y en todas la había perdido.

— A veces siento lo mismo —respondió. La voz le tembló un poco, pero supo ocultar a tiempo el temor que lo dominaba.

— ¿S-Sí? Dios mío, pensé que estaba loco. —Keigo sonrió aún más, con un alivio evidente embargándole el cuerpo. Entonces, sin pensarlo demasiado, entrelazó la mano con la del contrario en un rápido movimiento. Como si ya estuviese acostumbrado a hacerlo, cuando solo era la primera vez.

Su piel era cálida, su gesto espontáneo. Y en ese roce, Touya sintió cómo su alma se estremecía, pero su cuerpo respondió antes que su lógica o negación a tenerlo cerca. No dudó en devolverle aquel contacto, apretando la mano bajo la suya con delicadeza.

— Me alegra haberte conocido —dijo Takami, sin entender la profundidad que sus palabras cargaban.

Touya no respondió. Su corazón se partía lentamente en dos: entre el deseo de quedarse y el terror a repetir la tragedia, ¿Todavía era muy tarde para marcharse y evitar que sucediera? ¿Y si, en realidad, el que estaba maldito era él y solo estaba arruinando la vida de Keigo al aparecer? Lo que más deseaba estaba frente a él... Y lo que más temía, también. Se encontraba en una encrucijada difícil de descifrar.

 


 

El tráfico era ruidoso, al igual que las personas caminando alrededor. La ciudad vivía su propio caos, pero al estar juntos, todo parecía en pausa. No había más que silencio, solo el viento revolviéndoles el cabello, la música sonando en los auriculares compartidos y sus manos entrelazadas. No necesitaban más.

El semáforo en rojo los detuvo en seco frente al cruce, Touya se aferró con fuerza a la mano ajena por puro miedo. Takami no decía nada, Touya lo observaba de reojo. El rubio podía sentir cómo su energía se agolpaba en el pecho en algo que no tenía idea cómo soltar. Los segundos de espera del semáforo eran inusualmente largos, mientras que una tensión invisible crecía entre los dos, tan densa como un grito contenido.

— Touya... —dijo Keigo, al fin. Su voz era un susurro entre nervios.— Hay algo que tengo que decirte.

El de ojos azules tragó saliva. Un frío desconocido le recorrió la espalda y pudo jurar que el corazón le dolió un segundo. Era como si una parte de él supiera que, las palabras que venían a continuación, marcarían un antes y un después en ellos. Keigo bajó la mirada, luego la levantó, rascándose la nuca con torpeza. Sus mejillas estaban rojas. Su respiración, agitada.

No era el momento, no debía serlo, no así. Se supone que debía ser especial, pero Keigo ya no podía contenerlo más.

— Sé que apenas nos conocemos. Pero... Me gustas, me gustas mucho. Y no puedo seguir guardándolo, lo siento. S-Si no quieres responder ahora, lo entenderé.

Keigo le tomó la mano con suavidad, un tanto tembloroso. Su mirada buscaba la suya, iba a decir más. Touya lo sabía.

Y entonces, el grito. El chillido del caucho contra el asfalto, las luces del auto descontrolado iluminándolo todo como una explosión. Fue un instante suspendido en el tiempo. Touya giró la cabeza y lo vio: el vehículo deslizándose a toda velocidad, perdiendo el control y avanzando justo en dirección hacia ellos. Pero no hacia él... Hacia Keigo, directamente hacia él.

Todo se volvió lento. Touya no pensó, ni tampoco lo analizó. Solo consiguió recordar todas las veces que lo perdió. Recordó sus manos ensangrentadas, las despedidas que nunca alcanzó a dar, los gritos en sus sueños que no podía detener, las madrugadas en que despertaba llorando y veía su colchón vacío.

Su cuerpo se movió, con la furia y adrenalina del instinto. Con la desesperación de un alma herida por siglos y la necesidad de cambiar el destino.

— ¡Keigo!

Su cuerpo se movió antes de que pudiera pensar. Y entonces, lo empujó. Sus brazos envolvieron con fuerza la figura ajena y giró con violencia lejos del auto, cayendo al suelo mientras el vehículo pasaba rugiendo y chocaba contra un poste. El ruido del impacto detrás de ellos fue ensordecedor. Metal contra piedra, cristales estallando, gente gritando. Las sirenas empezaron casi de inmediato, un canto lejano de alarma y caos.

Touya jadeaba con dificultad, con los pulmones ardiendo como si el oxígeno se le escapara de a poco. Su brazo derecho palpitaba con un dolor punzante, tal vez por una herida abierta que aún no se atrevía a mirar, pero ni siquiera eso era suficiente para distraerlo del horror que lo recorría de pies a cabeza. El impacto de la caída lo había dejado aturdido, con los huesos vibrando y la piel raspada, pero nada de eso le importaba. 

Bajó la mirada con miedo, esperando lo peor. Sin embargo, ahí estaba él, entre sus brazos... Vivo, respirando, con el calor de su cuerpo aún intacto y el destello en su mirada aún presente.

Enseguida sintió una clase de alivio que jamás había experimentado. Por fin, después de tantas vidas, de tantas veces en que lo había perdido, Keigo estaba allí. No como un recuerdo, no como un sueño que le recordaba lo cruel que podía ser el destino.

Estaba vivo. 

Y lo había salvado.

Keigo abrió los ojos lentamente, aturdido también. El rostro de Touya estaba justo sobre el suyo, con sus cabellos blancos cayendo desordenados. Estaban tendidos sobre la acera, rodeados de voces, pasos apresurados y luces rojas parpadeantes. Notó sangre escurriendo del brazo de Touya y quiso reaccionar, quiso preocuparse y ayudarlo, pero aún no podía salir del shock ante lo sucedido. Estaba sin palabras, confundido.

— Touya... ¿Qué...?

Touya no respondió de inmediato, lo miraba como si aún no pudiera creer que respiraba, que estaba allí. Sus manos se aferraban con fuerza al abrigo de Keigo, como si temiera que si lo soltaba, él desaparecería. Y entonces, el llanto. Un sollozo ahogado, desesperado, algo sorpresivo ante lo inexpresivo que solía ser el mayor. Touya inclinó el rostro y escondió su frente contra el cuello del rubio, mientras el cuerpo entero le temblaba aún. No podía articular ni una sola palabra que expresara todo lo que sentía.

— Estás vivo... —murmuró una y otra vez.— Keigo, estás vivo...

Keigo logró sentarse en la acera y alzó el brazo, un poco adolorido ante la caída, pero no lo suficiente como para no acariciarle el rostro al chico. Algo en él se rompía también, ¿Acaso porque estaba viéndolo llorar? ¿Por que tuvo una experiencia cercana a la muerte? No lo tenía claro.

— Touya... Estoy bien —mencionó en voz bajita, recuperando de a poco la compostura. Secó sus lágrimas lo más que pudo. —, mírame, por favor. Estoy aquí, a salvo, ¿Por qué estás así?

Touya se incorporó apenas,  con los ojos enrojecidos y las manos aún temblorosas. Lo miró a los ojos como si viera un milagro, como si aún no lo creyera del todo. El brillo en sus ojos azules era distinto a cualquiera que había visto anteriormente.

— Porque esta vez... Te salvé. Esta vez llegué a tiempo.

Keigo lo miró con una incertidumbre indiscutible en el rostro.

— ¿Llegaste... A tiempo? —inclinó la cabeza con duda, frunciendo un poco el ceño. No comprendía de qué hablaba.— ¿A qué te refieres?

— En todas mis vidas... Eras tú quien moría, y yo me quedaba solo. Con tus últimos suspiros, con tu sangre en mis manos. No importa qué tan rápido corriera, qué tanto gritara por ayuda, qué tanto lo intentara... Siempre llegaba tarde, hasta hoy.

Keigo palideció. Y por un momento,  también quiso reír de los puros nervios, ¿Quizá se había golpeado la cabeza y por eso hablaba incoherencias?

Pero entonces, su acompañante volvió a hablar. Y supo que no era ninguna incoherencia, ninguna broma.

— Comencé a soñar contigo desde que era niño. Cuando crecí, me di cuenta de que no eran sueños, eran recuerdos. Nos conocimos en distintas vidas, y en cada una te perdí. —aunque su brazo se hallaba destrozado, hizo el esfuerzo de tomar su mano. Y Keigo, al notarlo, fue él quien hizo el movimiento final. Apretó su mano con fuerza, mientras las lágrimas se le salían a él también, con una naturalidad que desconoció.— En guerras, en accidentes, en enfermedades. A veces eras tú quien me encontraba, otras yo. Pero el final siempre era el mismo, morías antes de poder decirte cuánto te amaba.

Keigo comenzó a respirar con dificultad y su visión se nubló un instante. De pronto lo entendía todo. La sensación de conocerlo desde antes, la facilidad con la que se enamoró, los escenarios en sus pinturas... Fue tal como un rompecabezas imposible resolviéndose en segundos. Las imágenes llegaron con violencia a su mente: campos verdes, noches bajo las estrellas, mañanas despertando a su lado, distintos nombres, distintas épocas. Sangre. Dolor. Vidas incontables, y siempre... Touya. 

Siempre estuvo él en su corazón. Siempre fue él el amor de su vida.

— Yo... —Keigo balbuceó, apenas en un susurro ahogado, antes de romperse por completo. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas sin freno, entre una sensación de pánico y alivio.— Yo también... Yo también recuerdo, Touya.

Touya lo miró, mudo, sin poder creer en sus palabras aún. Por un instante, su cuerpo dejó de moverse, como si el tiempo se hubiera detenido alrededor de ellos. Su propio llanto se desvaneció sin aviso, reemplazado por una expresión de asombro absoluto. Como si el universo, luego de tanto sufrimiento, por fin hubiera escuchado su súplica más desesperada.

Entonces se lanzó a sus brazos, ignorando el dolor que le calaba los huesos. Lo abrazó con la urgencia de un hombre que ha vivido cientos de vidas esperando ese único instante: Con desesperación, con ternura. Con un amor puro que jamás desapareció, incluso con el pasar de los años, con el pasar de las vidas. 

— No habrá más despedidas, Keigo. —susurró con voz rota, aferrándose a él. El rubio simplemente asintió, sonriendo.

Habían roto el ciclo. Esta vez, podían vivir su amor en paz.

Keigo sollozó entre sus brazos y luego, sin pensarlo, sin contener el nudo que le apretaba el pecho, lo besó. Fue un beso urgente, tembloroso, como si sus labios hubieran sido hechos solo para encontrarse en ese preciso instante, después de décadas enteras de haber estado separados.

Y en medio del caos que aún los rodeaba, solo existían ellos dos. Porque esta vez, por fin, no había un final... Solo un comienzo.

Notes:

¡Espero les haya gustado, muchísimas gracias por leer! [:

Recuerden que pueden comentarme su opinión con libertad, ya sea para sugerencias o simplemente para decirme algo respecto a la historia. Aquí les estaré leyendo. ♡

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