Actions

Work Header

El teatro de los ángeles | Kuroshitsuji |

Summary:

En la Inglaterra victoriana, la distinguida familia Phantomhive acoge a un niño huérfano llamado Sebastian, de modales impecables e inteligencia precoz. Allí conoce a Ciel, un niño enfermizo, reservado y emocionalmente frágil, con quien desarrolla un vínculo cada vez más intenso y ambiguo. Mientras Ciel encuentra en él una figura protectora y enigmática, Sebastian oculta un lado oscuro: tras su sonrisa perfecta, se esconde una mente manipuladora y un desprecio profundo por el mundo que lo rodea. Entre juegos infantiles, secretos y silencios, una relación de dependencia emocional se teje como una grieta en el cristal, a punto de romperse.

Chapter 1: Las dos caras del cielo

Chapter Text

La mansión Phantomhive se alzaba sobre las colinas de Yorkshire como un vestigio silencioso de grandeza, con sus torres cubiertas de hiedra y sus ventanales siempre impecables. A primera vista, parecía un hogar inmóvil en el tiempo, congelado en una época de modales estrictos y relojes de péndulo, pero dentro de sus muros la vida fluía con la intensidad particular de quienes lo tenían todo y, aun así, no se sentían completos. Los señores de la casa, Vincent y Rachel Phantomhive, eran reconocidos por su buen juicio, su fortuna generosa y la nobleza con la que manejaban tanto los negocios como los vínculos sociales. Poseían una elegancia natural, discreta, jamás ostentosa. Sin embargo, para quienes conocían la intimidad de la familia, el verdadero tesoro no era su apellido ni su patrimonio: eran los gemelos.

Lucien y Ciel Phantomhive nacieron con apenas minutos de diferencia. Compartían el mismo cabello azul, los mismos ojos también de un azul brumoso, como si el cielo de invierno se hubiera quedado atrapado en sus pupilas. Aun así, no podían ser más distintos: Lucien, el mayor, era todo luz. Irradiaba energía, hablaba con una fluidez que contagiaba, reía con facilidad y llenaba cada estancia con su presencia. Tenía la costumbre de tomar de la mano a los sirvientes cuando contaba una historia y no dudaba en interrumpir a su madre para decirle cuánto la quería. Le gustaban los juegos al aire libre, trepar árboles prohibidos y construir fortalezas con sábanas viejas en los pasillos de la casa.

Ciel, en cambio, era como el reflejo tenue de su hermano. Un niño de voz baja, más menudo, con una piel que parecía haber olvidado el sol. Desde muy pequeño, sufrió ataques febriles que lo dejaban débil por semanas, y cualquier cambio en el clima podía ser suficiente para obligarlo a guardar reposo. Pasaba largas horas junto a la ventana de su habitación, observando las nubes, leyendo libros demasiado complejos para su edad, o simplemente pensando. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, sus palabras eran escogidas con una precisión que desarmaba a cualquiera.

Lucien lo adoraba. No existía día en que no lo buscara para incluirlo en sus planes, incluso cuando sabía que Ciel no podría acompañarlo. “Te lo contaré todo cuando vuelva”, le decía al salir corriendo hacia el jardín, y al regresar, cumplía su promesa con lujo de detalles. Ciel lo escuchaba con una mezcla de fascinación y envidia muda. Deseaba poder seguirle el paso, pero su cuerpo se lo impedía.

—No me importa si no corres —le dijo Lucien una tarde en el jardín mientras le colocaba una flor en el cabello—. Lo único que quiero es que estés aquí.

Ciel sonrió.

A pesar de sus diferencias, los gemelos compartían un vínculo único. Rachel solía decir que uno sentía cuando el otro estaba triste, y más de una vez los encontró a ambos despertando de la misma pesadilla en habitaciones separadas. Tanaka, el mayordomo de la familia, observaba todo con la serena distancia de los sabios. Nunca opinaba más de lo necesario, pero cuidaba de los niños con una devoción silenciosa.

Elizabeth Midford, la prima de ambos, era una presencia habitual en la casa. Alegre hasta el agotamiento, llorona cuando algo no salía como quería, y absolutamente encantadora. Poseía la energía de una tormenta color pastel y una devoción casi teatral por Lucien, a quien trataba como a un príncipe de cuentos —no por nada estaban comprometidos, tal como lo dictaban las costumbres de la época—. Con Ciel era más prudente, aunque no menos afectuosa.

Aquella semana, los preparativos para la gala de beneficencia llenaban la casa de actividad. El evento no sería en la mansión, sino en un orfanato al norte del condado, un edificio antiguo con techos altos y paredes que olían a encierro y humedad. La familia Phantomhive, patrocinadora principal, asistiría junto con otros nobles para presenciar los resultados de sus donativos y escuchar a los niños cantar, recitar o simplemente sonreír frente a las cámaras. Rachel supervisaba los detalles logísticos, mientras Vincent repasaba el programa y la lista de invitados. Los gemelos, como siempre, tenían permiso para asistir, aunque Tanaka debía estar atento por si Ciel presentaba signos de fatiga. No sería la primera vez que necesitaba retirarse antes de que el evento terminara.

En la biblioteca, su sitio favorito para hablar, ambos niños jugaban.

—¿Y si bailamos, aunque sea sentados? —preguntó Lucien, girando sobre sí mismo.

Ciel lo miró sentado desde el gran sillón de su padre, con un libro cerrado sobre las rodillas. —Sería más cómodo si simplemente no bailamos —dijo con calma.

Lucien se rió y se dejó caer junto a él. Le quitó el libro de las manos y lo abrió al azar.

—Lees cosas muy tristes. Deberías escribir tus propios cuentos.

—No sabría cómo terminarlos.

—Entonces empiezo yo y tú decides el final.

Era una idea simple, pero Ciel no supo, entonces, que acabaría siendo profética.