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Language:
Español
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Published:
2025-07-04
Words:
2,133
Chapters:
1/1
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2
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22
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65

Mahoma

Summary:

Shion todavía parecía un príncipe cuando dormía, era hostigante. Nezumi podía jurar que un corcel blanco lo estaría esperando más tarde en la puerta.

SPOLIERS REUNION VOL.1

Notes:

La autora está deprimida y pasando por cosas, así que escribió esto como si fuera un abrazo.
Sigue el canon de las novelas. ¡Que lo disfruten!

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Shion todavía parecía un príncipe cuando dormía.

Descansaba entre labios rosas, algo pálidos por el frío y de alguna manera, sellados como con virunalana. Su respiración calmada le llegaba directo a la carne desgastada en el corazón de Nezumi; Shion estaba vivo.

Lo dejé hace dos años y sobrevivió.

Había algo entero que lo doblegaba en esa noticia. Shion no solo estaba vivo, lo había estado esperando; Nezumi en el fondo, con las telarañas que raspaban los costados en las cicatrices en su piel, siempre lo supo. Pero se negaba a practicar la dicha que le angustiaba el alma; volver a Shion, pensar en Shion, ser con Shion... Nezumi se dijo que no lo haría. No caminaría estas calles de nuevo, el número 6 podía irse al infierno y Shion... 

Pensó que también lograría dejarlo caminar entre los alrededores del terreno rojo, que su rostro angelical se podría desvanecer entre lava ardiente, con el cadáver de una ciudad santa. Pero, con lo obstinado y la poca seguridad que tenía sobre su autonomía, Shion probablemente intentaría hacerse amigo del Diablo. Era esa la razón por la que Nezumi no le temía al infierno, apenas entendía el concepto y dudada si dedicarle su confianza, pero estaba seguro de un detalle: Shion es mucho peor que un Diablo o el mal llamado Satán. Quién sea, jamás llegarían a superarlo.

Hay alguien que da más miedo que el infierno o la muerte, ese alguien es Shion. 

Y Nezumi volvió a él, como princesa desbaratada, que le canta a los árboles y creé que el amor le susurra en la ventana. Nezumi volvió a él y creyó, inocente como el viaje de un niño, que Shion no lo encontraría cuando interceptó a Inukashi, hizo un trato por comida y le prohibió ir hasta Ciudad Perdida con el chisme. 

Creyó que Shion no lo encontraría. Cobarde. Shion lo fue a buscar y sin más vergüenza, con la mirada de quién ha perdido un apellido para ganarse la gloria, lo besó –o quizás fue Nezumi quién inició el beso, no lo tiene en claro todavía–, pero es consciente de que conoció a algún Dios en esos labios. Los recibió y los consagró con los suyos; Shion siempre lo encontraría y Nezumi siempre volvería a él.

Ahora, con la ridícula premisa de una historia de amor creada con los bolsillos de un aficionado, Nezumi lo observaba dormir en la cama que alguna vez compartieron, hace años o un par de décadas, en ese mismo búnker, que ahora lo deleitaba con más limpieza y el aroma de la soledad de Shion en cada taza. 

Una hora después de su reencuentro, el Bloque Oeste y sus habitantes casi se convirtieron en testigos de otra tragedia; el hotel de Inukashi prendido fuego. Frente a las llamas (que Nezumi bien sabía podían quemar pueblos e historias), casi por un instante volvió a ver esa mirada en los ojos de Shion; la misma que lo sorprendió aquel día en la Gota Lunar, cuando Shion presionó el gatillo y Nezumi por primera vez en su vida, suplicó.

El tiempo se detuvo, todo a su alrededor parecía estar quieto y Nezumi sintió los inicios de un temblor en la mitad del pecho, quiso tomar la mano de Shion o acercarse, hacer algo, pero vaya a saber dónde estaba esa cabeza hueca. No lo miraba, sus ojos habían quedado estrelazados con las llamas, como si hubieran sido construidos desde el fuego.

Y luego, una mujer les dijo que Inukashi, el niño y algunos perros ya habían sido trasladados a un hospital. Nezumi no recordaba que el viejo Bloque Oeste gozará ni siquiera de una salita, pero gracias a Shion, ahora existía un hospital. Y doctores, y alimentos y ropa limpia y camas y casas... Todavía le temblaba el pecho cuando Shion tomó su mano y se apresuró a salir corriendo, con Nezumi y su confusión detrás.

Inukashi había estado bien, apenas unos rasguños y el niño (que Nezumi descubrió se seguía llamando como el humano que condenaba sus sueños), respiraba a la perfección. Inukashi lo cuidó hasta el final, salieron a tiempo gracias a los benditos perros. 

En la habitación blanca con olor a enfermedad y antiséptico, ya se encontraba la madre de Shion que sonrió al ver a Nezumi, pero permaneció aferrada a la camilla de Inukashi, con la fuerza de una madre que carga con la experiencia cercana de casi perder a su hijo.

Inukashi no iba a gastar saliva en él, pero observó con atención que Shion le seguía sujetando la mano, solo en ese momento Nezumi cayó en la fuerza de su agarre, como si Shion temiera que si lo soltaba, se perdería en las sombras, se lo tragaria el sol o algo así.

Shion y Nezumi pasaron la noche en el hospital. Karan les aseguró que ella podía quedarse; no faltaba mucho para que liberen a Inukashi y al niño (con su peculiar nombre), insistió en que tanto Shion y Nezumi debían de estar exhaustos, pero su hijo se negó; Mamá, por favor ve a descansar. Me quedaré con él, mañana hablamos. Parecía ser más que la simpleza en la terquedad de Shion, la que Nezumi conocía tan bien; un rayo de raciocinio que ni el argumento más inteligente iba a poder derrotar. Pero ahora, era Shion el que parecía derrotado y para variar, asustado.

Cuando Karan accedió, un poco triste para ser una mujer que iría a dormir a una suave cama, Shion se sentó al lado de Inukashi, que ya dormitaba en la camilla (Nezumi se burló de él por bajar la guardia tan de prisa), y suspiró con más alivio del que debería, como si hubiera estado aguantando la respiración. Nezumi se preguntó cuánto se había perdido. 

Solo en ese momento, Shion le soltó la mano. Nezumi extrañó lo áspero de su palma. 

—No hace falta que te quedes, sé que estás cansado. Ve a la panadería, Mamá estará encantada de invitarte a cenar y puedes dormir en mi cama. Mañana hablamos —había dicho Shion.

Parecía decepcionado, con pizcas de sal gruesa y una cortina de pelo blanco que le caía sobre los ojos. Nezumi no lograba ver su expresión, pero podía sentir como odiaba cada sílaba, se batía a duelo con las consonantes y destrozaba el libro que le había enseñado a hablar. 

Decidió que iba a dignarse a detener la pelea que cruzaba por esa mente blanca, pensó casi inconscientemente que se lo debía. 

—Está bien. Me quedaré. 

Acercó la silla que sobraba en el rincón y se acomodó junto a Shion; la sonrisa que le dedicó abrazaba el brillo de las llamas que lo habían hipnotizado antes en el incendio, y las convertía en suyas.  Es hermoso, Nezumi atrapó ese pensamiento.

No hablaron mucho esa noche, Shion volvió a tomarle la mano y unos cinco minutos después, Inukashi despertó diciendo que sus respiraciones hacían mucho ruido. Que despertarían al bebé en la cuneta. Shion soltó una risa elegante, pero tan genuina que casi le arrancó la piel y Nezumi tuvo que recordar lo mucho que vago los últimos dos años, conociendo esferas, continentes, almas errantes, algunas decididas, otras desiguales. Pensó en el océano y en su brisa, en los mundos que hay fuera de las paredes podridas del Número 6... ¿Me fui porqué me asusto lo fresca qué es la risa de Shion? ¿Necesitaba descubrir que podía compararla con el océano para saberlo? 

La noche se volvió etérea y cuando amaneció Karan les trajo el desayuno. Al rato obligó a Shion, y vergonzosamente para Nezumi, también a él a irse a dormir.

Creyó que irían hasta Ciudad Perdida, pero los pies de Shion tenían mente propia y apenas pisaron el búnker, dedicó un segundo entero a sacarse los zapatos y derrumbarse en la cama. No tardó mucho en dormirse. Él se quedó en el sofá, pasada la media hora Shion tembló un poco y se acercó para cubrirlo con una manta, las noches seguían siendo heladas en ese lugar; Shion solamente suspiró felizmente. Como si estuviera viviendo en un sueño, que hace tiempo solía ser una pesadilla narrada por la muerte. 

Nezumi llevaba una hora diciendo que no necesitaba ir a la cama, que podía dormir en el sofá, era casi como la invención de la comodidad, una profecía cumplida comparada con los lugares que le brindaron descanso en el pasado. 

Shion todavía parecía un príncipe cuando dormía, era hostigante. Nezumi podía jurar que un corcel blanco lo estaría esperando más tarde en la puerta. Pero quería acercarse, quería abandonar ese sofá y acostarse a su lado.

Le enseñaron que el calor era peligroso y tuvo que recordárselo toda la vida; suspirar era ajeno, indecoroso y un lujo que solo el más tonto de los tontos, se atrevería a explotar.

 No suspires por nadie.

Pero las personas vivas son cálidas, Shion le enseñó eso. Y no existía nadie más peligroso y cálido que Shion. Nezumi se dijo que lo aceptaría.

–Debe hacer frío en ese sofá –la voz adormilada de Shion lo acorraló de nuevo. 

Levantó la mirada grisácea del libro que inútilmente robó de la estantería, con la excusa de distraerse de sus pensamientos; seguía estancado en la primera página. 

Shion lo observaba medio sentado con las mejillas pintadas, ligeramente menos rosas que su cicatriz, el pelo (más corto que hace dos años, se dió cuenta), tan revuelto que Nezumi sintió nostalgia; evocó en aquellos días salvajes, cuando solo tenía un par de tijeras, ingenio y su adoración silenciosa por las hebras blancas de Shion, que lo hacían jurar que lo recortaría de forma prolija. 

Shion siempre pareció ordenado, aunque era un desastre en sí mismo. El copo de nieve que podía acabar e iniciar la tormenta. Pero ahora simulaba ser más que orden, era estructura y control. El honorable presidente del Comité de Restauración.

A Nezumi solo le parecía lejano y quería caminar hacia él.

— ¿Qué estás leyendo? —preguntó Shion, le sonrió y Nezumi olvidó recordar el nombre de la historia.

—No es tan interesante —dijo con simpleza abandonando el libro en la mesa frente al sofá. No le estaba mintiendo—. ¿Cómo te sientes? 

El ambiente se tornó opaco y Nezumi le cuestionó al vacío, si haberle hecho esa pregunta a Shion era lo correcto, lo que debía hacer si quería volver a sentirlo cerca, porque Shion solo le regaló una sonrisa amarga. Se veía como un espectador que acababa de presenciar como el telón de toda la trágica obra, caía ante él.

No pronunciaba palabra alguna y Nezumi comenzaba a sentirse nervioso, podía palpar el hueco de un miedo extraño en la punta de sus dedos. Quería hacerlo bien, por una vez.

Pero antes de que los viejos hábitos se estrellaran en su piel, la respuesta vino en forma de otro cuerpo invadiendo su espacio. Recordó, algo poco divertido, un dicho que vivió en alguna noche estrellada de su infancia: Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña; Shion apoyó la cabeza sobre su hombro y la sonrisa amarga se desvaneció en un suspiro; Nezumi siempre volvería a él y Shion siempre lo encontraría en el camino.

 No suspires por nadie.

—Me siento mejor ahora —fue casi un murmullo, un secreto entregado a las memorias en las paredes.

Nezumi le recorrió la cintura con el brazo, Shion tradujo el roce como una invitación y lo abrazó. Fue un movimiento rápido, como si dudar fuera a matarlo, pero Nezumi logró sentir el tacto hasta en sus entrañas.

Shion escondió el rostro en su vieja camiseta, ausente ya de color, trató de aspirar cualquier aroma que pudiera bendecirle la nariz, después de dos largos años. Como si fuera un perro. Y Nezumi apoyó el mentón en su cabeza, quería perderse en esa suavidad blanca. ¿Podría ser el pelo de Shion su cama en el cielo? Si es que existía, si es que Nezumi alguna vez llegaba...

Shion siempre lo arrastraba hacía los rastros de olores frutales y dulces. Incluso en el pasado, cuando bañarse ya representaba un privilegio demasiado alto y por lo tanto no podías ni soñar con un perfume o con un jabón que no fuera el más básico; todavía encontraba la manera de oler bien. A comodidad, a lluvia, a hogar... Shion era el vino embriagador y valioso en el fondo de la alacena. El único lujo que Nezumi, quien se crió sin nada, quería permitirse desear, conservar y cuidar. 

Nezumi se prometió que la próxima ocasión se acercaría, no dudaría, dormiría junto a Shion en la cama.

Los dos se refugiaron en un tranquilo silencio, a los pocos minutos Shion volvió a visitar los eternos reinos de Morfeo. Y no había manta esta vez, pero no tembló ni por un momento. Parecía un príncipe, Nezumi nunca dejó de abrazarlo. 

Notes:

aaaaa esta es mi primera fanfic. escribo y leo en este lugar desde hace centenares, pero es la primera vez que me animo a publicar. qué mejor que hacerlo con Shion y Nezumi, con los que prácticamente crecí. ¡gracias por leer! estoy abierta a cualquier corrección y o comentario. feliz reunión!!