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La historia de cuando Martín sale por un helado y conoce a Luciano

Summary:

Cerca de terminar sus 30 's, Martín buscaba aliviarse a sí mismo. Ya no era ese joven risueño de veinte que encantaba a cualquiera que se le acercara, agotó toda la chispa de su juventud yendo y viniendo de un lado a otro demasiado preocupado por lo que sería del futuro. Cuando llegó ese futuro que se preparó a sí mismo, notó que desperdició la mayor parte de su joven vida.

Una casa; dos gatos; muchísimos árboles y bellas flores alrededor, buen barrio en todo sentido. Llegó a la estabilidad que le hubiera gustado tener antes, con sacrificios que le dolían en la actualidad.

Notes:

Estaba revisando viejos archivos y encontré este one-shot del 2023 para una temática de Santa Secreto. Es muy corto, aún así es una historia dulce y tierna para leer. Lo recuerdo con cariño, espero que quien lea esto disfrute de algo sencillo y ligero.

A estas alturas no recuerdo en dónde imaginaba que estaban ubicados, pero tampoco es muuuy importante.

Dedicado a Maju <3

Work Text:

Cerca de terminar sus 30 's, Martín buscaba aliviarse a sí mismo. Ya no era ese joven risueño de veinte que encantaba a cualquiera que se le acercara, agotó toda la chispa de su juventud yendo y viniendo de un lado a otro demasiado preocupado por lo que sería del futuro. Cuando llegó ese futuro que se preparó a sí mismo, notó que desperdició la mayor parte de su joven vida.

Una casa; dos gatos; muchísimos árboles y bellas flores alrededor, buen barrio en todo sentido. Llegó a la estabilidad que le hubiera gustado tener antes, con sacrificios que le dolían en la actualidad.

Cualquiera que entrara a su hogar lo notaría, camina por los pasillos como si no tuviera rumbo, igual a alguien que se acaba de mudar pero sin ánimos o emoción por tan maravillosa vivienda que, con el paso de los meses, va perdiendo su brillo bajo una fina capa de polvo y telarañas en las esquinas, junto algunas banderas que pertenecían a su bello país. Constantemente las flores en su jardín terminaban muriendo, él siempre lo usa como excusa para comprar unas nuevas y reemplazarlas. Este proceso se repite cada semana, como si no le pareciera un fastidio tener que conducir a la ciudad.

Pese a la mala fachada, todos los vecinos lo reconocen como alguien atento, quien presta de manera desinteresada y es divertido en las fiestas o reuniones vecinales. Ya varias veces intentaron acercarse más a ese hombre, ya fuera por interés propio o para saber si buscaba a alguien, en todas las ocasiones él rechazaba con una sonrisa tan amable que nadie podría molestarse mucho.

Martín ciertamente adoró tener tanta atención apenas llegar, fue como una brisa de todo lo que provocaba años atrás. Después de unos meses ya era alguien más viviendo en un pueblito cercano a una gran ciudad. Lo bueno de vivir de lugar en lugar es que siempre llama la atención, es algo nuevo y genera intriga. Lamentablemente para su pobre ego ya había decidido quedarse en ese lugar, quizás la estabilidad fue lo que siempre necesitó.

Su vida tal y como era antes fue una tormenta, por temporadas se la vivía trabajando para tener dónde caerse muerto, otras veces apenas dormía por andar de salida con algún amigo, conocido o quizás un interés. Su romanticismo terminaba cuando volvía a las temporadas de trabajo, más bien se refugiaba en este cuando ya sentía que una relación no llegaría demasiado lejos, fue su manera de afrontarlo. Pasó años buscando lo que todos llaman alma gemela, se supone que es con quien pasas el resto de tu vida, pero Martín ya dudaba si le quedaría algo de vida para compartir.

—Martín, todavía te ves cómo un jovencito. Seguramente le gustes a alguien. Deberías aprovechar que viene gente. —Su querida vecina le aconsejaba cada vez que tenía la oportunidad.

—Está bien soñar, pero también hay que estar listos para las grandes decepciones. Usted tuvo suerte de encontrar a su marido, pero quizás yo no pueda —dijo a la señora tan amable como siempre. Al paso en que iba la idea de alguien ideal perdía fuerzas. Posiblemente no había nadie hecho para satisfacer su vida, su otra mitad, ¿quién se lo daría?

—Si los únicos a los que cuidas es a tus gatos, por supuesto que espantas a la gente. Ya sabrás cuando sea el ideal.

—Ocurre que los europeos no tienen tan buen gusto, es por eso que no hay nadie para mí. —Entre risas de complicidad ambos hicieron como si no hubieran tenido esa charla. Repasando sus propias palabras, podría ser que tenga razón.

Luego creyó que podrían estar a países o continentes de distancia, así sería difícil conocerse. Se podrían interponer la familia, los idiomas, o incluso podría ser que su ansiada alma gemela ya tenga a alguien más.
En cualquiera de esos casos, Martín ya pensó mucho en dejar ir la idea de ser completado por otro. Al menos siempre se tendría a sí mismo.

Al final de la primavera siempre llegaban turistas que preferían el ambiente del pueblo antes que los altos gastos de la ciudad. Tras unos años viviendo ahí, el argentino casi se acostumbraba a todo ese movimiento de temporada. Eran los momentos más vivos entre la gente, aunque él ya se comenzaba a sentir un poco viejo para participar. Pierde la magia después de un par de veces

El primer jueves del verano manejó hasta la ciudad y llegó por la tarde. El calor abrazaba toda su piel y la multitud de gente sudada no ayudaba en nada. Al conocer su ruta de memoria, se dio la libertad de hacer un desvío para comprar un helado, después iría por el protector solar y algunas flores.

—Estuve pensando qué me serviría más, si plantar flores o tener una huerta… —hablaba por teléfono con uno de sus tantos amigos de la vida. La fila para comprar un simple cono de helado era casi tan larga como la vereda, y él estaba al final. Afortunadamente pudo ver aire acondicionado en el interior del local.

—Ajá —respondió con total desinterés.

—Porque pensándolo bien, si tuviera una planta de tomates podría ahorrar aunque sea algo —siguió relatando. Al otro lado de la línea escuchó un bostezo. —Ya, ya entendí. Buenas noches, descansa.

Ese era el problema de tener a tus viejos amigos en el otro lado del mundo.

Siguió esperando su turno, hasta finalmente ser atendido por un muchacho risueño —visiblemente agotado de la jornada de trabajo—, con un notable bronceado y de jóvenes facciones.

—Buenos días, ¿qué le gustaría ordenar? —Era extranjero. Martín podía reconocer cuando alguien no era del lugar, su acento era el mayor delator, la piel literalmente bronceada la confirmación. Muchas personas solo venían por temporadas, los turistas generan ingresos.

Aunque el argentino siempre se sentía un poco turista.

—Hola… uno de vainilla, en cono —pidió sin detenerse a mirar las cientos de opciones disponibles. Últimamente era alguien un poco rutinario.

El muchacho le dio lo pedido con una cálida sonrisa, aceptó la paga y dijo:
—¡Gracias!, vuelva pronto.

Si el próximo en la fila no hubiera empujado a Martín, este podría quedarse en ese mismo lugar. Por un instante dejó de pensar en el calor que sintió, el cambio que olvidaba en el mostrador, en las razones que lo llevaron a la heladería o a la ciudad. Se sintió muy fresco, con una sonrisa se despidió y siguió su rumbo.

Buena atención al cliente. Fue la reseña que dejó.

Al día siguiente tuvo que hacer otro tedioso viaje a la ciudad porque olvidó la comida de sus gatos. Por supuesto que siguió la ruta más corta y pasaba justo frente a la heladería del día anterior. Se lamentó al ver que ese muchacho no estaba. Salió de ahí decepcionado y con un amargo helado de chocolate. Tuvo que tirarlo ya que las cosas muy dulces no le gustan, se sintió culpable de comprarlo solo para no irse con las manos vacías.

Volvió a su hogar menos animado que el día anterior, cosa que notaron enseguida los vecinos que ignoró durante la tarde.

Lo único que sabía de ese muchacho era que en cierto momento del día, los jueves, trabajaba ahí. Aunque no sería malo llegar un poco antes, tendría más oportunidades de que le acepte una charla si lo encontraba cuando hubiera menos gente, como cerca del cierre.

Tener todas esas ideas ya lo hacían sonreír nostálgico, recordaba sus años de juventud. Muchas veces no tuvo más que un nombre o apodo de alguien que haya llamado su atención, afortunadamente su larga lista de conocidos hacía que fuera más fácil dar con alguien, pero en ese país sólo tenía contactos del trabajo.

En este punto tuvo que detenerse a sí mismo. Ya era un hombre de treinta y ocho años, ¿qué hacía buscando las formas de encontrarse con un jovencito que llamó su atención? Creía haber dejado ese mundo de lado hace tiempo. Sin embargo ahí se encontraba, ¿siquiera tenía oportunidad?, había perdido parte de su encanto. Quizás habría tenido la oportunidad hace una década.

"Las almas que están destinadas, tarde o temprano, siempre se atraen. Es algo más allá de la lógica", algo que escuchó en algún momento de su vida. Siempre se auto-convenció para creer que eso era algo falso, de otra forma hubiera tenido que aceptar su soledad. Creía que su alma gemela era de Argentina, cuando se mudó a un pequeño país de Europa se había dicho que estaba bien si debía estar solo el resto de su vida, si nadie entre el mar de gente con el que estuvo era el ideal. Estaba bien, podía aceptar su egoísta realidad. Entonces, de la mismísima nada llega este moreno de pelo desordenado y da vuelta todo lo que le tomó años creerse.

La realidad es que solo era un solterón que se volvía a enamorar.

Los siguientes días trató de distraer su mente con cualquier nueva actividad, salir a correr por las mañanas, aprender sobre el cultivo de tomates, distraerse con una serie turca, jugar más tiempo con sus mascotas. Por más que quiso olvidarlo, no pudo. Al pasar una semana desgastante física y mentalmente, llegó el jueves. Para llegar al mismo horario que la vez anterior debía salir media hora antes de su casa. Todo el camino sintió un fuerte cosquilleo en el interior.

Aunque fue hasta atrás de la fila de nuevo, pudo volver a verlo. Ahí mismo, saludando a todos con alegría y ese acento suyo, o al menos eso se imaginaba. Tras una espera que pareció eterna, volvió a pedirle el sabor a vainilla.

No solo le había entregado su helado, también le dejó un papelito. Martín caminó hasta una de las mesas desocupadas fuera del local para leerlo.

"Por favor espera. Lu"

Nada más, solo tres palabras y un posible nombre le alcanzaron para derretir su corazón. Ahora tenía la certeza de no ser solo él quién terminó pensando en el otro. Por supuesto que esperó casi una hora, incluso después de terminar su helado, en ese mismo lugar. Tuvo tanta convicción que no dudó en ningún momento que lo buscaría entre la gente, al verlo se acercaría. Fue exactamente lo que hizo.

—No creí que realmente me esperarías. —Se le veía sorprendido, pero enseguida cambió su expresión a una reconfortante sonrisa. Tomó asiento junto al argentino.

—Yo no creí que me pedirías que te espere, Lu —respondió enseguida con la misma alegría. Sus manos estaban sudando, lo que no era muy habitual en él. Se fijó que empezaban a guardar las cosas del local.

—Luciano, todo un gusto. —Se presentó extendiendo su mano. Se le podían ver unas ojeras, no parecía irle muy bien con la vida en la ciudad.

—Martín, el gusto es mío —estrechó su mano esperando que el otro no notara que estaba lleno de nervios. Por primera vez en su vida sentía que la situación lo superaba. Finalmente ambos tuvieron que levantarse de sus asientos ya que iban a cerrar.

—Tengo que irme ahora, pero… quizás haya otro momento más oportuno para vernos. De todas formas ya sabes cuándo estoy aquí —tomó una servilleta, escribió un lugar y un horario, luego se lo entregó al argentino y se fue.

"Mañana en ****, 19:30".

No estaba muy lejos de ahí, por lo que seguramente vivía en la zona. Con una despampanante felicidad volvió al pueblo ya al atardecer. Alimentó a sus gatos y estuvo jugando con ellos hasta el cansancio, ¡ni siquiera le importó dejar las luces de toda la casa encendidas! No era momento de preocuparse por la factura de luz que le llegaría el próximo mes. Fue quizás una de sus mejores noches de sueño.

Alguien que buscó desesperadamente a su alma gemela conoce de pies a cabeza cuáles son las "señales" para distinguir a esa persona del resto. Como ejemplo, recuerda ese sentimiento de haber tenido una conexión casi inmediata y un gran deseo por estar cerca, en su momento creyó que eso era muy poco específico, ahora entendía que era lo más obvio.
Quizás no estuvo en todos sus sentidos como para notar otras, pero por primera vez estaba seguro de haberlo encontrado. Alguien que le devolvió la emoción.

Aunque solo le quedaban los últimos días de descanso del trabajo, aprovecharía tanto como pudiera para ver a Luciano nuevamente.

¿Sería demasiado pronto como para llevarle algún regalo?, ¿preferiría los postres dulces o salados?, ¿seguía alguna dieta?, ¿cuándo sería su cumpleaños? La mente de Martín divulgaba muchísimo en el tema, cuando creía que podía adivinar algo surgía otra pregunta nueva y repetía ese ciclo. En el fondo era alguien demasiado perfeccionista, por lo que pensó que también debería averiguar sobre qué temas prefiere hablar.

Siguió así hasta que llegó la hora que Luciano había propuesto para encontrarse, llegó media hora antes y esperó unos diez minutos dentro de su auto, sin ver ningún rastro del muchacho. Cuando comenzaba a dudar escuchó unos golpes en el vidrio y al voltearse ahí estaba él, sin esa ropa de trabajo y mucho más arreglado.

—Me pareció reconocerlo, es bonito —dijo Luciano apenas se bajó el espejo retrovisor, apoyándose en el coche para poder escucharlo entre todo el ruido de la ciudad. —disculpa la tardanza.

—No, no, no hay problema… ¿Íbamos a algún lado?

—Creí que podíamos comer algo en un lugar aquí cerca. A veces voy ahí, cocinan bien.

—Me parece correcto, ¿te querés subir o…

—Está cerca, podemos ir a pie.

«No es prudente subirse al auto de un desconocido», pensó Martín para sus adentros. Antes de sentirse desanimado tuvo que bajar rápidamente del coche ya que Luciano se le adelantó. Resulta que el puesto de comida familiar al que lo llevó no estaba tan cerca, caminaron por unos diez minutos bajo el sol hasta ese lugar lleno de gente.

Luciano enseguida se entendió con el personal, lo que hacía sospechar a Martín que quizás no estaba en el país como turista. Mientras uno ordenó una pizza el otro pidió una hamburguesa. Al argentino le gustaban esas cosas simples, aunque solía cuidar un poco más lo que consumía era bueno poder darse un gusto de vez en cuando.

—¿Cuál es tu edad? —preguntó el rubio mientras se sentaban en uno de los bancos de afuera. Sabía que el otro era más joven, se le veía en el humor y la cara, pero tampoco parecía un adolescente.

—Tengo veinticinco años —respondió mientras comía su hamburguesa.

Trece años de diferencia. Esa información lo dejó consternado, fue menos de lo que hubiera querido. En todo caso, él se veía mucho más joven. Apenas llegando a los veinte, con una viveza que se sentía ajena al argentino.

—Eh, no parece que lleves mucho tiempo acá.

—Unos meses, solo vine a pasar un año y volveré a mi país, Brasil, después. —Le contó alegre, si algo sabía el argentino es que esa felicidad era más bien nostalgia. Sus ojos eran honestos y mostraban la tristeza de haber dejado sus tierras. —Si no lo sabe, Brasil queda en.

—Yo soy de Argentina —interrumpió Martín enseguida.

El brasileño no respondió de inmediato. Solo sonrió, una sonrisa lenta, que no alcanzó los ojos. En ese instante, algo en el ambiente cambió. Martín lo notó, pero no dijo nada.

Tal vez era solo su imaginación. O tal vez no.