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Un mundo que proteger

Summary:

Luego de su batalla contra Atsushi Nakajima y haber presenciado la muerte del líder de la Port Mafia, Akutagawa se despierta desorientado en el quirófano de la doctora Yosano.

Notes:

Este es uno de los muchos fanfics que escribí para el Bungoutober del 2019 en Amino. Ahora lo traigo aquí editado y corregido.

Work Text:

Akutagawa abrió los ojos y, al encontrarse a sí mismo en el quirófano de la doctora Yosano, sintió un agudo pánico que le hizo saltar inmediatamente de la camilla. Suficientes traumas tenía ligados a ese lugar.

—Buenos días —una voz masculina saludó. Saber que no era la de la doctora consiguió que el joven se relajara—. ¿Estás bien?

Se trataba de Oda. El hombre tenía un libro en las manos y estaba sentado al lado de la camilla. Akutagawa se asomó con precaución, analizando el lugar.

—¿La doctora está aquí?

—Está fuera del consultorio, si es a lo que te refieres —respondió Oda, cerrando su libro y dejándolo encima de una mesita cercana—. Trató tus heridas mientras estabas dormido.

Ahora lo recordaba: había perdido la consciencia luego de su pelea con el hombre tigre, justo después de que el jefe de la Port Mafia se suicidara frente a sus ojos. Akutagawa se sintió, por un instante, despistado, asimilando que todo lo que había ocurrido fue real.

Había un libro que, aparentemente, debían proteger. El mundo que los rodeaba era simplemente una versión alternativa creada por ese libro (¿eso significaba que la realidad misma de su universo dependía de un solo objeto?) y… aprobó finalmente su prueba de ingreso a la agencia. Aunque, considerando los dos puntos anteriores, ¿siquiera importaba haber aprobado? Sentía vértigo de solo pensar que su mundo entero no era más que palabras en un libro.

—Hey, ¿estás bien? —preguntó Oda, sacándolo de sus pensamientos. Se había levantado de la silla y ahora le extendía una mano para ayudarle a ponerse de pie. Akutagawa no respondió; se limitó a aceptar el gesto sin ganas—. Nos enteramos de que el jefe de la Port Mafia se suicidó. Tú estabas en el lugar, ¿no es así?

¿Cómo se habían enterado? ¿A ese punto ya era noticia en los medios?

—…Sí.

—Kenji y Kunikida dijeron que estabas con alguien más.

—El hombre tigre —asintió nuevamente.

Hablaba con tanta gravedad que Oda no podía identificar si estaba incómodo o molesto.

—Ese chico desapareció —dijo finalmente. Akutagawa abrió los ojos y, por primera vez, expresó algo más que frialdad ante el asunto en cuestión—. La mafia ha estado reclamando toda la mañana. Esperábamos que supieras si su líder tuvo unas últimas palabras o algo así. Aparentemente, se fue sin decir nada.

—¿La mafia quiere conflicto con la agencia?

—Por el momento son diplomáticos. Saben que no les conviene montar una guerra en sus condiciones actuales —sin líder, a la deriva—. Pero el presidente ha dicho que debemos ayudar a la mafia en lo que podamos para estabilizarla.

Akutagawa no entendió eso.

—¿Por qué?

—Se trata de un trato que mantiene a Yokohama en paz —mientras Odasaku explicaba, Akutagawa pudo notar lo cansado que estaba en realidad—. Un plan tripartito que, gracias a su líder, parece estar en riesgo.

Un plan que mantenía a Yokohama en paz… Escuchar tales palabras hacía parecer que, en realidad, el mundo que los rodeaba sí era algo inmenso; como si todas las cosas que lo conformaban tuvieran importancia y un porqué. Como si, en realidad, nada fuera ficticio.
Akutagawa no podía hablar de eso con Oda. Es más, el hombre del abrigo negro—no, Osamu Dazai—les había dejado claros los riesgos de que más de dos personas supieran del libro.

Un libro que, por cierto… ¿dónde estaba? ¿El hombre tigre se lo llevó con él? Y si no, ¿qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Debía buscarlo? ¿Cuidarlo él solo porque su supuesto compañero decidió irse sin más?

Hacía muchísimo tiempo que Akutagawa no se había sentido tan perdido. Es más, jamás en su vida experimentó tal cosa como un "no saber qué hacer", incluso si la respuesta estaba frente a sus ojos. De alguna forma, se sentía como si fuera demasiado peso para él solo.

—Hey, está bien —una mano de Oda se posó en su hombro. Akutagawa lo miró sin decir una palabra—. Pensemos en eso luego. Tenemos que salir.

—¿A dónde? —quiso saber.

—Fuera del consultorio. Los demás están esperando.

Oda se dirigió a la salida y abrió la puerta, señalándole el exterior. Akutagawa caminó a paso lento hasta el pórtico y, apenas se asomó por este y vio la oficina, cañones explotaron.

—¡Felicidades…!

¡Rashōmon!

El demonio salió de sus prendas y atacó inmediatamente lo que tenía enfrente. Afortunadamente, nadie salió herido, ya que, con buenos reflejos, todos se hicieron a un lado. También Odasaku lo había jalado del cuello del abrigo hacia atrás, consiguiendo mermar su ataque.

—Calmado —le dijo Oda mientras lo soltaba.

Akutagawa se había sentido atacado al escuchar los impactos repentinos, pero, una vez quieto, pudo ver que se trataba de serpentinas y confeti. La oficina estaba decorada como si fuese una fiesta; incluso había globos.

Todos los agentes se levantaron y se reunieron de nuevo.

—¡¿Qué fue eso, mocoso?! —se quejó Kunikida, listo para darle un sermón.

—Está bien, Kunikida —dijo Yosano, dándole una palmada en la espalda—. Le dimos un buen susto. Akutagawa es como un cachorro que se espanta con cualquier sonido brusco.

Y, aunque eso lo ofendió profundamente, se abstuvo de comentar, tanto por respeto como por el miedo que le tenía a esa mujer y su machete.

—Akutagawa en serio es algo denso —comentó Ranpo entre risitas, empezando a comer del buffet.

—Lo siento —se disculpó por atacarlos, inclinando la cabeza.

El gesto de Kunikida se ablandó y varias sonrisas aparecieron.

—¡Está bien! No hubo heridos —dijo Kenji de buen humor.

—De todas formas, debimos pensarlo mejor. Acabas de salir de una situación algo estresante —concedió Tanizaki con tono considerado—. Perdón por eso.

—En todo caso —dijo Akutagawa, mirando a su alrededor de forma analítica—. ¿Qué es todo esto?

Hubo un silencio colectivo que se rompió por las risas de Ranpo al otro lado de la sala, junto a la mesa dulce.

—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Sí es lento!

A veces Ranpo podía ser tan molesto…

—Es tu fiesta, Akutagawa-san —dijo Kenji, juntando sus manos con una radiante sonrisa—. ¡Por haber aprobado el examen de entrada! ¡Eres un detective oficial!

Otro cañón se escuchó, pero esta vez Akutagawa estaba lo suficientemente pasmado como para ignorar el confeti que caía sobre su cabeza gracias al disparo de Naomi Tanizaki.

Se dio la vuelta buscando a Oda. Él estaba ahí, parado, asintiendo con la cabeza. Entonces, eso era real. Volvió a mirar a sus nuevos colegas; hasta ese momento no notó que el presidente estaba entre ellos, con gesto sereno.

—Bien hecho.

Fueron dos simples palabras, pero llenaron a Akutagawa de un sentimiento demasiado ajeno a él: orgullo.

—Me esforzaré, jefe.

Con voz firme, volvió a inclinarse en señal de respeto, esta vez en dirección a Fukuzawa. Todos los presentes lo miraron con una sonrisa.

—¡Bueno, ya! —dijo Naomi, saltando—. ¡Hay que hacer el brindis!

—¡Yo quiero jugo de fresa! —dijo Ranpo desde su lugar.

—Yo le serviré el sake, presidente —dijo Haruno, retirándose a servir.

—Yosano-sensei… ¿va a brindar con la botella entera?

—¿Algún problema, Kunikida?

Todos empezaron a moverse por su cuenta. Algunas secretarias le preguntaron qué le gustaría para el brindis y le ofrecieron cinco bebidas diferentes. Kunikida, luego de meditarlo (y con mucha presión de parte de la doctora), permitió incluso que pudiese brindar con alcohol.

Era demasiado extraño, en especial porque Akutagawa nunca fue parte de nada como eso. Nadie se había molestado en hacer una fiesta para él, cocinarle o siquiera felicitarlo. Había estado en la agencia con dos objetivos: el primero, ser más fuerte; el segundo, encontrar a Gin. En ninguno de estos estaba la idea de hacer amigos o pasar un buen rato.

—Aquí tienes, Akutagawa-san —una de las secretarias finalmente le dio su bebida.

Él la tomó, aún perdido en sus pensamientos. Todos los agentes levantaron sus respectivos vasos (y Kenji su tomate), diciendo al unísono:

—¡Salud!

Todos chocaron los vasos entre sí; incluso incitaron a Akutagawa a hacerlo porque no sabía exactamente cómo brindar (tampoco lo había hecho antes, y menos con un grupo tan grande de personas).

Ese día… se divirtió. Comió a sus anchas y conversó con todos, incluso si su fuerte no era ni el habla ni las grandes multitudes, y se sintió a gusto.

Al menos ese día dejó de pensar en el libro y en el destino del mundo que recaía sobre sus jóvenes hombros. Pero en la noche, cuando los niños se fueron a casa y los ebrios se quedaron dormidos, ahí, sentado en su escritorio de la oficina a oscuras, mirando el cielo por la ventana, pudo pensar.

Y pensó que ese mundo valía la pena ser protegido.