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El precio de no arder

Summary:

Una sola frase hizo falta para terminar con la Danza de Dragones antes de siquiera comenzar.

(O, donde Daerys, una mujer de nuestros tiempos, renace en la tercera hija de Viserys Targaryen. Todo contado desde la perspectiva de diferentes personajes.)

Notes:

Quiero dividir este pequeño fic en tres partes:

1. El conflicto y el arreglo del problema
2. El romance de Daerys
3. Y el arco final, con la conclusión de la historia.

He dejado varias cosas inconclusas en esta primera parte para poder abordarlas en la segunda. Además, las actualizaciones de este fic serán esporádicas, ya que prefiero tener todo bien pulido antes de subir los capítulos.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

 

 

 

La voz de Daerys corta la conversación entre Rhaenyra y Alicent. El banquete estaba en su apogeo; las charlas —algunas tensas, otras alegres— disminuyen cuando la taciturna tercera hija del rey Viserys habla.

 

Hermana mayor, no tomes el vino. Podría hacerle gran mal a tu bebé. —Daerys está bastante alejada de donde están Alicent y Rhaenyra, al lado de Aemond, como siempre. Aun así, desde esa distancia puede ver cómo Rhaenyra está por llevar la copa a sus labios.

 

Rhaenyra siente cómo Daemon se tensa a su lado, le arrebata la copa de las manos y la lanza al suelo.

 

Viserys observa a su niña. Esta tercera hija suya nunca le había dado problemas. Tal vez muchos pudieran señalar a Viserys como alguien ausente en la vida de sus hijos (Alicent en especial), pero nadie podía negar que los conocía perfectamente. Daerys, gemela de Daeron, era bastante única, como todas las hijas que había tenido el placer de criar. (Viserys sabe que tiene preferencias por sus hijas; él no lo niega). Entiende que su pequeña Daerys prefería los libros y a los maestres por sobre los banquetes y festividades; era reservada y solo hablaba cuando le hablaban. De pequeña, Viserys recuerda haberse sorprendido por la inteligencia de su niña: si hubiese nacido hombre, sin duda habría ido a Oldtown con los Hightower para perfeccionar esa inteligencia en la Ciudadela, tal como lo hizo su hermano Daeron.

 

—Ah, Daerys, ¿por qué dices eso? —La voz de Viserys está algo entrecortada; aun así, fija su mirada en Daerys. Siempre le sorprendió el color de ojos de su niña: uno violeta opaco, el otro un brillante esmeralda, igual a los ojos de su dulce madre. A Viserys le gustaba mirarla cuando aún era una bebé; ya no recuerda por qué dejó de hacerlo.

 

—Padre, debes saber que soy muy leída. —Por supuesto que Viserys lo sabía. Incontables fueron las veces que Alicent la reprendió por escabullirse a la biblioteca en vez de ir a tomar el té con las señoritas de otras casas—. Con el maestre Orwyle estuvimos haciendo una investigación. Descubrimos que el vino, la cerveza y cualquier tipo de alcohol afectan el desarrollo de un bebé. Si la madre ingiere mucho alcohol, esto podría incluso causar la pérdida del bebé, sin contar las posibles malformaciones.

 

Al escuchar las palabras de su niña, Viserys no puede evitar recordar a Aemma bebiendo su vino dorniense favorito mientras apoyaba una mano sobre su abultado vientre. Ah… así que esa pudo haber sido la causa de tantas pérdidas.

 

Helaena mira a Daerys, con los ojos pensativos. —Tomaba mucho vino de ciruela cuando tuve a los gemelos—, acotó en silencio Helaena. Todos recordaron el pequeño problema con los dedos de su hijo.

 

Rhaenyra masajea su vientre hinchado. Ella tomaba vino por compromiso; realmente le hacía sentir un poco mal cuando estaba embarazada, así que prefería evitarlo. Pero si su hermana decía que el vino podría hacer un gran mal a su bebé, mejor sería abstenerse por completo de su consumo.

 

Realmente nunca ha hablado de corazón a corazón con su hermana más joven; puede contar con los dedos de una mano la cantidad de conversaciones que ha tenido con ella a lo largo de la vida. Daerys era muy reservada, y Rhaenyra tenía cinco hijos y otras responsabilidades (ella entierra la culpa que siente por estar tan alejada de sus hermanos pequeños). Además, Rhaenyra pensaba que Daerys estaría resentida con ella por la marca en su rostro.

 

El funeral en Driftmark fue un evento que Rhaenyra no quería recordar ni volver a repetir, pero era imposible de olvidar al ver el rostro de su hermanita. La cicatriz le cruzaba la mejilla hasta llegar casi al ojo; ese día, Daerys casi pierde un ojo por defender a Aemond. Quedó marcada por culpa de su hijo. Rhaenyra la entiende si no quiere tener ninguna relación con ella.

 

Su Lucerys aún llora en su cama algunas noches por la culpa. Incontables fueron las cartas llenas de disculpas que se enviaron desde Dragonstone a la Fortaleza Roja, todas sin respuesta. Incluso ahora, Lucerys mira a Daerys con culpa y vergüenza, bajando la mirada cada vez que sus ojos se encuentran.

 

También está el hecho de que Daerys se parece a Alicent en gran medida: ambas comparten ese cabello rojo fuego, teniendo Daerys solo algunos mechones blancos dispersos. Los ojos de Daerys son similares a los de su abuela, sí, ¿pero todo lo demás? Es puramente de Alicent. La forma de su cara, su nariz delicada, sus ojos en forma de cierva… incluso la forma de su andar le recuerda a Alicent. Ver a Daerys es como ver a esa joven Alicent, su dulce amiga que aún no la había traicionado. Era doloroso y anhelante.

 

Pero si Daerys aún estaba dispuesta a hablar con ella, a advertirle para que cuidara su salud y la de su bebé, ella se acercaría a su hermana. Tomaría todo lo que Daerys estuviera dispuesta a darle. Siempre había anhelado tener hermanos que fueran cercanos a ella.

 

—Bueno, es una suerte que haya nacido hombre, jaja. —La risa estruendosa de Aegon no se hizo esperar cuando terminó de hablar, llevando su copa a la boca mientras bebía su vino.

 

—Beber tanto alcohol, en general, es malo para la salud, hermano. Los excesos, a la larga, dañan nuestros cuerpos. —Solo ahora Rhaenyra nota que su hermana no tiene vino en su copa, sino agua. Daerys lleva la copa a sus labios, refrescando su garganta.

 

Aegon resopla, divertido, a pesar de poner una cara malhumorada. —Si los excesos son malos, querida hermana, estarás ciega antes de cumplir tus veinte onomásticos. Leer tantos libros sin duda es un exceso.

 

—Sigue diciéndote eso, beber es diferente a leer. —Daerys pone los ojos en blanco, vuelve a ignorar a todos en la mesa y centra su atención en su plato.

 

Aegon solo ahoga una risita traviesa, extendiendo la mano para revolverle el cabello. Daerys suelta una queja por su peinado arruinado y Aemond se pone en marcha, apartando la mano de Aegon del cabello de su hermana.

 

—Aegon, deja de molestarla. —Aemond le frunce el ceño con molestia; Aegon solo hace un puchero para fastidiarlo. Desde que pasó todo aquel incidente en Driftmark, Aemond había sido como un perro rabioso alrededor de Daerys: siempre entrenando rigurosamente para protegerla, siempre atento a cualquier gesto de angustia en su hermanita, siempre dispuesto a saltar como un caballero. Era empalagosamente dulce. Aegon lo apoyaría si las intenciones de Aemond fueran casarse con Daerys, pero ese idiota preferiría cortarse la polla antes de tener algún pensamiento impuro sobre su hermana y, de paso, cortarle la cabeza a Aegon por atreverse a decir tales cosas indignantes sobre su inocente Daerys.

 

Aegon quiere refutar cada vez que Aemond señala que Daerys es una inocente doncella, pero si llegara a decir algo sobre haberla visto en la calle de la seda, no solo Aemond lo mataría, también Daerys con algún veneno que Orwyle le daría por ser un chismoso.

 

Aegon es un fiel creyente de que cada quién hace con su polla o su coño lo que le da la gana.

 

Pero sí, desde que Daerys resultó herida en esa pelea, Aemond se había tomado muy en serio la tarea de velar por su seguridad. Se había forjado un vínculo inquebrantable entre Daerys y Aemond (Aegon estaba un poco celoso; él también quería ser parte de eso. Tener a alguien que te apoye incondicionalmente sonaba bonito). Ellos estaban pegados a la cadera. Si Aemond está en el campo entrenando con Cole, Daerys no estaría muy lejos, concentrada en algún libro en sus manos y teniendo un maldito picnic (por los Dioses, ¡No eran plebeyos!) con los gemelos. Si Daerys estaba enfocada en algún proyecto con Orwyle en su oficina, Aemond estaría en la misma habitación, puliendo su espada. Eran así de raros.

 

Pero Aegon puede entenderlo, aunque no apoye el comportamiento. Daerys impidió que Aemond fuera herido, a costa suya, quedando marcada de por vida y teniendo que cargar apodos como "Princesa cara rajada" o "La belleza arruinada", cada uno más desagradable que el anterior. Las posibilidades de que Daerys contraiga nupcias son bajas o directamente nulas. No importa qué tan Targaryen seas o si tienes un dragón: los hombres son seres visuales, y eso Aegon lo sabe bien. Aunque, al ver a Daerys, ella no parece acomplejada por su rostro ni interesada en buscar marido. Al menos no en este momento. Pero eso es algo que Aemond no entiende. Aegon está seguro de que los pensamientos de su hermano están llenos de culpa: que su deber es proteger a la chica que arruinó su vida y su cara por él. Es noble, sí, pero patético.

 

Es bueno, piensa Aegon, que Daeron no estuviera en Driftmark en ese momento. Si ese pequeño diablo hubiese visto a Daerys en peligro, no se habría celebrado solo un doble funeral: habría sido un cuádruple funeral. Los bastardos de Rhaenyra tienen suerte de que ese enfermo mental esté sometido en Oldtown.

 

Aemond y Aegon siguieron peleando. Jacaerys y Helaena ya hacía rato que habían vuelto a bailar, mientras los que estaban en la mesa continuaban conversando.

 

Baela llevó un poco de cordero a su boca, observando a Daerys, quien a su vez observaba al rey Viserys. Baela puede adivinar los pensamientos de su prima: al rey Viserys parecía quedarle poca vida, apenas sostenido por pura fuerza de voluntad. Debe de ser triste saber que a tu padre le queda poco tiempo en la tierra, y que El Extraño podría llevárselo en cualquier momento.

 

Baela estaba un poco perdida en sus pensamientos, por eso no tuvo tiempo de voltear la cabeza hacia otro lado cuando conectó miradas con Daerys. Ambas se miraron sin saber muy bien qué decir o hacer. Baela observó la tímida sonrisa que le dio Daerys; le hizo recordar a aquella niña que la había consolado y le había dado el pésame cuando su madre murió. Fue una de las pocas ahí que lo dijo sinceramente. Daerys siempre fue así: alguien que no tenía capas y capas de medias verdades y mentiras. No como la corte. Ella era refrescantemente sincera.

 

Baela le devolvió la sonrisa, deleitándose cuando los ojos de Daerys brillaron de alegría. Fue un momento íntimo entre dos chicas que sabían que estaban en bandos enemigos, pero que aun así se entendían. Un instante que fue interrumpido por un cuerpo que se interpuso entre ellas. Baela se encontró con los ojos oscuros de Aemond, que la miraban con desagrado, para luego suavizarse en una mirada cariñosa mientras servía más agua a Daerys.

 

Baela chasqueó los dientes. "Qué perro rabioso." Fue lo único que atinó a pensar.

 

Viserys recorrió su único ojo alrededor de la mesa, sintiendo una mezcla de cansancio y logro al ver a todas las personas que amaba en un mismo lugar y sin peleas innecesarias. Pasó su mirada de Alicent, que charlaba con Rhaenyra, a Otto, que observaba a Jacaerys y a Helaena bailar con sonrisas en los rostros, mientras Baela los alentaba cantando. También observó cómo se susurraban entre sí Lucerys y Rhaena, cómo Daerys cambiaba sutilmente la copa de vino de Aegon por agua, con Aemond como su feliz cómplice.

 

Todo estaba en calma… hasta llegar al lugar de Daemon, quien ya lo estaba mirando. Ambos sostuvieron la mirada hasta que soltaron unos bufidos cansados. A Viserys le habría gustado quedarse más tiempo, pero un ataque de tos y dolor le impidió seguir disfrutando de tan cálido ambiente.

 

Viserys escuchó la voz de Alicent, pidiendo a los guardias que lo llevaran a su dormitorio a descansar. Viserys quiso negarse, pero estaba demasiado débil para hacerlo. Solo pudo sentirse impotente cuando los fuertes guardias alzaron su silla para transportarlo.

 

Cuando Viserys se marchaba, les dio una última mirada a todos, guardando ese preciado momento en su memoria. Y antes de desaparecer de la vista de todos, pudo conectar su mirada con Daerys. Los ojos de su hija ardían en determinación. Viserys no entendió —y tal vez nunca entendería— por qué su hija siempre tenía esa mirada cuando lo veía.

 

Fueron aquellos ojos bicolor los últimos que vio antes de partir junto al Extraño.

 

::

 

Daerys observó cómo su padre se iba, y cómo, justo después, entraba un cerdo cocinado en una bandeja. Si bien no podía evitar los años de tensiones ya generadas entre su madre y Rhaenyra, podía evitar que Aemond arruinara cualquier paz precaria que se estaba gestando entre la reina madre y su hermana con uno de sus discursos provocadores. Ella apoyaba que Aemond se defendiera de Lucerys, pero había formas más sutiles de hacerlo. Por eso, cuando vio la bandeja de cerdo acercarse, junto con la asquerosa sonrisa socarrona de Lucerys en los labios, actuó sin dudar.

 

Ya era hora de iniciar su plan para evitar toda esta danza absurda.

 

—Aemond.

 

—¿Qué pasa?

 

—Quiero bailar.

 

—Está bien. —Antes de que el cerdo fuera depositado en la mesa, Aemond ya la había guiado al centro. Daerys pudo suspirar de alivio. Drama evitado. Faltaban veinte más.

 

Puso una mano en el hombro de Aemond mientras con la otra entrelazaba sus dedos. Daerys le sonrió con dulzura, feliz de compartir ese momento con su hermano. A Aemond no le importaba bailar con ella, pero Daerys sabía que no era su actividad favorita.

 

Estuvieron un buen rato bailando. Daerys solo se detuvo cuando se dio cuenta de que el cerdo en la mesa ya estaba irreconocible de tantos mordiscos. Aprovechó ese momento para refrescarse la garganta y espiar las conversaciones que se desarrollaban en la mesa, con Aemond siguiéndola como una sombra.

 

Parecía que Alicent se había entregado a la total confianza, charlando con Rhaenyra de forma animada. Y sorprendentemente, Aegon y Daemon se habían enfrascado en una discusión silenciosa sobre cuál era el mejor burdel de la calle de la seda, como si La Perla Azul no fuera la mejor de todas.

 

Su abuelo, por otro lado, escuchaba a la tímida Rhaena hablar sobre la nueva poesía que había sacudido Myr y que recientemente había llegado a Westeros. Eso no sorprendía a Daerys. Otto podía ser un maestro de la manipulación y un ambicioso de primera, pero tenía esa energía de abuelo que solo parecía sacar con las más jóvenes. Era tierno… si ignorabas cómo podía lanzarte a los lobos si le convenía.

 

Al lado de Rhaena, notó Daerys, estaba un incómodo Lucerys, que se mantenía callado, sin saber cómo entrar en la conversación ni qué aportar. Bien. Cualquier molestia que tenga Lucerys es un gozo para ella.

 

Que no se diga que Daerys no puede ser mezquina cuando quiere.

 

Todo parecía ir bien: conversaciones banales, un ambiente de paz. Casi parecían una familia de verdad. Casi.

 

Su siguiente movimiento era llamar la atención de Daemon para hablar en privado y persuadirlo con respecto a algunas... cuestiones. Ya le había dado el primer empujón cuando mencionó el vino de Rhaenyra. Conociéndolo, pensaría que estaba envenenado y querría una confirmación directa de ella, junto con su posición en la Danza.

 

Ha estado cocinando este plan por tanto tiempo que perdió la cuenta. Cada movimiento, cada mirada, cada paso está planificado por ella para evitar el derramamiento de sangre. Desde que murió y volvió a nacer en este desastroso mundo, hizo todo lo que estuvo a su alcance para aligerar la animosidad entre los bandos. Como aquella noche en Driftmark, o como misteriosamente Larys contrajo fiebre de verano y quedó tan debilitado que tuvo que volver a Harrenhal. Como persuadió amablemente a Cole para que dejara de ser un patético resentido y fuera profesional en su maldito trabajo, o de lo contrario ese sucio secreto entre su madre y él sería revelado al rey.

 

Tal vez haya cometido algún que otro error, pero los sucesos principales que convirtieron en insalvables las relaciones entre ambas familias fueron modificados para evitar tanto odio entre bandos. Ella ruega, desea y suplica que sea suficiente. Daerys sabe que no está hecha para la guerra. A duras penas se ha acostumbrado a montar en su dragón; tener que usarlo para una batalla le da pavor. (Ella tampoco quería ver morir a sus hermanos. Había llegado a tenerles aprecio.)

 

Daerys, antes de ser Daerys, fue criada con la sensibilidad que una era moderna podía darle. No le gustaba matar. Odiaba la idea. No solo por una cuestión religiosa, sino también por una moral y una ética que solo su entendimiento moderno le ofrecieron.

 

Daerys es solo una persona, y como cualquier persona en sus cabales, odia toda guerra y toda sangre. Daerys también es una cobarde: jamás mancharía sus manos por poner a alguien en el Trono, ni siquiera a ella misma. ¡A otra persona!

 

Apreciaba a Aegon. Era su hermano. Ella le había enseñado los valores suficientes para que no fuera ese monstruo herido que alguna vez vio. Fue ella quien sutilmente lo guio para convertirse en un ser humano decente.

 

Aegon ahora mismo podía ser un borracho herido, pero al menos tenía a sus otros hermanos, y sabía que era amado por ellos. Aegon no es ese monstruo.

 

Y sin embargo, a pesar de toda esta evolución en el carácter de su hermano, no pelearía por él en una guerra. Ni por nadie.

 

No pelearía por Aegon ni por Rhaenyra. En primer lugar, porque sabía que Aegon odiaría sentarse en el Trono. Su hermano era un ser libre. Daerys sabía que estaba planeando un viaje con Helaena por todo Westeros. Si él hubiera vivido en su anterior mundo, habría sido como esos turistas entusiastas que se sacan fotos en todos los lugares y a todo.

 

Y no podría verlo apagarse poco a poco bajo el peso de las responsabilidades de un trono.

 

Tampoco pelearía por Rhaenyra. Aunque era su hermana, apenas habían tenido contacto. (Y sin embargo, le habría gustado tenerla como hermana mayor. Pero sabe que eso habría sido imposible con toda la situación tensa de sucesión.) Además, Rhaenyra no necesitaba otra jinete de dragón. Tal vez, quizás, alguien que la aconsejara en política social.

(Daerys se estremece al recordar las decisiones desacertadas de su hermana para con el reino. Todas impulsadas por un consejo de hombres con más privilegios que vidas.)

 

¿Pero más allá de eso? Daerys no movería un solo dedo.

 

Y eso la hace una cobarde. Lo sabe. Y lo acepta.

Tiene mejores cosas que hacer.

 

Daerys observa la mesa, a su familia, y asiente. "Sí. Lucharía por esto."

 

Lucharía por ver las sonrisas divertidas que su madre y Rhaenyra comparten.

 

Lucharía por ver cómo Aegon, Helaena y Jacaerys bailan juntos como un par de chiflados.

 

Lucharía por ver a Daemon y Baela compartir esas miradas cómplices, ese cariño paternal.

 

Lucharía por ver a su abuelo siendo ese abuelo tierno, sepultado bajo capas y capas de ambición.

 

Lucharía por estar en el cálido abrazo de Aemond. Por tener este cariño familiar.

 

::

 

Daemon, a pesar de todos los rumores sobre su bravuconería, maldad e impaciencia, era una persona observadora, que calculaba el riesgo antes de accionar. Y si sus actos no lo llevaban a la muerte y solo implicaban un castigo leve, hacía lo que quería.

 

Era pícaro y bravo, según la descripción de quienes le eran afines. Una bestia salvaje e innoble, según sus enemigos.

 

La verdad era que, sinceramente, a Daemon no le importaba la opinión de las ovejas, ni nunca le había importado. ¿Por qué habría de hacerlo?

 

Él era un príncipe Targaryen. Más cerca de los dioses que de los hombres. Tenía sangre noble. Tenía un dragón ferozmente leal.

 

Las opiniones de pequeños nobles y plebeyos le eran prescindibles. Se divertía con los dichos de sus enemigos, y ponía los ojos en blanco ante los cumplidos excesivos de sus aliados.

 

Daemon era simplemente alguien superior.

 

Y, como alguien superior, sabía todo sobre quienes podrían causar un conflicto con la futura corona de su esposa.

 

Sabía —por sus espías— qué lugares frecuentaba Aegon y cuáles eran sus actividades favoritas (que al hijo de su hermano le gustara bailar con prostitutas en vez de follárselas había sido una sorpresa; que apostara todas sus monedas en juegos de cartas, no tanto).

 

Sabía del progreso de Aemond en combate (ese mocoso estaba superando su propio manejo de la espada; con tan solo siete y diez onomásticos, demostraba ser un oponente formidable. Lástima que no le gustaran los torneos, habría arrasado con todos).

 

Sabía sobre la segunda hija de Viserys, Helaena, y su rareza (la niña le recordaba a su tía Gael: siempre dispersa en su mente, siempre risueña… hasta antes de encontrarse con ese bastardo comerciante, mil veces maldito).

 

También estaba al tanto del niño exiliado sutilmente a Oldtown, Daeron, y su fama de ser un caballero ejemplar en apariencia y personalidad.

 

"Daeron el Osado", susurraban los mozos de cuadra con admiración, sin saber que eso solo era una máscara. Sus espías le habían entregado una información tan deliciosa como preocupante: el hijo menor de su hermano era el más peligroso.

 

Aquella obsesión que tenía con su hermana gemela era inquietante. ¡El niño guardaba cada carta que le enviaba su hermana en la bodega de los Hightower! ¿Cómo carajos puede acceder a la bodega más custodiada de los Siete Reinos?

 

Y por último, estaba la tercera hija de Viserys, Daerys.

 

Cuando escuchó su nombre por primera vez, recordaba haberse reído junto a Laena. Viserys nunca fue sutil con los nombres de sus hijos, pero se había sentido honrado de que el segundo hijo varón tuviera casi su mismo nombre: Aemond.

 

Pero que nombrara a su tercera hija con un conjunto entre el nombre de Viserys y el suyo... lo hizo sentir apreciado.

 

Se sintió querido por su hermano, a pesar de la distancia entre ellos. (Y también divertido. Ojalá hubiese visto la cara de esos perros Hightower.)

 

Que Viserys cumpliera aquella promesa que se hicieron de niños —que aún la recordara— lo llenaba de calidez.

 

Había estado extasiado por conocer a esos dos niños.

 

Hasta que los conoció.

 

Fue en un viaje familiar con su entonces esposa, Laena, y las gemelas. Habían sido invitados al torneo organizado por Viserys para conmemorar los diez años de matrimonio con Alicent Hightower. Viserys, siendo un derrochador de primera, había preparado un torneo de siete días, con premios desorbitantes que acumulaban una pequeña fortuna, banquetes dentro y fuera del castillo, e incluso mandó a construir un convento de la Fe de los Siete en honor a su esposa.

 

Todos habían asistido: desde los Tyrell, Baratheon y Tully hasta una princesa dorniense. Toda la familia real estaba presente. Los Negros, los Verdes, y los que venían únicamente a observar la deliciosa tensión entre ambos bandos. Él incluido.

 

Fue en ese torneo cuando su hermano le presentó a sus hijos.

Cuando Daemon los vio, todos alrededor del posesivo abrazo de Alicent, quien lo miraba con una desconfianza amenazante, solo sintió una especie de indiferencia asentarse en su corazón.

 

El mayor de los niños, Aegon, tenía la incomodidad escrita en la cara. La segunda, Helaena, ni siquiera lo miraba: estaba enfocada en una… ¿oruga?

El niño que tenía la inspiración de su nombre, Aemond, escondía el rostro en la falda de su madre, mirándolo de vez en cuando antes de volver a ocultarse.

 

Y por último, los gemelos de su hermano.

Daemon recordaba que eran unos infantes, no mayores de seis años.

El gemelo varón era muy parecido a Alicent, y por consecuencia, a Otto. Daeron era un niño que mantenía sus pequeños brazos fuertemente envueltos alrededor de su hermana Daerys, y lo observaba con desdén y la nariz en alto.

Era una expresión extraña y desconcertante en el rostro de un niño, pero Daemon no se sorprendía. Eran mitad Hightower, después de todo.

 

La niña, por el contrario, lejos de estar disgustada o sofocada por el fuerte agarre de su hermano, solo tenía una expresión impasible en el rostro, como si nada a su alrededor pudiera perturbarla.

Daerys solo parpadeó ante él unos segundos antes de sonreír con timidez.

 

Los últimos hijos de Viserys eran muy parecidos a Alicent.

El niño era casi una copia de la irritante mujer, destacando únicamente por su colorimetría Targaryen.

Por otro lado, la niña tenía un cabello tan rojo vivo como su madre, solo que salpicado con unos mechones blanquecinos.

Si no hubiese sido por ese ojo izquierdo violeta, le habría advertido a su hermano que su querida esposa le había sido infiel.

 

Ah, en medio de toda la emoción lo había olvidado: esos niños eran nietos de Otto Hightower.

 

Sinceramente, Daemon solo pudo sentir indiferencia.

Ninguno era sorprendente. Eran aburridos. Y ninguno parecía entusiasmado por conocerlo. Así que simplemente les asintió a todos y fue a ponerse al día con su hermano.

 

Los hijos de Viserys fueron puestos en el fondo de su mente aquella vez, y durante mucho tiempo.

 

Hasta que, claro, comenzaron a representar un peligro para el trono de su ahora esposa.

 

Se arrepiente un poco.

Lamenta no haberles prestado aunque sea un mínimo de atención. Porque aquellos niños que juzgó como aburridos demostraron ser mucho más.

Y en especial la penúltima, la tercera hija de Viserys, quien en este momento solo lo observa con cansancio mientras suspira, recostada en el lujoso sillón verde de la biblioteca.

 

Después de que terminara la cena, cada uno fue a sus habitaciones a descansar.

Él y Rhaenyra pasaron por la guardería para llevar al pequeño Aegon y al bebé Viserys a la habitación, hablando sobre el viaje que emprenderían a la madrugada hacia Dragonstone.

 

Daemon se acostó con Rhaenyra durante unos minutos y, consciente del sueño pesado de su esposa, se levantó con sigilo para ir a buscar a la otra niña de Viserys.

 

No creía para nada en la explicación de la niña respecto al vino.

Si descubría que alguien había intentado envenenar a su esposa… bueno, su espada aún ansiaba sangre.

 

Y ahora estaba allí, en la biblioteca real, mirando amenazadoramente a la tercera hija de su hermano, quien solo lo observaba con aburrimiento antes de soltar un suspiro.

 

—Mira, si esa copa hubiese estado envenenada, todo el jarrón también lo habría estado.— La niña tenía esa expresión taciturna en su rostro, el aburrimiento tercamente grabado en su semblante.

 

Si no tuviera un dragón, pensaría que era completamente Hightower por su falta de fogosidad.

 

—Y además, Aegon tomó del mismo jarrón. Habría caído muerto con todo el vino que toma.—

 

Esa expresión aburrida era tan jodidamente parecida a la del mojigato de Otto...

La niña pudo haber heredado la belleza Targaryen, pero su personalidad erudita le restaba varios puntos.

No era para nada parecida a su apasionada Rhaenyra.

 

(La cicatriz en la mejilla de la niña atenuaba su belleza, pero jamás la culparía por tal deformación. No era tan cruel.)

 

Daemon soltó una burla.

—Me resulta interesante que hayas mencionado tu dichosa investigación luego de que mi esposa se tomara dos copas.—

Ambos estaban sentados en una mesa de la biblioteca, frente a frente.

La niña sostenía un pequeño libro verde (qué sorpresa, piensa con burla) con un agarre contundente. Esa era la única muestra de su estado de ánimo.

Por lo demás, era la perfecta representación de una dama de la corte.

 

—Por mucho que parezca, no soy una entidad omnisciente.— ¿Qué carajos era omnisciente? —Y además, estaba vigilando que Aegon no tomara tanto vino. Por eso me percaté demasiado tarde.—

 

Daemon estaba cansado. Era tarde, y en unas pocas horas debía emprender vuelo.

Quería terminar rápido el asunto e irse junto a su esposa, así que usó su mejor expresión: esa que tantos enemigos habían aprendido a temer.

Y observó a la niña.

 

—Basta de charlas. Me dirás la verdad o, si no...—

 

Tiene que darle algo de crédito a la niña, porque no parece inmutarse. Ni le corre la mirada, como muchos han hecho antes.

Pero sabe que es solo cuestión de tiempo. Nadie se resiste al temible aura de Daemon Targaryen.

 

Pasan unos segundos que se le hacen eternos, con la niña tan rígida como una estatua, con la espalda tensa como una cuerda.

Finalmente, hay un leve tic en el ojo de la niña. Pero lejos de contar toda la verdad con miedo, simplemente tira el libro sobre la mesa y se agarra la cara con ambas manos, soltando un sonoro suspiro resignado.

 

—Eres insoportable, ¿lo sabes?— Qué insolencia. Daemon frunce el ceño.

 

La niña abre los dedos que le cubren la cara, dejando que solo sus ojos bicolor queden a la vista.

Tiene una mirada apagada, y es recién en ese momento que Daemon se da cuenta de las grandes ojeras bajo sus ojos, y de cómo toda su postura se ha encorvado, como si quisiera hacerse más pequeña.

Atrás quedó la joven dama perfecta moldeada por Alicent.

 

—Es esa fidelidad familiar lo que más admiré de ti... y la que más odio.—

La voz de la niña se torna casi histérica. Daemon solo puede tensar su postura, sin saber qué hacer exactamente.

 

—¿Sabes? Crecí escuchando mucho de ti. A padre le encantaba hablar sobre su hermano, aquel embustero aventurero. Él te tiene cariño.

 

Vaya… Si bien sabía que su hermano le tenía aprecio, pensaba que su vínculo se había enfriado luego de tantos años lejos (y por el exilio).

Pero escuchar que su hermano hablaba tan cariñosamente de él le hace arrepentirse de no haberlo visitado más seguido.

 

—Crecí escuchando sobre este hombre feroz y protector con su familia, que, a pesar de sus fallas, era alguien tan dedicado a mi padre y a mi hermana mayor.—

La niña—Daerys—por fin saca las manos de su rostro, y Daemon siente que se le corta la respiración, porque allí, sentada, estaba la imagen misma de la tristeza.

—Solo para encontrarme con un príncipe frío, que solo me miró por unos segundos antes de olvidarse de mí, de mis hermanos. Creí tontamente que, al ser familia, tendría un tío. Qué equivocada estaba.—

 

Daerys lo observa con una sonrisa cansada, antes de desviar la mirada al suelo. —Había estado confundida. Me pregunté y me pregunté por qué no eras como las historias que mi padre me contaba... solo para darme cuenta, al poco tiempo, que eras exactamente como él decía. Solo que no con nosotros.—

 

Y Daemon comienza a sentir algo que nunca se había permitido sentir: culpa.

La chica a la que tan obstinadamente se refería como 'la niña' era también hija de Viserys, no solamente de Alicent.

Ahora lo ve. Ve en Daerys la misma mirada cansada y decepcionada que pone su hermano cuando nadie se da cuenta, ve las mismas microexpresiones en esos ojos aburridos.

¿Cómo no lo había visto antes? Detrás de aquel cabello rojo, se encontraba la hija de Viserys.

 

—Al principio pensé que no nos querías por ser demasiado pequeños, demasiado alejados. Tanto tiempo fuera puede hacer que la gente olvide cosas. Tú nunca nos habías conocido, de todas formas.— Daerys negó con la cabeza, como si hablara consigo misma. —Ah, pero no. Simplemente no te gustábamos. Así que acepté ese vínculo perdido, uno que nunca se hizo de cualquier modo.—

 

—Mira, Daerys…—

Daemon intenta hablar, poner una excusa, hacer algo, cualquier cosa. Pero antes de que pueda hacerlo, Daerys levanta una mano para acallarlo, tal y como hacía Viserys antes de caer enfermo.

 

A Daemon se le cierra la garganta.

 

—Crecí sin un tío, sin una hermana mayor, por los constantes conflictos en la corte. Y también crecí sin un padre, porque aquella enfermedad se llevó poco a poco su mente y su cuerpo.—

Daerys agarra el libro que hace unos momentos había tirado.

 

—Pero también crecí con cuatro hermanos que me amaban, con una madre que, a pesar de no saber lo que estaba haciendo, lo intentaba, y con un abuelo codicioso pero cariñoso.—

 

Daerys suspira, antes de levantar la mirada y fijar sus ojos en él, aquellos ojos que eran el recuerdo de su madre Alyssa.

 

—Lo que quiero decir es que no estoy resentida. Me hubiese gustado haber tenido un vínculo, pero ¿qué puedo hacer? El pasado es pasado.

Y, aunque no te tenga cariño, sigues siendo familia. Tú y Rhaenyra. Y no me gustaría tener que luchar por un trono, ni verlos morir. A nadie.—

 

La última parte fue dicha con una mirada lejana.

Daemon no tiene idea de en qué está pensando.

Lo que sí sabe es su propio sentir. Siente esa pesadez en su pecho, un arrepentimiento profundo. Ojalá no hubiese estado tan ciego como para no darse cuenta de que los hijos de Alicent son, de hecho, también los hijos de Viserys.

 

¿Qué quieres decir? —él susurra en valyrio, su mirada se endurece ante los últimos dichos de su sobrina. —No hay nada por lo cual luchar. Mi esposa es la heredera.—

 

Daerys aprieta tanto el libro que sus pulgares se vuelven blancos. —Mi padre no tiene la mejor salud… temo que El Extraño ya está sobre su espalda.— Daemon también lo siente. Ha visto lo débil que estaba su hermano durante la cena.

 

—Y cuando El Extraño toque su puerta, ¿qué crees que pasará?—

 

Daemon lo sabe. En cuanto su hermano suelte su último suspiro, habrá confabuladores que pretendan el trono de su esposa.

Y por supuesto, él no temerá mancharse las manos para que nadie le quite el derecho que le pertenece a Rhaenyra. Que le pertenece a él.

 

Daemon observa a Daerys.

No le haría daño ni a ella ni a la otra niña. Ambas son sus sobrinas, hijas de Viserys.

Pero no podía decir lo mismo de los varones. *Si Aegon o Aemond se atrevían...

 

No lo permitiré.— Lo suelta con ferocidad, sus ojos ardiendo en furia.

Sí, no dañaría a sus sobrinas… pero no tendría piedad con los varones.

 

—Se puede evitar.— Daemon suelta un bufido, pero Daerys alza sus cejas en súplica. —Sé cómo evitarlo.—

 

—Mi dulce Helaena es especial.— Daerys comienza a sollozar. Daemon quiere apartar la mirada, pero no puede. El parecido con Viserys es ahora demasiado notorio.

—Mucho más especial de lo que todos creen. Ella no es rara. Son sus sueños la causa de su peculiaridad. ¿Y quién no lo sería? Tantos horrores que ha visto mi pobre hermana… su corazón se desploma cada vez que nos ve morir.

 

Ante esas palabras, Daemon se queda helado.

—¿Estás insinuando que tu hermana… que mi sobrina, es una soñadora?—

Daerys asiente, pasándole su libro verde. Daemon lo toma con un ligero temblor que disimula rápidamente.

—Así es. He documentado cada palabra. Mi hermana sufre estas premoniciones a diario. Cada una es peor que la anterior.—

 

Daemon hojea las páginas, pasando con cuidado cada una. Su sobrina tiene razón. Cada una es peor que la anterior.

 

Lucerys fue el primero en caer, el detonante de toda la masacre.

Le siguió Jacaerys, muerto en el mar al intentar salvar a sus hermanos menores.

El pequeño Joffrey, masacrado por una multitud, su cuerpo saqueado.

Los hijos mayores de su esposa muertos (aquellos niños que crió como suyos), los pequeños Aegon y Viserys, vivos… pero perdidos en el dolor.

Su Baela, traicionada por su marido bastardo y luego asesinada.

Su Rhaena, casada con un maldito Hightower.

 

Y su Rhaenyra… devorada por un dragón. Su pobre esposa.

A Daemon se le encoge el corazón y una familiar ira cegadora se apodera de él.

 

Los Verdes tampoco salieron ilesos, piensa con regocijo.

Hasta que comienza a leer.

 

Alicent termina loca y confinada.

Helaena y sus hijos, muertos.

El gemelo de Daerys, quemado vivo por un bastardo de Corlys.

Aegon fue el único que sobrevivió… pero solo por un corto tiempo y siendo menos que un hombre.

 

Y Daerys, su sobrina… murió por sus propias manos.

La descripción es aterradoramente impersonal. Su sobrina describe su propia muerte de una manera práctica, casi profesional.

 

"Secuestrada y asesinada en Harrenhal, frente a los Lords de Riverlands. Decapitada por Dark Sister."

 

Daemon muere un poco por dentro. Su ira se esfuma.

Apenas registra la escritura de su propia muerte y la de Aemond.

Por cómo vio su relación en la cena, era de esperarse que el chico enloqueciera ante la muerte de su hermana más querida.

 

Daemon tarda en darse cuenta del toque suave de una mano delicada en su hombro.

Está tan conmocionado que Daerys se acercó a él sin que lo notara. Daerys tiene esa mirada en pena.

 

¿Acaso no siente miedo por estar frente a su futuro asesino?

 

Qué estúpida pregunta.

Por supuesto que lo está.

Debe estar aterrada, pero aun así está frente a él.

La sangre del dragón corre por sus venas.

 

—No quiero que nadie muera.— Daerys se desploma en el piso y Daemon se levanta para sostenerla, pero ella sujeta sus manos y alza la mirada hacia él.

Verde y violeta se encuentran con violeta.

 

—Viste cómo mi madre y Rhaenyra hablaron hoy.

Viste cómo Jacaerys y Helaena bailaron.

Viste cómo compartimos una cena sin ninguna pelea.—

 

Hay lágrimas en las mejillas de Daerys.

Daemon nota que son sus propias lágrimas cuando una cae en la frente de su sobrina.

 

—Tenemos la posibilidad de que no haya una guerra. De vivir todos en armonía. El destino no está escrito en piedra.—

 

—Te lo ruego, como mi tío… por favor, no permitas que salgan del castillo.— Los ojos de Daerys lo miran abiertos de par en par, con una locura y un fuego tan Targaryen que Daemon solo puede atinar a arrodillarse junto a ella y abrazarla.

 

Rodeó sus brazos sobre sus hombros y sostuvo su cabeza en su hombro.

 

—Calla, niña. No nos iremos.—

Le susurra, prometiéndole que arreglaría todo.

Que nada malo pasaría.

Que aquel futuro jamás sucedería.

 

Daemon se mantuvo inconsciente de la sonrisa amplia de Daerys.

Su mirada solo podía gritar triunfo.

 

::

 

Rhaenyra es la reina.

La primera reina de los Siete Reinos.

 

Alicent observa a cientos y cientos de personas frente a ellos, todos vitoreando el nombre de la nueva monarca. La euforia se extiende por el aire, junto con las expectativas de este evento inaudito.

Hoy, en el año 129 después de la Conquista de Aegon, es la primera vez que el pueblo presencia a una mujer gobernando.

 

Toda la familia está frente a la multitud, repartidos estratégicamente, no como bandos separados, sino como una unidad.

Rhaenyra se alza tres pasos delante de ellos, con la corona de Viserys sobre su cabeza y el manto rojo del antiguo rey Jaehaerys I. Su vientre hinchado se oculta bajo capas y capas de vestido.

Parece la imagen misma de La Madre.

 

A su lado está Daemon, quien ahora ostenta el título de Protector de los Siete Reinos. Luce tan engreído como siempre, pero su mirada se vuelve suave cada vez que se cruza con los ojos de Rhaenyra.

 

Alicent puede ver todo eso porque está del lado izquierdo de Rhaenyra. ("Debemos mantener un frente unido, Alicent", fue lo que le dijo ella.) 

Ahora ostenta el título de reina viuda.

Aun así, parece seguir siendo importante para el pueblo.

 

El hijo castaño de Rhaenyra, el mayor, se mantiene al lado de Alicent con gesto serio. Y quien le sigue es Baela, la hija mayor de Daemon.

Al parecer, Rhaenyra quiere dejar en claro quién será su heredero y la futura reina consorte.

 

(Alicent observa de reojo a los hijos más pequeños de Rhaenyra, cada uno sostenido por una niñera y por Elinda Massey.

Alicent ya puede sentir otro drama de sucesión formándose lentamente.)

 

Al lado de la futura pareja, está su hijo Aegon y su dulce Helaena.

Jaehaerys se mantiene al frente de Helaena, con ella sosteniendo sus pequeños hombros con ambas manos.

Jaehaera está depositada en la cadera de Aegon, observando todo con grandes ojos violeta a la multitud.

 

Su Daeron es el último de aquella fila. Él sonríe, pero Alicent puede percibir el aburrimiento en sus ojos. (A veces se estremece cuando los ojos de su hijo más joven se desvían hacia donde está su Daerys.)

 

Lucerys Velaryon y su prometida, Rhaena, están al lado de Daemon. Ambos parecen ansiosos, pero es Lucerys quien parece que va a desmayarse.

(Alicent lo detesta. Es bueno que no esté a su lado).

 

El tercer hijo de Rhaenyra, Joffrey, saluda a los plebeyos con una sonrisa enorme en los labios, y seguido de él está su hija, su Daerys, quien lleva un velo sobre la mitad del rostro.

("Ah, no me gustaría que el pueblo vea esto", le había dicho, como si esa cicatriz fuese su culpa. Alicent cree que odia un poco más a Lucerys por eso).

 

Daerys se mantiene tranquila y serena, siempre la más correcta de todos sus hijos.

A su lado, como un caballero protector, está Aemond, con las manos tras la espalda y una postura rígida. Alicent supone que está tenso por la cantidad de gente.

 

Y vaya que eran muchos.

 

Todo el pueblo de King's Landing estaba presente.

Rhaenyra quería tener dos coronaciones: una pública, para el pueblo, y otra en Harrenhal, donde asistirían los grandes señores.

Una vez que esta coronación finalice, partirán la siguiente semana hacia el viejo castillo maldito.

 

Alicent no sabe bien qué sentir.

Por un lado, está amargada por su hijo, por su derecho.

Pero por otro, no puede evitar soltar el peso de los años en sus hombros, aquella carga de susurros constantes que decían que sus hijos morirían si Rhaenyra ascendía al trono.

(Pero no pasó. Sus hijos están vivos. Están bien. Alicent solo puede agradecer a los Siete).

 

Siente cómo una liviandad se apodera lentamente de su ser.

Ya no hay temor por un futuro incierto.

Al menos no por su familia.

 

Finalmente, Alicent puede decir que sus hijos ya no peligran.

 

Recorre su mirada con atención, reconociéndolos a cada uno:

Aegon, sosteniendo a Jaehaera en su cadera mientras le sonríe a Jacaerys.

Helaena, con las manos en los hombros de Jaehaerys, murmurándole algo que lo hace reír.

Daeron, impoluto en su vestimenta azul y plateada, de sonrisa encantadora, pero ojos distantes.

Aemond, en su rígida postura, pero sosteniendo la mano de su hermana.

Y finalmente, su Daerys.

 

Al sentir la mirada de su madre, Daerys gira el rostro.

Los ojos desiguales se encuentran con los suyos, y en ellos hay cariño. Su sonrisa la reconforta.

 

Sí.

Al final, lo que realmente importa es que sus hijos vivan felices.

 

Alicent espera, con un murmullo en el alma, que esta nueva etapa en su vida se ajuste a sus expectativas.

 

 

Notes:

Ah, me encantan las series de fantasía y de época, HOTD es realmente un vicio, jaja.

Aún faltan muchos puntos de vista (Aemond, Jacaerys, Helaena, Daeron, etc)

Tengo una vaga idea de quién podría ser el interés romántico de Daerys, pero me gustaría que ustedes también opinen, (quién sabe, tal vez si alguna idea me convence, podría adaptar ese personaje para que sea el marido/esposa de Daerys ;)), escribir a Daerys en una situación romántica sería divertido, ya que ella no tiene ningún hueso romántico en su cuerpo jaja.

Realmente no soy la más brillante en cuanto a escritura, por eso me gusta practicar aquí, así que si ven algún error ortográfico, por favor, háganmelo saber.

De todas formas, muchas gracias por leer🥰💓