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Summary:

En lo profundo del antiguo pueblo de Dalcheon, existe una casa en ruinas envuelta en leyendas y susurros. La Casa Eunha, junto a su enigmática residente, es protagonista de muchas anécdotas misteriosas que han recorrido de boca en boca buena parte de Corea del Sur. Minho nunca creyó en historias de brujas, hasta que una inesperada visita a lugar, obligado por Felix y Hyunjin, despierta recuerdos que ni siquiera sabía que guardaba.

Un relicario antiguo que porta desde niño, pero del cual no conoce mucho su origen. Una voz entre sueños. Un par de imágenes fragmentadas. Y un encuentro que no debió sentirse tan familiar. Lo que comienza como un viaje cualquiera entre amigos pronto desata una cadena de sensaciones imposibles de explicar.

Se conocieron por primera vez. Pero uno ya recordaba su rostro, y el otro se paralizó al reconocer su risa. A medida que los caminos de Minho y Chahn se entrelazan, descubrirán que algunos lazos no mueren con el tiempo. Solo esperan ser recordados.

Notes:

Se menciona en los tags, pero me veo en la obligación de recordarlo una vez más. Esta obra tiene no solo mención de misticismo y brujería, sino de simbología religiosa. No se menciona una afiliación específica, pero si contiene ciertos discursos discriminatorios que pueden asociados a esto. No busco irrespetar a nadie, precisamente por eso no quise especificar una religión como tal, pero creo que vale la pena mencionarlo antes de empezar por si acaso. Si te incomoda, por favor, no leas.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Minho

Chapter Text

PRIMAVERA |:| 2025

Minho ha sido amigo de Felix y Hyunjin durante mucho tiempo. Es el mayor de los tres, y es definitivamente quien mantiene la cabeza más fría. Sin embargo, debe aceptar que siempre terminaba cediendo ante sus absurdos planes, por más que el peso de su responsabilidad que había asumido luego de tantos años lo apaleara más tarde.

Tiene bastantes anécdotas sobre eso. 

A los 9 lo castigaron por llevarlos al parque sin permiso, tanto por el susto de la repentina desaparición como por la alergia de Hyunjin a una picadura, que acabó en Urgencias. A los 15 terminó suspendido luego de romperle la nariz a un compañero de su salón, ya que tuvo que intervenir en la pelea que Felix estaba perdiendo por intentar vengarse de su maqueta rota. A los 18 los sacó de la comisaría antes de que los padres de ambos se enteraran, pues le rompieron el vidrio del carro a su exnovio luego de contarles que lo había engañado. Y a los 21 los acogió de madrugada tras el aviso de los guardacostas de que casi se ahogan borrachos en la playa.

Ahora, con 25 recién cumplidos, su historial de experiencias encendía una chispa de advertencia en su cerebro cada vez que veía un «Minho-hyung, ¿está?» es su bandeja de mensajes. Fue precisamente por eso que la perfecta planificación del viaje tranquilo por primavera, recibido hace un mes, debió suponer alguna segunda intención por parte de ellos.

Tenía una buena excusa esta vez. Estaba en casa de Nari, su madre, cuando entró la llamada de sus amigos. Al contarle acerca del posible viaje a Dalcheon, la sonrisa en el rostro de la mujer fue difícil de disimular. Él mismo había pasado por ese pueblo junto a sus padres durante un viaje por carretera cuando era pequeño, pero recordaba anécdotas de la pareja sobre visitas allí incluso más atrás que eso. Supuso, entonces, que la mujer le guardaba cierto aprecio al lugar.

De hecho, fue en ese viaje familiar donde recibió el relicario supuestamente bendecido que hasta ahora colgaba de su cuello. Personalmente, siempre le tuvo repelo a todo aquello relacionado con el misticismo o la brujería, los cuales tampoco se tomaba el trabajo de diferenciarlos. Sin embargo, nunca se quitó el objeto. Era un regalo especial de su madre, y eso era lo único que le importaba. Al menos, hasta el momento.

Fuera de todo lo anterior, Minho no tenía malos recuerdos de allí. Era un sitio tranquilo y pequeño, a unas cuatro horas en carro de la capital y rodeado mucho bosque. En realidad, todo en el pueblo era bastante verde y rústico, que parecía enlazarse con la naturaleza que lo rodeaba. Su ambiente también era agradable. Por lo tanto, la propuesta de la visita no le parecía una mala idea... eso, hasta que la reciente pareja decidió mostrar sus verdaderas intenciones.

Ahora, sentado en uno de los sillones de la pequeña casa donde se estaban hospedando, el hombre masajeaba sus cienes mientras rogaba por paciencia, mirando al par frente a él.

—No.

A Felix se le borró la sonrisa de forma casi que automática ante la respuesta seca. De los dos, él era el llamado a convencerlo, pues poseía una increible capacidad para insistir y acabar persuadiendo a su víctima. Por lo cual, abultó su labio inferior y colocó esos ojos de cachorro mojado que casi siempre le funcionaban para fascinar. Mucho énfasis en el casi

—Pero hyung...

—No, Felix. No voy a acompañarlos a una maldita casa en ruinas.

El menor frunció el ceño cuando lo nombró por su nombre en inglés, ya que nunca lo usaba a menos que la situación fuera lo suficientemente seria. Se giró hacia su novio en busca de algo de apoyo, y Hyunjin solo suspiró al notar la atención de ambos sobre él.

—No es solo una casa en ruinas, hyung. —intervino de forma corta—. La Casa Eunha es una de las casas más famosas de toda Corea.

Minho pasó su mano por su rostro varias veces, tallándolo con fuerza en busca de disuadir la frustración que le empezaba a carcomer la mente. Que tal coincidencia cruel debía ser que las dos personas con la misma falta de instinto de supervivencia se enamoraran, y de paso, fueran sus propios dongsaengs

Felix abrió la boca para discutir, pero él continuó antes de permitírselo.

—¿Por qué razón, de todas las cosas que hay por hacer en este pueblo, ustedes escogieron visitar una casa en ruinas, la cual su fama es que vive una bruja allí? —siseó, recibiendo el impacto de un cojín en su cara por parte del menor de los tres ante el término usado.

—¡No es una bruja, idiota! Es una chamana.

—La misma mierda.

Su amigo rodó los ojos con fastidio.

Si lo místico generaba en Minho una apatía completa, con Felix era un caso totalmente distinto. Por lo que conocía, y ha de decir que lo conocía bastante, el menor no solo era un fiel creyente del tema, sino también un entusiasta admirador. Lo disfrutaba abiertamente, y Minho no tenía problema con ello. Al menos no hasta que su amigo borraba esa barrera invisible entre ellos y el asunto empezaba a girar en torno a él. 

Su vínculo con todo aquello siempre fue bastante complejo, lo que terminó evocando en su latente rechazo. 

De pequeño solía tener sueños extraños, que bien podían pertenecer a alguna de las películas trágicas que Hollywood tanto amaba producir. Ahora que había crecido, los recordaba de forma borrosa. Él de mayor. Un hombre de su edad. Una niña. Una multitud. Un cuerpo ardiendo. Siempre despertaba agitando, con el corazón a punto de saltar de su pecho, bañando en sudor y con lágrimas humedeciendo sus mejillas, aterrado por lo que veía y aun más por la falta de entendimiento. Su madre solo lo arrullaba, sin saber exactamente cómo calmarlo. 

Fue entonces cuando el relicario llegó a su vida.

En su afán de ayudar a su hijo, Nari le entregó el collar que adquirió durante su corta estadía en Dalcheon, prometiéndole que lo protegería de sus pesadillas. Sin embargo, la primera noche que lo llevó tuvo el efecto completamente contrario. 

Hasta entonces sus sueños no eran más que un cúmulo de imágenes sin conexión. Pero esa vez fue diferente. Más envolvente. Más real. Escuchó la madera crugiendo y los gritos. Olfateó la tierra mojada, la ceniza y la pólvora. Sintió un par de manos pequeñas que se aferraban a él. Y las lágrimas rodaron tanto su mente como en su realidad. Despertó hipando y con el cuerpo tembloroso, y se levantó de la cama dispuesto a contarle a su madre. Pero, detrás de una puerta que fue dejada entreabierta, escuchó a sus padres hablar acerca del origen del objeto.

La nombrada como mudang, una famosa chamana de la cual su madre era una fiel creyente, por razones que hasta la actualidad no lograba comprender. La anciana se habría acercado a ella voluntariamente, aún cuando solía ser quien recibía las peticiones de ayuda. Llamó a su hijo por su nombre sin conocerlo. Le habló que energías, de ciclos, de algo que iba más allá del espacio y el tiempo. Que los sueños eran una advertencia, y que el relicario sería su escudo. 

¿Escudo contra qué? Las pesadillas no se fueron esa noche, ni las muchas que le siguieron a esa. Fue un proceso lento y tortuoso, que duró casi año y medio. Y para entonces, él ya había tomado una desición. En su cumpleaños número 12, días después de una de las tantas aventuras de Felix y Hyunjin que tuvo que resolver, Minho dictaminó que no quería voces ni símbolos que no le pertenecían, ni significados ocultos en un objeto que no podía controlar. El caos siempre había encontrado la forma de alcanzarlo, y él no pensaba facilitarle el camino.

Aun así, nunca se deshizo del collar. Intentó hacerlo, claro que lo hizo. Pero algo dentro de su cabeza no le permitió hacerlo. Tal vez porque su madre siempre preguntaba por él. Tal vez porque los claros rostros se habían convertido en un grupo de sombras en sus memorias. Tal vez porque algo le decía que podía ignorarlo, mas no soltarlo. Y en el fondo, le daba terror hacerlo.

—Hyung. —lo llamó Hyunjin una vez más al verlo perderse en su cabeza—. Solo será una visita corta, lo prometemos. Es solo para quemar la curiosidad.

Minho entrecerró los ojos, mirándolos acusatoriamente.

—La última vez que fuí con ustedes a quemar la curiosidad casi terminamos en Urgencias.

Felix rió, alzando el dedo índice—. Casi terminamos nosotros, tú solo nos ibas a llevar.

La pareja rió como si ya supieran lo que hacían. Definitivamente lo hacían.

Aunque debía admitir que tenían un punto. Era algo extraño entre ellos. Los chicos eran una ruma de caos en sí, pero, de alguna forma, él solía lograr evitar que lo arrastraran consigo. Los llevó al hospital, los rescató de los regaños familiares, los sacó de la comisaría... mierda, incluso se salvó cuando chocaron su propio auto, pues no se había subido en esa ocasión. Las consecuencias con las que tenía que librar eran mínimas considerando lo mucho que hacían. Y no estaba seguro de si eso había sido así desde el principio de su amistad.

Soltó un largo suspiro cuando sintió aún el par de miradas sobre sí, dejando caer la cabeza hacia atrás en el espaldar del sofá. Los menores eran muy persuasivos cuando se lo proponían, y él ya no tenía mucha energía para discutir.

—Hyung... —cantarruteó Felix.

—Yongbok-ah... —murmuró él en el mismo tono, como un último intento de finalizar la conversación—. Sabes que yo no creo en eso.

Pero el menor no le dio descanso. Se sentó a su lado, colocando una mano cálida sobre su rodilla, y le dedicó esa mirada anhelante que usaba justo cuando sabía que estaba a nada de salirse con la suya.

—Lo sé, hyung, pero solo será de compañía. Lo prometemos. Y si te sientes incómodo, te puedes ir. —abrió los brazos para completar su explicación, como quien le da clases a un niño pequeño y no a un adulto mayor que él.

No respondió de inmediato. Lo observó un momento en silencio: Hyunjin, con sus ojos brillando en un entusiasmo casi infantil, y Felix, quien se removía en su sitio a la espera de su respuesta. No era la primera vez que lo arrastraban a algo así, y sabía a sobremanera que no sería la última.

Esta vez, sopesó las opciones. No tendría que hablarle a la anciana. Podría simplemente ir, quedarse un rato y marcharse. Ignorar todo lo que no entendiera —quizás la mayoría de cosas de las que hablaran— como ya lo había hecho tantos años. Tal vez no se trataba de controlar el caos, solo sobrevivir sin sucumbir a él. Y sus amigos lo habían entrenado bastante en eso.

Por eso se rindió luego de unos segundos con un suspiro silencioso, apenas una exhalación resignada. Los señaló a ambos con su dedo índice, la expresión cansada pero indulgente.

—Mañana, media hora. Si demoran más de eso, tomaré mis cosas y me iré.

La pareja estalló en risas y aplausos, como si hubieran firmado el contrato de su vida. Felix lo abrazó de lado, satisfecho de sus acciones, y Hyunjin le lanzó varios besos al aire. Las sonrisas lo contagiaron, la promesa de que todo estaría bien inundando el poco espacio entre ellos.

Solo que no todo estuvo bien.

Esa noche, Minho volvió a soñar. No con la claridad que tuvo en su niñez, pero allí estaban una ocasión más. Como si supieran que estaba en el lugar al cual lo habían conducido antes.

El cuarto estaba en silencio, salvo por el leve zumbido del ventilador que mantenía el clima primaveral dentro de él. Sin embargo, dentro de su mente todo estaba hiviendo, con el aire inundado de humo y ceniza. Vio sombras sin rostro. La silueta de quien creía ser la misma niña estirando la mano hacia él. La misma despedida que siempre lo dejaba con un nudo en la garganta. Escuchó un llanto y el tarareo de una canción desconocida. Era una mezcla entre visiones antiguas y nuevas.

Al abrir los ojos, no supo distinguir si el temblor en su cuerpo era por el frío del sudor secándose sobre su piel, los rastros de su propia pesadilla inconclusa que había dejando sensible sus extremidades o el peso del relicario sobre su esternón. Intentó recordar los rostros en sus viejas memorias, pero ya no estaban allí.

No volvió a dormir. El cuerpo se le había tensado de tal forma que le era imposible conciliar nuevamente el sueño. Además, y como si todo fuera parte de un plan en su contra, la lluvia comenzo a inundar las calles del pueblo, generando un golpeteo constante contra el vidrio de la ventana con las pocas gotas traviesas que se escapaban de la precipitación. El viento húmedo susurraba entre las ramas de los árboles como un lamento, atormentándolo como una extensión de las voces previamente escuchadas. 

El día siguiente tampoco colaboró. Habían acordado la visita para después del almuerzo, cuando el sol aún iluminara el camino. Sin embargo, el chaparrón decidió no parar hasta pasadas las 6 de la tarde. Fue apenas media hora después de eso que pudieron salir de su hogar temporal.

El camino hacia la dichosa Casa Eunha no quedaba muy lejos del centro, donde estaban ubicados. Eran solo unas calles entrecortadas por escaleras de piedra y un pequeño bosque al final. Aun así, no fue el viaje más cómodo para él. El aire se sentía espeso, tal vez por el rocío que aún se pegaba a su ropa, y había algo en el ambiente que no le gustaba, que lo ponía inquieto. 

Felix se encargó de guiar la marcha, hablando animadamente sobre rumores que había escuchado. A su lado, Hyunjin reía ante las ocurrencias de su novio, interviniendo apenas para corregir datos. Él, en cambio, permanecía en silencio. Lucía distraido, mirando a su alrededor y rozando entre sus dedos el relicario que se escondía apenas entre el cuello de la sudadera. La cadena fina alrededor de su cuello siendo un frío recordatorio de que se iban acercando a la casa. Tuvo el impulso de quitárselo para la visita, pero, nuevamente, algo lo impulsó a hacerlo. Quizás por la costumbre. Quizás por la falta de comprensión del regreso de su sueño.

Cuando llegaron al lugar, se tomó un momento para admirar la fachada de la edificación, visiblemente sorprendido por esta: en otras circunstancias, si hubiera estado a la venta definitivamente la hubiera considerado. En efecto, era una casa antigua, pero mucho más cuidada de lo que esperaba. Estaba pintada en un azul marino que le gustaba bastante, y su jardín exterior estaba lleno de un único tipo de planta floral entre violeta y rosácea, la cual sentía haber visto antes aunque no recordara su nombre. El terreno se separaba con el exterior por una reja corta de hierro, y de una de las varillas curvadas colgaba un cartel de madera con una frase pintada en letras oscuras y caligrafía impecable.

«El que busca respuestas no encontrará esta puerta cerrada»

Tuvo el impulso de rodar los ojos ante lo personal que se sentían las palabras.

La pareja cruzó sin mucho problema; el mayor apostaría que ni siquiera se habían tomado el trabajo de leer la inscripción. Sin embargo, él se quedó un momento mirando el suelo. Las placas de cemento que formaban la entrada se diferenciaban del camino de piedra que llevaban a la casa y el pasto húmedo que las rodeaban. Minho puso apenas su pie derecho sobre la primera cuando sintió un escalofrío recorrer su espalda. Devolvió el paso agitado cuando la sensación de familiaridad se caló entre sus huesos. La mente le devolvió automáticamente las imágenes inconclusas, confundiéndolo más.

Tuvo el impulso de salir corriendo. Era ilógico, ni siquiera de niño, cuando se le había entregado el relicario, había entrado allí. Miró de nuevo su alrededor y lo supo: las plantas. Esas mismas flores aparecían entre sus sueños, junto a una risa infantil de fondo. Trató de recorrdar su nombre, pero ese espacio en su memoria estaba vacío.

Justo cuando estaba por arrepentirse, la voz ronca del menor lo despertó.

—¡Hyung! ¡¿Está todo bien?!

Alzó la vista y los vio. Feliz ya estaba frente a la puerta, con una mano sobre el pomo y una expresión preocupada en el rostro. Hyunjin, quien se había quedado a medio camino, tenía puesta una similar. Cayó en cuenta, pues, de lo tensa que estaba su propia cara, y que nunca le contó a sus amigos las experiencias de su niñez.

Se obligó a sonreirles para que olvidaran aquello, solo negando con la cabeza: si no creía en eso, no había razón de temer. Llevó su mano a su vientre con las excusa de cerrar su chaqueta para evitar que el aire frío se filtrara, presionando así el nudo de ansiedad que se comenzaba a formar en la base de su estómago. Se acercó a ellos, el del medio siguiéndole los pasos cuando llegaron al lado del menor.

—No pasa nada, creí haber pisado algo sin querer.

Felix abrió la boca para insistir, pero al final no dijo nada. Tocó firmemente un par de veces con la aldaba, esperando la aprobación para entrar.

—Mudang-nim, ¿está usted en casa?

No hubo respuesta alguna. Volvió a insistir.

—¡Mudang-nim! —elevó el tono, pero solo silencio siguió al llamado.

El rubio los volteó a mirar un momento, y abrió la puerta antes de darle la oportunidad de negarle la acción. Minho moduló un par de maldiciones silenciosas a las cuales Felix respondió con risitas suaves las cuales su novio le copió. Entraron con cuidado, esta vez él siguiéndolos a ambos.

Se detuvieron un momento a detallar la amplia sala semioscura, cerrando la puerta a sus espaldas. El polvo flotaba en el aire, suspendido en la luz tenue que llegaba desde los bombillos gastados. La chimenea llena con la leña justa, pero apagada. Todo allí parecía antiguo y que se movía lentamente, como si el tiempo dentro de la casa tuviera su propio ritmo. Olía a madera, a aceites, a hierbas secas y a algo más. Algo que no lograba identificar del todo. No era desagradable, pero sí bastante denso, casi pegándose a su piel cubierta en dos capas de tela.

Felix caminó hacia el centro, girando lentamente sobre sus talones como si intentara absorber cada detalle, mientras Hyunjin se detuvo junto a una repisa. Minho prefirió quedarse cerca de la entrada, como si mantener una vía de escape libre fuera una prioridad —y para él, definitivamente lo era—. Sus ojos se detuvieron en los estantes llenos de libros sin título, en las velas consumidas hasta la mitad y en los hilos rojos colgados por la pared como parte de algún antiguo ritual.

El silencio comenzó a aumentar su histeria. Iba a abrir la boca para decir que no había nadie, que podían irse ya, cuando escuchó algo. Un susurro. Leve, como si la casa misma exhalara. Luego, un crujido. Instintivamente, Minho alzó la vista hacia el pasillo que daba al final de la casa. Del umbral ovalado emergió una mujer mayor, de mediana estatura y delgada, envuelta en una túnica oscura de lino. Su cabello, largo y canoso, caía trenzado por su hombro y llegaba casi hasta su cintura. 

Minho agradeció que sus ojos oscuros no parecieron notar su presencia, sino que se clavaron en el par de jóvenes curiosos que se le acercaron. No con violencia, sino con una calma que lo inquietaba. La mujer se detuvo apenas a unos pasos de Felix y Hyunjin, con las manos juntas sobre el regazo. Su presencia no era abrumadora, pero llenaba el espacio con una densidad extraña, como si el aire mismo, que ya circulaba dentro de la casa de forma extraña, se sostuviera alrededor de ella. Ambos menores hicieron una reverencia en forma de saludo, haciendo a la anciana reír de forma rugosa por la muestra de respeto.

—Parecen haber esperado mucho para estar aquí. —fue lo primero que dijo, con esa voz rasposa pero serena, que parecían guardar años de secretos. Se estremeció al escucharla.

Frente a ella, Felix soltó una risa nerviosa, cruzando sus propias manos cerca de su cuerpo.

—Es un gusto conocerla, mudang-nim. No queríamos molestarla, solo saber si es cierto lo que dicen de usted y de la casa en general.

Minho alzó una ceja ante la forma tan controlada con la cual su amigo se dirigió hacia la chamana. Se hubiera reído de él si la presencia ajena no lo colocara tan intranquilo. La miró, como si esperara una reacción específica de ella. Algo que lo convenciera de girarse e irse de allí. Porque, por alguna razón, sus pies se habían clavado en el suelo desde que la mujer entró en escena.

Sin embargo, solo un sonido de curiosidad brotó de la garganta ajena.

—¿Sí? ¿Y qué dicen de mí? —preguntó con una leve curvatura en los labios.

—Que puede ver más allá de lo que vemos nosotros. —habló Hyunjin esta vez. 

Ella asintió despacio, con la sonrisa completa en su rostro.

—La curiosidad... la curiosidad es la muestra más habrienta de la necesidad de respuestas. Casi más que la propia negación o incertidumbre.

El susurro de la mujer hizo reir a los menores, pero le quitó el aire a él. La mujer pareció ignorar esto una vez más, si es que lo había notado en realidad.

Los invitó a pasar a otra sala cruzando el pasillo, un poco más ilumidada y con una mesa circular en medio de esta. Les pidió sentarse con un gesto de la mano hacia las sillas que la rodeaban. Sobre la madera reposaban un puñado de cartas extendidas boca abajo, piedras pulidas y una tetera humeante. Los chicos obedecieron con fascinación. En cambio, él se mantuvo de pie, un tanto alejado de ellos. Seguía con los brazos cruzados, como evitando tocar algo de allí. Pero sus ojos curioseaban de vez en cuando su entorno.

La conversación fluyó entre chamana y jóvenes. Hablaron de supersticiones y de símbolos. De cosas que los dos menores habían leído en foros y que ahora consultaban con una mezcla de emoción e incredulidad. La mujer parecía divertirse con sus preguntas, dándoles respuestas ambiguas y metáforas que ellos interpretaban con entusiasmo. Minho no sintió la atención de la la anciana sobre él, lo que lo hizo relajarse un poco. Internamente se dio la razón, que al final el relicario no era más que habladurías.

Fue entonces, cuando Felix se levantó para inspeccionar un mueble repleto de amuletos y Hyunjin se distrajo hojeando un libro viejo que la mujer le había dado, que ella se incorporó con calma y se acercó a él. 

Minho no se dio cuenta de esto hasta que la tuvo a medio metro de distancia. Se giró hacia ella, saludándola con una breve reverencia como los menores lo habían hecho antes, pues, por más que no creyera en sus palabras, no tenía ningún sentido ser irrespetuoso. La anciana le respondió con una sonrisa, pero en sus ojos se encendió algo más profundo que no supo cómo describir. 

—Un gusto, mundang-nim. Me gustó mucho la fachada de su casa.

La mujer solo rió ante el intento del muchacho de desviar la atención.

—Muchas gracias, Minho-ssi. Me alegra que te gustara. —murmuró, pronunciando su nombre en un tono tan familiar que lo desubicó—. Es bueno verte, aún cuando no hayas venido en tu propia voluntad.

A Minho se le heló la sangre en las venas cuando escuchó aquella frase, sintiéndose desnudo y vulnerable ante la mujer mayor que parecía leer a través de su propia piel. Su corazón se comenzaba a acelerar en su pecho por el nerviosismo que emergía cerca de él, y las palmas de sus manos se sintieron húmedas de nuevo.

—¿Cómo...? —intentó preguntar, pero su voz apenas y brotó de su garganta. Tenía varias preguntas, pero ninguna salió de su boca.

La anciana no respondió, caminando hacia la ventana y desviando su mirada de él, lo que alivió un poco el peso al inicio de su estómago. Se acomodó a su lado, observando también el jardín floreado a través del vidrio.

—No has cambiado nada.

Se quedó en silencio cuando un eco sordo retumbó en lo profundo de su pecho, y un atisbo de reconocimiento brillo en su mente ante un recuerdo desempolvado por la nueva imagen clara de la mujer: él la conoció primero. Antes de que se acercara a su madre y le entregara el relicario, él la había visto primero, cerca a la tienda de regalos en la cual se había quedado en la puerta por berrinche. El intento de la anciana de acercársele con paso suave lo hizo huir, impulsado por algo muy diferente al miedo a lo desconocido. 

Esa era la razón por la cual la chamana se acercó voluntariamente a Nari. Porque no se lo pudo entregar directamente a él.

La respiración se le aceleró, y el impulso fue retroceder, pero sus piernas se mantuvieron firmes. El miedo no era físico; es más, ni siquiera sabría describir si lo que sentía verdaderamente era eso. Lo único que tenía claro era que su mente no lograba decidir si debía huir o quedarse allí, escuchando a la mujer que, irónicamente, lo confundía más con cada nueva verdad que parecía revelar sobre él.

La chamana inclinó apenas la cabeza hacia un lado, aún sin mirarlo.

—Debo admitir que esa vez me equivoqué. Eras solo un niño, claro que ibas cerrar la puerta porque no lo entendías. Por eso me acerqué a ella, le entregué el relicario porque tú no estabas listo para recibirlo. —dijo, cambiando a un tono más bien melancólico—. Pero, incluso ahora que lo llevas en tu cuello, lo rechazas. 

Sus dedos se posaron en su propio pecho, justo sobre la zona donde reposaba el objeto sobre su piel, como un dolor invisible se extendiera desde allí. Instintivamente comenzó un golpeteo silencioso con ellos, intentando concentrarse en eso y no en su propio complot mental.

—Mudang-nim...

—Lo niegas porque no lo entiendes, pero lo sientes y lo cargas en silencio. Y aún así... sigues creyendo que la ignorancia es la mejor medicina. —La mujer soltó un suspiro—. ¿Acaso alguno de los que has acusado se han salvado de la ley por no conocerla?

Tragó saliva con dificultad, pues allí estaba el nuevo disparo personal. En la capital, Minho era fiscal, famoso y señalado en partes iguales por defender los derechos de las minorías. La defensa por desconocimiento era su pan de cada día, pues las leyes en Corea que defendían este tipo de víctimas por homofobia o xenofobia eran muy recientes. 

Sus dedos se detuvieron, crispándose contra su sudadera y llevándose el relicario dentro de su puño y la tela arrugada. Cerró los ojos un momento, intentando que las pocas lágrimas que llenaron sus ojos no brotaran.

—No creo en esto. —habló. Y por primera vez en muchos años, estpno sonó firme. Más bien era quien se aferra a una tabla a la deriva.

—A ellos no les importa si lo haces o no. —susurró ella. Lo miró nuevamente, con algo casi cercano a la pena—. No soy tu enemiga, Minho-ssi. Solo quiero protegerte. Quiero darte la oportunidad de vivir bien.

Minho apenas lograba sostener su mirada, agradecido de no ser él quien la alejó. Limpió rápidamente el par de lágrimas que soltó. Estaba frustrado, malditamente frustrado, Había luchado por tanto tiempo por sus ideales, había aguantado la presión de la prensa y de sus jefes, pero no era capaz de ofenderse ante la insinuación de la mujer.

—Vivo bien. Tengo a mis padres y a mis aigos conmigo. Trabajo en lo que me gusta y creo en lo que hago. Yo... yo estoy conforme con mi vida. —acabó susurrando, de una forma tan patética que podría parecer que se convencía más a si mismo que a la mujer.

Nuevamente, la anciana no respondió de inmediato. Caminó con lentitud hasta una planta marchita cerca de la ventana y la acarició con los dedos, con la misma ternura que usaría una madre con su hijo. No lo miraba, pero la presencia y palabras de ella lo había afectado lo suficiente como para que su atención no fuera necesaria para dejarlo fuera de sí. 

—¿Sabes que el caos que arrastran tus amigos no es simple mala suerte? —murmuró luego de unos segundos. Minho la miró de nuevo con el ceño fruncido, visiblemente intrigado por la repentina intromisión de los menores. Iba a replicar por esto, pero la mujer solo siguió hablando.

» El hecho de que estén constantemente en peligro no es casualidad, tampoco el que siempre termines salvándote de él. Son mareas destinadas a arrastrarte con ellas. No por castigo, pues no son malas personas. Pero sus cosas a veces son así, sin una razón. —la chamana se pausó. Al parecer, ya no hablaba de sus amigos—. Tienes suerte que el relicario no funcione a voluntad. Nunca hubiera podido conversar contigo.

Sintió la sangre congelársele cuando la razón volvió a su mente. No podía ser cierto.

—¿El accidente...? —quiso estar equivocado, pero el asentimiento contrario deshizo sus esperanzas.

—¿Nunca te has preguntado por qué decidiste no subirte al auto, aún cuando era el tuyo?

Minho sintió ahogarse un segundo. Y no porque no sintiera el aire, sino porque este mismo se había acumulado en su pecho. Lo había pensado muchas veces, en realidad. Aquella tarde de hacía un par de años, el plan era devolverse al departamento juntos, pues era el único que había llevado su auto. Pero entró una llamada de la oficina. Estaba de vacaciones, y ni siquiera era su propio asistente quien llamaba, por lo que no tenía obligación alguna de contestar. Pero algo lo llevó a hacerlo, y siempre pensó que fue su propio sentido de responsabilidad. 

Dijo que tomaría un taxi, que los alcanzaría más tarde. Felix y Hyunjin terminaron lléndose en su auto, que acabó en un accidente que casi los mata. Fueron intervenidos quirúrgicamente varias veces, y a uno de ellos lo sacaron de paro cardiaco dos veces. Y él... él se había salvado. Otra vez.

De pronto, sintió cómo todas sus creencias eran refutadas.

—¿Fue el relicario? —preguntó en un susurro, aunque sabía la respuesta que daría la mujer. Tenía muchísimas más, pero no se atrevía a pronunciarlas. Llevaba tantos años envuelto en el caos de sus amigos, por lo que nunca consideró que la razón del caos fuera él. Eran su condena, aún cuando ellos no lo merecieran. Es más, no sabía ni siquiera la razón por la cual se le quería condenar a él. 

¿Qué se supone que había hecho mal? 

La anciana no respondió de inmediato, dándole espacio de respirar. Él se quedó observando el cristal que ella miraba, concentrándose en el reflejo de sus amigos riendo a varios metros detrás de ellos, como si nada hubiera pasado. Como si su vida no hubiera estado a punto de romperse por su culpa. 

Se vio a si mismo en la sala de espera del hospital, rogando por noticias sobre su estado. Se vio dentro de su auto, a la espera de los guadacostas que los traían a cuestas. Se vio en la comisaría, firmando los papeles de la fianza. Se vio en la oficina del director, pasándole su pañuelo a Felix para que se limpiase la nariz sangrante y el labio roto. Se vio en el puesto de atrás del auto de sus padres, mientras su madre estaba fuera comprando la medicina para la alergia de Hyunjin.

¿Qué hubiera pasado si no tenía el relicario? ¿Qué hubiera pasado si se involucraba de más en sus problemas? El accidente había sido un ejemplo muy claro, pero... ¿realmente cuántas veces Felix y Hyunjin estuvieron a punto de condenarse con él?

—No te gastes la mente tratando de encontrar una razón. Te lo dije, sus cosas muchas veces no tienen una. —murmuró ella, tratando de apaciguarle la mente—. Siempre me pregunté si tu propia negativa es parte de su plan. Pero ahora creo que ni siquiera había uno.

¿Sus cosas? ¿A quién se refería? Le dio miedo preguntar. Estaba abrumado. Miró esta vez hacia afuera, donde las flores innombradas se movían de un lado al otro al compás del viento fresco. Suave, en contraste de la tortuosa tormenta en la cual se había convertido su propia mente.

—¿Puedo preguntarle algo? Va a sonar ofensivo, pero le puedo jurar que no es mi intención. —la anciana soltó un breve sonido afirmativo—. ¿Por qué está tan interesada en mi?

La mujer rió cortamente. Era cierto, la forma en la que Minho lo pregutaba no era ofensivo, era de mera curiosidad. Venía de parte de alguien que le había arrebatado todos sus no negociables y ahora pedía una simple respuesta. Alguna certeza a la cual aferrarme. 

—Se lo prometí a quien me lo regaló. Que salvaría a alguien con él.

Acabó asintiendo, conforme con la corta respuesta. No porque realmente le resolviera, sino porque entendió que no necesitaba saberlo. Habían muchas preguntas en su cabeza. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió obligado a buscarles respuesta. Tal vez esa era la verdadera forma de cerrarle la puerta al caos de su vida: dejar de buscar razones. Se quedaron en silencio, observando el jardín tranquilo mientras escuchaban de fondo los murmullos de Felix y Hyunjin, quienes parecían bastante interesados en algún fragmento del libro.

Luego de un par de minutos, ella volvió a hablar.

—Dime... ¿ya la encontraste?

Minho frunció levemente el ceño ante la repentina intromisión.

—¿A quién?

Ella sonrió, negando simplemente con la cabeza. Se giró con la misma calma con la que había llegado y volvió a su lugar junto a los menores, dando por finalizada su conversación.

Felix levantó la vista al verla regresar, soltando el frasco que sostenía para prestarle atención. Hyunjin, por su parte, preguntó algo sobre las hierbas que había en la repisa, y la chamana se dedicó a responderles con amabilidad, como si la habitación no hubiera cambiado su peso unos minutos atrás. Minho se limitó a observarlos desde su lugar, sintiendo cómo su respiración aún trataba de encontrar el ritmo. El colgante bajo su camiseta quemaba ligeramente contra su piel, como si quisiera recordarle que estaba despierto. Que estaba allí, más que nunca.

Después de otro rato, la conversación se diluyó. El menor le lanzó una mirada al notar que no se acercaba, con esa mezcla de preocupación y cariño que solía dirigirle. Él solo le asintió, indicándole que ya era hora de irse. Se despidieron de la mujer, los dos menores haciendo un par de reverencias algo torpes antes de tomarse de la mano para salir. Minho esperó que salieran para despedirse el mismo. Quiso hacerlo con palabras, pero solo le alcanzó para un asentimiento breve. 

Afuera, la luz ya se había ido del todo. Faltaba poco para las 08:30 p.m., y sus estómagos les recordaron que habían almorzado temprano. Por lo que emprendieron el rumbo en busca de un restaurante. 

Ya estando cerca del centro del pueblo, Felix se detuvo unos pasos más adelante y giró hacia él.

—¿Estás bien, hyung?

Minho alzó la vista. El tono no era invasivo, pero tampoco ignorante. Los menores sabían que algo en él estaba diferente. Solo les sonrió, asintiendo con suavidad.

—Sí. Solo... estaba pensando. Eso es todo.

Hyunjin se le acercó un poco, frunciendo el ceño.

—¿Seguro? Te pusiste pálido allá dentro.

Los miró un momento, a sus dongsaengs tercos y caóticos, que con todo y su bulla siempre lograban encontrar un lugar en su vida. O más bien, siempre lograban sacarle un espacio a él. No tenía forma de explicarles lo que había pasado allá adentro, las palabras de la chamana. No tenía fuerza para decirles que, quizás, era culpa de él. Porque los quería, con todo y su desorden.

Negó con la cabeza, con la sonrisa aún en los labios.

—Sí. Estoy seguro —repitió, esta vez con más firmeza. Y luego, como si no pudiera evitarlo, agregó—. No se los digo seguido, pero son muy importantes para mi. Y los quiero en mi vida mucho tiempo.

Los menores se miraron en silencio un momento, haciendo que Minho se arrepintiera de sus palabras cuando taparon parte de sus rostros con sus manos mientras soltaban varios gritos bochornosos. Hyunjin fingió llorar, y Felix lo tomó de los hombros para sacudirlo, su expresión exageradamente contrariada. Él solo cerró los ojos con fuerza, mientras presionaba sus labios en una línea.

—Hyung, ¿estás borracho? ¿Te pegó el incienso raro de la chamana? —la voz supuestamente quebrada del menor finalmente lo hizo reir, sacándoselos de encima entre manotazos.

—Váyanse a la mierda. —susurró.

La pareja estalló en carcajadas escandalosas por su respuesta, llamando la atención de la gente, pues habían llegado a la plaza del centro. Minho les pegó nuevamente en los brazos, con la cara roja de la vergüenza al sentir la excesiva atención. El segundo mayor rió suavemente, rodeándolo con un brazo.

—Nosotros también te queremos, tonto. Aunque no hace falta que lo digas. Ya lo sabemos.

Él solo supo sonreir ante esto, negando con la cabeza.

El resto del camino transcurrió tranquilo, entre comentarios vagos y una que otra broma por parte de ellos. Minho decidió dejar atrás la conversación con la chamana para concentrarse en sus amigos. La noche y la humedad hicieron que la temperatura bajara, y dado que los menores no fueron prevenidos en sus ropajes, tuvieron que acelerar el paso en busca de un restaurante.

Lograron verlo a unos metros. Un local discreto pero bien decorado, con fachada en madera, una terraza adornada por luces tenues y algunas plantas enredaderas en las columnas. En el cartel de bienvenida se leía «Everbloom», escrito con tiza blanca en una caligrafía que combinaba la cursiva con la imprenta. Sin embargo, lo que llamó la atención de Minho fue la flor en la esquina del logo: era idéntica a la planta floral de la Casa Eunha. 

Sacudió la cabeza cuando escuchó a Hyunjin quejarse por el frío, decididos a entrar. Felix abrió la puerta primero, y un suave tintineo de la campana en la puerta anunció su llegada.

—Buenas noches... —dijo el menor, arrastrando ligeramente la voz para intentar llamar la atención de alguno de los empleados.

Un muchacho castaño de rulos salió desde atrás del mostrador, y Minho agradeció internamente haber dejado a sus amigos delante de él. Vestía una camisa blanca arremangada hasta los codos y un delantal oscuro, igual a los que reconocía como trabajadores de allí. Se limpió las palmas en él y se acercó a ellos con una sonrisa que le arrancó el aire del pecho, más aún cuando notó los hoyuelos marcándose en sus mejillas y sus ojos finos que casi se cerraban.

Dejando de lado el inmenso atractivo que había encontrado en el hombre, aquel rostro se le hizo endemoniadamente conocido.

—Bienvenidos a Everbloom. ¿Mesa para tres?

El mesero pasó los ojos por el grupo, dejándolo a él de último. Y hubo algo. Minho no supo cómo llamarlo. Una sensación aguda en el pecho. No incómodo, pero tampoco familiar. Como respondiendo a su inconsciente. No se dio cuenta que estaba reteniendo el aire hasta que el desconocido posó su atención nuevamente en Hyunjin, cuando suspiró lentamente.

—Sí, por favor. —respondió Hwang, sin notar el momento.

El hombre asintió y les indicó una mesa cerca al ventanal. Los guió hasta allí en silencio, dejando los menús con suavidad frente a ellos cuando cada uno se sentó en su silla. 

—Mi nombre es Chahn, y los atenderé esta noche. Pueden llamarme cualquier inquietud.

ChahnHasta su nombre era bonito.

El par agradeció abiertamente con una sonrisa, pero él solo alcanzó a asentir. Sintió la mirada de Chahn sobre él un par de segundos más, como si esperara otro tipo de respuesta, pero él no supo dársela. Al final, el mesero se retiró con una sonrisa simple.

Hyunjin y Felix comenzaron a discutir sobre los platillos que escogerían, pero él solo veía el papel distraído. Quería alzar la mirada y observar al muchacho bonito. No obstante, el lugar no era de lo más de grande, y su atención no pasaría desapercibida. Negó con la cabeza cuando su estómago se quejó una vez más y se dispuso a escojer su comida. Se dio cuenta que tenía una buena variedad de comida tradicional.

—Min-hyung. —lo llamó Hyunjin, haciéndolo levantar la vista—. Mira la lista de Clásicos de la Casa, te va a gustar uno de ellos.

Minho pasó la página, y sonrió al darse cuenta el platillo que encabezaba la lista. Galbitang, sopa de costilla de res. Era de sus platos favoritos desde que tenía memoria.

—¿Vas a pedir una? —preguntó Felix con una sonrisa.

Movió la cabeza de un lado a otro, indeciso—. Tal vez. —murmuró—. ¿Ya saben que van a pedir?

Cuando los dos asintieron, fue el menor el encargado de llamar a Chahn. El muchacho se acercó con prontitud, con una libreta en la mano para anotar los pedidos. Nuevamente, fueron sus amigos quienes hablaron, pidiendo unos tres platos en total. El mesero estaba listo para irse, cuando Minho finalmente se deshizo de lo que sea que le impedía dirigirle la palabra y lo llamó.

—Disculpe, ¿podría agregar una sopa de res al pedido, por favor?

Chahn nuevamente lo miró unos segundos, pero a él le parecieron que fueron siglos. Los ojos marrones del hombre brillaron, como si se le hubiera cumplido algún deseo, y Minho tuvo que juntar todas sus fuerzas para no encogerse en la silla. Maldita sea, era un fiscal, su trabajo dependía en parte en que tan poco se dejaba intimidar. No podía ponerse como adolescente enamorada solo porque el hombre lo miró lindo.

El mesero finalmente asintió con una sonrisa.

—Con gusto.

Notes:

He aquí el inicio de esta historia, espero que les haya gustado. Debo decir que este es de mis fic que más he disfrutado escribir, ojalá lo disfruten tanto como yo.

En fin, nos leemos :]