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Akito se encontraba tirado en lo que hace unas horas fue el campo de batalla, no estaba desmayado pero tampoco podía moverse, había sido apuñalado por la espalda ha causa de uno de los enemigos, aunque ya ni sentía dolor, solo un vacío que lo dejaba entumecido.
Aún así, ese no era el principal de sus preocupaciones, lo único que al joven caballero le importaba era...
—T-Toya... Toya... ngh... ¿Dónde...?— Akito hizo su mayor esfuerzo en hablar para que así él pudiera encontrarlo, aunque la garganta le ardía y la voz le salía en gimoteos por el ardor y lo abrumante que era la situación.
De repente, escuchó pasos y alguien deteniéndose delante de él.
Toya.
Él era lo único que podía calmar su mente desorientada, no importaba que fuera el enemigo, eso dejó de importarles hacia mucho tiempo.
Sintió cómo lo sostenía entre sus brazos y murmuraba cosas que no lograba comprender mientras le acariciaba la mejilla. Akito simplemente se hundió contra el tacto, ese mismo que solo se permitían dar a puerta cerrada, cuando todos dormían.
Pero eso ahora ya no importaba.
Akito quiso por un momento cerrar sus ojos y dormirse así, en sus brazos, mas una voz lo detuvo.
—Akito... No cierres los ojos todavía. Por favor...— Suplicó Toya, intentando que su voz no se quiebre pero le era imposible en esas circunstancias.
Todavía... Podía cargarlo y llegar a la enfermería a tiempo... Todavía eso era una posibilidad.
Todavía podía salvarlo de su invitable destino.
Aunque él sabía que aquellas posibilidades eran bajas, para no decir nulas. La herida era bastante grave y sangraba por montones. Aún así...
Aún así...
—Toya...—
La débil voz de Akito lo sacó de su trance, mezclada con su respiración entrecortada que poco a poco se desvanecía cada vez más. Por más devastador que sea, aunque quería aferrarse a la idea de que Akito estaría bien. De que ambos estarían bien, pero que era cada vez más lejana mientras más eran los minutos que pasaban.
Akito, con las últimas fuerzas que le quedaban, intentó incorporarse para llegar a Toya, pero la pérdida de sangre hacía que su visión se nuble y no pueda ver con claridad.
Aún así logró plantar un pequeño beso debajo del ojo de Toya, como un adiós. Como una promesa.
Se dejó caer en el hombro de Toya, mientras todo se hacía cada vez más borroso.
—Te...amo, aunque no...— Tosió, interrumpiendo lo que trataba –con mucho esfuerzo– decir.
—Aunque no hayamos...tenido el tiempo suficiente—
Toya solo lo apretó más fuerte contra él, no pudiendo evitar las lágrimas que se le escapaban de sus ojos.
—Te prometo que acabaré yo mismo con todo esto. Aunque sea para que puedas descansar tranquilo— Murmuró con una rabia y furia contenida hacia las circunstancias que los trajeron aquí.
Con las que se conocieron, para bien o para mal.
Akito suspiró, a pesar de todo, se permitía irse con algo de calma, sabiendo que estaba donde siempre quiso estar: En sus brazos.
Y, ahí, sostenido por la persona que más amaba en este mundo, Shinonome Akito, fiel caballero a la corona real, pudo descansar en paz. Sin guerras, sin disputas, sin gritos.
Solo Toya y nada más.
