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Mentiras suaves

Summary:

Después de la guerra, Harry abrió una cafetería con Hermione. Vive tranquilo, cuidando a un niño que a veces lo llama "papá".

Cuando Draco Malfoy regresa a Londres después de años de estar lejos, lo último que recuerda es que Harry volvió con Ginny. Así que, al verlo con un crío pelinegro, asume que formó una familia. Harry no lo corrige. Deja que lo crea.

Porque si Draco piensa que ya tiene algo que perder, tal vez no se acerque demasiado.

Pero lo hace.

Y con cada visita, con cada taza de café, con cada silencio incómodo entre ambos, Harry empieza a preguntarse cuánto más podrá mantener la mentira.

Chapter 1: Pendiente

Chapter Text

Volver a Londres no resultó tan terrible como imaginaba.

La ciudad seguía sonando con el mismo ruido de siempre, indiferente a los cambios, al pasado y a él. Ni los callejones parecían más oscuros ni los rostros más duros. Hasta el Ministerio había dejado pasar su regreso sin una nota o advertencia. Ocho años bastaron para enterrar cualquier escándalo, incluso uno como el suyo.

Francia lo había formado.

Lyon, con sus calles empedradas y tejados inclinados, le ofreció un respiro. Su madre, con la gracia intacta, había aprendido a moverse como si siempre hubiera pertenecido ahí. Vivieron con menos, pero sin carencias, en una casa modesta con ventanas amplias, libros apilados en las esquinas, vajilla antigua que aún brillaba.

Durante un tiempo, creyó que bastaría.

Hizo clases en una academia pequeña, preparaba café al amanecer, escuchaba a su madre tararear mientras cuidaba las gardenias. A veces escribía, otras simplemente observaba a la gente desde un banco junto al río. Basicamente, aprendió a dejar de mirar hacia atrás, o al menos a fingirlo.

Mientras que Lucius se pudría en Azkaban. A veces pensaba en él mientras llovía.

Pero volvió por una oferta de trabajo. Asesor editorial en una firma mágica, con pocos clientes y mucho entusiasmo. También por otra razón que no sabía nombrar. Y porque en el fondo, siempre terminaba girando hacia el mismo punto en el mapa.

La primera vez que lo vio, fue saliendo de una tienda concurrida en Oxford Street.

Harry.

Camisa remangada, cicatriz cubierta por un mechón de cabello ‐del mismo cabello caótico‐. Sostenía una bolsa con libros y hablaba con Granger. Sonreía. A su lado, un niño pequeño corría dando vueltas, estirando los brazos como si atrapara cosas invisibles.

El gesto de Potter al mirarlo fue lo suficientemente largo.

Draco se detuvo, observándolo de vuelta.

El niño siguió la dirección de ambas miradas. Con esa expresión inquieta que precedía al desastre o a una idea brillante. También tenía el cabello oscuro y revuelto, como si llevara años luchando con una tormenta sobre la cabeza. Pero algo en su forma de moverse resultaba familiar.

Y sintió cómo se le encogía el estómago.

—Potter tiene un hijo —murmuró en francés.

No era algo que le sorprendiera por completo. Lo lógico era que alguien como él terminara formando una familia. Había vencido a un monstruo, sobrevivido a todo. ¿Por qué no habría de tener una casa, un niño, un lugar a donde volver cada noche?

Sin embargo... verlo ahí, tan real, tan tangible.

Era algo más.

Una imagen comenzó a tomar forma en su cabeza, silenciosa y persistente. No le dolía que tuviera un hijo... Pero sí le molestaba como los dientes al recibir demasiado frío.

Giró antes de que pudieran acercarse, y siguió caminando, con la mandíbula apretada y las manos hundidas en los bolsillos.

Porque Londres, de pronto, había dejado de parecerle tan neutral.


Entró sin pensarlo mucho.

El lugar quedaba en una esquina tranquila, donde los magos solían parar, con toldos color crema y una pizarra que ofrecía té de pétalos secos y pastel de coco. Había mesas pequeñas, decoración cuidada, un intento rústico de sillas desiguales y vitrinas. Era correcto, suficiente y algo cursi.

Bonito, pero no su estilo.

Buscaba un lugar donde sentarse y ordenar algo tibio, no recibir poesía envuelta en servilletas bordadas. Estaba por darse la vuelta cuando lo vio.

Una figura sentada junto a la ventana, girada apenas hacia la luz. Conversaba con Luna Lovegood (al parecer) con su trenza torcida y esa forma de asentir como si hablara con criaturas invisibles, pero Draco no alcanzó a oír lo que decían. Y tampoco es que lo hubiera intentado.

Verlo fue como morder un recuerdo.

Potter.

De nuevo.

Esta vez, Harry vestía una camisa azul oscuro, arremangada hasta los codos, con una mancha de tinta seca en el puño izquierdo. Tenía los lentes algo torcidos, apoyados en el tabique de siempre, y el cabello… ni siquiera había hecho el esfuerzo de peinarlo. Se le desordenaba hacia el lado equivocado.

Lo peor era que le quedaba bien.

Se encontraba inclinado sobre la mesa, escuchando. A veces decía algo, sonriendo apenas, midiendo el peso de cada palabra antes de soltarla. Y había algo en eso. En la curva de sus hombros, en la forma en que sus dedos largos giraban distraídos la cucharilla del café, que le resultó atractivo.

Llevaba años sin verlo tan de cerca. La última vez… No. No valía la pena ir tan atrás. Y el vistazo de días atrás no contaba.

Se quedó observándolo un rato más. De reojo si fingía mirar la carta de tés colgada en ese lado. Pero observando la caída de la tela sobre sus hombros, el tono del cabello a contraluz, la expresión de quien no se percata que lo miran.

No era que Potter fuera guapo en el sentido clásico.

Era esa otra cosa.

Luna lo vio primero. Sonrió como si supiera algo que los demás ignoraban, lo cual probablemente era cierto. Dijo algo a su amigo y señaló hacia la puerta, delatando a Draco.

Y entonces, Potter levantó la mirada.

Draco alzó la barbilla, sin moverse del sitio.

Cuando quiso girarse para marcharse, Luna ya se levantaba.

Reconoció ese gesto sutil. Ella intercambió unas palabras con Potter, lo tocó apenas en el brazo, y salió sin mirar hacia atrás.

Draco esperó un par de segundos, evaluando si quedarse o marcharse también. Pero las piernas ya lo llevaban hacia la mesa.

Potter lo notó enseguida. Esta vez se incorporó más rápido, sin esa lentitud contenida de siempre.

—Malfoy.

Draco asintió, acercando la silla con un leve roce. —Potter —Y se sentó sin pedir permiso.

—No sabía que frecuentabas lugares como este —añadió, observando alrededor con gesto neutro.

—Llegue hace unos días —respondió Draco, con tono flojo.

—¿Vives cerca?

Los ojos de Draco bajaron a la taza vacía en la mesa. Luego regresaron a los suyos, asintió y añadió:

—Te vi… —empezó, sin adornos—. Bueno, te vi con el niño. ¿Es tuyo?

Harry parpadeó, leve.

—¿Perdón?

—El niño. El que iba contigo —explicó Draco, con calma—. Se parece mucho a ti.

Potter sostuvo su mirada, pero con una expresión, que al principio, fue la de alguien buscando una explicación en el aire. No lo negó, porque no logró captar de inmediato la implicación.

Y entonces, la campanita de la puerta sonó.

Ambos giraron al mismo tiempo. Hermione acababa de entrar, con su cabello recogido de mala gana y un abrigo colgado en un solo brazo. Junto a ella, el niño de menos de 6 años.

En cuanto lo vio en la mesa, sonrió en grande y alzó los brazos.

—¡Papá!

Corrió hasta él y se lanzó sobre su silla, rodeándole la cintura con ambos brazos.
Harry reaccionó rápido, con los brazos alrededor del pequeño cuerpo, acariciándole la cabeza como si llevara haciéndolo toda su vida.

Draco arqueó una ceja.

—Ya volví, ¿viste? Tía Mione me compró el jugo que me gusta. El que sabe a ciruela, ¿puedo tomarlo contigo?

—Claro que sí —respondió Harry, la voz suave. Apenas un temblor detrás de esta. Miró a Draco, después al niño. Sin saber en donde parar la vista.

Hermione, al ver a la segunda persona sentada frente a su amigo, solo abrió de más los ojos.

—Malfoy —dijo, sorprendida, aunque con tono incómodo.

—Granger.

Ella saludó con una sonrisa breve. O más bien, incómoda, y se volvió hacia Harry con una ceja alzada interrogante. Preguntando qué hacía el ahí. Harry se encogió de hombros.

—Papá.

Harry pestañeó, acariciando su cabello. Quería explicar que era su cuidador, pero no lo hizo, porque no era tan cierto. —¿Mh?

Decir "no soy su padre" en ese instante habría sonado cruel e imprudente. Algo que ningún niño merecía oír en voz alta. Pero permitió que Draco confirmara su sospecha.

El niño trepó a la silla contigua, entusiasmado, balanceó los pies unos segundos. Pero entonces pareció percatarse de la otra presencia en la mesa. Lo observó con descaro, entrecerrando los ojos como si evaluara a un animal extraño.

—¿Y tú quién eres? —preguntó, con la franqueza brutal de los niños—. ¿También quieres jugo o siempre tienes cara de limón?

Harry se atragantó con el café.

Hermione disimuló mal una carcajada, girándose para fingir que buscaba algo en su bolso.

Draco parpadeó, muy despacio. Y lo miró con una ceja alzada, luego volvió los ojos a Harry, que intentaba no sonreír.

—Qué encantador —murmuró.

—Es muy observador —añadió Harry, aclarándose la garganta.

Y antes de que pudiera responder nada más, el niño se inclinó hacia su cuidador, susurrando con complicidad exagerada:

—Papá, ¿por qué hiciste enojar al señor?

Draco soltó el aire por la nariz, conteniendo lo que parecía una carcajada o un bufido de fastidio.

Y Harry ya no pudo evitarlo: soltó una carcajada, aunque fuera contenida, con los hombros temblando.

Hermione se inclinó para hablarle al niño:

—Ven, ven, tú y tu jugo de ciruela necesitan un paseo.

—Pero yo quería tomar con papá. ¿Y si el señor limón se come todo el pastel?

Draco cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, el niño ya estaba siendo arrastrado hacia la parte trasera, con suavidad por Hermione, que le prometía una galleta extra.

Harry, por otra parte, seguía riéndose.

Draco se inclinó hacia la mesa, apoyando un codo con lentitud.

—Mocoso —bramó, mirando a Harry—. Se nota que pasa mucho tiempo contigo.

Harry negó con la cabeza, sonriendo aún.

—No puedo hacer mucho —respondió, y por primera vez, hubo ternura en su voz

Sin embargo, cuando Draco carraspeó con elegancia y se recostó contra el respaldo de la silla, cruzando una pierna sobre la otra con lentitud, lo arruinó todo.

—Entonces… ¿me vas a atender o tengo que ir a servirme solo?

La sonrisa se le borró de golpe.

Porque esa frase, dicha con voz suave y cara neutra, venía con el peso exacto de lo que implicaba. Atención. Servicio. Trabajo.

—Claro —Harry arrastró la palabra, ya sin dejo de risa—. ¿Qué vas a querer?

Draco apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos.

—Sugerencias de la casa. Y que no sean con limón.

Harry asintió, ya incorporándose con resignación.

—Veré qué se puede hacer.

—Y que esté frió —añadió Draco, cuando ya se alejaba.

Harry levantó una mano en señal de “sí, sí, lo sé”.

Draco lo observó caminar hacia la barra, aún con ese andar rápido, pero poco preciso. Podía quedarse si eso implicaba molestarlo un poco.


Minutos después, Hermione regresó sosteniendo una pequeña caja con galletas y guiando al niño con la mano libre. Lo dirigía hacia una mesa en la esquina, no muy lejos, solo lo bastante cerca para vigilarlo desde la vitrina sin intervenir cada dos minutos.

Draco desvió la mirada apenas, y al cruzarse con la del niño, arrugó un lado de la nariz. Un gesto mínimo. Instintivo. Como si percibiera un olor dudoso en el ambiente, aunque en realidad no lo hacía.

El pequeño lo notó. Se giró al instante, indignado, y le sacó la lengua con una precisión feroz. Hermione le dio un golpecito suave en la espalda.

—Henry —reprendió en voz baja, pero firme—. Te vi.

—Él me miró raro primero —se quejó el niño, trepando a la silla como un duende ofendido.

Hermione dejó la caja sobre la mesa con un suspiro. —Vas a sentarte, comer tranquilo, y no le sacarás la lengua a los clientes, ¿entendido?

—¿Aunque miren como si fueran a vomitar?

Draco alzó la vista con lentitud, escuchándolo. Sus ojos se cruzaron con los del niño por una fracción de segundo, lo suficiente para marcar el inicio de algo. No un vínculo todavía, sino un campo de batalla.

—Tiene carácter —expresó Draco, en voz alta, con una expresión inocente—. Me recuerda a alguien.

—No empieces.

Henry, desde su lugar, masticó una galleta sin soltarlo con la mirada. Había en sus ojos una determinación poco común para alguien con la boca llena de migas.

Draco arqueó una ceja, tratando de no dejarse llevar. Aunque, en realidad, ya estaba elaborando mentalmente la respuesta perfecta para la próxima vez que el mocoso dijera algo.

Entonces, Harry volvió y dejó la bandeja con cuidado frente a él: una taza humeante, un platito con pastel helado y una servilleta doblada con más precisión de la necesaria.

—Aquí tienes.

—Gracias —dijo Draco, con una mirada aún cargada de orgullo herido—. Tu hijo me detesta.

—Ah —respondió Harry, tomando asiento frente a él—. Dame un par de encuentros más y lo pondrás al borde de la fascinación.

—¿Eso crees?

—No —respondió, encogiéndose de hombros—. Pero lo harás trabajar en su vocabulario.

Draco sonrió con los labios, apenas.

—Excelente. Pero creo que ya se expresó bastante bien para su edad.

Harry soltó una risa por lo bajo, mirando hacia la mesa del niño, donde Henry ya apilaba el resto de galletas por tamaño, como si armara un castillo.

—Es rápido. Aprende de los adultos.

—Lo noté —murmuró Draco, probando la bebida.

Harry apoyó los codos sobre la mesa, mirándolo con una expresión ambigua.

—¿Qué cosa, exactamente?

Draco se hizo el desentendido, mordiendo el pastel con calma.

—Nada.

Se quedaron un momento así: en silencio, quietos, con una incomodidad leve, latente.
Hasta que Harry volvió a hablar de nuevo, su voz sonando demasiado casual, casi familiar.

—¿Te cansaste del vino francés?

Draco alzó una ceja, apenas. La pregunta le sorprendió más por el tono que por el contenido.

—Supongo que ya me sabía los vinos de memoria.

Harry asintió, como si eso explicara cualquier regreso. No hubo una pausa dramática, ni una mirada inquisitiva.

—Me gusta Lyon —añadió Draco, tras un sorbo—. Tiene ritmo, pero sin el ruido constante. Gente menos entrometida.

—Menos conocida, querrás decir.

Draco se encogió de hombros con un dejo de elegancia, mientras el silencio breve se instalaba. Henry soltó una carcajada lejana, seguramente por algo que sólo él encontraba hilarante. Y Draco fingió no oírla.

Harry tamborileó con los dedos la mesa, sin dejar de parecer ansioso.

—¿Y tu madre?

—Bien. Está mejor sin escándalos ni juicios.

—Suena bien.

—Lo es —afirmó Draco, sin molestia.

Y entonces ninguno agregó nada.

No porque hubieran agotado los temas, sino porque seguir hablando habría exigido bajar una barrera. Y ninguno de los dos parecía con ánimo de hacerlo.

El ruido de la calle entraba suavemente por los ventanales. Alguien pidió otra ronda de café en la barra. Hermione lo atendió. El niño continuó organizando sus galletas como si fueran soldados, antes de comerlas.

Y durante unos minutos, el silencio ocupó la mesa como si también hubiera pedido algo.