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El verano ha llegado y con él las tan ansiadas vacaciones, por ello su fraternidad ha organizado una fiesta para recibirlas como se lo merecen. Fue una idea de Yukimiya a la cual nadie se negó, fue así como la casa de "Delta" terminó repleta de universitarios que celebraron el tan satisfactorio descanso.
Otoya ama las fiestas y, de no ser porque Karasu cumple a la perfección con el "me dejó temblando y..." de seguro estaría en el primer piso, bailando hasta que los pies le duelan y bebiendo alcohol hasta no poder ni recordar la fecha. No se queja por completo; la tarde acalorada —y no gracias al verano— que pasó con su "mejor amigo" fue placentera y los chupones en su piel junto con el dolor en su trasero son clara evidencia de ello. Yukimiya debe estar enfadado con ambos por desaparecer luego de que les ordenara hacerse cargo de los pasabocas, pero no le importa ni se arrepiente; haber cogido con Karasu es mil veces mejor que pasarse la tarde organizando frituras o dulces.
Sí que adora cómo está Karasu en la cama. Salvaje. Apasionado. Voraz. Sus manos sujetando su cintura. Sus labios explorando lenta y lujuriosamente cada rincón de su piel. Su voz, demandante y sensual. Su mirada deseosa, como si de un depredador cazando se tratase. Su polla penetrandolo sin compasión, haciendo gemir sin parar. Todo es tan bueno que nunca podría arrepentirse del día en que, con alcohol desmedido corriendo por sus venas, ambos terminaron cogiendo. Le divierte que, a pesar de las promesas de no hablar del tema ni mucho menos repetirlo, hayan terminado otra vez enredados entre sábanas, atrapados por esa tensión que nunca desapareció del todo. Solo sería cuando el estrés sea insoportable, dijeron, pero eso quedó olvidado cuando la situación se volvió diaria, necesaria; ninguno dijo algo al respecto.
La música abajo se oye apenas, gracias a que está en el tercer piso y también a que el sonido de la televisión la interrumpe. Jugar FIFA luego de una tarde muy movida es un gran plan, que por el momento Otoya disfruta. Karasu había salido hace un rato, prometió que solo comería algo y volvería a la habitación, sin embargo, no ha regresado aún y Otoya no le dio mucha importancia.
Es cuando Otoya gana por milésima vez con el Barcha y está por comenzar un nuevo juego, que su teléfono vibra sobre la mesita de noche junto a la cama. Lo ignora al principio, pero al escuchar que sigue vibrando más veces, decide revisar. Otoya se desliza en medio de las sábanas hasta alcanzar su móvil y revisa su aplicación de mensajería luego de tomarlo. Hay muchos mensajes en el grupo de la fraternidad. Otoya les da un vistazo rápido y lee a medias alguno que otro, hasta que uno llama su atención.
Shidou
¿Adivinen con quién está Karasu? 😏
Y una foto. Karasu en {a sala, sentado en el sofá más grande y a su lado, con un escote que no deja nada a la imaginación, una chica, y no cualquiera: Marisa, la más fácil de toda la universidad. Tan atractiva como sinvergüenza. La chica sonríe atrevida y Karasu la ve fijamente, pero Otoya conoce muy bien el significado de esa mirada tan intensa: coqueteo.
Otoya chasqueó la lengua involuntariamente y frunció el ceño. Parpadeó un par de veces, se sintió indignado por lo que veía y no sabía la razón. Pronto, una sensación agria aparece en su pecho mientras un nudo se forma en su garganta.
—Solo es Karasu con una chica, no tiene nada de especial —se dice a sí mismo, con convicción que se destruye rápido—. Solo es linda y tiene un buen cuerpo —el nudo en su garganta solo se agranda al reconocer los atributos de la... de ella.
Su dedo tiene la intención de apagar el celular —aunque su cerebro pide estrellarlo contra el armario por alguna razón—, pero no lo hace. Otoya solo ve la foto con una mueca de desagrado que no planea controlar.
Le hace caso a medias a su cerebro un rato después y arroja su teléfono sobre las sábanas. Otoya se cruza de brazos luego, mientras su mente intenta intuir de qué estarán hablando, tan cerca, Karasu y su... amiguita. No puede quitarse de encima el sentimiento de exasperación. Su pierna comienza a moverse ansiosa y sus dientes muerden sus mejillas internas.
Joder. Está celoso. Es patético, pero real.
Él, siendo un mujeriego de primera, con una libido prácticamente inextinguible, no ha visto a una sola chica en meses por su relación de... ¡como quiera que se llame lo que tiene con Karasu, no le importa! ¿Y qué hace Karasu? Se quiere ligar a la chica más fácil de toda la universidad, y aunque hubo un tiempo en el que él estuvo interesado en ella, ahora mismo no encuentra nada genial en la tipa. Por el contrario, Karasu es simplemente perfecto.
Tabito es por mucho uno de los chicos más cotizados de la universidad y cómo no, si era la definición de tipo ideal. Estudios de Negocios Internacionales. Es capitán del equipo de baloncesto. Tiene un cuerpo de infarto, que afortunadamente Otoya conoce a fondo. La mayor parte del tiempo está sonriendo, lo que siempre genera sonrojos a cualquier persona cercana, incluyendo a Otoya. Todo de él es atractivo y ¿qué tiene de especial Marisa? Una palabra, cuatro letras: nada, pero... ¿por qué le importa tanto que Karasu sí logre encontrar algo que le llame la atención en ella, algo que desear?
Otoya se envuelve con las sábanas y se hace bolita. Se debe de ver patético y por ello agradece estar solo. De seguro Karasu se hubiera burlado, siendo sincero no le importaría mucho que lo hiciera, que se riera a su lado, de su mueca enfadada y sus cejas fruncidas, mientras lo llama caprichoso.
Lentamente quita las sábanas de su cara. Ahora el enojo se mezcló con tristeza incontenible. Sus ojos se quedan fijos en la televisión, el play del videojuego lo llama a distraerse, pero las ganas de hacerlo no están. Queriendo olvidar el hecho de que abajo, de seguro, Karasu está más y más cerca de terminar en cualquier rincón alejado con ella, su mirada explora la habitación y así, sin querer, sus ojos se fijan en el pomo del armario, donde de una percha cuelga la camiseta del equipo de Karasu y es entonces cuando, viendo el dorsal 69, una idea llega a la mente de Otoya.
Se levanta de la cama decidido, sin pensarlo dos veces toma la camiseta y se la pone cubriendo su pecho desnudo. Karasu es más alto y su cuerpo es más musculoso. Siempre solía sentir algo de envidia por ello, pero ahora viendo cómo la camiseta le queda lo suficientemente grande como para dejar a la vista las marcas en su cuello, ama demasiado su complexión delgada.
De seguro con lo que tiene en mente mucha gente se enterará de su relación sin nombre con Karasu, aunque eso ya es irrelevante. Es más, le vendría bien que todos lo supieran, en especial Marisa.
Con más confianza de la que pudo pedir, Otoya salió de la habitación, con pantuflas graciosas, su sudadera más antigua y una camisa ajena que era una declaración. Caminó por los pasillos y bajó por las escaleras rápido. En cada paso o escalón la certeza en él crecía. Sus manos no temblaban y las dudas no se atrevieron a aparecer.
Al llegar a la sala lo recibió la música fuerte y el bullicio de todos los asistentes de la fiesta. Había avanzado apenas unos cuantos pasos y ya podía sentir miradas curiosas sobre él, no le importó en lo absoluto, él solo se concentró en buscar su objetivo. Finalmente lo encontró en el mismo lugar de la foto, solo que esta vez el espacio personal parecía haber desaparecido y eso lo cabreó, así que se acercó sin perder un segundo más.
—¿Y si... nos escapamos a un lugar más privado? —preguntó la tipa, guiñando un ojo, y al escucharla Otoya supo que llegó en un buen momento.
Karasu no pudo formular una respuesta gracias a que una mano conocida se posó en su hombro. Se volteó y tuvo que reprimir una sonrisa victoriosa al encontrarse con Otoya usando ni más ni menos que su camisa.
—Oh, veo que te animaste a bajar —dijo Karasu. Otoya notó cómo Marisa le dedicó una mirada enojada por robar la atención de Tabito.
—Te extrañaba, así que tuve que hacerlo —contestó, con una sonrisa y mirada fija en el mayor.
Karasu recorrió su cuerpo con la mirada. Mordió su labio disimuladamente antes de volver a hablar.
—Te queda bien —el halago se sintió como la gloria.
—No tanto como a ti —dijo Otoya.
Y sin titubear, Otoya se sentó sobre el regazo de Karasu, quien no pareció esperárselo, pero igualmente se sintió complacido. Eita se aseguró de que el dorsal 69 quedara justo en frente de la chica, que supiera que esa camisa más allá de ser solo tela era un símbolo de pertenencia, de que Karasu era suyo y que él era de Karasu.
—Todos ven tus marcas —le susurró Karasu cerca del oído mientras sus manos viajaban a la cintura ajena.
—¿Y? —preguntó Otoya.
Una risa se escapó de los labios de Karasu.
Otoya cambió de posición. Se giró para quedar frente a frente con Karasu. Siente las manos del mayor en su espalda baja y oye a la perfección los murmullos sorprendidos de todos, pero lo que más lo llena de complacencia es que Marisa lo fulmina con la mirada. Eita espera ansiosamente que ella reaccione y para su suerte, ella no tarda en hacerlo.
—Oye, por si no lo has notado, Tabi y yo estábamos en algo importante —fue un reclamo disfrazado a medias de una aclaración.
Otoya solo rió.
—Lo siento —dijo, fingiendo arrepentimiento; Incluso llevó una mano a su pecho para darle más drama.
—Acepto tus disculpas. Ahora, ¿podrías...?
— Lo siento, cariño —la interrumpió—, pero él es mío .
Y besó a Karasu. Exigente y descontrolado, con la intención de que todos lo vean. El sonido de sorpresa de Marisa fue único y solo lo alentó a besar con más ganas a Tabito. No tardó mucho para que el lugar izquierdo del sofá quedara vacío.
Una victoria total.
No importó que todos los vieran, porque todos debían saber a quién pertenecía Karasu.
El aire faltó y ambos se separaron.
—Ahora todos saben de lo nuestro —dijo Karasu, aunque la felicidad en su voz era palpable.
—No creo, debemos dejarlo en claro una vez más.
Y un nuevo beso comenzó.
Karasu, antes de dejarse llevar por completo por los labios de su chico caprichoso y atrevido, solo observó una última vez a Shidou en medio de la asombrada multitud y le agradeció en silencio por cumplir exitosamente la misión que le había encargado.
