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El aire de la mañana es fresco y agradable mientras el sol aún está bajo en el cielo, que ya comienza a teñirse de los suaves tonos de un día que recién comienza. Las calles están tranquilas, excepto por el ocasional canto de los pájaros o el zumbido lejano de un auto.
Kageyama camina con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta y, a su lado, Hinata camina con su habitual energía inquieta, tan cerca que sus brazos inevitablemente se rozan de vez en cuando. Sus pasos resuenan suavemente contra el pavimento, con un ritmo constante y relajado.
Hinata está hablando. Por supuesto que lo hace. Su voz es brillante y animada, un torrente constante de palabras que salta de un tema a otro con facilidad. Ya ha hablado de un video que vio anoche, de lo que cenó, de la tarea de inglés que olvidó hacer. Ahora, parece estar hablando de lo que planea comer durante el almuerzo. Kageyama no está muy seguro, hace un rato que dejó de intentar seguirle el ritmo a esta conversación mayormente unilateral. Pero él sabe que no necesita responder.
Hace tiempo aprendió que Hinata no siempre espera respuestas a las cosas que dice, la mayoría de las veces solo necesita que alguien lo escuche. Y Kageyama está más que feliz de ser esa persona.
Simplemente quiere estar allí, caminando al mismo ritmo que él, dejando que la voz de Hinata llene el espacio entre ellos. Hay algo relajante en ello, en cómo el sonido de su voz lo envuelve suavemente. Es como la luz del sol, cálida y familiar. Es reconfortante.
Hinata tiene esa manera de hacer que todo se sienta más ligero. La charla que podría haberle molestado de cualquier otra persona tiene el efecto contrario con Hinata. En lugar de irritación, una cálida sensación de satisfacción se instala en lo profundo de su pecho y deshace la tensión en su cuerpo con una facilidad que Kageyama a veces encuentra sorprendente.
Hinata es… mucho.
Es dulce, enérgico y brillante. Como un día de verano que desearías que nunca termine.
A veces vuelve loco a Kageyama. Con su personalidad ruidosa e impulsiva, su necesidad de siempre hacer algo, como si tuviera demasiada energía en el cuerpo para que una sola persona la pudiera contener. Con una presencia tan intensa que parece imposible de ignorar.
A veces, Hinata es tan frustrantemente impredecible que Kageyama quiere agarrarlo por los hombros y sacudirlo hasta el cansancio.
Pero entonces, Hinata se ríe. O lo mira con esos grandes ojos marrones estúpidamente amables que hacen que Kageyama olvide por qué estaba enojado con él en primer lugar. O hace algo tan pequeño, como chocar suavemente su hombro contra el costado de Kageyama cuando nota que está demasiado perdido en sus pensamientos, o le da algo de beber sin que Kageyama se lo pida solo porque de alguna manera sabe que lo necesita, o simplemente… se queda a su lado. Cualquier molestia que estuviera sintiendo parece desvanecerse en un instante.
Porque Hinata también es la razón por la que los días de Kageyama se sienten menos grises. Llenos de luz. De sonrisas. De algo más.
Hinata lo hace reír, sin siquiera intentarlo. Lo irrita, lo desafía, lo saca de quicio. Pero tambien lo hace querer ser mejor, no por elogios ni por atención, sino simplemente para poder seguirle el ritmo.
Porque Hinata confía en él, de una forma abrumadora, aterradora y reconfortante a la vez.
Hinata está ahí cuando Kageyama se siente solo. Cuando sus pensamientos se descontrolan. Cuando está agotado, con la mirada perdida y preguntándose si está haciendo lo suficiente, o si es suficiente. Cuando Kageyama ni siquiera sabe cómo se siente, cuando no tiene palabras para explicar qué le pasa o qué necesita, Hinata está ahí.
Rebosante de vida, rebosante de energía y calidez, como una llama que se niega a apagarse. Atrae a Kageyama sin siquiera intentarlo. Lo mantiene en pie cuando todo se siente inestable.
Y la cuestión es que, por increíble que parezca y por más extraño que Kageyama lo encuentre, Hinata nunca pide nada a cambio.
No lo presiona. Nunca le exige a Kageyama que se abra, que ofrezca más de lo que puede dar, o que sea algo más de lo que realmente es.
Simplemente camina a su lado, como si fuera lo más fácil del mundo. Habla con él, de todo y de nada. Le sonríe como si fuera importante, como si no hubiera nadie más con quien preferiría estar.
Kageyama lo ama.
Lo ama más de lo que sabe expresar. Más de lo que cree que las palabras jamás podrán expresar. Pero el sentimiento está ahí.
Está en la forma en que Kageyama lo escucha, incluso cuando las palabras de Hinata a veces no tienen ningún sentido. Está en la forma en que camina a su lado, en la forma en que, sin pensarlo, adapta su ritmo al de Hinata. Está en la forma en que su cuerpo se acerca un poco más cada vez que Hinata ríe con fuerza, cada vez que Hinata lo mira con los ojos brillantes, llenos de pura alegría.
Tal vez amor es una palabra demasiado grande. Una palabra demasiado compleja para que Kageyama, que nunca ha sido bueno con las emociones, pueda comprenderla.
Pero Kageyama ama a Hinata. Simplemente lo sabe.
De la misma forma en que conoce el peso de un balón de voleibol en sus manos, o el suelo de la cancha bajo sus pies. Como conoce los pasos de Hinata a su lado, ya sea caminando a casa en silencio o corriendo hacia el gimnasio. De la misma manera en que sabe lo que se siente la amarga derrota o celebrar la victoria, con Hinata a su lado.
Y Kageyama probablemente no lo dice en voz alta muy a menudo. Pero lo demuestra.
En cada entrenamiento matutino, cuando no se queja de tener que levantarse aún más temprano para llegar antes solo porque Hinata se lo pidió. En la forma en que se queda después del entrenamiento, lanzando pelota tras pelota para que Hinata pueda seguir practicando ese remate que se niega a abandonar hasta que esté conforme con el resultado.
Lo demuestra en los momentos en que Hinata se ríe de alguna tontería y Kageyama lo mira con nada más que pura adoración. En cada momento estúpido e impulsivo en el que decide seguir a Hinata en lo que sea que esté planeando. En cada instante de silencio donde sus miradas se encuentran y las palabras no necesitan ser pronunciadas.
Hinata cambia de tema otra vez.
Es difícil llevar la cuenta, pero este debía ser el octavo tema, o quizá el décimo, en los últimos quince minutos. Kageyama ahora solo está escuchando a medias, no porque esté aburrido, sino porque está demasiado absorto en el brillo de los ojos de Hinata bajo la suave luz de la mañana como para prestar atención a otra cosa.
Hay algo en ellos que le quita el aliento a Kageyama. Tan llenos de vida. Tan infinitamente brillantes, como mirar directamente al sol. Su sonrisa, tan amplia, tan natural, es de esas que hacen que a Kageyama le duela el pecho, como si apenas pudiera contener tanto cariño en su corazón.
Kageyama encuentra extrañamente cautivadora la forma en que Hinata habla con todo su cuerpo: hombros en movimiento, las manos gesticulando rápidamente, su voz subiendo y bajando con entusiasmo. Es hipnotizante, como observar los fuegos artificiales en plena explosión, llenos de color.
Ya se acercaban a la escuela; la silueta familiar aparecía a la vista a medida que el cielo se aclaraba más y más sobre ellos.
El mundo comienza a despertarse lentamente, pero Kageyama solo podía concentrarse en Hinata.
Y tal vez sea la forma en que la luz cae sobre el rostro de Hinata, resaltando sus rasgos. O la forma en que su cabello, tan rebelde como siempre, se le pega a la frente, humedo por el sudor de la caminata. Tal vez sea el hecho de que Hinata no ha dejado de sonreír ni una sola vez desde que se encontraron de camino a la escuela.
Tal vez no sea ninguna de esas cosas.
Tal vez solo sea porque se trata de Hinata.
Kageyama no piensa demasiado en ello, no lo cuestiona. Solo se inclina.
El beso es casi imperceptible: solo sus labios presionando contra los de Hinata con suavidad, brevemente, sin urgencia, solo con el deseo de estar mas cerca.
No es su primer beso. Ni de lejos. Pero aun así se siente igual de nuevo, igual de importante. Su corazón seguía acelerándose igual que la primera vez, como si acabara de dar cien vueltas alrededor del gimnasio.
Cuando Kageyama se aparta, mira a Hinata y ve la sorpresa en sus ojos, abiertos y parpadeando rápidamente, como si estuviera repasando el momento para asegurarse de que realmente sucedió. Como si no hubiera esperado que Kageyama se alejara tan pronto.
Kageyama lo mira fijamente un momento, firme y en silencio.
Entonces Hinata sonríe.
No es una sonrisa tímida ni nerviosa. Es una sonrisa que se extiende por su rostro, radiante y abrumadora. Un ligero rubor ya florece en sus mejillas, pero no aparta la mirada. De hecho, avanza un paso más cerca.
—Qué inesperado —dice Hinata, sin dejar de sonreír, con la voz un poco entrecortada por la sorpresa.
—Cállate —murmura Kageyama, pero no hay verdadera molestia en su voz, solo cariño.
Y de verdad que es inesperado.
No es propio de Kageyama hacer esas cosas. Usualmente es Hinata quien toma la iniciativa: es quien le toma la mano de repente, quien lo abraza después del entrenamiento, es quien se acurruca en su hombro cuando se sientan demasiado cerca, como si fuera su instinto.
Kageyama no es así. Pero, en ese momento, algo en su interior lo había impulsado a cerrar la distancia entre ellos. Se había sentido como lo correcto. Incluso necesario.
Kageyama resopla mientras aparta la mirada del rostro demasiado feliz de Hinata, intentando calmar el calor que le subía al rostro. Está avergonzado, sin duda, pero no arrepentido.
—Hablas demasiado —dice, lo que hace reír a Hinata.
—Te gusta cuando hablo —responde Hinata con naturalidad, bromeando, mientras choca su hombro contra Kageyama.
Kageyama no responde, pero sus labios se contraen ligeramente. Porque sí. De verdad que le gusta.
Le gusta el sonido de la voz de Hinata, su energía, sus constantes y ridículos comentarios... A Kageyama le gusta más de lo que jamás le admitirá.
—Me gustó —añade Hinata, con la voz más suave. Más sincera.
Entonces Kageyama se gira para mirarlo. Hay algo firme en la mirada de Hinata que hace que su corazón se acelere y el calor se acumule en su rostro con mayor intensidad.
—Me lo imaginaba —dice Kageyama, en voz baja, casi tímido. Y luego, porque burlarse de Hinata siempre ha sido más fácil que decirle cuánto le importa, añade— Me perseguiste.
Hinata ríe, un poco avergonzado y con las mejillas ruborizadas, pero no lo niega. Simplemente arruga un poco la nariz y sonríe, de esa manera que Kageyama encuentra estúpidamente linda.
—Sí, bueno... ¿qué esperabas? No puedes hacerme eso de repente y luego parar.
—Qué molesto.
Por un momento, se quedan ahí mirándose, sonriendo como idiotas bajo la suave luz de la mañana, y luego:
—Hazlo otra vez —murmura Hinata.
Su voz es baja, pero hay una chispa familiar en ella, la misma que siempre tiene cuando pide una revancha o exige otro lanzamiento. Es juguetón, por supuesto. Pero Kageyama todavía puede captar la seriedad en sus palabras, oculta detrás del tono ligero y bromista.
Kageyama pone los ojos en blanco, más que nada para luchar contra la necesidad de hacer exactamente lo que Hinata le pide.
—Llegaremos tarde —dice, aunque sabe que eso es mentira. Es probable que sean los primeros en llegar. Igual que siempre.
—No llegaremos tarde.
—Sí, sí lo haremos —Kageyama insiste débilmente, solo por el gusto de discutir con Hinata.
—¡Entonces será culpa tuya! —dice Hinata con fingida molestia, pero ya está agarrando la muñeca de Kageyama, tirando de él, prácticamente obligándolo a correr hacia el gimnasio.
Y Kageyama se deja llevar; la risa de Hinata resuena de nuevo. Su agarre es ligero pero seguro, como si supiera que Kageyama lo seguirá sin necesidad de que lo jale demasiado.
En ese momento, corriendo de un lado a otro a través de la escuela, con la mano de Hinata rodeando su muñeca, con su risa llenando el espacio entre ellos y la calidez de su beso aún presente en sus labios, Kageyama lo siente de nuevo.
Esa sensación intensa y abrumadora, demasiado grande para contener, que no siempre encuentra palabras para describir, pero que siente cada vez que Hinata está a su lado.
Entonces tal vez, más tarde, Kageyama lo bese de nuevo.
(Definitivamente lo hará.)
