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Chicle de fresa

Summary:

“¿Qué es esto? ¿Qué te pasa?” Roberta le pregunta a Mía, señalando al fichero en manos de su compañera de clase.
“Se trata de que se sacara los niños de las coreografías,” Celina es la que le contesta.
“Y quien fue la retrasada mental que pudo pensar eso, ¿eh?” Roberta pregunta sin creer lo que oyó. Mía le hace una mueca insolente. “Obvio tenía que ser la descerebrada esta,” Roberta sigue. “¿No ven que sin los chavos no va a haber diversión?”
“Mira,” Mía se hace oír, “el grupo de coreo no es diversión, ¿ok? Es para competir!”
“A mí se me hace que más bien a ti te gustan las chavas, ¿verdad?” Roberta le dice, mordiéndose el labio inferior y encarando a Mía.
...

Lo que podría haber pasado después del episodio 1x39 y 1x72 😌

Notes:

Nada más una cosita que me vino a la cabeza.
Espero que les guste.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

“¿Qué es esto? ¿Qué te pasa?” Roberta le pregunta a Mía, señalando al fichero en manos de su compañera de clase.

“Se trata de que se sacara los niños de las coreografías,” Celina es la que le contesta. 

“Y quien fue la retrasada mental que pudo pensar eso, ¿eh?” Roberta pregunta sin creer lo que oyó. Mía le hace una mueca insolente. “Obvio tenía que ser la descerebrada esta,” Roberta sigue. “¿No ven que sin los chavos no va a haber diversión?”

“Mira,” Mía se hace oír, “el grupo de coreo no es diversión, ¿ok? Es para competir!”

“A mí se me hace que más bien a ti te gustan las chavas, ¿verdad?” Roberta le dice, mordiéndose el labio inferior y encarando a Mía.

“A ti te estaba buscando,” Roberta le dice a Mía, al entrar a su cuarto.

Mía se sienta en su cama, donde hace un segundo estaba tirada, tratando de relajarse. 

Mía estaba preocupada. No debería de haberle seguido el cuento a Roberta. Cuando vinieron al salón de coreografía a que las niñas bailaran la rutina que supuestamente les enseñó Miss Lulu, Roberta les dijo a las otras chavas que “ok,” era su bronca, ella había tenido la idea de que se pusieran a bailar de aquella forma para fregarle a Miss Lulu que ya había puesto las chicas a un lado desde que se puso a entrenar a los chicos para el baile. Era nada más una venganzita, y si a alguien le iban a castigar por el invento, pues, ni modo, Roberta era la que había tenido la idea. Pero Mía la vio ahí, bailando sola, y vio como ninguna de las otras chavas se movió ni un centímetro o dio cualquier indicación de que estaba dispuesta a arriesgarse por algo que todas habían hecho juntas, y a Mía no le pareció justo. Así que ella se levantó y se puso a bailar, siguiéndole los pasos a Roberta, pegando su espalda a la frente de ella, a que menearan las caderas juntas, y haciéndole poner los ojos como platos a Pascual y a la maestra de baile. No había marcha atrás, ya estaba hecho. Seguro ahora le venía Roberta a decirle que las dos estaban castigadas.

“¿Qué pasó?” Le preguntó Mía a Roberta, poniendo un mechón de su pelo detrás de la oreja y luego arreglándose el flequillo.

“Yo…” Roberta empezó, su voz sonaba incierta. Se acercó más y se sentó delante de Mía, sus rodillas casi pegadas. “No tienes que arreglar tu pelo, te ves hermosa,” dijo sin pensar y luego cuando procesó lo que había dicho, “digo, sé que con una sola neurona, hay otras cosas por las que deberías preocuparte.”

“Ay, Roberta,” Mía se hizo para atrás, levantando las piernas en sentido de su cuerpo y abrazándose alrededor de las rodillas, “si nada más vienes a insultarme, ¿por qué no te vas, eh?”

Roberta se pasó la mano por su frente y por su pelo multicolor y resopló, enojada no con Mía, sino consigo misma. “Perdón,” le dijo rápido y para que no perdiera el valor de decir lo que había venido a decirle, siguió, “gracias.”

Mía frunció el ceño sin entender como Roberta había ido de decirle que estaba hermosa, a que solo tenía un neurona, a pedirle perdón y luego darle las gracias por Dios sabe qué en nada más que unos segundos.

Su expresión confundida le inspiró a Roberta a que continuara hablando. “Digo, por lo del baile,” explicó ella, “si nada más hubiera bailado yo, seguro Pascual no me hubiera creído. Así que gracias.”

Mía pasó la lengua por sus labios, pensativa, procesando las palabras de Roberta. Ninguna ingeniosa réplica le vino a la mente, de seguro porque ahí Roberta de verdad no la merecía. Parecía venir en buena onda, sonaba sincera. Se sentía bien que por un segundo estuvieran hablando con respeto, como las compañeras de clase que son e iban a seguir siendo por un par de años.

“No tienes por qué agradecerme. La jugaste por todas nosotras, así que nada más hice lo que debí hacer,” Mía le contestó, relajándose de nuevo, dejando que sus piernas se cruzaran en la cama, y sintiendo como su rodilla tocaba la de Roberta de nuevo.

“Pues,” Roberta se encogió los hombros, “igual gracias,” repitió, inclinándose y besándole la mejilla a Mía. Olía a vainilla y fresas. No sabía si era su piel o su pelo, pero Roberta trató de respirar profundamente antes de alejarse para que su mente se acordara de su olor. 

Mía en contrario trató de no respirar. Roberta olía a ámbar. Ládano—Mía conocía muy bien a las buenas fragancias de perfumes, y esta era de las mejores: caliente, terrosa, dulce apenas lo suficiente. De tan cerca, el rostro de Roberta se veía borroso—de ahí tan cerca Mía ni siquiera podía notar los terribles nacos de pelo rojo y naranja. Se veía bonita. Mía cerró los ojos y meneó la cabeza, tratando de desanuviarse la mente, sin entender por qué su cerebro repasaba los rasgos de Roberta, poniéndole bonito, bonito, bonito, a cada uno.

Roberta se giró en la cama, como para levantarse e irse de ahí, pero Mía la paró, tomándole de la mano y haciendo que se volteara a verla otra vez.

“¿Por qué dijiste lo que dijiste el otro día?” Mía le preguntó. Roberta sabía de qué hablaba ella, pero nada contestó al principio, haciéndose la tonta, dejando que Mía mejor pusiera su pregunta. Mía nada más la miró sugestivamente, intentando hacerle entender sin palabras—le daba pena tener que decirlo en voz alta. Roberta no parecía querer hacerle la vida más fácil— me choca esta, Mía pensó, poniéndose los ojos en blanco, “ya, Roberta, ¿por qué?”

“¿Por qué de qué?” Roberta la fregó y Mía gimoteó bajito, enojada. Roberta se levantó las cejas, esperando que Mía fuera más clara.

“¿Por qué dijiste eso de que a mí me gustan las chavas?” Mía preguntó finalmente, apenada por no conseguir evitar el rubor que le subió por las mejillas.

Roberta quiso decirle que para fregarle, pero esta no fue la razón. Todos los chavos en el colegio querían ir con Mía, andaban siguiéndola como perritos, esperándose a que les volteara a ver ni que fuera tantito. Mía ni les pelaba.

“Pues, porque no te veo con ningún novio, aunque todos quieren ir contigo,” le contestó honestamente. “Es que ¿no te gusta ningún chavo?” Le preguntó, ya de una vez para quitarse la duda, una sonrisa traviesa escapándole de los labios.

Mía arregló su pelo como había hecho al principio, pensó en Miguel, con sus ojos oliva y su manera ranchera. “Pues, sí,” contestó, “me gusta un chavo.” A Roberta se le desinfló la sonrisa como un globo en fin de fiesta. “Pero al mismo tiempo me choca,” Mía continuó y Roberta trató de ponerse las pilas—no todo estaba perdido.

“¿Y alguna chava, entonces?” Roberta trató de hacer la pregunta correcta esta vez.

Mía tardó un segundo en contestarle. El brillaba en su mente como un maldito letrero fosforescente. Los ojos oscuros de Roberta miraban tan adentro de los azules suyos, que Mía estuvo segura de que ella la podía leer, esa maldita señal que decía en letras gigantes. No le quedaba de otra sino admitirlo. “Sí,” contestó Mía finalmente, y como si le esculcase la cara a Roberta para ver si la entendía, agregó, “y también me choca.”

Roberta tenía neuronas suficientes para entenderla, “ah, ¿sí?” le preguntó, fallando miserablemente en esconder la sonrisa que se asomaba a sus labios, mordiéndose el labio inferior para que tal sonrisa no se volviera tan grande. 

Mía bajó sus ojos a los labios de Roberta—hace un segundo parecían pálidos, pero ahorita se veían rojitos dónde ella los había mordido. Mía se mojó los labios instintivamente en respuesta, probando su lipstick pegajoso, preguntándose si Roberta no usaba lipstick porque no le gustaba su textura. Y si la besara, ¿qué iba a pensar al probarle el pintalabios? Mía no pudo evitar la risita tonta y nerviosa que le escapó de los labios delante de sus propios pensamientos.

A Roberta le encantó aquella risita de niña traviesa a la que cacharon en el acto. La tomó de la mano, jugando con los dedos de ella y mirándola a los ojos, después a los labios, y a los ojos otra vez. “A mí también me chocas.”

 

Más tarde, no sabrían decir quién besó a quién primero. Se encontraron ahí por el medio. A Roberta no le importó el lipstick pegadizo de Mía. Nada más podía sentir su olor. El de vainilla estaba en su piel, Roberta constató. Lo de fresa venía del chicle que Mía siempre traía en la boca—ella sabía dulce. Roberta sabía… sabía a nada que Mía conociera o alguna vez ya hubiera probado, pero igual le gustaba—le metió la lengua sin miedo a las ganas que tenía de probar más de ella, de descubrir a qué sabía cada rincón de su boca atrevida, de dónde salían las respuestas rápidas que a Mía le fastidiaban.

Roberta la empujó a que se acostara sin cortar el beso, encantada en descubrir que aquella boca que desde hace un tiempo miraba con ganas de probarla sabía hacer más que unos buenos berrinches.

“¿Qué haces?” Preguntó Mía, sus labios pegados a los de Roberta, sintiendo como su mano se metía debajo de la blusa de su uniforme, poniéndole la piel chinita dónde le dibujaba el abdomen con un dedo.

“El otro día,” Roberta empezó, alejándose tantito del beso, “Diego me dijo que la guitarra es como una mujer.”

Mía se rió bajito, su cerebro consciente del calor de la mano de Roberta que descansaba en su cintura. “No te entiendo nada,” contestó, todavía riéndose.

“Pues, porque está menso Diego,” le explicó, “yo digo que las mujeres son como las guitarras.”

“Ah, ¿sí?” Le preguntó Mía, siguiéndole el juego. “Y ¿por qué?”

“Porque hay que tocarlas.”

Mía la tomó del cuello para que la volviera a besar. “Estoy de acuerdo,” le dijo antes de volver a pegar sus labios.

Notes:

Besitos,

Nat.