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Beauty and the beast

Summary:

Dazai, un joven de espíritu libre que vive en un pequeño pueblo en el corazón de Francia, es constantemente juzgado por las personas de su pueblo por ser diferente. Dónde el ve libertad, los demás ven opresión. Sin embargo, su vida cambiará cuando, en un giro del destino, se cruce con Chuuya, un ser formidable con un aspecto sombrío, conocido dentro de las cuatro paredes de su castillo, como una Bestia.

Chuuya, lleva consigo el peso de su propia maldición. A pesar de su apariencia imponente y horripilante, es una alma atormentada, deseando ser comprendido y amado para escapar de las garras de aquella maldición que lo persigue.

Dazai le enseñará a Chuuya el verdadero significado de la belleza y Chuuya le enseñará a Dazai el verdadero concepto del amor, ese que tanto leía en sus libros.

¿Quién podría amar a una bestia?

Quizás solo aquellos que se toman el trabajo de observar más allá de la superficie, más allá de lo que está a la vista de cualquier ser humano, más allá de una simple apariencia.

Pues la verdadera belleza reside en el interior.

Chapter 1

Summary:

Un cuento, una maldición y un sujeto insoportable

Chapter Text

Esta no es la clásica historia de cuentos de hadas que comienza con un "Érase una vez".

Tampoco es la típica historia donde la princesa necesita ser rescatada por su príncipe.

Tampoco se trataba de un príncipe encantador y amable sino de un joven malcriado y apuesto que habitaba en un hermoso castillo, escondido entre los altos y oscuros árboles del corazón de Francia. A pesar de poseer todo lo que su corazón anhelaba, era egoísta y arrogante. Le cobraba a su pueblo exageradas sumas de dinero, solo para llenar su castillo de lujos desmedidos: vinos caros que jamás lograban complacer su paladar, joyas que mantenía entre sus delgados dedos, y fiestas ostentosas cuyo único propósito era el matrimonio. Invitaba únicamente a las jovencitas más hermosas de su reino, haciéndolas bailar en un juego de ilusiones sobre un futuro que tal vez nunca llegaría.

Se sentaba por un momento en su enorme trono de oro, antes de unirse al baile que decidiría a su futura esposa, observando cómo las doncellas danzaban a su alrededor, acompañadas por la hermosa voz de Ozaki Kouyou, la encargada de darle vida a la fiesta, junto al pianista conocido como "Piano-Man", formando un dúo imparable que hacía que aquellas celebraciones fueran aún más grandiosas.

-Oh, qué especial. En la música hay magia de vals -cantaba la hermosa dama, mientras el pianista la miraba con recelo desde su asiento. En el reino circulaban rumores sobre la tensa relación entre ambos músicos, aunque pocos conocían la razón -Mil doncellas queriendo ganar. Una señal al mirarse...

Todas las doncellas del reino soñaban con casarse algún día con tan apuesto príncipe. Su cabello era como el atardecer, sus ojos azules parecian el cielo mismo, y sus adorables pecas otorgaban un aire de ternura a su arrogante figura, que las observaba con desinterés. Nunca estuvo de acuerdo con el matrimonio, pues se negaba a compartir sus riquezas con una mujer que solo lo veía como un trofeo a conquistar. Por ello, se levantó de su trono solo para moverse entre ellas con indiferencia, tratándolas como meros objetos en un mercado de baratijas.

-Nace, si él viene espéralo. Qué gran placer, fascinante el encuentro se ve -continuaba cantando la mujer, siendo levemente empujada por el pianista, quien la observaba con soberbia- porque al fin todo va a suceder y cantar con fuerza, con gusto, sin pensarlo, fuera preocupación.

Esa noche, en medio de la fiesta, unos golpes en las enormes puertas del castillo interrumpieron la música que resonaba en el salón. Las doncellas se detuvieron, confundidas, y la cantante cesó su canto mientras el príncipe, desconcertado, señalaba a los guardias para que abrieran las puertas. Sin embargo, no fue necesario, ya que los vientos huracanados que azotaban el exterior las abrieron de par en par y un anciano, apoyado en un viejo palo de madera, cruzó el umbral.

Un inesperado intruso que heló la sangre de quienes lo miraban. Con la apertura de las puertas, las velas que decoraban el salón se apagaron por la fuerza del viento. Rápidamente, le extendieron un candelabro al príncipe, quien, atónito, se acercó al anciano que lo miraba con ojos suplicantes, pidiendo en silencio refugio del frío de la noche.

Como gesto de agradecimiento, el anciano le ofreció una única camelia roja, esperando que el príncipe mostrara compasión y lo aceptara en su castillo. Pero lo único que recibió fueron burlas despectivas sobre su aspecto y el mal olor que lo rodeaba.

Las doncellas comenzaron a reír junto al príncipe, mofándose del aspecto andrajoso del anciano. En un gesto despreciativo, el príncipe tomó la flor entre sus dedos, la rechazó y la arrojó a los pies del anciano, ordenando a los guardias que lo expulsaran de su hogar para continuar con su ostentosa celebración.

El anciano advirtió al príncipe sobre los peligros de dejarse llevar por las apariencias, pues la verdadera belleza reside en el interior...

Cuando el príncipe lo despreció de nuevo, la apariencia del anciano se desvaneció, revelando a un hermoso hechicero que lo miraba con ojos tristes y decepcionados. El corazón muerto del príncipe comenzó a latir desenfrenadamente ante lo que veía. Consciente de lo que se avecinaba, se arrodilló a los pies de tan magnífica criatura, suplicando su perdón. Pero era demasiado tarde; el hechicero se dio cuenta de que carecía de amor en su corazón y, como castigo, lo transformó en una horrible bestia, aterrorizando a todos los presentes en la fiesta. Finalmente, lanzó un poderoso hechizo sobre el castillo y todos sus habitantes...

Los días se convirtieron en años, y el mundo olvidó al príncipe y a sus sirvientes, pues el hechicero había borrado todo recuerdo de ellos en la mente de sus seres queridos. Sin embargo, la camelia que había ofrecido era, en realidad, una camelia encantada.

Si el príncipe aprendía a amar a alguien y también obtenía su amor antes de que cayera el último pétalo, el hechizo se rompería.

De lo contrario, estaría condenado a vivir como una bestia por toda la eternidad.

Con el paso de los años, su decepción creció, y perdió toda esperanza de ser rescatado de su maldición

Puesto que...

¿Quién podría aprender a amar a una bestia?

🌹

Un nuevo día, en un nuevo amanecer, dónde los pájaros cantaban en su ventana, los rayos del sol iluminaban la sala de su casa mientras que en la lejanía podía escuchar el canto de un gallo anunciando un nuevo despertar.

A pesar de todo esto, Dazai se sentía aburrido.

Todos los días eran tan iguales que lo abrumaban; despertaba gracias a los rayos del sol que impactaban sobre su rostro mientras escuchaba el hermoso cántico de los pájaros en su ventana, que lo motivaban a levantarse. Luego salía a alimentar a las gallinas que tenía en la cerca de su casa, mientras activaba el nuevo invento que su padre creó para regar fácilmente las plantas que les daban de comer. Todo era tan igual, a excepción de aquello que amaba con devoción.

Sus tan preciados libros lo transportaban a mundos inigualables y lo hacían añorar un romance como los que estaban escritos allí.

Añoraba encontrar a una joven dama que lo amara a pesar de todo, que le enseñara lo hermoso que es el mundo y que llenara su corazón de sentimientos desbordantes.

Pero su ilusión murió al ver que todas las jóvenes en su pueblo eran iguales, nacidas solo para complacer los caprichos de un hombre egoísta. Todas las damas que había conocido parecían más dispuestas a entregarse a la sumisión, como si solo fueran creadas para procrear y mantener, cosa que le disgustaba.

Ni siquiera podían leer, puesto que para ellos eso les metía ideas ridículas en la cabeza. Dazai lo encontraba sumamente ridículo; todos teníamos el derecho de conocer nuevos mundos.

Pero en la mente machista de quienes manejaban el mundo, eso parecía ser una ridiculez, y eso lo enfadaba.

-Qué lugar simple y aburrido -tarareó mientras salía de su hogar, inhalando el hermoso olor de las flores que su vecina mantenía, unas hermosas rosas rojas que resplandecían con la luz del sol-. Siempre es otro día más. Qué lugar, solo gente simple que despierta así...

El castaño volvió a mirar el reloj de la catedral; faltaban solo segundos para que dieran las 12 del mediodía.

Su pueblo era tan aburrido y monótono que incluso despertaban y comenzaban su día a la misma hora. Parecían marionetas que solo salían a dar su espectáculo a la misma hora, siempre puntuales, y cuando terminaba su función, volvían a esconderse en su caja, esperando salir a hacer exactamente lo mismo al día siguiente.

Simplemente aburrido.

Las campanas de la iglesia lo sacaron de sus pensamientos. De repente, todas las personas comenzaron a salir de sus casas para iniciar un nuevo día. Las mujeres abrían las ventanas para ventilar y sacudir el polvo de sus hogares, los niños salían con sus mochilas dispuestos a ver sus clases con el profesor Kunikida, un señor muy estricto si tenía la oportunidad de comentar algo. Las niñas salían con sus cestas llenas de ropa, listas para lavarlas y así ayudar a sus madres en las tareas del hogar.

-Bonjour -saludó una mujer de cabellos oscuros como la noche desde una de las altas ventanas, sacudiendo con una mueca el trapo sucio que tenía entre sus manos.

Inmediatamente fue seguida por un coro de "Bonjour" por parte de sus vecinos. Dazai decidió suspirar y seguir su camino.

-Ahí está el panadero y su rutina, el mismo pan sale a vender -cantó mientras sonreía y le pagaba al panadero, quien lo miró con una mueca por lo que había dicho. Dazai no le prestó atención y solo siguió su camino; no estaba diciendo mentiras. Sabía que era su trabajo, pero todas las mañanas eran tan iguales que aburrían-. Las mañanas son así. No ha cambiado nada aquí, es mi vida provincial...

Lo único interesante en este pueblo era el caballo que siempre estaba cerca de la panadería. Sonriente, se acercó a él para ofrecerle una manzana. ¿Quién sabe si lo habían alimentado hoy?

-¿Cómo estás, Dazai? -preguntó alguien a sus espaldas, y al girarse, encontró al señor Fukuzawa mirándolo con una sonrisa llena de tranquilidad.

-¿Cómo está, señor Fukuzawa? ¿Otra vez perdió algo? -En el pueblo no era un secreto que el señor Fukuzawa tenía una pésima memoria; siempre estaba buscando algo. El problema es que nunca sabía qué era lo que buscaba con tanto ímpetu.

-Parece que sí lo perdí; el problema es que se me olvidó qué -bufó, ocasionando que Dazai soltara una pequeña sonrisa-. Ya lo recordaré. ¿Puedo preguntar a dónde vas?

Dazai inclinó su cabeza curioso; si lo decía, tal vez lo miraría como un bicho raro.

-Regreso un libro al Padre Edgar. Es sobre dos amantes en la bella Verona.

-Suena aburrido.

Ahí está.

Dazai simplemente lo ignoró y, con una reverencia de despedida, se marchó, siendo observado en la lejanía por un hombre de cabellos como el oro y gafas que ocultaban su mirada analítica del mundo.

-Miren a aquel chico tan extraño -cantaron los niños mirándolo de forma extraña; incluso los niños en el pueblo mantenían una idea equivocada sobre él.

-Es distraído, ¿no lo crees? -comentó mientras lentamente volteaba los rostros de los niños al salón de clases; no podían distraerse de sus ideales.

Y sí, Dazai solía ser muy distraído. No consideraba que eso fuera algo malo. ¿Por qué tendría que estar al pendiente de un pueblo tan aburrido que esperaba siempre algo de él? ¿Algo que criticar? No importaba si Dazai era inteligente, hermoso o distraído, siempre buscarían la forma de verle algo malo.

Es por eso que, contra todo pronóstico, decidió cortar camino cruzando el pequeño riachuelo, saltando felizmente sobre las piedras que lo decoraban, ganándose una que otra mala mirada. ¿Pero qué más da?

-Nunca brilla en sociedad -¿por qué querría ser parte de esta horrible sociedad?

-En las nubes, siempre está -las nubes son muy bonitas.

-Sí que es raro; nadie sabe a dónde va... -con un suspiro, pasó entre las damas que limpiaban sus ropas. No les haría caso. Nunca lo hace.

Suspiró aliviado al por fin llegar al mercado; solo faltaban unos cuantos pasos para llegar a la biblioteca de Edgar. Lastimosamente, aquí las cosas tampoco eran muy diferentes.

-Bonjour, ¿qué tal? Qué gusto verte -sonrió coqueto un hombre que se cruzó en su camino, mirando de arriba a abajo a la joven dama que vendía pescados. Ella simplemente lo miraba sonriente, tan vacía, como si solo sirviera para sonreír, y eso enfermó a Dazai.

-Bonjour, ¿qué tal? ¿Y tu mujer? -Por suerte, la mujer parecía estar acompañada de su hermano, un joven pelirrojo que traía en sus espaldas un montón de pescados que de seguro sacó del río.

-Que sean seis, qué altos precios -Dazai rodó los ojos, cansado; la misma mujer que siempre se quejaba de los precios, las mismas mujeres lavando su ropa. Siempre era lo mismo.

-Cambiemos mi aburrida vida ya -con una expresión de hastío, apuró su andar hasta llegar a la biblioteca de Edgar. Era una pequeña estructura que no tenía muchos libros; como mucho, unos ocho, pero con eso le bastaba.

Al entrar, encontró al joven quitando el polvo de algunos rincones, quien, al darse cuenta de su presencia, sonrió bajándose de la superficie en la que estaba de pie para llegar a aquellos rincones que no alcanzaba.

-Ah, sí, es nuestro único ratón de biblioteca -bromeó el joven, llegando a su lado. Dazai le sonrió con aprecio. De todas las personas en este pueblo, Edgar era el único que lograba comprenderlo-. Dime: ¿A dónde viajaste esta semana?

-Dos ciudades al norte de Italia y ya no quería volver -explicó encantado mientras se inclinaba a ver si había algún nuevo título por leer-. ¿Algún lugar nuevo que conocer?

-Temo que no -Dazai lo miró con profunda tristeza, cosa que conmovió al más alto-. Pero puedes releer algún otro que te guste.

Dazai asintió mientras elegía cuidadosamente el libro que releería; no tuvo que buscar mucho, pues ya sabía cuál elegiría. Lo tomó con aprecio mientras se lo enseñaba al chico, quien asintió de acuerdo.

-Sus libros vuelven más grande este rincón del mundo.

-Bon voyage.

Con el libro en sus manos, se retiró de aquel lugar, listo para enfrentar nuevamente las miradas que lo juzgaban a la lejanía.

Ciertamente, el pueblo no lograba comprender a Dazai, un hombre actuando y haciendo cosas que solo las mujeres debían hacer. Se encargaba de la limpieza en su casa, ordenaba la comida, cocinaba. No entendían por qué él estaba haciendo todas esas cosas cuando debería estar trabajando para algún día construir su hogar. Un verdadero hombre no tenía que estar limpiando su hogar como si fuera una mujer; un hombre no tenía que estar perdiendo el tiempo leyendo baratijas que no servían para nada. Un verdadero hombre debía trabajar para algún día mantener a la mujer que daría su vida por él.

¿Pero qué hacía Dazai?

Todo lo contrario; mantenía a su padre en su pequeña casa. Nadie le decía absolutamente nada y preferían simplemente juzgarlo a la lejanía pero en algo en lo que todos estaban de acuerdo, era la absoluta belleza que este mantenía: ojos como la miel, cabello castaño alborotado como si nunca se pasara un peine por esos sedosos cabellos, piel como la porcelana, solo un poco bronceada por el trabajo que solía hacer en el patio de su casa. Su rostro no tenía ni una sola imperfección, ocasionando que todas las mujeres lo vieran con envidia.

Era delgado, alto, con una cintura estrecha que se remarcaba por el delantal que siempre llevaba atado a esta. Había jovencitas en el pueblo que se morían por tener una oportunidad con él, que habían hecho de todo para conquistarlo, pero aún así no parecía ser suficiente para el joven de cabellos castaños que siempre tenía la nariz metida entre las páginas de un libros.

-Ahí está él, es tan diferente.

-Quién sabe si se siente bien.

-Con sus libros, siempre está, entre sueños vivirá. Un misterio es él y ya lo ves.

Y aunque todos pensaran y lo juzgaran por rechazar a las jóvenes más hermosas del pueblo, a Dazai no le importaba. Ninguna llenaba los estándares que los libros habían impuesto sobre él. Buscaba a una joven aventurera, una joven que lo amara a pesar de todo, que lo acompañara en sus caídas, que lo cuidara del mismo modo en que él lo haría con ella. Una joven que le haría entender ese amor que siempre narran en los libros, una joven que lo hiciera vivir todas esas aventuras que lee en los libros que el señor Edgar amablemente le presta.

-Ooh, es un gran romance. Ya sabrán por qué, pues justo aquí -miró fascinado la fuente que se imponía frente a él. En el libro narraban cómo el príncipe hablaba por primera vez con la protagonista, y se le hacía increíble estar en el mismo lugar, por un momento imaginándose a sí mismo viviendo esa escena-. El príncipe le habla, pero no se sabe que es él, hasta el final.

-Es tan hermoso como su nombre, de la cabeza hasta los pies -mencionó Agatha, la mujer que se encargaba de vestir a las jovencitas que eran solicitadas para los trabajos sexuales en el pueblo, casi siempre terminaban en matrimonio. Parecía más una venta de animales, cosa que le disgustaba, pero tampoco es que tenía el derecho de opinar.

Pocas veces podía ver belleza en la sencillez. Admiraba cómo Dazai, con un movimiento de su dedo, podía hipnotizar a cualquiera que lo mirara, resaltando tanto de forma tan sencilla y elegante que la dejaba completamente maravillada.

Y las jovencitas que la acompañaban se daban cuenta de eso, envidiando la belleza que el joven mantenía.

-Solo ves su linda faz, más me temo que detrás...

-De nosotros diferente es. No es nada igual a los demás. Muy diferente de nosotros, es...

Pero claro, la joven Agatha no era la única maravillada por la belleza del joven. A la lejanía, observándolo desde un catalejo mientras montaba su imponente caballo, se encontraba el hombre más admirado en Francia. Su cabello negro estaba atado en una coleta que descansaba sobre su cuello; cargaba un traje sencillo, pantalones y una gabardina para protegerlo del frío primaveral que tanto aborrecía. Sus ojos violetas brillaban maravillados al ver al joven desplazarse por el pueblo.

-Míralo, Nikolai. Mi futuro esposo. Dazai es el hombre más lindo que habita aquí y por eso es el mejor -mencionó el joven mientras guardaba su catalejo en el bolsillo, llamando la atención del albino que se encontraba a su lado, mirando derrotado y receloso el pueblo frente a él.

-Pero él es tan letrado -soltó, arrugando la nariz en desagrado-. Y tú eres de intereses atléticos. Además, es un hombre, Fyodor. La iglesia no los va a tomar en serio y podrían llevarte a la horca por esto.

-Sí, Dazai, además de hermoso, es obstinado. No te preocupes por la iglesia, Nikolai; nadie en este mundo sería capaz de ignorar mis intereses. También puedo mantenerlo encerrado en nuestro futuro hogar; no hay nada de qué preocuparse.

-¡Pero quién lo necesita! -reprochó Nikolai, ya cansado de este asunto-. Estás poniendo tu vida en riesgo por un joven que no es capaz de vivir sin su padre. Además, estoy yo...

Fyodor frunció el ceño por lo último que dijo Nikolai, lo miró de arriba a abajo y una mueca nació en su rostro.

Tuvo la mala suerte de encontrarse con él; después de eso, jamás se le separó. Parece una pulga aferrada a él.

-Sí... -soltó resignado-. Pero desde la guerra, es como si algo me faltara en la vida. Él es el único que me causa una sensación de...

-Mmm, Je ne sais quoi?

Fyodor lo miró confundido.

-No sé qué significa -y sin más, siguió su camino.

Nikolai suspiró. De todos los jóvenes, ¿por qué Osamu Dazai tenía que cruzarse en su camino?

-Desde el momento en que lo vi tan lindo, me dije: yo lo atraparé -explicó Fyodor mientras recorría el pueblo montado en su caballo. La gente a su alrededor lo miraba impresionada, buscaban llamar su atención como de lugar, y eso lo hizo sentir demasiado poderoso-. Él es único aquí; se parece solo a mí. Así pues, con él yo me casaré...

-¡Allá va él, es como un sueño! Monsieur Dovtovyeski, ¡qué lindo es! -Fyodor gruñó al cruzarse con esas jovencitas que no dejaban de perseguirlo en busca de matrimonio. Sabían el poder y el dinero que mantenía y eso las volvía locas; se peleaban por él buscando un buen sustento económico que las sacara de allí-. Pensar en él me da desmayo.

Fyodor las ignoró; las miró solo por un momento con desagrado mientras bajaba de su caballo y ordenaba su hermosa cabellera. Tenía un plan en la cabeza, confiaba en que su caballo entendería la orden.

-Él es tan guapo y fuerte a la vez... -sus cantos fueron interrumpidos cuando el caballo "accidentalmente" les tiró barro sobre sus hermosos vestidos. Fyodor sonrió orgulloso y simplemente se marchó en busca de su amado.

Nikolai las miró apenado y ciertamente identificado.

-Fyodor apresurado comenzó a buscar al joven de cabellos castaños. La multitud en el pueblo no lograba ayudarlo; tenía unas inmensas ganas de empujar a aquel que se atreviera a cruzarse en su camino. Pero por suerte logró escuchar la hermosa y melodiosa voz de su amado, que saludaba a unas cuantas personas que se cruzaban en su camino, hablando y ofreciéndole estupideces que no le importaban. Decidió tomar el primer ramo que se le cruzó y trató de llegar hasta él.

-¡Dejen pasar!

-El pan.

-El pez.

-No más.

-Qué olor.

-Están muy buenos.

-Yo puedo ser...

-Cambiemos mi aburrida vida ya.

-Ya sé que él va a ser mi esposo.

A fin de cuentas, nadie lograba comprender a Dazai. Algunos lo veían como un ser extraño, otros como el ser más hermoso del planeta, otros querían tomarlo solo como un premio que presumir. Todos tenían una idea diferente de Dazai, y muy pocos lograban acertar del todo y ganarse la confianza y el amor del castaño. Solo esperaba que algún día llegara esa persona que lo comprendería al cien, que le haría entender la belleza de la vida, que lo haría vivir, soñar, amar.

Mirando hacia el cielo, Dazai sonrió.

Donde sea que esté esa persona, espero que esté bien y que tenga los mismos deseos que él.

-Él es tan bello y diferente, un hermoso caballero. Es penoso, sin dudar, que no encuentre su lugar. Ya que, un chico raro es, tan bello como peculiar. Si un chico peculiar es él.

-¡Cómo estás, Dazai! -saludó alguien a sus espaldas, llamando su atención. Casi hace una mueca al darse cuenta de quién se trataba, pero decidió sonreír amablemente-. ¡Qué magnífico libro!

Eso pareció llamar la atención de Dazai; involuntariamente, una sonrisa comenzó a nacer en sus labios al existir la posibilidad de que Fyodor lo hubiera leído. Necesitaba compartir opiniones, necesitaba hablar sobre tan magnífica obra de arte.

-¿Ya lo leíste? -preguntó emocionado, solo para que esta se esfumara al ver la expresión en el rostro de Dovtovyeski.

-La verdad, ese no, pero... son libros.

Debió imaginarlo.

Ambos asintieron, ocasionando que un intenso silencio se instalara entre ellos.

-Son para ti -rompió el silencio Fyodor, extendiendo unas flores que Dazai miró confundido-. ¿Llegó a cenar después?

¿Quién te invitó a cenar? Quiso decir Dazai, pero en cambio decidió sonreír forzosamente y mirar a Fyodor a los ojos.

-Lo siento, hoy no se puede...

-¿Atareado?

-No... -soltó lentamente el castaño mientras retrocedía y simplemente se dio la vuelta, ignorando al pelinegro que lo miraba ofendido.

Hoy no tenía ganas de soportar a Fyodor y sus intensos coqueteos y comentarios fuera de lugar.

Nikolai quiso reír por un momento, pero en cambio se acercó a su compañero, quien no había despegado la vista del joven que se marchaba a paso rápido de ellos.

-Entonces... -comenzó el bufón-. ¿Lo olvidarás?

-No, Nikolai -eso ocasionó que el albino resoplara-. Los chicos difíciles de cazar son la más dulce presa. Justo por eso Dazai es fascinante; él no se comporta como una tonta barata. ¿Cómo lo dirías, Nik?

-¿Dignidad?

-¡Escandalosamente atractivo! -comentó Fyodor maravillado, hasta que miró algo a las espaldas de Nikolai. Cuando el bufón se dio la vuelta, encontró a las jóvenes de hace un momento mirando pestañeantes al hombre de cabellos negros, quien no se negó ante sus servicios.

Sin nada más que hacer, decidió seguir a su compañero. Pronto se cansaría de ese joven; estaba seguro.

🌹

De todas las personas, ¿por qué tuvo que encontrarse con Fyodor Dovtovyeski?

Apresuró su camino hacia su hogar, con el corazón latiendo fuertemente contra su pecho. Le inquietaba demasiado Fyodor. No le tenía miedo, para nada, pero sí le causaba una sensación de incomodidad, más sabiendo que estaba interesado en él y que parecía estar lo suficientemente dispuesto a hacer lo que fuera para reclamarlo, cosa que odiaba tanto.

Lo conoció hace menos de dos años en uno de los tantos viajes de su padre a la ciudad. Ese día lo había acompañado para ayudarlo con unas cuantas cosas y, en el camino, tuvo la mala suerte de cruzarse con el ruso, lo que desencadenó una especie de obsesión que tuvo el ruso con su persona. Llegando Incluso a averiguar el lugar donde vivía y, desde ese día, lo visita cada seis meses.

Fyodor es un hombre poderoso, trabaja con personas muy importantes, y eso empeoraba toda la situación, puesto que no podía decir nada en su contra sin que todos lo juzgaran. Cosa que es tan injusta.

Su corazón se calmó cuando por fin logró divisar la estructura de su hogar. Caminando más tranquilamente, decidió dirigirse al único lugar que lograba tranquilizarlo del todo: el taller de su padre.

Al entrar, lo encontró tarareando una canción que desencadenó una sonrisa en su rostro. Se encontraba arreglando un reloj con forma de molino sobre su mesa y tenía todas sus herramientas apiladas por todos lados. Cargaba unos lentes, ropa sencilla y cómoda, mientras que su cabello pelirrojo se esparcía por todas partes. Por la posición en la que se encontraba podía notar las ligeras arrugas en su rostro.

Su padre, el hombre que más admiraba en este mundo.

Se acercó a pasos lentos hacia él, mientras admiraba su trabajo. Dentro del molino se podía encontrar una pareja: un hombre que pintaba con pasión a una mujer con un bebé entre sus brazos. Conocía bien a esas personas.

-Oh, Dazai -mencionó su padre, notando su presencia. Se encontraba revisando lo que parecía ser el motor del reloj y sonrió tiernamente al verlo mover su cabeza de un lado a otro, buscando algún objeto que se le había perdido.

Era tan distraído.

-Dazai, ¿puedes traerme el...? -su padre se detuvo al ver que Dazai tenía las pinzas que le iba a pedir entre sus manos-. Gracias. ¿Podrías traerme también...? No, no -negó cuando el castaño le tendió un engranaje, solo para luego pensar un poco y darse cuenta de que sí era lo que buscaba-. Oh, bueno, sí.

Sonriente, el hombre mayor lo tomó entre sus manos y lo colocó con suavidad dentro del reloj. Compartieron una sonrisa y una mirada llena de cariño, mientras Dazai, satisfecho, se alejaba de él. Pero dicha satisfacción se esfumó al recordar lo que había sucedido en el pueblo.

Balanceándose sobre sus pies, consideró preguntarle eso a su padre.

-Papá.

-¿Sí, cariño?

-¿Crees que soy extraño?

Odasaku se detuvo por un momento ante las palabras de su hijo. Lentamente dirigió su mirada hacia él y sintió que su corazón se apretaba al ver la ligera arruga en la frente de su hijo y la expresión triste en su rostro.

-¿Mi hijo? -preguntó confundido-. ¿Extraño? No, para nada, Osamu. ¿De dónde sacas esa idea tan loca?

-No lo sé, rumores de la gente.

-El pueblo es muy pequeño, hijo, y de mente pequeña también -se burló el hombre, continuando con su trabajo. El joven castaño sonrió ligeramente ante eso. Cuánta razón tenía-. Pero supongo que eso nos mantiene a salvo.

Dazai, confundido, se sentó frente a su padre, intrigado por sus palabras.

-En París conocí a una chica que, como tú, se adelantó a su época. Era diferente y se burlaban de ella por eso. Hasta que un día, todo el mundo terminó imitándola.

Dazai bufó, dudando mucho que alguien al final quisiera imitarlo.

Dazai sabía exactamente de quién se trataba esa mujer; lo podía notar en los ojos tristes de su padre, quien simplemente continuó armando su trabajo. Parecía estar terminando, puesto que estaba acomodando el techo del molino.

-¿Puedes contarme más sobre ella?

Odasaku consideró sus palabras.

-Tu madre era valiente, muy valiente -Dazai sonrió conmovido al ver cómo su padre lo miraba, con aquel brillo que lo caracterizaba, inundado de recuerdos del pasado.

Dazai tuvo la desafortunada suerte de no conocer a su madre; murió por razones que desconocía cuando apenas era un bebé. No sabía casi nada de ella, puesto que su padre prefería no comentar nada. Lo que sabía, lo había aprendido gracias a su necedad y a las formas de convencer a su padre.

Pero, a pesar de no saber mucho sobre ella, Dazai la amaba con todo su corazón. Por lo poco que sabía, ella era una mujer fuerte, valiente y luchadora. No se quedaba callada ante las injusticias, y es por eso que le disgustaba tanto que las mujeres de su pueblo fueran tan dóciles, tan sumisas, tan entregadas a la vida de un hombre.

Para Dazai, todas las mujeres debían vivir en libertad, así como su madre lo hizo alguna vez...