Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2025-07-24
Words:
3,227
Chapters:
1/1
Kudos:
55
Bookmarks:
3
Hits:
638

Pozos de delirio {Nagushin}

Summary:

Shin no recuerda si alguna vez se acobardó físicamente al mirar dentro de la mente de alguien, o si esta es la primera vez. Sea como sea, Nagumo tiene la culpa.

Work Text:

Hay una cafetera nueva en la tienda de Sakamoto. Shin se aprendió el manual completo en un solo día y ahora es, junto con la señora Aoi, la única persona de confianza en la tienda capaz de manejar la máquina a diario.

La idea de incluir una pequeña selección de cafés en el menú ayudó a incrementar notablemente los ingresos del negocio. Es sorprendente cómo Shin descubrió que la mayoría de los clientes son capaces de depender con devoción de cualquier fuente cercana de cafeína barata.

En su humilde opinión, el café sabe bien. Bueno, tal vez no tanto: solo Lu lo consideró mediocre —su refinado paladar habla por sí solo. No es tan elegante como el que venden en esas pastelerías con nombres franceses al triple del precio, pero está lo suficientemente bueno como para que la gente siga comprándolo.

Aunque... ¿realmente vale la pena recorrer la distancia desde Kioto hasta la tienda de Sakamoto solo por una taza?

Shin no lo cree.

Y por eso, en parte, no puede confiar en que Nagumo aparezca sin una razón oculta, a pesar de que el asesino insista en que solo viene por el café. La otra parte, claro, es que simplemente... es Nagumo.

—¿Por qué te cuesta tanto creer que vine con la genuina intención de comprar tu café? —Nagumo sacude la cabeza, teatralmente decepcionado.

—Porque puedes encontrar algo mejor en la ciudad —responde Shin, con las manos en las caderas, esperando a que el agua hierva—. Que, por cierto, es justo a donde deberías estar yendo ahora.

—¡Me halaga que conozcas mi agenda, Shin!

—¡¿Qué?! ¡Lo dijiste tú mismo antes!

Nagumo se ríe con esa forma molesta que solo él sabe manejar. Tras el mostrador, Shin capta el suspiro apenas audible del señor Sakamoto, claramente irritado por las travesuras de su viejo amigo. Pero no dice nada. Sigue sorbiendo su segundo tazón de ramen como si Nagumo fuera invisible.

Shin termina de preparar el café —bueno, técnicamente un moca, empalagoso hasta el exceso para alguien que ya produce dopamina como si fuera una fábrica. Ignora deliberadamente la atención que Nagumo le presta. Lo que comenzó como una sonrisa burlona se ha transformado en una expresión de genuina curiosidad.

—¿Puedes hacerle un corazoncito? —pregunta Nagumo de pronto, inclinándose sobre el mostrador.

La súbita petición hace que Shin parpadee. Nagumo está peligrosamente cerca.

—Claro. Aunque no va a quedar bonito.

Shin apenas está aprendiendo el arte del latte. Empezó hace menos de dos meses, y aunque al principio lo consideraba una habilidad tonta, terminó por encontrarle el gusto. Le encantan los desafíos, y es un aprendiz rápido.

A Lu aún no le gusta el café, pero adora los conejitos que Shin dibuja con la leche. Hana los ama. Y, por supuesto, también está Nagumo.

Cada vez es más difícil mantener la compostura cuando ese hombre lo observa con tanta atención. A pesar de su apariencia relajada, Nagumo tiene una presencia tan dominante que sería difícil ignorarlo incluso en medio de una multitud.

—Aquí tienes —dice Shin, deslizando la taza de moca por el mostrador.

Nagumo ya tiene el dinero listo antes de que Shin pueda siquiera recitar el precio.

Da un sorbo, tararea satisfecho y luego le dedica una sonrisa... adornada con un bigote de espuma.

Ridículo. Shin niega con la cabeza.

—No puedo creer que te guste tanto.

—¿Qué tiene de malo? ¿Acaso odias tu propio café?

—¿"Especialidad"? —Shin pone los ojos en blanco—. A cualquier otro cliente le daría un cólico si le sirviera esa cantidad de azúcar.

—Solo porque no lo han probado. —Nagumo se encoge de hombros—. ¿Y tú?

—Por supuesto que no.

—¿Te gustaría un poco?

Antes de que Shin pueda responder, una imagen lo invade tan vívidamente que necesita tomar aire.

Nagumo, sujetándole el rostro con una mano, su taza de moca en la otra; atrayéndolo con suavidad hasta que sus labios se encuentran. Un beso lento, tibio. Dulce. Y luego, el líquido espeso y azucarado que cae por sus barbillas mientras Nagumo lo comparte de su boca a la de él, con descaro.

Shin cierra su mente de golpe, respirando con dificultad. Toda su cara está ardiendo. No recuerda si alguna vez se ha acobardado físicamente al leer la mente de alguien, pero si es la primera vez, entonces Nagumo es el culpable.

Siente la mirada de Sakamoto clavada en él. Intenta buscar una excusa, pero no encuentra ninguna. Solo puede pensar en la escena que sigue repitiéndose en la mente del otro.

—¿Hmm? ¿Decías algo, Shin? —Nagumo canta, fingiendo inocencia.

¡Y no tiene ni idea! Shin aprieta los puños. No debería ser él quien esté avergonzado.

—¡Para! —le lanza.

—¿Detener qué?

—¡Sabes qué!

—Aaah —Nagumo ladea la cabeza, como si apenas lo estuviera comprendiendo—. Eso no es muy amable, Shin. Sé que no puedes evitarlo, pero deberías dejar de hurgar en la mente de los demás con tanta ligereza.

Shin sigue demasiado alterado para responder algo inteligente. Cruza los brazos e intenta adoptar una pose indiferente, pese al calor en sus mejillas. Se aleja lo más posible, dejando la caja registradora como única barrera entre ellos.

Por suerte, Nagumo no se queda mucho más. Consulta su reloj y, con una reverencia exagerada, se despide:

—¡Hasta la próxima, Shin, Sakamoto-kun!

La campanilla sobre la puerta suena al cerrarse.

Solo entonces Shin siente que puede volver a respirar con normalidad.

-----------------------------

 

Nagumo, miembro de The Order, es todo un enigma.

Esa fachada infantil que utiliza como máscara quizás no sea del todo una mentira, pero sin duda oculta sus verdaderos sentimientos con una habilidad abrumadora. Es, sin duda, mucho mejor que el Sr. Sakamoto a la hora de disimular sus pensamientos. Usar PES con él es como intentar escalar un muro impenetrable.

Y eso, a Shin, no suele molestarle. En absoluto.

Por eso, no puede atribuir el incidente en la tienda a otra cosa que no sea una broma cruel. Está convencido de que Nagumo evocó aquella imagen solo para reírse de su clarividencia... como cuando blandió un cuchillo falso aquella vez, solo para fingir que amenazaba su vida.

Maldita sea. Es otra vez Shin quien termina siendo el blanco de una de sus bromas pesadas.

La mayor parte de él agradece no cruzárselo tan seguido. Pero hay una parte más pequeña, más traicionera, que siente curiosidad. Ese incidente en la cafetería le ha dado vueltas en la cabeza por las noches. Y últimamente, se han encontrado más veces de lo que él quisiera admitir.

¿Estaba delirando cuando sintió un atisbo de deseo auténtico en esa escena imaginada que Nagumo proyectó?

Como si realmente hubiera querido dejarle probar ese moca absurdamente dulce desde su boca. Si Shin no se hubiese apartado...

Peor aún: ¿y si fue un futuro que Shin esquivó?

No. No puede ser. Solo fue una broma más. Se da la vuelta en la cama y se muerde los labios con frustración. Maldice a Nagumo. Maldice esos ojos grandes y redondos. Y a sí mismo, por estar tan alterado por una simple —aunque despiadada— burla.

Y, sin embargo... desde que esa posibilidad se presentó, sus pensamientos no dejan de desviarse. Como un tren que, poco a poco, se descarrila rumbo a una colisión inevitable.

¿Qué sentiría si Nagumo hubiese compartido el moca con él? ¿Como en la imagen? ¿Boca a boca?

¿Querría hacerlo alguna vez? ¿Aunque solo fuera otra forma de joderlo?

Seis años mayor. ¿Cuántas experiencias tiene Nagumo? Más de las que Shin podría contar, sin duda.

No parece alguien serio... pero probablemente besa bien.

Sin darse cuenta, Shin se humedece los labios, como buscando el sabor dulce que nunca probó. Su rostro enrojece al notarlo.

Y no ayuda que sea tan condenadamente atractivo.

Solo pensarlo lo hace gemir en silencio, desesperado. Claro que lo ha notado. Nagumo es todo extremidades largas, cuerpo atlético, una presencia elegante y una confianza que no necesita decirse en voz alta. Es fuerte, habilidoso con las manos, más alto que él... y joder, a Shin le gustan así.

Cuanto más lo piensa, más ridículo se vuelve. La vergüenza lo envuelve como un manto áspero, como si alguien hubiese presenciado esa confesión muda de deseo, aquí mismo, en su cuarto oscuro y en su mente agitada.

Con rabia, Shin cierra las cortinas con fuerza.

Y como cada noche, intenta dormir deseando que el recuerdo de aquel día —y de aquella maldita taza de moca— por fin se desvanezca.

-----------------------------

El tiempo pasa. Los clientes habituales de la tienda Sakamoto siguen pagando por los cafés de Shin, con algunas selecciones claramente más populares que otras. Con el tiempo, ha desarrollado su propia especialidad: parece que la gente no se cansa de su capuchino sin azúcar.

A pesar de la satisfacción casi total de los clientes, Shin está convencido de que su capuchino no es tan espectacular como para justificar una actividad criminal.

Y sin embargo, la próxima vez que escucha los pensamientos de Nagumo, es mientras el hombre lo rescata de un grupo de secuestradores.

Son tipos fuertes, bien organizados. Shin no está seguro de si quieren usarlo como moneda de cambio contra el señor Sakamoto o si lo buscan por razones personales. En cualquier caso, defenderse no resulta sencillo.

Aun así, logra mantener el ritmo. Mientras el auto de los secuestradores avanza por la autopista a una velocidad criminal, Shin logra reducir su número uno a uno. Solo queda él y el conductor. Le gusta pensar que tiene el control de la situación... hasta que llegan refuerzos: tres coches más rodean el vehículo donde lo retienen.

Deja inconsciente al conductor y toma el volante, maldiciendo mientras esquiva disparos y maniobra el coche como puede. Varios rifles se asoman por las ventanillas de los autos enemigos. Shin lo siente: está llegando a su límite.

Entonces, sin previo aviso, una fuerte colisión sacude su coche desde atrás, seguida de un golpe sordo sobre el techo. Algo —o alguien— ha caído sobre él.

La percepción extrasensorial de Shin se dispara. Busca identificar al intruso, pero lo único que capta son pensamientos cargados de pánico... provenientes de los otros coches.

Un auto se estrella. No el suyo. Otro más explota al impactar contra la acera. Shin ve a una figura saltar justo antes del impacto, ágil y letal.

No necesita leer la mente para entender lo que gritan los secuestradores:
—¡¿Qué demonios hace un miembro de la Orden aquí?!

El último coche frena en seco y derrapa. Shin hace lo mismo, deteniéndose justo a tiempo. Desde su ventana, ve lo que ocurre.

Nagumo emerge del coche enemigo. Su navaja automática gotea sangre mientras se agacha sobre el techo del vehículo descontrolado. La imagen hace que Shin contenga la respiración. No está sorprendido, claro que no. Solo... lo observa.

Acelera justo cuando Nagumo salta hacia él. El asesino aterriza con precisión felina, entrando en el coche antes de que el otro se desvíe y caiga por una pendiente.

—¡Qué herida tan fea tienes, Shin! —saluda Nagumo, con voz demasiado alegre para el caos que acaba de sembrar.

—Estaré bien —gruñe Shin, sintiendo la punzada en la sien—. ¿Conocías a esos tipos?

—Solo un puñado de camarones. Nada de qué preocuparse. —Nagumo ya está reclinando el asiento—. ¿Te importa si duermo? Me mareo con los coches.

Shin entrecierra los ojos, sin apartar la vista del camino.

—¿A dónde vamos?

—La JAA tiene un refugio cerca —responde Nagumo mientras coloca un pequeño dispositivo sobre el muslo de Shin y lo deja ahí hasta que él lo toma. Un GPS. La luz roja parpadea con un pitido.

Nagumo sigue en su siesta incluso cuando llegan al destino. Su rostro tranquilo contrasta con las manchas de sangre en su piel —que, por cierto, Shin sabe de inmediato que no son suyas. También sabe que no ha dormido en todo ese tiempo.

El refugio es un viejo almacén al borde del bosque. Por fuera parece una base de operaciones criminal, pero basta con que Nagumo pase su identificación de la JAA por un lector oculto para que una puerta se abra revelando una estancia de madera desierta.

Nagumo no ofrece ayuda. Shin tampoco la espera. Busca un botiquín, encuentra el baño y se limpia la sangre. El sitio está claramente diseñado solo para curas rápidas, no para pernoctar.

Al menos el suelo está limpio. Se sienta y comienza el proceso: desenrollar vendas, aplicar antiséptico, cubrir laceraciones. El movimiento repetitivo le tranquiliza.

Pero mientras trabaja, lanza miradas furtivas hacia la figura recostada junto a la ventana. Nagumo se mimetiza con el entorno, casi parece parte del paisaje. Si decidiera irse, Shin no lo notaría... a menos que estuviera observándolo. Y eso, por alguna razón, lo inquieta.

No tarda en llegar el momento que temía.

—Vamos, vamos... —dice Nagumo, con su característica sonrisa despreocupada—. ¿No te dije que no es muy educado hurgar en la mente de los demás?

—No lo hice, imbécil —Shin responde de inmediato, irritado por haberlo intentado y fallado—. Nunca puedo leer lo que piensas, ni siquiera lo que sientes.

Nagumo alza una ceja.

—Bueno, la mayoría del tiempo —murmura Shin, desviado el rostro.

—Suenas decepcionado.

Silencio. Shin no responde. Pero por dentro, su voz es clara: Porque siempre me cuesta adivinar tus verdaderas intenciones.

Y entonces ocurre. Nagumo se acerca sin que Shin se dé cuenta. Sus dedos tocan su barbilla, obligándolo a levantar el rostro.

Se encuentran cara a cara. Tan cerca que sus narices casi se rozan. Shin se queda inmóvil. La escena se parece demasiado a la de aquella cafetería... Pero no. Esto no es un pensamiento proyectado. No es una imagen mental.

Esto está pasando de verdad.

El peso en su regazo hace que la cabeza herida de Shin palpite aún más. Aprieta los dientes y aparta la mano de Nagumo de un manotazo, más fuerte de lo que pretendía.

—Para.

Nagumo no se inmuta. Pero Shin sí. Aunque no se disculpa, las palabras se le forman en la lengua con un sabor metálico. Después de todo, Nagumo acaba de salvarle la vida. Está agotado —la persecución, el viaje, las peleas. Debería haberse desmayado hace rato.

—Solo es que... —empieza Shin, y cambia de rumbo—. Para ti, esto es solo otro juego.

Durante un largo instante, Nagumo lo mira con una expresión completamente vacía. No parpadea. Sus ojos oscuros, normalmente burlones, están desprovistos de toda emoción. La sonrisa habitual ha desaparecido. Cualquier pensamiento que cruce su mente permanece bien sellado, enterrado en un abismo que Shin no logra alcanzar.

Un espía perfecto. Inaccesible hasta los huesos.

Shin se remueve, incómodo bajo esa mirada, pero se niega a retroceder.

—Lo que quiero decir es... no me hagas bromas, Nagumo. Por favor.

Nagumo sigue observándolo, como si evaluara cada palabra con una quietud inquietante. Shin se estremece; no está acostumbrado a ver esa parte de él.

—Shin —dice al fin, con un tono suave, casi cantado—. ¿Quieres saber lo que estoy pensando ahora mismo?

—¿Eh?

Parece suficiente para Nagumo. Una aceptación implícita.

Siguen demasiado cerca. Aunque su expresión sigue tranquila, Shin no se pierde el momento en que las barreras mentales de Nagumo caen de golpe. Por primera vez desde aquella escena en la cafetería, puede leer su mente sin obstáculos.

Sus ojos se abren, impactados. Porque dentro de la mente de Nagumo resuena un solo pensamiento, repetido como un mantra:

Precioso. Adorable. Precioso. Precioso. Precioso. Un niño tan adorable. Con razón Sakamoto te guarda como un tesoro. ¿Cómo podría no querer robarte?

Shin se queda paralizado. No esperaba que la voz mental de Nagumo fuera tan intensa, tan visceral. Y menos aún, que se tratara de él. Así. Con esa claridad.

Tarde, su instinto reacciona. Busca una traza de engaño, de sarcasmo, de crueldad escondida. Pero no hay nada.

Solo ese pensamiento.

Precioso niño.

—Nagumo —susurra Shin, con la voz trabada—. Para. No tiene ni puta gracia...

El resto se ahoga. Literalmente. Porque Nagumo lo besa.

Los labios se encuentran, calientes, suaves, certeros. Shin lo agarra por las solapas, conmocionado, pero sin fuerza para apartarlo. Ni deseo de hacerlo.

Busca una explicación lógica, como siempre, pero no hay fantasía, no hay proyección mental. Es real. Tan real como el sabor dulzón de la lengua de Nagumo deslizándose contra la suya. Tan real como el roce húmedo que le estremece los sentidos.

Quisiera protestar, decir algo, cualquier cosa, pero las palabras mueren en su garganta, convertidas en jadeos débiles que Nagumo engulle con hambre. Su cuerpo, avergonzado, cede.

Nagumo le quita las manos de la chaqueta solo para colocarlas con suavidad alrededor de su cuello. Luego rodea la cintura de Shin y lo sienta sobre su regazo, como si siempre hubiera pertenecido allí. El beso se profundiza.

Y sí. Shin tenía razón. Nagumo sabe lo que hace.

Una mano le sujeta la cabeza con firmeza, tirando suavemente del cabello para encontrar el ángulo perfecto. Shin gime, con los dedos crispados, hundidos en el cabello oscuro y espeso. Nagumo tararea con satisfacción. Complacido.

Saber que lo está complaciendo hace que Shin arda de deseo.

Se rinde. Abre los labios mientras la lengua de Nagumo reclama cada rincón. El mundo se diluye. Apenas parpadea, y ya lo tiene otra vez mirándolo, como si sus pensamientos fueran todavía más íntimos que sus cuerpos.

Precioso niño.

Es un desastre. La saliva le resbala por la barbilla. Nagumo lo besa como si estuviera saboreando un caramelo.

Shin empieza a quedarse sin aliento. Apenas logra respirar cuando Nagumo vuelve a capturarlo. Una mano detrás de su cabeza le impide retroceder. El beso se vuelve más profundo, más salvaje.

El pánico empieza a colarse. Shin lo empuja, le golpea el pecho. Estoy besando a un maldito miembro de la Orden, piensa, horrorizado.

Justo cuando cree que se ha perdido, Nagumo lo suelta de golpe.

—¡Ups!

Shin cae de su regazo, torpe, respirando con dificultad, los labios hinchados y húmedos. La vergüenza le sube por las mejillas como una fiebre.

—¡TÚ! —grita, acusador.

Nagumo alza las manos, sonriente.

—¡Perdón, perdón! Me dejé llevar.

No parece en lo más mínimo arrepentido.

Shin calla. Hay mucho que quiere decir. Pero no puede. Lo observa, en silencio, preguntándose cómo diablos puede lucir tan tranquilo. No le sorprende que Nagumo ya haya recuperado la compostura.

—Bueno, Shin —dice, como si nada—. Puedes echarte una siesta si quieres. Seguro que Sakamoto ya viene por ti.

Y así, sin más, el hechizo se rompe. No hay discusión, ni aclaración. Solo el caos silencioso de lo que dejaron atrás.

Shin asiente con un leve movimiento, sin decir palabra. Nagumo le dedica un saludo casual con la mano antes de salir del almacén. Esa es toda la despedida que recibirá.

El lugar parece más grande ahora que está solo. Y más frío.

No se da cuenta de que le tiemblan los dedos hasta que intenta encender un cigarrillo. Finalmente lo logra. Da una calada profunda, sabiendo que el humo amargo no servirá de nada.

No puede borrar el sabor dulce y espeso que todavía persiste en su boca.

Al menos, calma —un poco— su creciente deseo de tener más.

 

.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.

¡Infinitas gracias por acompañarme en esta lectura! Te debo un café virtual por haberte tomado el tiempo de leer mi obra. ☕️✨

Confío en que cada palabra haya sido un deleite para ti, y si no lo fue, ¡al menos tu curiosidad logró arrancarme una sonrisa! Te agradezco sinceramente por regalarme un fragmento de tu valioso tiempo.❤️