Work Text:
Atsumu se había dado cuenta tarde.
No de que amaba a Sakusa —eso lo supo desde hacía tiempo, mucho antes de que tuviera el valor de admitirlo—, sino de que ya había alguien más. Una chica de sonrisa tranquila, de voz baja, de ojos dulces.
Heather.
No era su nombre real, pero para Atsumu lo era. Porque todo en ella era como en la canción. Tenía ese aire suave, ese encanto sin esfuerzo que lo volvía loco.
Atsumu la odiaba.
Y quería ser ella.
La primera vez que la vio, estaba esperándolo en la puerta del gimnasio, con una bufanda tejida a mano y una bolsita con galletas.
Sakusa la miraba con ternura.
Con esa mirada.
Esa que Atsumu nunca recibió, por más de que lo había hecho reír cientos de veces, por más de que compartieron noches enteras hablando de todo y de nada, por más de que lo cuidó en fiebre, en llanto, en derrota.
Pero no era ella.
No era Heather.
—¿Quién es? —preguntó Atsumu una vez, fingiendo que no lo sabía. Que no dolía.
Sakusa se encogió de hombros, bajando la mirada como si la respuesta lo ablandara por dentro.
—Se llama Yui. Es… linda. Me hace sentir tranquilo.
Atsumu sonrió. Grande. Brillante.
Como si no acabara de romperse por dentro.
—Qué suerte, Omi. Te lo merecés.
Y se odió por decirlo. Por no tener el coraje de pedirle que, por una vez, lo mire a él así.
A veces la veía llegar al club, con su café helado y sus manos frías. La forma en que Sakusa se inclinaba hacia ella, como si fuera inevitable. Como si su cuerpo buscara el de ella sin pensarlo.
Atsumu tragaba saliva.
Pensaba en las veces que se había apoyado en su hombro en el tren. En las veces que sus dedos se rozaron sin querer. En la forma en que se reían por mensajes a las 3 AM.
Todo eso no había significado nada.
Porque ahora ella lo tenía.
Y él… era solo el amigo.
Una noche Atsumu se quedó en su departamento mirando el techo. Llevaba horas escuchando Heather en bucle. Cada verso era un cuchillo.
"Why would you ever kiss me?
I’m not even half as pretty."
Se pasó la mano por la cara, molesto por sus propias lágrimas.
—¿Por qué no puedo ser ella? —murmuró. No como pregunta. Como derrota.
Se lo preguntaba todos los días.
¿Si tuviera su voz?
¿Si supiera quedarse en silencio, en vez de llenar todo de bromas?
¿Si fuera más sutil?
¿Si fuera mujer?
¿Me amarías, Omi?
Atsumu no lo decía en voz alta. Ni siquiera se lo dijo a sí mismo durante mucho tiempo.
Pero amaba a Sakusa.
Lo amaba con una intensidad callada, de esas que no tienen nombre porque nacen desde el cariño cotidiano y terminan desbordando en las sombras, donde nadie puede ver.
Pero Sakusa nunca se dio cuenta.
O sí. Y eligió mirar hacia otro lado.
Una tarde, mientras él ayudaba a recoger balones después del entrenamiento, los vio abrazarse. Ella se puso en puntitas de pie, y Sakusa bajó la cabeza para besarla. Fue suave. Sencillo. Cálido.
Atsumu sintió que se le cerraba el pecho.
Se le cayó la pelota de las manos. Fingió atarse los cordones. Fingió estar ocupado.
Fingió no estar muriéndose por dentro.
"I wish I were Heather."
En casa, se miró al espejo.
Vio su cabello rubio desordenado, su sonrisa torcida, sus ojos húmedos. Su voz, grave, rota.
Se detuvo.
—¿Y si no fuera yo? —susurró.
¿Y si no fuera este cuerpo, esta risa ruidosa, este orgullo que lo hace empujar todo hacia afuera?
¿Y si fuera Heather?
Tal vez entonces…
Tal vez entonces Kiyoomi Sakusa lo amaría.
Pero no lo era.
Y nunca lo sería.
La última vez que hablaron a solas fue breve. Sakusa le contó que se iba a mudar con ella.
—Lo siento si no te lo conté antes —dijo, tranquilo—. Quería decírtelo bien.
—¿Por qué lo harías? Somos solo amigos, ¿no? —contestó Atsumu, sin pensarlo.
Sakusa parpadeó.
—¿Qué más seríamos?
Atsumu sonrió. Forzado.
—Nada, boludo. Me alegra por vos.
Se abrazaron. Atsumu se aferró un segundo más. Sakusa no lo notó.
Y si lo notó, no dijo nada.
Esa noche, Atsumu caminó por el supermercado. Agarró una botella de leche. La que le gustaba a ella.
Se quedó quieto en el pasillo de los lácteos. Las luces blancas eran demasiado brillantes. El mundo parecía funcionar normalmente. La gente compraba pan, fideos, café. Como si nada estuviera roto.
Pero él sí.
—Nunca voy a ser ella —murmuró.
Y por primera vez, no lloró.
Solo se quedó en silencio. Roto. Callado. Vacío.
Porque cuando alguien que amás elige a otra persona…
Y esa persona es tan perfecta, tan suave, tan querida…
No podés odiarla realmente.
Solo podés desear ser ella.
Pero no sos Heather.
Y nunca lo vas a ser.
