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'til (your) death do us part (spiderbear)

Summary:

CompulsiveDuo

Spreen siempre se sintió orgulloso de su habilidad para leer a las personas. Sus modales, su lenguaje corporal, sus tics particulares y la forma de hablar. Las personas son una obra de arte.

Pero cuando vio a Roier por primera vez... lo que vio fue un lienzo en blanco.

Notes:

Algunos puntos a aclarar sobre esta historia:

1) No permito adaptaciones ni que se resuba en otras plataformas.

2) Se shipean cubitos, no a los streamers

3) Compulsive duo: Variante del spiderbear con el Spreen de TortillaLand (t!Spreenn) y el Roier de Chafaland (ch!Roier), su dinámica varia un poco en cada interpretación, pero los elementos básicos a dejar son un Spreen astuto, rudo, con mentalidad de empresario y/o estafador y un Roier obsesivo, emocionalmente dependiente y que cuando se enamora es capaz de lo que sea

4) Pido comprensión. Estoy intentando practicar el español que utiliza Spreen para darle mas realismo, pero obvio cometí mil errores jajajajaja. Cualquier critica constructiva es bien recibida 🩷

5) Amiguitos, esta es una historia de ficción, no nos la tomemos tan a pecho ni nos hagamos problemas 🩷

6) Cierta escena tiene gran inspiración en el capitulo 2 del manga "Hotaru no Yomeiri" (La boda de las luciérnagas) 😊

Sin más, gracias por leer!

Work Text:

Spreen siempre se sintió orgulloso de su habilidad para leer a las personas. Es algo que considera esencial en su línea de trabajo.

Siempre hay algo que los delata: En sus modales, en el lenguaje corporal, incluso en los tics particulares y la forma y tonalidad al hablar. Las personas son una obra de arte. Llenas de colores y formas que, de acuerdo con la situación, pueden ser interpretadas de una manera u otra.

Escuchó la chicharra que tenía instalada en su oficina indicando la llegada de alguien al local y su mirada viajó en automático de los papeles entre sus manos hasta las viejas, pero funcionales, pantallas del sistema de circuito cerrado de su establecimiento. Un hombre de aparentemente su misma edad, envuelto en ropa completamente negra y cabello castaño acaba de entrar a la pollería.

Con una ocupación tan peligrosa cómo la suya, Spreen siempre debía estar enterado de la gente que entra y sale de Pueblo Naranja, ¿y a este chico? No lo había visto ni una sola vez.

"No es de por acá" piensa para sus adentros desde la comodidad de su oficina, observando de reojo los movimientos del contrario.

El extraño se queda de pie en la entrada más tiempo del que cualquier persona normal lo haría y comienza a mover su cabeza en todas direcciones, mirando alrededor con lo que parece ser simple curiosidad. Sin despegar la vista de su silueta, Spreen deja con cuidado los papeles sobre su escritorio, se lleva las gafas de sol sobre la cabeza y se inclina hacia la pantalla con una mano frotándose la barbilla.

Sea quien sea este tipo, sus intenciones no son del todo claras. ¿Viene a hacer algún negocio con él? ¿O acaso es alguno de esos pobres ilusos que cayeron en su fachada de un establecimiento de comida rápida?

—¿Qué es lo que querés? —murmura para sí mismo, con intriga, en un hilo de voz.

Apenas alcanzó a terminar la pregunta cuando, en medio de su inspección por el lugar, el chico parece notar la cámara a su izquierda y por un segundo cruzan miradas. La vieja pantalla elige ese momento preciso para congelarse, dándole a Spreen una vista más clara de su rostro.

Mandíbula prominente, rasgos definidos, masculinos, pero extrañamente vulnerables. Y grandes ojos avellana, torpemente enmarcados por delineador negro. Inexpresivos, casi aburridos. Y que aun así le causaron a Spreen una extraña sensación en la boca del estómago que no era capaz de identificar.

El intercambio de miradas no intencional duró unos cinco segundos antes de que la vieja pantalla parpadeara con estática y volviera a grabar. El chico ya estaba fuera de cuadro, un vistazo rápido a otra de las pantallas le confirmó a Spreen que ya se había adentrado más en el establecimiento, arrastrando los pies hasta dejarse caer en la silla de una de las mesas del fondo.

Mariana pronto entró en cuadro también, llevando su tonta sonrisa y estúpida libretita en forma de gallina consigo para tomar su pedido, y al ver al extraño sonreírle de vuelta, Spreen apartó la mirada de la pantalla.

"Un cliente más, sí. Pero no del negocio que realmente importa" Resopló con aburrimiento, regresando su mirada a los papeles que había abandonado minutos antes.

﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏🗡

—Un placer hacer negocios con vos.

Con una sonrisa falsa y un apretón de manos, Spreen despedía al último cliente importante del día en la puerta de su oficina. Al verlo desaparecer escaleras arriba, jadeó cansado y aflojó su corbata.

Las últimas semanas han sido complicadas, recuerda mientras apaga la luz de su oficina y recoge su gabardina y sombrero. Con el éxito no puedes estancarte, si quieres seguir creciendo, se necesitan hacer cambios y los cambios requieren dinero. Y aunque su red ha ido expandiéndose, sus primeros clientes comienzan a representar un problema. Es difícil balancear lealtad con remuneración, y a pesar de que Spreen ha sido más que generoso con sus descuentos, algunos de ellos esperan mantener las mismas tarifas que cuando recién comenzaba.

Sí, eso está completamente fuera de discusión. Pero no podía permitirse perderlos tan fácilmente, aunque sentarse por horas con ellos para "discutirlo" era, además de ineficiente, agotador.

Sube las escaleras de vuelta al nivel superior y sale por una puerta casi oculta en el almacén de la pollería hacía la cocina, mirando con ojo crítico que todo esté en orden.

Mariana hace un buen trabajo manteniendo el lugar limpio. Tiene iniciativa y es obediente y leal. Sería un buen fichaje en el imperio de tráfico de drogas de Spreen, pero es demasiado honesto para su propio bien.

Por suerte, también es increíblemente terco y entregado. La pollería se mantiene a flote solo con él en la cuadrilla de empleados, funcionando perfectamente como tapadera y, aunque no esperaba nada cuando la construyó, también le da un ingreso extra, lo suficiente para pagar a Mariana y darse él mismo uno que otro gusto de vez en cuando.

Y hablando de su empleado estrella...

—Buenas noches, jefe —Mariana deja de contar el dinero de la caja para saludar a Spreen tan pronto lo ve salir de la cocina.

—Capo —Spreen le devuelve el saludo desganadamente, arrojándole su gabardina— ¿Qué tal las ventas hoy?

—Vendimos siete pollos completos —le dice con orgullo, sosteniendo la gabardina abierta para Spreen— Al paso que voy, el título de Empleado del mes será mío.

—Sos el único empleado acá —le recuerda con fastidio, deslizando sus brazos por las mangas, tirando de los puños para ajustarla, caminando hacía la salida— Cuando termines de contar eso cerrá vos, ¿querés? Todavía tengo que ir a--

Se detiene en seco entre las mesas cuando ve por el rabillo del ojo una cabellera castaña al fondo. Gira el rostro para encontrarse con el mismo chico de esa tarde, con la mirada clavada en la mesa, rodando lentamente sobre esta un vaso vacío.

—¿Y él? —le pregunta a Mariana sin despegar la mirada del castaño.

Mariana sigue la mirada de Spreen —Ah, verga... es que cómo está hasta atrás sin hacer ruido no me di cuenta de que seguía aquí, seguro no vio cuando puse el letrero de cerrado.

Spreen vuelve a mirar al frente y reanuda su camino hacia la salida.

—Sacalo de acá.

Era una instrucción clara y sencilla. Pero claro, estamos hablando de Mariana. El chico iluso que aún cree que ser "bueno y considerado" en esta vida llevará a algún lado.

—Ay, no, qué pena. Va a ver que lo eché y yo todavía aquí adentro —susurra para que solo Spreen pueda escucharlo— Aparte es bien tranquilito, ni hace nada. Ahorita que termine de hacer el corte de caja le digo.

Spreen se detiene. ¿Tantas consideraciones con un cliente más de la pollería? Debió ser un cliente excepcional.

Pero, de nuevo: estamos hablando de Mariana...

—¿Y bien? —con su cabeza señala al chico— ¿Cuánto consumió?

Mariana palidece y comienza a silbar, encontrando de pronto el techo demasiado interesante.

Spreen suspira —Un buen empleado del mes no ocultaría nada de su jefe.

—Nada, jefazo —confiesa, siempre fiel a todo lo que significa ser un buen empleado— Le recité todo el menú y no reaccionaba, ya cuando le pregunté si traía dinero, negó con la cabeza. Y no ha dicho ni pío desde que llegó... jaja, ¿entiende? ¿Pío? Porque vendemos pollo.

Spreen ignoró el pésimo chiste.

—Así que vos decidiste darle comida gratis. Genial, será descontado de tu salario.

—¡No! ¡Solo le di agua! ¡Lo juro! Es que míralo al pobrecito —lo señala descaradamente— Todo solito, dan ganas de abrazarlo y cuidarlo ¿no te da ternura?

¿Sentir ternura y ganas de abrazar a un hombre adulto completamente funcional? Obviamente no. Es o muy enfermizo, o muy estúpido. Pero Spreen no esperaba que alguien con girasoles bordados en su delantal y una libretita en forma de gallina lo pudiera comprender.

—Ya veo —se cruza de brazos— Y para, según vos, cuidar de él decidiste también que ocupe una mesa que bien podríamos darle a un cliente con plata.

Mariana lo intenta. De verdad que lo intenta. Se muerde la lengua y aprieta los labios para no decir en voz alta lo que está pensando. Pero al final, cómo siempre, le ganan sus pensamientos intrusivos:

—Pues... hay un chingo de mesas... y aquí siempre está vacío, de todos modos...

Solo basta una mirada para que Mariana se deje caer al suelo, disculpándose por su atrevimiento y rogando porque Spreen no lo eche. Otro día más donde Mariana no puede guardarse sus palabras y empieza con sus dramas. Nada nuevo.

En su línea de trabajo, Mariana no duraría ni dos minutos.

Podría hacer lo de siempre, piensa Spreen. Rodar los ojos, asustar a Mariana con la vieja confiable "es la última que te dejo pasar" e irse sin más.

Pero hay algo que lo detiene, o más bien, alguien, y está sentado a pocos metros de él.

"Tengo que hacer yo todo el trabajo sucio acá" piensa con fastidio, metiéndose ambas manos a los bolsillos de la gabardina y acercándose hasta la mesa donde el castaño lleva todo este tiempo entretenido jugando con su vaso vacío.

—Che vos —le dice tan pronto está frente a él— Ya cerramos.

Spreen siempre se sintió orgulloso de su habilidad para leer a las personas.

Siempre hay algo que los delata: En sus modales, en el lenguaje corporal, incluso en los tics particulares y la forma y tonalidad al hablar. Las personas son una obra de arte.

Pero cuando vio a Roier levantar la mirada... lo que vio fue un lienzo en blanco.

—¿Sí? —responde en voz rasposa, cómo si no la hubiera usado en días y sonríe— Lo siento, se me fue el tiempo.

Arrastra la silla y se pone de pie, Spreen no entiende porque, pero el movimiento le pone los pelos de la nuca en punta, da tentativamente un paso hacia atrás.

El chico pasa a su lado lentamente y camina hasta la salida, deteniéndose un momento en el umbral.

—Gracias por el agua... Mariana —señala el delantal del más alto donde puede leerse su nombre en un prendedor en forma de, por supuesto, gallina— Fue genial.

Y sale del establecimiento, perdiéndose en la oscuridad.

¿Aterrador? Para muchos, sí.

—¡Vuelva pronto al Pollo Feliz! —Mariana grita a la noche agitando la mano y se gira hacia Spreen con una enorme sonrisa— ¿Ves? Te dije que era tranquilo.

No para Mariana y su forma tan feliz de ver la vida. Spreen se pellizca el puente de su nariz. Si su optimismo no lo mataba un día de estos, él iba a terminar haciéndolo.

Pero más importante que eso, había algo sobre ese chico que no le gustaba nada.

—Mariana —su voz es seria, sin dejar lugar a dudas— Si ese vuelve acá, deshazte de él.

Mariana pestañeó, confundido —Deshacerme cómo... ¿pedirle que se vaya? ¿Así de grosero?

Spreen se reservó sus comentarios. De las múltiples, y algunas violentas, formas que conoce una persona puede "deshacerse" de otra, era obvio que Mariana elegiría la ruta pacífica. Su mente no le daba para más.

Pero ¿qué más da? Mientras ese tipo no vuelva a entrar acá le bastaba.

—Podés con eso —se coloca su sombrero— Por algo sos mi empleado estrella.

No se queda a escuchar el discurso de "¡Lo soy!", "¡Déjamelo a mí, Spreen!" y "¡Estarás orgulloso!" de Mariana. Camina hasta la puerta principal de la pollería y sigue su camino.

Tiene cosas más importantes de qué ocuparse que de un parásito con mirada perdida que busca comida gratis.

﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏🗡

Spreen aprendió dos cosas el día siguiente cuando llegó a la pollería a media mañana.

La primera, es que Mariana aún seguía superando sus expectativas: Era más incompetente de lo que pensaba en realidad.

Y la segunda...

—¿Roier? —repitió arqueando una ceja, dejando que el nombre se deslice por su lengua— ¿Y a mí que carajos me importa que se llame Roier? Te dije que no lo quería ver acá.

—¡Shhhh! Te va a escuchar —urge Mariana, susurrando, lanzando una mirada preocupada al castaño, sentado con una gran sonrisa en la misma mesa del día anterior— Pues... pues es que le pregunté su nombre porque tú siempre dices que tienes que conocer a todos aquí en el pueblo.

—Cuando son relevantes, pelotudo —Spreen siseó entre dientes— Este tipo claramente está solo de paso, lo último que quiero es que de pronto se sienta cómodo acá, o que quiera saber quién soy o algo.

—Ay... —Mariana se rasca la nuca con nerviosismo— Entonces... ¿Estuvo mal que le dijera tu nombre también?

—... ¿Qué hiciste qué?

—Hola.

Mariana salta en su lugar y Spreen gira el cuello bruscamente al escuchar la voz de Roier junto suyo ¿En qué momento se movió tan rápido?

Spreen lo estudia desde la privacidad que le otorgan sus gafas de sol. Roier es todo sonrisas bobas y ojos inexpresivos. Aunque parece haber hecho un mejor trabajo con su delineado esta vez.

Se pregunta por un segundo por qué demonios el delineado le queda tan malditamente bien a un hombre de su edad, cuando lo ve extender su mano hacia él.

—Mucho gusto, soy Roier. Spreen, ¿cierto? —su sonrisa se extiende, pero sigue sin llegar a sus ojos avellana— Mariana me estuvo hablando de ti, que eres el dueño del lugar y un empresario muy conocido aquí.

Mariana, el muy cobarde, carraspeó sonoramente y se escabulló a la cocina dejándolos solos.

—¿Ah sí? —clava una mirada asesina en la puerta tras la que desapareció Mariana— ¿No te dijo también donde vivo y la clave de mi cuenta bancaria?

—¿Mm? No, no lo mencionó —ladea la cabeza, visible y honestamente confundido. Y por un breve instante Spreen no puede evitar pensar que el tal Roier no conoce lo que es el sarcasmo.

Vuelve a mirar la mano aún extendida del castaño y se cruza de brazos, dejando que sus acciones hablen más que sus palabras.

—En fin —Roier sonríe, dejando caer su mano— Quería disculparme por lo de anoche, no vi cuando Mariana cerró, y que pinche pena que el dueño tuviera que avisarme, pero por favor no culpes a Mariana. Fue enteramente mi culpa.

Esta vez Spreen arquea ambas cejas. El lienzo en blanco que es Roier pinta puntos aleatorios de color violeta frente a sus ojos: Torpe, pero sincera culpa y arrepentimiento.

Afloja sus brazos y los deja caer a sus costados.

—Na, tranca —contesta, con la guardia baja, sonríe de soslayo— Mariana es re distraído, pero igual el lugar es enorme, normal que no te dieras cuenta.

Roier le regresa la sonrisa.

—Lo sé.

...

—...amigo, es sarcasmo.

—...¿De verdad?

Spreen bufa con burla. Sí, definitivamente Roier no identifica el sarcasmo. En un mundo tan oscuro cómo el propio, es casi refrescante conocer a alguien con alma inocente.

Pero volviendo al tema, por muy arrepentido que esté el chico, no puede permitirle seguir viniendo a la pollería. Era cuestión de tiempo para que comenzara a aprovecharse de la buena voluntad (estupidez) de Mariana solo para obtener cosas gratis.

Tiene que ponerle un alto desde ahora.

—Escuchá--

—Por cierto —Roier interrumpe, metiéndose las manos a los bolsillos de su sudadera negra, rebuscando hasta que saca de ésta varios billetes arrugados— Mariana dijo que no había problema, pero quisiera pagarle por el agua de ayer. Y de ser posible, ¿pedir algo para comer?

—¡Mariana! —Spreen grita, sonriendo con todos los dientes— ¡Dejá de hacerte el boludo allá atrás! ¡A laburar!

Le da una palmada a Roier en la espalda y desaparece por la puerta de la cocina. Escucha a Mariana regresar a la caja y justo después un pedido bastante generoso por parte del castaño que solo hace que su sonrisa se ensanche.

Los ojos de Spreen brillan mientras cierra la puerta que da al sótano y a su oficina detrás suya.

¿Y qué si no podía leer al tipo? A la mierda la impresión inicial que tuvo de él. Roier era genial. 

﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏🗡

Roier era peor que una patada en los huevos.

Si bien aquel día Spreen fue convencido por la solvencia económica del castaño, no esperaba que regresara al día siguiente.

Y al día siguiente.

Y al siguiente.

Al siguiente no volvió... ¡pero sí al que le siguió a ese!

Spreen perdió la cuenta de cuantas veces había visto su estúpida sonrisa y su (maldita sea, que bien le quedaba al pelotudo) delineado negro cruzar el umbral de la pollería.

Ese día no fue la excepción. Tan pronto escuchó la chicharra en su oficina y vio de reojo la cabellera castaña, soltó los reportes que revisaba en el escritorio y se inclinó sobre la consola que controlaba el sistema de seguridad. Haciendo zoom inmediatamente y siguiendo cada paso de Roier.

Era sencillo moverse entre cámaras y ajustarlas para siempre tenerlo a cuadro, lo quiera o no, ya tiene la rutina de Roier grabada a fuego en su mente:

Entra por la puerta izquierda, se da media vuelta esperando que esta cierre por completo, vuelve a girar para caminar en línea recta al mostrador, saluda a Mariana con una sonrisa y pide lo mismo. Cada. Maldita. Vez.

Y Spreen, que conoce a muchos tipos de persona, debería entenderlo. Hay personas que le temen al cambio, se resisten a el, incluso en algo tan tonto como la comida, sus lienzos se llenan de curvas y picos, dispersos, en tonalidades grises.

Pero lo de Roier... debería ser ilegal. Más ilegal que el propio tráfico de drogas.

El muy enfermo pide un pollo rostizado entero, nada raro hasta ahí. Lo raro comenzó cuando un día Mariana dejó la puerta de la cocina entreabierta y Roier vio cómo cortaba el pollo en trozos. Desde entonces, pide su pollo "sin cortar" junto con un cuchillo. ¿Por qué complicarse la vida cuando puedes pedirlo listo para comer? Era difícil de entender.

Y por si eso no fuera suficiente, luego está la bebida: Agua.

"¿Qué por qué con agua?" le dijo a Spreen encogiendo los hombros la décimo tercera vez que pidió lo mismo, antes de sonreírle "Es especial, es algo así como lo que nos unió a los tres, ¿no? No te preocupes, la pago como si fuera una gaseosa"

Spreen sacudió su cabeza. Roier pagaba por todo lo que consumía, con un demonio, hasta pagaba por usar el cuchillo. Esa debía ser suficiente razón para dejarlo tranquilo con sus excentricidades. Debería dejar que pida y haga lo que le cante del orto.

Entonces ¿por qué no podía sacarse al tipo de la cabeza?

Regresó su mirada a la pantalla, a la cámara que apuntaba al mostrador. Sin esfuerzo leyó los labios de Mariana repitiendo el pedido de Roier que, por supuesto, era lo mismo de siempre.

Después de eso, el más alto iba a la cocina y Roier caminaba hasta su mesa, aquella al fondo, la misma donde lo vio sentarse desde la primera vez, y se metía las manos a los bolsillos de su sudadera.

—Ahí estás —murmura, llevando al límite de zoom las viejas cámaras de seguridad.

Son estos cinco minutos en que Roier está esperando por su pedido los que hacen al instinto de Spreen decir que el chico oculta algo. Se hunde en su asiento, estirando las piernas por debajo de la mesa, y juega con algo dentro de su bolsillo, manteniendo una mirada perdida hacia la nada.

Los cinco minutos pasan volando cuando Mariana entra en cuadro, llevando la bandeja con el pollo, cuchillo y agua de Roier. El castaño se recarga bien en su asiento y le agradece al más alto antes de sacar las manos de sus bolsillos y comenzar su insano ritual de cortar su pollo.

Y estaría todo bien si eso fuera todo. Si después de comer pagara y se fuera. Pero no.

Porque Roier era, repito: Peor que una patada en los huevos. Y después de terminar de comer y de que Mariana limpiara su mesa, empezaban las preguntas.

Empezó con preguntas sencillas, de rutina: "¿Cuánto llevas trabajado aquí, Mariana?", "¿Spreen siempre es así de callado?", "No mames, está bien chingona tu libretita ¿Dónde la compraste?"

Y de nuevo, pensó que cuando se acabaran las preguntas mundanas y el castaño viera lo aburrida que es la vida en Pueblo Naranja se devolvería al lugar de donde carajos venga. Pero hay que recordar, y perdónenlo si suena repetitivo, pero Roier es peor que una patada en los huevos.

El hecho de que no entienda el sarcasmo ni las indirectas, aquello que días atrás Spreen pensó que era "refrescante", ahora era una maldición.

Rodó los ojos al ver como hoy, cómo el resto de las putas veces, Roier terminó su comida y ahora estaba apoyado en el mostrador haciendo sus preguntas que, desde que se acabaron las de rutina, ahora no eran más que preguntas pelotudas.

Y aquí venían otras tres o cuatro horas de Roier preguntando cuánta idiotez se le cruce por la cabeza y de Mariana, con complejo de salvador, contestándolas todas mientras hace el conteo de caja de media tarde.

Spreen se reclinó en su silla giratoria, subiendo las botas al escritorio y tomando los reportes de sus últimos negocios con Pueblo Verde, alternando los ojos entre los números impresos en el papel y la vieja pantalla, leyendo los labios del castaño de vez en cuando. Cada pregunta es más estúpida que la anterior:

"¿Por qué la pared es amarilla y el techo rojo?"

"¿Han apilado todas las sillas a ver qué tan alto llega?"

"¿Alguna vez has rostizado a una gallina embarazada?"

¿Lo ven?

Pero, por supuesto, Mariana, el cuidador de animales que irónicamente trabaja en una pollería, lloró con aquella última pregunta y, para el horror de Spreen, saltó sobre el mostrador y salió corriendo por la puerta principal, dejando a Roier sólo...

...con la caja registradora abierta.

—¡Hijo de--! —se endereza rápido, dejando caer los papeles de vuelta al escritorio y sale corriendo escaleras arriba.

¿Fue este su plan todo este tiempo? ¿Volverse un cliente habitual, ganarse su confianza (de Mariana ni hablamos, él confía en todo lo que respira) y encontrar un momento para robarle?

Tropieza con los últimos escalones y sale disparado desde el almacén. Hace más escándalo del que le gustaría, tirando algunas cajas de salsa en el piso de la siempre impoluta cocina. Ni siquiera se inmuta al ver el desastre, si Mariana tenía que quedarse hasta el amanecer para limpiarlo todo, que así sea. Merecido lo tiene por dejar abandonado el laburo.

Cuando llega al mostrador, la caja está cerrada y Roier no está ahí.

Niega con la cabeza entrecerrando los ojos y apretando los puños. Ni siquiera es por el dinero, por favor, con sus tratos y clientes, puede recuperar lo de las ventas del día de la pollería en una hora.

No señor, es una cuestión de orgullo. Es saber que fue engañado por un idiota con delineado.

Es Roier, el lienzo en blanco, que en su mente ahora está llenándose de agresivos brochazos amarillos y manchas negras en forma de manos: Avaricia. Más que solo avaricia. Dinero obtenido con base en engaños, a costa del trabajo de los demás.

—¿Buscabas a Mariana?

Spreen sale de sus pensamientos bruscamente al escuchar la voz del castaño. Rodea el mostrador para buscarlo con la mirada y no puede decidir si está sorprendido o no de verlo sentado en la misma mesa de siempre, encorvado, con los codos apoyados sobre la superficie y la cabeza descansando entre las manos, los labios abultados y mirada aburrida.

—De pronto salió corriendo, a lo mejor dejó la estufa encendida en casa, o algo —continúa inocentemente, encogiendo los hombros. Apunta con la barbilla hacia la caja— Cómo no dijo a qué hora iba a volver, cerré la caja registradora. No vaya a ser que venga un loco a robarles.

El pelinegro lo estudia con la mirada, desconfiado, pero se estira para abrir la caja registradora. Sus ojos se abren un poco al ver el interior. Claro, no tiene forma de saber si de verdad Roier no tomó nada, pero considerando el promedio de lo que venden al día, la cantidad de dinero parece estar en orden.

Sin mencionar que arriba del todo están también los billetes arrugados con los que el castaño suele pagar.

Levanta la mirada un poco, mira a Roier desde detrás de sus gafas. El lienzo que en su mente imaginó era un desastre de amarillo y negro vuelve a ser blanco, con suaves pinceladas de azul y celeste:

Honestidad.

Cierra la caja de un golpe y se abre paso hasta Roier. Sin despegar la mirada de los ojos vacíos del castaño, toma el respaldo de la silla frente a él y se deja caer en esta, apoyando los antebrazos sobre la mesa.

Es bueno interrogando. Muy bueno. Es en gran parte lo que lo trajo hasta donde está hoy. Está confiado de que, incluso en el misterio que es Roier, puede detectar la mentira.

—¿Tomaste algo de la caja registradora?

Roier abre un poco más los ojos, casi como si no esperara aquella pregunta, y parpadea varias veces antes de responder.

—No.

Spreen apoya su pulso sobre la mesa y agudiza el oído. Se concentra en sus ojos, en el algún cambio en su respiración, en los movimientos de su cuerpo contra la mesa que puedan denotar nerviosismo.

No encuentra absolutamente nada. Roier dice la verdad.

—¿Por qué no? —presiona un poco. Es necesario en los interrogatorios. Conocer al acusado, entender sus motivos para hacer o no hacer algo.

Pero por muy intelectual y astuto que suene en su mente, Roier lo mira de vuelta cómo si estuviera loco.

—Pues porque no trabajo aquí, menso —responde como si fuera lo más obvio del mundo— ¿Por qué tomaría algo que no es mío?

La respuesta lo descoloca. Spreen no ha visto este nivel tan... puro e inocente de ver la vida en casi nadie. Definitivamente en nadie de su mundo, ni siquiera en Mariana que es la bondad personificada.

¿Quizás solo en algunos niños? Para los niños todo es bien o mal, blanco o negro, no hay grises. Pero Roier está muy lejos de ser un niño ¿Qué clase de persona es en realidad?

Spreen debería estar molesto, con Roier o con su propia falta de capacidad para descifrar al hombre. Pero, muy por el contrario... sonríe, mostrando caninos y, aunque el castaño no lo puede ver, sus ojos brillan con la misma emoción que cuando cerró su primera gran venta.

Al principio fue un misterio, luego una molestia, y hoy acaba de darse cuenta de que también es leal. Y dentro de todo eso, entenderlo sigue siendo un reto.

Pero si algo amaba Spreen más que el dinero, era un buen reto.

El lienzo blanco que es Roier tiene una esquina levantada. Es pequeña, pero Spreen entra de todos modos. Un paso más para encontrar la obra de arte que es el chico.

—Sos re interesante, Roier —le dice, levantándose de la mesa y estirando su camisa que, desde su gran carrera del sótano acá, se había arrugado— ¿Me hacés un favor y te quedás acá hasta que el pelotudo de Mariana regrese?

Roier sonríe cómo si le estuvieran ofreciendo un caramelo.

—¡Claro! —responde contento. Ser útil, ser necesario, le gusta.

—Buen chico.

Mira distraídamente el reloj de su muñeca, en pocos minutos tiene que hacer una llamada importante. Camina de vuelta a su oficina, deteniéndose antes de entrar a la cocina para mirar sobre su hombro.

Roier sigue obedientemente sentado en la mesa. Es bueno tener a alguien así de su lado, alguien que sabe seguir instrucciones al pie de la letra.

Lo que le recuerda...

—Ah, y Roier —espera hasta tener la atención del castaño para señalar con el pulgar hacia el almacén— Hay una puerta en el almacén, hasta el fondo. Jamás debes abrir esa puerta, ¿entendido?

Roier ladea la cabeza, dejando que la petición de Spreen asiente en su mente, para luego sonreírle.

—Nunca abrir la puerta del almacén —Levanta el pulgar arriba— Entendido.

﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏🗡

Varias semanas después, Spreen podía decir con certeza que había probado la teoría que se planteó desde el día del incidente con la caja registradora.

Descifrar a Roier parecía cada vez una tarea más imposible, pero, por irónico que pareciera, eso mismo era lo que hacía que fuera más sencillo relacionarse con él.

Roier es un lienzo en blanco, lo que puede desencadenar en una de dos cosas: La primera y más obvia: Te das por vencido, no puedes leerlo. O la segunda: Te aferras a él, y lo interpretas a tu manera.

Y para alguien como Spreen, fascinado por la mente humana y con un negocio que le permite conocer lo mejor y peor de la humanidad, la segunda opción era por lejos su favorita.

La rutina de Roier continua: Entra a la pollería por la puerta izquierda, pide su pollo rostizado entero, su cuchillo y su vaso de agua y ataca a Mariana (y a veces a él mismo) con sus bobas preguntas.

Sin embargo, las cosas han cambiado un poco. Tras encontrar la diminuta brecha en su lienzo, Spreen puede decirle cuando es demasiado.

"Cerrá el orto, me distraes", "Quédate sentado allá hasta que Mariana termine el conteo de caja", "Nada de preguntas de animales de ahora en adelante"

Instrucciones claras que, aunque para Mariana eran algo duras, funcionaron como por arte de magia, e hicieron que los días en la pollería con su nuevo "cliente" fueran mucho más llevaderos.

Pero dentro de la rutina de Roier, aquella que no cambiaba en lo más mínimo, aún había algo que intrigaba al pelinegro.

Con Mariana ocupado en la cocina con su pedido, y con la excusa de poner cambio en la caja registradora, Spreen observaba de reojo a Roier sentado en su mesa como cada día: Hundido en su asiento, labios abultados, y sus manos dentro de los bolsillos.

Ya había planteado la teoría de que llevaba algo dentro, pero hoy, que no lo veía a través de una pantalla, pudo confirmarlo: Roier movía un objeto de un lado a otro dentro de su sudadera negra. Y sea lo que sea, a Spreen no le gustaba nada.

—Mariana —llamó al más alto, que iba saliendo por la puerta de la cocina con las manos ocupadas— Necesito que vayas a la granja por más pollos.

Mariana pestañea un par de veces.

—¿Ya no hay? Creo que vi que todavía--

—No quedan más, yo revisé —miente— Tenés que ir antes de que venga otro cliente.

—Ok, sí. Solo le entrego esto a Ro-- ¡HEEEEY!

Roier levantó la mirada, como si saliera de un trance, justo a tiempo para ver cómo la bandeja que llevaba Mariana caía al suelo estrepitosamente, esparciendo la comida por todas partes.

Spreen se sacudió la mano con total calma, como si no acabara de darle un manotazo "accidental" a la bandeja segundos antes.

—Aaah, mirá el desastre que hiciste —dijo con aire despreocupado— ¿Vas a dejar a Roier sin comida? No creo. Vas a tener que ir a la granja. Ahora.

Mariana lo miró "feo" por varios segundos antes de suspirar cansado, dejar su delantal sobre el mostrador y salir por la puerta principal de la pollería murmurando entre dientes. Si las miradas mataran, la mirada de Mariana le haría menos que cosquillas a Spreen.

Spreen esperó hasta que los pasos de Mariana se dejaron de escuchar y tras cerrar la caja registradora, rodeó el mostrador para caminar hasta Roier.

—Pobre Mariana, se le cayó mi pollito —dijo el castaño abultando los labios— Oye, pero no lo vayas a descontar de su salario. Era mío. Yo lo pago.

Ante la promesa de dinero adicional los labios de Spreen se curvaron hacia arriba. Dios. De verdad amaba a este chico.

—Dale —asiente mientras arrastra la silla frente al castaño hasta una de las esquinas de la mesa, en diagonal a él, a diferencia de las veces anteriores, la coloca al revés, sentándose a horcajadas en esta y cruzando los brazos sobre el respaldo— ¿Cómo va, Roier?

Roier retrae sus piernas y se acomoda un poco mejor en su asiento, sus manos se detienen pero siguen dentro de su bolsillo —Bien, creo. Aunque con hambre.

—Ya volverá Mariana pronto, tranca —responde, su mirada viajando al regazo del castaño.

Se da cuenta de que sabe muy poco de Roier hasta ahora, y si quiere que se abra con él, tiene que hacerlo entrar en confianza primero.

—Che Roier... ¿de dónde dijiste que venías?

—No lo dije —sonríe inocentemente.

—Lo sé, era un decir.

—¿Un decir? —ladea la cabeza, confundido.

Y con un lienzo en blanco cómo Roier, que se toma todo literalmente, irse por la tangente no iba a funcionar.

Pero estaba bien, Spreen prefiere ser directo.

—¿De dónde sos?

—De un pueblo que se llama Chafaland, al este —contesta sonriente.

Spreen levanta ambas cejas, sorprendido. Conoce el lugar. Sabe dónde queda. Pero no entiende qué hace Roier tan lejos de casa.

—¿Y por qué seguís viniendo casi a diario hasta acá por pollo?

—Tienen muy buen pollo. Y me agrada Mariana, me dio agua a pesar de que no traía dinero. Y me agradas tú.

De Mariana lo entiende. El chico es un sol con patas. ¿Pero él?

—¿Qué te agrada de mí?

Se abofeteó mentalmente por hacer esa pregunta. Está por cambiarla cuando Roier, por supuesto, comienza a contestar.

—Eres exitoso y atractivo —responde sin pena— Siento chido que alguien como tú se tome el tiempo de hablar conmigo. Y también me gusta que seas directo y me digas cuando algo que hago no te agrada, así puedo dejar de hacerlo —se encoge de hombros— No sé porqué, pero casi nadie lo hace.

—¿Hablar con vos? —pregunta Spreen.

—Querer conocerme —corrige el castaño con una enorme sonrisa— Por lo general dicen que soy molesto. Sentí muy bonito cuando dijiste que te parecía interesante.

Pequeños puntos amarillos se pintan en el lienzo de Roier: Alegría, aunque dispersos, tentativos, titubeantes.

Siendo honestos, Spreen pensó igual al principio. Pero en las personas, cómo en las pinturas, hay gustos, y los gustos pueden cambiar. Una pintura que al principio no resonó contigo puede, de pronto y sin darte cuenta, gustarte.

Y podía asegurar que el lienzo blanco y cambiante de Roier, quien seguía hablando sin parar a su lado, se había vuelto uno de sus favoritos.

—Y los girasoles en el delantal de Mariana son geniales, pero si me preguntas, a mi me gustan más las amapolas rojas —es lo que Spreen alcanza a escuchar al regresar al presente, Roier se había puesto a hablar de flores de la nada.

—Aah, si, si, piola —dice para nada interesado en el dato, encontrando por fin la oportunidad de preguntar lo que llevaba pensando desde que empezaron a charlar— Llevás mucho rato con las manos ahí dentro, ¿qué llevás en el bolsillo?

Lo suelta al fin. Suena casual, casi sin intención: Una pregunta inocente en medio de su conversación.

Espera una risa, un "nada", o un "que te importa", lo que sea.

Pero lo que no se esperaba, era morado.

Morado, con pinceladas borgoña, explotando en el lienzo blanco que es Roier, viajando hasta sus ojos que, por primera vez desde que lo conoce, muestran una emoción evidente:

Miedo.

Antes de que Spreen pudiera preguntar, Roier mete una mano al bolsillo de su pantalón, deja sobre la mesa varios billetes arrugados, arrastra la silla y sale corriendo de la pollería a gran velocidad...

﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏🗡

Spreen no abrió la pollería al día siguiente.

Podrán decir que es agresivo, cruel y un poco dictador, pero no es un desalmado. Cuando vio a un cansado Mariana volver de la granja cargando varias cajas, y después de que descubriera que no tenía dónde ponerlas porque, efectivamente, aún quedaban muchos pollos en la cocina, Spreen supo que estaba siendo bastante duro con el chico. Decidió darle el día libre.

Aun así mantuvo un ojo en la pantalla que monitorea la entrada principal al establecimiento, esperando en cualquier momento ver la cabellera castaña de Roier. Pero conforme pasaban las horas, parecía más evidente que no vendría.

¿Qué llevaba en el bolsillo que lo hizo reaccionar de esa manera?

¿A qué le tiene miedo Roier?

...¿Y por qué carajos la idea le molestaba tanto?

Comenzaba a caer la noche cuando dejó caer los reportes sin terminar sobre su escritorio. Se masajea las sienes con fastidio. Si había algo que odiaba era un día no productivo, pero con el violeta y borgoña del lienzo de Roier aun vívido en su mente, no había manera de que pudiera concentrarse en su trabajo.

Tomó su gabardina y sombrero y salió de su oficina, apagando la luz y cerrando la puerta detrás suya. Sube hasta el nivel de la pollería y va apagando las luces conforme camina hacia la entrada.

Sale por la puerta principal, se da media vuelta para cerrar, y...

—¡MIERDA!

Grita llevándose una mano al corazón cuando ve a Roier de cuclillas, afuera, junto a la puerta izquierda.

Spreen mira en todas direcciones, asegurándose de que no hay nadie a la redonda, y lo toma bruscamente del brazo, levantándolo y jalándolo hasta el interior del establecimiento. Roier lo sigue obedientemente hasta que lo deja caer en su silla de siempre.

—¿Me podés explicar qué carajos hacés actuando como un vagabundo frente a mi pollería? —gruñe entre dientes, sentándose frente al castaño, ira burbujeando en su pecho al ver que no le sostiene la mirada— Mírame cuando te hablo.

Roier levanta la mirada, porque obedece, porque es leal.

Y hoy es... rosa: Vergüenza.

—Perdón por irme así ayer —susurra, metiéndose una mano al bolsillo de la sudadera— Vine desde temprano para disculparme, pero vi el letrero de "Cerrado"

Spreen se golpea la frente. ¿De verdad llevaba ahí afuera todo el día y solo por eso es que nunca entró?

—Las luces estaban encendidas, boludo —le dice— Hay confianza. Si la luz está encendida es porque estamos o Mariana o yo acá, podés entrar sin problema.

—Bueno... no lo sabía.

—Ahora lo sabes. Pero entonces ¿Decidiste esperar afuera hasta quien sabe cuándo para que abriéramos?

Roier se encoge de hombros, abulta los labios y lo mira por debajo de sus pestañas —Pues sí, obvio. Necesitaba disculparme.

Spreen lo mira como si estuviera mirando a un extraterrestre, y tras varios segundos de silencio, resopla, riendo por lo bajo.

—Estás loco —sonríe de lado.

El castaño ladea la cabeza y le devuelve la sonrisa —Me lo han dicho.

Spreen siente como si un peso se levantara de sus hombros. Tal vez, piensa, no tiene que saberlo todo de las personas. Y si Roier quiere tener un secreto, pues está bien.

—Che, sobre lo de ayer —empieza torpemente. Disculparse no es su fuerte— Perdón si toqué una fibra sensible o algo, no tenés que decirme que llevas ahí si no querés.

Piensa que es todo: ambos se disculparon y la vergüenza debe desaparecer.

Pero Roier sigue rosa, y a Spreen, sin entender bien porqué, comienza a molestarle.

—Umm... —se remueve en su asiento, toma aire— De hecho, también quería hablarte sobre eso. Creo que... necesito un consejo.

Roier se tensa un segundo, pero entonces, mientras suelta el aire que estaba sujetando, saca las manos del bolsillo y deja sobre la mesa un pequeño objeto.

Un anillo.

El rosa del lienzo de Roier se refleja ahora en sus mejillas y en sus ojos.

—Hay alguien que me gusta. Mucho —empieza, mirando el anillo con adoración. Y llevo meses pensando cómo pedirle que se case conmigo, pero no he logrado hacerlo.

Spreen alterna la mirada entre el anillo y los ojos de Roier. Con que eso era: Problemas de amor. No es que lo entienda, pero al menos explica el comportamiento tan a la defensiva del castaño.

—¿Qué te lo impide? —la pregunta sale de sus labios antes de que pueda detenerse.

—Natalan es... raro —responde el castaño frunciendo el ceño. Spreen se muerde la lengua para no reír. ¿Había alguien más raro que Roier?— Me da señales muy difusas, a veces parece que quiere estar conmigo, otras se aleja...

Si le hubieran dicho a Spreen que estaría perdiendo tiempo valioso de trabajo o de sueño haciendo de Dr. Corazón, les hubiera dicho que estaban mal de la cabeza. Pero helo aquí, escuchando los problemas románticos de un lienzo en blanco.

Y quizás Spreen no es el último romántico, ni mucho menos. No hay manera de que pueda darle un consejo cursi y meloso, pero si algo ha aprendido es que la vida se trata de tomar riesgos, y de ir siempre a por lo que quieres.

—La vida es muy corta para andar dudando —le dice desde la experiencia— Si es lo que vos querés, deberías decirle, ya está.

Los ojos de Roier se iluminan un poco más en rosa. Y Spreen desvía la mirada.

No le gusta. El rosa no le va a Roier.

Pero las personas son una obra de arte. Y si el lienzo de Roier iba a volverse rosa, pues allá él...

—Entonces ¿Crees que debería decírselo? —el castaño se inclina sobre la mesa, una sonrisa enorme, pero que apenas llega a sus ojos, extendiéndose en su rostro— Porque ya he pensado en frases para romper el hielo y así.

—¿Sí? —Spreen arquea una ceja.

—¿Qué tal: Me gusta el helado. Pero lo que más me gusta, es estar a tu lado?

La carcajada de Spreen sale antes de que pueda detenerla. Como un géiser, intenso, explosivo.

—Hey, me gusta —responde sonriendo con todos los dientes— Si no cae con eso, es un pelotudo.

—¿Tú lo harías?

—Ni en pedo —niega con la cabeza, divertido.

Le toma unos segundos darse cuenta de que Roier comienza a reír sonoramente.

Sus ojos avellana se entrecierran, sus mejillas se levantan, se abultan, y pequeños caninos se asoman de entre sus labios. El sonido hipnotiza a Spreen por un momento. Porque la risa es amarilla, naranja a veces.

Pero la de Roier... es roja. Fuerte, rica, intensa...

Y un poco peligrosa.

Spreen se estremece y por una fracción de segundo desea que ese tal Natalan no exista...

—Lo haré mañana —la voz de Roier lo regresa al presente. Se levanta con decisión— Si me voy ahora mismo, llegaré allá al amanecer, duermo un poco, y lo hago. Les traeré la invitación a la boda personalmente.

Spreen sacude el intrusivo pensamiento y sonríe suavemente. Roier es impulsivo, se lanza en picada, no deja que el tiempo pase. Le gusta.

—Dale —Spreen apoya las manos sobre la mesa y se levanta también— Suerte, supongo.

Salen de la pollería. La estación de trenes le queda de paso a Spreen por lo que lo acompaña hasta ahí. Durante todo el camino ignora monumentalmente las charlas de lo "increíble" que es Natalan. Pobre chico, ni siquiera lo conoce, y gracias a Roier, ya lo odia.

Cuando están frente a la estación, Roier da un paso dentro, pero de pronto se detiene y se gira hacia Spreen, una máscara de duda nublándole los ojos. Una posibilidad que no se había detenido a pensar hasta ahora lo detiene.

—Oye... ¿y si me dice que no?

—No lo hará —Spreen rueda los ojos, la plática de amor comienza a fastidiarlo— Va a decir que sí, van a casarse y van a estar juntos para siempre.

Los ojos de Roier brillan en bonito color rojo.

—¿Juntos para siempre?

Y Spreen no sabe nada del amor. No le interesa tampoco. Pero hay frases cursis y tontas que ha aprendido por la televisión y películas.

—Si posta lo amás, sí, Roier.

Le da un último empujón en dirección a la estación de trenes antes de darse media vuelta y continuar:

—Hasta que la muerte los separe.

﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏🗡

Roier no volvió a la pollería al día siguiente. Era de esperarse. Era su gran día.

Tampoco al siguiente a ese, y Spreen contuvo más de una vez las ganas de vomitar al imaginar escenarios bastante explícitos de el castaño y el tal Natalan "celebrando en privado" su nueva unión.

Pero cuando pasaron tres semanas sin saber de él, comenzó a preocuparse.

Tampoco era cómo si pudiera ir a Chafaland personalmente a buscarlo. Spreen era bastante conocido, y no precisamente por ser un ciudadano ejemplar. Si llegaba de pronto al pueblo preguntando por un tal Roier, lo único que iba a causarle eran problemas.

—Así que, ¿qué dices, Spreen?

Pero de verdad, si no iba a venir ¿no podía ni siquiera llamar?

—¿Spreen?

Aunque pensándolo bien, la pollería no tenía teléfono, solo el de su oficina, y ese era exclusivo para sus otros clientes.

—¡Spreen!

Sale de sus pensamientos bruscamente al escuchar su nombre en la línea. Cierto. Hablando de llamadas, estaba precisamente en el medio de una. Con uno de sus primeros clientes, además. Otro agotador e inútil intento del hombre para "bajar sus tarifas"

—Si, suena re interesante todo lo que decís —rueda los ojos mientras pellizca el puente de su nariz— Pero por milésima vez: Los precios se quedan como están. Ya hago bastante por vos dándote el 20% de descuento. Nadie más lo tiene.

El hombre del otro lado de la línea suspira. Spreen se prepara para otra hora de escuchar al tipo hablar de pionerismo y lealtad, pero...

—No vamos a arreglar nada así —le dice cansado— ¿Puedo ir a verte esta noche? Tengo un plan de negocios que quiero mostrarte.

—Escuchá--

—Es todo —interrumpe— Si no te convence, te prometo que paro y me ajusto a tus tarifas, Spreen. No voy a permitirme perderte como proveedor, pero dame esta última oportunidad. Por los viejos tiempos.

Y tal vez es la vieja amistad y respeto con su primer cliente en este mundo. O un atisbo de bondad. O su juicio nublado por la ausencia de Roier.

Pero termina aceptando.

—Dale. Después de las ocho.

El hombre sonríe —Ahí estaré. Créeme, quedarás tan convencido que vas a aceptar sin dudar.

﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏🗡

—¿Que me vaya ya? —Mariana se asomó desde el interior del horno industrial— Pero falta una hora, y aparte es viernes. Los viernes hago limpieza profunda del horno.

—Déjalo para el Lunes, Mariana —contestó Spreen, mirando el reloj de su muñeca.

Mariana lo observó durante varios segundos. Spreen siempre fue muy hermético con su "otro negocio". Nunca dejó que afectara a la pollería ni mucho menos a él. Lo cuida, muy a su manera. Y es algo que agradece.

Pero no puede evitar preocuparse a veces.

Quiere ofrecerle quedarse, pero en ese momento, cuatro hombres entran al establecimiento, luciendo trajes demasiado elegantes para solo venir a comer pollo.

Spreen pasa a un lado de Mariana y tras estrechar la mano del más alto, los invita escaleras abajo.

—Pon el letrero de "Cerrado" y vete a casa. Te veo el Lunes, capo —le dice antes de bajar apresuradamente, empujando con su pie la puerta sin mirar para cerrarla detrás suyo.

Con una extraña sensación en la boca del estómago, y viendo cómo desaparece Spreen escaleras abajo por el pequeño espacio que dejó la puerta entreabierta, Mariana deja la esponja en el fregadero, se quita el delantal y sale del local colocando el letrero de "Cerrado"

Una gota cae sobre su nariz y levanta la mirada al cielo.

—Verga —piensa mirando las oscuras y cargadas nubes, junto con algunos relámpagos entre estas— Va a haber tormenta...

﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏🗡

Spreen escupe sangre mientras maldice a todo y a todos.

A su estúpido (desde hoy) ex cliente que está vaciando su caja fuerte. A los dos matones que lo sujetan de los brazos. Al tercer matón que lo usa de saco de boxeo ahora mismo. A Mariana, por haber estado tan cerca de correr con la misma suerte que él. Al estúpido de Natalan por... ¿existir?

También maldice a Roier, por meterse en su cabeza, pero sobre todo, se maldice a sí mismo por dejarlo hacerlo. Es mejor que esto, sabe leer a las personas y sus intenciones, y sabe que si no estuviera tan distraído con la desaparición del castaño, hubiera notado las verdaderas intenciones del maldito hombre en su oficina desde mucho antes.

¿Plan de negocios? Por favor. El muy imbécil a duras penas sabía contar. Su estúpido plan de negocios constaba de dos clausuras solamente:

Primera: Darle en retroactivo toda la mercancía (o en su defecto, efectivo) que, según él, le correspondía desde que aumentó su tarifa.

Y segunda: Un nuevo contrato escrito con las patas donde Spreen se comprometía a regresar a su precio inicial de ahora en adelante.

Spreen se burló tan pronto lo leyó, se levantó de su silla para echarlos de su oficina, y fue cuando la golpiza comenzó.

Un golpe particularmente fuerte en el abdomen le saca el aire. Su cliente hace un ademán con su mano y en un segundo los dos tipos que lo sujetaban de los brazos lo dejan caer. Spreen se desploma en el suelo, apretando los puños contra el suelo y jadeando con fuerza para recobrar el aliento.

No tiene tiempo para recuperarse cuando lo toman por el cabello, levantando su cara con brusquedad.

Aprieta los dientes, saboreando su propia sangre en su boca, y mira con desprecio absoluto el rostro del hijo de puta frente suyo.

—¿Ya vas a parar con la tontería, Spreen? —sonríe maquiavélicamente— Todo sería mucho más fácil si cooperaras. Danos la mercancía, firma el maldito acuerdo, y todos contentos —se agacha hasta quedar a la altura del azabache— Y, en el futuro, deja de hacerte el listo aumentando nuestras tarifas. De no ser por mí, ni siquiera estarías en donde estás ahora.

Spreen le lanza su mirada más asesina, los golpes en su abdomen y rostro aun duelen como el infierno, pero está en clara desventaja. Por un momento considera aceptar la propuesta.

Estos sujetos no bromean. Nada de lo que dicen es en vano, y no hay nada más que descifrar. Los cuatro lienzos frente a él son negro absoluto:

Peligro y muerte.

"Firma", "No seas pelotudo", "Pueden matarte" se repite una y otra vez en su mente.

Ojalá fuera así de sensato.

En su lugar, toma aire y escupe en la cara del tipo, siente satisfacción de ver el rostro ajeno asqueado, su propia saliva y sangre mezcladas y corriendo desde su nariz.

—Sobre mi cadáver —sonríe con todos los dientes.

El hombre lo suelta y se apresura a limpiar su rostro con la manga de su abrigo. Spreen aprovecha la oportunidad para retroceder hasta que su espalda choca contra la pared. Se apoya en esta y, con algo de esfuerzo, consigue reincorporarse.

Jadea, sujetando su costado y lanza una mirada rápida a su escritorio. Si tan solo pudiera distraerlos, correría hasta ahí y tomaría su revólver.

Su mente corre a mil, tratando de trazar una ruta para acercarse sin verse sospechoso, o, en el mejor de los casos, llegar a la puerta de su oficina y correr escaleras arriba. Pero antes de poder idear algo que parezca viable...

—¡Hijo de perra! —el hombre, habiendo limpiado por completo su rostro, ruge furioso. Lanzando una mirada molesta a los tres hombres detrás suyo que reían por lo bajo— Y ustedes no se queden ahí parados. Basta de juegos, mátenlo, y luego desháganse de las pruebas.

"Mierda" piensa Spreen, sus uñas raspando la pared detrás suyo, mientras ve a los cuatro hombres acortar la distancia entre ellos.

Su respiración se agita, su corazón se acelera. Es todo. El único pequeño consuelo que tiene es que Mariana no está en la pollería para verlo morir y que estos hijos de puta se encargarán de ocultar su cuerpo antes de que pudiera encontrarlo.

Cierra los ojos, buscando un momento de paz antes de la tortura a la que está seguro está a punto de ser sometido. Ni siquiera pelea. Sabía a lo que se atenía cuando entró a este mundo.

En su mente danzan decenas de lienzos. Amarillos, verdes, negros... cada uno con formas y figuras diferentes. Algunos, como estos, son letales. Las personas son obras de arte.

No él. Nunca lo fue. Su propio lienzo está roto. Spreen es un vacío. Nada permanece, nada se queda. Por algo es el mejor en su trabajo. Nadie puede leerlo. Nadie puede controlarlo.

Pero...

Si tuviera un lienzo en blanco...

Un particularmente fuerte trueno resuena en su oficina bajo tierra y lo hace abrir los ojos en sorpresa. Se escucha el tintinear de ollas escaleras arriba, las luces se apagan. Oscuridad, su oportunidad de correr.

Pero al segundo siguiente las luces vuelven a encenderse, y el corazón de Spreen se detiene, impidiéndole moverse.

En el marco de la puerta aún abierta de su oficina, contra todo pronóstico, está Roier. Su ropa empapada, cabello alborotado y delineador corrido.

—¿Qué hace este tipo aquí? —su cliente pregunta con incredulidad antes de que Spreen pueda encontrar las palabras.

Roier se gira a ver al hombre con una sonrisa infantil y ojos vacíos.

—Spreen dijo que aunque estuviera cerrado, si las luces estaban encendidas, podía entrar sin problemas —gira de nuevo el rostro, ahora hacia Spreen— Ah, y lo de la puerta del almacén, la que dijiste que no podía abrir, no lo hice. Ya estaba abierta cuando llegué.

El tenue recuerdo de él mismo empujando la puerta con su pie se dibuja en la mente de Spreen y se da cuenta con una mezcla extraña de alivio y horror cómo efectivamente no se aseguró de que se cerrara por completo.

Maldito Roier y su maldita forma de tomarse la vida literalmente.

Aunque no tiene mucho tiempo para maldecirlo o intentar en vano comprenderlo, pronto recuerda su situación actual y es consciente del peligro al que el castaño está, sin saberlo, expuesto. Tratando de no asustarlo, se limpia con la manga de su camisa la comisura de los labios de los restos de sangre y señala con su dedo índice la salida. Que su obediencia sirva para salvarle la vida, al menos a él.

—Ro... Vos —se corrige, cuidando no decir su nombre en voz alta— Volvé a casa, ¿querés? Mañana--

—Dijo que no. Natalan. Dijo que no se casaría conmigo.

Roier interrumpe a Spreen, metiéndose las manos a los bolsillos. Su lienzo se pinta en un azul profundo que se extiende desde el centro hasta las esquinas. Es la primera vez que Spreen ve tanta tristeza acumulada.

Pero no es momento de sentimentalismos, piensa mirando de reojo a los cuatro hombres aún sorprendidos por su intromisión en la habitación.

—Que... cagada —responde, intenta cerrar la conversación lo antes posible— Él se lo pierde. ¿Querés... hacer algo mañana? Ahora estoy un poco ocupado--

—Estaba muy triste... y dejé de venir aquí, perdón por eso. Pero —Sonríe. El azul de su lienzo atenuando a blanco de nuevo— Me acordé de lo que me dijiste en la estación de trenes y tenías razón, me sentí mucho mejor después de hacerlo.

Hay algo en su instinto que le obliga a preguntar, porque, si no mal recuerda, en la estación de trenes no le dijo nada realmente importante.

—¿Qué dije? —pregunta, arqueando una ceja.

—Dijiste que Natalan y yo estaríamos juntos "hasta que la muerte nos separe" —dice con una bonita y roja sonrisa— Así que--

Un segundo trueno interrumpe a Roier, haciendo que nadie en la oficina pueda escucharlo. Pero Spreen lee sus labios. Fuerte y claro:

"Así que lo maté"

—Suficiente.

No tiene tiempo de preguntarse a qué demonios se refería Roier con eso de "matar" cuando ve por el rabillo del ojo a su cliente ladrando instrucciones a sus matones.

—No quiero ningún testigo, y este loco, cómo sea que se llame, claramente conoce a Spreen.

—Roier —interrumpe sonriente el castaño— Me llamo Roier.

"¡Pelotudo!" Spreen contiene las ganas de gritar.

—Roger, Royer o como sea —agita la mano con desdén— Desháganse de los dos. Ahora.

Spreen se mueve en automático. A pesar del dolor punzante en su abdomen, corre hasta Roier y se coloca frente suyo.

—¡¿Querés irte de una puta vez?! —le dice entre dientes, mirando a los tipos acercarse.

Roier parpadea —Pero tu dijiste que podía venir cuando--

—¡Sé lo que dije! —interrumpe, urgencia en su voz, no quiere ver a Roier herido ni que Roier tenga que verlo morir. No puede seguir tratando de endulzar las cosas, necesita ser directo con él si quiere que tenga una oportunidad de vivir— Por si no te haz dado cuenta, tengo una situación delicada acá. Estos sujetos son peligrosos.

Roier mira por encima del hombro de Spreen, para nada impresionado.

—¿Lo son? Pero si vienen tan elegantes, con sus trajes y eso.

—¡Son malos, Roier! —desesperado, lo agita por los hombros— Quieren matarme, y si no querés que te maten a vos también, tenés que salir de acá.

Los ojos de Roier se oscurecen.

—¿Matarte?

—¡Eso dije! —echa la cabeza atrás. Acababa de recordar porque Roier era peor que una patada en los huevos.

Roier sonríe —¿De verdad? No sabía... pero que bueno que me dices, espera.

Y, para su completo horror, cuando uno de los matones está extendiendo su mano para tomarlo del cuello, Roier mete las manos a los bolsillos de su sudadera con una sonrisa.

Spreen explota.

—¡TU ANILLO NO VA A ARREGLAR NA--

Y lo siguiente que ve es un destello plateado, seguido de un sonido hueco contra el suelo.

Spreen baja la mirada para encontrarse con un dedo cercenado a sus pies.

Le toma al hombre detrás suyo varios segundos comprender lo que acababa de pasar, pero tan pronto lo hace, retrae su mano y comienza a gritar.

Roier, harto del sonido, clava la daga en su cuello, silenciándolo al instante.

Todo ocurrió tan rápido que les toma a todos en la habitación varios segundos para procesarlo. Cuando Spreen vuelve en sí, regresa su mirada al castaño y ve rojo.

Rojo en sus ojos, rojo salpicado en su rostro, y rojo goteando de la daga entre sus dedos.

Y pierde el aliento...

—¡Maldito!

Sale de sus pensamientos cuando escucha al resto de los hombres acercarse. Roier salta al frente antes de que pueda reaccionar, cortando por el cuello al segundo.

Su bonito rostro se mancha más en rojo y es cuando Spreen se mueve.

Corre hasta su escritorio y abre el último cajón, sacando su revólver. Sin miramientos, dispara a la pierna del tercer sujeto, dejándolo en el suelo antes de disparar otro par de veces, directo en sus órganos vitales.

—Wow —Roier lo mira, maravillado, como si fuera un niño mirando un juguete de aparador y no un hombre que acababa de matar a dos sujetos a sangre fría— ¿Tienes una pistola? Que genial.

Spreen lo mira de reojo y niega con la cabeza, sonriendo.

—Posta estás loco...

La sonrisa de Roier se ilumina —Me lo han dicho.

Demonios. De verdad le encanta el chico.

Gira el rostro y mira con ojos fríos al maldito infeliz de su ex cliente quien para ese momento ya está de rodillas, temblando bajo la mesa de su escritorio.

—S-Spreen, mi amigo —trata de negociar— ¿Qué te parece si olvidamos este pequeño incidente? Acepto tus términos... ¿no? ¿Y-y si te doy yo a ti ese 20% adicional que me dabas de descuento? Incluso de retroactivo... ¿o prefieres el 30%? ¿50%?

—¿Puedo?

Spreen sonríe al escuchar la voz de Roier, lo mira acercarse a paso lento, tentativo, jugando con la daga entre sus dedos.

—Por favor —ruega con una sonrisa juguetona— ¿Me dejas matarlo yo, Spreen?

Spreen era un hombre egoísta, y después de lo que el hijo de perra le había hecho pasar, quería ser él mismo quien se encargara de hacerle pagar.

Pero por otro lado... ¿cómo podía decirle que no a esos bonitos y desquiciados ojos rojos?

—Dale —sonríe guardando su revólver en la parte trasera de su pantalón— Tomate tu tiempo, Ro. Tengo que ir por cosas para limpiar este desastre.

Roier saltó alegremente hasta la mesa mientras Spreen cerraba la puerta de su oficina y subía las escaleras. Su sonrisa extendiéndose conforme escuchaba la risa roja de Roier y los gritos agonizantes del sujeto detrás suyo.

﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏🗡

—Entonces le pedí que me acompañara, y le dije de un árbol muy bonito que estaba por ahí —le platica Roier, mientras empuja al fondo de la bolsa negra entre sus manos para hacer espacio para meter el resto de los cuerpos— Le lleve música y toda la cosa, hasta iba de traje. Le dije la frase mamalona esa que te platiqué y se lo pedí, ¡Y dijo que no!

—Qué hijo de puta —Spreen niega con la cabeza, terminando al fin de contar y acomodar el dinero que habían alcanzado a sacar de su caja registradora— ¿Y decís que después se fue sin más?

—¡Sí! —indignado, agita la bolsa en su mano, sangre salpicando la mesa que acababa de limpiar— Verga, perdón... Pero si, te dije que el wey me daba señales medio difusas, ya algo me decía que al final se iba a acobardar el pendejo —abulta los labios, revisando no dejar partes de los cuerpos olvidados— ¿De verdad no te molestó que los descuartizara? Pensé que sería más fácil sacarlos de tu oficina así.

Spreen cerró su caja fuerte y levantó la mirada. Sonríe con orgullo. Roier no sólo es rápido en ocultar evidencia de crímenes, también hace un excelente trabajo dejando todo limpio.

—Es genial, Ro —lo alienta, mientras se lleva una mano a la mandíbula, abriendo y cerrando la boca repetidas veces para disipar el dolor. Esos puñetazos dolieron como el infierno— Pero volviendo a lo del tal Natalan...

Roier deja las bolsas en el suelo y levanta la mirada. Su lienzo se pinta en pinceladas violetas.

—Pensé mucho antes de matarlo, ¿sabes? —comienza, sacando la daga de su bolsillo y picando con la punta su dedo distraídamente— Estuve días, quizás semanas dándole vueltas al asunto. Lo cual es raro, porque por lo general no pienso tanto las cosas. Pero lo amaba... y pues si él no quería que estuviéramos juntos, no me dejó otra opción.

Levanta la mirada y sonríe.

—"Hasta que la muerte nos separe" ¿Cierto?

Spreen le sostiene la mirada. No era lo que tenía en mente cuando le dijo aquella frase al castaño en la estación de trenes.

Pero, por retorcido que sonara, se alegraba de que lo tomara así.

—¿Y bien? —carraspea, empujando al fondo de su mente las estúpidas mariposas que danzaban en su estómago— ¿Qué harás ahora?

—Pues aún no lo sé —Roier se encoge de hombros— Esperar a que la desaparición de Natalan sea noticia pasada y volver a Chafaland, supongo.

—¿Y si te quedás acá?

La pregunta sale de su boca antes de que la pudiera pensar con claridad, pero con un demonio, siendo honestos, la iba a hacer de todos modos.

Roier parece impasible por un momento, pero pronto, una sonrisa roja se extiende en su rostro.

—¿Quieres que me quede? —canturrea, acercándose a paso lento hasta el pelinegro— ¿No tienes miedo, Spreen?

La adrenalina recorre el cuerpo de Spreen, quien se recarga de brazos cruzados en la pared detrás suyo, y entrecierra los ojos, siguiendo los movimientos de castaño.

—¿De vos? —pregunta arqueando una ceja— ¿Por qué debería? No te hecho nada para que me guardes rencor.

Decide responder con la misma lógica de Roier: Blanco y Negro. Sin grises. Y acierta, porque Roier sonríe y se relame los labios.

—Entonces bésame —le dice cuando está frente suyo.

Spreen sonríe —¿Y si me niego?

Roier, con el rostro aún manchado por la sangre de los sujetos que acababan de matar, levanta su cuchillo.

—Podría matarte aquí y ahora —le dice sin una pizca de remordimiento— ¿Qué me dice que no le dirás sobre esto a la policía? Yo maté a tres, tú solo a uno. Tengo las de perder.

La oficina se queda en silencio. Afuera hace mucho ha dejado de llover, Spreen solo alcanza a escuchar el fuerte latido de su propio corazón en su mente.

Le grita que huya.

Pero nada ni nadie le dice a Spreen que hacer.

Roier lo sigue mirando con el rostro manchado en sangre. Tan rojo. Tan bonito.

Pero aunque el rojo le queda bien, ese rojo lo repugna.

Levanta su brazo y, con la manga de su camisa, le talla los labios con brusquedad. Roier lo mira con ojos bien abiertos, visiblemente confundido.

—¿Qué--

—Quitate el sabor a muerte de la boca...

Lo toma por la parte trasera del cuello y lo jala hacia sí, estrellando los labios contra los suyos. El beso es duro, demandante, abrasivo.

Y para su deleite, Roier le responde con la misma intensidad.

Muerde su labio con fuerza. No pregunta, demanda entrar, y Roier se derrite en sus brazos. Sus lenguas danzan, hambrientas, sedientas del otro. Spreen lo aprieta contra sí, entierra con fuerza sus uñas en la nuca del castaño, jadea en medio del beso al sentir las gotas de sangre en la punta de sus dedos.

Para cuando rompen el beso para respirar, Roier tiene los puños aferrados al frente de su camisa. Lo mira con los mismos ojos nublados de siempre, y por un segundo Spreen está seguro de que sus pupilas se vuelven peligrosos corazones rojos 

—Oye Spreen... ¿Y si nos casamos?

Spreen arquea una ceja ante la ridícula propuesta. Aquí estaba Roier, pidiéndole que se casara con él, junto a los cuatro cuerpos destazados que acababan de asesinar en bolsas negras al fondo.

—¿Qué?

—Nadie me había besado después de matar a alguien —continúa animadamente— Fue genial. Creí que te asustarías o algo así. Menos mal que no —su sonrisa se ensancha— Si hubieras empezado a gritar, no habría tenido más remedio que matarte. No me gusta cuando la gente grita. Por eso es importante apuntar a la carótida. Los calla enseguida.

Refuerza su punto apretando con la empuñadura de su daga el pulso de Spreen en su cuello. Spreen, en respuesta, tiene que morderse el labio para no jadear.

—Pero tú —continúa con voz soñadora, descansando su cabeza en el pecho ajeno— Tú te interesaste en mí, y me escuchas, y has visto incluso esta parte de mí y me besaste... estoy convencido de que eres mi alma gemela.

Spreen nunca pensó en enamorarse. La sola idea era ridícula, ineficiente, estúpida. Y con lo poco que sabe, está seguro de que esto no es ni cerca la clase de "amor" convencional.

Pero entonces Roier se aleja y lo mira con ojos desenfocados, sonrisa demente, y su bonito delineador negro corrido, mezclándose con la sangre de sus enemigos en su rostro mientras le dice:

—Te prometo que te haré muy feliz.

Y sabe que no tiene escapatoria.

Sin palabras lo toma del collar de su sudadera, da media vuelta y lo azota contra la pared. Sellando su promesa con otro beso demandante.

Porque maldita sea, aquí, rodeado de muerte y un asesino, nunca se sintió más vivo...

﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏🗡

Tres meses después.

Mariana levantó la mirada tan pronto escuchó la puerta principal abrirse.

—Hey, Roier —le sonríe al castaño— ¿Lo de siempre?

—Hoy no, Mariana —contesta contento, rodeando el mostrador y marchando hacia el almacén— Sigo trabajando, vengo a recoger algo y a ver a mi osito.

Mariana nunca entendió realmente cuando comenzó la relación de Spreen y Roier. Un día Spreen lo odiaba, al siguiente lo toleraba, y de pronto se habían casado. Pero oye, era como esas novelas de romance: Spreen, el jefe mamón y mandón, se enamora de Roier, el cliente bonito e indefenso. Debió ser amor a primera vista.

Spreen se rió muchísimo cuando le platicó su teoría, y algo debió hacer bien, porque le dio un aumento después de eso.

Y tenía mucho que agradecerle a Roier también. Spreen se veía mucho más feliz desde que no sólo iniciaron su relación, también ahora que Roier forma parte de la cuadrilla de empleados y le ayuda con algunos "trabajos" importantes. No está del todo seguro de que es exactamente lo que Roier haga por Spreen, pero al menos los hombres aterradores dejaron de venir a la pollería y el dinero sigue en aumento.

Se muerde el pulgar con preocupación. Tiene que hacer un mejor trabajo si quiere seguir manteniendo su título de empleado del mes.

—¡Mariana! —la voz del castaño lo saca de sus pensamientos— ¿Quieres abrirme la puerta, por favor? Spreen dijo que yo no podía abrirla jamás.

Aunque bueno, piensa mientras arrastra los pies para abrirle la puerta que da al sótano, Roier podrá ser muy eficiente, pero aun tiene sus manías todas pendejas.

﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏🗡

—Quinientos —Spreen dice al teléfono— Tómalo o déjalo.

—Spreen, por favor —su cliente reniega del otro lado de la línea— Es el tercer aumento en este mes.

—Soy un hombre razonable, Zorman, y sos un gran cliente, por lo mismo sé que entendés que las tarifas suben y no hay nada que pueda hacer —levanta la mirada cuando ve a Roier entrar por la puerta— Te diré qué haremos, te haré llegar la nueva tabla con Roier y te daré una prórroga para el primer pago.

Zorman suspiró contento del otro lado.

Por eso eres el mejor, Spreen. Aquí esperamos al buen Roier de brazos abiertos.

Colgó la llamada con una sonrisa satisfecha. Roier le sonríe desde el umbral.

—¿Otro negocio, osito? —canturrea acercándose seductoramente— ¿Necesitas que lo mate?

Spreen ríe entre dientes.

—¿A Zorman? Naa, es un buen cliente.

Con énfasis en el "cliente". Moralmente hablando, Zorman es de las peores personas que conoce. No compra droga para su consumo o tráfico, sino para experimentos realmente cuestionables. Su lienzo es negro, aunque con pequeñas pinceladas de colores que hacen que relacionarse con él sea posible.

Pero oye, ¿quién era él para juzgar?

—En fin —Gira sobre la silla mientras revisa unos papeles— Tenés que estar con él en una hora. ¿Crees lograrlo?

—Con tiempo de sobra —sonríe sacando su fiel daga de su bolsillo y jugando con ella— ¿Puedo estar contigo un rato antes de irme?

Spreen lo mira por encima de los reportes en sus manos antes de dejarlos sobre el escritorio.

—¿Qué decís? —palmea su regazo— No tenés que conformarte con pocos minutos, Ro. Tenemos todo el tiempo del mundo.

—¿De verdad? —sonríe tiernamente, subiendo a horcajadas sobre el regazo de Spreen, con su brazo derecho envuelve el cuello del azabache y con la mano izquierda, mientras mira con adoración su anillo, recorre con la punta de su cuchillo la extensión de la carótida de Spreen.

—¿Para siempre, osito? —susurra contra su oído.

Spreen se estremece, su mano derecha se mueve en automático hacía la cadera del castaño, enterrando sus uñas y manteniéndolo en su lugar, y con la izquierda toma su revólver del escritorio, dejando que el gatillo cuelgue desde su dedo anular, aquel donde lleva la misma alianza dorada que lo une a Roier, antes de enterrar su mano en su nuca, tirando de su cabello hacía atrás con fuerza para poder mirarlo a los ojos.

El lienzo de Roier es rojo sangre: Pasional. Atrayente. Peligroso. Agresivo. Pero sobre todo, piensa mordiendo con fuerza el labio inferior del castaño quien en respuesta jadea contento, es infinitamente suyo.

"Para siempre"

O mejor aún...

Hasta que tú muerte nos separe —susurra contra sus labios, relamiendo la sangre del menor y finalmente eliminando por completo la distancia entre ellos.