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El sol se escondía lentamente tras las montañas que rodeaban la ciudad, bañando las calles con un resplandor rojizo. En una amplia sala de reuniones, adornada con los emblemas de la manada Sergeyev, Caesar miraba por la ventana con el ceño fruncido. Su imponente figura, alta y musculosa, proyectaba una sombra que parecía dominar la habitación. Era un alfa en toda su esencia: fuerte, autoritario, y con una presencia que imponía respeto. Pero en su mirada había algo más que liderazgo; había preocupación, un peso invisible que cargaba sobre sus hombros.
—La presión no va a desaparecer, Caesar. Sabes que necesitan un heredero —dijo Dimitri, su segundo al mando y amigo de la infancia. Sentado en una silla frente al escritorio, su tono era más persuasivo que crítico.
Caesar soltó un largo suspiro, girándose para enfrentarlo.
—Lo sé, Dimitri. No necesitas recordármelo a cada segundo. Pero dime, ¿qué clase de alfa sería si trajera un hijo al mundo por pura obligación, sin un vínculo verdadero? —Su voz resonaba como un trueno, pero en ella había un dejo de cansancio.
Dimitri se encogió de hombros.
—Un alfa que asegura el futuro de su manada. No es solo tu legado lo que está en juego, sino la estabilidad de todos nosotros.
Caesar guardó silencio. Sabía que Dimitri tenía razón, pero eso no hacía las cosas más fáciles. Su vida había estado llena de decisiones difíciles, pero esta se sentía particularmente abrumadora. No solo se trataba de encontrar un omega dispuesto a concebir un heredero, sino de asegurarse de que ese omega pudiera soportar el peso de pertenecer a su mundo.
En otra parte de la ciudad, Yevgeny "Zhenya" Bogdanov estaba ocupado ignorando las llamadas de su familia. Recostado en un sofá en su pequeño apartamento, jugaba con el collar de plata que llevaba siempre al cuello, un hábito que tenía cuando estaba irritado. Su cabello rubio caía en mechones desordenados alrededor de su rostro, y sus ojos grises brillaban con una mezcla de apatía y rebeldía.
—"Zhenya, debes pensar en tu futuro", "Zhenya, ¿por qué no sigues el camino de tu familia?" —murmuró, imitando las voces de sus parientes mientras rodaba los ojos.
Zhenya era un omega, pero no encajaba en las expectativas tradicionales. Mientras otros omegas se apresuraban a buscar alfas con quienes formar vínculos, él había dedicado su vida a evitar precisamente eso. Prefería su independencia, aunque esta viniera acompañada de una buena dosis de soledad.
Sin embargo, no podía ignorar el mensaje más reciente de su madre. Decía algo sobre una reunión importante con los Sergeyev. Zhenya bufó. "¿Qué quieren ahora esos alfas pretenciosos?", pensó.
La reunión entre las dos familias se llevó a cabo en un salón neutral, elegante pero carente de personalidad. Caesar llegó primero, acompañado de Dimitri y otros miembros clave de su manada. Vestido con un traje oscuro que acentuaba su figura, se sentó en la cabecera de la mesa, proyectando una autoridad inquebrantable.
Cuando Zhenya entró, la diferencia entre ambos no podía ser más evidente. Con un atuendo informal que desafiaba las normas de etiqueta, el omega avanzó con una confianza despreocupada que llamó la atención de todos en la sala. Sus ojos grises se encontraron con los de Caesar, y por un momento, ninguno apartó la mirada.
—Así que este es el famoso Caesar Sergeyev —dijo Zhenya, rompiendo el silencio con un tono que mezclaba sarcasmo e interés.
—Y tú debes ser Yevgeny Bogdanov. He oído mucho sobre ti —respondió Caesar, manteniendo su voz baja y controlada.
Zhenya arqueó una ceja.
—Espero que no creas todo lo que escuchas.
Dimitri se aclaró la garganta, interrumpiendo la tensa interacción.
—Estamos aquí por un motivo claro. Ambas familias necesitan unificar fuerzas. Y la mejor manera de hacerlo es a través de una alianza duradera.
Zhenya soltó una carcajada breve.
—¿Duradera? Por favor, seamos honestos. Esto no se trata de una unión entre familias. Esto es política. Y yo soy la moneda de cambio, ¿no?
Caesar no pudo evitar admirar la audacia del omega. No era como otros con los que había tratado antes. Había algo en su actitud desafiante que lo intrigaba, aunque no lo admitiría.
—Es cierto que esto tiene un propósito estratégico —dijo Caesar, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Pero también creo que podemos encontrar una forma de que esto funcione para ambos.
Zhenya lo observó con atención, tratando de descifrar si sus palabras eran sinceras o simplemente una táctica más.
—¿Y qué sugieres exactamente?
—Un pacto —respondió Caesar sin titubear—. Un matrimonio entre nosotros, con el único objetivo de concebir un heredero. Después de eso, serás libre de seguir tu vida como desees.
El silencio que siguió a esas palabras fue casi ensordecedor. Zhenya sintió una mezcla de sorpresa, incredulidad y... ¿curiosidad? No esperaba que el famoso Caesar Sergeyev fuera tan directo.
—¿Un matrimonio sin amor? ¿Sin compromiso real? Suena... encantador —dijo Zhenya con sarcasmo, aunque sus labios esbozaron una leve sonrisa.
—No espero que esto sea un cuento de hadas —contestó Caesar, manteniendo la calma—. Pero ambos sabemos que nuestras familias necesitan esto. Y creo que, pese a nuestras diferencias, podríamos lograrlo.
Zhenya lo estudió por un largo momento. Podía sentir la intensidad del alfa, pero también algo más, una especie de honestidad cruda que no esperaba. Finalmente, se recostó en su silla y soltó un suspiro teatral.
—De acuerdo, Sergeyev. Veamos si puedes mantener tu palabra. Pero te advierto, no soy del tipo que se deja domesticar.
Caesar esbozó una leve sonrisa, la primera de esa noche.
—No espero que lo seas.
Y así, con esa breve pero significativa interacción, sus destinos quedaron entrelazados, dando inicio a una historia que cambiaría sus vidas para siempre.
