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Marcas errantes

Summary:

—Ja, de verdad el destino es caprichoso —bufó Kohaku.
—¿Quién sabe? Tal vez saber que los une una marca de alma gemela ayude a Tsukasa a replantearse las cosas con tal de ser un hombre merecedor de tu amor.
—Si tienes razón con que somos iguales, eso no va a pasar —desacreditó las palabras de Gen como si nada.
—El amor puede hacer que las personas actuemos de formas insospechadas.
—¿Y qué hay de ti? ¿Crees ser un hombre merecedor del amor de tu alma gemela?
Gen sonrió con melancolía, sabiendo que todavía no había hecho nada por las causas correctas, ni por su programador destinado.
—No, todavía no.

Sobre la larga travesía de Gen para encontrar a su alma gemela en el mundo de piedra.

Bad english version

Notes:

Amo hacer playlists tanto como amo escribir, así que, aquí esta la playlist de esta historia:
Spotify
Si quieres que la haga en otra plataforma o hay alguna canción quieras añadir, deja tu comentario o envíamelo por twitter a @vieyra_koko 🖤

Chapter 1: La flor mentirosa

Chapter Text

Pero aún así, tal vez pueda
Ser una luz brillante en este mundo
Tal vez después de todo ese dolor
Pueda brillar una luz por un tiempo
Así que no pude rendirme
No pude dormir en paz ni una sola noche
Porque tal vez si sigo intentando levantarme
Así me encontraré a mí mismo.

To my youth
BOL4


El alma, vista como una consciencia individual que forma parte del todo no nace con la característica de ser permanente e inmutable, se origina de las experiencias de la realidad coleccionando los sentimientos, sentidos y recuerdos como un torrente de agua fluyendo en un ciclo infinito que puede o no encontrar un causal en específico en algún momento, de tener un destino.

Nanami Sai, a sus trece años no era capaz de entender conceptos tan complejos como el alma sin importar cuánto se esforzase leyendo los viejos libros de teología en la biblioteca de la mansión. Contrario a ellos, en la ficción todo siempre parecía tan fácil, el alma hacía a cada persona un individuo y la marca que entrelazaba los destinos de dos individuos aparecía a los trece años, casi siempre deparando una relación romántica. La película favorita de la señorita Hana, una de sus nanas, era sobre dos compañeros de clase que compartían marcas de alma gemela y a pesar del claro interés del uno por el otro no lo supieron durante sus tiempos de escuela, la segunda guerra mundial y sus estragos los separaron durante diez años hasta que volvieron a encontrarse, se enamoraron y descubrieron que eran almas gemelas.

“Sus marcas debían llevarlos a encontrar a las personas que estaban destinadas a convertirse, no a quienes fueron durante su adolescencia, por eso demoraron tanto en estar juntos” La mujer se limpiaba las lágrimas durante los créditos finales de la película, respondiendo las preguntas del pequeño Sai antes de ver la hora y fruncir los labios, incómoda por tener que llevarlo a sus clases de topología.

Creciendo en esa casa que más bien se sentía una jaula, sin poder sentir apego por las mujeres que cuidaban de él y su hermano menor porque eran cambiadas regularmente, ni recibir ningún tipo de afecto por parte de sus familiares para quienes ellos dos no eran más que un constante recordatorio incómodo de su padre; Sai solía fantasear con el momento en que cumpliese trece años y la marca que le enlazaba a una persona a quien podría amar y que le amaría de vuelta apareciera al fin en su piel.

Revisar su cuerpo frente al espejo tan pronto despertaba se volvió una rutina que realizaba todas las mañanas, emocionado a más no poder por las expectativas.

Emoción que fue menguando conforme los meses pasaron y una vez llegado el verano en que cumpliría catorce años su emoción pasó a ser temor, buscando respuestas desesperadas a por qué todavía no había aparecido su marca. Para su mala suerte, los únicos libros sobre el tema a los que él podía acceder por las estrictas restricciones de su familia, los de teología y filosofía, eran demasiado avanzados.

Tal como ocurría en la película favorita de su nana, posiblemente no encontraría a su alma gemela hasta volverse la persona que estaba destinado a ser, algo así podía entender de cómo se configuraba el ser. Pero la marca solía aparecer en los destinados a los trece años y él ya estaba a punto de cumplir catorce, ¿era entonces que jamás iba a recibir una?

La mañana del martes 31 de julio del 2007, antes de ir al espejo, la mente de Sai divagaba.

—Suponiendo que el rango de edad para una persona viva con un alma gemela es de 0 a 80 años, si yo soy mayor que mi alma gemela, entonces debe tener de 0 a 13 años, entonces 13/70 = 0.18571 de posibilidades de tener un alma gemela, de las cuales todavía debo considerar que aproximadamente el 30% de la población tiene un alma gemela, entonces 0.18571 x 0.30 = 0.05571. Es decir que mi posibilidad de recibir una marca de alma gemela después de los catorce años es de 5.571%

Las Matemáticas son el lenguaje con el que el Dios ha escrito el universo, Sai lo sabía perfectamente y ese número era aterrador.

Una vez frente al espejo miró sus manos temblorosas, no había ningún cambio en ellas.

Se quitó la camisa del pijama lentamente, no había nada en sus clavículas ni en sus hombros o abdomen… se dio la vuelta y tampoco había nada en su espalda.

Desesperándose se quitó los pantalones, era inusual tener marcas en las piernas, pero llegaba a ocurrir.

Nada.

No había nadie destinado a amarle en ese mundo y antes de que ese pensamiento terminara de atravesar su mente sus ojos ya estaban llenos de lágrimas y sus débiles piernas le hicieron caer sobre la costosa alfombra de su habitación, temblando, llorando y balbuceando incoherencias que su mente no podía ni pensar.

—¡Sai! ¡Me desperté temprano para ser el primero en venir a desearte un feliz cumpleaños! —alardeó la escandalosa voz de Ryusui, entrando a su habitación como el remolino rubio lleno de vida que era.

Esperaba encontrar a su hermano mayor medio dormido o si ya estaba despierto un grito de que aprendiera a tocar la puerta antes de entrar, pero para nada verlo así.

—¿Ryu-Ryusui? —Gimoteó Sai viéndolo borroso a través de sus ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué te ocurrió? —preguntó corriendo hacia él observándolo con cautela en busca de heridas o algún indicativo de porqué lo encontraba así.

—No hay- no tengo… un alma gemela…

—¿Un alma gemela? ¿Cómo esos con las marcas en las películas románticas? —Preguntó Ryusui quien a sus ocho años no le podía importar menos el tema.

Sai asintió y extrañado Ryusui le colocó la camisa del pijama para que le explicase las cosas en un estado más decente.

—La marca que une a una persona con su alma gemela aparece a los trece años, hoy he cumplido catorce —murmuró vistiéndose con desgana.

—Ah, sí, lo recuerdo de esa película que estabas viendo con la señorita Hana la semana pasada, entiendo por qué lloraba tanto, perder tantos aviones es una pena.

—Ella no lloraba por eso —renegó Sai con voz cansada, todavía era temprano y ya le dolía demasiado el corazón como para además tener que aguantar a su hermano menor.

—Pero en la película la marca de esa hermosa mujer apareció a los quince y en el piloto a los trece, a lo mejor tu alma gemela todavía tiene-eh… doce años… —hizo sus cuentas lentamente.

—La posibilidad de que eso ocurra solamente es del 5.571%.

—¿Eso es malo?

—Es casi imposible.

—¡Pero no imposible! —Se rio a todo pulmón chasqueando los dedos— ¡Anímate un poco! Apuesto que tu alma gemela ahorita mismo está disfrutando de sus vacaciones de verano de la primaria, podría ser una de mis compañeras de clase.

Sai pensó en ello un momento, terminando de vestirse. Seguía sin estar del todo convencido, pero era verdad, había esperanza.

—No entiendo —continuó Ryusui sentándose en el escritorio frente a él, buscando en sus manos algo inusual—, esas marcas se ven geniales ¿pero tener un alma gemela es importante?

—Es una persona que está destinada a amarte y que estás destinado a amar, es muy importante.

—No significa que sin la marca puedas no puedas amar, al contrario, tal vez puedas amar a muchas más personas.

—No… eso no…

—¡Deseo una marca magnífica! Pero si no la tengo, será que todas las personas del mundo podrán ser mías.

—¡Tú no entiendes! —gritó Sai levantándose de un salto, huyendo de ahí para ir a encerrarse al ático, azotando la puerta de su habitación y luego la trampilla en su camino.

Perplejo, Ryusui miró el regalo que le llevaba olvidado en el escritorio.

—Creo que una DS Lite no es lo que desea en este momento.


Los niños japoneses estudiaban como parte durante de su educación básica los escritos del historiador y poeta Yamanoue no Okura, quien vivió durante la gran epidemia de Tenpyō describiendo con profundo pesar los horrores por los cuales pasaban los enfermos terminales de viruela, temiendo que su alma gemela, a quien todavía no había conocido, sucumbiera ante la misma y por ende fueran incapaces de encontrarse durante esa vida.

El destino había probado tener un retorcido sentido del humor al hacer que su alma gemela naciera más del mil años después, la emperatriz Teimei se enamoró perdidamente de él a través de sus escritos y tras una larga investigación de la vida del poeta descubrió que ambos compartían exactamente la misma marca, haciendo famoso el mito de la marca marchita en el brazo de la emperatriz, un campana de madera confuciana y una corona tradicional, distorsionadas, más como una quemadura con hierro ardiente que las usualmente preciosas formas de colores sutiles grabadas sobre la piel.

Así eran las marcas de las almas gemelas donde una de partes había muerto. Asagiri Gen lo había visto de cerca en su madre, quien vivía estigmatizada por la terrible cicatriz de las aves volando en direcciones opuestas en su hombro, el recuerdo de un viejo amigo de la infancia del cual estuvo profundamente enamorada, fallecido a causa de un accidente antes de cumplir la mayoría de edad. Su madre, como muchas otras personas que perdieron a sus destinados o no lograron encontrarlos durante su juventud, terminó casándose con otra persona sin alma gemela, continuando con la vida cotidiana esperable para ella. A pesar de ello, su historia no trataba de la peor tragedia en la vida de una persona, encontrar al alma gemela no siempre garantizaba la felicidad de la pareja, ni siquiera que se fueran a enamorar el uno del otro, a veces simplemente eran compañeros inseparables o amantes sin más. Con eso y que esas marcas se presentaban en apenas el treinta por ciento de la población, se volvía difícil encontrarlas en quienes fueran felices juntos.

Por haber escuchado y visto pasar frente a sus ojos toda clase de historias, Asagiri Gen nunca supo exactamente qué esperar de su marca cuando esta apareció durante la primavera de sus trece años.

La silueta malva de una flor de hierba mora con los símbolos menor que (<), barra (/) y mayor que (>) trazados en color verde botella dentro de ella le pareció la cosa más hermosa del mundo incluso antes de entender el significado de cada elemento pues simbolizaban que otra persona en ese mundo poseía una igual y estaba destinada a amarlo, a pesar de todo, sin importar si eran incapaces de encontrarse o si nacía miles de años después.

Tenía muy en claro a quien representaba la flor, fascinado desde niño con la magia aprendió del lenguaje de las flores a temprana edad. Él, Asagiri Gen, era la flor de hierba mora, un mentiroso. Saber que representaba el otro símbolo fue un poco más difícil, sobre todo porque las matemáticas se le daban fatal y tenía toda la pinta de ser algo relacionado.

—“Significa el cierre lógico de cualquier tipo de lenguaje basado en hipertexto, como seria HTML o XML, existen dos tipos: el primero explícito, o sea el que se lee así <any> <\any> o la versión mejorada implícito que se lee así <any/> es bastante utilizado para la concepción de distintos documentos” —leyó en voz baja, a penas audible para sí mismo en la biblioteca.

Mientras más se extendía el texto, menos lo entendía. Gen frunció el ceño y abrió otra pestaña en el buscador de la computadora.

—“Lenguaje basado en hipertexto” —murmuró mientras tecleaba y abrió el primer resultado de la siempre confiable Wikipedia—. “El lenguaje de marcado de hipertexto (HTML) es un lenguaje informático que forma parte de la mayoría de las páginas web y aplicaciones en línea…” ¡Es algo relacionado a las computadoras!

—Shh —calló la bibliotecaria mirándolo con desaprobación desde su escritorio.

Daba igual, Gen no necesitaba saber absolutamente nada más. Cerró todas las ventanas abiertas y se encaminó a la salida sintiéndose inmensamente feliz de tener la primera pista sobre su alma gemela.

Si le gustaban las computadoras tanto como para que su alma fuera representada en un símbolo de programación, entonces debía ser alguien muy inteligente.

Justo el tipo de persona en quienes Gen se había interesado hasta ese momento. Alguna vez escuchó que la atracción entre almas gemelas podía llegar a ser inmediata, como si el mundo brillara solamente para su persona destinada y el resto de las personas le parecieran vegetales en comparación. Él no había experimentado nada parecido hasta ese momento, pero si tuviera que escoger, preferiría conversar con alguien quien de hecho tuviera algo por decir.

Ese podría ser el caso de Rintarou, uno de sus compañeros que por azares del destino también estaba en la biblioteca buscando un libro en los estantes apartados de la entrada. Durante las últimas evaluaciones puntuó con la mejor calificación de su grado y si bien era notorio que Gen no le caía bien porque siempre que los profesores encargaban trabajo en equipo él se las arreglaba para meterse en el suyo y luego no hacer nada, Gen era un fiel creyente del “enemigos a amantes”. Además, era por todos bien sabido que ese nerd tenía una marca bajo la ropa.

Las marcas no solían mantenerse en estricto secreto, pero la tradición japonesa indicaba que las almas gemelas debían enamorarse antes de descubrir que estaban destinadas a encontrarse a través de la marca. Era la fantasía perfecta, una a la que Gen no estaba dispuesto a esperar si después algo le pasaba a su alma gemela y él terminaba enterándose por la pérdida de su marca. Si algo tenía bien aprendido de su madre era que la juventud podía ser fugaz.

—¡Hey, Rintarou! —llamó a su compañero, al verlo este apretó los labios sin poder ocultar su desagrado de verlo.

Ya trabajarían en arreglar eso, él si era el alma gemela de Gen entonces estaba destinado a sobrepasar ese desagrado. Para empezar, Gen podría dejar de engatusarlo a que le hiciera ayudara con la tarea.

—Eres muy bueno con las computadoras, ¿verdad?

—Sí… —respondió inseguro, tratando de ver a dónde quería llegar.

Gen buscó un bolígrafo en su mochila y dibujó el símbolo (</>) de programación en su mano mostrándoselo.

—¿Sabes qué significa esto?

—Es el cierre lógico de cualquier tipo de lenguaje basado en hipertexto —respondió como si estuviera citando un libro de memoria.

Y con frialdad. Como si ese símbolo no significara nada para él.

Aquello fue desalentador, pero Gen no estaba dispuesto a rendirse. Así que insistió.

—Sé que llevas una marca bajo la ropa.

Dijo sin más, consiguiendo al fin una reacción por parte de su compañero. La sorpresa en sus ojos bien abiertos y el pequeño rubor en sus mejillas le parecieron algo lindos a Gen.

—Yo también tengo una, ¿quieres verla? —Preguntó sonriendo con coquetería.

—¿Ah? Pero… tú… ¿Estás seguro? No suele hacerse así.

—No, pero no estoy dispuesto a perder el tiempo —se explicó—. Mi alma gemela es un tipo listo y necesito saber si eres tú.

El chico entonces sujetó su ropa a la altura de su pecho, asustado.

Muy cerca de donde estaba la de Gen.

—Bien… quiero verla. Pero no aquí, solicité un aula para estudiar con unos compañeros y creo que todavía no llegan.

—Vamos —aceptó esperanzado.

Conforme subieron al segundo piso de la biblioteca, Gen notó las manos del muchacho apretando los tirantes de su mochila por los nervios. Tal vez debió decir algo que le ayudara a tranquilizarse, como aceptar su propio temor frente a él o asegurarle que no estaba esperando nada inmediato de él si resultaban ser almas gemelas, pero su propio nerviosismo opacó cualquier razonamiento lógico que pudiera tener a esa edad. Tan sólo quería comprobar su existencia, encontrar a su persona destinada y poder amarla en vida.

La pequeña aula parecía dispuesta como en los animes románticos, la luz del atardecer iluminaba de un agradable tono naranja el lugar, así como el paisaje externo de los árboles floreciendo y el pizarrón manchado de blanco por los borrones de tiza eran todos elementos clásicos en ese ambiente ideal para una confesión romántica.

Pero por alguna razón no se sentía así.

Si no iba a seguir la tradición de esperar a conocerse mejor, al menos Gen debía tener la cortesía de mostrar su marca primero, por más que quisiera engatusar a Rintarou de hacerlo él o ambos al mismo tiempo.

En cuanto sus dedos tocaron el primer botón de la camisa, flaqueó toda determinación que lo llevó hasta ahí. Ese podría ser un momento clave en su vida, la historia de cómo encontró al amor de su vida y compañero, sin embargo, a pesar del lugar tan romántico, no sentía a su corazón latir desbocado por el cariño que se suponía debería tener por él.

Inspiró profundamente, convenciéndose a sí mismo de que solamente era ansiedad por las expectativas y una vez reconociera en Rintarou a su alma gemela sería capaz de verlo como el ser humano más increíble en el mundo, lo abrazaría con fuerza, tal vez tendrían su primer beso y se marcharían de ahí sabiendo se amarían hasta que la muerte los separase.

Abrió los tres botones superiores de su camisa, lo suficiente para revelar su marca.

La expresión de Rintarou cambió de inmediato a un alivio que Gen sintió como una bofetada.

—No, la mía es muy diferente —confirmó quitándose el chaleco y abriendo su propia camisa con una sonrisa confiada que Gen quiso poder borrar. Al centro del pecho yacía un bastón con un átomo en lugar de pomo.

—¿Estás tan orgulloso de una marca tan aburrida como esa? —Espetó incrédulo Gen sin tacto alguno.

—¿Y qué tiene de malo? Los bastones representan a profesionales del ramo de la salud y el átomo a algo relacionado con la ciencia. Seremos una pareja estable.

—Y aburrida, tal vez se den cuenta de que están destinados hasta el final de sus vidas por haber sido demasiado introvertidos y centrados en sus carreras para poner atención en las personas a su alrededor.

Situación que ocurría demasiado a menudo en la sociedad japonesa, donde los jóvenes adultos tenían más interés en sus carreras que en encontrar el amor.

—¿¡Qué me dices de ti!? Esa debe ser la marca más extraña y poco coherente que he visto. ¿Por qué eres representado como una flor y cómo un informático se va a enamorar de ti?

Las palabras dichas con tanta sinceridad tocaron algo profundo y muy sensible dentro del joven e inexperto Gen, incapaz de ocultar su reacción de dolor, evidente hasta para el idiota emocional que era Rintarou.

—Lo… lo siento —murmuró el nerd sintiéndose culpable.

—Yo pensé que serías mi alma gemela y terminaste insultándome de esta manera —gimoteó exagerando su verdadera pena.

—¡No fue mi intención lastimarte!

—Rintarou no es para nada mi tipo y aun así empecé a ilusionarme por pensar que sería mi alma gemela, no imaginé que terminaría descubriendo cuanto me odias en realidad —dos gruesas lágrimas de cocodrilo emanaron una tras otra de su ojo izquierdo.

—No te odio. No… no llores por favor.

—¿No me odias?

—No…

—¿Entonces harías algo por mí?

—Sí, lo que quieras.

—¿Harías mi tarea de química?

—¿Eh?

Gen no sería el mentalista orgulloso de sí mismo que era si no hubiera sacado provecho de la situación. Porque ni siquiera un alma gemela sería capaz de cambiar la persona superficial y manipuladora quién era él en realidad.

Tampoco cambiaba el que una persona se sintió aliviada por que Gen no fuese su persona destinada.

«¿Seré una maldición para la persona que está destinada a mí?»

Más tarde, caminando de regreso a casa, Gen sentía el agradable roce de su ropa sobre la marca, de alguna forma reconfortante, confundiéndolo sobre si existía otra persona capaz de amarle tal como era o lo que llevaba en la piel guardaba otro significado. Al mirar el cielo, se preguntó si más allá de su pequeña ciudad y quizá todavía más allá de Japón había alguien esperando por él, Gen Asagiri no podía ser alguien tan difícil de amar.


Una mañana de primavera como cualquier otra, despertando con mucho esfuerzo después de haberse desvelado jugando Luigi's Mansion: Dark Moon, Sai Nanami arrastró los pies por su departamento colocándose a medias el primer pantalón y camisa que sacó de sus cajones camino al baño para lavarse los dientes. Con los ojos entrecerrados y el cepillo de dientes en la boca se fue abotonando la camisa frente al espejo notando un atisbo de color malva en su pecho que rascó pensando era un hilo suelto en su camisa, en su lugar el agradable escalofrío provocado por su toque le quitó toda pereza de encima en un segundo.

—¿Eh? —balbuceó ahogándose con la pasta de dientes.

Tosiendo se enjuagó el rostro con rapidez, apurándose a torpemente abrir de vuelta la camisa lo suficiente para ver a través del espejo y luego con sus propios ojos, todavía incrédulo de encontrar por primera vez en su piel algo que nunca creyó iba a tener.

La marca de un alma gemela.

Después de tantos años esperando la aparición de su marca, aferrándose a que la probabilidad de encontrarla era casi, pero no imposible, preguntándose sin alguien en ese mundo podría quererlo por quién era él en verdad, sin la necesidad de fingir ser quien no era ni ser obligado a hacer cosas que no quisiera; y ahí estaba. Al cumplir los diecinueve años había decidido a darse por vencido, convencido de que no merecía ser amado incondicionalmente.

Se quitó las lágrimas que empañaban su vista, apreciando con el corazón vuelto un lío la preciosa flor malva, adorando sin duda alguna a la persona que tuviera otra igual, ansiando por el momento de llegar a conocerle. Sin embargo…

—¿Mi alma gemela apenas tiene trece años?

Balbuceó nervioso, con su mente navegando a marchas forzadas sin poder llegar a ninguna solución en concreto, no conocía a nadie de esa edad y la sola idea de enamorarse de alguien todavía menor que Ryusui era absolutamente inconcebible.

Exhalando una risa divertida decidió no pensar más en ello, después de todo, las almas gemelas no tenían ningún sentido y no podía imaginar lo que el destino tenía preparado para él. Con cuidado acarició el borde de la flor de la marca de su alma gemela, dándose un momento para disfrutar de esa maravillosa noticia.

—Supongo que tengo tiempo para volverme el mejor hombre posible para ti.


Conforme Gen fue creciendo entendió porque el conocimiento de las almas gemelas era tan valioso y por qué algunas personas eran capaces de llegar a extremos ridículos por mantenerlas en privado. Tanto como él mismo lo hacía, metido en el a veces superficial medio del espectáculo no había sentido una química especial que le indicara quién podría ser su informático destinado en un mar de miradas cautelosas y desaprobación por su título de mentalista que lo hacían preguntarse si todavía no había encontrado a su alma gemela porque no era la persona correcta todavía.

Entonces un día, durante un acto de magia, todo se volvió negro.

Su primer pensamiento fue que todo aquello debía ser una broma, incluso si él jamás daba su consentimiento a las televisoras para ser partícipe de las bromas pesadas propias del entretenimiento japonés siempre existía la posibilidad de ser incluido en una. Pero conforme pasaron las horas supo que aquello no era una broma pues no solamente no podía mover el cuerpo, era completamente incapaz de sentirlo. Eventualmente esas horas pasaron a ser días y luego meses durante los cuales trató de concentrarse en su sentido del tacto, de buscar en vano sus propias manos o al menos su nariz respirando sin lograr nada, ni siquiera saber si tenía los procesos naturales del ser humano como la respiración, la sed o el hambre. Solamente era su mente, contenida en el vacío.

«¿He muerto?»

Eso debía ser imposible pues seguía siendo consciente, esforzándose durante esos aterradores años en luchar contra el aburrimiento, el temor y la desesperación de su prisión de piedra, rogando porque ese no fuera su final; apenas tenía diecinueve años, había mucho que quería hacer y ver durante su vida.

Ni siquiera se había enamorado.

Tenía la marca de un alma gemela, sin duda alguien estaba destinado a amarle. ¿Cómo lo haría? ¿A través de los vestigios que dejó? ¿De sus grabaciones en televisión o de su incómodo libro?

Al menos esperaba que esa persona pudiera apreciar sus verdaderos talentos escondidos detrás de su personaje de televisión, que él le pareciera atractivo, que le gustase su corte de cabello…

Siempre le gustó imaginar que su alma gemela tendría una linda sonrisa.

«Ojalá… hubiera podido verle… al menos una vez…»

Continuará…

«¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Mil años? ¿Quizá?»

Confinado en su prisión de piedra, Sai no estaba dispuesto a dejarse llevar por el agotamiento y terminar perdiendo la consciencia, pues sería el fin de su valioso conocimiento en programación. Debía resistir.

 «Todavía debo conocer a mi flor de hierba mora»