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Giselle recuerda donde todo comenzó a sentirse diferente.
Sus amigos habían rogado por beber algo después de la universidad. Una reunión tranquila –como habían asegurado– entre ellos para acompañar las tardes libres de estudio de Septiembre. Por lo que por consecuencia acabaron en su departamento, bebiendo mezclas del primer alcohol (y más barato) que encontraron pero el cual sabía lo suficientemente bien para alivianar la tarde. Reían y hablaban de relaciones pasadas, exámenes y lo que harían en lo que quedaba del año. Sin embargo no puede culpar al alcohol de sus sentimientos en lo absoluto, no cuando eran los únicos medianamente sobrios en el apartamento mientras sus amigos tambaleaban intentando no vomitar en el pasillo, no cuando comenzaron a comer algo mientras reían de la ebriedad de los demás.
–Ven –Le dijo sentado frente a ella en la mesa de la cocina– sacame una foto.
–¿Para qué? –respondió soltando una risa confundida.
–Me pidieron una foto en un fondo blanco… para el visado.
Jeno hizo una mueca incómoda. A ella misma se le decayó su media sonrisa de igual manera. Porque se hacía cada vez más real, como en cada maldita oportunidad donde recordaba que a Jeno le quedaban solo unos meses antes de irse.
–Claro, ¿la luz no será muy poca para una foto oficial? –Giselle le pregunta mientras busca la cámara en su celular.
–El correo no especifica nada, así que supongo que no será un problema –Su sonrisa se nota en sus ojos casi cerrados a través de la calma. Giselle cree que su vista es lo más parecido a un consuelo en ese momento, un respiro de aire fresco ante la realidad.
–Listo– Baja sus brazos debido a la diferencia de altura. Jeno rie ante eso, ella hace un ruido sarcástico mientras busca un vaso de agua.
Entonces de repente los taxis que llevaban a sus amigos se habían ido con ellos, demasiado inconscientes como para hablar coherencias más allá de un vago perdón por la escena que habían hecho mientras subían al auto, demasiado ebrios para importarles. Así quedaron los dos solos en su habitación, en la confianza que dos mejores amigos tenían, en la misma cama donde antes habían dormido juntos luego de una fiesta, uno a cada extremo solo para la mañana siguiente no tener que tender dos camas. Por lo que Giselle cambio su ropa frente el mientras cerraba los ojos, dejando aquel jean negro en la ropa sucia y su pijama que no combinada en lo absoluto con la camiseta corta que llevaba, recostandose al lado de Jeno como cada vez que estaban juntos, riendo ante la posicion en la que se encontraban con las tipicas bromas que hacian sobre su amistad. Todo sintiéndose normal, sintiéndose cotidiano como cada vez que se encontraban juntos.
Entonces él se recostó en su pecho, pasó una mano por su abdomen y ella misma acomodó su brazo por detrás de su cuello. Giselle jugando con su cabello. Jeno acariciando la piel por debajo de la camiseta, por su cintura, su estómago y el borde de su brasier, de la manera menos sexual que alguien había hecho.
Hicieron como que nada pasaba, incluso cuando no querían separarse, incluso cuando le costó levantarse de su lado para quitarse los lentes de contacto, y todas las veces que se movieron por más cercanía en una supuesta búsqueda de comodidad, todo sintiéndose demasiado real, pero demasiado extraño a la misma vez, como si eso no fuera lo correcto, al menos su cabeza le decía que no lo era. ¿Pero quién era ella para negar lo que estaba sintiendo? Si la mano en su abdomen acariciandola se sentía tibia al tacto, gentil y delicada, como una muestra de amor que jamás había recibido. Si ella misma era quien trazaba líneas por la mandíbula de su mejor amigo mientras sentía su pecho en el suyo, si tenerlo en sus brazos de esa manera se sentía diferente a todos los romances fallidos del pasado que el mismo Jeno había consolado en el pasado, no queriendo que la noche termine.
Así que ignoró las señales de una posible equivocación, de un momento vulnerable que los hizo arroparse juntos. Una simple confusión de sentimientos que no llevaría a nada más que una incómoda conversación más adelante donde aclaran que ambos eran solo amigos, los hermanos que nunca tuvieron. Por lo que disfrutaría lo que durará, cerraría su ojos cuando la medianoche llegará y los cariños la adormilaran, al menos hasta que Jeno se fuera, y eventualmente así lo hizo, porque el tiempo corre más rápido de lo que creemos, incluso cuando queremos que lo haga.
Aquella noche Giselle supo que todo se había comenzado a sentir diferente, recostandose en la cama en la cual aun podía sentir el tacto bajo su polera, con miedo a recibir un mensaje de perdón, de explicación, de ella ser misma quien tenga que enviarlo, con miedo de que no haya significado nada para el otro, de equivocarse… de parecer una ilusa al aceptar haberse enamorado de su mejor amigo.
