Chapter Text
Era tarde. Hyacinthia salía del campus en medio de la lluvia y la brisa nocturna, que no daba tregua a las pobres almas que regresaban a casa tras sus clases a esas horas.
La Estudiante de primer año de Medicina, había olvidado el paraguas, así que no le quedó más remedio que correr bajo el aguacero, usando su bolso para cubrir su ya arruinado peinado de dos coletas con listones blancos.
Las gotas golpeaban su cuerpo con insistencia, mientras el ruido sordo de estas —junto al chapoteo de sus pisadas— creaba, según ella, la melodía perfecta. Al menos, encontraba belleza en el caos.
Sin embargo, justo cuando pensaba que tendría que llegar empapada hasta su casa, distinguió un paraguas negro con destellos dorados abierto en medio del estacionamiento.
Oh… sabía exactamente a quién pertenecía.
Anaxágoras. Su amor imposible desde que tenía uso de razón. Y, menos importante —o quizá no tanto—, su profesor de Anatomía y Fisiología.
Era un hombre delgado, de tez tan pálida que dejaba ver el contorno de sus venas a los lados de los ojos. Labios finos, mirada afilada y una presencia tan imponente que podría hacer caer de rodillas a cualquiera.
Para Hyacinthia, ese hombre representaba todo lo que aspiraba a ser: madurez, confianza, coraje... el temple necesario para enfrentar a quienes la subestimaban. Para dejar de ser vista solo como esa chica demasiado amable para su propio bien.
Y, por supuesto, aquella visión fue apenas el inicio de un amor que germinó en lo más profundo de su alma.
En su defensa, la pobre muchacha creyó durante un tiempo que lo suyo era simple admiración. Una admiración académica, profesional… o eso intentó convencerse.
Pero después de cinco meses tomando sus clases, era evidente que lo que sentía no se quedaba en el aula. No era respeto, no era curiosidad: era deseo disfrazado de virtud, envuelto en el celofán transparente del idealismo.
Un estruendo la sacó de sus pensamientos. Un trueno, por supuesto, que rugió con la violencia de un dios molesto.
Volvió a mirar hacia el hombre que ocupaba sus desvelos. Él ahora observaba en su dirección.
"¿Me habrá notado?", se preguntó Hyacinthia, aunque la respuesta era obvia.
Anaxágoras, siempre tan atento, le hizo un leve ademán con la cabeza, indicándole que se acercara. Tal vez para ofrecerle resguardo bajo el paraguas. O tal vez por otro motivo que escapaba a su comprensión.
Sin dudarlo, dio un par de zancadas rápidas, con el corazón palpitándole en los oídos, hasta llegar junto a él.
El rostro de Anaxágoras, como siempre, mostraba un semblante sereno, casi imperturbable: un océano en calma.
En cambio, en el rostro de la joven se dibujaba la timidez genuina de quien se encuentra frente al objeto de su devoción.
Un leve rubor le subía por las mejillas, y ni siquiera la lluvia era capaz de ocultarlo.
"Vamos, di algo", se dijo a sí misma, apretando los dedos contra el asa del bolso.
Oh, Aquila…
El sonido constante de la lluvia era lo único que los acompañaba.
Hyacinthia ya había contado mentalmente los segundos que habían pasado desde que él, con esa calma galante que lo caracterizaba, le ofreció resguardo.
Sus mejillas y orejas seguían ardiendo. ¿Por qué tenía que provocarle ese tipo de reacciones? Lo odiaba.
Bueno… no lo odiaba, pero detestaba sentirse tan vulnerable frente a él.
Claro, él jamás lo sabría. Ni debía.
Tras un pequeño debate mental y un suspiro contenido, carraspeó suavemente. El silencio se había vuelto demasiado cómodo. Incómodamente cómodo.
Tenía que decir algo. Lo que fuera. Antes de que su corazón la delatara.
—¿Y usted…? —comenzó, con la voz más firme de lo que esperaba— ¿Qué hace aquí? Pensé que no tenía clases esta tarde.
Anaxágoras giró apenas el rostro hacia ella, manteniendo ese tono pausado que lo hacía sonar siempre como si nada pudiera alterarlo.
—En efecto, no tenía clases hoy —respondió—. Pero estoy esperando a la coordinadora Aglaea. Tuvimos que reagendar una reunión pendiente.
Dicho eso, volvió a mirar hacia el frente, como si la lluvia también le sirviera de excusa para no decir más.
Hyacinthia asintió, aunque por dentro todo empezaba a hacer ruido.
¿Aglaea?
Sí, había escuchado ese nombre más de una vez en los últimos días. Y no precisamente en contextos profesionales.
Según los rumores que corrían por los pasillos, Anaxágoras y Aglaea no se soportaban. Que discutían en cada junta, que evitaban coincidir, que apenas se dirigían la palabra.
Entonces… ¿una reunión pendiente?
Su ceño se frunció apenas. Dudó. ¿Sería cierto? ¿O había algo más detrás de esa calma tan bien ensayada?
"Claro, los rumores tampoco son confiables", se dijo. Pero aun así, no pudo evitar sentir un nudo raro en el estómago.
Fue entonces cuando la voz del profesor la trajo de vuelta.
—¿Y tú? —preguntó, sin perder ese tono tranquilo, casi cordial— ¿Por qué no llevaste paraguas hoy?
Hyacinthia parpadeó. No esperaba la pregunta. Se enderezó un poco, sintiéndose repentinamente descubierta.
—Ah… —desvió la mirada, torpe— Estaba estudiando para el examen de mañana y se me olvidó por completo. No pensé que llovería tan fuerte…
Una media sonrisa se le escapó, mezcla de disculpa y resignación. No era la primera vez.
Anaxágoras mantuvo la vista en la lluvia unos segundos antes de hablar de nuevo, esta vez con un tono algo más cercano, aunque aún formal.
—Deberías tener más cuidado la próxima vez —dijo, girando la cabeza hacia ella—. Podrías enfermarte. Y no querría ver a la presidenta del aula incapacitada justo en medio de exámenes.
Hyacinthia sintió cómo su corazón aceleraba.
¿Le importaba? ¿Lo había dicho en serio?
Tragó saliva. Esta vez su rubor no era solo por la lluvia.
Durante unos segundos, pensó que quizá… solo quizá, el ambiente era propicio. Que tal vez, no estaba tan equivocada en lo que sentía. Que esa devoción podía, de algún modo, confesarse sin romperlo todo.
Inspiró hondo. Se armó de valor.
—Profesor… hay algo que quería decirle desde hace un tiempo —comenzó—. Verá, yo… lo admiro mucho, y no solo como docente. Es más que eso, yo…
Pero no alcanzó a terminar.
Unos pasos se oyeron sobre el pavimento húmedo. Una figura apareció, segura, como si dominara el escenario.
Aglaea.
Cabello rubio perfectamente recogido, labios pintados de rojo suave, mirada firme. Traía un paraguas claro, elegante. Brillaba incluso bajo la lluvia.
Hyacinthia enmudeció.
La vio acercarse como si flotara. Y entonces vio algo que la rompió: la expresión de Anaxágoras se transformó.
Sutil. Apenas perceptible. Pero real.
Una leve sonrisa. Un cambio en los ojos. Una suavidad que no le había mostrado ni en cinco meses de clases.
—Aglaea —dijo él, con una voz más cálida de lo habitual.
Y la gota final cayó:
—Anaxa —respondió ella.
Hyacinthia sintió cómo el estómago se le encogía.
Esa forma de llamarlo… tan informal, tan íntima. Y lo peor era que él no parecía molesto. Al contrario.
Aglaea se detuvo frente a ellos, con una sonrisa radiante, como si la lluvia la acariciara.
Miró a Hyacinthia con una calidez diplomática que entendía demasiado bien lo que estaba pasando.
—Espero que Tribios no esté haciendo que sus estudiantes se queden tan tarde solo para escucharla hablar sus varias historias de quirófano —bromeó.
Hyacinthia forzó una sonrisa.
Anaxágoras negó con la cabeza.
—No le cuesta demasiado convencerlos —dijo, casi cómplice.
Aglaea giró hacia él, arqueando una ceja.
—¿Te hice esperar mucho?
Él quiso parecer impasible. Pero la mirada lo traicionó.
—No tanto.
Hyacinthia sintió cómo su lugar en la escena desaparecía.
—Disculpen… —dijo, incómoda— no quiero ser entrometida, pero… había escuchado que ustedes no se llevaban bien.
Silencio.
Anaxágoras iba a responder, pero Aglaea se le adelantó con una risa elegante.
Le guiñó un ojo a Hyacinthia, cómplice.
—Es mejor fingir eso a que empiecen a correr rumores de romance entre docentes, ¿no cree, señorita presidenta?
La sonrisa de Hyacinthia se congeló.
Sintió que el mundo le quitaba la alfombra bajo los pies.
—Bueno… no quiero interrumpir más. Gracias por el paraguas, profesor.
No lo miró a los ojos. Dio un paso atrás.
—Con permiso —murmuró.
Y se alejó bajo la lluvia.
Esta vez, no le importaba mojarse.
No sintió frío. Solo ese peso en el pecho que no tiene abrigo.
Caminó como si la lluvia la castigara. No se apuró. No quería llegar. No quería quedarse sola con el eco incómodo de lo que no fue.
Cada paso era una repetición de la escena.
Aglaea sonriendo. Anaxágoras cambiando por ella.
No hubo gritos. No hubo rechazo.
Y aun así, dolía.
Porque el amor no correspondido no necesita escándalos para doler. A veces, basta con una mirada que no es para ti.
Dolía porque había creído que había algo.
No amor, no aún.
Pero sí una posibilidad.
Frente a esa mujer —adulta, brillante, segura— comprendió que su lugar había sido imaginado.
Llegó a su apartamento. Se quitó los zapatos mojados, dejó el bolso, se sentó al borde de la cama.
No lloró.
No porque no lo necesitara, sino porque el dolor era más mental que físico. Más decepción que tristeza.
Pensó si había sido ingenua. Si malinterpretó cada gesto.
Tal vez lo que dolía no era perder a alguien, sino perder lo que pudo haber sido.
Y eso es lo que había construido: una historia silenciosa, alimentada de gestos ambiguos y esperanzas no verbalizadas.
Entró a la ducha.
El agua tibia reemplazó el frío, pero no el vacío.
Luego, ya en pijama, tomó su libreta. No pudo estudiar.
Solo escribió:
“No basta con admirar a alguien para que ese alguien te mire de vuelta. A veces, el amor no se trata de errores ni de oportunidades perdidas. A veces simplemente no hay espacio para ti en la vida del otro, y eso no te hace menos. Solo te hace libre para irte a tiempo.”
Cerró la libreta. Se acostó. Apagó la luz.
Y aunque el cuerpo le pedía descanso, su mente seguía girando sobre lo mismo:
Lo que no fue.
Lo que nunca iba a ser.
Y lo que ahora debía aprender a soltar.
Y esa noche, en lugar de escribir más, abrazó a su peluche de unicornio, “Pequeño Ica”.
Le susurró lo que no pudo decirle a Anaxágoras. Y se quedó ahí, llorando en silencio, mientras la lluvia allá afuera no la dejaba oír ni su propio llanto.
