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Se podrían haber casado en Suecia.
Estaban bien así, Afrodita pensaba y a Saga no le habría importado pasar por el altar, pero estaba de acuerdo. Además, Afrodita no quería casarse en alguna sala de fiestas llena de globos y luz artificial. Tampoco salir a la calle por primera vez con su nuevo esposo y ser recibidos por un día gris y frío.
En su lugar, el sol brilla sobre ellos en un cielo azul intenso, y la brisa sopla fresca y salada. Se siente agradable en el rostro. A veces incluso se pueden escuchar las olas desde el lugar donde se celebra la ceremonia. Kanon pone el anillo de oro en la palma de Afrodita y él casi no puede creer que esté pasando. Quién iba a decir que algún día la ortodoxa Grecia aprobaría el matrimonio homosexual. Cuando Saga y él decidieron casarse si eso ocurría, jamás imaginaron que el día llegaría tan pronto. Si es que alguna vez lo hacía.
Y si Grecia decide deshacer los prejuicios que un día adoptó, lo que menos pueden hacer es hacer uso de ese derecho.
Afrodita echa un rápido vistazo a los invitados, de pie frente a sus asientos. Hacía muchísimo tiempo que no veía a algunos de ellos. A Angelo desde su boda con Elena. A Shura lo vio una vez después de la suya, pero cuando nacieron sus hijos los veraneos al extranjero se terminaron. Su padre está en primera fila, intentando no derramar lágrimas. Afrodita lo sabe.
Entonces Kanon le da un codazo. Afrodita se lo devuelve y los invitados ríen.
—¿No te estarás arrepintiendo? —Le susurra, lo suficientemente alto para que Saga lo oiga.
Incluso a pesar de los años, a veces Afrodita es incapaz de saber si está hablando en serio o está bromeando. Quizá una parte de él piense de veras que va a dejar a Saga tirado en el altar. Alguna vez, Kanon tuvo dudas sobre si Afrodita estaría dispuesto a cargar con la responsabilidad de estar sentimentalmente involucrado con alguien que tiene una enfermedad mental, y que a pesar de la medicación, jamás en su vida iba a curarse.
Afrodita sólo desea que después de todos estos años, se haya ya ganado su confianza.
—Qué ridículo —dice Afrodita y toma la mano derecha de Saga en la suya.
Con el anillo en la mano, lo mira a los ojos. Saga está sonriendo con la mirada brillante de lágrimas que aún no han caído. Está más guapo que nunca con ese traje de Armani gris.
Aunque a Afrodita, siempre le parece que Saga se ve atractivo, incluso cuando se pasea por la casa recién levantado en pantalón de pijama.
El anular de Saga entra por el agujero del anillo y Afrodita lo ajusta a la base del dedo. Ahora es su turno. Kanon dice algo al oído de su hermano mientras le da el anillo. Saga rueda los ojos, pero sonríe. Luego toma su mano decidido, tan galante como siempre y la alianza se desliza por su dedo. Aún tienen que firmar los documentos, pero para Afrodita, es como si ese gesto ya los hubiera unido en matrimonio.
Aún parece que fue ayer cuando hablaron por primera vez. Cuando Saga se le presentó en aquella sala de fiesta y Afrodita dejó tirados a sus compañeros de piso para irse a hablar con ese griego simpático que se le acercó y que era justo su tipo de hombre.
El mismo griego simpático que le acaba de poner un anillo en el anular.
Ambos se miran sonrientes por unos segundos. Saga suspira. Entonces el alcalde les da unos bolígrafos para los documentos que tienen que firmar y les dice que pueden basarse.
Saga no tarda un momento en agarrarlo por la cintura y besarlo. Afrodita toma su rostro entre sus manos mientras se siguen besando, riendo. Todos los invitados aplauden. Alguien silba. Posiblemente Angelo. Saga lo levanta del suelo y comienza a girar.
—Min käraste —dice Saga cuando lo deja de nuevo en el suelo.
—¿Has estado practicando? Esa pronunciación fue casi de nativo —repite Afrodita, y mira el anillo—. Asteri mou.
La sonrisa de Saga se ensancha.
—Por favor, nunca pierdas ese acento —dice, mientras les llueve arroz y pétalos de rosa.
