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Español
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2025-08-03
Words:
6,493
Chapters:
1/1
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173

Salvatore

Summary:

Oh Sion pide clemencia para su alma condenada. Las plegarias ya no valían su redención. El fiel dévoto de Dios ha perdido la devoción de su fe vacía y ha roto la promesa de proclamar la palabra del Señor, hundiéndose en la perversión y encadenado al pecado.

—¿No es ésto lo que tanto anhelabas, Sion? ¿No era ésto lo que tanto querías? —Habló, dejando un silencio tras haberlo hecho. Entonces, prosiguió.
—Siempre te escuché, siempre entendí tus deseos y decidí ayudarte. Yo, al contrario de Dios, siempre estuve junto a ti.

Y él llora, culposo de sus propios deseos aunque sepa que ha perdido no sólo su voluntad sino, también sus palpitaciones. El profeta dejó de temerle al fuego, implorando a quien nadie reza.

—Mírame, Sion. El fruto de lo que es prohibido para ti y lo que es la salvación para mí nacerá y vivirá por nosotros. Él es el futuro, una marca para un antes y un después. Si Dios es tan poderoso que venga y salve a los suyos, que de misericordia a todos aquellos pecadores mientras lo nuestro lo destruye. —El ángel tomó el rostro del predicador con sus manos, mirándole directamente a los ojos con su pintura especial.
—Te lo dije antes, padre: él caerá ante nuestros pies.

Notes:

nsfw +18
este es mi primer fanfic publicado es esta plataforma.
espero sea de su agrado y si no es así, por favor no comente cosas maliciosas.
*no lo hago con la intención de dañar la imágen pública de ningún idol ni de faltar al respeto a la religión católica/cristiana*

Work Text:

Oh Sion creció en un pueblo a las afueras de Mokpo, donde de pequeño alimentaba a los animales que crecían y dormitaban dentro de su minúscula granja.
Era simpático, siempre ligado a la naturaleza.
La vida en el campo suele ser cansada, pero él nunca sintió necesidad de cambiar su vida pueblerina.

Creció en manos de sus tíos. A sus padres nunca los conoció conciente y, a pesar de ser huérfano, vivió feliz y dentro de un círculo de amor: un hogar.
Siendo hijo único, su tía, desde que éste era un infante, le inculcó la religión. Ella servía en la iglesia del pueblo y su servicio social era admirado por el muchachito inquieto que pasaba horas en la capilla, agradeciendo hacia el señor la vida tranquila que le había dado y la familia preciosa que le concedió.
Nunca tuvo pesar en cuestionar, era simple: o creías en Dios y ganabas el reino de los cielos, o aceptabas tu vida de pecador, fundiéndote en el fuego eterno. Sion no refutó.

Dios padre le dió el deseo por la más hermosa vocación.
Sion nunca jugó a las escondidas como cualquier niño de su edad haría, nunca jugó en los parques de diversiones ni tuvo el afán de ser un crío normal.
Contrario a lo que muchos quieren, su deseo era ser como el señor de túnica blanca que daba las comuniones y homilías: Sion quería ser quien dé los sermones y los consejos necesarios para llevar una vida plena y libre de pecado.
Él quería ser quien bautizara y quien escuchara en el confesionario.

Siguiendo sus propios pasos esperando cumplir sus sueños, el chiquillo no terminó la secundaria ni cursó la preparatoria para postularse en el seminario antes de los quince años.
Era el más joven de los allegados, perdiendo su juventud estudiando filosofía.
Se creó un gusto por el pensamiento humano sin cuestionar nunca su fe. Amó filosofar y escribir mientras hablaba con la figura de mármol de Cristo crucificado, colgado justo por encima de la cabecera de su cama.

Creció bien. Era feliz en lo que hacía y estaba contento de las decisiones que había tomado hasta entonces.
Ya no era un niño y apenas rozaba la adultez. Su cabello oscuro, de un negro azabache embriagador, resaltaba la finura de sus facciones. Sus hermosos ojos, que igual a su cabello eran de un color tan profundo que hipnotizaba, y sus labios, de un buen tamaño, rosados y siempre hidratados le daban una apariencia etérea.

Con veintitrés años de edad, el precioso predicador ejerció su vocación de sacerdocio cuando por fin pudo ser aceptada por el obispo, y comenzó a dar las misas de lunes a domingo en la capillita más cercana a su pueblo.

Él vivía ahí, en un párvulo cuarto que le ofrecía la iglesia, habituada sólo con una cama de madera (con probablemente años de creación), una lámpara por encima de un mueble situado a lado izquierdo del colchón, y una ventana que daba vista al pasto que contorneaba su cristianidad. A veces veía a los niños correr después de la escuela, con felicidad completamente pura y libre de la oscuridad.

Sion miraba soñador la ventana. Ocasionalmente tenía trances donde anhelaba salir, terminar la universidad, trabajar, tener una esposa y un hermoso retoño: un hijo con apellido Oh, un niño con su sangre.
Era una falta. Tener esos anhelos no era algo bueno y tan pronto como los tenía, volvía a encerrarlos en cortinas, perdiéndose en la oscuridad del cuarto.

— No debes impugnar de la vocación que tú mismo has elegido, ingrato. - Como ofensor de su obra, Sion sale de la habitación a paso rápido y camina lo que mentalmente conoce del lugar.
Recorre el confesionario y pasa de largo el sagrario hasta llegar a la capilla donde su alma lo espera.
Con manos temblorosas, Sion junta sus últimos tres dedos, simbolizando las tres deidades a quienes rinde tributo, y persigna con ambos dedos restantes.

— En el nombre del Padre. - Toca su frente, para liberar el pecado de sus malos pensamientos.
— De el Hijo. - Toca su boca, para liberar el pecado de sus malas palabras.
— Y del espíritu santo. - Toca su ombligo y ambos hombros para eliminar el pecado de sus malas acciones.
— Amén. - Besa índice y pulgar para fijar su vista en Jesús y en su cruz.
— Padre mío, vengo a dar gracias porque me ha concedido un día más de vida, salud y bienestar. En esta sagrada noche, frente a usted señor Padre, me disculpo por tal iniquidad... usted sabe. Prometo jamás volver a faltar a su palabra, y en mí quedará transmitirla. Bendiga mi alma y guíe a mi corazón por el camino del bien, amén. - Inclina su cabeza a modo de respeto, arrodillándose a la luz de las velas que posa frente al altar de la capilla.
Besa el piso que encara a la figura de Cristo y sonríe hacia él.

Sion no está solo, él lo sabe.
Levanta con pesar su cuerpo y camina de regreso a su aposento.

Era una tarde tranquila. Los pájaros descansando en los charcos que dejó el diluvio la noche anterior y el sol escondiendo sus ganas entre las nubes grises. Toma asiento en su desganado colchón y con lentitud, termina de posar todo su cuerpo en él.
Descansa su peso y sus párpados avisan con cerrarse mientras Sion deja a su entidad ser.
Por un instante no oye nada más que su propia respiración desestabilizarse y su corazón ralentizado. Su mente no divaga más.

El cielo se torna renegrido y gotas cristalinas golpean el gélido concreto. Espasmos de algo lóbrego sumergen el cuerpo del predicador mientras su frívolo sudor pega sus cabellos a su frente. Respira con irregularidad y su ceño se frunce sin poder moverse, ni hablar. Sólo es capaz de escuchar susurros ilegibles casi tan lejos como él, dictando palabras que no logra captar.
Siente manos rozando su cuello con una fuerza impresionante, frías como el hielo mismo. Tiembla, por temor o por hipotermia; Sion no puede distinguir la razón por la cual su cuerpo parece gelatina: tan ingenuo, tan débil y tan... apetecible.

Su infierno dura minuto y medio, tiempo suficiente para sentirlo eterno, y él no logra despertar hasta que termina. Transita su mirada por todos lados en la habitación, oscura y desolada. Está solo pero cree haber visto una sombra frente a él, en la esquina izquierda de su cabecera.

Calla un grito y sostiene las lágrimas que amenzan por salir. En su cuello cuelga un collar de plata bendecido que permanece junto a él desde su bautizo: una pequeña llave de San Benito que ahora mismo quema al tacto.

Levanta sus caderas y sus pies posan en el contraste de temperatura del piso. Va al baño, aunque sus piernas aún tiemblen y necesite sostenerse de las paredes para continuar su camino. Al entrar, enjuga su rostro y levanta la cabeza hacia el espejo.
Su mirada pierde vida y sus ojos su brillo, hay ojeras debajo de ellos. Sus labios no tienen la hidratación característica y sus pómulos son tan pálidos que asegura estar muerto en vida.

Un candelabro con tres velas ilumina el lugar y Sion está justo a su lado, aunque no sienta su calor.
Toca su mentón con delicadeza y limpia el sudor que escurrió toda su piel hasta parar ahí. Su vello se eriza cuando ve los nudillos de sus manos ser morados.

Un relámpago estruena en el ventanal del cuarto de baño y el frío entra por las aberturas de madera, que con los años se ha ido desgastando. Las dos velas que porta el candelabro en ambas esquinas se apagan por completo. El lúgubre aire que lo cubre no se siente normal.
Sion intenta prender las dos velas faltantes pero una ráfaga de viento se lo impide más de una vez, así que se rinde y decide mirar hacia enfrente de nuevo.

Siente su cuerpo tensarse y su estómago contraerse con arcadas de vómito. Sus oídos zumban mientras todo él se nota mareado, aunque no pueda volver a moverse.
Paralizado, intenta arrancar el collar que una vez más quema en su piel, pero en su lugar llora de desesperación por no poder controlar sus movimientos.

Sion observa, sólo eso puede hacer. Mira detrás de él gracias al espejo colgado en la pared, y entonces, lo ve.
Su presencia impone y Sion puede sentirlo. No sabe quién es ni cómo está allí, pero lo hace.
Tiene orbes tan sombríos que causan escalofríos en la columna vertebral del predicador. Oscuros; preciosas perlas negruzcas y siniestras.
Su cabello es sedoso, casi tan largo que cubre sus diminutas orejas con las ondas que lo personifican. La nariz fina, delicada y casi rojiza por el frío, y sus labios de melocotón pelado, como si quisiera suplicar por probarlos.
La piel del contrario se veía suave, casi entonando una nota perfecta de una melodía perfecta. Sin ninguna imperfección. Sin un pelo de fealdad.

No vestía nada, como si supiera de su belleza irreal y se aprovechara de ello.
Tan sublime para ser verdad, tan delicado para ser profano y tan etéreo para ser humano.
Sion cerró los ojos y perdió el conocimiento.

Despertó cuando el ocaso entraba por el vidrio de la habitación, traspasando las cortinas. Los rayos del sol aún eran tapados, el frío era húmedo y el canto de los pajarillos resonaba desde afuera en el jardín.
Sus huesos habían descansado suficientemente bien toda la noche, su piel estaba cálida y cobijada. Se encontraba en una buena posición y a pesar de tener su labor diaria, ese día Sion no quería levantarse de su comodidad.
Talló sus párpados con pesadez mientras bostezaba. Enderezó su espalda hasta tocar con el respaldo de la cama y fue entonces, cuando la fría madera entró en contacto con su temperatura corporal, que recordó lo que había vivido la noche anterior.

— ¿Había sido simplemente un sueño?.. - Balbuceó casi somnoliento.

Reminiscencias de la poca luz rúbea que iluminaba el rostro más bello que Sion jamás hubiere visto, volvieron a él. Estaba ido, confundido en demasía.
Un profundo sentimiento se adentró en su pecho: una calidez inefable que recorría sus venas sin piedad... Sin razón.
Aunque haya sido producto de su mente, el profeta en lo más profundo de sí, no deseaba admitir el vacío que provocaba pensar que todo hubiere sido simplemente una alucinación.

— ¡Ah!.. Estoy enloqueciendo. - Suspiró cansado.

Reparó su mente y puso en marcha su día.
La negra túnica que vestía le dió la bienvenida a la gente que acudió a misa aquella tarde.
— A todos ustedes, hijos de Dios, quiero invitarlos a la oración nocturna que se llevará a cabo mañana por la noche a las ocho en punto. Venga quien pueda y quien tenga la voluntad de escuchar la palabra de Dios. Aprovechen también para pedir salud y plenitud para ustedes y sus seres queridos. Eso ha sido todo por hoy, pueden ir a casa y que Dios los bendiga.

Parado en el sagrario del templo, el padre de la iglesia bendijo a todos con agua bendita para que tuvieran un buen camino a su hogar.
Para cuando el último pueblerino vagaba hacia la salida, Sion se volteó cara al altar, donde inclinó su cabeza con respeto.
Era momento de cerrar la casa del señor cuando un lugareño cruzó por el centro del templo en camino hacia él.

No se le veía rostro. Llevaba puesta una capa completamente negra y su cabeza iba cubierta por su capucha. No portaba zapatos y Sion supuso que tampoco vestía algo además de dicha prenda.
Caminaba lento, casi como un suplicio. Había aire fresco pero no temblaba. Jorobado y... vibrantemente malévolo.
Sion llevó inconscientemente sus manos hasta el collar que colgaba de su garganta, sólo para darse cuenta que éste ya no se encontraba allí.

Cuando por fin el infame desconocido llegó a estar frente a Sion, éste levantó su rostro mientras con su mano derecha mostraba la cadena perteneciente al profeta.

— ¿Buscabas ésto? - Sonrió.

Sion contuvo la respiración. Era él; quien creyó falso.
Su voz fue ligera, sin nada gutural. Melosa como la misma miel, tan aterciopelada que caló por completo los sentidos del predicador.

En un momento de valor, Sion quiso arrebatar su collar de las manos del encanto frente a él. Una decisión en vano que no consiguió resultados, pues el desconocido pareció ser más rápido y hábil, alejándose al instante.

— ¿Quién eres? - Soltó Sion sin rodeos, mirándolo con sorna.
No hubo respuesta, sólo un silencio que quemaba en su piel. Un silencio que lo dejaba sordo.
— ¿Qué quieres de mí? - Insistió.

— ¿Qué podría querer de un profeta como tú? - Respondió el incógnito, haciéndose el interesante.
— No me confundas. Piensas saberlo todo; un filósofo que predica la 'palabra de Dios'. - Burló con lucidez.
— Crees ser virtuoso, promulgando paz, amor, sabiduría y todas ésas cosas intangibles que vuelven locos a todos aquellos avariciosos. - Rió (nótese la sátira en ello).
— En cambio yo, sin nada pero con algo de ti.

Su collar. Su bautizo y la liberación de sus pecados impregnados en él. Aquella llave que, desde que tiene memoria, lleva un significado especial para Sion.

— ¿Quién eres y qué deseas? - Gruñó. Era paciente y trataba de tener tranquilidad. Sabía muy bien cómo funcionaba el pensamiento humano: debía dialogar antes de explotar en emociones y así poder llegar a una solución.
Claro que tener cordura ayudaría, a menos que la criatura delante de él no sea del todo humana.

— Desear... Siempre deseé tantas cosas. Él me hizo perfecto, pero para mí nunca lo fui porque no era él. - Respondió, acercándose a una distancia peligrosamente corta al profeta.
Tomó su mentón con delicadeza. Su tacto gélido: tan penitente y a la vez tan correcto.
— No deseo nada de ti... mas que a ti. - Su pulgar amasó el labio inferior de Sion.

Mirándole a los ojos con ese fuego ardiente que parecía derretir sus pupilas, besó su mejilla derecha con tal devoción provocativa.
Sion sintió sus labios fríos demasiado cálidos para su bien y cerró sus ojos, cuestionándose porqué disfrutaba ése contacto.

Todo candelabro apagó sus llamas y las puertas cerraron de golpe con un estruendoso ruido de madera contra madera.
Tan pronto como Sion dejó de sentir la presencia (lamentablemente anhelada) del ignoto espécimen encima de él, abrió los ojos con hastío y quedó entorpecido ante tal imágen: Frente al profeta, el precioso ángel desalado se había despojado de la única prenda que lo cubría. ¡Vaya gracia del Señor por darle tan paradisíaca vista!

El calor subió a su rostro.
Aquélla divinidad era el pecado perfecto; una tentación a la que Sion estaba condenado. En su acabado jardín del edén, la fruta prohibida comenzaba a nacer de la naturaleza.

El hombre afrodisiaco caminó hasta Sion y tomó con su respectiva suavidad su mano, sólo para guiarlos hasta el piano que descansaba en una esquina de la iglesia. El perfecto seductor encendió tres llamas del candelabro posado encima de la tapa principal del órgano.

La bermeja revelación fascinaba de forma culposa al profeta, quien en todo momento se mantuvo callado sin poder apartar la vista del empíreo lacero.

— Yushi. - Soltó el encantador provocador.
Sion frunció el ceño y el contrario lo notó.
— Llámame Yushi. - Riéndose por lo bajo, concluyó.

Su risa, la mejor melodía que Sion había escuchado en la corta vida que lleva respirando. Inhaló, como un enamorado, tontamente entregado al sentimentalismo.

— Lindo nombre, como tú. - Trató de ser romántico, pero en su lugar, el cumplido resaltó su inexperiencia.

Yushi sólo sonrió mientras tomaba asiento frente al piano. Tocó dos teclas al azar, una blanca y una negra, calando la calidad del instrumento.

— Padre, ¿puede perdonar a alguien que no quiere ser salvado? - Habló como un dulce veneno. Mirando directamente hacia Sion, elevó las comisuras de sus labios hasta mostrar sus hermosos dientes, blancos como el mármol y perfectamente rectos.

El profeta tragó saliva a punto de responder, cuando sus palabras fueron cortadas por el sonido más bello que adentraba en sus oídos como algo celestial: perfectamente azucarado y perfectamente adictivo.

Notas en conjunto que parecían desafiar incluso a la misma perfección. Los dedos de Yushi se movían en compás, sin ningún error en sus movimientos. Él tocaba con ojos cerrados, perdurando en la misma posición como si llevase siglos así.
El ángel conocía la sinfonía de pies a cabeza, sólo como alguien digno de ser llamado etéreo podía demostrar.

Yushi llevaba escrito divinidad en las yemas de sus dedos. Un cazador de corazones de profesión, dulzón hasta morir.
Había cambios en la tonalidad del festín musical que eran perfectamente llevados. Un sinfín de emociones que dormitaban al rededor de las teclas; cada una con miel derramada.

Llanto de estrellas en una lluvia célica compuesta sólo para él. Pigmento de un alba azafranada; tan celestial como diabólica. Aquel cielo quemaba como el mismo infierno: atrayente y pecador que le prometía el júbilo de la dicha eterna.

Yushi tocó arte para Sion, y lo llamó como él.

— Sé de tus más oscuros anhelos. Soy consciente de tus prohibidos deseos. No intentes buscar la redención para misericordia de tu alma, pues tu cuerpo ya no la necesita. - Yushi profesó con su voz de seda, aterciopelada como la muerte misma.
Levantándose del oscuro banco, se acercó con paso sublime hacia Sion; moviendo sus caderas cual tentación atrayente.
Estando ambos cara a cara, Yushi inclina su cabeza hacia el lado izquierdo de su contrario. Su mirada quema la piel de Sion mientras sus labios apenas rozan el lóbulo de su oreja, entonces susurra:
— Padre, el cielo arderá y caerá tu Dios a nuestros pies.

La mano derecha de Yushi acuna la mejilla contraria.
Regresando su mirada hacia el frente, nota cómo Sion parece sentirse culposo, aunque no haya una acción que vaya en contra de él.
Yushi lo ve tan satisfactoriamente dolido que forma un puchero con sus labios.
— ¿Qué pasa, profeta? ¿Qué acaso no quieres ésto tanto como yo lo quiero? - Suelta con acidez, casi como si hubiera rechazo en él.

Sion cierra los ojos, decidido a partir del lugar.
No hay pecado que lo haga caer, aunque sea el más bello de los pecados. No es un insulso y sabe quién para frente a frente. Las palabras "él me hizo perfecto, pero para mí nunca lo fui porque no era él" resuenan como ecos sin final en su cabeza; como un cassette roto trabado en el mismo acto luego de años.
El predicador cree saber quién es Yushi y qué busca de él y no está dispuesto a darle lo que quiere, pero cuando abre sus párpados y sus pupilas vuelven a brillar ante tal ángel, se da cuenta que su corazón hace minutos dejó de pertenecerle.

— Dime que no me deseas. Mírame a la cara y miénteme.
Yushi habla, casi con desesperación disfrazada de fingida tranquilidad.
Sion no respondió, perdido en aquellos luceros azabache.

Finalmente la cordura lo abandonó para besarle sin fragilidad; arañando esos belfos tan delicados que creyó estar en el paraíso.
Sion se perdió a sí mismo. No quedó más castidad dentro de él y no se reconoció en lo absoluto.

El beso profundizó rincones que Sion hubo imaginado jamás. Tan aturdido como vivo, su lengua buscó la de Yushi casi suplicantemente.
Brazos desnudos rodeaban el cuello de Sion mientras éste acariciaba, con afable delicadeza, los huesos de la cintura pélvica de su corazón.

Sus respiraciones eran una misma y para cuando necesitaron recuperar el aire, se separaron dejando un rastro de saliva como recordatorio de su perversa acción.
Yushi miró el arrepentimiento en el rostro del profeta; algo inquietantemente culposo que no podía permitirlo.

— Déjate caer Sion, sólo por una vez... por ésta vez. - Habló palpitantemente implorante, con sus cejas juntas y un brillo de esperanza asomándose por sus preciosos ojos.

El tacto de las palmas de sus manos en el cuello de Sion era impresionantemente reconfortante para él.
Suspiró, resignado y quebrado por dentro.
Tomó las manos de Yushi y las apartó de su piel. Alejándose de su ángel, caminó hasta la capa tirada en el suelo y la esparció por el lugar como si se tratase de una manta.
Volvió hacia su amante y lo tomó de las manos para llevarlo hasta donde se encontraba su prenda.

— Acuéstate. - Sion le demandó a centímetros de los labios de Yushi, lamiéndose los propios y mirándole directamente al rostro.

El bello hombre acató la orden y recostó su espalda contra la fría vestimenta. Su sensual cuerpo en posición tal que Sion podía ver la preciosidad de criatura que éste era. Su rostro inclinado hacia el lado donde estaba pacientemente parado el profeta, comiéndolo con la mirada.

Una vez más Sion lamió sus labios, mientras quitaba la túnica que lo cubría sin perder de vista a los hermosos iris contrarios.
— Estoy a punto de llevarte regreso al cielo, así que dime; de todas tus confesiones ¿Cuál es la peor? - El predicador sonrió ladeando su cabeza de lado, siempre con la vista hacia abajo: en él.

Lentamente se despojó de su camisa, tirándola por las bancas del templo.
— ¿Por qué burlaste mi profesión con esa primorosa boca tuya? - Habló mientras sus dedos desajustaban el cinturón que rodeaba su cintura, quitándolo por completo.
— ¿Por qué tomas mis versos como tuyos cuando lo único que trato de hacer es guiarme hacia el bien? - Desabrochó su pantalón sin quitarle los ojos de encima a Yushi. Su voz mostraba enojo, en cambio sus facciones demostraban descaradamente su excitación.
Se arrodilló a la altura de la cara del contrario, admirándolo por un instante sólo para después quitarse los zapatos y dejarlos regados por el piso.
Sion se levantó sin apartarse de la mirada, quedándose un momento apreciando a su amante.
— Dios perdona a todos los que se lo piden con sinceridad, pero tú, infame delirio: tú jamás serás perdonado porque es cansado rezar por alguien que no responde. - Finalmente, el profeta se despojó de ambas prendas restantes; sintiendo el frío adormecer su piel.

Con su mediana erección gravitando justo en el rostro de Yushi, éste lamió sus labios satisfecho ante tan perversa vista.
— ¿Es un pecado desearte tanto? Podría morir con un beso tuyo si eso significaría permanecer en el infierno junto a ti. - Habló Sion mientras caminaba alrededor del cuerpo en el suelo, hasta quedar a sus pies, arrodillándose ante él.

Cubrió con su cuerpo a Yushi, posando sus manos a cada lado de su pecho, sostenidas por el suelo. Las piernas del ángel rodearon las caderas de Sion al momento en que éste dió una lamida a su labio inferior, pidiendo permiso para besarle.
Ambas lenguas cómplices reclamaban el poder de la otra; una súbdita y otra gobernante en guerra por la sumisión.
No había más sutilidad. Todo era pasional, algo más carnal que sobrepasaba el espíritu: necesidad, remisión.

Desde sus labios besó su mandíbula hasta llegar a su cuello y clavículas, donde chupó y lamió más de lo necesario, casi reclamándolo.
Succionó su garganta sintiendo en su músculo los sonidos guturales que su corazón ejercía. Dejó algunas marcas por todo su cuello y besó cada uno de los lunares encontrados.
Sion tomó ambas muñecas contrarias y las condicionó por encima de la cabeza de Yushi, impidiéndole moverse. Lamió sin pudor su pezón derecho, contorneando la aureola con su lengua a su gusto, dándole prontamente atención al faltante. Sus dientes se cernieron alrededor del pezón erecto, hinchándolo de inmediato.

Los dedos de la mano libre de Sion palparon de cuando en cuando la diminuta cintura debajo de él, bajando hasta sobar su pelvis y tanteando hasta tomar el miembro de Yushi; ejerciendo una presión moderada al momento de empezar a subir y bajar su palma por toda la longitud, ocasionalmente dando específica atención a la punta, presionando con su pulgar para robarle suspiros a su amante.
Era lento. Enloquecido de un amor en el aire, disfrutando del momento sin prisas.

Sion sonrió al ver los gestos en el rostro de Yushi, quien con ojos cerrados dormitaba de placer. Sus labios sedosos se encontraban entreabiertos, gimiendo después de tanto haberlos magullado con sus propios dientes. Las mejillas estaban llenas de color y un rastro de lágrimas sobresalían por su piel.

— Me encanta la manera en la que me besas. - El predicador habló en medio de mordidas llenas de pasión, todas dadas en los belfos contrarios.

Sion condujo un camino de pequeños besos esquimal desde su oreja hasta su pecho, amasando ambos pectorales con amor. Continuó habiéndose detenido un momento en el divino abdomen para lamer su ombligo de manera afectuosa, y se dirigió a su miembro, donde suspiró a propósito en la base y punta del pene, llevándole una corriente eléctrica en todo el cuerpo a Yushi.
La lengua profeta recorrió todo rincón de la masculinidad frente a él, sintiendo su divino sabor en las papilas suplicantes por más.

Su cabeza iba y venía, perdida entre las piernas del ángel con una mano agarrando sus cabellos, acercándolo lo más posible.

Sion no encontraba aire para respirar pero estaba bien, porque ahogarse entre los muslos de Yushi habría de ser la muerte más dulce de todas.

Las piernas de su corazón subieron por encima de los hombros del padre y él tan caballeroso, las tomó con ambas manos en cada una justo por detrás de las rodillas, alzándolas, provocando que Yushi las doblara y cediéndole más el acceso.
Sion dirigió su lengua de la punta a la base, continuando su camino hasta su agujero. Dió una lamida por todo el contorno y Yushi ahogó un grito por su acción.

— ¿Cómo es posible que un padre de iglesia parezca ser experto complaciendo en el sexo? - Preguntó el ángel entre gemidos, exaltado en demasía.

Sion desocupó un momento su lengua y miró hacia Yushi.
— Siempre han existido las fantasías. - Respondió simplemente, volviendo a lo suyo.
Ambas de sus manos apretaban los muslos a su merced, dejando hematomas.

— Umh, no sabía que fantaseabas con hombres...
Balbuceó Yushi, extasiado por tantas sensaciones que aquél santo hombre le hacía sentir.

Sion sonrió con su boca aún ocupada y desde su lugar, habló.
— No, en realidad nunca fantaseé con hombres. Nunca, hasta ti. - Su dedo anular sobó en círculos la entrada ajena, apenas intentando meterlo con paciencia.

— ¿Hasta mí? Padre, me conoce hace no más de un día. - Habló Yushi con ironía, con voz aguda completamente satisfecha.
El dedo del profeta lo penetraba de forma sensual, casi tan lenta como desesperante.

Una risa amarga salió de los labios de Sion mientras introducía un dedo más en su entrada, con un vaivén más rápido. — Estoy seguro que lo sabes, pequeño ángel. Eres perverso, lleno de oscuridad; no intentes fingir hacerte el inocente cuando bien sabes ser la seducción en persona... Ni siquiera creo que seas humano.

Yushi gimió una risa llena de satisfacción.
— Entonces lo sabes ¿no? - Lloró de placer cuando Sion tocó su próstata en una estocada.
— ¿Y por qué sigues aquí? - Inquirió, tentando su suerte. Quería ver qué tan lejos podía llegar su, ahora, profeta preferido.

Sion retiró ambos dedos del interior de Yushi. Apartándose ligeramente miró su rostro; lo veía a los ojos con superioridad y una sonrisa imborrable. Él sabía que ya había ganado y eso sólo hizo enojar al predicador, quien le devolvió una mueca de disgusto.
Sin apartar la vista, Sion tomó en manos su erección para fijarla a la entrada de Yushi y empujó sin pudor, adentrándose en la calidad que todo su ángel era.

Reprimiendo un gemido Sion acercó su rostro al de Yushi, apretando ambos cachetes con una de sus manos con fuerza, abultando los bonitos labios rosados.
— Bautizaré los muslos que cargas y profanaré todo rincón de tu piel hasta que duela, para que así puedas tragar todas las transgredidas palabras que suelta tu preciosa boquita y en su lugar, embeleces mis oídos con tus melódicos gemidos, que deben ser perfectos viniendo de ti. - Besó los belfos soltando su rostro para llevar su tacto al abdomen rebultado que mantenía la forma del pene de Sion, y empezó a moler contra él dejando atrás todo rastro de suavidad y delicadeza.

Yushi rodó los ojos hacia arriba por el dolor convertido en placer. Llevó sus manos a la espalda de Sion y unió más sus piernas alrededor para acercarlo más hacia él.
En un momento de deleite, el ángel enterró las uñas en la espalda contraria, sollozando gustoso por la sensación de ser llenado tan malditamente bien que juró querer estar pegado al profeta por la eternidad.

Las embestidas que Sion le prolongaba eran toscas, casi tan torpes como él pero que extasiaban en demasía.
Él gemía por lo bajo con su rostro enterrado en el cuello de Yushi, embriagado por su olor.

— Sion... - Imploraba el ángel, absorto en excitación.

— ¿Si? - Respondió el profeta, bajando un poco la intensidad de sus empujes para que su amante pudiese hablar con tranquilidad.
Chupeteó su cuello esperando una respuesta. El rastro de saliva que dejaba en el acto no tenía ni una pizca de repulsión.

Yushi suspiró, deleitándose con el cambio en los embistes, aumentando su satisfacción: él verdaderamente amaba a éste hombre.
— Que Dios te tenga en su gloria...

Sion paró en seco cualquier movimiento y miró a Yushi a los ojos confundido y tenso, él sólo sonrió.
El profeta inspeccionó su rostro y admiró los bonitos hoyuelos que el hombre tenía.
Sabía que estaba perdido por él, ya no tenía salvación.

No quiso preguntar y en cambio sólo lo beso con ternura, como sólo alguien sentimentalista sabía hacer.
Yushi no sólo correspondió a Sion, sino también le arrebató el alma que creía pertenecerle.

El predicador reincorporó las embestidas, esta vez de una forma desgarradoramente lenta; tan vainilla que derretía los sentidos de ambos.
Pronto Sion entendió que ser pecador no importaba lo suficiente cuando tenía al ángel rompiéndose debajo de él con gemidos que consideraba la mejor aria jamás creada.

El padre tomó a Yushi de los glúteos cuando éste subió una pierna por encima de su hombro para tocar fondo en su interior, y se volvieron más erráticos los golpes cuando el ángel cernió el miembro de Sion con sus músculos, anunciando su orgasmo.

La temperatura en el ambiente era caliente; el sudor recorriendo sus pieles.
Sion tocó con embestidas la próstata de Yushi, provocando que diera gritos de placer.
Sus muslos empezaron a temblar sin control, llorando completamente por la sensación de hormigueo que lo mantuvo suplicando su orgasmo.

— Sion, Sion, Sion... Padre mío... - Balbuceaba el ángel extasiado.
El profeta lo besó torpemente, ahogando sus propios gemidos y los de su amante.

Yushi gritó en sus labios cuando su clímax lo golpeó, manchando el abdomen de Sion y el suyo mismo, rasguñando sin cuidado la espalda contraria.
El predicador siguió embistiendo en busca de su propia satisfacción, mirando cómo Yushi lloraba por la sobreestimulación.

— Lo quiero todo, Sion. - Sollozó mirándole a los ojos.

El profeta cerró los párpados y volvió a enterrar su nariz en la garganta de su ángel. Su vaivén se volvió desastroso, sus propias piernas empezando a fallar cuando su pelvis comenzó a contraerse de placer.
Sion lloró una vez que su corrida llenó por completo el interior de Yushi; sus tiras de semen siendo gustosamente bienvenidas.

Tembló por el éxtasis. Su vista se nubló y cayó rendido sobre su amante, perdiendo completamente la razón.

Despertó un día después en cama, cálido bajo sus sábanas pero frío sin los brazos de su ángel.

— Al fin despierta. - Dijo alguien en la habitación.
Rápidamente se incorporó en el colchón con la esperanza de ver el rostro de Yushi, en cambio, su humor decayó cuando en lugar de su amante, estaba el monaguillo de la iglesia.

— ¿Qué sucedió? - Le preguntó a Sakuya después de un minuto.

— Lo encontramos desmayado en el sagrario. Duró inconsciente casi dos días, padre. - Respondió el chiquillo, preocupado pero sin borrar la sonrisa.
El ceño de Sion se frunció confundido. Tenía demasiadas preguntas y ninguna respuesta; estaba comenzando a volverse demente.
— Si quiere descanse hoy padre, no se ve realmente bien. Mañana podrá volver a sus labores. - Sakuya habló, volviendo a la realidad al profeta.

Sion asintió con una mueca que parecía escabullirse como una sonrisa y el monaguillo le mostró una reverencia para salir de su habitación, dejándolo completamente solo.

Su pecho se sentía vacío. Había memorias incrustadas en una aurora de emociones que llegaban cual olas de recuerdos: labios sabor amor, ojos penetrantes color pasión y un cuerpo etéreo que ahora mantenía no sólo uno; sino dos corazones.

El alma del profeta inunda la esencia ajena: Sion le donó todo de sí y quedó en vano.
Lloró sin saber realmente el porqué. Extrañaba al ángel que con sólo una mirada le arrebató la existencia, y a su vez, extrañaba su vida antes de él.

Es un pecador, aunque Sion aún no quiera asumirlo.

Pasó toda la mañana acostado, queriendo reponerse de su mente. Al atardecer, cuando el sol se escondía en el Este, Sion decidió levantarse y lavar su cuerpo.
Sus pesares colgaban como la cruz en su espalda. Sus costillas remarcaban los defectos cometidos, la culpa y el pecado incrustados como un mal sabor de boca.

Talló su cuerpo en busca de enjuagar sus acciones. Escupió, al limpiar sus dientes, las malas decisiones que lo empujaron hacia el paraíso.
El predicador había ido al cielo, pero volvió sin la gracia de Dios.

La luz de luna inundaba el vitral de la capilla para cuando Sion entró en ella.
Sus piernas debilitaban a cada paso dado, buscando llegar frente a Cristo, quien lo esperaba con impresión decepcionante; él lo había visto todo, estuvo en el acto.
Fue testigo de su pecado, mas no cómplice del mismo.

Justo donde los pies del profeta posaban, había sido el mismo lugar donde sin pudor, sin piedad pero penando, cayó rendido ante la sublime tentación.
Entonces, el profeta derramó lágrimas. Su sangre estaba condenada, esparciéndose en la oscura maldición que le esperaba.

No hubo más ruido mas que los hipidos de Sion. La secreción que corría por sus mejillas hasta tocar el mármol donde había inclinado todo su peso, casi recostándose en el piso, eran en lo absoluto liberadoras; rubescentes cual infierno.

Todo él ya no tenía vida, lo había notado al mirarse en el espejo: pálido como calavera, sumido hasta los pómulos. Los tonos lilas debajo de sus ojos aumentaron la pigmentación, los labios perdieron todo rosado y portaron un tono verdoso, resecos y partidos. Sus pupilas sin brillo, sus nudillos violáceos y todo su cuerpo en sí perdió la masa muscular y adquirió hematomas casi negros, perturbables.

Pujó con la esperanza en que Dios lo escuchara, que perdonara sus pecados y redimiera su alma del averno.
Rezó suplicando limpiar su espíritu; rezó buscando la paz que su transgresión había cobrado.

Pasó días sin comer, su cuerpo recaudando factura de ello. La gente del pueblo se preocupaba por él, cada día viéndolo más desgastado que el anterior.
Una semana más tarde, Sakuya se acercó al profeta.

— Padre, he hablado con el predicador de la iglesia del pueblo vecino y lo he convencido de dar misas aquí en su nombre, mientras usted recupera fuerzas.
Sion lo miró perdido, aunque simplemente asintió desganado.

— Agradécele de mi parte. ¿Vendrá a vivir un tiempo a nuestro templo? - Preguntó el predicador.

— No padre, él vendrá todos los días en un horario por la mañana y se irá cuando su misa termine de regreso a su pueblo, para continuar con sus labores. - El monaguillo respondió amablemente.

— Bien. Debo agradecerte la dedicación que le has puesto al seminario. Muy bien Sakuya, lo estás llevando a la perfección. - Sion sonrió, admirando la reverencia que el menor le dedicó para después verlo marcharse para seguir con su día.

Un cielo naranjoso iluminado por el sol y pequeñas gotas de lluvia tocando su ventana, recibieron con melancolía en su máximo esplendor al profeta un mes después de lo ocurrido.
Sion nunca dejó de ir cada tarde al sagrario para disculparse con Cristo; rezando y llorando para sentirse mejor.

No había hablado con nadie del suceso, siquiera había ido al confesionario para explicarlo. Simplemente se conformó con ser escuchado y perdonado por Dios.
Llegando al sagrario se reverenció con parsimonia y prontamente se arrodilló ante su salvador.

— En el nombre del Padre, de el Hijo y del Espíritu Santo, amén. - Persignó como de costumbre, besando sus dedos al final.
— Padre bendito, en esta tarde tan gloriosa quiero dar gracias por haberme permitido un día más de vida. Gracias también por darme salud, bienestar y la preciosa vocación que usted decidió por mí. - Suspiró mirando hacia el piso, sintiéndose vacío sin saber la razón.
— ¡Oh Jesús mío! Me arrepiento de haberte ofendido porque eres infinitamente bueno: padeciste y moriste por mí clavado en la cruz. Te amo con todo mi corazón y propongo nunca volver a pecar, amén. - Rezó de memoria, llorando a cada palabra dada.
— Dios santísimo, lamento cada una de mis acciones. Por favor, le suplico: ¡Libere nuestras almas de todo mal! Protéjame con su bendito manto, toque mi corazón y sánelo, señor. Se lo pido, se lo ruego... - Sus manos se entrelazaban con fuerza, impotente del futuro. Sin su alma en su cuerpo, sin el perdón de su pecado.

— ¿Rezas para salvar tu alma o liberar la mía? - Una voz habla en su espalda, parando al profeta en seco.

Asustado, se niega a mirar hacia atrás y en su lugar, su vista quiere admirar la figura católica que cuelga encima de él, pero la cruz de espinas en su cabeza se lo impide.

— ¿A qué regresas, ingrato? Obtuviste lo que quisiste, ¡¿Qué más quieres de mí?! - Grita desesperado, llorando lágrimas cristalinas; casi tan pesadas como él.

— No quiero nada de ti, pensé que lo había dejado en claro en nuestro último encuentro. - Habló maligno, escupiendo ponzoñoso.
— Devolví lo que te pertenecía, ¿No es así? Tu desgraciado collar cuelga de tu pescuezo, desde acá lo puedo ver. - Soltó con desdén, riéndose al final con demencia.
— Pero, ¿Quieres saber lo gracioso? - Dijo entre risas que quemaban la sangre del profeta con enojo.

— ¿Qué? - Sion estaba furioso, empezando a odiar a quien una vez creyó poder amar.

— Que, a pesar de entregarte lo que tuyo es, sigo teniendo algo de ti. - Yushi caminó hasta posar su fría mano en la espalda baja del profeta, quien seguía incado en el escalón del sagrario.

— ¿De qué hablas ahora, desgraciado? - Sion logró mirarlo. Sus pupilas tan ásperas como su rostro.
Él realmente lo despreciaba y eso pareció dolerle al ángel, aunque no quiso demostrarlo.

En cambio, Yushi siguió con una sonrisa de oreja a oreja.
— Yo no le diría desgraciado a alguien que carga en su vientre mi misma sangre, Sion. - Habló cínicamente hacia el contrario, quien con ojos brillantes, dejó de irradiar el odio que parecía ser dirigido hacia él.
Yushi acercó sus labios al oído del profeta, donde con burla y un tono de dulzura, susurró:
— Felicidades, vamos a ser padres.