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El joven pícaro pelirrojo de apenas 7 años corría por las callejuelas del peor barrio de aquella ciudad costera cuyo nombre se ha perdido en los archivos multiversales. Iba riendo de forma inocente, parecía un simple niño jugando, pero si te fijabas bien, sus grandes ojos de color dorado investigaban cada pequeño rincón de cada calle con la máxima atención posible. La realidad es que Alonso Romero, que así se llamaba el joven, en su camino de vuelta a su vivienda iba buscando nuevas rutas de escape por si alguna vez le pillaban. Seguro que te estás preguntando "¿que le pillasen haciendo qué?", la respuesta es sencilla. Robar. Alonso robaba a los clientes de sus "madres", las cuales por el día trabajaban en una taberna. Pero por la noche aquello se tornaba en un burdel. Lo que él hacía era robar discretamente a los clientes nocturnos mientras sus madres trabajaban, por eso siempre buscaba todas las rutas de escape posibles.
Aunque el ir siempre buscando nuevos caminos tenía una parte mala. A veces perdía el camino por el que iba y acababa cayendo de forma torpe. Y eso es lo que le pasó en ese momento, pero peor. Sus ojos iban tan pendientes de las bocacalles que se abrían que no se fijó en el hueco de alcantarilla que había ante él, cayendo irremediablemente por el agujero hacia las sucias aguas que había bajando por el canal. Tras el susto, nadó hasta la orilla y salió, varios metros más atrás de donde había caído.
-Puaj… Qué asco…
Sus ropas estaban completamente empapadas, al igual que él por completo. Por suerte, no tenía la boca abierta al entrar al agua. Avanzó a tientas en la oscuridad de aquella alcantarilla, sintiendo por sus tobillos pasar pequeñas criaturas que prefería pensar que eran ratas, aunque así también le diesen escalofríos. Llevaba la mano pasando por la húmeda y musgosa pared, haciendo lo posible por aguantarse las arcadas que le provocaba, para así al menos tener algo de orientación. A parte del agua, se oía un ligero “tsk” que cada vez se oía más fuerte. Alonso tetmía que fuera a encontrarse con el rey de las ratas y tener una batalla contra él, sabiendo que perdería. Sí, tenía demasiada imaginación.
Imagina cuál fue la sorpresa del niño al tropezarse con lo que parecía un ser lo suficientemente grande para ser el gigantesco rey de las ratas. Alonso se incorporó rápidamente en la oscuridad retrocediendo con la respiración agitada, alejándose de ese bulto… Hasta que oyó lo que parecía ser un llanto humano. El llanto de un niño, pues él había tropezado con el cuerpo del niño. Extrañado, se acercó al origen de los lloros, entrecerrando un poco los ojos que cada vez se le hacían más a la oscuridad, vislumbrando la silueta de un niño de no más de cuatro años según sus cálculos. Fue a preguntarle quién era y si necesitaba ayuda cuando el pequeño habló con voz temblorosa, aguda y cortada.
-Lo siento, lo siento, lo siento. Me iré rápidamente de aquí y no volveré jamás ni molestaré, ¡lo juro! No hace falta que vuelva a pegarme.
Alonso se quedó desconcertado. ¿Pegarle? ¿Y cómo que irse de allí? ¿Acaso ese niño vivía allí? Tomó aire buscando valor e intentó hablarle de la forma más amable posible, acercándose con cuidado intentando no asustarle.
-Hey, colega, tranquilo. Solo soy un chico que se ha perdido, no voy a pegarte ni mucho menos. ¿Estás bien? ¿Cómo puedo ayudarte?
Para el más pequeño, que miró la figura de Alonso recortada en la oscuridad, ese era el mayor gesto de amabilidad que le habían dirigido nunca. Se levantó rápidamente sin decir nada y se abrazó al mayor, con toda la fuerza que pudo. Alonso se quedó sin palabras pero al final acertó a agacharse un poco para abrazarle de vuelta, acariciandole con cuidado la espalda. <<¿Qué has tenido que pasar, pequeño?>> pensó Alonso mientras le tomaba en brazos.
-Tranquilo, amigo, estoy contigo. - Le sonrió aunque dudaba mucho que le viese. Pensó que quizá se trataba de un timo muy elaborado, pero al notar la forma en la que le agarraba de la camisa, como temblaba y se aferraba, tuvo la certeza de que aquello era muy poco posible. El chico lo pasaba mal de verdad. Pesaba sorprendentemente poco y se notaba que estaba en los huesos. Probablemente, creyó intuir Alonso, no llevaba más que una especie de saco por ropa.- Vamos a buscar la salida juntos, ¿te parece? Y luego ya me cuentas tu historia. ¿Puedes andar? -Notó como negaba con la cabeza contra su pecho. -Vale, pues yo te llevo, sin problema.
Alonso, con el pequeño niño en brazos, siguió andando haciéndose el valiente para intentar reconfortar al otro chico. Se dió cuenta de que el "tsk" que oía anteriormente lo hacía el niño, debía de estar muerto de frío y desnutrido. Finalmente, halló una salida que daba a la calle y allí, a la luz del día, tras acostumbrarse al fulgor, vio por primera vez el aspecto de su compañero de alcantarilla. No pudo hacer más que sorprenderse.
Efectivamente, como había pensado al tomarle en brazos, el niño estaba en los huesos, cubierto por lo que parecía una sucia y roida sábana atada. Bajo la suciedad de la que estaba cubierto, se veía que estaba tan pálido como un muerto, viéndose casi con claridad el rojo, azul y morado de las venas que había debajo. Pero eso no era lo más raro de él. Pudo ver cómo unos temblorosos ojos violetas escrutaban cada detalle de su rostro bajo unos mechones de pelo negro en los que se intercalaban grupos de canas. El pelo… bueno, Alonso podía entenderlo, a veces pasa. ¿Pero los ojos? Luego le decían a él que los suyos eran extraños… tendrían que ver al niño de los ojos violetas.
Aun así, parece ser que el pequeño se asustó al ver a Alonso, pues echó hacia atrás, tropezando y cayendo de culo, con un leve temblor de temor.
- ¿Qui…quién eres?
- Alonso Romero, el chico que ha tropezado contigo sin querer y te ha sacado de la alcantarilla. - Intentó sonreirle de forma tranquilizadora, no dándosele muy bien. El niño de ojos violetas se levantó y se puso tomando una patética postura de defensa. Alonso pensó que un simple soplo de brisa suave podría derrumbar al chico, pero no dijo nada.
- ¿Y qué quieres de mi, eh? Tendré unos cinco años, pero puedo defenderme muy bien solito.- ¿Cinco años? Vaya, parecía que tenía menos.
- Hmmm… ¿Te parece bien que seamos amigos? Quiero decir, soy un buen chaval, dentro de lo que cabe, y no planeo hacerte daño ni mucho menos. Además - a Alonso se le escapó una carcajada- te ves súper adorable así. Es que, seguro que si tuviese un hermano pequeño se vería así intentando amenazarme.
El pequeño se quedó muy desconcertado. ¿De qué iba ese tal “Alonso Romero”? Riendose en su cara, llamandole adorable. Todo el mundo siempre le decía que daba miedo, asco, que era un engendro. Él seguro también lo pensaba y le estaba mintiendo. Se estaba riendo de él para luego hacerle aun más daño. No iba a permitirlo. Le pegó un puñetazo en la cara al pelirrojo provocando que le sangrase la nariz.
- Te lo he dicho, puedo defenderme bien solo. Vuelve a reirte de mi y te destrozo los huevos.
Alonso se limpió la sangre de la nariz con la manga. <
> pensó. Le miró con cara seria.
- Escucha, mocoso que aun no me ha dicho ni su nombre, te iba a proponer que vinieses a por un plato de comida a mi casa. Pero eh, si “puedes defenderte bien solito”, nuestra alianza ha terminado ya al salir de la alcantarilla. Hasta siempre.
Se dió la vuelta y comenzó a andar a paso lento, retomando su vuelta a casa. El más pequeño apretó los puños y se tragó su orgullo. Un plato de comida… su estómago rugía más que nunca solo de pensar que por una vez podría comer algo decente. Salió corriendo detrás de Alonso.
- ¡Eh! ¡Niño búho! ¡Espera!- El pequeño se cayó a los pies de un sorprendido Alonso que, aunque se esperaba que el de mechones blancos fuese tras él, no se esperaba que le llamase así.
- ¿Cómo me acabas de llamar? ¿Niño búho? ¿Eso porqué?- le ayudó a levantarse.
- Pues… por… tus ojos… Son grandes y dorados… como los de un búho. Al menos a mi me recuerdan a eso… -y en un tono más bajito, susurró- siempre me han dado miedo… observan todo lo que haces.
El pelirrojo empezó a reirse a carcajada limpia.
- ¿Entonces tú eres un niño abuelo? Como tienes tantas canas- le respondió burlón. Al contrario no le hizo mucha gracia porque parecía que iba a pegarle de nuevo.- Eh, eh, eh, tranquilo, que era broma… Por cierto, no me has dicho tu nombre. Y sin saber tu nombre no puedo llevarte a mi casa, que será porque quieres venir por lo que me has dicho que te esperase, ¿me equivoco?
- No… Pero es que… yo…- hizo un pequeño puchero y luego negó con la cabeza- ¡Da igual! ¡Ni siquiera quería ir a tu casa! ¡Es solo que me diste pena!
- … De acuerdo. ¿Puedo seguir dándote pena entonces para conseguir que me acompañes?- Le sonrió. Sabía perfectamente que esa no era la razón del contrario, él también había sido así cuando era un poco más pequeño. El chico de los ojos violetas asintió con un poco de rabia.- Perfecto. ¿Tu nombre entonces?
- No…
- ¿Te llamas “No”? Guaaaala, siempre he querido conocer a alguien que se llamase así. Encantado, No.
- No me llamo “no”, pedazo de estúpido… Tsk… No sé ni porqué te hago caso. -Se fue murmurando como para sí.- Te reirías como todos si te dijese que ni siquiera se molestaron en darme nombre…
-Espera, espera, espera. - Alonso agarró al chico del brazo, deteniendole.- ¿Cómo no tienes nombre?
- ¡Pues porque no soy más que un estorbo de crío al que no le han dado ni nombre!- el niño sacudió violentamente su brazo para deshacerse del agarre.- Ya te lo he contado, ¿contento?- quedó muy confundido al ver cómo el que le había agarrado para detenerle ahora aparentemente le estaba ignorando.- ¿PERO DE QUÉ VAS? ¡AHORA ME IGNORAS!
- Hm… Con lo indefenso que te veías en la alcantarilla… No creí que tuvieras tanto temperamento -rió.- ¿Qué te parece “Tsukki”?
- ¿De qué hablas?
- De tu nombre. ¿Qué te parece llamarte Tsukki a partir de ahora? A mi me gusta, es especial y mola, como tú. Además, deriva del ruido ese que haces.
- ¿Ruido? ¿Qué ruido?
- El “tsk, tsk, tsk” ese. Pensé que era de una rata gigante, no te ofendas.
- No me ofende… Y… ¿Tsu…Tsukki has dicho?
- Seh, ¿te gusta?- Vió como el niño sonreía por primera vez.- Ya veo que sí… Bueno, ¿continuamos hacia mi casa, Tsukki?
- ¡Sí!- Tsukki le dió la mano a Alonso algo vergonzoso.- He corrido antes mucho y no puedo andar bien y…
- Tranquilo, no necesito que me des explicaciones. ¡Vámonos!
Así Alonso comenzó a andar con Tsukki de la mano, contandole curiosidades y anécdotas sobre su vida y travesuras. Le contó de cómo tenía una madre pero no padre y que al resto de las mujeres que vivían allí las quería como madres también. Habló de las maravillas de la comida, la cantidad de historias que oía de los viajeros que paraban a comer y su labor secreta nocturna.
- ¿Qué clase de nombre de mierda es “Fukuro”? -preguntó Tsukki entre risas. Confiaba en el chico dos años mayor que él. - Y más aun si encima lo consideras heroico.
- Pues es mucho mejor que “Tsukki”- Alonso, que utilizaba de apodo “Fukuro” para sí mismo, le sacó la lengua.
- Pfff… Si te lo has inventado tú también, súper Fukuro nocturno.
Alonso se indignó y le soltó la mano para cruzarse de brazos.
- Ya no te llevo. Ahora te jodes y vuelves a apañártelas tú solo.
Tsukki se cruzó también de brazos mirándole con los ojos entrecerrados como si le estuviese echando un maleficio silencioso hasta que vió que el contrario suspiraba y desistía. El pelirrojo le tendió la mano.
- Anda, vamos. No te sueltes, que vamos a entrar en una zona muy chunga.
El pequeño asintió y le agarró con fuerza de la mano, sonriendo. Ambos terminaron el camino y llegaron al hogar de Alonso, la nombrada posada. Entraron y se lo presentó a sus madres, contándoles su historia aunque el pequeño se escondía detrás de él un poco asustado. A pesar de la reticencia inicial, el niño de ojos violetas les robó el corazón a las mujeres y decidieron proporcionarle hogar a él también. Le dieron un plato de comida caliente y un camastro en el que dormir.
Llegada la noche, cuando el local cambiaba de negocio, Tsukki ya estaba acostado según recomendación de todos. Se envolvió en las que, aunque eran finas y remendadas, para el pequeño eran las más reconfortantes y cálidas sábanas existentes en el mundo mundial. Calentito, envuelto en mantas, no se esperaba que alguien entrase a la habitación.
- Tranquilo, soy yo, Fukuro.- oyó que murmuraba el que recién entraba. Tsukki le miró y vió como, al contrario que antes, iba vestido completamente de negro para camuflarse con la oscuridad. Definitivamente, se podía ver visualmente el cambio de Alonso a Fukuro, pues también sus movimientos eran más cuidados y silenciosos. - ¿Estás cómodo?- Preguntó mientras se sentaba a los pies de la cama del pequeño.
- Sí… Es lo mejor que me ha pasado nunca…
- Oh… Exageras, enano. -Fukuro rió levemente.- Pero me alegro.
- ¿No tendrías que ir a hacer tu labor heróica?
- ¿Eh? Oh, sí… Acaban de empezar, así que tengo tiempo aun. Quería proponerte algo primero.
Tsukki se incorporó para sentarse en la cama, mirando al otro con el ceño fruncido. A pesar de eso, se veía adorable al estar envuelto en las mantas, como si fuese un gusano que iba a convertirse en mariposa. El pelirrojo no pudo evitar reírse al visualizar esa escena en su cabeza.
- ¿Proponer qué? No me vengas con cosas raras.
- No, no, creo que te gustará… Mira, ahora que vives aquí y demás… Básicamente es cómo si fuesemos hermanos y… Me hace mucha ilusión, la verdad.- Se veía emocionado.- Así que he pensado… ¿y si nos hacemos hermanos del todo? Me han contado historias de cómo algunos se hacían hermanos de sangre y… y… y… -suspiró y agachó la cabeza.- Da igual, es una tontería, y acabamos de conocernos prácticamente y no vas a querer. - Se levantó de la cama para irse hacia la puerta.- Que descanses, Tsukki.
- Alonso…
- Ahora soy Fukuro.
- No digas tonterías. Eres Alonso también.
- Bueno, vale, ¿qué?
- Que cómo se hace eso.
- ¿Hacer el qué?
- Hacernos hermanos de sangre.
Fukuro corrió y se arrodilló delante de la cama de Tsukki completamente emocionado, con un brillo de ilusión en sus grandes ojos dorados.
- ¿En serio quieres?- Tsukki asintió. Fukuro sacó un cuchillo de su bota, haciendo al de ojos violetas replantearse su decisión de quedarse con el niño búho (seguía apodandole así en su cabeza, especialmente al saber que por las noches estaba más activo que nunca teniendo ese trabajo secreto). - Bien, pues la cosa es que tenemos que cortarnos la palma de la mano, para que salga algo de sangre, ¿sabes? Pero no mucho, porque tampoco es cosa de morir así. Luego tenemos que darnos las manos para que la sangre de ambos se mezcle y… ¡Tachán! Ya seremos hermanos de sangre.
Está claro que las cosas no funcionan así, pero a los dos niños les parecía lo más lógico y coherente del mundo.
- ¿Y no se puede hacer de otra manera…? No quiero cortarme…
- Tranquilo, me corto yo primero para que veas que no duele y luego tú, ¿vale?
El más pequeño asintió y Fukuro pasó la hoja del cuchillo por su propia mano, haciéndose el valiente intentando no quejarse del daño que le hacía y no poner una mueca de dolor. Pudo sentir el denso y cálido líquido rojo salir del corte y miró a Tsukki.
- ¿Ve…ves? -se aguantó las lágrimas y le dirigió una temblorosa sonrisa.- No duele apenas. Trae tu mano.
No muy seguro, Tsukki le tendió la mano y Fukuro pasó la hoja con cuidado por la palma, haciendo que la sangre emanase de ahí. El pequeño sí se quejó.
- ¡Ya está! Ahora nos damos la mano para que se mezcle y estamos.- Y así hicieron, se dieron la mano, entrelazando los dedos para asegurarse de que se juntaba y mezclaba bien. Ambos sonrieron.- Ahora, somos hermanos de sangre, Tsukki. Y te prometo, que como hermano mayor, siempre te protegeré y cuidaré de ti, pase lo que pase.
Sin poder evitarlo, el semi albino rompió a llorar ante tal acto y abrazó fuerte al que ahora era su hermano. Alonso correspondió al abrazo, estrechandole entre sus brazos. Tras un rato, le separó y le limpió las lágrimas.
- Anda, no llores por esto, hermanito -le sonrió.- Y duermete, ¿vale? Necesitas descansar.
Le arropó en la cama bien y le dió un beso en la frente. Tras eso, se dirigió a la salida.
- ¡Fukuro! - El recién nombrado se giró.
- ¿Si?
- Ánimo, héroe nocturno.- Tsukki sonrió.
Fukuro le devolvió la sonrisa y salió a realizar su labor, con ánimos renovados. Tsukki cerró sus ojos para conciliar el sueño. Aquella era su primera noche… Su primera noche en su nueva vida.
**FIN**
