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El muerto al pozo y el vivo al gozo

Summary:

Aemond está atrapado en una rutina que lo está consumiendo por completo. Al último, y sin esperarlo, recibe una propuesta de la persona menos imaginada, mostrándole una pequeña, pero cálida, luz al final del túnel.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

 

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Desde que Lucerys Velaryon llegó al velatorio, la multitud de fotógrafos de prensa, fisgones hasta la médula, se rehusó a desviar la eufórica mirada. Las cámaras, apartadas únicamente por la rigurosa seguridad contratada por su familia, no se detuvieron en ningún instante; los flashes parpadearon una y otra y otra vez, ávidos por capturar lo que sería la primicia mejor remunerada del día.

Estos, al igual que el bullicio desagradable común de una aglomeración, habían empeorado desde que Lucerys apareció acompañado de Rhaena Targaryen, su famosa y talentosa guitarrista líder, no obstante, ellos se mostraron ajenos ante la cantidad exagerada de fotografías que fueron tomadas. No importaba el rencor acumulado, ni el distanciamiento extremo, Aemond era consciente que ambos ya estaban más que acostumbrados a ese tipo de acciones debido a los considerables años ejerciendo su profesión.

Frente a él, Rhaenyra se aferraba a las manos de su hijo, las apretaba cada cierto tiempo, asintiendo entre lágrimas a cada oración que Lucerys emitía. Su hermana llevaba meses enteros sin verlo, por lo que se pegó a él en cuanto llegó, parándose de puntillas para besar tres veces la sien de su sobrino, ritual que permanecía a pesar de los años transcurridos.

—Es inaudito que aún en un funeral, ese bastardo sea incapaz de mostrar algún mínimo grado de decencia —su madre se quejó, fúrica. Aemond giró la cabeza hacia ella, atrapando el último rastro de molestia en sus rasgos antes que estos volvieran a su característica neutralidad fingida—. Aunque no debería culparlo, después de todo su desviada existencia es producto del pecado.

—A mí me gustó mucho su camisa.— Helaena agregó con suavidad, sin despegar la vista de la araña dócil que caminaba entre sus dedos.

Aemond apretó sus labios, decidido a no seguirle la corriente a su madre. Sí, Lucerys se veía como un maldito prostituto; con agudas clavículas expuestas, usando una camisa —si podía llamársele camisa— a los retazos de tela negra que apenas cubrían su vientre plano y mantenían su espalda tintada al descubierto, altivamente obsceno y orgulloso, sin embargo, entre él y Aegon, era su hermano quien más avergonzaba a la familia. El ebrio inepto que se llevaba el crédito de su arduo esfuerzo en la empresa de su recién difunto padre se encontraba en la esquina contraria, charlando entre carcajadas con las sanguijuelas que llamaba amigos. Tenía las mejillas sonrojadas por el licor que bebió en exceso, también el cabello desordenado, explayándose hacia distintas direcciones y la camisa verde esmeralda arrugada, una visión completamente opuesta a lo que su madre tanto alardeaba.

Su mano izquierda sostenía una copa de cristal medio vacía, mientras que con la restante se dedicaba a palmear el trasero de cada sirvienta que pasaba por ahí; chupándose los dientes como el jodido degenerado que era. Hastiado de su nefasta actitud y de la ineficiencia de Alicent para corregirlo, Aemond movió el dedo índice, indicándole al leal y aguerrido guardia de su madre, Criston Cole, que se acercara.

—Sácalo de aquí.— le ordenó con la mandíbula tensa, señalando a su hermano mayor con un gesto discreto.

Criston asintió, mirándolo una última vez antes de encaminarse hacia él. Cuando llegó, Aemond vio cómo dialogaban por un segundo, después cómo lo tomaba del codo, guiándolo hacia las escaleras. Aegon se había rehusado ligeramente, tropezando con sus propios pies, no obstante, lo siguió segundos más tarde, riéndose al mismo tiempo que derramaba su bebida ámbar en la prístina alfombra verde.

Incapaz de mantenerse en su sitio, su madre avanzó, dispuesta a detenerlos.

—Déjalo —Aemond la cogió del antebrazo, murmurándole al oído—. No siempre se podrá pagar para encubrir su desfachatez.

—Él tiene que estar aquí, despidiendo a su padre como corresponde. Es su derecho.— replicó con voz baja pero sin aminorar su fuerza, dedicándole una mirada cruel. Al instante su madre colocó su mano sobre la suya, simulando una dulce caricia de apoyo para la gente ajena, sin embargo, era todo lo contrario.

—¿Para qué? —resopló carente de gracia, deformando la curvatura de sus labios en una mueca cínica— ¿Para que el titular hable sobre cómo Aegon, el posible heredero de la dinastía Targaryen, acosó a la servidumbre en la velación de su propio padre?

Los dedos de su madre se crisparon con violencia, denotando su ansiedad.

—Estoy cansado de limpiar sus desastres, madre. Permíteme hacer mi trabajo más fácil —la soltó, retrocediendo—. Saldré a tomar aire, no me sigas.

No esperó una respuesta, simplemente se alejó, dirigiéndose a la parte superior de la mansión, específicamente el balcón con vista hacia el opulento jardín de la familia. Estando ahí se cruzó de brazos, recargándose en la pared lateral. No supo cuánto tiempo aconteció; se quedó ensimismado, revisando los correos nuevos relacionados a la compañía de forma mecánica hasta que el cielo oscureció. Aún podía escuchar el tumulto de los invitados, así que suspiró una última vez, preparándose para volver a interpretar el papel que su madre y abuelo le asignaron.

Sólo alcanzó a dar algunos pasos antes de encontrarse con el patético reflejo que el cristal del enorme ventanal le regaló. En este punto ni siquiera se reconocía. Aemond, con la cruel y pesada amargura quemando su torrente sanguíneo, le dio un vistazo rápido a su cabello recortado, perfectamente peinado hacia atrás y sin ninguna hebra rubia fuera de lugar; a su camisa verde, abotonada hasta el cuello, asfixiándolo con su significado. Una imitación burda de lo que una vez fue, un cascarón vacío.

—Lo siento, no sabía que estabas aquí —una voz lo sorprendió, arrancándolo de su ensoñación. Sus hombros rápido se tensaron, por lo que desvió la mirada. Lucerys se hallaba frente a él, sonriéndole—. ¿Te molesta que fume?— preguntó, moviendo la mano que sostenía su cigarrillo.

—También es tu casa —para bien o para mal, pensó—. No necesitas pedir permiso.— añadió tajante.

Su respuesta provocó que la jovial sonrisa de Lucerys engrandeciera, mostrándole los dientes, entonces:— No me gustaría imponerme —agregó, risueño. Aemond apretó los dientes, luchando contra la ferviente necesidad de ignorarlo y, al parecer, su sobrino se percató de eso porque retrocedió un par de centímetros, aún sereno—. No importa, tío, puedo buscar otro lugar.

—No me molesta, Lucerys.— por fin contestó, sacándole una risa suave que resonó armoniosamente en sus oídos como campanillas.

Lucerys encendió su cigarro, dándole una profunda calada. Después le tendió la brillosa cajetilla azul transparente, ofreciéndole uno con un ligero movimiento de cejas. Aemond lo pensó durante un segundo, luego extendió el brazo, tomando el restante. Cuando Lucerys encendió la llama, colocó el cigarrillo entre sus labios, agachándose con ligereza al mismo tiempo que formaba una barrera con su mano para evitar extinguir el fuego. Durante ese corto periodo, fue inevitable no divisar los dedos entintados de su sobrino; exquisitos, pero no escuálidos ni frágiles, ásperos y callosos por la constante fricción de su guitarra, supuso.

Al alejarse, se dedicó a escudriñarlo de arriba a abajo.

Lucerys era todo lo que su madre tanto condenaba. Un artista extravagante, intérprete de una mezcla de pop rock que Aemond consideró genérico, sumamente libertino y amante de la atención, «Idéntico a la puta de Rhaenyra.» llegó a la conclusión. Ambos hambrientos de ser vistos y admirados por la gente común. Tenía la piel bronceada perforada y cubierta por un sinfín de tatuajes, algunos grandes, otros diminutos. Sus rizos marrones —la prueba evidente de su bastardía— caían con gracia alrededor de sus orejas, apenas cepillados. También captó el agotamiento en la curvatura de su espalda, las ojeras y el hinchamiento de sus ojos bajo capas de maquillaje, no obstante, feliz. Su sobrino irradiaba brillo, resplandecía dicha y Aemond tal vez lo envidiaba, sólo que se negó a admitirlo. Resentía con creces su libertad, su felicidad y su capacidad de labrar su futuro bajo sus condiciones.

—Creí que no vendrías.— el Targaryen cortó el silencio, recordando la gira mientras golpeteaba su cigarrillo para dejar caer la ceniza.

—Mi madre me necesitaba, no podía dejarla sola en su dolor —Lucerys dudó y Aemond sabía por qué. Casi esperaba que dijera que lo lamentaba, sin embargo, se sintió aliviado cuando no lo hizo y en cierto modo lo agradeció. No podía lamentar la pérdida de lo que jamás tuvo, ¿verdad?—. ¿Cómo… cómo llevas esto?— preguntó en su lugar, señalando todo.

—Se siente como si fuera otro negocio.— minimizó, deseando acabar con el tema. «Asegurándome de que todo saldrá perfecto, que al final mi familia saldrá bien parada» fue lo que no dijo.

Lucerys asintió, dejando que el humo escapara de sus labios.

—No sabía que habías cortado tu cabello hasta que me encontré con esa revista.

Si Rhaenyra no lo había visto en meses, Aemond no lo había visto de frente en años. Una vez fueron inseparables, soñadores de un futuro juntos, ahora todo ese cariño yacía pisoteado bajo el rencor ajeno.

—Me aburrió.— mintió, llevándose inconscientemente una mano hacia su cabello.

—Me gusta. Creo que ambos estilos se adecúan a ti —sonrió, pegando la punta de su cigarrillo en el barandal al mismo tiempo que checaba el reloj en su muñeca—. Tengo que irme. Quedé con Rhaena para ir a cenar antes de nuestro vuelo. Respecto a lo que dijiste… no tienes que hacerlo ¿sabes?… Es atrevido asumir que escuchas mi música o que siquiera te gusta —se detuvo, riendo por lo bajo—, pero puedes venir conmigo, sólo serán tres meses. Prometo que serán como unas vacaciones.

La repentina oferta se sintió como un golpe, uno que lo desestabilizó en su totalidad. Ocasionó que su corazón diera un vuelco, impresionado, debido a que jamás imaginó que sucediera, a la par que un sentimiento cálido y agradable, uno que no sentía desde el incidente, recorría su pecho.

Y por primera vez en mucho tiempo, Aemond vio una pequeña luz al final del túnel.

 

 

 

 

 

 

Notes:

No podía sacarme de la cabeza a damiano david como un lucerys mayor jaja si llegaron hasta acá, espero que les haya gustado 💗💖