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Luces doradas y anaranjadas iluminan el panteón. Flores de cempasúchil que adornan hermosamente las tumbas de miles de padres, madres, hermanos, amigos que ya no se encuentran entre nosotros.
Sin embargo, no hay más que risas, música, comida y bebidas en este festejo dedicado a la bella, fría e inevitable muerte.
Son alrededor de las nueve y media de la noche del primero de Noviembre.
El camposanto rebosa de vida y color, familias enteras adornando las tumbas de sus difuntos para rendirles tributo con altares cubiertos en papel picado de colores, platos con frutas, pan, comidas y bebidas que aquellas personas disfrutaban antes de partir a la tierra eterna.
Un muchacho moreno de guayabera blanca, pantalón blanco y zapatos cafés oscuros se encuentra parado frente a un altar que a penas está en construcción. Las cajas apiladas se encuentran ya cubiertas por el papel picado, listo para ser decorado con las pertenencias personales y objetos favoritos del difunto. Sus ojos olivos escanean el altar con una cierta fascinación acompañado de un pinchar en su pecho al ver cómo la mujer encargada de los arreglos, que luce alrededor de sus treintas, saca de una caja un retrato enmarcado en un pequeño cuadro. Al colocarlo sobre el altar, Jayce distingue el rostro de un niño no muy mayor, su cara angelical pintada con una sonrisa acompañada de unos grandes y brillantes ojos marrones.
La mujer suelta un largo suspiro al ver la foto de su hijo.
¨Ningún padre debería pasar por eso¨ piensa el moreno cuando nota a la mujer soltar un par de lágrimas para después secárselas y continuar con el arreglo del altar de su pequeño.
Jayce decide tomar camino a su destino entre la multitud, darle su debido respeto a una madre aún en duelo...
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El aire del panteón, a pesar de ser helado, trae consigo un dulzor tentador y acogedor.
Un joven vestido igual que Jayce, pero de complexión delgada y piel pálida, pasa caminando frente a una hoguera donde una familia ha puesto a preparar café tradicional en una ollita azul de peltre.
El aroma a piloncillo y canela le traen tantos recuerdos a Viktor de cuando vivía en aquél orfanato. A pesar de ser una institución que se sustentaba día con día gracias a donaciones voluntarias, la comida era algo que nunca les faltaba— incluso si sólo eran en pequeñas porciones.
Fue cuando Viktor cumplió catorce que tomó café de olla por primera vez, haciéndolo a escondidas de los cuidadores del orfanato. El olor embriagador lo capturó de inmediato, y al momento que sus papilas gustativas deleitaron ese dulzor, Viktor se volvió adicto.
El muchacho sigue su camino entre la multitud, no sin antes tomar un último respiro hondo para dar gusto a su olfato con el delicioso aroma...
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Luego de algunos minutos, Jayce logra avistar a su madre en la lejanía, quien parece ha llegado más temprano de lo esperado, el altar ya terminado, ella sentada en un banquillo de madera al darle un sorbo al líquido caliente que lleva dentro de una gran botella termo.
El joven sonríe sin detener sus pasos.
Una vez quedando a un par de metros de Ximena, Jayce aprecia lo hermoso que le ha quedado el altar este año, adornado bellamente y con todo lo necesario para el tributo. En la mera cima, una foto grande de su padre, quien falleció cuando Jayce era a penas un niño.
Jayce se acerca lentamente a su madre, posando su mano izquierda en el hombro derecho de ella acompañado de un beso en la mejilla. Ximena alza la mirada por un breve segundo, sus ojos llorosos y con semblante afligido, pero aún haciendo un esfuerzo para pintar un intento de sonrisa y posar su propia mano sobre la de su hijo.
"Hola, mi amor..." Dice la mujer, hace una pequeña pausa antes de continuar. "Me da tanto gusto que pudieras venir."
"Siempre, ma." Le da un ligero apretón al hombro de su madre. "Perdón si tardé, estaba—"
"¡Hola, perdón por llegar tarde!" Una voz familiar les interrumpe, al voltear se dan cuenta que es Caitlyn dirigiéndose hacia ellos, llevando consigo unas bolsas de tela colgando de su hombro izquierdo y cargando ramos de cempasúchil con su brazo derecho.
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El cementerio es enorme, tan grande que a Viktor se le hace muy difícil llegar a donde desea. Recuerda haber recibido instrucciones de ir todo derecho, luego girar a la izquierda al ver una tumba cercada con rejas azul cielo... Pero es ahí donde se ha perdido, no recuerda el resto de las instrucciones... El castaño trata como puede de ver por encima de la gente, mas es en vano. Debido a la gran multitud y que todo se vea casi de las mismas tonalidades amarillas y naranjas, le resulta imposible avistar su destino.
De pronto, Viktor siente una mano posarse sobre su hombro, el muchacho da un pequeño brinco por el susto y se gira rápidamente, casi cayendo en el proceso. Un hombre un poco más alto que él, de mediana edad, cabello oscuro, piel bronceada y mirada gentil queda parado frente a él. Dicho individuo lleva puesto una camisa de algodón blanca, con unos pantalones caqui y zapatos café chocolate, el hombre no puede evitar soltar una risilla al darse cuenta de lo que ocasionó.
"Perdón, perdón." Dice el caballero, tratando de controlar su risa. "No fue mi intención espantarte así, perdóname."
"No se preocupe," Replica Viktor al sobar su nuca con su palma derecha, apenado de haber reaccionado de tal manera. "estaba distraído y me tomó de sorpresa... ¿Le puedo ayudar en algo?"
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El joven de ojos olivos aprecia el altar que su madre ha construido: de cuatro pisos y casi tan alta como Jayce, tapizada con docenas de piezas de papel picado, platos con comida al igual que algunas botellas de refrescos y bebidas alcohólicas. En la base, justo enfrente del altar, una cruz hecha con sal y pétalos de cempasúchil que trajo Caitlyn, y a los lados unas filas de veladoras encendidas, formando un camino para orientar y dar bienvenida a aquellas almas prevenientes del Mictlán.
Al alzar la mirada, sus ojos se posan sobre la foto de su padre.
"¿Cuánto tiempo ha pasado desde que falleció?" Se pregunta el moreno en voz baja. "Diecinueve... No, veinte. Yo tenía ocho cuando murió..."
La mente de Jayce divaga en recuerdos horribles y dolorosos de cuando sucedió. Aún puede escuchar el eco de los gritos de su madre cuando llegaron unos compañeros de su padre para darles la terrible noticia.
"Una viga inestable del tercer piso de la construcción cayó, causando un efecto cadena con el resto de los cimientos... Su esposo quedó atrapado bajo los escombros. Lo sentimos."
Los siguientes dos años fueron devastadores. A pesar de que la compañía se hizo responsable de los gastos y ayudarle financieramente a Ximena con el subsidio por el incidente, el agujero en sus corazones se quedaría para siempre. Nada sería lo mismo... Las navidades, cumpleaños, las fiestas de Año Nuevo...
Les tomó mucho tiempo a ambos recuperarse y reaprender a disfrutar de todas esas celebraciones en compañía del resto de sus seres queridos.
"Ximena," Habla Caitlyn, tomando la atención de ambos. "Violet vendrá un poco a dar su respeto, no tardará en llegar. Espero no sea una molestia."
"No, mija." Contesta la mujer al sentarse más derecha sobre su banco de madera. "Claro que no es molestia, ya sabes que ella siempre es bienvenida."
Jayce sonríe en dirección a su amiga. Ella y Vi han estado saliendo por más de tres años ahora, y el moreno no puede estar más feliz por ella. Ambas se complementan tan bien, se han demostrado ser una buena compañera hacia la otra.
Y, hablando de compañeros, la ausencia de alguien en específico se comienza a volver más pesada en el lugar...
Su mirada escanea meticulosamente entre la gente, esperando toparse con la de él...
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Viktor y aquél hombre— con quien se topó hace a penas un par de minutos atrás, se encuentran caminando por el camposanto. No dicen mucho, no entablan conversaciones largas, sólo se dignan a darse compañía mientras aprecian las melodías de los mariachis, admirando los altares adornados alrededor de ellos.
Viktor es curioso, desde niño lo ha sido— algo que le ayudó a obtener su licenciatura y maestría en bioquímica con honores. Sin embargo no puede evitar cohibirse un poco ante gente extraña. Aunque, esta vez se siente un poco diferente, y no sabe si es la mirada tranquila del hombre, o el hecho de que el caballero ha hecho cero intentos por indagar en la vida del castaño. Es raro, piensa él, ya que es normal para alguien de su edad hacer preguntas a aquellos más jóvenes. Es como un código entre la gente mayor del que no se habla...
En eso, el rostro de Jayce le llega a la mente.
Oh, cómo Viktor lo extraña. No tiene mucho desde la última vez que se vieron, aún así Viktor no puede esperar a sentir de nuevo sus abrazos y besos.
En eso, el castaño divaga entre recuerdos mientras sigue su caminar al lado del caballero.
Recuerdos de aquél día cuando conoció a Jayce en la escuela secundaria...
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Su amor por la ciencia les ayudó a conocerse en una mini feria escolar. Viktor era del 1ro B, Jayce del 1ro A. Y a pesar de que sus salones estaban considerablemente cerca, no conocían del otro más que por murmullos de otros compañeros entre los pasillos: "Jayce volvió a sacar diez en todas las materias", "¿Viste que un niño del B usa muleta? Me pregunto qué le pasó...", "Jayce es muy lindo e inteligente, seguro tiene a muchas detrás de él", "Dicen que el niño de muletas del B, Viktor, es un genio, seguro le hará gran competencia a Jayce en la feria de ciencias."
Y así fue.
Jayce había creado unos modelos a escala tan bellamente armados de las células animal y vegetal. Dando una breve presentación de cómo se formaban, sus características y funciones, todo sin titubear. Como si fuese algo que supiera de años, tan sencillo para él de hablarlo como una conversación cualquiera.
Mientras que Viktor creó un modelo a escala de la meiosis. Al igual que Jayce, su presentación fue exquisita, con lujo de detalle del proceso meiótico. Pero, lo que le garantizó a Viktor su victoria, fue añadir el cómo en ocasiones la meiosis puede dar paso a enfermedades congénitas, afectando el desarrollo del feto... Poniéndose a él como ejemplo: mostrando con otro modelo a escala el cómo haber nacido con espina bífida ha sido todo un reto para él y también para cientos más que lo padecen. Explica con detalle la enfermedad, las cirugías a las cuáles fue sometido, correlacionándola a su principal modelo de meiosis.
Jayce sintió algo ese día. No era el destroce de su ego, no, todo lo contrario. Encontró a alguien que le apasionaba hablar de ciencias, algo que pensó sería imposible en aquella escuela donde casi todo mundo estaba más interesado en apariencias que en estudios.
Cuando el moreno se acercó a Viktor luego de haber recibido sus premios— Viktor en primero, Jayce quedando en segundo, ambos charlaron por varios minutos. Jayce era cauteloso, notaba lo cohibido que Viktor era y se odiaría espantarlo con alguna idiotez.
Su amistad era muy curiosa y muy hablada en la escuela, todos los ojos en ellos en cuanto los miraban charlando juntos en el jardín o caminando por los pasillos.
Sus pláticas tocaban temas de TODO: las cosas que les gustaban, qué no les gustaban, su vida personal, cómo nació su amor por la ciencia, descubriendo también entre pláticas su pasión por videojuegos, anime y cómics, compartiendo su fascinación por Superman y Dragon Ball Z. Ahí fue cuando Viktor supo del fallecimiento del papá de Jayce, y Jayce enterándose que Viktor vivía en un orfanato.
Su amistad se reforzó mucho más con el paso de los años, llegando al grado de entrar a la misma escuela preparatoria y, eventualmente, a la misma universidad también.
Pero, en temas del amor, era algo en lo que no se atrevían a husmear...
Jayce llegó a salir con alguien en su último año de preparatoria, pero no duró más de cuatro meses.
Mientras que Viktor llegó a salir con un muchacho de mercadotecnia en la universidad por siete meses, lo cuál terminó en Jayce tirándole un puñetazo en medio del campus en cuanto se enteró que le fue infiel a Viktor.
Para su suerte, habían muchas quejas hacia aquél muchacho de varias personas que lo señalaban de acosador, y las quejas crecieron después de la riña con Jayce, lo cuál provocó la eventual expulsión del infiel. Y Jayce sólo con un reporte por mala conducta dentro del plantel.
No fue sino hasta mitad de su licenciatura que Jayce se dio cuenta de lo que sentía en realidad hacia Viktor, armándose de valor un día antes de vacaciones de verano para confesarse y terminar recibiendo la agradable noticia que el castaño sentía lo mismo. Pero conociendo también el dato agridulce de que Viktor lo llevaba amando desde mucho antes...
Todo parecía marchar bien por unos años. Ambos se amaban locamente. No importaba dónde estaba uno, fácilmente podías encontrar al otro no muy lejos. Como dos estrellas persiguiéndose, orbitando entre sí, sin algún destino aparente.
Pero, así como las estrellas que orbitan entre sí pueden chocar y ocasionar cataclismos...
Así de caótica fue su separación...
Ambos aún amaban la ciencia, ambos estudiaban y les fascinaba la bioquímica. Sin embargo, fue su falta de compromiso y empatía hacia el otro lo que inició lo inevitable.
Jayce añoraba más de lo que Viktor podía dar en su momento. Viktor no sólo estudiaba sino que trabajaba para lograr terminar con éxito su maestría.
El orfanato se deslindó de toda responsabilidad cuando cumplió dieciocho años, a pesar de que fueron más amables con él, costeando todas las cirugías gracias a donaciones de la ciudadanía, ante la ley ellos ya no eran responsables de cualquiera que llegara a mayoría de edad...
El castaño no los culpaba, lidiaban a diario con decenas de niños y adolescentes en un lugar considerablemente pequeño. No podía agarrarles coraje luego de todo lo que hicieron por él.
Viktor luchó mucho, consiguiéndose también un apartamento pequeño por su cuenta gracias a su esfuerzo. Jayce sabía, e incluso lo entendía a cierto punto ya que también trabajaba. Pero Jayce aún así exigía más en la relación, sin darse cuenta que él la tenía más fácil al recibir apoyo continuo de su madre, esto causaba un estrés descomunal en Viktor al hacerlo sentir indirectamente inferior.
Y esto no era intencional, Jayce odiaba algún día hacerle algo para lastimarlo. No obstante, todas aquellas pláticas para pasar más tiempo juntos, el cómo el moreno reprochaba lo distante que lo sentía, el cómo el castaño intentaba una y otra vez alcanzar un nivel donde ambos estuvieran cómodos sólo para llegar a las mismas pláticas absurdas, fue lo que detonó la bomba... Viktor ya no se sentía entendido, se sentía como una carga.
Jayce trató desesperadamente contactarlo muchas veces después de la ruptura. Al estar en aulas diferentes, no siempre podían verse debido a horarios escolares y sus trabajos. Pero cada intento de verlo y hablarlo para arreglar las cosas resultaba en tener otra discusión o ser rechazado brutalmente por Viktor.
Ambos tomaron diferentes rumbos al terminar sus maestrías. Viktor continuó trabajando en aquél lugar de paga mínima por un tiempo más en lo que ahorraba dinero para así conseguirse algo mejor después.
Jayce aceptó trabajo en un laboratorio clínico localizado en una zona donde reside mucha gente ¨bien acomodada¨.
Un año después, el castaño recibió una oferta laboral que sin duda le daría una vuelta de ciento ochenta grados a su situación económica.
Vaya fue su sorpresa al enterarse que era en el mismo laboratorio clínico donde trabajaba Jayce...
Se maldecía en sus adentros al no haberse dado cuenta antes de lo raro que había sido que Caitlyn— de toda la gente que conoce— fuese quien lo contactara luego de tanto tiempo sólo para presentarle una oferta laboral.
Pero Viktor no podía ponerse exigente, era su única salvación para salir de su entonces situación económica, así que terminó por firmar el contrato.
Los primeros meses fueron incómodos, sólo hacían su trabajo, dirigiéndose una que otra palabra relacionada a su labor, ¨buenos días¨ y ¨buenas tardes¨ en un tono más seco que un desierto.
Después de ocho tormentosos meses trabajando juntos, Jayce no pudo más y lo buscó de nueva cuenta... Un último intento antes de soltar por fin la soga a la cuál se llevaba aferrando dolorosamente todo ese tiempo.
Al principio Viktor no quería saber nada, mas aquellos ojos olivos que derramaban ternura— que Viktor sabía Jayce sólo tenía para él, fue lo que lo orilló a romper con la fachada.
Disculpas, sollozos, abrazos y besos con sabor a sal en su ¨primera¨ cita. Sin faltar las confesiones de amor, de miedos e inseguridades.
Pasaron meses desde entonces, volviéndose a amar y fortaleciendo su compromiso de jamás separarse del otro de nuevo.
Algo en la parte más profunda de su cabeza le incomoda, un recuerdo, como un cosquilleo difícil de ignorar...
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"Creo que es aquí..." La voz del caballero que lo acompañaba por el cementerio se hace presente, cortando de tajo el pensar del castaño. "¿Es acá donde te dirigías, no?"
Los pasos de ambos se detienen.
A unos ocho metros de distancia se encuentra el altar que Ximena construyó, siendo ella acompañada por Jayce, Caitlyn y Vi— quien tiene poco tiempo de haber llegado.
Jayce voltea y su mirada se topa con la de su amado. Los dos, sin pensarlo dos veces, toman camino a paso apresurado para recibirse con un caluroso abrazo.
"Mi amor." El aliento cálido del moreno roza contra la oreja del castaño. "Pensé por un momento que no llegarías."
"Perdón, corazón..." Replica el ojos miel al frotar suavemente su cara en la cuenca entre el cuello y hombro de su amado. "Me perdí, no recordaba las instrucciones para llegar. Pero, un señor me ayudó, fue muy amable." El muchacho se separa y gira su cuerpo para agradecerle al caballero que lo acompañaba... Pero el hombre ya no se encontraba allí.
Viktor abre los ojos en sorpresa, escanea el lugar pero sin dar con la silueta de aquél señor de mirada gentil.
"¿Amor...?" Jayce toma a Viktor de los hombros, ayudándole a enfocar la mirada en él. "Ven, amor."
El moreno guía a su pareja frente al altar para que él también pueda apreciarlo. No obstante, sus ojos dorados se distraen al encontrar al extraño caballero detrás de Ximena ahora. El hombre coloca ambas manos sobre los hombros de la mujer, agachándose para poder plantar un tierno beso en la cabeza de ella.
Algo hace click en Viktor. En cuanto redirige su atención al altar, nota de inmediato la foto del padre de Jayce en el peldaño más alto.
Es él.
Viktor queda atónito.
¿Cómo pudo olvidar al padre de su pareja? Lo ha visto cientos de veces en fotos familiares que Jayce y Ximena le han mostrado en sus visitas.
En eso, Jayce vuelve a robar su atención al sujetarle su mano, el castaño lo mira intensamente, sintiendo de nuevo ese cosquilleo extraño dentro de su cabeza que lo confunde...
Jayce sostiene la mano de Viktor con dulzura, y antes de que el castaño pueda decir algo, su amado coloca una pieza de pan sobre su palma. Al inspeccionarla, el muchacho nota que se trata de su favorita: una concha de vainilla rellena de crema, de las que suelen vender cerca de la casa de Ximena.
"Haz de tener hambre." Comenta Jayce con una sonrisa alentando a su pareja que lo acompañe a comer.
Click.
El moreno sonríe al quedar frente al altar, Viktor lo observa de reojo, divisa cómo Jayce fija sus orbes en los diferentes objetos del altar.
Una imagen borrosa invade la mente del ojos miel: lluvia, noche, luces rojas parpadeantes.
No sabe qué es, no sabe lo que significa. No sabe si es un recuerdo de un suceso que su mente le grita por recordar o un sueño lúcido que tuvo en una ocasión por sus constantes noches en vela.
Vuelve a analizar a Jayce, el cómo mueve sus manos sobre la mesa que constituye el primer peldaño del altar para alcanzar otro objeto.
CLICK.
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Cuando Jayce y Viktor cumplieron seis meses juntos— después de volverse pareja nuevamente, el moreno hizo una reservación en un restaurante de alto prestigio.
La idea obviamente sería rechazada por el castaño ya que él no estaba acostumbrado a lugares así, por esa razón consiguió el lugar sin que Viktor supiera.
"Vístete guapo el sábado, mi amor. Te llevaré a cenar."
Es lo único que Jayce le había dicho, enterándose el mismo sábado a dónde irían. Viktor trató que Jayce cancelara, pero él se reusó rotundamente.
El castaño siempre vio esos lugares como sitios para despilfarrar dinero y aparentar estatus sociales ante gente que ni le importa...
"No se trata de cómo nos miren, quiero llevarte a un lugar bonito. Iremos por la experiencia, conocer algo nuevo. Y si no te gusta, tan fácil como salirnos de allí y nos vamos al puesto de tacos que amas tanto, el de Don Eugenio. Me da igual qué comamos, quiero hacer esto contigo."
Viktor aún recuerda el hormigueo que sintió en su estómago al escucharle decir eso. Y fue así como se contagió del bichito de curiosidad que afectaba a su amado.
Era de noche con una ligera llovizna, las siete y media en el reloj. Ambos dentro del carro de Jayce mientras se desplazaban por la carretera. Una canción pop del momento sonaba en la radio, aunque ninguno de los dos prestó atención en escucharla al estar con un manojo de nervios por probar un lugar nuevo para comer y saber si la ¨comida de ricos¨ es tan buena como la hacen ver en películas. Estaban a tiempo, el restaurante quedaba a quince minutos, la reservación agendada a las ocho.
El auto se detiene en una luz roja. Viktor siente la cálida mano de Jayce sobre la suya, lo cuál lo hace voltear rápidamente, notando los hermosos ojos olivos de su amado posados ya en él. Ambos se sonríen, Viktor aprieta la mano de su pareja sin apartar la mirada. Jayce pierde ante sus impulsos y se acerca para robarle un beso, el castaño se lo devuelve con mucho gusto, soltando una risilla.
La luz regresa a verde, ambos se separan para continuar su camino.
Un sonido chirriante se hace presente al cruzar el semáforo. Antes de que Jayce pueda reaccionar, un auto preveniente de la calle que cruzaba esa intersección se pasa la luz roja, impactándolos a alta velocidad.
Ambos autos quedan severamente dañados, siendo el auto de Jayce el más perjudicado al haber girado un par de veces por la fuerza del fuerte choque.
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"Mi amor, ¿estás bien?"
La voz de Jayce se siente distante... Pero es suficiente para regresarlo al presente. Deja el pan sobre el altar sin apartar su vista de aquél otro cuadro pequeño frente a él donde se le ven a ambos abrazados, felices y sonrientes en una playa con un hermoso atardecer de fondo.
Recuerda ese día, Viktor lo llevó a Cancún por su cumpleaños, tres meses después de haberse vuelto pareja por segunda vez.
El muchacho de ojos dorados busca la mirada de su amado, éste nota de inmediato el miedo y confusión que se desenvuelven en Viktor y lo toma de nuevo por los hombros para jalarlo hacia él y reconfortarlo en un fuerte abrazo.
"No tengas miedo. Aquí estoy."
Una mano acaricia con dulzura su cabello color chocolate en un intento de calmarlo. Viktor no puede evitar soltar el llanto ante la resolución del por qué están aquí...
Un sollozo los hace separarse, no es por parte de Viktor ni de Jayce, sino de Ximena.
Ven cómo la mujer limpia su rostro con un pañuelo blanco bordado de flores, para después dirigir ella su mirar hacia Caitlyn y Vi.
"Lo siento... Puedo sentirlo." Dice la mujer al soltar más lágrimas que no puede parar. "Pero— no creo que sea mi Jayce esta vez... Es mi gordo." Ximena pone una mano sobre su hombro, sintiendo un escalofrío sobre su piel que le hace pensar en su difunto esposo.
Caitlyn y Vi le sonríen, formándose en el rostro de ellas una melancolía inevitable tras escuchar a la mujer.
Viktor la observa brevemente. Su atención posada luego en el hombre, topándose con su mirada. El padre de Jayce lo contempla con una amabilidad que le causa soltar un suspiro y sentir de nuevo cómo sus mejillas se mojan por su llorar.
El hombre le asiente con su cabeza para después sonreírle. Luego de unos segundos, el padre de Jayce vuelve a apapachar a su amada, llenándola de abrazos y besos que espera ella los pueda aún sentir.
Viktor sonríe, volteando hacia Jayce— quien lo lleva observando con adoración todo ese tiempo. El castaño se coloca frente a él, tomando su rostro con ambas manos y admirarlo, como si fuese la obra de arte más hermosa del planeta.
"Vamos a comer." Dice con ojos cristalinos, dándole un tierno beso a su pareja.
Los muchachos se toman de las manos, dando un par de pasos hasta quedar de nueva cuenta frente al altar, sentándose sobre la tumba donde yacen sus restos.
La pareja intercambian miradas, ríen y disfrutan de los tamales, pan y guisos que Ximena ha preparado para ellos, deleitándose del café de olla que aún se encuentra calientito— preparado justo como a Viktor le gusta.
Ha pasado un año desde su accidente.
Su primer año después de haber cruzado el río de las almas. Ese torturador camino hacia el Mictlán que por el momento comienzan a recordar por partes...
Pero lo que sí recuerdan con precisión,
y recordarán por siempre,
es el gran amor que se tienen.
Y aquella promesa que se hicieron de estar juntos para siempre,
incluso después de la muerte.
