Chapter Text
La noche caía como una manta pesada sobre las montañas, sofocante, húmeda, cargada de un aroma a tierra mojada y… algo más. Algo que removía en lo más profundo de Yoshiki una sensación que venía arrastrando desde hace días.
Desde que Hikaru empezó a actuar raro.
Más raro.
—Hikaru… —la voz de Yoshiki se ahogó en su garganta al verlo sentado bajo el árbol de siempre, la camiseta de verano pegada a su cuerpo como si la tela fuera parte de su piel, gotas de sudor resbalando por su cuello, su aroma… Dios, su aroma estaba cambiando.
No era el olor artificial del “Hikaru” que todos conocían, ese aroma a vacío, a tierra seca. Era algo más denso, dulce, cargado de feromonas que solo los Alfas sensibles podían percibir. Como si el Omega real estuviera intentando emerger de entre los escombros de aquel cuerpo prestado.
—Yoshiki… —susurró Hikaru, su voz temblorosa, como si no pudiera controlar su propia respiración—. No te acerques más.
Yoshiki apretó los puños.
Sabía lo que significaba. Hikaru estaba entrando en celo.
Pero eso era imposible.
El Hikaru humano había muerto hace meses. Lo que quedaba era un cascarón, un “ente” que a veces parecía querer imitarlo, a veces… lo superaba. Pero ahora, por alguna razón, el cuerpo de Hikaru estaba respondiendo como si aún fuera humano.
Como si el alma que se había ido quisiera volver. O al menos, arrastrar a Yoshiki a la perdición con ella.
—¿Desde cuándo lo ocultas? —preguntó Yoshiki, acercándose sin importarle el calor abrasador que el cuerpo de Hikaru irradiaba. Sus feromonas lo golpearon como una bofetada, haciendo que sus colmillos Alfa hormiguearan, pidiendo marcar, poseer.
—Desde hace días… pero ya no puedo más —confesó Hikaru, llevándose la mano al vientre, encorvándose con una expresión de puro sufrimiento—. Esto no es normal, Yoshiki… Esto no debería estar pasándome…
—Pero está pasando.
Yoshiki estaba temblando. No por miedo, sino por contención. Su instinto Alfa rugía dentro de él, exigiendo que reclamara a Hikaru, que lo cubriera de su olor, que lo protegiera de ese celo salvaje.
Pero Yoshiki era diferente.
Siempre había sido el Alfa que controlaba sus impulsos. El Alfa que nunca quiso “poseer” a Hikaru. Él solo quería estar a su lado, sin ataduras biológicas.
Pero ahora… ver a Hikaru retorciéndose, pidiendo ayuda con esos ojos llorosos, era un castigo.
—Muerde, Yoshiki… mátame si es necesario, pero alivia este calor —Hikaru jadeó, deslizando los dedos por la nuca de Yoshiki cuando este cayó de rodillas frente a él—. No puedo controlarlo… tengo miedo…
—No voy a matarte. —La voz de Yoshiki sonó como un gruñido, oscuro, desesperado. Sus manos se aferraron a la cintura de Hikaru, acercándolo a su cuerpo, sintiendo cada espasmo, cada latido desesperado bajo su piel—. Pero no esperes que pueda contenerme mucho más.
El beso llegó como un asalto. Feroz, húmedo, cargado de ansias reprimidas. La lengua de Yoshiki saboreó cada gemido de Hikaru, mezclándose con sus respiraciones entrecortadas.
El cuerpo de Hikaru temblaba, su aroma se volvía más denso, más enloquecedor. El Omega anómalo, aquel que no debía existir, estaba despertando cada fibra animal en Yoshiki.
—Voy a hacerlo, Hikaru… Voy a morderte. Voy a dejar mi marca y no te voy a soltar —gruñó Yoshiki, apretando sus colmillos contra la piel sensible del cuello de Hikaru.
—Entonces hazlo. Porque si no lo haces ahora… no volveré a ser yo —susurró Hikaru con una sonrisa triste.
La mordida fue profunda, posesiva, marcada por la desesperación. Yoshiki no sabía si estaba rompiendo una regla biológica, si estaba condenando a ambos a un infierno del que nunca saldrían, pero en ese instante, nada importaba más que reclamar a Hikaru, que sujetarlo con tanta fuerza que el mismo “ente” que usurpaba su cuerpo se rindiera.
La esencia de Hikaru se mezcló con la suya en un torbellino de sensaciones. Feromonas, sudor, lágrimas. Hikaru se aferró a la espalda de Yoshiki como si fuera su ancla a este mundo, sus caderas temblando contra las del Alfa, buscando fricción, buscando más.
El primer empuje fue lento, pero el gemido de Hikaru al ser llenado quebró cualquier contención.
La cópula fue frenética, desordenada. Yoshiki embestía con la brutalidad de un Alfa que había reprimido todo, y Hikaru respondía con gemidos que oscilaban entre la súplica y el éxtasis. Cada vez que Yoshiki hundía sus dientes en su cuello, el cuerpo de Hikaru se estremecía, reclamando más.
—Eres mío, Hikaru… mío, solo mío. Aunque el mundo entero te reclame, aunque tú mismo dudes de lo que eres —jadeó Yoshiki, sintiendo cómo su nudo comenzaba a formarse.
—Siempre he sido tuyo, Yoshiki… incluso cuando ya no era yo… —susurró Hikaru, derramando lágrimas calientes.
El momento en que Yoshiki se anudó dentro de él fue como un estallido, un golpe de realidad que los dejó jadeando, unidos en un lazo que trascendía lo físico.
Y, por un instante, Yoshiki lo sintió.
Hikaru estaba ahí. No solo el cascarón. No solo el ente.
Hikaru.
—No me sueltes, Yoshiki… —murmuró Hikaru, abrazándolo con una fuerza que no debería tener en ese estado—. Aunque mañana no recuerde nada… prométeme que no me vas a soltar.
Yoshiki besó sus labios, sellando su promesa.
No importaba si el mundo entero se quebraba a su alrededor. Si Hikaru iba a ser arrastrado a la oscuridad, Yoshiki iría con él, atado por instinto, por amor, por esa mordida que marcaba el límite entre lo prohibido y lo inevitable.
Aquella noche, bajo el árbol que los había visto crecer, Yoshiki y Hikaru rompieron la última barrera.
No como Alfa y Omega.
Sino como dos almas que se niegan a morir.
Fin.
