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Lo supimos todos, menos tu

Summary:

Tras décadas compartiendo su existencia con Gen Asagiri —mentalista, diplomático y la única persona capaz de hacerlo comer a sus horas—, Senku decide “dar el siguiente paso” y formalizar su relación… sin saber que, para el resto del mundo, ya llevaban más de treinta años casados en todo menos en nombre.

Notes:

Work Text:

La biografía de Senku Ishigami era, sin exagerar, una línea del tiempo que parecía un insulto al concepto de "vida normal".
A los ocho años, mientras otros niños jugaban con bloques de colores o coleccionaban insectos, él construyó un cohete funcional en el patio trasero.
A los quince, cruzó el continente africano como parte de una expedición científica para estudiar el virus del ébola, interrumpiendo apenas sus clases de secundaria.
A los dieciséis, formuló el fluido de la resurrección que traería de vuelta a la humanidad.
A los veinticuatro, pisó la superficie de la luna con la mirada de quien solo ha encontrado una respuesta más en la búsqueda eterna de verdades.
Y a los cincuenta y ocho, se dio cuenta de que llevaba más de tres décadas viviendo con Gen Asagiri, compartiendo techo, cama y vida —y aún no lo había besado.

El mundo entero lo conocía como un genio sin igual, un científico capaz de desafiar las leyes mismas del universo si eso le permitía desentrañar un nuevo secreto. Pero, en la única materia donde el progreso no podía medirse con ecuaciones ni aceleradores de partículas —el amor—, Senku Ishigami se había quedado atascado como un experimento abandonado en el fondo de un laboratorio.

 

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—Lo olvidaste otra vez —anunció Gen desde la cocina, balanceando con elegancia una taza de café. Sus canas comenzaban a peinarse entre sus mechones oscuros, pero aún conservaba esa sonrisa filosa que podía endulzar o destruir al interlocutor, según le viniera en gana.

—¿El qué? —preguntó Senku, que estaba rodeado de planos esparcidos por el suelo y al menos tres pantallas encendidas con simulaciones en tiempo real.

—Nuestro aniversario. Bueno… "aniversario". No tenemos una fecha oficial, pero hace exactamente treinta y cuatro años que vivimos juntos.
Veintiocho desde que empezaste a dormir en mi cama porque dijiste que la calefacción era más eficiente si compartíamos cuerpo.
Dieciséis desde que me pediste que figurara como tu contacto de emergencia en todas tus misiones.
Y doce desde que me llamaste "mi pareja" delante de los reporteros sin pestañear.

Senku parpadeó. Miró su tableta. Luego miró a Gen.

—No necesito recordatorios si ya vivimos como una pareja casada desde hace más de medio siglo.

Gen rió con suavidad, apoyando la taza en la mesa como si estuviera colocando una pieza de ajedrez que iba a cambiar todo el tablero.

—Ese es justo el punto, querido científico: lo somos. Solo que tú no lo has notado hasta ahora.

Senku abrió la boca para decir algo, probablemente una fórmula, una analogía científica, una negación empírica… pero se quedó en silencio. Su mente, la misma que alguna vez había resuelto la logística para colonizar la luna con recursos mínimos, se trabó ante la obviedad más humana del mundo.

Vivían juntos.
Reían juntos.
Discutían y volvían a encontrarse, como satélites en órbita eterna.
Gen era la primera voz que escuchaba por la mañana y la última que lo hacía sonreír antes de dormir.
Y cuando se miraban, ya no había espacio entre ellos que pudiera medirse en metros, sino en moléculas compartidas.

 

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Treinta y cuatro años atrás, el primer día que Gen cruzó el umbral de la cabaña improvisada de Senku en lo que quedaba de Ishigami Village, no habían sido más que dos enemigos que se toleraban por conveniencia. Un mentalista con lengua afilada y un científico con el corazón blindado.
Pero uno hablaba de emociones con tanta facilidad como el otro hablaba de química. Y, sin darse cuenta, construyeron una rutina que se volvió hogar.

Al principio, Gen aparecía solo en las reuniones del Reino Científico, tomando notas, interpretando, manipulando situaciones.
Después, empezó a quedarse más horas.
Luego, más noches.
Y en algún punto, dejó de decir “me voy a mi casa”, porque ya no había otra casa a la cual volver.

Senku, siempre pragmático, nunca puso objeción.
—Es más eficiente —decía—. Dos cerebros juntos. Dos pares de manos. Una distribución de recursos más óptima.

Jamás dijo: “Me gusta que estés aquí”.
Jamás dijo: “Me haces falta”.

Gen, por su parte, tampoco exigió esas palabras. Él sabía leer los silencios, las pausas, los detalles.
La forma en que Senku le guardaba el último trozo de pan, aún si fingía que no le importaba.
Cómo su voz bajaba apenas al decir su nombre.
La manera en que, cuando enfermaba, Senku lo cuidaba con una atención más precisa que cualquier robot asistente.

 

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—Te ves muy callado —dijo Gen, ahora sentado frente a él, cruzando las piernas con la elegancia de quien sabe que tiene la ventaja.
—Estoy pensando.
—¿Pensando o procesando que llevas cincuenta y ocho años siendo un genio en todo menos en esto?

Senku alzó una ceja.

—Tú tampoco dijiste nada.

—¡Por supuesto que no! ¿Y estropear el experimento? ¡Jamás! Quería ver cuánto te tomaba llegar a la conclusión. Es como ver evolucionar una especie entera en cámara lenta.

Hubo un silencio.
No incómodo. Solo... denso. Lleno de todo lo que nunca habían dicho en voz alta.
Entonces Senku se levantó. Dio dos pasos. Luego uno más.
Y se detuvo frente a Gen, mirándolo como si intentara descifrar una ecuación escrita en un idioma muerto.

—¿Quieres saber la verdad? —murmuró.
—Sorpréndeme.

Senku se agachó. No bruscamente. No con torpeza. Con la delicadeza exacta con la que colocaría la última pieza de una máquina compleja, el toque final de un proyecto largamente estudiado.
Y lo besó.

No fue un beso de fuego adolescente, ni uno robado en medio de una batalla.
Fue el tipo de beso que solo se puede dar después de haber compartido una vida entera con alguien.
Fue la confirmación de una ecuación largamente ignorada.
De una constante que siempre estuvo ahí, silenciosa, paciente.
Amor.

Gen no dijo nada al principio.
Solo apoyó una mano en la mejilla de Senku, como si temiera que fuera parte de algún experimento onírico.
Pero luego sonrió. No la sonrisa fingida de sus trucos mediáticos. No la burlona.
Una genuina. Tranquila. Absoluta.

—Cincuenta y ocho años, Ishigami Senku. Has batido tu propio récord de lentitud emocional.

—Y sin embargo, el resultado sigue siendo correcto —replicó él, sin apartarse ni un milímetro.

 

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Esa noche no hubo laboratorios encendidos.
No hubo cálculos ni debates.
Solo dos cuerpos compartiendo calor en una cama que hacía décadas era de ambos, aunque nunca lo hubieran dicho.
Senku no habló. No hacía falta.
Gen tampoco preguntó. Él ya sabía.

Había cosas que se decían con fórmulas.
Otras, con miradas.

Y algunas, como esa, con un beso que tardó más de medio siglo en llegar.
Pero que fue, sin duda, el más importante de su vida.

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Senku Ishigami había construido reactores, revivido a la humanidad, colonizado la luna y ganado tres veces el Premio Global de Ciencia Aplicada. Y sin embargo, esa tarde, con los brazos cruzados, de pie en medio del salón de reuniones del Reino Científico, sudaba como si estuviera por confesar que había olvidado balancear una ecuación de redox.

—Quiero hablarles de algo —dijo, finalmente, sin levantar la mirada.

Kohaku lo observó con curiosidad, Chrome ladeó la cabeza y Ryusui simplemente bebía café con una ceja en alto. Francamente, lo más extraño de todo era que Senku parecía… inseguro.

—¿Qué hiciste ahora? —preguntó Ukyo, medio en broma, medio en serio.

—No hice nada, aún —replicó Senku—. Solo… he estado considerando dar un paso. Un paso importante.

Kaseki dejó caer sus herramientas. Su cara arrugada se iluminó con esperanza.

—¡¿Vas a adoptar a un aprendiz?! ¡Por fin!

—No. Nada de eso —dijo Senku, exasperado—. Estaba pensando… en preguntarle a Gen si quiere formalizar. Ya saben. Ser una pareja oficial.

El silencio fue tan absoluto que hasta los ventiladores dejaron de sonar. Ryusui se atragantó. Kohaku frunció el ceño. Y Chrome soltó un ruidito ahogado.

—¿Formalizar? —repitió Yuzuriha, como si no hubiera escuchado bien.

—Sí. O sea, nunca lo hablamos. Vivimos juntos y todo, claro, pero nunca llegamos a un acuerdo explícito. Me preguntaba si quizás sería momento de… no sé, tener una conversación clara. Acordar términos. Tal vez hasta firmar algo.

El desconcierto colectivo fue inmediato.

—¿Eh? —soltó Taiju, rascándose la cabeza—. ¿Pero… no eran ya pareja?

Senku alzó una ceja.

—¿Cómo que “ya”?

—Senku —intervino Ukyo, con tono suave pero firme—. Llevan más de treinta años haciendo absolutamente todo como una pareja.

—Eso no es exacto. Nunca establecimos una relación romántica formal —defendió Senku, como si estuviera en una conferencia académica—. No ha habido ninguna conversación específica sobre exclusividad, estructura de convivencia ni planes a futuro con base emocional. Técnicamente…

—¡Por favor! —lo interrumpió Kohaku, palmándose la frente—. ¡Duermen en la misma cama desde hace más de veinte años!

—Eso es irrelevante. La eficiencia térmica…

—Gen maneja todas tus finanzas —intervino Ryusui, señalándolo con la taza—. ¡Y eso te lo dice alguien que invierte en veinte países!

—Lo hace porque es bueno con las negociaciones y...

—Todas las empresas, patentes y propiedades que tienes están a nombre de ambos —añadió Yuzuriha, mostrándole un archivo en su tableta—. ¿Crees que eso es normal entre “colegas”?

Senku entrecerró los ojos.
—Eso fue por conveniencia legal.

—Conveniencia legal que firmaste sin pestañear —remató Ukyo—. ¿Y recuerdas tu discurso cuando te premiaron con el título de Héroe Humanitario de la Nueva Era?

Senku frunció el ceño.

—¿Qué tiene que ver?

—Terminaste diciendo, y cito textualmente: “Nada de esto sería posible sin Gen Asagiri, el mejor compañero que podría haber deseado para toda mi vida.”
Con énfasis en toda mi vida, Senku.

Chrome, con una expresión entre divertida y confundida, intervino:

—Senku, cuando Gen volvió de su misión diplomática en el continente austral, tú cancelaste una conferencia internacional para recibirlo. Dijiste que era porque “la sincronización de ciclos personales era más importante que la política”.

—¿Y? —replicó Senku, cruzado de brazos.

—¡Y cada vez que alguien se le insinuaba a Gen, él respondía que ya tenía compañero! —exclamó Kohaku—. ¡Siempre! Nunca una vez dudó.

—Eso es una decisión suya. Nunca discutimos esa etiqueta. Quizá era algo simbólico…

—¿Simbólico? —rió Ryusui, soltando una carcajada—. Una vez, cuando te preguntaron si te interesaba casarte, respondiste: “Con Gen tengo suficiente de eso para toda mi vida.” ¡En televisión nacional!

Senku abrió la boca… y la volvió a cerrar.
Recordaba esa entrevista. Había sido hace una década. No pensó que alguien la tomara literalmente.

—Además, ustedes dos siempre comen juntos —añadió Taiju, con la simplicidad de quien dice la verdad absoluta—. ¡Siempre! Nunca te he visto almorzar sin Gen a menos que él esté de viaje. Y cuando lo está, te pones insoportable.

—Y cuando tú estás enfermo, es Gen quien te obliga a tomar tus medicinas —añadió Yuzuriha—. Te regula los horarios, organiza tus descansos, y se asegura de que no trabajes más de doce horas seguidas. ¿Quién más haría eso si no fuera tu pareja?

Senku ya no tenía palabras. Su cerebro, usualmente tan preciso, parecía haber tropezado con un agujero negro de evidencia afectiva.

Ukyo le dio el golpe final con voz serena:

—Incluso el perro robot que crearon juntos se llama “Mini Sengen”. ¿No te parece… revelador?

Silencio.

Senku bajó lentamente la cabeza y se sentó en la silla más cercana como si acabaran de confirmar que toda su vida fue una simulación.

—¿Soy estúpido? —murmuró, casi en automático.

—No —respondió Ryusui, sonriendo de oreja a oreja—. Eres el hombre más inteligente del planeta. Solo que, en asuntos del corazón, eres… cómo decirlo...

—Una ameba sentimental —aportó Kohaku con crueldad infantil.

—Un idiota funcional —sugirió Ukyo.

—Un genio emocionalmente ciego —añadió Yuzuriha.

Chrome se rió.

—¡Yo pensé que era obvio! ¡¡Hasta Kaseki lo sabe!!

El viejo artesano alzó un pulgar desde su banco de trabajo.

—¡Ya les hice tazas que dicen “Sr. y Sr. Ishigami-Asagiri” hace diez años!

Senku se cubrió la cara con ambas manos. Y por primera vez en décadas, se sintió perdido en una fórmula que todos los demás habían entendido mucho antes que él.

 

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Horas después, ya más tranquilo, Senku volvió al laboratorio que compartía con Gen. Este no estaba, por fortuna. Seguramente en alguna reunión, solucionando algo que Senku nunca tenía que pensar porque Gen lo hacía todo con la eficiencia de un reactor nuclear.

Se sentó en la silla frente al monitor y lo observó. Allí estaban los recordatorios que Gen le había dejado por años: “Comer a las 13:00”, “Dormir antes de las 2 a.m., por favor”, “Recuerda que no eres inmortal, tonto”.

Todas esas pequeñas cosas que había dado por sentadas.

Miró la taza en su escritorio, la que usaba todos los días. Tenía una grieta apenas visible y un mensaje ya descolorido:

“Para el mejor compañero del mundo.”
—Gen.

 

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Esa noche, cuando Gen regresó, Senku lo recibió en la puerta.
Vestía su bata habitual, sin ceremonias. Sin flores ni velas. Solo su expresión, honesta por primera vez en mucho tiempo.

—¿Qué hiciste ahora? —preguntó Gen, colgando su abrigo—. Tienes cara de haber descubierto que la gravedad no existe.

—Descubrí que somos pareja.

Gen lo miró en silencio. Luego entrecerró los ojos.

—¿Eso creíste que era un descubrimiento?

Senku asintió, avergonzado.

—Todos lo sabían menos yo.

Gen suspiró largamente. Caminó hasta él, le acomodó el cabello con paciencia y luego sonrió.

—A veces el genio más brillante necesita que le pongan un cartel luminoso para ver lo obvio.

—Soy idiota.

—A veces. Pero te amo igual.

Senku lo miró, un poco perplejo, un poco conmovido. Luego alzó una ceja.

—¿Y si ahora lo hacemos oficial?

Gen arqueó una ceja.

—¿Quieres anunciarlo públicamente? ¿Una ceremonia? ¿Documentos?

—No necesariamente. Solo… una confirmación mutua de que lo que tenemos es real.

Gen se inclinó, rozó su frente con la de él y susurró:

—Siempre lo ha sido, Senku. Solo faltaba que tú lo notaras.

Senku sonrió. Por primera vez, sin cálculo, sin ciencia, sin estrategia.
Solo sentimiento.

Y aunque había tardado toda una vida en llegar ahí, finalmente encontró la última pieza de su fórmula más incomprensible.

Amor.