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Cálculo de un nuevo hogar

Summary:

Senku Ishigami, un niño prodigio de siete años, quien pierde a su padre, Byakuya, en un sabotaje en la NASA. Xeno Houston Wingfield, un omega científico, y Stanley Snyder, su pareja alfa, se convierten en sus tutores tras una promesa a Byakuya

Chapter 1: Por favor

Notes:

Este es mi primer fic y como andaba obsesionado con el omegaverse estos días decidí hacerlo XD

 

Espero disfruten 😌❤️
✨🦖✨

Chapter Text

La noche en las instalaciones de la NASA era engañosa en su calma. En los comedores, Byakuya Ishigami entretenía a un grupo de astronautas con historias sobre su hijo Senku, su risa resonando como un faro de calidez en el ambiente estéril. Su aroma a tierra fresca y madera llenaba el aire, una presencia reconfortante para quienes lo rodeaban. Mientras tanto, en su laboratorio aislado, Xeno Houston trabajaba en silencio, rodeado de pantallas y diagramas, sus feromonas de café tostado impregnando el espacio con su concentración implacable.

De repente, las luces parpadearon y se apagaron. Un zumbido eléctrico murió en el aire, seguido de un silencio inquietante. Los generadores de emergencia, diseñados para activarse en segundos, permanecieron mudos. Byakuya, sentado en el comedor, dejó de hablar a mitad de una frase, su instinto beta alertado por el cambio. Los demás astronautas intercambiaron miradas, sus propias feromonas comenzando a agitarse con notas de ansiedad.

—¿Qué demonios fue eso? —murmuró uno de los técnicos, su voz tensa.

Antes de que Byakuya pudiera responder, las alarmas estallaron. Un aullido ensordecedor llenó el lugar, acompañado de luces rojas parpadeantes que bañaron los pasillos en un resplandor inquietante. Los altavoces crujieron con una voz urgente:

—¡Atención! ¡Infiltración detectada! ¡Evacuen inmediatamente por las salidas de emergencia! ¡Repito, evacuen ahora!

El comedor se convirtió en un torbellino de caos. Sillas cayeron al suelo, platos se estrellaron, y el personal corrió hacia las salidas, sus feromonas mezclándose en una cacofonía olfativa de pánico: sudor, metal, cítricos amargos. Byakuya se puso de pie de un salto, su corazón latiendo con fuerza. Como beta, no tenía el instinto protector visceral de un alfa, pero su mente estaba entrenada para mantener la calma en crisis. Sin embargo, algo lo detuvo mientras seguía al grupo hacia la salida más cercana.

—Espera... —murmuró, deteniéndose en seco. Sus ojos escanearon a la multitud que se empujaba hacia las puertas. Falta alguien.

El nombre golpeó su mente como un relámpago: Xeno. Ese omega obstinado, siempre encerrado en su laboratorio, probablemente ni siquiera había notado las alarmas. Byakuya sabía que el laboratorio de Xeno era autosuficiente, diseñado para funcionar incluso en un apagón. Si no estaba con el grupo, estaba solo, vulnerable.

—¡Byakuya, vamos! —gritó una compañera, una alfa con el cabello desordenado, mientras lo jalaba del brazo.

—Tengo que ir por Xeno —respondió él, su voz firme a pesar del caos. Sin esperar respuesta, se apartó del grupo, ignorando las protestas. Sus feromonas se intensificaron, un aroma a madera quemada que reflejaba su determinación.

Corrió por los pasillos oscuros, esquivando a los empleados que huían en dirección opuesta. El aire estaba cargado de humo, el olor acre de las bombas de gas mezclándose con los gritos y el eco de disparos lejanos. Byakuya se pegó a una pared cuando una ráfaga de balas resonó en un corredor cercano, su respiración agitada pero controlada. Fue entonces cuando lo escuchó.

—...el omega de los cohetes. Encuéntrenlo. El jefe quiere su cabeza. —La voz, fría y mecánica, venía de un hombre armado a pocos metros, hablando por un comunicador.

Byakuya se congeló, agachándose detrás de un carrito de equipo volcado. Su olfato captó el aroma agresivo del hombre, un alfa con feromonas de hierro y pólvora. ¿Xeno? ¿Por qué él? Su mente trabajó rápido, recordando las historias que Xeno le había contado: una oferta rechazada, un alfa poderoso humillado por el intelecto arrogante del omega. Alguien con suficiente influencia como para sabotear la seguridad de la NASA.
No había tiempo para especular. Byakuya se movió con sigilo, aprovechando el humo y la confusión para avanzar hacia el ala de los laboratorios. Los disparos y los gritos se intensificaban, pero él mantenía su enfoque. Xeno estaba en peligro, y no iba a dejar que su amigo enfrentara esto solo.

Llegó al laboratorio de Xeno, su puerta de acero brillando bajo la luz tenue de las pantallas internas. Golpeó con fuerza, pero no esperó respuesta. Usó su tarjeta de acceso de emergencia —una que Xeno siempre le reprochaba por tener— y entró de un empujón.

 

Xeno apenas notó el apagón. Sus pantallas seguían brillando, y él continuaba ajustando un modelo tridimensional de un motor de plasma. Pero el eco de los disparos lo arrancó de su trance.

—¿Qué demonios...? —susurró, sus feromonas tornándose más agudas, con un matiz metálico que delataba su alarma.

Con cautela, se acercó a la puerta de su laboratorio, su mano temblando ligeramente al girar la manija. Antes de que pudiera abrirla del todo, una figura irrumpió, empujándolo de vuelta al interior y apagando las luces con un movimiento rápido.

—¡¿Qué estás haciendo, idiota?! —espetó Xeno, su voz cortante mientras sus ojos se ajustaban a la penumbra. Era Byakuya.

—¡Silencio, Xeno! —siseó Byakuya, cerrando la puerta tras de sí—. ¡Están aquí por ti!

—¿Por mí? —Xeno arqueó una ceja, su tono incrédulo pero teñido de preocupación—. ¿Quiénes? ¿Y cómo entraste aquí? ¡Esto es una violación de mi espacio de trabajo!

Byakuya lo ignoró, revisando la puerta con una expresión tensa.

—Hombres armados. Infiltrados. Escuché a uno de ellos por radio. Dijeron que buscan al "omega de los cohetes". Eso eres tú, genio. —Su voz tenía un dejo de sarcasmo, pero sus ojos estaban llenos de urgencia—. No sé cómo entraron, pero el sistema de seguridad está saboteado. Tenemos que salir. Ahora.
Xeno procesó la información en segundos, su mente analítica conectando los puntos. Recordó la oferta que había rechazado meses atrás: una empresa privada con científicos de élite, liderada por un alfa arrogante que no aceptó un "no" por respuesta. Ese hombre... El rechazo de Xeno no solo había herido su ego, sino que lo había convertido en una amenaza.

—No hay tiempo para tus teorías, Xeno. ¡Muévete! —urgió Byakuya, tomándolo del brazo.

El aire en los pasillos de la NASA estaba cargado de humo y desesperación. Las bombas de gas habían transformado los corredores en una niebla densa, el olor acre mezclándose con el eco de disparos y los gritos de los empleados que aún buscaban las salidas. Byakuya arrastraba a Xeno por un pasillo lateral, su mano firme en el brazo del omega, cuyos ojos brillaban con una mezcla de pánico y cálculo frenético. Las feromonas de Xeno, un café quemado con un filo metálico, chocaban con el aroma a madera quemada de Byakuya, que exudaba una determinación feroz a pesar del caos.

—¡Mantente cerca! —ordenó Byakuya, empujando a Xeno contra una pared mientras una ráfaga de balas destrozaba un panel de control cercano, enviando chispas al aire. El beta se movía con agilidad, su entrenamiento como astronauta guiándolo a través del laberinto de oficinas y laboratorios destrozados.

—¡Esto es absurdo! —espetó Xeno, mientras intentaba mantener el paso—. ¡La seguridad de este lugar es de nivel militar! ¿Cómo lograron sabotearla?

—No lo es si alguien la saboteó —respondió Byakuya, sus ojos escaneando el pasillo. Su tono era serio, pero había un matiz de su habitual calidez, como si intentara mantener a Xeno anclado—. Luego haces tus cálculos, genio. Ahora corre.

Siguieron avanzando, zigzagueando entre escritorios volcados y equipos destrozados. Byakuya iba delante, usando su conocimiento de las instalaciones para guiarlos hacia una salida secundaria menos conocida, una que conectaba con los almacenes. Pero el sonido de botas pesadas y voces ásperas los seguía de cerca.

—¡El objetivo! ¡Por ahí! —bramó una voz grave, acompañada del sonido de botas pesadas y el clic de un arma cargándose.
Xeno se giró, sus ojos encontrándose con el cañón de un rifle apuntándole directamente. El tiempo se detuvo. Sus feromonas estallaron, un aroma a café quemado tan intenso que llenó el pasillo, reflejando el terror que lo paralizaba. En ese instante, vio su vida pasar: ecuaciones sin resolver, discusiones con Stanley, las risas de Byakuya contándole sobre Senku.

Antes de que el gatillo se apretara, Byakuya actuó. Con un movimiento brusco, jaló a Xeno hacia el suelo, su cuerpo cubriendo al omega mientras las balas silbaban sobre ellos, incrustándose en la pared. Sin perder un segundo, Byakuya arrastró a Xeno hacia un pasillo estrecho que terminaba en un cuarto de almacenamiento. La puerta, apenas visible entre los paneles metálicos, se abrió con un chirrido. Byakuya empujó a Xeno dentro y cerró tras ellos, sumiéndolos en la penumbra.

El espacio era claustrofóbico, apenas un armario lleno de cajas de suministros científicos, frascos de productos químicos y herramientas desordenadas. El olor a disolventes y metal oxidado impregnaba el aire, mezclándose con el humo que se filtraba por las rendijas de la puerta. Estantes abarrotados los obligaban a apretarse uno contra el otro, sus respiraciones agitadas resonando en el silencio tenso.

—¿Estás bien? —jadeó Byakuya, su voz baja mientras revisaba a Xeno con la mirada, sus manos aún sujetándolo por los hombros.
Xeno, con el corazón latiendo desbocado, asintió, aunque sus feromonas decían lo contrario.

—Tú... me salvaste —murmuró, su voz temblando, algo inusual en el omega siempre compuesto—. ¿Por qué arriesgarte así?
Byakuya esbozó una sonrisa cansada, intentando aligerar el momento.

—No iba a dejar que te convirtieran en un trozo de queso suizo. Stanley me mataría, y no quiero enfrentarme a ese alfa en el más allá.

Pero entonces Xeno notó algo. La camisa de Byakuya estaba empapada de sangre, un rojo oscuro que se extendía por su abdomen como una mancha cruel.

—¡Byakuya! —gritó, su voz rompiéndose mientras sus manos volaban hacia la herida—. ¡Te dieron!

Byakuya bajó la mirada, sorprendido. La adrenalina había ocultado el dolor, pero ahora lo sentía: un ardor insoportable, un cansancio que lo arrastraba hacia la oscuridad. Se deslizó hasta el suelo, su espalda contra un estante que crujió bajo su peso.

—No es... gran cosa —mintió, su voz débil mientras intentaba mantener su tono ligero.

—¡No mientas, idiota! —espetó Xeno, arrodillándose frente a él. Sus manos temblaban mientras presionaba la herida, el calor de la sangre empapando sus dedos. Su conocimiento médico confirmaba lo peor: el disparo había dañado un órgano vital, probablemente el hígado. Una hemorragia interna era casi segura, y en este armario lleno de frascos y herramientas inútiles, no había nada que pudiera hacer. Sus feromonas se volvieron insoportablemente agrias, un aroma a café quemado que llenó el espacio.

Byakuya alzó una mano y la apoyó en el brazo de Xeno, sus ojos nublados pero llenos de una calma resignada.

—Oye, Xeno... tranquilo. —Su voz era apenas un susurro, pero seguía cargada de su calidez característica—. Piensa en Senku... mi pequeño. Es un genio, ¿sabes? Solo tiene siete años, pero ya está diseñando cohetes con Legos y haciendo cálculos que me hacen sentir como un idiota.
En ese momento su mente reprodujo un recuerdo cálido.

Byakuya estaba en su apartamento, sentado en el suelo junto a Senku. El niño manipulaba un modelo de cohete improvisado, sus ojos carmín brillando con una intensidad que recordaba a Xeno en sus mejores momentos.

—Papá, si optimizamos la mezcla de propelente, podemos reducir el peso del cohete en un 10,000 por ciento —dijo Senku, ajustando una pieza con mucha precisión.
Byakuya soltó una carcajada, revolviéndole el cabello.

—Eres un pequeño monstruo, ¿verdad? Vas a superar a todos los científicos de la NASA, incluido ese omega arrogante con el que trabajo.
Senku lo miró, su expresión seria pero con un destello de curiosidad.
—¿El señor Xeno? Es listo_ Dijo.

—Siempre volverás, verdad?—dijo Senku, su voz más suave ahora.

—Siempre, pequeño. Promesa de astronauta.

Vuelta al presente

Las lágrimas rodaron por las mejillas de Byakuya mientras el recuerdo se desvanecía. La realidad lo golpeó con crueldad: no cumpliría esa promesa. No vería a Senku crecer, no estaría allí para sus experimentos, sus triunfos, sus sueños. Pero al mirar a Xeno, frenético y con lágrimas en los ojos, supo que su hijo no estaría solo. Xeno, con su mente brillante y su lealtad oculta tras una fachada de arrogancia, era la persona adecuada. Había visto cómo Senku lo admiraba, cómo Xeno, a su manera, había conectado con el niño. Estará en buenas manos, pensó, una chispa de paz aliviando su miedo.

—Xeno... —susurró, su voz apenas audible—. Senku es listo... más listo que yo, incluso más que tú en sus mejores días. —Intentó reír, pero solo salió un jadeo—. Pero no tiene a nadie más. Si no salgo de esto... se quedará solo. Por favor... cuida de él. Sé que lo harás bien. Eres un dolor de cabeza, pero tienes un corazón más grande de lo que admites.

Xeno negó con la cabeza, sus manos temblando mientras presionaba la herida, sus lágrimas cayendo sobre la camisa ensangrentada de Byakuya.

—No hagas esto, Byakuya —suplicó, su voz rota—. Stanley está en camino. Aguanta, maldita sea.

—Prométemelo, Xeno —insistió Byakuya, sus ojos suplicantes pero llenos de una extraña serenidad—. Por favor...-
Xeno no pudo hablar, el peso de la petición aplastándolo. Pero asintió, sus feromonas un torbellino de café quemado y desesperación.

—Te lo prometo —susurró, su voz quebrándose.

—Gracias... —dijo Byakuya, una sonrisa débil cruzando su rostro. Sus ojos se cerraron, dejando solo el silencio.

El sonido de botas pesadas resonó fuera del armario. Xeno, con el corazón en la garganta, se aferró al cuerpo inmóvil de Byakuya, sus feromonas inundando el espacio con un aroma a café quemado que delataba su terror. La puerta estaba a punto de ser derribada cuando un disparo preciso cortó el aire, seguido de un grito ahogado y el sonido de un cuerpo cayendo al suelo.

El olor a tabaco llenó el aire, fuerte y familiar. La puerta se abrió de golpe, y allí estaba Stanley, su figura imponente recortada contra la luz parpadeante del pasillo. Su uniforme militar estaba desgarrado, cubierto de hollín, y su rifle aún humeaba tras haber eliminado a dos infiltrados en un movimiento rápido y letal. Sus feromonas de alfa, un aroma a tabaco y cuero, cortaron el pánico de Xeno como un ancla.

—¡Xeno! —gritó Stanley, su voz grave pero cargada de alivio. Sus ojos escanearon el armario, deteniéndose en Byakuya. Su expresión se endureció al instante.

—¡Stanley! —jadeó Xeno, su voz temblando—. Byakuya... necesita un hospital, perdió mucha sangre—

Stanley se arrodilló junto a ellos, sus manos revisando rápidamente el pulso de Byakuya. Pero no había nada. Su rostro, normalmente impasible, se tensó con dolor.

—Se fue, Xeno —dijo en voz baja, su mano apretando el hombro del omega—. Lo siento.

Xeno apartó la mirada hacia Byakuya. Su amigo yacía inmóvil, con una sonrisa tranquila que contrastaba con la sangre que manchaba su ropa. Las lágrimas de Xeno cayeron sobre el pecho de Byakuya, y Stanley lo envolvió en un abrazo, su aroma a tabaco anclándolo en medio del dolor.

 

Días después, bajo un cielo gris en un cementerio de Estados Unidos, el funeral de Byakuya Ishigami reunió a colegas, astronautas y amigos de la NASA. El ataúd, adornado con una bandera estadounidense en honor a su servicio, reposaba en el centro, rodeado de flores blancas. Xeno estaba de pie a pocos pasos, su mirada perdida en el rostro sereno de Byakuya. El hombre que lo había salvado, que había sacrificado todo por él, yacía ahora en silencio, su calidez reemplazada por una quietud que dolía más que cualquier herida.

A un lado, casi perdido entre los adultos, estaba Senku. El niño de siete años miraba el ataúd con una expresión seria, sus pequeños puños apretados como si intentara contener el mundo entero. Pero no pudo. Un sollozo escapó de su garganta, un llanto desgarrador que rompió el silencio del cementerio. Sus rodillas cedieron, y se aferró al borde del ataúd, sus lágrimas cayendo sobre la madera pulida.

Xeno sintió un nudo en el pecho. La promesa que le hizo a Byakuya resonaba en su mente, pesada pero inquebrantable. Con pasos cuidadosos, se acercó al niño, sus feromonas suavizándose en un aroma cálido de café tostado, un intento instintivo de calmarlo. Se arrodilló frente a Senku, dudando por un momento. No era bueno con los niños, no era bueno con las emociones. Pero esto no era sobre él.

—Senku —dijo suavemente, su voz más gentil de lo que nunca había sido—. Estoy aquí.

Esperaba que el niño lo rechazara, que lo empujara como solía hacer con los extraños. Pero Senku alzó la mirada, sus ojos llenos de lágrimas, y se lanzó a los brazos de Xeno, aferrándose a él con una fuerza sorprendente. Xeno lo envolvió en un abrazo, sus propias lágrimas cayendo mientras sentía el temblor del pequeño cuerpo contra el suyo.

—Te cuidaré, Senku —susurró, su voz apenas audible, más para sí mismo que para el niño—. Se lo prometí a él, y lo cumpliré.

A lo lejos, Stanley observaba en silencio, sus feromonas de tabaco proyectando una calma protectora. Sabía que Xeno, a pesar de su frialdad, llevaría esa promesa hasta el final. Y él estaría allí para que ambos, el Omega y el niño, estén a salvo.