Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Language:
Español
Series:
Part 2 of De vendas y fachadas
Stats:
Published:
2025-08-07
Updated:
2025-08-07
Words:
3,850
Chapters:
1/2
Comments:
1
Kudos:
6
Hits:
56

Anagnórisis

Summary:

Había algo injusto en idealizar a otra persona, por más noble e inocente que fuese la intención.

Nijimura Shuuzou solamente era un chico un año mayor que él que jugaba muy bien al baloncesto.

Chapter 1: Fachada

Chapter Text

Una de las primeras cosas que hizo Akashi nada más llegar a Teikou fue investigar a fondo quién era cada uno de los titulares del equipo de baloncesto. Si bien había nombres que le resultaban familiares tras haberlos visto una y otra vez en revistas especializadas, esas en las que no había edición en la que no se alabasen las proezas de la secundaria Teikou, había uno que no le sonaba de nada: el del capitán.

Un capitán de segundo curso. Akashi ladeó la cabeza, confundido ante aquella extraña elección. Teniendo una cantera de veteranos tan potente, era cuando menos peculiar que el responsable de liderar el equipo hacia la victoria fuese un chico de segundo. Ahora bien, el capitán no tenía por qué ser necesariamente el jugador más hábil del equipo, sino el que tuviese mejores cualidades como líder.

Fue revisando los demás nombres, pero su mente volvía una y otra vez al del capitán. Akashi pensó que debía de tratarse de alguien verdaderamente increíble. Alguien como su padre.

Si algo había aprendido Akashi precisamente de su padre, era la importancia de destacar y causar una impresión inicial ni buena ni mala, sino duradera. Dado que era un novato y que estaba condenado a pasar desapercibido, decidió ir a saludar al entrenador y luego al capitán.

El entrenador Shirogane era un hombre de naturaleza afable y encantador en el trato. La clase de adulto que adoraba enseguida a Akashi por sus exquisitos modales.

—Me parece una excelente idea que quieras ir a saludar al nuevo capitán —Shirogane sonrió, aunque parecía estar reprimiendo una risa.

—Debe de tratarse de una persona sobresaliente para haber logrado ser capitán en segundo curso —Akashi iba caminando por el patio al mismo paso lento que Shirogane.

—Oh, vaya si lo es —Había una cierta calidez en la forma en la que el entrenador pronunció aquellas palabras.

Akashi se sintió motivado al saber que contaría con un capitán maravilloso que le sirviese de guía en esta nueva etapa de su vida. Tenía que ir a hablar con él lo antes posible.

—Vaya, pero si está ahí —Shirogane, sonriente, señaló a un joven que aporreaba una máquina expendedora con una agresividad injustificada.

Akashi miró al joven. Luego a Shirogane. Shirogane le sonrió.

No parecía que estuviese bromeando.

—¡Nijimura! —exclamó el entrenador y, en efecto, el joven de conducta delictiva se volvió con una mueca hostil. A Akashi no le quedó más remedio que seguir a Shirogane, que había acelerado el paso para ir a hablar con el capitán—. Déjame que te presente a uno de los nuevos jugadores de primero. Dice que tiene muchas ganas de conocerte. En fin, os dejo que habléis tranquilos.

El capitán, con una expresión tan serena que rozaba lo indiferente, se despidió del entrenador con una mera inclinación y clavó sus ojos de acero en los de Akashi.

Para ser solamente un chico de segundo año, tenía la presencia propia de un coloso. Akashi pudo entender al vuelo que aquel fuese el capitán de Teikou.

—Mucho gusto, capitán. Mi nombre es Akashi y provengo del colegio Ochanomizu. Acabo de unirme al equipo de baloncesto y estoy deseoso de crecer —Akashi notó que a Nijimura le temblaron los labios y las cejas en cuanto pronunció la palabra “crecer”— como jugador bajo tu mando. Espero poder aportar mi grano de arena al equipo y que podamos llegar a lo más alto.

Sin mediar palabra, el capitán se dio media vuelta. Le estaban temblando los hombros.

—¿Capitán…?

El capitán le dio un golpe de gracia a la máquina expendedora y, por fin, casi a modo de buen augurio, cayó el Pocari que llevaba atascado todo este rato. Se aclaró la garganta.

—Encantado, Akashi. —Su voz era potente y demasiado grave para alguien de su edad. Se quedó contemplando a Akashi, quien no apartó la mirada de él, y le sonrió con algo que por fin no era burla—. Toma, para ti. Creo que me has dado buena suerte.

Akashi recibió aquella botella de Pocari por mera educación, no porque realmente le apeteciese beber agua con azúcar. No iba a protestar ante su capitán y menos aún cuando este parecía estarse esforzando por resultar amable.

Estaba completamente confuso.

—Muchas gracias, capitán. No hacía falta.

—No me llames “capitán”, que tengo nombre. Soy Nijimura —Había algo tanto en su voz como en su mirada que denotaba que ya sabía de antemano quién era Akashi. ¿Era posible que él también hubiese hecho una pesquisa de antemano?

No cabría esperarse menos del capitán de Teikou.

—Capitán Nijimura —repitió Akashi, aún con la botella en la mano.

El capitán volvió a ignorarle para prestar atención una vez más a la máquina expendedora. Metió unas cuantas monedas para comprar otra botella de Pocari.

—¿Qué te acabo de decir? Tengo nombre —protestó el capitán, ya con una nueva botella en la mano y una mueca de lo más distintiva en los labios.

—Nijimura-san —Se corrigió Akashi.

—Así me gusta. —Sin previo aviso, chocó su botella de Pocari contra la de Akashi y dio un gran trago—. Bienvenido a Teikou, Akashi Seijuurou.

Akashi bebió junto a él, tan desconcertado por la personalidad errática de su capitán como satisfecho por el hecho de que, en efecto, Nijimura se sabía su nombre de pila pese a que Akashi nunca se lo había mencionado. Estos próximos dos años prometían ser interesantes.

 

*

Si bien Nijimura era una persona que poco encajaba con la idea que tenía Akashi sobre cómo debería actuar el capitán de un equipo de élite, lo cierto era que pudo entender por qué se había ganado el respeto de Shirogane y Sanada en tiempo récord. Era el equilibrio perfecto entre impulsividad y temple, corazón y cerebro, disciplina y empatía. Dentro de la cancha, arrasaba con cualquier oponente que se pusiese en su camino como si estuviese endemoniado. Fuera de ella, era una especie de hermano mayor despreocupado, ocurrente y cercano.

Quizás por ser capitán estando aún en segundo curso, no tenía en la mente la idea de que el valor de la opinión de una persona se medía en base a su edad, de modo que escuchaba con atención todo lo que Akashi tuviese que decirle. Se lo tomaba en serio. Veía tanto su talento como su esfuerzo constante con total claridad.

—¡Enhorabuena por tu ascenso a vicecapitán, Akashi! —Nijimura exclamó con una sonrisa de oreja a oreja, quizás más ilusionado por el helado que iba a tomarse que por el logro de Akashi.

—Nijimura-san, has sido tú el que me has nombrado vicecapitán —Akashi, sentado junto a él en un banco del parque, lamió tímidamente el helado que le había comprado Nijimura.

Nadie le había comprado un helado en años. Ya casi no recordaba el sabor, aunque no creía que pudiese confesar algo así en alto sin ser objeto de burlas. Sin embargo, había algo en la presencia de Nijimura que le sugería que ya estaba al tanto de ese y tantos otros detalles sobre Akashi. No en vano, Nijimura era una persona extraordinaria a la hora de leer entre líneas.

Veía siempre más allá. Donde otros veían una especie de robot sin sentimientos o un niño repelente, Nijimura veía a un chico que trabajaba diligentemente en pos de sus objetivos.  Donde otros veían al heredero del imperio de los Akashi, Nijimura veía a Seijuurou.

—Yo no te he nombrado nada. Ese ha sido Shirogane.

—Shirogane no lo habría hecho de no ser porque se lo has pedido ex professo.

—Y no se lo habría pedido si tú no me hubieses demostrado lo mucho que vales. —Nijimura le atestó una patadita y Akashi rio, contento y ligeramente sonrojado por la confianza que depositaba su capitán en él—. Deja de quitarte méritos, señorito.

Las pocas veces en las que alguien —normalmente Haizaki— se atrevía a insultarle a la cara, solía recurrir a su estatus socioeconómico a modo de afrenta. En boca de Nijimura, sin embargo, sonaba a una especie de mote cargado de afecto.

—Gracias por confiar en mí. ¿Algún consejo que me quieras dar, capitán Nijimura? —Akashi pronunció la palabra “capitán” con cierto énfasis para provocarle una mueca a Nijimura. Dicho y hecho.

Nijimura terminó de zamparse el cucurucho de helado y sacó un rotulador de la mochila. Huelga aclarar que no le pidió permiso a Akashi antes de garabatearle algo en el puño.

Akashi no necesitaba siquiera verlo para entender que había escrito el lema de Teikou.

—“Cien batallas” —Leyó Akashi. Faltaba la otra parte.

—“Cien victorias” —continuó Nijimura mientras escribía el resto del lema en su propio puño—. O sea, invictos. Mientras recuerdes que el objetivo es ganar a toda costa, todo irá bien.

—Lo tendré en mente —Akashi se acarició la mano. Intentó no reírse al comprobar lo torpe que era la caligrafía de Nijimura. Parecía la letra de un niño pequeño.

—Sé que lo harás. —Nijimura sonó satisfecho—. Cuento contigo, vicecapitán Akashi.

El frío del helado contrastaba con la calidez que sentía en el pecho cada vez que estaba junto a Nijimura. Le hacía sentirse especial.

 

 

*

 

Uno de los recuerdos más frecuentes del primer año de Akashi en Teikou eran los gestos de afecto cargados de agresividad de Nijimura. Incluso cuando revolvía el cabello de sus compañeros más jóvenes, lo hacía con una fuerza que rayaba en lo cruel, por no mencionar los denominados ­“capones” con los que castigaba —siempre desde el cariño— a algunos de los jugadores más dados al caos.

A Akashi jamás le había acariciado la cabeza. Quería decirse a sí mismo que la ausencia de aquella muestra de afecto no implicaba que no fuese lo suficientemente especial para Nijimura o que, en el fondo, no sintiese ni un ápice de cariño hacia él. Sabía que Nijimura lo demostraba con cada sugerencia que escuchaba, cada pregunta que respondía con paciencia o cada helado al que lo invitaba a modo de agradecimiento.

—¡Sigue así, Aomine! —Nijimura le revolvió el cabello a Aomine, que cerró los ojos con una sonrisa casi tímida. Parecía feliz cada vez que su capitán lo elogiaba.

Akashi observó aquella entrañable escena con una sensación a la que no terminaba de ponerle nombre.

—Y tú, Haizaki, a ver si espabilas. —Nijimura puso los brazos en jarra ante un Haizaki que seguía bostezando—. Déjame adivinar: te has pasado la noche entera jugando a videojuegos.

—Qué pesado, macho —farfulló Haizaki. Craso error.

—¿Qué has dicho? Más alto, Haizaki, que creo que no te he escuchado bien. —Nijimura le clavó la mano en el hombro como si se tratase de un halcón con su presa—. Ah, ¿que quieres dar más vueltas alrededor del gimnasio? ¿Eso es lo que acabas de decir? ¡Pues claro que sí, hombre! ¡Adelante!

—¡¡No he dicho eso!! —La somnolencia abandonó de golpe el cuerpo de Haizaki, aunque no parecía que eso en sí fuese a satisfacer a Nijimura—. ¡Hombre, no me hagas esto!

La displicencia con la que Haizaki se dirigía siempre hacia Nijimura irritaba a Akashi de una forma que rayaba en lo exagerado. La falta de respeto no iba dirigida a él y aun así se sentía ofendido. Nijimura ya no solo era mayor que él, sino que era su capitán. No usar honoríficos y permitirse el lujo de dirigirse a él sin modales debería ser un motivo más que justificado para una buena reprimenda.

Aun así, Nijimura jamás le había reprendido por eso. Sí por tantas mil y una cosas más (todas ellas justificadas, desde la perspectiva de Akashi), pero nunca por la forma en la que lo trataba a él.

—¡A correr! —exclamó Nijimura con un tono que indicaba que no iba a aceptar ningún tipo de réplica. Pese a ser solamente un año mayor que Akashi, imponía lo mismo que cualquier adulto.

—Sí, capitán —respondió Haizaki de mala gana.

El entreno continuó con algo más de paz que de costumbre dada la ausencia de Haizaki. Nijimura hasta se permitió el lujo de bromear junto a sus amigos, Sekiguchi y Kubota, mientras Akashi tomaba notas junto a Momoi.

Cuando Haizaki regresó al gimnasio con la lengua de fuera y a punto de fallecer, todos se quedaron mirándole como si no diesen crédito; probablemente todos y cada uno de los jugadores del primer equipo había dado por hecho que Haizaki se habría escaqueado de su castigo. Nijimura, sin embargo, fue el único que no pareció sorprendido.

En el momento en el que Nijimura, sin decir nada y solo con una sonrisa vagamente satisfecha, se acercó a Haizaki y le revolvió el cabello, el corazón de Akashi se partió en dos.

 

*

 

Akashi sintió una cierta melancolía cuando se acercó a Nijimura para preguntarle si podía sentarse junto a él en el autocar y todo para que su capitán, exuberante de energía, agarrase a Haizaki por la parte trasera de la chaqueta y lo obligase a sentarse a su lado.

Era consciente de que Nijimura solamente intentaba mantener a Haizaki a raya, pero Akashi consideraba más oportuno debatir por enésima vez las posibles estrategias o probar nuevas alineaciones en el partido amistoso que irían a disputar a Chiba.

No pudo evitar apretar el puño cuando notó que Haizaki, dormido, estaba apoyando la cabeza en el hombro —ahora babado— del capitán.

—Míralo. Duerme como un bendito —dijo Nijimura en un susurro—. ¿Por qué es así? Hace como que le da todo igual, pero bien que llegó puntual para ir a jugar un partido amistoso. Menudo mocoso.

Había un componente irónico —e hipócrita— en que Nijimura, precisamente, fuese a cuestionar por qué Haizaki era “así”. Haizaki era una persona que buscaba atención y justo era Nijimura quien más se la daba. Cuando más recibía, más quería. Era también el propio Nijimura el que no paraba de protestar acerca de la mala conducta de Haizaki; aun así, eligió motu proprio sentarse a su lado en el bus pese a que había sido Akashi el que se había esforzado por recabar información para él.

—Tú también pareces bastante entusiasmado, Nijimura-san —comentó Akashi.

—Y tanto. —Nijimura lo destelló con una sonrisa, aún hablando con un tono flojo poco característico en él para no despertar a Haizaki—. No hay nada como tener al equipo al completo.

Fue ahí cuando Haizaki despertó de manera impúdica. No se disculpó por haberle manchado la chaqueta al capitán Nijimura.

 

 

*

 

Había días en los que Nijimura estaba inexplicablemente distante. Tanto que parecía ausente.

Últimamente venía con ojeras a los entrenamientos. Daba la sensación de estar exhausto, aunque intentase por todos los medios que no se le notase. Dado que quería ocultar su cansancio, Akashi le hizo el favor de no hacer mención alguna al respecto.

Por más agotado que estuviese, Nijimura seguía cumpliendo diligentemente con sus obligaciones como capitán. Eso, al menos para él, también implicaba ir detrás de Haizaki hasta durante la hora del almuerzo.

—El Nijicapi ya está otra vez a gritos… —Murasakibara se tapó los oídos, irritado ante el alboroto que estaban montando el tándem Nijimura-Haizaki en el comedor escolar. Un profesor tuvo que ir a llamarles la atención—. ¿No se cansa?

Ese era el problema; Nijimura sí que se cansaba. Aun así, seguía malgastando sus pocas energías en gente que no merecía la pena. Nadie cambiaba de un día para otro.

 

 

*

 

Teikou había pasado de ser el equipo más fuerte del baloncesto juvenil nacional a ser una leyenda. La prensa cada vez se interesaba más por sus hitos, no había nadie en la escuela que no supiese los nombres de los jugadores más destacados y todo oponente rezaba sus plegarias al saber que tendrían que medirse contra Teikou.

Eran invictos. Akashi era invicto.

Aunque el mundo alrededor de Akashi había cambiado, Nijimura se mantenía como el ancla que lo mantenía con los pies en la tierra. El ritmo frenético de la victoria a veces se antojaba casi aterrador, pero aquel impacto era menor gracias a la presencia de Nijimura. Ya no era el más fuerte ni el más astuto. No era imprescindible. Aun así, a Akashi le reconfortaba saber que él estaría sonriéndole tras cada victoria.

Para Nijimura, Akashi no era un milagro; era una persona más. El chiquillo al que le había comprado un Pocari cuando se conocieron en el patio de la escuela, su fiel vicecapitán que le ayudaba con las tareas más tediosas, el niño al que intentaba empachar con bollos de carne baratos. Un chico que trabajaba más que nadie, que siempre aspiraba a más. Nijimura sabía de sus esfuerzos. No era solo talento; era también constancia.

Bajo aquella fachada ostentosa e implacable, se ocultaba un niño al que cada vez le costaba más mantenerse invicto. Un niño que no entendía por qué él, que cumplía con su deber, podía recibir aplausos de cientos de desconocidos y no una simple caricia en la cabeza por parte de Nijimura.

Le gustaba que Nijimura le viese como alguien normal, pero precisamente fue eso lo que lo convirtió en uno más. Akashi había dejado de brillar a ojos de Nijimura.

Precisamente por haber visto más allá de su fachada y de tanto confiar ciegamente en él, Nijimura le había dado la espalda. Sabía que, hiciese lo que hiciese, Akashi seguiría ahí.

Akashi quería ser especial para él.

Cuando se trataba de Haizaki, Akashi no podía ganar. No podía ser invicto. Arruinaba sus planes, pudría el espíritu impecable del equipo, menospreciaba el baloncesto. Aun así, Nijimura lo recompensaba con caricias en la cabeza, hablando en voz baja para no despertarle en el autobús, con persecuciones interminables por los largos pasillos de la escuela.

—Creo que Nijimura-senpai siente lástima por Haizaki-kun… —comentó una vez Momoi con una expresión difícil de descifrar.

¿Lástima? A Akashi le enfureció aquella palabra. ¿Sentía lástima por Haizaki y no por Akashi? Akashi iba a ser quien tendría que lidiar con los desaguisados que le estaba dejando en herencia Nijimura, tan ocupado por salirse con la suya en su pequeña batalla personal con Haizaki que había obviado al resto del equipo. No era lástima; era el ego de Nijimura. A fin de cuentas, nadie sin ego ni una arrogancia desmedida llegaba a la capitanía de Teikou.

—No es por Haizaki por quien debería sentir lástima —La voz de Akashi sonó tan cruel que hasta él mismo se sorprendió. Kuroko pareció alarmado por aquel comentario.

Kuroko era lo suficientemente listo para saber cómo seguía la frase de Akashi: “No es por Haizaki por quien debería sentir lástima, sino por sí mismo”. En Teikou había que ser invicto y Nijimura ya había perdido hacía mucho tiempo.

 

*

 

No quiso recordar nada acerca del último día de Nijimura en el equipo. No quiso recordar si le dio las gracias por su arduo trabajo o no, si Nijimura en realidad le había acariciado la cabeza con cariño o si le había dado un puñetazo. No fue un día importante. Solamente iba a haber una vieja gloria menos que calentase el banquillo.

Akashi no había cambiado; lo había hecho la percepción de los demás.

—Akashi… —Midorima pronunciaba su nombre con lástima. De nuevo aquella odiosa palabra. ¿Qué era la lástima sino condescendencia disfrazada de empatía?

La gente lo trataba como si fuese como Haizaki. Él hacía todo lo que se esperaba de él, de modo que no iba a tolerar ni una sola queja en su contra.

Ah, no quería recordar nada de aquel día. No necesitaba traer de vuelta aquellos sentimientos innecesarios.

Solo se acordó, muy a su pesar, de ir al konbini él solo después del entrenamiento y pedir el mismo helado que le había comprado Nijimura tantos meses atrás, cuando eran compañeros de verdad y la única promesa que había entre ellos era la victoria.

El helado ya no le sabía a nada.

 

*

Akashi se creyó con derecho de preguntarle a Nijimura a qué equipo iría después de su paso por Teikou. Por más que indagase al respecto, incluso preguntándole a algunos de los antiguos jugadores de tercer curso, nadie —ni siquiera el mismísimo Sanada— sabía cuál sería el devenir de Nijimura. Era absurdo. Fuese una vieja gloria o no, seguía siendo un jugador de élite a nivel nacional. Cualquier equipo con dos dedos de frente querría tener a un excapitán de Teikou en su cantera.

Tenía un mal presentimiento. Tanto silencio y tanto secretismo le estaban llevando a sospechar que Nijimura iba a abandonar el baloncesto por su situación familiar.

Nijimura no hizo más que darle la razón. Sonriente, rodeado de amigos, Nijimura era la viva imagen del fracaso.

—Qué lástima —dijo Akashi con indiferencia.

Lástima era lo que percibió en los ojos de Nijimura Shuuzou. ¿Por qué lo miraba así cuando el perdedor aquí era él? No era Akashi quien había tenido que dejar la capitanía del equipo ni el que se había visto opacado por nuevos talentos. Akashi permanecía invicto ante la adversidad.

—Qué lástima —repitió Nijimura con óxido en su mirada de acero.

Akashi siempre se había sentido inusitadamente feliz cada vez que era el foco de la mirada divertida de Nijimura. Se lo tomaba en serio cuando tenía que hacerlo, pero otras veces lo miraba como si quisiese echarse a reír y eso, de algún modo, aliviaba la carga invisible que llevaba Akashi siempre encima. Aquel día no fue así. Aquella mirada entre resignada, divertida y cansada le provocó una furia difícil de disimular.

Sabía que Haizaki seguía fuera, a la espera de que aquella conversación tensa terminase para poder despedirse de su querido Nijimura. Lo que Haizaki ni el propio Nijimura sabían era que aquella era la prueba de su fracaso conjunto.

—No te lo tomes como nada personal, hombre. —Nijimura le golpeó en la cocorota con su diploma. Akashi no supo cómo reaccionar. Quería matarlo ahí mismo. Quería llorar. Quería que desapareciese de su vista y de sus recuerdos de una vez por todas—. No dejo el básquet porque sí, ¿eh? Mañana me mudo a Los Ángeles. Ya te puedes imaginar el porqué.

Algunos de los compañeros de clase, tras escuchar aquellas declaraciones, se quedaron mirándolo boquiabiertos y sin saber bien cómo reaccionar. Nadie parecía entender el contexto. A Akashi, sin embargo, no le hacía falta ningún tipo de explicación. Sabía que debía de guardar algún tipo de relación con la delicada situación familiar de Nijimura.

Akashi pensó en los dibujos que le había hecho a su madre en el hospital, en los bollos de carne junto a Nijimura, en las cien batallas y cien victorias que habían alcanzado juntos. Pensó en la mirada de acero de Nijimura. Pensó en su voz apagada al confesarle a Sanada que ya no podía seguir siendo el capitán.

Se suponía que el cúmulo de todos aquellos recuerdos le harían llegar a algún tipo de conclusión o iluminación. No llegó su eureka. Solo el ruido blanco.

¿Qué se suponía que tenía que pensar de la persona que tenía ante él? ¿Quién era Nijimura Shuuzou para él?

Olvidó qué le dijo a Nijimura a modo de respuesta. Solo recordó que Nijimura asintió con una sonrisa despreocupada. Ya no era el capitán de Teikou, sino un alumno más en el día de su graduación. Estos dos últimos años junto a Akashi ya formaban parte de su pasado.

Series this work belongs to: