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En un mundo donde al cumplir la mayoría de edad, tu alma cambia de cuerpo, intercambiándose con el alma de tu alma gemela — con la condición que dicha persona también haya alcanzado ya su mayoría de edad—, Tooru Oikawa estaba a unas horas de, por fin, poner cara a su persona destinada. Aquella con quien conectaría de forma profunda en todos los niveles: el emocional, el intelectual, el espiritual…
La persona que le brindaría apoyo incondicional sin pedir nada a cambio; que le escucharía y le animaría. Que le retaría y desafiaría para ser la mejor versión de sí mismo.
Esa persona especial por quién él haría lo mismo.
Era comprensible entonces, que en su estado de excitación el sueño no acudiese a él tan rápido como le gustaría, pero finalmente, tras un rato en la cama, arrullado por la calma de la noche y el continuo zumbido del aire acondicionado refrescando su cuarto en esa sofocante noche de verano, se durmió.
Al despertar, una ola de desilusión y decepción invadió su cuerpo. Él, que había esperado con ansias iniciar un nuevo día con vistas a un cuarto desconocido, viéndolo a través de de los ojos de su destinado, amanecía sin embargo, entre las cuatro paredes de su propia habitación otra mañana más.
Suspiró deshaciéndose de esa sensación de bajón y se levantó de la cama con una sonrisa. Al fin y al cabo, que no hubiese habido intercambio solo significaba que su destinado no tenía aún la mayoría de edad. Dándole más emoción al hecho de que, cualquier día, a partir de ahora, podría abrir los ojos en otro lugar y cuerpo.
Así, con ilusión renovada y con su cumpleaños marcando el principio de las vacaciones de verano, — porque el no intercambio no quitaba que fuese su día especial —, envió un mensaje a Iwa-chan para poner en marcha su plan B y salir a celebrar con el resto de los Seijoh4, su reciente mayoría de edad.
Y unas semanas más tarde, lo que Tooru tanto había deseado para el día de sus dieciocho, sucede. Despierta en un cuarto que no es el suyo. Un cuarto sobrio y tradicional. Sin nada en las paredes que pudiese darle alguna pista sobre la personalidad o gustos de su alma gemela. Lo único destacable era el kakemono con un paisaje de bosques y montañas desplegado en el tokoma de la habitación.
Observó sus desnudos alrededores por unos instantes más y después pasó a echar un ojo al cuerpo que habitaba en ese momento. Fuerte, fornido…Sus manos eran grandes, quizá incluso un poco más que las suyas propias, de dedos gruesos y ligeramente ásperas. Cabello corto y suave. Una mandíbula firme…Su destinado era definitivamente su tipo.
¡Si tan solo tuviera un espejo para poder verse y comprobarlo!
Tan ensimismado estaba en lo suyo, que tardó unos minutos en percatarse de la nueva presencia en la puerta. Una anciana menuda, rodeada por un aura de solemnidad.
—Uh…—pronunció Tooru de forma muy elocuente.
La severa mirada de la anciana pareció suavizarse por un momento.
—Tu no eres mi nieto. — Una afirmación contundente.
—Eso me temo, abuela. — Contestó.
Tooru se presentó entonces y en los ojos de la mujer creyó ver una chispa de reconocimiento. Algo que enseguida desestimó como producto de su imaginación al no ser posible.
Y entonces la vio asentir.
—Querrás asearte y tener la oportunidad de verte en un espejo, ¿verdad?
Los ojos de Tooru se iluminaron con emoción. Asintió y la anciana mujer le indicó el camino. Agradecido por su amabilidad, accedió a la propuesta de desayunar con ella antes de partir a buscarse a sí mismo; después de todo estaba ocupando el cuerpo de su nieto y para ellos era tradición desayunar juntos el día de sus cumpleaños. (Tanto el de él como el de ella, siempre que fuera posible, claro).
Se dirigió al baño y con cada nuevo paso que daba, las mariposas revoloteaban en su estómago como locas. Al detenerse ante la puerta, inspiró hondo y exhaló despacio. Estaba a nada de poner cara a su alma gemela, a su destinado. Corrió la puerta con manos ligeramente temblorosas y atravesó el umbral.
Tooru contempló su reflejo y el reflejo lo contempló a él. Y pensó que el universo debía de estar gastándole una broma de mal gusto.
¡¿De todas las personas habidas y por haber tenía que ser él?!
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Wakatoshi despertó en un lugar desconocido para él, pero con tan solo un vistazo a su alrededor, supo que estaba dentro de Tooru.
Fotografías de él y sus amigos decoraban las paredes, el uniforme del Aoba Johsai colgaba perfectamente planchado del perchero tras la puerta. El diploma como mejor colocador del torneo, cuando aún estaba en Kitagawa Daiichi, tenía un lugar privilegiado en una de las estanterías con los libros de texto… Y por si todo eso no fuese suficiente, su sobrino, Takeru, había abierto la puerta del cuarto a grito de:
—¡Tooru, despierta de una vez! ¡Vamos a llegar tarde por tu culpa, como siempre!
Wakatoshi pestañeó perplejo, ante la súbita aparición. Takeru entrecerró los ojos al no recibir la habitual respuesta indignada de su tío.
—Tu no eres Tooru, ¿Quién eres tú?
Se quedaron mirándose el uno al otro durante un par de segundos más y cuando Wakatoshi iba a contestar, fue interrumpido por una voz femenina.
—Takeru, si ya has despertado a Tooru deja que se cambie con tranquilidad
—¡Mamá, tenemos un problema! ¡Ese que está ahí dentro no es Tooru!
Una muy bella mujer con un parecido innegable a Tooru asomó entonces la cabeza. Tenía sus mismos hermosos ojos y las mismas delicadas facciones. La vio alzar una ceja, gesto que aún la hizo parecerse más a Tooru, sopesando la situación, por la que ella seguro pasó en su día, y sus labios se curvaron en una sonrisa amable y comprensiva.
Mio Oikawa, la hermana mayor de Tooru y la madre de Takeru, lo invitó a su mesa después de darle la oportunidad de presentarse. Pues en cuanto oyó su nombre, sus ojos brillaron y su sonrisa amable pasó a ser una de pura diversión.
Un muy animado desayuno después, lleno de indagaciones y preguntas, Wakatoshi regresó al cuarto de Tooru, pensando en cómo podría contactar con él, cuando el móvil del susodicho comenzó a sonar con un número en pantalla que no podía no reconocer, más que nada porque era el suyo propio.
Aceptó la llamada y enseguida se oyó a sí mismo gritarse:
—¡¿Ushiwaka, en serio?! ¿Cómo puedes ir por la vida sin ningún tipo de bloqueo de pantalla? Ahí, dejando toda tu información al alcance de todo aquel que la quiera — bufó con indignación, dando a su profunda voz un matiz que jamás pensó oír en ella —. En fin, ¿sabes dónde queda…? —Tooru pronunció el nombre de un conocido parque de la zona—. Nos vemos allí en media hora. Quiero recuperar mi cuerpo cuanto antes.
Tooru cuelga, dejando a Wakatoshi sin oportunidad alguna para intervenir en la «conversación», justo cuando algo tan importante como el regreso a sus respectivos cuerpos había sido mencionado. ¿Se le había manifestado a Tooru la forma de intercambiar de nuevo?
No.
A Tooru no se le había manifestado la forma de volver a sí mismo. Al menos no todavía. De pequeño había preguntado a su madre, con toda su curiosidad infantil, como había sabido qué hacer para volver a su propio cuerpo. Ella había sonreído y dicho: «cuando llega el momento lo sabes, Ru. Cuando sea tu momento, también lo sabrás». Mio simplemente se había reído de forma incómoda cuando le preguntó, le revolvió el cabello, despeinándolo, y nunca le dio una respuesta.
Ahora se enfrentaba a ello solo, sin saber qué esperar.
Al llegar al punto de encuentro, Ushiwaka ya estaba allí esperándolo, sentado en uno de los bancos. Se acercó a él y cruzaron miradas. El corazón de Tooru dio un vuelco en su pecho, o bueno, más bien, el corazón de Ushiwaka dio un vuelco al verle.
Él jamás había tenido ese tipo de reacción antes y se preguntó si era algo que le ocurría de forma habitual a Ushiwaka cuando lo veía, o formaba parte de su vínculo como destinados. La parte más vanidosa de sí mismo quiso pensar que sí, que cada vez que Ushiwaka ponía los ojos en él su corazón trastabillaba y perdía el ritmo por una fracción de segundo.
Oh, cómo le habría gustado ser testigo de la cara de confusión de Ushiwaka la primera vez que le ocurrió y besar esos labios fruncidos…
Un escalofrío le recorrió y la palabra besar resonó en su interior, en su corazón, erizando el vello de su piel. Miró a su yo, habitado por Ushijima, ojiplático.
No sabía cuál había sido el razonamiento de Ushijima, pero Tooru pudo leer en sus propios ojos como él también había llegado a la misma conclusión; si querían volver a sus respectivos cuerpos, tenían que compartir un beso.
—Qué sea rápido— le exigió incómodo.
Wakatoshi asintió.
Sucedió en un suspiro y el simple, ligero y más suave roce entre sus labios —que ni siquiera podría considerarse un beso— fue suficiente para devolverlos a sus cuerpos originales.
Tooru abrió los ojos y dio un paso atrás. ¡Sí, había vuelto a su cuerpo!, Pero notaba que algo en él no estaba del todo bien. No era una sensación física, no. Era algo más metafísico, como una especie de vacío que no estaba ahí antes.
Wakatoshi tenía esa misma sensación en el pecho. Su alma y su físico volvían a ser uno, pero no estaban completos. Una parte de ellos se había quedado con el otro.
—No me lo puedo creer — musitó Tooru con un gruñido de fastidio e incredulidad.— Todo tengo que hacerlo yo.
Tooru eliminó la distancia que había puesto entre ellos, agarró a Wakatoshi por el cuello de la camiseta y plantó sus labios sobre los de él de forma brusca y torpe, para sorpresa de Wakatoshi. El cuál reaccionó al segundo, devolviendo el beso; llevando sus manos a la cintura de Tooru al mismo tiempo que este soltaba la tela de su camisa y rodeaba el cuello de Wakatoshi con sus brazos.
Se separaron con reticencia, con los labios húmedos y las mejillas encendidas. Sus corazones latiendo completamente al unísono, en total sincronía. Unidos, para siempre, en cuerpo y alma.
