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Gihun from Ssangmun-dong

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: ModaHan

Chapter Text

Son cerca de las 12:00 p. m. cuando Seong Gi-hun se encuentra, una vez más, caminando de un lado a otro por las calles de Seúl, tropezándose con todo y con nada, en busca de lo que podría ser —si lo contratan— su próximo lugar de trabajo. El sol le cala en los ojos y el sudor que comienza a acumularse sobre el puente de su nariz hace que sus anteojos se deslicen poco a poco. Tiene que detenerse abruptamente en medio de la calle un par de veces para, con una mano, sujetar contra su pecho el folder que contiene su currículum vitae y, con la otra, volver a acomodar las gafas en su sitio, en un intento por evitar que caigan por completo.

Finalmente, después de unas cuantas calles recorridas, lo encuentra.

Un edificio alto, grande e imponente, teñido con tonalidades neutras y con un letrero en una tipografía elegante que anuncia ModaHan, la empresa de moda más grande de toda Corea del sur y de las más importantes en toda la escena de la moda. Aunque Gi-hun no tiene mucha idea de eso. Lo suyo son la economía y las finanzas. Sus dueños, ―según investigó antes de postularse para la vacante― la familia Hwang y la familia Jung, quienes la construyeron hace alrededor de treinta y cinco años.

A medida que Gi-hun se acerca al edificio, la opulencia comienza a manifestarse en el ambiente como una especie de humo, como si estuviera entrando a un mundo totalmente distinto y ajeno al suyo, donde las apariencias, las clases sociales y el dinero se materializan. Al mismo tiempo, su campo de visión —con 2.5 dioptrías de miopía y 3.2 de astigmatismo— se nubla con decenas de cuerpos que se apresuran a ingresar al edificio: hombres y mujeres por igual, altos, delgados y bellos. Todos se mueven con una soltura envidiable, caminando entre sí seguros de sí mismos, como si el suelo que pisan les perteneciera y sin detenerse a mirar a nadie a su alrededor.

Gi-hun sujeta el folder con más fuerza y, cuando eso no es suficiente para darse valor, lo aprieta contra su pecho, abrazándolo. La puerta es su destino, y está decidido a cruzarla e intentar —por milésima vez— conseguir un puesto de trabajo. Nada ni nadie va a impedirle asistir a esa entrevista.

Ni siquiera la ausencia de la foto en su currículum vitae.

Ni siquiera el portero del edificio.

—¿Para dónde va? —el tipo, alto y en uniforme lo mira de arriba abajo sin disimular. Tiene el ceño fruncido y sus labios en una línea recta, como si tratara de mostrar seriedad, a pesar de que tiene una mano en la cadera, sujetando el cinturón táctico y en la otra sostiene una paleta de cereza a medio comer.

—Vengo a una entrevista de trabajo. —dice con una firmeza forzada, le sorprende no tartamudear.

El portero del edificio lo ve con incredulidad al principio, no muy convencido de dejarlo pasar y recorriendo su anatomía una vez más, como si esa sola posibilidad fuera imposible.

Finalmente, el hombre se hace a un lado y lo deja cruzar la puerta, la cual es alta, mucho más alta que él, e imponente como todo el edificio. Pero no tanto como lo es lo que lo recibe apenas pone un pie en la recepción.

Más caos…

Personas aglomeradas en medio del vestíbulo; hombres y mujeres van y vienen con carpetas, sobres y documentos en las manos. Otros —claramente modelos, a juzgar por su porte impecable y su belleza que parece esculpida— se agrupan en los pasillos, charlando con entusiasmo sobre castings, viajes y temas que él no alcanza a comprender, ni se detiene a intentar hacerlo.

Su único objetivo es llegar al lugar donde, con suerte, lo recibirán para la entrevista.

Si es que lo reciben.

Gi-hun suspira, hace un barrido visual rápido, y avanza unos pasos. Entre el ruido y el movimiento, finalmente distingue lo que parece ser el mostrador de recepción.
—Buenas tardes, soy Seong Gi-hun y vengo a una entrevista de trabajo. —anuncia una vez que se aproxima. El hombre que está sentado detrás del mostrador lo ve atentamente y asiente.

—Tome el ascensor al segundo piso y vaya a la sala de juntas, al fondo a la derecha. —le indica y luego se da media vuelta en la silla giratoria para hablar con otras personas animadamente.

—Gracias. —dice y sigue las indicaciones del recepcionista.

El ascensor lo recibe con un brillo metálico impecable. El trayecto es tan breve que apenas siente el movimiento: las puertas se cierran y, casi de inmediato, se vuelven a abrir, revelando un pasillo amplio. Frente a él, dos escritorios perfectamente alineados, vacíos salvo por algunos papeles. A su alrededor, la actividad continúa: gente caminando de un lado a otro, voces bajas mezcladas con el sonido lejano de teléfonos y teclados.

El suelo es un mosaico gris pulido; las paredes, de un blanco impecable, reflejan la luz brillante que cae desde las luminarias modernas. Algunos pósters de modelos decoran el espacio —posiblemente portadas de revistas— que, lejos de romper la sobriedad del lugar, parecen acentuarla.

A la derecha hay más escritorios, uno más grande y central, ubicado justo a la derecha. Frente a ellos, hay una serie de puertas que asume son oficinas, pero no se detiene en ninguna, no tienen pinta de ser una sala de juntas.

Cada rincón, al igual que la recepción, está ocupado. Hombres y mujeres caminando de un lado a otro, hay quienes están sentados hablando por sus teléfonos celulares, otros hojean revistas o charlan con los demás.

El bullicio es abrumador, nada que Gi-hun haya presenciado antes. Le aterra un poco, sobre todo al saberse ajeno a ese mundo. Su presencia pasa tan desapercibida que siente como si estuviera caminando con una capa de invisibilidad encima.

Aun así, se abre paso entre la multitud, girando a la derecha y avanzando hasta el fondo, tal como le indicaron.

Al final del pasillo, un amplio espacio se abre ante él. En el centro, una especie de escenario o pasarela. No está seguro de qué es. Aquí, más que en cualquier otro sitio, se concentra la belleza: hombres y mujeres perfectos, casi irreales. De fondo, una música extraña y rítmica se mezcla con pisadas firmes, gritos y risas. No hay puertas a la vista, ni rastros de una sala de juntas. Gi-hun permanece de pie, inmóvil, estirando el cuello en un intento de localizar algo que le sirva de referencia. De pronto, un hombre joven, con cabello negro a los hombros y bajo que viste una camisa algo transparente y pantalones entallados, se planta frente a él y aplaude a escasos centímetros de su rostro para llamar su atención.

—¿Usted qué hace aquí, quién es? ¿Qué agencia lo mandó?

Gi-hun se encoge un poco en su lugar, mirando al hombre que ahora tiene ambas manos en las caderas, esperando su respuesta —Eh… estoy buscando la sala de juntas.

—La sala de juntas está allá. —le señala firmemente. —Por aquí no venga a molestar, ¿qué no ve que estamos ensayando? —el hombre rueda los ojos y luego le da la espalda.

Él asiente y gira sobre sus talones, con una presión creciente en el pecho.

¿Qué le pasa a todo el mundo en esta empresa?

—¿¡Seong Gi-hun!? —escucha, sacándolo de sus pensamientos y sigue la voz con la mirada, apresurando el paso.

—¿Gi-hun? —el hombre lo llama de nuevo.

—Soy yo. —responde, intentando abrirse paso rápido pero torpemente entre la gente. Sus hombros chocan contra varios cuerpos y siente cómo el calor de la sala y la ansiedad le humedecen la nuca.

El hombre no parece escucharlo y entra a una de las oficinas con puertas dobles detrás de un hombre más joven, con un aspecto fresco, impecable, parece otro de los modelos —¡Soy yo!— repite más fuerte.

Antes de que el hombre cierre las puertas se detiene en seco y lo mira con sorpresa, alzando ambas cejas y dejando escapar una pequeña risa nerviosa que Gi-hun reconoce de inmediato.

—Yo soy Seong Gi-hun. —vuelve a decir, esta vez con la respiración agitada y el pulso latiéndole en los oídos. Sus manos, sudorosas, aprietan el folder como si fuera un salvavidas.

—Ah, si… Uh, pase. —el hombre se hace a un lado, sin borrar la sonrisa de su rostro. No puede disimular su sorpresa y Gi-hun lo nota, pero no dice nada. — Señor, llegó Seong Gi-hun.

Gi-hun entra y se encuentra con una mesa amplia rodeada de sillas; solo dos están ocupadas. En una está el hombre que entró antes, y frente a él, un sujeto de mediana edad que lo observa en silencio, evaluándolo.

Hay un par de puertas dobles: una al fondo a la izquierda y otra a la derecha. De la primera, sale un hombre de unos cincuenta años, más alto que los demás pero no tanto como Gi-hun. Cabello oscuro, traje sobrio y una corbata llamativa que rompe con toda la formalidad.

—Buenas tardes. —anuncia, revisando un par de papeles que lleva entre sus manos. Cuando eleva la vista, lo primero que hace es encontrarse con el joven que entró antes y su rostro le regala una sonrisa de inmediato, como si lo reconociera. —Siéntese. —lo invita con una amabilidad que parece sospechosa.

Después, mira en dirección a Gi-hun, sus ojos se abren con sorpresa por un momento casi efímero, pero, de nuevo, él lo nota. Siempre nota cómo lo miran. —Siéntese, por favor. —dice el hombre después de enderezar su postura y aclarar su garganta.

Gi-hun asiente y avanza, tropezando levemente con la pata de una silla antes de sentarse. Se inclina hacia la mesa, indeciso entre apoyar las manos en el regazo o seguir aferrado al folder. Traga saliva y deja que la vista recorra el lugar, intentando disimular el nudo en su estómago.

Después, el hombre que los recibió se sienta y dirige su atención al otro aspirante, —¿Su nombre?

—Lee Myung-gi.

El entrevistador asiente, le sonríe y luego voltea a mirarlo a él, con un semblante serio, —¿Y el suyo?

—Seong Gi-hun.

—Bien. Mi nombre es Kim Jeong-rae, soy el vicepresidente administrativo de ModaHan. —comienza. —Como saben, estamos buscando a un secretario para la Presidencia de la compañía. Antes que nada, nos gustaría saber por qué creen que son las personas indicadas para este cargo…

—A ver Myung-gi, —le mira y le regala una mirada atenta que ofrece seguridad —¿Qué experiencia tiene y por qué está aquí?

Myung-gi, —como ahora sabe se llama el joven hombre— se remueve en su asiento, juguetea con los dedos y sonríe apenas. —Bueno, yo no tengo experiencia como secretario, es más… Nunca he trabajado,— admite en un tono casi inaudible —pero yo hice 6 semestres de finanzas en Konkuk y estoy aquí porque Jung Yoo-jin me dijo que In-ho estaba buscando un secretario.

El señor Kim Jeong-rae asiente, luego, voltea a mirarlo a él.

—Tampoco tengo experiencia como secretario. Pero permítame y le explico. entonces, se pone de pie como si fuera a recitar un poema que ha estado memorizando, endereza su postura y acomoda sus anteojos sobre el puente de su nariz. —Yo estudié economía en la Universidad Nacional de Seúl, y como podrá ver en mi curriculum, egresé con tesis laureada y tuve el promedio más alto… Puse al rector y el decano de la Universidad como referencia.

El vicepresidente se pone de pie y se dirige a la oficina de la que salió antes, Gi-hun da unos cuantos pasos para seguir hablando y asegurarse de ser escuchado.

—Luego hice un curso de contabilidad y después un posgrado de finanzas, también fui auxiliar del área internacional del banco KB Kookmin Bank, siendo vicepresidente de esa área el señor Jo Seung-woo, también está como referencia.

Kim Jeong-rae regresa, esta vez trae en sus manos un nuevo documento y lo hojea con detenimiento mientras se acerca a él, mirándolo con el ceño fruncido.

—Manejo base de datos para sistemas financieros, análisis de proyectos de inversión, comercio exterior, estudios de factibilidad, costos y presupuestos, también conozco el mercado bursátil. En mi currículum aparece toda la información y referencias.

Gi-hun toma una bocanada de aire, toda la tensión ha abandonado sus hombros, pero sus piernas tiemblan un poco cuando intenta sentarse otra vez.

—Sí, sí, ya veo, —dice, elevando la vista del papeleo entre sus manos luego de inspeccionarlo— lo que no veo es su foto, ¿por qué no le adjuntó foto a su curriculum?

Myung-gi, el otro hombre y, finalmente, Kim Jeong-rae, lo miran al mismo tiempo, con una mezcla de curiosidad y expectación.

Gi-hun se remueve en su asiento, sintiendo el cuero frío de la silla contra su espalda, y les regala una sonrisa nerviosa antes de ajustar sus anteojos una vez más. La corbata color café que hace juego con su chaleco parece apretarle más de lo normal y la camisa color rojo carmesí se le pega incómodamente a la piel, tan incómodo como el eco que hace el sonido de sus zapatos rechinando al contacto con el suelo —Bueno, eh, como me he presentado a tantas entrevistas se me acabaron… Pero si quiere mañana le traigo una.

—No, no se preocupe. No creo que sea necesario. —Kim Jeong-rae lo observa con una calma que se siente inquisitiva —Dígame una cosa, si tiene tan buen currículum, ¿por qué está buscando un puesto como secretario?

—Pues, como usted sabe, hay mucha competencia y, como no tengo experiencia, me gustaría iniciar mi carrera como secretario ejecutivo en una empresa como ésta, demostrar mis capacidades, ascender… Y por las funciones de secretario no tengo ningún problema; puedo atender llamadas, manejar una agenda o redactar cartas.

Kim Jeong-rae asiente, pero mantiene el ceño fruncido, como si Gi-hun no estuviera siendo del todo honesto. —¿Y cómo están de idiomas? —pregunta, cortando el aire con su tono directo.

—Yo hablo más o menos inglés. — dice Lee Myung-gi con entusiasmo.

—Uh, yo hablo inglés, francés y un poco de italiano.

—¿Y están separados? ¿casados? ¿...viudos?

—Bueno, yo estoy separado.

—¿Y usted? —sus ojos se clavan en Gi-hun.

—Yo soy soltero. —responde bajo, casi avergonzado.

—Sí obvio. —dice sin titubear —Bueno, nosotros tenemos su currículum, gracias por venir los estaremos llamando.

Las sillas crujen al levantarse los presentes y es en ese momento que Gi-hun extiende su mano para despedirse de los ejecutivos, sin embargo, Kim Jeong-rae ni se inmuta.

Gi-hun va a dar la media vuelta cuando la voz del vicepresidente irrumpe nuevamente, haciéndolo girar con una pequeña esperanza creciente en su pecho.

—¡Espere! —llama, mira a Gi-hun, su sonrisa vuelve a desvanecerse. —Myung-gi, — enfatiza —Quédese un momento.

Lee Myung-gi mira a Gi-hun con indiferencia antes de volver a sentarse.

Kim Jeong-rae lo observa —Gracias por venir.

Claro, ya entendí. Asiente para sí mismo, piensa un instante y finalmente sale por la puerta.

No le sorprende del todo que, —una vez más— alguien le gane el puesto al que aspira, sobre todo alguien con mejor presencia. A estas alturas, después de haberse presentado tanto a grandes empresas como a pequeñas oficinas de contabilidad, ha entendido que el problema no es su currículum, si no su aspecto.

Siempre lo ha sido, en todos los ámbitos de su vida.

No importa qué tan preparado esté, cuántos idiomas hable, si se postula para ejecutivo, secretario o portero… Un hombre más joven, guapo o con más dinero siempre estará por encima de él. Ya debería saberlo.

Y no sabe porqué pensó que esta vez sería diferente, así que no puede evitar sentirse desilusionado, tanto, que se absorta en sus pensamientos y no se da cuenta cuando choca contra la espalda de alguien, haciéndole tirar un pequeño cesto de basura lleno de hojas arrugadas y envolturas de comida chatarra.
Gi-hun se queda paralizado, contemplando el desastre con los ojos muy abiertos.

¿Es eso una… tapa de Soju?

—¡Ay, no! —el hombre que golpeó jadea con pánico, Gi-hun lo reconoce, es el mismo que lo recibió en la sala de juntas —Ahí vienen los jefes, rápido, póngase aquí y ayúdeme a tapar este desorden. —le dice y, sin darle tiempo de protestar lo toma por el brazo haciéndolo pararse firmemente a su lado en un intento por cubrir la basura.

Gi-hun lo observa con desconcierto. Podría jurar que una gota de sudor se resbala de la frente del sujeto como si de una caricatura se tratase. El hombre no quita la vista del frente y su pecho sube y baja frenéticamente, por lo que Gi-hun sigue su mirada.

—¿Quiénes son?— susurra, al notar que dos hombres se aproximan. Uno, de edad avanzada; el otro, quizá un par de años mayor que él.

Ambos desprenden una presencia imponente: sobriedad, clase y esa elegancia que parece fundirse con la arquitectura del lugar. Gi-hun podría estar exagerando, pero no puede dejar de notar cómo varias empleadas —y hasta algunos hombres— lanzan miradas furtivas al más joven, acompañadas de sonrisas coquetas.

El hombre, algo bajo y de piel bronceada, viste un traje hecho a medida que abraza sus hombros y brazos con precisión. Su cabello castaño, perfectamente peinado, brilla como si acabara de salir de un comercial. Una sonrisa deslumbrante asoma en sus labios, y cada paso que da parece irradiar seguridad.

Si no estuviera ahí y se lo encontrara en la calle, pensaría que es un protagonista de drama coreano. Tal vez hasta una película de Hollywood.

—Es el señor Hwang Kang-ho y el hijo, Hwang In-ho, que va a ser el nuevo presidente, y su jefe si es que usted se queda.

—Hola. —dice el señor Hwang Kang-ho, sonriendo amablemente al pasar junto a ambos.

—Señor Hwang, buenas tardes.

Gi-hun se inclina un poco para saludar, pero su presencia es pasada por alto.

Padre e hijo siguen su camino, o eso parece, hasta que Hwang In-ho se detiene y se da media vuelta, inspeccionando el suelo con un semblante completamente serio, casi aterrador.

—¿Woo-seok? —su voz, fría y autoritaria que hace eco en el lugar sin necesidad de incrementar su volumen. Gi-hun siente un escalofrío recorrerle la espalda.

—Dígame señor. —responde Woo-seok, cerrando los párpados un instante como si se preparara para recibir una descarga eléctrica.

—¿Qué significa ésto? —en ese momento, Hwang In-ho se agacha y recoge una bola de papel arrugado para mostrársela al pobre sujeto como si fuera una prueba de un crimen.

—Señor, es que yo…

—Nada. —lo interrumpe, levantando la mano con un gesto cortante. Woo-seok calla de inmediato, encogiéndose un poco más con cada palabra que escucha —Esto no tiene presentación ¿Acaso no se da cuenta de la cantidad de gente que nos está visitando?, ¿Qué empresa de modas tiene sus corredores llenos de basura?

—Sí, señor, lo que pasa es que…

—Nada. Llame a Aseo. Tiene cinco minutos para dejar este corredor como un espejo, ¿entendido?

—Sí señor. —Woo-seok asiente una y otra vez, hasta que Hwang In-ho se retira.

Al girarse, sus ojos se cruzan un segundo con los de Gi-hun, antes de que este último se agache a recoger papeles con un nudo de culpa apretándole el estómago. Woo-seok lo sigue de inmediato, tirándose de rodillas.

—Lo siento… —murmura Gi-hun, sintiendo que la sangre le hierve por haber causado tal escena.

Al mismo tiempo, las puertas de la sala de juntas se vuelven a abrir, revelando a Myung-gi y al señor Kim Jeong-rae, quienes se estrechan la mano.

—Entonces nosotros le llamamos para que venga y firme su contrato. —le dice, el más bajo asiente y camina en dirección al ascensor ajustando su corbata.

—¿Woo-seok?

Woo-seok se pone de pie, sacudiéndose las rodillas y enderezando su postura, —¿Si, señor Kim?

—Despache a los demás aspirantes, no habrá más entrevistas.

Y esa es la señal para que Gi-hun finalmente decida abandonar ese lugar, regresando por donde vino.

Gi-hun salió del edificio con el paso lento, las manos en los bolsillos y la mirada fija en el suelo. Caminó sin prisa hasta la estación de metro, donde el bullicio de la gente contrastaba con el silencio de sus pensamientos.

Se sentó en un asiento junto a la ventana del vagón, observando cómo las luces de los túneles pasaban como destellos fugaces. El traqueteo metálico le ayudaba a ordenar sus ideas, aunque ninguna de ellas resultaba alentadora.

Quizá lo único bueno de que no lo aceptaran en ModaHan era que no tendría que trabajar como secretario. Su padre se habría enfurecido con solo escuchar esa idea, seguro que lo vería como una humillación para la familia.

Luego de llegar a su barrio en Ssangmun-dong y abandonar el metro, camina unas cuantas calles, llegó a su casa: paredes azul cielo, con pequeñas manchas adquiridas con el paso del tiempo, un tejado modesto color café y macetas con flores que su madre cuidaba con dedicación en la entrada.

—¡Hijo! —la voz alegre de su madre lo recibió apenas cruzó la puerta. —¿Cómo te fue?, ¿te dieron el trabajo?

Gi-hun tragó saliva. No podía decirle la verdad, no quería ver la preocupación en su rostro. —Creo que bien —mintió con una sonrisa leve. —Dijeron que me llamarían.

Ella pareció aliviada. —Bueno, de todos modos yo te guardé una revista. Hay un artículo sobre la empresa esa a la que fuiste… ¿cómo se llamaba? ¿ModaHona? ¿Moda… Hawk?

—ModaHan, mamá —respondió él, soltando una pequeña risa apagada.

—¡Eso! —dijo ella con entusiasmo. —Ahora te la traigo.

Mientras ella iba a buscarla, el timbre sonó. Gi-hun abrió la puerta y se encontró con Cho Sang-woo, su amigo, quien lo saludó con una sonrisa y entró a su casa sin siquiera pedir permiso.

—¿Cómo te fue en tu entrevista, Gi-hun?

—Igual que siempre… me ganó el puesto un hombre guapo —respondió con resignación.

Sang-woo soltó una carcajada corta y entró. Caminaron hasta la sala y se sentaron.

—¿Pero qué empresa era?

—ModaHan.

Sang-woo lo miró sorprendido. —¿ModaHan? ¿La de los Hwang y Jung?

Gi-hun asintió. —Esa empresa tiene cincuenta millones de dólares en activos —comentó Sang-woo, impresionado.

—Y ventas anuales de quince mil millones de dólares —completó Gi-hun, recordando lo que había leído días antes, cuando se preparaba para su entrevista.
En ese momento, su madre apareció con la revista en las manos. —Aquí está, mira el artículo —dijo, entregándosela.

La madre de Gi-hun hojeó la revista social con rapidez, hasta detenerse en una página brillante y colorida.

—Mira. —dijo, señalando una fotografía. En la imagen, un hombre de rostro serio, traje impecable y cabello cuidadosamente peinado posaba junto a una mujer elegante, de vestido oscuro y sonrisa discreta.

—Ellos son los dueños de la empresa —explicó—. El señor Hwang Kang-ho y su esposa.

Gi-hun se inclinó para mirar mejor. —Pues hoy me encontré con el señor Hwang… y con su hijo —comentó con cierta indiferencia, aunque por dentro recordaba la incomodidad del momento.

Sang-woo arqueó una ceja. —Leí en un artículo reciente que habrá un relevo en la presidencia. Al parecer el viejo Hwang se jubilará y dejará el cargo a su hijo.

—¿Y eso por qué? —preguntó Gi-hun.

—Yo qué sé —respondió Sang-woo encogiéndose de hombros. —Lo leí en un artículo serio, no en una revista de chismes como esa.

La madre de Gi-hun frunció los labios, sin darle importancia a la indirecta, y cerró la revista. —Bueno, yo voy a preparar la comida de tu padre —dijo antes de retirarse hacia la cocina.

En cuanto quedaron solos, Sang-woo bajó la voz. —¿Estás seguro de que te descartaron para el puesto? Porque esa es una muy buena empresa, una gran oportunidad de crecimiento profesional.

—Seguro. Prácticamente contrataron al tipo bonito como secretario delante de mí —contestó Gi-hun, dejándose caer en el sofá.

Sang-woo abrió los ojos como platos. —¿¡Qué!? ¿Fuiste a pedir puesto de secretario? —exclamó.

—¡Shh! —Gi-hun le puso un dedo en los labios, mirándolo con seriedad—. Vamos, te explico en mi cuarto.

Subieron la estrecha escalera hasta una habitación modesta y pequeña. Solo había una cama individual y un clóset antiguo sin puertas. En las paredes, algunos pósters de anime y superhéroes desgastados.

—¿Por qué fuiste a postularte para secretario? —repitió Sang-woo, ahora recostado cómodamente sobre la cama, hojeando la revista de chismes.

—Porque me cansé, Sang-woo —respondió Gi-hun. —En ningún lado me quieren contratar como asistente, y mucho menos como ejecutivo. De nada me sirven mis estudios, mis cursos, mis posgrados, mi experiencia en el banco KB… —explicó caminando de un lado a otro y enumerando con los dedos— Ya he pasado por más de dieciséis empresas y nada. No me quedó otra opción que buscar un puesto como secretario.

—¿Y qué sacas trabajando como secretario? —preguntó Sang-woo, sin levantar la vista de la revista.

—Pues, pensé que me aceptarían y con el tiempo podría ascender… Por eso me presenté en esa empresa con mi currículum sin foto. Mi hoja de vida es buena, pero lo que la arruina es la foto… por eso no me llaman.

Sang-woo soltó una risa suave, casi burlona, mientras pasaba otra página de la revista.

Gi-hun se dejó caer junto a Sang-woo, con la espalda ligeramente encorvada y un suspiro largo que escapó sin permiso, cargado con toda la desilusión acumulada durante el día.

—Seamos honestos, Sang-woo… nadie nos quiere contratar, y todo por ser nerds, feos, pobres… —comenzó a decir, hasta que Sang-woo le interrumpió poniéndole un dedo índice frente a la cara.

—Habla por ti. Yo tengo trabajo en la pescadería de mi mamá —respondió con una sonrisa burlona.

Gi-hun soltó una pequeña risa y, con un gesto rápido, le arrebató la revista, como si así pudiera robarle también un poco de esa ligereza. Se inclinó sobre las páginas, repasando una vez más el artículo, queriendo echar un último vistazo a ese mundo que por un momento creyó al alcance de la mano.

Ahí encuentra una foto del señor Hwang In-no, y una del hombre que vio en la pasarela, quién descubre en ese momento, es el diseñador de ModaHan.

Otra página, otro rostro atractivo: Park Hee-soon, gerente de recursos financieros y, según la nota, también dueño y accionista de la empresa. Después se encontró con otra fotografía: Hwang In-ho, Nam-gyu el diseñador, junto a otro ejecutivo. Leyó en voz alta:

—Gong Yoo, vicepresidente comercial.

Sang-woo, que espiaba por encima de su hombro, señaló de pronto una imagen en la esquina superior de la página, rodeada por un marco de golondrinas blancas y rosas rojas.

—¡Mira! ¡Se van a casar!

Gi-hun siguió la dirección del dedo de su amigo y, al ver la imagen, abrió los ojos tanto como sus párpados le permitieron. Allí estaba Hwang In-ho, abrazando a una joven mujer bella y de clase. La nota explicaba que el empresario había aprovechado la velada en la empresa para anunciar su compromiso con Jung Yoo-jin, su pareja desde hacía tres años, quien además era copropietaria y accionista de ModaHan.

—Se casan en septiembre… Hacen buena pareja, una pareja de bellos.

—Y ricos —añadió Sang-woo con una media sonrisa. —¿Tienes cigarros?

Gi-hun rueda los ojos, pero no quita la mirada del artículo, —Ya te dije que no puedes fumar aquí, mi papá se va a dar cuenta. —siguió bajando la mirada… hasta que se topó con una imagen que le hizo arquear las cejas con incredulidad.

—¿¡Lee Myung-gi!? —exclamó, levantando la vista hacia Sang-woo.

—¿Quién es ese? —preguntó su amigo.

Gi-hun inspecciona la imagen una vez más, Lee Myung-gi está junto con la señorita Jung Yoo-jin, la prometida de Hwang In-ho y hermana de Park Hee-soon.
—Ese es el que me quitó el puesto. Según él, es amigo de los dueños… y no entiendo porqué si es amigo de ellos fue a pedir trabajo. ¿Y encima como secretario? —dijo, con una mezcla de desconcierto y fastidio.

—Mmm… quién sabe. A lo mejor ya se aburrió de no hacer nada y quiere experimentar lo que es trabajar entre pobres —comentó Sang-woo, encogiéndose de hombros. Gi-hun asintió, aunque la explicación no le convencía en absoluto.

—¡Gi-hun! —escucha la voz de su madre desde abajo. —¡Ya llegó tu padre!

Se pone de pie con un leve quejido, estirándose, y sacude la ropa para darle un mínimo de orden antes de bajar. Sang-woo lo sigue, y ambos descienden las escaleras a toda prisa, empujándose entre risas. Al llegar al último escalón, su padre los espera. Tiene el ceño ligeramente fruncido, esa mirada que Gi-hun reconoce como una mezcla de curiosidad y juicio silencioso.

—¿Cómo te fue, hijo? —pregunta, con voz grave.

Gi-hun se encoge de hombros con una sonrisa que intenta ser despreocupada.

—Dijeron que iban a llamarme… ya sabes cómo es eso.

—¿Y a qué empresa te presentaste? ¿Para qué puesto?

—Uh… como asistente de presidencia en ModaHan —responde, rascándose la nuca, lanzándole a Sang-woo una mirada fugaz que claramente significa: Ni se te ocurra abrir la boca.

—Bueno, luego hablan de eso, vamos a comer —interviene su madre, justo cuando el teléfono empieza a sonar.

La mujer rueda los ojos, exhalando con resignación, pero aun así se apresura a contestar. Un instante después, su voz retumba por toda la casa:

—¡Gi-hun! ¡Es para ti… de ModaHan!

El corazón de Gi-hun da un vuelco. Sus ojos se cruzan rápidamente con los de su padre y Sang-woo. Luego, sin darse cuenta, tropieza con sus propios pies al apresurarse hacia su madre, que le tiende el teléfono con una sonrisa radiante.

Él lo toma con una mano, llevándolo lentamente a su oído, mientras con la otra afloja el nudo de su corbata para respirar mejor.
Sus ojos recorren los rostros expectantes de sus padres y de Sang-woo.

“Seong Gi-hun, el presidente de ModaHan quiere verlo mañana a las nueve de la mañana.”