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Nunca pudo entenderlo del todo, sólo sabía que debía seguir adelante, aunque no recordaba la última vez que había escuchado la voz de un ser vivo.
Los quejidos del viejo insecto en la ciudad abandonada lo sacaron del trance que lo había conducido hasta ese lugar: Hollownest. Un lugar olvidado, inhóspito y melancólico.
La criatura no sabía su propio nombre —si es que tenía uno—, ni mucho menos su propósito, pero sus patas lo llevaron un paso hacia delante siempre. Cayendo en las duras y frías rocas de los cruces, chocando con las altas hierbas del sendero, rebotando por los páramos y tropezando en la oscuridad de las cumbres. Una criatura sin razón simplemente seguía el camino que se encontraba enfrente. No esperaba nada, no deseaba nada.
Pero siempre había algo constante. Alguien en su camino. Alguien que no intercedía, no lo lastimaba, alguien que incluso le sonreía y lo llamaba “pequeño amigo”, alguien que de vez en cuando le daba un consejo para mantenerse a salvo, alguien que a veces le advertía de los peligros por delante, alguien a quien parecía importarle.
Desde contemplar la interminable lluvia a su lado, admirar la vista desde lo alto de la cumbre o descansar en relajantes aguas en medio de las profundidades más peligrosas, Quirrel siempre estuvo ahí. Incluso al enfrentarse a una criatura a la que su aguijón no podía dañar, él estuvo ahí para ayudarlo.
Cuando liberó el sello de la maestra, la voz de aquel insecto repentinamente comenzó a sonar más cansada, sus palabras, aunque amables y cálidas como siempre, comenzaron a apagarse. No se veía bien. Quizá necesitaba descansar, quizá las aguas termales lo hagan sentir mejor como lo hacen consigo.
Pensó, que sin importar qué, lo encontraría en alguna parte del reino otra vez para recibirlo con sus sabias palabras y desvaríos sobre el reino, pensó que en algún momento volverían a compartir un banco de descanso y al despertar le sonreiría una vez más.
Pero sin darse cuenta, sólo quedó un aguijón clavado en la orilla de una apacible laguna azul.
Miró sin entender, sin comprender el paso del tiempo. Únicamente apreciando el reflejo del filo con el agua azul. Aquella que gotea sobre el reino y lo hace llover, aquella laguna eterna que hace a la ciudad llorar.
Y otra vez, no pudo entenderlo.
Había algo dentro de su caparazón que lo inquietaba, algo que nunca antes había experimentado. Una picazón bajo su capa, dentro, más adentro de su propia sombra, más adentro que el alma que cargaba.
Así que solo continuó, con una pata frente a la otra, siguió su camino esperando encontrarlo de nuevo. Esperando que las cosas volvieran a la normalidad.
—Has matado a la bestia… No pude evitar que esto pasara, pero me ha dolido no hacer nada…
Hornet descansaba a los pies del lecho en el corazón del reino de las arañas. A diferencia de antes, su figura no era imponente ni desafiante, sino que era pequeña, su voz casi tan cansada como la de Quirrel aquella última vez.
El fantasma apretó su agarre sobre su aguijón, estaba más frío que de costumbre. Nuevamente, esa extraña sensación se agitó en sus entrañas, ¿Que significaban aquellas palabras? ¿Qué era realmente matar en este reino? ¿Qué significaba morir? No lo comprendía del todo.
En las profundidades del abismo, miró las sombras que surgían desde las cáscaras en el fondo, y las mismas sombras lo miraron subir una vez más.
A veces quisiera encontrarse de nuevo con Quirrel en momentos como ese, hubiera querido saber qué tenía que decir. Parecía que siempre sabía qué decir, a diferencia suya, que no podía ni siquiera pensar con claridad.
Sus patas lo llevaron una y otra vez a la orilla de la laguna, donde el aguijón descansaba sin que nada le perturbara. Sin saber por qué, se inclinó y depositó una flor blanca a su lado antes de seguir su camino.
El templo en donde se encontraron por primera vez ya no era el mismo, pues algo había eclosionado. Por alguna razón, los fragmentos de recuerdos en el palacio blanco le hicieron cortar las cadenas que aprisionaban al Hollow Knight, la picazón dentro de su caparazón se intensificaba una y otra vez.
Lo había entendido finalmente.
Desde que había llegado, cada paso que había dado, había sido para este momento. Su existencia misma había sido para este momento. Desde su creación por el rey y la dama blanca, su caída y su nuevo ascenso, todo era para este momento.
Pero las cosas no eran tan sencillas. Al igual que su hermano, él no era una vasija pura. Ya no estaba vacío.
¿Cuándo ocurrió? No lo sabía, quizá desde su momento apreciando el lago azul o incluso cuando lo encontró en ese mismo templo, su destino había cambiado. Algo había comenzado a llenar su vacío, con todos los fragmentos de aquel reino roto, poco a poco, habían calado a sus adentro y se había vuelto un fracaso impuro.
Así que no había otra alternativa.
Cuando Hornet contuvo a su hermano, supo lo que había que hacer. Con el aguijón onírico en mano, estuvo listo para enfrentar su destino.
Puede que de esa forma, lo encontraría de nuevo, quería ver sonreír de nuevo a aquel insecto y hablar un rato más, hasta que los sueños lo invadieran y la oscuridad lo recogiera bajo su manto.
Así, podrían descansar una vez más en el mismo banco.
Quizá.
