Work Text:
La misión con el señor Uzui había sido más difícil de lo que se hubiera esperado. El equipo estuvo al alcance de la muerte, un poco más y el resultado de la pelea habría sido completamente distinto.
Aunque no era sorpresa su victoria. Eso pensaba Inosuke. Se trataba de los cazadores más fuertes de todos, liderados, por supuesto, por el rey de las Bestias. Esa hazaña, derrotar a dos Lunas Crecientes, les demostraría a todos que Inosuke Hashibira era el mejor, el más fantástico, asombroso, increíble, que podía con todo a su paso.
Por supuesto, estuvo a punto de morir. Pero eso había sido un momento y estuvo como si nada en un instante. Aunque…
Recordaba los gritos desesperados de Monjiro. Pudo sentir el pánico del chico cuando lo vio así, con una herida que traspasaba su cuerpo. Justo en su corazón. Que sentimental era.
A Inosuke le daba gusto que al final todos estuvieran vivos, claro. Pero ciertamente Kentaro tenía que ser tan blando y extraño, como es, y lanzarse hacia ellos con esas lágrimas que nunca le disgustaba mostrar. En el segundo que lo vio, sintió un simple alivio, como debería ser por ver a tu subordinado sobrevivir a un peligro tan grande.
Sin embargo, cuando contempló la idea de que él se había enfrentado al demonio junto a Minitsu, y Monjiro lo había hecho solo. Observó sus dedos fracturados, sintió la forma tan lenta en la que su corazón latía, e imaginó que, si no fuera tan fuerte, a lo mejor hubiera muerto después, o antes, de decapitar a la Luna. A lo mejor, ni siquiera habría podido verlo justo como lo hacía ahora, llorando como un bebé.
Y algo se formó en su pecho. Una sensación clara y burbujeante, como un río, que se le subió a la garganta, pensando en lo agradecido que estaba de que su manada siguiera completa. Viva. Estaban vivos.
Lo siguiente que supo es que estaban todos juntos en un cálido reencuentro. Inosuke apenas podía ver, porque el nudo en su garganta había salido sin control en forma de lágrimas. Y aun cuando odiaba llorar, —ya que lo consideraba una pérdida de tiempo que podría usarse en volverse más fuerte como para no hacerlo—; no podía parar.
No sabe cuánto duró eso. Minutos, quizá horas. Pero lo que sí sabe es que antes de que todo se volviera confuso y oscuro, lo último que sintió fue el apretón suave y sincero del brazo de Tontaro contra ese pecho acogedor.
Tontaro...
¿Monjiro?...
“¡TANJIRO!” Inosuke despertó en la oscuridad. Con los latidos a mil por hora y su instinto buscando identificar su entorno.
Lo primer que notó fue que no llevaba puesta su máscara. Y en cuanto sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, se encontró en una habitación familiar. Miró por la ventana, y se relajó un poco. Conocía esa vista nocturna: La Finca Mariposa.
Consideró algo extraño que hubiera dormido hasta la noche. Usualmente en ese lugar hacia tanto ruido durante el día, que el descanso mental era casi imposible. Pero aún más inusual era que no tuviera las quejas constantes de Zeniro en sus oídos para despertar. Cosa que rápidamente comprendió porque no pasaba: estaba en una habitación completamente solo.
Esto lo inquieto de repente, y recordó lo que pasaba por su mente antes de despertar. Su manada. Monjiro.
Saltó de la cama. Solo para darse cuenta del entumecimiento de su cuerpo, además de lo adolorido que estaba. No es nada para el Rey Inosuke. Debes moverte rápido. Se enderezó y salió a la mayor velocidad que pudo. Reconoció el pasillo. El idiota de ojos rojizos había sido trasladado muchas veces a estas habitaciones por sus heridas. No debía estar lejos.
Lamentablemente su cuerpo no pudo ir tan rápido como su mente, y sus pasos eran pesados —no fuertes como la mayoría del tiempo, sino lentos y estruendosos —. Eso debió ser lo que despertó a Aoi, ya que lo interceptó en medio del pasillo, apareciendo de quién sabe dónde.
“Despertaste” dijo más con molestia por ser despertada que con asombro. Lo cual era ridículo, el Rey de las Bestias había derrotado a una Luna Creciente y estaba de pie, vivo frente a ella. Lo menos era algo de admiración.
“¿Dónde están todos?”
“Inosuke, ¿te duele algo? No deberías estar fuera de la cama tan pronto”
“Estoy bien. Déjame ir.” no la miraba, trataba de sentir las presencias detrás de las puertas.
“No, no. Tus heridas deben ser revisadas, y tienes que descansar.” Se interponía de un lado a otro en el camino del jabalí.
“No tengo tiempo para eso. Dónde. Están. Todos”
“En la cama, Inosuke. Son las tres de la madrugada.” Inosuke se exasperó. No lo estaba entendiendo. Tomó a la chica por los hombros y la sacudió.
“Monjiro, ¿Dónde está? ¿Está bien?”
“Está bien.” Se zafó del agarre con calma. “Está vivo, tranquilo. Pero está dormido. Puedes verlo en cuanto salga el sol.”
“No. ¡Voy ahora!” retrocedió para comenzar a correr lejos de ella.
“¡A la cama, Hashibira!” Maldición. Sabía que tenía que obedecerla, que allí era una autoridad.
Ni siquiera le estaba gritando, solo susurraba de manera firme. Maldijo por lo bajo y volvió a la habitación a grandes zancadas. Se sentó en la cama y con un gesto furioso se colocó su máscara.
“Lo lamento, pero esto es por tu bien.”
“Hmh”
“¿Quieres que te traiga algo de la cocina?”
“No tengo hambre”
Moría de hambre. Pero necesitaba deshacerse de ella lo más pronto posible.
Una vez que Aoi lo revisó, se recostó dándole la espalda, y esperó hasta que sus pasos se sintieran lo suficientemente lejos. Volvió a ponerse de pie y salió por la ventana, arrodillándose en el tejado.
La brisa fresca le provocó escalofríos, pero también fue vigorizante. Echó una vista alrededor y empezó a correr, observando las ventanas. Buscando.
No le tomó mucho encontrar unos mechones rojizos iluminados por la luna. Abrió la ventana impaciente y saltó junto a la cama.
“Monjiro” llamó, pero no hubo respuesta. Solo un chico dormido profundamente.
Inosuke no sabía que tantas heridas tenía, pero las vendas cubrían casi todas las zonas visibles de su cuerpo, incluso su frente y barbilla. “Hey, Monjiro. Arriba” lo movió un poco.
Su respiración era tan débil que por un segundo el jabalí temió lo peor. Pero no. Ahí estaba. Lo veía, pero al parecer su cuerpo no lo entendía. Porque en vez de sentirse aliviado por tenerlo enfrente, sus manos se estremecían como si hubiera entrenado por días.
Pero el chico estaba bien, ¿No? Debía estarlo. Tiene que estar bien. Su estómago se revolvió, debía ser el hambre.
“Lo suponía” La puerta abriéndose dejó ver a Aoi. “Te dije que te quedaras en cama”
“¿Por qué no despierta?”
“Está en coma.” ¿En coma? ¿Qué mierda significaba? “No está consciente. Y no despertará, haga lo que hagas”
Las palabras no fueron las correctas. Inosuke entró en pánico dentro de su máscara. “¿¡ESTÁ MUERTO!?” saltó a la cama, con las rodillas a cada lado de Kentaro, sin saber exactamente si tocarlo o no. Quedó a medio camino, nuevamente con ese nudo en su garganta. “¡¿QUÉ MIERDA?! ¡LEVANTATE! ¡NO JUEGUES, IDIOTA!”
“¡No, no, no! Shhh” Aoi se apresuró a ellos.
“¡ME MENTISTE!”
“¡No! Él está vivo. Solo está dormido… por decirlo así.” La explicación parecía calmar a Inosuke “No despertará. Por ahora. Ya que se lastimó mucho y necesita recobrar fuerzas.” Inosuke comprendía eso, y relajó los músculos. “Tú mismo estuviste haciendo eso… Dormiste por dos meses.”
¿¿¡¡Dos meses!!?? Eso significa que… ¿Desperté antes que Santaro?
“¡Ja, Ja! ¡Te vencí de nuevo, Santaro! El Gran Rey de las Bestias revivió antes que tú” Pero Tanjiro no le contestó.
“Si, sí. Ahora deberías dejarlo descansar. Y hacerlo tú también.” No se movió. Ni siquiera volteó a mirarla. Quedó inmóvil sentado frente a Tanjiro.
Conociendo a Inosuke, Aoi solo suspiró. “No vayas a molestarlo mucho.”
“¿Quién te crees que soy? ¡Por supuesto que no lo haré!” Le dijo firmemente. “¡Este es mi subordinado número uno!”
En cuanto quedaron solos de nuevo, la sensación en el estómago y la garganta volvió. Pero se había calmado su pánico. Maldita sea, niña mariposa.
Junto a la cama había una mesita con un vaso de agua, así que no se lo pensó dos veces antes de tomarla toda. Pero no cambió nada.
Observaba al pelirrojo. No tenía la amble sonrisa que muestra incluso cuando llora, ni los ojos abierto y brillantes. Su piel no era la misma, estaba pálida —no de la forma usual, sino una más enferma e inquietante —.
Le dijeron que estaba vivo, pero él no podía estar seguro hasta que lo viera despertar y decir su nombre.
Reparó en la cicatriz en su frente, casi cubierta por la venda. No le gustaba esa imagen, parecía que sangraba. No quería verlo sangrar. Le hacía pensar en la batalla, y en la muerte. Y Monjiro no estaba muerto.
El nudo en su garganta se hacía más grande y tenso. La máscara parecía encogerse a cada segundo. Asfixiándolo. La lanzó a una silla y buscó de nuevo el rostro del chico, con su respiración pesada por pensar en eso: en la muerte y en Tanjiro.
Era extraño. No estaba corriendo. No estaba entrenando. No tiene por qué estar asustado —él está allí —, no obstante, seguía respirando como si fuera a ahogarse.
“Despierta, ya, Kentaro” le dijo riendo nervioso “Tenemos que entrenar, ahora. Mis pulmones tienen energía para eso. Al parecer.”
No respondió. Inosuke miró a la ventana, pensativo. Luego se levantó de un salto en la cama, con las manos en la cintura, pisando a cada lado del cuerpo del pelirrojo.
“Ya no puedes ganar, pero si quieres empatar con tu jefe…” acercó su rostro al de Kentaro “Tienes que despertar hoy. ¡Ahora mismo!”
Silencio.
Maldición, Tontaro. ¿Siquiera me estás escuchando?
Volvió a sentarse a su lado. Deseo tener el oído del rubio quejón en ese instante, pero como no lo tenía, se inclinó, acercando su oído al pecho del otro. Pudo escuchar los latidos de Monjiro. Cuando levantó la mirada, un suave soplido cálido rozó sus pestañas. Eso le causó alguna especie de debilidad, concluyó, porque los brazos le fallaron y tuvo que reincorporarse con las mejillas afiebradas.
Y entonces creyó entender. Debilidad. Santaro estaba desprotegido en ese momento, y si no podía despertarlo, tenía que quedarse con él hasta que volviera en sí. Era su deber, como jefe.
Por eso, pensó, era que tenía tantos malestares al ver al pelirrojo y pensar en él, su debilidad se reflejaba de alguna forma en Inosuke. Así que tomó la decisión, volvió a colocarse la máscara y se sentó con las piernas cruzadas al pie de la cama, con las manos en sus rodillas. Mirándolo fijamente en una posición de protección inquebrantable.
Al salir el sol, Inosuke seguía allí. Cualquiera que no viera debajo de su máscara pensaría que está muy concentrado, pero había caído dormido hace casi dos horas. Al sentir los primeros rayos de luz y escuchar pasos hacia la habitación, saltó de golpe, lejos de la cama.
Las tres pequeñas niñas mariposas son las que entraron, sorprendidas de ver a Inosuke de pie y fuera de su habitación. De ellas si recibió unas cuantas lágrimas y afirmaciones de que se preocuparon y estaban felices de verlo despierto. Eso alegró al jabalí.
“¿Qué hacías aquí, Inosuke?” le preguntó finalmente una “¿Dormiste en la habitación de Tanjiro?”
“JA JA! ¿Quién necesita dormir?” reía fuerte, con las manos en la cintura “Desperté hace unas horas, y vine a vigilar a Monjiro, ¡para que despierte pronto y podamos entrenar!”
Le sonrieron de una forma que no lograba identificar. Kentaro le sonreía así, a veces, pero no sabía que significaban esos ojos, esa expresión.
“No te preocupes, nosotras nos encargamos por ahora.”
“Exacto. Si quieres puedes bajar a desayunar.” Inosuke iba a negarse rotundamente, pero el sonido de su estómago resonó en toda la habitación. Las niñas rieron un poco, él se les unió.
“¡No se muevan, ya regreso!” Corrió escaleras abajo y se encontró a Aoi en la cocina. A pesar de sus regaños, sabía que no había comido en meses —literalmente —, así que tuvo un gran desayuno.
Se encontró con Monitsu en ese desayuno. Tuvieron una conversación, si así se le puede llamar, donde Inosuke exclamaba lo genial de la batalla y su victoria, mientras el rubio lloraba por lo peligroso de la misión y como casi todos pudieron haber muerto.
El jabalí volvió en si al escuchar eso. Recordó al pelirrojo.
Se quedó mirando fijamente a Zenitsu, con una seriedad no muy propia de él. El rubio lo notó, y se limpió las lágrimas, mirando a Inosuke, confundido.
“¿Estás bien, Inosuke?”
“No quiero que mueras.” Las palabras salieron en un susurro antes de que las hubiera pensado bien.
“Oh. Eso… Es muy lindo de tu parte” La expresión de vergüenza del jabalí fue instantánea. Y se dio cuenta de que no tenía la máscara puesta.
No lo pensó dos veces antes de correr lejos mientras volvía a colocársela. “¡OLVIDA LO QUE DIJE, QUEJUMBROSO! ¡ME VOY A ENTRENAR!”
Apenas escuchó el grito de Aoi de “¡Ni lo pienses! ¡Tus heridas no han sanado!” Pero lo que dijo era una excusa.
No volvió a la habitación de Monjiro hasta pasado el mediodía. Pero de vez en cuando subía a la ventana para revisar. Podría despertar en cualquier momento. Luego de eso, hizo lo mismo que unas horas atrás: sentarse a vigilarlo.
Las pequeñas niñas mariposas lo encontraron, y al ver su negativa de moverse de la cama, le llevaron la comida allí.
Las horas pasaban en un silencio que a ratos a Inosuke se le hacían pacíficos, le recordaban a su hogar en la montaña; y luego se le hacía fastidioso y desesperante. Tanjiro no mostraba signos de despertar.
“¡Vamos, Kentarooooo!” decía aburrido “Tenemos que entrenar para enfrentar demonios. ¡No descansar por dos meses!”
Previniendo el silencio de la respuesta, simplemente se quitó la máscara y apoyo su codo en la pierna, recostando su barbilla de su mano.
Había estado observando a Tontaro desde hace siglos, pero no estaba aburrido de eso —jamás lo estaría —. Le fastidiaba que él no pudiera verlo de regreso.
Por suerte, la sensación en su estómago y garganta se habían disipado hace un largo rato. O eso creía.
La luz del atardecer entró gentilmente por la ventana abierta, tocando la mejilla del pelirrojo con suavidad, iluminándolo. Se veía tranquilo, con algo más de color. ¿Qué se sentirá tocar a Kentaro con la misma suavidad? Sus propias mejillas respondieron a ese pensamiento. Como si los mismos rayos las estuvieran tocando. Que estupidez.
De nuevo, su cuerpo estaba en su contra. Puesto que, su estómago tenía un nuevo malestar. No le punzaba, como antes, era más como si hubiera colgado de la rama de un árbol durante mucho tiempo justo después de comer. Se sentía mareado.
Y fue mucho peor cuando se imaginó a si mismo acercándose, posando su mano en la posiblemente confortable y cálida mejilla de ese idiota. Retrocedió sin bajar de la cama. ¿¡Qué mierda está pasando conmigo!?
Durante la noche no lo habían dejado quedarse en la habitación de Monjiro. Dijeron alguna estupidez sobre descansar, que el jabalí realmente no escuchó, por estar aferrándose al marco de la puerta, evitando que lo sacaran entre las cuatro niñas mariposas —Aoi incluida —, y que finalmente lograron.
Cuando lo despertaron para el desayuno, lo primero que hizo, incluso antes de probar bocado, fue saltar hacia el tejado y correr hacia la habitación del pelirrojo. Entró dando una voltereta y esperó el saludo de su subordinado. Pero de nuevo: silencio.
Seguía en coma.
Inosuke se arrodillo decepcionado junto a la cama. “¿¡Es que no despertaras nunca!?” Al reparar en la gravedad de esa pregunta, se apresuró al rostro de Santaro, con las manos a cada lado de este, y tan cerca como la máscara se lo permitió. “No es cierto eso. ¡Ni se te ocurra! ¿¡Me oíste, idiota!?”
Monitsu y Aoi irrumpieron en la habitación. “¿¡Qué crees que haces, cabeza hueca!?” el rubio lo señaló, indignado. “¡No molestes a Tanjiro!”
“¡Inosuke, el desayuno!” le gritaba al mismo tiempo la chica “¡Tengo que revisar tus heridas!”
El jabalí salió riendo de la habitación, aunque en realidad no quería que nadie lo viera ser suave con el chico.
Durante todo el día trató de distraerse. Había sido fácil el día anterior, pero ahora no dejaba de pensar en Santaro.
Estuvo con Denitsu, esculcó varias veces la cocina, casi ganándose un golpe con un cucharón, jugó con las tres niñas mariposas durante mucho rato, hasta estuvo unas varias horas sentado en la habitación donde Nezuko dormía. Pero eso último había sido lo menos inteligente, ya que, de solo verla, pensaba en él.
“¿Tú crees que él se vaya a poner bien?” También había silencio de su parte. “Ja, ja, ja. Son muy parecidos. Pero tú nunca dices nada, niña. Él sí.”
No dijo nada más por un rato, pero al ver que nadie le decía que dejara la habitación, aunque ya habían entrado dos veces a ver dónde estaba —la última vez había sido hace media hora —, y que la niña demonio tampoco estaba muy consciente: siguió hablando.
“Monjiro es una persona muy fuerte. Estará bien, seguro.”
“…”
“Recuerdo la primera vez que me enfrenté a él: ¡Fue el golpe más fuerte que recibí en años! Ja, ja. Trataba de matarte. ¡Pero te defendió muy bien!” La sonrisa del recuerdo se tornó en una mueca confusa. “Cuando desperté, y lo vi…”
“…”
“He visto ojos rojos antes ¡Pero esos han sido los más brillantes! Era como… como… la baya más perfecta para el desayuno, con el rocío de la montaña en ella.” Se encontró suspirando por ese recuerdo, por lo que volvió en sí, aclarándose la garganta. “¡Y entonces decidí que me quedaría a su lado! ¡Hasta que lograra vencerlo!” su sonrisa se desvaneció. “¿Te digo algo, Tesuko?”
“…”
“Aún no lo logro” se quitó la máscara, soltando un largo quejido “Y quizás ya haya dejado eso de lado. Tenemos otras batallas ahora.” Se tomó uno minutos para pensar eso a profundidad, cosa que no hacía casi nunca. Pensaba mucho desde el día anterior “Hace mucho que dejó de ser mi enemigo. Pero… me gusta luchar con él. Me hace sentir más fuerte.”
Buscando la ventana con la mirada, se topó con el estampado a cuadros que conocía a la perfección. Sonrió nuevamente. En alguna ocasión lo usó, en contra de su voluntad, Monjiro se lo prestó. Había sido en una noche fría donde los tres volvían de una misión. Al principio le disgustaba —odiaba usar cualquier cosa que le cubriera el pecho, le daba comezón y se sentía aprisionado —, y luego, cuando tuvo que devolverla —fingiendo que era un alivio, claro —, estuvo recordando por días la cómoda sensación de ese haori, y el olor de Tontaro: como a madera, jengibre y una flor, que descubrió luego que se llamaba jazímn, o algo así.
Quería hacerlo. ¿Debía hacerlo? ¿Podría… quizá…
No lo pensó más. Se estiró sin esfuerzo y alcanzó la prenda. Se la colocó como si fueran a quitársela.
Y quedó inmóvil.
Completamente quieto.
¿Qué estás haciendo conmigo, Monjiro? ¿Es un truco? ¿Una prueba? ¿Una enfermedad que me haga hacer cosas así y me provoque dolores de estómago y fiebre en la cara?
Gruñó mientras dejaba caer su cara en sus rodillas. “Últimamente he tenido miedo… ¿Puedes creerlo? ¿Inosuke Hashibira? ¿El Rey de la Montaña? ¿Con miedo? Es ridículo” Abrazó la tela a cuadros. Casi podía sentir ese aliento cálido. “Es muy fuerte. Pero siempre está un paso adelante, y… eso significa que se pone en más peligro. ¡Y NADIE PUEDE PONERSE EN MÁS PELIGRO QUE EL JEFE!”
Volteó, pero ella seguía cómodamente dormida, por suerte. “Ese Tontaro hará que su jefe no puede dar todo de sí ¿Qué se cree?” le estaba gustando hablar con la niña. “También ha hecho que actúe de forma extraña: mi estómago hace cosas raras ¡Sin mover mis órganos a ningún lado! Y si pienso en el parece que me dará fiebre. Cuando voy a misiones sin él, ¡pienso en él! Es como si estuviera metido en mi cabeza. Parece que mis piernas estuvieran fracturadas, ¡porque no puedo caminar bien! Está en todos lados. Y esa sonrisa… esa sonrisa…”
“Hmh!”
“SI! ¡Esa misma sonrisa! Está dañando mi corazón, lo juro. Creo que hace que cambie de posición con mi estómago porque…”
Miró perplejo y avergonzado al demonio que le brindaba una sonrisa sincera, con sus ojos rosa muy abiertos.
¿¡Estuvo despierta todo el tiempo!? ¿¡Qué escuchó!? ¡Madición!
Su primer instinto fue irse y no volver a esa habitación por días. Recordó el haori. Se lo quitó al instante, arrojándolo junto a la cama donde estaba acostada.
Corrió directo a la puerta, pero lo detuvo la exclamación de la pequeña. “¡HMH!” observó cómo recogía la prenda con cuidado. ¿¡Le dirá a Kentaro que la usé!? Le hizo un gesto con la mano, para que se acercara.
Inosuke lo pensó un poco. No sabía que tanto había escuchado Nezaro, ¿Me golpeará si me acerco? Es una niña fuerte. No podía pelear con la hermana pequeña de Santaro, así que aceptaría con honor lo que sea que le fuera a hacer. Después de todo, él mismo fue el que habló sin parar sobre sentirse extraño y su hermano.
La pequeña lo miraba inexpresiva mientras se acercaba. Frente a frente, apuntó al suelo con un dedo. La señal fue clara: Siéntate.
Lo hizo, y bajo el rostro, esperando la reprimenda. Solo sintió un movimiento suave en su cabello. La demonio le sonría de nuevo, con los ojos achinados, mientras le daba suaves caricias.
¿¿No me golpeará??
Tezuko le entregó nuevamente el haori, que Inosuke tomó sintiéndose mucho más pequeño que ella. Lo cual no tenía sentido, él era mucho más grande, solo que estaba sentado en el suelo… Pero así se sentía ahora.
Ella, por otro lado, se acomodó nuevamente, recostada ahora de lado para mirarlo, y movió la mano en señal de que podía continuar.
“¿Eso es… todo?”
Asintió.
“¿Quieres que me quede?”
Asintió nuevamente.
“Pero… ¿Le dirás a Monjiro?”
Negó. No había mucho que decir.
El jabalí sintió como algo se extendió en su pecho. Seguía queriendo correr, sin embargo, algo en su instinto le decía que estaba bien quedarse. Igual que el día en el que los conoció a todos. Estaba bien quedarse.
Inosuke no podría asegurar si le gustaba eso de pensar mucho y hablarle a otra persona sobre las cosas que pasaban por su mente y cómo actuaba alrededor del pelirrojo. No obstante, la pequeña resultó una compañía que le agradaba. Era mucho mejor que el rubio llorón, aunque no tan buena como su propio hermano.
Entrada la noche aún seguía en la habitación, encontrando distracción con ella. Le habló, jugaron, trató de peinarla —lo que fue jodidamente difícil —, Tezuko también lo peinó, jalando mucho su cabello en el proceso, y le habló mucho más. Aunque también tuvo momentos donde ninguno decía nada. Y eso le gustó igual. Luego ella se quedó dormida, y el jabalí supo que tenía que irse. Además, debía vigilar que Kentaro despertara, esta noche no lo dejaría.
Salió, y encontró a las pequeñas niñas mariposas corriendo de un lado a otro, con toallas, jarras de agua caliente y otras cosas.
“Niña mariposa, ¿qué está pasando?”
“Es Tanjiro. Tiene fiebre desde hace un rato. Y sigue subiendo.” Eso lo asustó, y quiso preguntar más, pero la pequeña volvió a su trabajo. Así que la siguió hasta la habitación.
“Lo siento, Inosuke. No puedes entrar”
“¿¡Qué!? ¡No! ¡Tengo que…”
“Lo siento. Te avisaremos cuando esté mejor”
Y cerraron la puerta en su cara… Máscara.
No. No podía aceptar eso. Dijo que no lo dejaría esa noche, ¿no? Se quedaría con él. Escuchó los pasos agitados por la habitación. No podía quedarse quieto allí.
Corrió a la ventana más cercana, y saltó hacia el tejado. Los segundos que corrió hacia la habitación de Monjiro se le hicieron eternos, mucho más largos que cualquier pelea o batalla. Al llegar, estaba cerrada, pero veía por el cristal cómo le cubrían la frente con toallas y lo arropaban más.
El rostro del pelirrojo, pacífico desde que Inosuke despertó, ahora fruncía las cejas, respiraba apenas. Parecía incómodo, adolorido, tembloroso.
Maldita sea, Tanjiro. ¡NO MUERAS!
Sabía que muchas veces, las fiebres no eran la gran cosa. Pero justo ahora no pensaba en nada ni en nadie. Y su campo de atención y visión se redujo solo a ese rostro enrojecido al que parecía que se le dificultaba siquiera existir. Pasaron varios minutos en donde el jabalí no se movió de la ventana. En ciertos momentos quiso entrar, atento a los movimientos del chico, pero se detenía cuando alguna de las niñas hacía algo que lo ayudaba.
Mientras más horas pasaban, más se desesperaba el jabalí. ¿Por qué él no mejora? ¡No están ayudándolo!
Una de las pequeñas sacó un objeto afilado, que brilló con el reflejo de las farolas encendidas. ¡UN ARMA! VAN A LASTIMARLO. Tocó la ventana frenéticamente.
“Inosuke, ¿qué haces acá?” dijo la pequeña mientras abría. “Te dijimos que esperaras afuera ¡Oye!”
Antes de cualquier otra cosa, saltó y le quitó lo que resultó ser una jeringa. “¡Devuelve eso!”
“¡No! ¡Van a herirlo!”
“Es una medicina. La necesita.” Inosuke la observó de cerca. Tenía un líquido amarillo dentro. “¡Devuélvela, Inosuke!”
“¡Míralo! Tenemos que dársela”
Kentaro estaba pálido, pero sus mejillas estaban tan rojas como su cicatriz. Una pequeña mueca de dolor bastó para que Inosuke soltara la aguja —atrapada por una de las niñas —, y corriera hacia el pelirrojo, tomando su rostro entre sus manos sin pensarlo.
Estaba ardiendo. No sentía su respiración. ¿¡POR QUÉ NO SENTÍA SU PUTA RESPIRACIÓN!?
“HAZLO! ¡Haz lo que tengas que hacer!” Las niñas estaban perplejas. ¿Desde cuándo Inosuke actuaba así?
Se acercaron a ellos. Alejaron al jabalí y tomaron el brazo del chico, extendiéndolo. La punzada en el estómago volvió cuando observaba el objeto incrustándose en su Monjiro. Apretó la tela de sus pantalones con fuerza, agradeciendo que su máscara no dejara ver que estaba al borde del llanto.
Se alejó con cuidado, dejando que hicieran lo que necesitaran. Sentándose en un rincón lejano, pensó en buscar a Minitsu, a Tezuko, a la otra niña mariposa, a la Pilar, a quién sea. Quería correr muy lejos. Tan lejos que cruzara el bosque completo y encontrara a Kentaro al pie de la montaña. Sano, sonriéndole.
Su respiración no funcionaba. Le dolía algo dentro, estaba tiritando y su visión estaba borrosa. Podría vomitar, gritar o desmayarse en cualquier momento. Deseaba que todo fuera una pesadilla. Que no estuviera tan raro. Quería que él estuviera bien.
No supo cuándo, pero las niñas lo rodearon sin que pudiera darse cuenta. Lo abrazaron.
“Se podrá bien ahora.”
“Tranquilo, Inosuke”
“Despertará pronto”
Estuvieron así al menos un rato. Inosuke no tenía fuerza para fingir una risa y salir de allí. No dejaría la habitación. No lo dejaría solo otra vez.
Despertó con una pesadilla que no lograba recordar. Alguien le había puesto una almohada en la cabeza y lo habían arropado —posiblemente las pequeñas —. Hacía poco que el sol había salido, aún podía sentir la brisa de la madrugada. Y por un momento, creía estar olvidando algo. Una sensación lejana. Como cuando lloras mucho y a los minutos todavía sientes el hipo por las lágrimas. ¿Llorar? Monjiro.
Se mareó un poco al levantarse, y casi tropieza con la mesita. Ahí estaba. Tan pacífico como antes. Aunque ahora tenía más color, se notaba. Se sentó a su lado, sin saber exactamente que decir —aunque él no escucharía mucho —.
“Anoche fuiste algo lejos, ¿eh, infeliz?”
Sin respuesta.
Inosuke se irritó un poco.
“¿Qué pretendías? ¿Abandonar a tu equipo? ¡JA! Ni lo sueñes, Tontaro.” Se puso de pie, con su actitud altanera normal. “¡Espera a que despiertes! ¡Me enfrentaré a ti! ¡Te haré pagar por ese susto!” Se marchó de la habitación, furioso.
Lo cual no tenía mucho sentido. No estaba molesto con Santaro. Él no había hecho nada. Pero… quizás ese era el problema: no estaba haciendo nada, e Inosuke deseaba escucharlo hablar. No le negaría. Necesitaba verlo ponerse de pie, tener la misma actitud decidida de siempre. Que le dijera que él era increíble, que lo hicieron bien y que seguirán juntos para derrotar a todos los demonios que fueran necesarios.
No. En cambio, estaba postrado. Soñando con quien sabe qué, y sin pensar en el jabalí. Eso último le dolió por algún motivo. ¿Monjiro sin pensar en mí? Absurdo. ¡Soy el Rey de las Bestias! ¡Y su líder! No podría dejarme de lado nunca.
Desayunó en la cocina en un silencio que a todos les parecía muy extraño. Aunque las niñas mariposa eran las únicas que tenían idea de lo que le pasaba. El rubio permanecía quieto y lo más callado posible. A lo mejor esperando que el jabalí explotara de repente y quisiera golpearlo o algo así.
“Minitsu…”
“NO TE HE HECHO NADA, ¡NO ME GOLPEES!” lloró mientras cubría su cara con sus brazos, a punto de salir corriendo.
“¡Maldición! ¡No voy a golpearte, debilucho!”
“¿eh?”
“Solo quería saber algo”
“Oh… Pues…” pestañeó antes de reincorporarse junto a él. “Dime. ¿Qué sucede?”
“¿Crees que Tontaro y yo…” El rubio enarcó una ceja, curioso. “¡Y tú! ¡Claro! ¿Crees que los tres seguiremos juntos siempre?”
“¿A qué te refieres, exactamente? Estamos juntos ahora, ¿no? Eso es algo importante.”
“Si… Eso creo.” No lo miró unos segundos. “Pero en el futuro, ¿piensas que seguiremos los tres?”
“Bueno” pasó una mano por la mejilla, pensativo. “No puedo asegurarte que estemos siempre juntos.” Esa no era la respuesta que quería. “De hecho, no siempre estamos juntos. Nos hemos separado para hacer misiones diferentes, y en realidad no nos conocemos de toda la vida.”
“No sé ni para qué te pregunte”
“Sin embargo…” Inosuke se detuvo a medio camino de levantarse “Si a lo que te refieres es que quieres que sigamos siendo amigos… A que te preocupas por nosotros.”
“¡Nunca dije eso! ¡Maldición! ¡Solo era una estúpida pregunta!”
“Sé que estás preocupado por lo que pasó. Estás preocupado por Tanjiro.”
¿Qué mierda significa esa sonrisa en su cara?
Viéndose expuesto, sin saber cómo manejar las emociones que lo inundaban en ese momento, lanzó un grito al aire. “SUFICIENTE. ¡VEN AQUÍ! ¡TE MATARÉ!” y con un resoplido salió detrás del rubio, que corrió aterrorizado.
El jabalí persiguió por mucho rato al otro, dieron vueltas por toda la finca, hasta que Minitsu subió a un árbol cuando Inosuke ya no tenía tanta energía. Debía admitir que, a pesar de su impaciencia por querer volver a entrenar, sus heridas hacían que su capacidad no estuviera al máximo.
Exhausto, se tiró junto al árbol, contemplando el cielo. Lloverá hoy. Mientras el otro, en una rama muy alta, temblaba esperando que la ira sin sentido del jabalí hubiera cesado. “¡Oye!” Zeniro colgaba boca abajo en una rama. “Tienes que aprender a controlar tus emociones, amigo.”
“Ja, ja. Lo dice el llorón” rio con ganas antes la expresión indignada del rubio. “No sabía que tenías agallas para hacer eso.” Refiriéndose a estar de cabeza tan tranquilamente.
“¿De qué hablas? Soy un experto en esto” se meció un poco. “Además, si caigo, estás en el sitio exacto para amortiguarme la caída.” Inosuke se movió, alejándose de debajo de esa rama.
“JA JA JA”
“¿¡Qué haces, idiota!? ¡No te muevas! ¿NO VES QUE ESTOY POR CAERME?” movía los brazos de forma desesperada, e Inosuke, con fastidio, se sentó y esperó a que callera. Atrapándolo y lanzándolo a su lado.
“¡JA! Eres un debilucho.”
Menitsu se limpió unas lágrimas, y permanecieron en silencio un rato. Solo se escuchaban los lejanos movimientos de las niñas dentro de la finca.
“A veces…” dijo por fin el jabalí “Por momentos creo que no despertará.” Agradecía tener su máscara en ese momento. “Luego recuerdo que es Tontaro…”
“Tanjiro.”
“Es fuerte. Es un cazador de demonios. Es parte de nuestra manada. No puede morir.” Miró de reojo, pero el rubio no le veía, solo observaba el cielo, atento. “Aunque…”
“¿Aunque no dejas de tener miedo de que eso pase? ¿Imaginas esa posibilidad? ¿La posibilidad de quedarte solo?”
¿¡Cómo es posible!? ¿¡Zeniru lee mi mente!?
No. Era Inosuke Hashibira. Nunca tenía miedo. Era el mejor de todos. Podía estar solo, después de todo, lo ha estado casi toda su vida.
Entonces, no entendía porque todo lo que dijo el rubio era lo que él ha estado pasando desde que despertó. Se lo dijo a la pequeña demonio, ¿no? Y quizás… Quizás lo ha estado pasando desde hace mucho más tiempo.
“Está bien si te preocupas por Tanjiro.” La sensación en su estómago volvió. “Está bien si tienes miedo ahora. Yo también lo tengo.”
“Siempre tienes miedo.”
“¡OYE! ¡CUIDA LO QUE DICES!” le picó un poco la cara con un dedo, gritando en su oído. “TE DOY UNA CHARLA MOTIVACIONAL Y ME SALES CON ESO”
“ES LA VERDAD, LLORÓN” también empezó a picotear su cara gritando.
“HABLO DE ESTAR PREOCUPADO DE QUE TANJIRO MUERA, ¡IDIOTA!”
“TAMBIÉN ME DA MIENDO, ¡DEBILUCHO!”
Ambos se miraron en silencio. Zenitsu estaba llorando otra vez. Inosuke no. Sin embargo, sintió como sus músculos se relajaron y la punzada en su estómago desapareció. Él le sonrió.
“Tanjiro te diría: admitirlo está bien.”
Inosuke tomó sus rodillas, queriendo protegerse, aunque no sabía de qué.
“No puedo creerlo: El rey de la montaña tiene miedo de decir lo que siente.”
“¡No le tengo miedo a nada! ¿Me oyes? ¿Quién te crees?”
“¡Entonces dime! ¿¡Te importa Tanjiro o no!?”
“¡¡Claro que sí, idiota!!”
“¿¡Te preocupas o no!?”
“¡¡SI!!”
“¿¡TE GUSTA O NO!?”
“¡¡POR SUPUES-!! ¿Qué?”
“Oh… ¿No te has dado cuenta de eso aún? Está bien.”
“¿A qué te refieres? ¿Gustarme?” ¿De qué mierda está hablando ahora? “Me gusta, obviamente”
“¿¡De verdad!?” para este punto de la conversación, el rubio estaba sentado muy cerca de él, con un brillo indagador en sus ojos muy abiertos.
“Si. Es Monjiro. Me cae muy bien desde que lo conocí. Por eso es mi subordinado número uno.” La expresión del otro decayó a una muy sombría.
“No sé porque creí que lo habías descubierto tu solo. Eres un cabeza hueca.”
No comprendía.
A Inosuke, Kentaro le caía muy bien: le gustaba estar con él, le gustaba pelear con él, le gustaba entrenar con él, comer con él, hacer misiones con él. ¿Qué tendría que descubrir?
“¿A ti no te gusta, Tontaro?”
“¡Por supuesto que no! Es decir, es mi amigo.” También era su amigo. “Pero no me gusta… así.” ¿Así? “¡A mí solo me gusta mi dulce y tierna Nezuko!”
¿La hermana de Monjiro? Pero si también es mi amiga.
“Pero a mí también me gusta Tezuko” al rubio casi se le salen los ojos de sus cuencas mientras gritaba. “Es parte de nuestro equipo también.”
“Ah, Inosuke. No hablo de eso.” Se tomó un momento para exhalar profundamente.
“No estoy entendiendo nada, idiota.”
“Claramente. Pero tranquilo, muchos no lo comprenden a la primera.” Se sacudió la ropa mientras se ponía de pie “Pero yo soy un experto en eso del amor” ¿Amor? “Así que, cuando creas que necesites un consejo, sabes que soy el mejor para eso.” Dijo de forma altanera mientras ponía su mano en su barbilla.
“¿Hablas de que yo siento amor por Santaro?” Inosuke no sabía nada de eso, era cierto. Pero sabía que existía diferencias entre el amor entre amigos, familia y… otra cosa.
“Déjalo, da igual. No estás listo para hablar de eso aún.”
“¡Claro que lo estoy! ¿¡Qué es lo que quieres decir!?”
“Nada… Sabes, siempre dicen que llevarle flores a las personas enfermas puede ayudarles a mejorar.”
“¡Eso no tiene nada que ver! ¡No quiero flores!”
“¡No para ti, idiota! Vaya, eres imposible.” Y se alejó mientras le hacia una seña con la mano “Espérame, voy por unas tijeras.”
¿Qué le pasa a este debilucho? ¿Flores? La caída le debió afectar en el cerebro.
Luego, algo hizo clic dentro de su cabeza. Tontaro. Se puso de pie rápido y buscó frenéticamente por el jardín. ¿Cuáles serían mejores? Tenía que darles las más perfectas a su número uno.
Vio de muchos colores: blancas, azules, amarillas, unas que no sabía si eran flores o comida. Varias que sabía que eran comestibles, otras no. También observó algunas que, por las macetas decoradas en donde estaban, lo más probable es que alguien más las usaría.
Finalmente, sus ojos dieron con un gran grupo flores rojas, salpicadas de rocío. Pequeñas, pero en gran cantidad, creciendo en un largo pedazo en el suelo. Eran esas: Le recordaban a él. Tenían el color de sus ojos.
Arrancó de un tirón todas las que pudo, hasta las sacó de raíz, con todo y arbusto, y se fue adentro, ignorando al rubio, que volvía con un par de tijeras para cortar una o dos flores. Tampoco escuchó a Aoi gritándole que estaba llenando de tierra la casa. Tenían en mente una sola frase: Flores para Monjiro. Así se sentirá mejor.
Llegó a la habitación y cerró la puerta de una patada —después de haberla abierto con una anteriormente —. En cuanto lo vio, algo se revolvió dentro de él. El pelirrojo no lo veía, pero se sentía nervioso. No sabía cómo hacer esto. Quería hacerlo bien.
“Hey, Kentaro…” se acercó a la cama con cuidado “Minitsu me dijo que las flores… Que podrían gustarte.” Se sentó “Que harían que te levantes pronto… Puede ser verdad. Te gustan estas cosas suaves y extrañas.”
Sintió sus mejillas calentarse.
“¡Son rojas! ¡Como tú!” hizo una mueca, por la estupidez que dijo. “¡Quiero decir! ¡No como tú! ¡Tus ojos!”
Era más difícil de lo que pensaba. Respiró para calmarse.
“Muchos animales en la montaña tienen ojos rojos. También los demonios.” miraba las flores. “Pero nunca lo había visto en humanos… Hasta que te conocí, Tontaro.”
Sonrió, aunque ese río en su garganta amenazaba con volver a aparecer, en escurrirse hasta sus ojos.
“Han pasado tres días… dos meses. ¡No lo sé! Ha pasado mucho tiempo. Y yo… no los he visto más.” Maldición, luchaba por tragarse ese nudo de mierda, no quería que volviera a romperse. “Bueno, eh… Son mucho mejores cuando están como ellas.” Decía acercando un poco las azaleas a su cara. “¡Mira! ¡Están brillantes y abiertas!”
Nada. El nudo se tensó más.
“Y también…” su mirada viajaba de las pequeñas plantas al rostro del chico. Se estaba esforzando. “¡Si! Se parecen un poco a tu cabello, ¿lo ves? Monjiro…”
Sentía la presencia de alguien en el pasillo, pero no le importaba. No le importaba nada más. Kentaro estaba ahí, y no despertaba.
“Sí, sé que no puedes verlo…” finalmente, una lágrima corrió por su mejilla. “Por eso tienes que despertar, imbécil.” Corrió otra lágrima, y luego otra más. “¡Tienes que verlas! ¡Tienes que decirme que te gustan!”
El nudo se le había roto, ya no podía parar el llanto. “Ya lo entendí, ¿está bien? Si tengo miedo. No te había pasado esto antes.” Más silencio. “Ya lo admití. ¡Despierta ya imbécil! Búrlate de mí. ¡HAZ LO QUE QUIERAS! ¡TE DEJARÉ SER EL JEFE! Solo…”
Parecía que sus pulmones se hubieran agujereado, de repente no encontraba aire. Su voz era un susurro.
“Abre los ojos, por favor… Tanjiro… Son muy lindos para que los tengas cerrados. Por favor, idiota.”
La tierra que dejaban las raíces de las flores se mezclaba con las interminables lágrimas del triste Inosuke. Terminó siendo un desastre en las sábanas, pero al jabalí no pudo importarle menos, y hundió su cabeza en ellas, devastado.
Varios minutos después, entraron las niñas a revisar que el jabalí estuviera bien, y a cambiar las sábanas sucias. Inosuke se negaba a separarse de las azaleas, tuvieron que explicarle con calma que tenían que quitarles la tierra y cortarles las raíces para que pudiera ponerlas junto al pelirrojo. Y así lo hicieron. Dejándolas en una jarra grande con agua, porque los jarrones eran muy pequeños para la cantidad de flores que había arrancado.
Nadie lo reprendió por el desastre. Ni siquiera el rubio llorón. Tampoco le negaron quedarse todo el día en la habitación, y por lo visto, podía quedarse en la noche. Cuando el sol se había ocultado por completo, la puerta de la habitación se abrió. Inosuke apenas giró la vista debajo de su máscara, concentrado en mirar a Monjiro, pero identificó a la demonio en un segundo.
Se acercó a la cama, sentándose junto a él. Hizo un pequeño sonido de saludo, que el devolvió en un suave gruñido. Por un rato, el jabalí no le dirigió la mirada. Quizás estaba llorando, extrañando a su hermano. Igual que él. Aunque había dejado de llorar hace unos minutos, se sentía vacío y cansado, con el pecho punzándole cada vez que imaginaba la voz o los ojos despiertos del chico frente a él.
Miró a la niña cuando ella colocó algo sobre sus piernas cruzadas: el haori de Kentaro. Puso sus manos sobre las de Inosuke, y las apretó con suavidad mientras lo miraba directamente a los ojos, con gentileza. La primera reacción que tuvo fue tomar el haori y tratar de devolverlo. No le pertenecía. “No. Está bien.” Pero la demonio se le empujaba suavemente de regreso.
“Mhm…”
“No lo necesito. Ahí está, ¿ves?” ambos miraron al chico. Tezuko hizo un sonido algo triste, y negó lentamente. Le puso la prenda sobre los hombros, y le acarició el cabello.
No sabía que había hecho la niña en él, pero eso pareció ser suficiente como para echarse a llorar sobre su pequeño hombro, mientras ella seguía acariciando su cabello. Era extraño. Como cuando su madre jabalí se recostaba con él luego de que se hubiera lastimado, para consolarlo. ¿Era eso? ¿Consuelo? No estaba seguro. Lo que podía confirmar era que necesitaba eso. Lo que sea que fuera.
Inosuke no sabía que podía tener tantas lágrimas dentro. Nunca había llorado tanto en su vida. Y a pesar de estar triste, se sentía mejor.
Cuando finalmente pudo parar, volvieron a mirar a Tanjiro en silencio.
“Crees… Crees que se pondrá bien?” Ella asintió al instante de manera confiada, lo cual lo alivió un poco.
Los dos días siguientes se resumieron en andar por la finca como un fantasma. Comía y hacía los ejercicios sencillos para ir recuperando la flexibilidad, pero fuera de eso, se había vuelto completamente una sombra dentro de los muros del lugar.
Apenas hablaba, ya no se quitaba la máscara ni para dormir —si es que dormía —, y les daba vueltas a sus propias sensaciones internas quedándose horas en lugares donde no podía verlo ni hallarlo. Como los tejados más altos de la finca, los árboles del bosque cercano al patio trasero, debajo de su cama, y el techo de la habitación de Gompachiro.
Descubrió que esa última era de las mejores opciones. Nadie lo encontraba allí, y como no lo veían, tampoco podían decirle que saliera del cuarto. Así que, pasaba horas vigilando desde ese lugar, y cuando se cansaba, si estaba completamente seguro de que nadie vendría, se sentaba junto al pelirrojo.
Ya estaban en el quinto día desde que Inosuke había despertado, y ya podía admitir que, si, estaba preocupado por Tontaro. Aunque Nezaro le afirmó que se podría bien, y el día anterior una niña mariposa le dijo que el pelirrojo estaba tomando más color, y sus heridas estaban sanando; Inosuke no se aliviaría por completo hasta que —como se repetía constantemente —viera al imbécil despierto con sus propios ojos.
Solo le quedaba eso. Esperar.
A veces seguía desesperándose, y le aparecía la punzada en el estómago y el nudo en la garganta, pero ahora podía respirar y pensar que, tarde o temprano, Kentaro despertaría. Y él estaría allí cuando eso pasara.
Pero ahora estaba… ¿Despertando?
No recordaba haberse quedado dormido. Mucho menos en esa habitación. Sentía que la conocía de alguna parte, había visto ese techo, pero no lograba recordarlo. Se sentó apresuradamente, y sintió una punzada en su frente. Se quitó la máscara. ¿Un chichón? ¿Cuándo mierda pasó esto?
Estaba en un futón.
¡No podía ser! ¿Acaso él…?
Giró… Y ahí estaba. ¡Tanjiro estaba junto a él! Durmiendo tranquilamente. Reconoció el lugar: la casa de la anciana a la que fueron luego de conocerse. ¿Qué hacían allí de nuevo?
Se acercó incrédulo al futón de Monjiro. Inclinándose hacia su cuerpo con un sigilo no muy propio de él. Era increíble: se veía sano, con la piel coloreada, sin ojeras, con la respiración normal y la cicatriz más fresca y menos marcada de lo que recordaba. No pudo evitar sonreír ampliamente.
“Hey, Kentaro.” Lo removió un poco. Algo se alborotó en su pecho y estómago cuando lo vio despertar. Aunque sus ojos no brillaban y tenía el cabello más corto ahora, pero estaba allí.
“¿Inosuke?” La mención de su nombre hizo que su pecho creciera y su cara se calentara hasta sus orejas. “¿Estás bien?”
No pudo responderle. Las palabras no le salían. Sus ojos no podían estar más abiertos, ni su sonrisa más amplia. Cabe resaltar que el jabalí estaba básicamente sobre el otro, con cada mano a un lado de su cabeza, a poco espacio de su cara, pero a Tontaro no parecía importarle.
Inosuke lo miraba, detallaba su rostro, cada pequeña cosa indicándole que estaba despierto: sus pestañeos suaves, sus mejillas levantadas en una pequeña mueca, el lento subir y bajar de su pecho. Una energía lo invadió desde el centro de su ser. Se sentía como ver una lluvia de estrellas en una noche oscura. “Te extrañé, Tanjiro.”
Y como si él pudiera entender todo con esa frase, le sonrió. Esa sonrisa donde sus ojos se volvían aún más encantadores, entreabiertos, y sus mejillas se volvían un poco rosadas. “También te extrañé, Inosuke” fue todo lo que dijo, pero fue más que suficiente.
Junto su frente con la de él, sentía su aliento mezclarse con el suyo. Apretaba la sábana bajo sus manos, sin saber qué hacer con tanta alegría. Y entonces sintió un roce: la mano del pelirrojo se extendió a su derecha, colocó un mecho de su cabello detrás de su oreja, y se deslizó hacia su cuello.
El jabalí siguió cada movimiento, con un leve escalofrío cuando el tacto finalmente se instaló en su nuca. Con los dedos cálidos haciendo círculos lentamente. Mientas la otra mano subía por su brazo, y se posaba en su mejilla.
No entendía qué pasaba. Kentaro seguía viéndolo de manera tranquila, pero él estaba nervioso. ¿Qué pretendía? ¿Por qué se sentía tan bien esto?
La vista de Monjiro fue a parar a sus labios. Por reflejo, también vio los suyos. Nunca les había prestado demasiada atención. Eran finos, color melón, aterciopelados y de apariencia frágil, pero no se agrietaban fácilmente —lo sabía —, y estaban ligeramente abiertos, con una respiración algo inestable.
Se sintió atraído por ellos. Por él. Y el ligero agarre en su cabello fue suficiente para hacerlo acercarse un poco más, sintiendo ambas manos del chico enredarse en su cabeza y su aliento chocar contra sus propios labios, abiertos por inercia.
Se acercó otro poco. Esos ojos lo llamaban, le gritaban su nombre.
Rozó la superficie caliente…
Y despertó.
Al instante reconoció el techo de la Finca Mariposa. Miró por la ventana: era de tarde.
Su respiración era jadeante. El corazón cabalgaba en su pecho de una forma totalmente nueva. Tenía la cara encendida y le temblaban las piernas. ¿¡Qué fue eso!? ¿Un sueño? ¿¡Por qué había soñado con… ¿POR QUÉ QUERÍA HACERLO?
Solo había sido un sueño. No tenía por qué ser importante. ¿Verdad?
Pero... Quería hacerlo…
Trató de calmarse mientras giraba su cuerpo, y se encontró cara a cara con el chico de sus sueños. Dormido a su lado. Rozando su nariz.
Del susto, y por la cercanía, Inosuke cayó de la cama. Se incorporó algo tembloroso, y maldijo haberse quedado dormido justo ahí, haber soñado esa tontería. Observó a Tontaro: dormido como siempre. Se acercó con cautela, como si fuera a despertar y sabría lo que había soñado. Pero no pasó nada.
Suspiró, sentándose de nuevo. Y sin pensarlo mucho, su mano se movió a su mejilla, que ya se veía más coloreada. Repasó el sueño en su mente. Imitó la acción del propio pelirrojo, y colocó un mechó detrás de su oreja con gentileza. Le iba a dar un ataque cuando sintió una ligera reacción por parte del chico antes ese movimiento. Apenas fue el inicio de una sonrisa, y movió la cara buscando la mano de Inosuke. Pero después de días sin nada, y con ese sueño…
Quitó la mano, agitado. “Mon- Monjiro?” no respondió, lo que le pareció un alivio, pero también una decepción.
El estómago le empezó a dar vueltas, y sus piernas estaban tan inquietas que tuvo que empezar a caminar por la habitación. Su cara no dejaba de calentarse, y no podía quitar la imagen de ese idiota en su sueño: lindo y demasiado cerca de él. Tan cerca que pudo… Salió corriendo hacia el tejado.
La brisa fresca y el atardecer podían calmarlo en sus momentos más intranquilos, aunque sea un poco. Sin embargo, ahora no estaba resultando. Acostado y completamente inmóvil, todavía tenía la respiración tan rápida que se sentía mareado. Y es que, no se había alejado mucho del problema. Además de que estaba junto a la ventana de la habitación, no podía huir: el problema era él.
Era malo para pensar, sin duda. Justo ahora necesitaba eso. Si fuera como Kentaro, analizaría la situación, reconocería cada cosa que le pasaba en ese momento, y tendía una solución. No obstante, Inosuke no conocía nada de lo que le ocasionó ese sueño: las manos le tambleban, el estómago se le retorcía sin parar, y el corazón subía hasta su garganta, para luego volver a caer hasta su pecho, donde estaba por traspasarle la piel desde dentro, de tanto bombear.
¿Qué mierda me pasa estos días? ¿Es normal? ¿Hay algo malo conmigo y Tontaro?
Temía que lo que soñó fuera algo incorrecto, y que su cuerpo se lo estuviera indicando. Pero, el pelirrojo no parecía molesto, ni incómodo con lo que pasó. ¿Y sí… ¿Y si lo hiciera en verdad? ¿Sería igual?
Al chico le gustaban las cosas suaves y cálidas como decirle al jabalí que era increíble, atractivo, fuerte, hábil… En fin. También hacía cosas que lo hacían sentir así de suave, como cocinarle sin que se lo pidiera, tomarlo de la mano, reírse —a Inosuke le gustaba especialmente verlo reír —, incluso cuando le gritaba, le parecía… hermoso. Lo hacía feliz. No le molestaría, ¿verdad? A Monjiro le gusta hacer feliz a otros.
En realidad, no tenía ni idea. Normalmente podría haber dicho, para cualquier otro, qué haría y qué cosas le gustan a Monjiro. Por favor, bastaba con verlo para darse cuenta de que parecía una luciérnaga. Brillante y activo.
Aunque justo ahora no podía armar el más mínimo hilo de pensamiento, no podía asegurarse.
Imaginó que le contaba lo que le provocaba. El miedo a que saliera herido y él no estuviera a su lado. La desesperación por no verlo despierto. Los síntomas en el estómago. Lo que pasaba por su mente cada vez que sentía su olor. Cada vez que lo miraba, escuchaba su voz, lo miraba a esos ojos rojizos. Cada vez que pensaba en él. Desde hace tanto tiempo. Quizás… desde que lo conoció. Y, por algún motivo, el chico le decía que no lo comprendía, que era solo un tonto y probablemente solo esté enfermo. Se imaginaba que Monjiro se alejaba, asqueado, por lo que escuchó.
Un hueco se abrió en su estómago. El corazón se le fue rodando hasta los pies, dejando una sensación de vacío por unos instantes.
No. Tontaro no me diría eso nunca.
Se iba a volver loco. Tenía que buscar respuestas. Pensó en preguntarle al rubio. Sabía tanto del pelirrojo como él.
En ese instante, una pequeña gota fría cayó desde el cielo directamente a la frente del jabalí. Parecía una epifanía, puesto que, al mismo tiempo, recordó que Minitsu le había dicho algo de hablar con él. ¿A esto se refiere?
No. No podía ser.
Inosuke no tenía la más mínima idea del amor, pero era imposible que estuviera igual de loco que ese llorón por la hermana de Monjiro. ¿Cierto?
Se levantó deprisa, y bajó del techo para buscar al idiota.
La lluvia ya había llegado por completo. Se instaló sobre la mansión y sus alrededores de forma rápida, y empaparon al jabalí de pies a cabeza en segundos. Lo que le daba igual.
Lo encontró casi al minuto, sentado en el pórtico que daba al patio de entrenamiento, comiendo bolas de arroz. “¡Minitsu! ¡Te estaba buscando!”
“¡Inosuke! Idiota. Te vas a resfriar.”
El jabalí saltó a la parte cubierta, sacudiéndose como un perro para sacarse el exceso de agua.
“¡¡OYE!! ¿¡Qué haces!? ¡Cuidado con mi comida!”
Cuando estuvo mucho más seco, se sentó a su lado, ignorando las quejas y quitándole uno de los onigiris del plato.
“Hey…” empezó con la boca llena de comida. “Jengo que hablal comtigo.”
“Que asqueroso. No hablaré contigo mientras aun veo la comida en tu boca.” A esto, Inosuke respondió sacando la lengua, dejando ver la pasta blanca del arroz masticado. El rubio hizo una mueca de disgusto, y el jabalí rio, pero luego terminó el bocado para continuar.
Quería entender.
“Oye…”
“¿Hmh?”
“Dijiste que… bueno, que yo necesitaría hablar contigo”
“¿Sobre qué?”
“Ya sabes…” maldición, estaba algo nervioso. “la tontería de... sabes.”
“No. Estoy seguro de que no lo sé.” Su risilla era una clara señal de que estaba jugando con Inosuke.
“¡Lo sabes perfectamente! ¡No te hagas el gracioso!”
“Solo escúpelo, Inosuke.”
“No puedo escupirlo. Ya me tragué la comida.” La cara del rubio reflejaba su fastidio por el sarcasmo.
“Hablo de que lo digas de una vez. Sin rodeos, idiota.”
Miró hacia el lluvioso patio. El otro lo imitó. Lo cual, era indicio de que la conversación iba enserio. Por algún motivo nunca se miraban a la cara en momentos así de… inusuales.
Inosuke tomó aire, y empezó. “¿Qué es exactamente el amor?” Zenitsu mantenía la cara seria, pero levantó las cejas ante la pregunta. No esperaba una tan compleja al inicio de la conversación.
“Es algo complicado de expresar.” Si. Eso lo sabía. El mismo Inosuke no encontraba como nombrar lo que parecía estar sintiendo. “Es muy amplio”
“¿Puedes amar cosas?”
“Si. Tú amas pelear, ¿no? Te hace feliz. Te apasiona. Y no podrías vivir sin eso.” El jabalí si lo hacía, y reflexionó eso.
“¿Así es como se siente amar a una persona? ¿Si no puedes vivir sin ella?”
“Si. Y a la vez no… En una familia, las personas que están contigo te protegen. Y tú quieres protegerlos. Te cuidan, y tú los cuidas. Te importan, y tú les importas. Y te lo hacen saber. También con los amigos es así.”
“Como Gompachiro, Tezuko, tú y yo.” Lo dijo más para sí mismo que para el rubio, pero logró ver la sonrisa que le generó eso. Quizás había pensado lo mismo que él.
Somos una familia, los cuatro. Una manada que se cuida.
“No es normal querer chocar los labios con alguien de tu familia, ¿cierto?”
Minitsu lo miró como si estuviera loco, y carcajeó. “No. Diría que la mayoría de las veces, no lo es.”
La imagen del pelirrojo debajo de él estaba fija en su mente en ese momento. Apretó los puños “Entonces, ¿qué es?”
“¿Te refieres a los besos?”
“¡No sé lo que sean!” sus mejillas se calentaron. “¡Solo sé que estábamos malditamente cerca! ¡Y me tocó el cabello! ¡Y! ¡Y!” el recuerdo le hizo morderse la parte interna del labio. “Y SI QUERÍA PEGAR SU BOCA A LA MÍA, MALDITA SEA”
El rubio estaba muy sorprendido.
“¿Eso es un beso?” Inosuke no quería mirarlo a la cara.
“Suena a un beso para mí… Aunque no lo terminaras, eso es lo que hubiera sido.” Su expresión cambió a una de terror. “Dime, por favor, que no lo besaste mientras estaba en coma.”
“¡Claro que no, inútil! ¿Qué te pasa?” estampó un puño en la cabeza del otro.
“¡Lo siento! Solo quería estar seguro”
Hubo un rato de silencio.
“Sabes, yo sueño con ella muchas veces.” El jabalí lo miró, extrañado. “Con Nezuko. Siempre sueño que le pido que sea mi novia, y luego nos casamos, tenemos lindos niños, vivimos felices para siempre y…”
“Si, si, ya entendí.”
Se aclaró la garganta antes de continuar. “El punto es: si pasó algo similar, es posible que sea ese tipo de amor. Como el mío.”
No. Inosuke no podía ser igual que el quejumbroso,
Ese idiota corría hacia Tezuko cada que podía. Inosuke no iba tras el pelirrojo. Aunque sí, le gustaba estar cerca del él. Y en los últimos días descubrió que no le gusta la idea de estar separado de él —con el peligro de muerte o sin él —.
Pero, no. No era como él.
“¿Qué tiene de especial que te haga hablar así de ella? Desde que la conociste, siempre estás diciendo esas cosas raras.” Gruñó, entrecerrando los ojos.
“No son raras, es que…” suspiró, con una sonrisa soñadora que le irritaba un poco al jabalí. “Es que cuando la veo, el corazón me late tan fuerte que parece que va a salirse. Me hace feliz verla sonreír, y… si está triste, es como si me clavaran algo en el pecho.” Las similitudes lo estaban asustando. Pero no dejaría que el idiota viera eso. “Siempre me preocupo por ella. Me aterra de solo pensar que un día no esté.”
Inosuke soltó una risa seca y nerviosa. Debe ser una broma lo que estaba escuchando.
“Eso es… es estúpido.”
“No lo es. Eso es amor.” Se inclinó hacia él, sonriendo como si le explicara algo a un niño. “Si estuvieras enamorado, Inosuke, querrías tener a esa persona cerca todo el tiempo. Y… te gustaría que sintiera lo mismo que tu sientes cuando te ve. Que nunca se olvide de ti.”
El jabalí iba a burlarse, pero no pudo. Las palabras fueron un puñetazo en su pecho.
Tanjiro seguía apareciendo en su mente: con esa sonrisa tranquila después de una pelea, el calor de sus manos sosteniendo las suyas cuando estaba herido, la calma y seguridad en su voz, sus ojos cálidos abriéndose para verlo a él.
Quererlo cerca siempre… Maldición, sí.
Que nunca lo olvide… Sí.
Que sintiera lo mismo que él…
Un calor incómodo le subió a la garganta. Se levantó de golpe, como si pudiera sacudirse la sensación caminando por el porche. Pateó un cojín y gruñó.
“¡No! ¡Eso no es igual! ¡No es como tú con Nezuko!”
“Pero… suena exactamente igual: te obsesiona Tanjiro, siempre quieres pelear con él para estar cerca, hablas de lo fuerte que es, y te he visto…”
“¡Cállate!” Inosuke le lanzó un cojín, más para que dejara la idea que para golpearlo enserio.
Se quedó de pie, con los puños aun ceñidos, sintiendo ese cosquilleo extraño de hace rato, por todo el cuerpo. Una mezcla de miedo, rabia, y… eso.
No, no, no. Es exactamente lo que siento por Kentaro.
Pero, si Minitsu tenía razón…
Y si Mojiro no sentía lo mismo…
¿Podría perderlo?
“¿Estás bien?”
“¿Qué haré si no lo siente igual?” su respiración se entrecortó. “¿Dejará de ser mi amigo?”
El rubio lo miró fijamente, con los labios en una línea recta. “¿Es en serio?” suspiró, evocando paciencia. “Bueno, no lo sabrás hasta que se lo digas… Pero no te preocupes, apuesto que seguirán siendo amigos.”
No sabía si creerle o no. Ahora mismo, estaba más asustado que en cualquier batalla contra un demonio. Sus manos estabas heladas y estremecidas, pero al mismo tiempo, ese rostro dulce hacía que sus labios ardieran.
La conversación terminó cuando las niñas mariposa lo persiguieron por humedecer el pórtico, y para que tomara un baño. Se escabulló al lugar más seguro en el que pensó: la habitación de Kentaro. Se arrastró por el piso y las paredes, y colgó de las vigas del techo, como estaba acostumbrado.
Se mantuvo en silencio un rato, reflexionando. Las partes más importantes de la conversación con el rubio se repetían en su mente. ¿Debería hacer lo que le dijo? Normalmente no le haría caso, de hecho, haría lo contrario… con esto, en cambio, era diferente.
Miró hacia abajo, hacia ese pequeño cuerpo, rojizo y dormido. Sonrió con una dulzura que no se veía bajo la máscara. Pensó que no podía perderlo. Quería que se quedara con él, y si todas estas cosas que le estaban pasando harían que el pelirrojo fuera diferente con Inosuke… No lo soportaría. Necesitaba quedarse a su lado. No le importaba que se volviera tembloroso y rojo cerca del él, tampoco ese estúpido sueño —por mucho que volviera a soñar o pensar en besarlo —. Enterraría todo eso, de nuevo. Las veces que fuera necesario. Seguiría a su lado como siempre, decretó.
“¡Despierta ya, Kentaro! ¡Es hora de entrenar!”
El sol ya se ocultaba. Era obvio que, de despertar en ese momento, no irían a entrenar, pero solo era para tratar de acallar su mente con palabras, en voz alta. Tampoco le desesperaba no tener respuesta. Aceptó que tal vez tardaría mucho en volver en sí. Sin embargo, seguir intentando no le costaba.
Lo llamó por horas, a lo largo de toda la noche.
No durmió.
Y no era por estar colgado en el techo, había dormido de peores maneras. No conciliaría el sueño nunca si cada vez que cerraba los ojos pensaba en Tanjiro, y cada vez que los abría, estaba allí, debajo de él.
Cuando amanecía fue que lo vio. Ese destello.
El chico se removió en la cama.
¿Podía ser?
Apenas había aceptado que esperaría lo que fuera necesario a que despertara. ¿Lo haría ahora?
Volvió a moverse. Aunque no parecía que estuviera despierto, era, más bien, que estaba soñando.
Al principio, Inosuke consideró que se quedaría quieto después de rato. Ya lo había hecho antes. El estómago se le removió cuando Monjiro arrugó la frente, suspiró, y en un movimiento tan delicado como una pequeña hoja al viento, ese par de pestañas se alzaron.
Parecieron eternidades las que observó ese brillo volviendo a la vida. El pecho le vibraba, su interior parecía estar lleno de mariposas enloquecidas. El carmín se movió. Inosuke dejó de respirar: subía la mirada lentamente…
He ahí. El momento por el que tanto había esperado. El par de ojos más amables del mundo, después de dos meses y siete días, a cinco metros de él. Abiertos.
Estaba despierto.
Lo estaba mirando.
Estaba vivo.
La conmoción que sentía no tenía nombre ni límites. No podía moverse. Así que solo estaban ahí, observándose. Aunque Monjiro no podía saber si lo estaba viendo, llevaba la máscara. Debajo de ella, el jabalí agradecía con los ojos borrosos. Temblaba. Estaba llorando, no sabía cuándo había empezado y no le importaba. No le importaba nada.
Tanjiro despertó.
Antes de que pudiera darse cuenta, Aoi ya estaba en la habitación, había roto una tetera al dejarla caer cuando notó que el pelirrojo estaba despierto. Al rato llegó otra persona, y poco después las pequeñas mariposas. La habitación se había llenado, y si antes estuvo nervioso por bajar, ahora lo estaba aún más.
No le importaba hacer una entrada digna del Señor de las Bestias y sorprender a todos, pero, por alguna razón, no podía simplemente bajar. Escuchó que conversaban, pero no le prestó atención hasta que escuchó la voz del chico.
“¿Qué hay de Inosuke?” El corazón le explotaría. Su nombre pronunciado por Monjiro… Era como si lo oyera por primera vez.
“Inosuke… Bueno…” una de las pequeñas habló, cautelosa. “Estuvo al borde de la muerte.” ¿Lo estuvo? No lo recordaba, ni le había prestado atención. Estuvo muy ocupado preocupándose por Kentaro.
“Pobre Inosuke” sollozaba Aoi. “No dejó de pelear por su vida el tiempo que estuvo inconsciente.” No recordaba eso. “Tenía mucho veneno en el cuerpo, y no pudo detener el sangrado con su respiración.” Eso sí lo recordaba. Tontaro estuvo llorando por él.
“Ya veo…” la forma en la que lo miraba le hacía gracia, como si fuera una alucinación. “Entonces… Seguramente me estoy imaginando que está en el techo ahora.”
Carcajeo, por los nervios de ser descubierto —y que todos lo miraran —, y por el pánico que causó con todos gritándole.
“¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¿Cómo fue que me viste, Efermanchiro?” Era obvio el cómo, pero se sentía inquieto y trataba de actuar como siempre.
“No sé… Creo que es porque estoy boca arriba.” Divertido. Si te extrañé.
Dando una voltereta innecesaria, cayó con fuerza en la cama, evitando pisar al pelirrojo, que lo miraba cansado, pero con la misma gentileza. Eso lo aliviaba.
“Soy la bestia que superó la muerte, ¡y aun así desperté siete días antes que tú! ¿Qué dices a eso?”
Le sonrió. Maldita sea. Le estaba sonriendo. Al fin. “Felicidades, Inosuke… Es que… eres increíble.”
“¡Claro que lo soy!” Había querido escuchar eso durante días. “¡Siempre he sido más fuerte que tú!” No era cierto. Monjiro hubiera llorado menos si él hubiera estado en coma durante dos meses y siete días. Quizás. “¡Me da vergüenza que seas tan débil!” Su boca respondía por costumbre, y por más que quisiera decirle tantas otras cosas, terminó con esa frase, que hasta él mismo pensó que había sido ir muy lejos.
Las niñas mariposa se miraban entre sí, sorprendidas y confundidas. Inosuke tenía días actuando de forma más tranquila, ausente, e incluso emocional. Ahora volvía a esa rudeza salvaje, que a veces rozaba lo grosero. ¿Qué le ocurría?
“¡Inosuke! ¡No le digas así! ¿¡No ves que está malito todavía!?” le reprendió una de las pequeñas.
“Bueno… creo que deberíamos dejar a Tanjiro descansar un rato. ¿Cierto, niñas?” Aoi lanzaba miradas con los demás presentes, que el jabalí no supo que significaban. Pero todos asintieron, al parecer entendiendo por arte de magia o algo así.
“¿Qué? No. Gompanchiro apenas despertó. No creo que necesites dormir otros dos meses.”
“¡Inosuke!” recibió un manotazo de la más grande de las niñas mariposa. “Esas bromas no son graciosas.”
“Pero si quiere quedarse, está bien.”
“Si. Después de todo, Inosuke te ha estado haciendo compañía desde hace varios días, Tanjiro.”
“¿De verdad?” sintió como se le calentaron las mejillas.
“¡NO! ¡Para nada! He estado muy ocupado entrenando mientras tu dormías.” Él no le discutió nada, solo mantenía esa sonrisa.
“Si claro.” Aoi le dedicó una mirada cómplice, y se levantó, secándose las lágrimas y haciendo un gesto con las manos. “Muy bien. Vamos. Todos fuera.”
Antes de que el jabalí pudiera reprochar o quejarse, todos ya lo habían dejado atrás. “Volveremos con comida en un rato. No lo molestes mucho, Inosuke.” Dijo la más pequeñita de las niñas, cerrando la puerta con cuidado.
Y quedaron allí. Él de pie sobre la cama, y el otro mirándolo, recostado.
El jabalí no pudo mirarlo a la cara. Solo bajó y se sentó a sus pies, en absoluto silencio.
“¿Inosuke? ¿Te encuentras bien?” No, Kentaro. No lo estoy.
“JA. Estoy perfectamente. ¡Soy Inosuke Hashibira!”
“Hmh… ¿Estás seguro?” movió ligeramente su mano. Aunque no lo alcanzaba, le extendió la palma. “Te veo algo…” No lo resistió: tomó su mano con prisa, y con más fuerza de la necesaria. “¡Agh!”
“¡Monjiro!” lo soltó, avergonzado. “¡Lo lamento! ¿Estás bien?”
“No te preocupes. Lo estoy.”
“Mierda. ¿Seguro?” se acercó un poco más, observando su mano, que simplemente tomó la suya, sin dar más explicaciones. Eso hizo que su corazón se acelerara, como en su sueño.
“Estás diferente.” No era una interrogación, e Inosuke siempre se preguntaría como podía ver a través de él, aun con la máscara puesta. “¿Algo pasó mientras estuve en coma?”
¿Qué si algo pasó? Todo. Todo había pasado.
Inosuke fue todo y nada, durante siete días. Lloró como nunca lo había hecho por una persona. Huyó. Soñó. Se escondió. Prometió quedarse con él hasta el final. Tuvo miedo de perderlo. Comprendió que estaba enamorado. Enamorado enserio… Y él se atrevía a preguntar si algo había pasado.
“¿Inosuke? ¿Estás llorando?”
Las lágrimas le corrian debajo de la máscara, y terminaban cayendo en su pecho. Mierda, para. “¡Para nada! ¡Solo es… es…”
“Oye. Está bien. Sé que debió ser preocupante que no despertara.”
No respondió. Solo agachó la cabeza, manteniendo el agarre de sus manos.
El pelirrojo notó que algo en verdad estaba mal. Hizo un esfuerzo por sentarse. “¿¡Qué crees que haces!? ¡Tienes que seguir recostado, Tontaro!”
Sin soltarlo, acercó su otra mano al rostro del jabalí. “¿Puedo?”
Nunca había dejado a nadie hacer lo que él quería en ese momento, pero lo preguntaba con una mirada tan hipnotizante, que el jabalí no sabía que decir.
Los segundos de silencio no fueron una afirmación, pero al no ser una negativa, suavemente le retiró lo que lo cubría, dejando ver unas mejillas rojas, ojos cerrados y un llanto a moco suelto, al parecer interminable. El pelirrojo parecía confundido, con la boca ligeramente abierta en sorpresa.
“¡Imbécil!” su voz se quebró. “¿Cómo querías que no me preocupara? ¡Casi mueres!”
“Aquí estoy, Inosuke.”
“Lo sé.”
“Estoy vivo.”
“Estás… ¡Estás vivo, idiota!” reía. Estaba asustado, aliviado, confundido. Todo al mismo tiempo. Lo tomó de las mejillas, con una oleada de emociones intensas en cuanto su verde se encontró con su carmín. “¡ESTÁS VIVOO!” Kentaro se sonrojó ligeramente por el tacto, pero se dejó hacer.
Inosuke parecía estar pasando por algo grande, así que no dijo nada cuando lo soltó, corrió por toda la habitación repitiendo la misma frase, volvió a sentarse, observándolo ahora muy de cerca, aun llorando.
“¡No vuelvas a hacer eso! ¿Me oíste?” le apuntaba con un dedo. “¡Eres un completo débil! ¿Cómo te atreves a asustar a tu jefe de esa forma? ¡No te perdonaré esto nunca!” Su voz sonaba furiosa, pero su mirada le decía algo distinto, desesperadamente.
En medio de la reprimenda, el pelirrojo se movió hacia delante. Inosuke creyó que se desmayaría, sin embargo, sintió como lo envolvía con sus brazos, y el peso de Monjiro cayó sobre su pecho… Lo abrazaba. Podía sentir cada centímetro de su piel erizarse por el contacto, el rostro del chico acurrucado bajo su clavícula, esos mechones rojizos acariciando en su barbilla.
Ya lo había abrazado antes. Esta vez… era lo que tanto había esperado: tacto, cercanía, calidez, Tanjiro. La sensación de un alboroto en su interior volvió, pero no era un sueño, ni su imaginación. Quería mantenerlo justo así. Aunque no lo envolvía de vuelta, paralizado, lo hizo en cuanto el otro empezó a temblar.
“¿Kentaro? ¿Estás bien?” lo sostuvo lo más delicado que pudo, para no volver a lastimarlo, y el estómago se le encogió cuando ese bonito rostro subió: estaba llorando. “¡Hey, Tontaro! ¿Qué pasa? ¿Te lastimé de nuevo? ¿Te duele algo?”
“También pensé que morirías, Inosuke.” La respiración le falló. ¿También se había preocupado por mí? “Yo… tuve que haber sido más rápido. Lo lamento.” Que cosas dice este tonto. Decapitó por su cuenta a una Luna Creciente, y se disculpa. “No sé qué hubiera hecho si tu…”
Si. Yo tampoco, Tontaro.
La conexión de sus miradas era innegable. A pesar del llanto de ambos, los ojos carmín no podían verse más brillosos y claros para Inosuke. No buscaba nada en ellos. No había nada nuevo, y, no obstante, los había querido tanto desde hace días.
Sabía que podría perderse en ellos por horas. Le estaba pasando ahora. Era como ver el amanecer más extraordinario, uno que no acababa nunca.
Le nublaron todo pensamiento, quitándole el aliento. Se preguntaba si los suyos se verían así. No. No se le compararían.
Y el momento parecía tan delicado, que se rompería si decía algo, o si hacía algo mal.
Alejó un poco al pelirrojo, con la intención de observarlo mejor, pero el movimiento que siguió fue tan rápido, que solo logró ver esos ojos brillantes acercarse y cerrarse en un instante, y sentir una pequeña presión en sus labios.
Se congeló.
El tiempo mismo se había detenido. Por eternidades.
Era la sensación más dulce que había vivido. Los síntomas que había sufrido por pensar en ese idiota los sentía ahora. Todos juntos. A la vez, ninguno. Algo dentro de él quiso gritar de emoción, sin embargo, entró en pánico. Recordó el sueño. Recordó lo que le dijo Zenitsu. ¿Él había causado esto? ¿qué estoy haciendo?
Se levantó, con los labios encendidos.
Ambos quedaron iguales: cubriendo su boca con ambas manos, atónitos, expectantes a la reacción del otro.
“Inosuke…” musitó por fin el pelirrojo.
“¡No lo hagas!” No podía dejar que pasara. No podía dejarlo ir.
“¿Qué no lo haga?” dejó ver la mitad inferior de su rostro, ruborizado. “¿De qué hablas?”
“No dejes de ser mi… Mi subordinado número uno solo por lo que hice.”
Creía que era su culpa. Debía serlo. No podía creer que su instinto lo haya traicionado de tal manera. Sabía que deseaba hacerlo. Lo quería enserio. Pero jamás imaginó que así de rápido olvidaría que no quería perderlo.
“El idiota de Monitsu me dijo que cuando se sienten estas cosas extrañas” ondeó sus dedos sobre su estómago. “Si… si la otra persona no siente lo mismo… Yo podría… Y no quiero…” Balbuceaba de forma inteligible.
“¿Inosuke?” El jabalí se acercó exaltado y lo tomó de los hombros.
“¡No fue mi intención! ¡De verdad!”
“Tranquilo. Sé que no lo fue.” Parecía algo triste. “Es culpa mía. No debí hacerlo.” Tomó sus manos y se liberó gentilmente del agarre que tenía sobre sus hombros.
“¡No! ¡Yo quería hacerlo!”
“¿Tu… querías?” la forma extraña en la que lo miraba hizo que el jabalí diera un paso atrás. ¿Lo estaba perdiendo? ¿Le diría que fue asqueroso y que no serían más amigos? Tenía que hacer algo rápido.
“Pero no pasará otra vez. ¡Yo quiero seguir contigo! No importa esta mierda del amor, ni cuanto quiera besarte, o esas cosas raras y cálidas.” Ya no podía mirarlo a la cara. “No creas que porque ahora hagas que me sienta suave cada vez que te veo… ¡Voy a dejar que las cosas cambien!” empuñaba con los brazos temblorosos. Escuchó las sábanas moverse, el chico trataba de bajar del lado contrario, donde tenía el portasuero.
“¿¡Qué mierda haces, Monjiro!?” saltó hacia el otro lado, cerca de la puerta. “¡Quédate en cama!”
No le hizo caso. Al tratar de ponerse de pie, flaqueó. Estuvo por caer al piso, antes de que Inosuke lo sostuviera y volviera a sentarlo. “Si querías dejar de hablarme, ¡Dímelo y me largo! ¡No tienes…” El fuerte agarre del pelirrojo lo detuvo.
“¡También me gustas!”
“¿Qué?”
La brisa entró desde la ventana, como ayudándolo a respirar. ¿Significaba lo que creía? ¿Kentaro sabía lo que le estaba diciendo?
“Tu… tu dijiste…”
“Sé lo que dije, Tontaro.” Ahora era el pelirrojo el que no lo miraba, y jugueteaba con sus dedos. “Y es obvio que te gusto, ¡Soy el Rey de la Montaña!” no podía asegurarse de que Kentaro lo entendiera. Él era amable y cálido con todos.
Lo escuchó reír de forma ligera.
“Sí. Que suerte tengo de conocer al Rey Inosuke.”
Un escalofrío lo recorrió desde el lugar donde el tacto del pelirrojo empezó, en su muñeca, pasando por todo su brazo y hombro. La sangre golpeaba sus venas a cada centímetro de fricción, y su piel se erizaba tanto que le dolía. Siguió con la mirada cada movimiento.
¿De verdad estaba pasando? Parecía como si estuviera viviendo su sueño, una vez más.
Lo miró. Tanjiro estaba concentrado en su lenta acción. Su aliento era visible, cálido. Tenía las blancas pupilas dilatadas, su cabello se movía tenuemente.
Su roce pasó por su clavícula, y sus miradas conectaron en cuanto ambas de sus manos terminaron en su cuello. Pero no de forma amenazante. Era… como encender un fuego dentro de él. Como si ese tacto le diera la energía para acabar con montañas y derrotar mil enemigos.
Lo hacía sentir mareado, pero no quería que acabara.
El pelirrojo suspiró, preparándose para hablar, e Inosuke inhaló, con un tambor en su pecho.
“A lo que me refiero…” musitó, con la mirada más penetrante que cualquier katana. “Es que también estoy enamorado de ti, Inosuke”
Su mente tardó unos segundos de más en procesar lo que escuchó.
“¿LO ESTÁS?” se inclinó hacia él, con la misma emoción con la que saltaría de un acantilado. Ahora mismo lo haría por él, por lo que estaba diciendo.
“Bueno… eso suponiendo que si lo estés.”
El chico quiso soltar su agarre, dudoso. Inosuke tomo sus manos y las dejó donde estaban, sin querer alejar la sensación de fuego dentro de él.
“¡LO ESTOY! Al menos, el idiota de Monitsu dijo que era eso. ¡Pensé que si te lo decía no ibas a volver a hablarme!” aplastó las mejillas del otro con sus palmas, prácticamente temblando. “¿TÚ TAMBIÉN SIENTES TODAS ESAS COSAS RARAS?”
Lo observó exhalar, y tomó sus manos, entrelazando sus dedos mientras reía.
“Por supuesto que sí.”
“Entonces, Eso significa que no dañaré nada ¿ESTAREMOS JUNTOS PARA SIEMPRE?” Tanjiro lo miró, perplejo. Se había ruborizado, y el jabalí podía sentir el calor emanado de ese rostro. Ahora creía que eso era algo bueno, si al pelirojo también le pasaba cuando estaban juntos.
Sus labios formaron la sonrisa cálida que tanto le gustaba.
“Nunca dañarías nada entre nosotros, Inosuke. También me siento así… También quiero estar contigo, siempre.”
Carcajeó, eufórico. No podía creerlo.
Todo lo que le había preocupado durante esos siete días, se había esfumado. El lindo idiota estaba vivo. Y todo lo que lo tenía asustado de perderlo, resultó que Mojiro también lo sentía. Nada se le podía comparar a ese momento, puesto que ni la primera vez que mató a un demonio su corazón se sentía tan grande como ahora.
Se abalanzó sobre él, sin tener mucha idea sobre cómo debería hacerlo, pero dispuesto a besarlo.
El choqué fue algo abrupto, pero la sorpresa del pelirrojo y la torpeza del jabalí se disipó de a poco, acoplándose de manera tímida al tiempo que el tacto de Kentaro se perdía entre su pecho y nuca. Lo sentía en cada parte de si, hasta en el aire que le faltaba, pero se negaba a buscar para mantenerse así.
Sus manos fueron a parar a la cintura del chico. Nunca la había sostenido así, con ambas manos, atrayéndola hacia él. Sin embargo, parecía estar bien, aunque sentía los escalofríos del pelirrojo, se inclinaba más a él, empuñando sus cabellos azules sin lastimarlo realmente.
Para Inosuke se sentía como una explosión. Era mucho mejor cuando no tenía miedo. Era mucho mejor que un sueño.
Ese momento era suyo, finalmente, ignorando por completo la presencia de muchas personas del otro lado de la puerta, escuchando atentamente, agradecidos de que la actitud rara de los dos por fin terminaba. Pero sería peor de ahora en adelante. Tenía un par de enamorados bajo el mismo techo, con un amor tan encendido como una hoguera.
Separaron sus labios, pero mantenían sus frentes unidas. Inosuke reía a ojos cerrados.
“Hey…” Monjiro acariciaba su mejilla. “Abre los ojos, por favor … Son muy lindos para que los tengas cerrados.”
Eso sonó familiar. Se apartó, extrañado.
“¡Yo te dije eso!” recibió una fresca risa en respuesta. “¿Me escuchaste?”
“Solo algunas cosas… Pero también me gustan tus ojos, Inosuke. Son muy hermosos”
No sintió ni una pizca de vergüenza por verse expuesto. Puede que no supiera todo sobre el asunto, pero sí de eso se trataba, amaba mucho a ese idiota.
Y volvió a besarlo, emocionado.
